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sábado, 11 de junio de 2016

REPALABRAR

EL PAIS, Madrid, 12 de junio de 2016
LA PUNTA DE LA LENGUA
Palabras reinventadas
El término “banquillo” nos recuerda que los significados cambian aunque los significantes permanezcan
Álex Grijelmo
    
Ciertas palabras entran en desuso porque aquello que nombran desaparece de nuestras vidas. En muchos casos, se agradece. Por ejemplo, ya no solemos preocuparnos de sabañones, bubas, landres o tabardillos, ante los cuales nuestros bisabuelos debían andarse con mucho tiento. Bien es verdad que, a cambio, han entrado en nuestro vocabulario términos como colesterol, estrés o triglicéridos.

Y mientras algunas palabras se iban, otras se anticiparon a los manuales de autoayuda y consiguieron adaptarse a los cambios. Hemos usado una de ellas estos días, gracias a que un juez decidió lo que cualquier entrenador evitaría: sentar a Messi en el banquillo.

Este diminutivo fosilizado con significado propio andaba ya por los diccionarios del siglo XVII con la lógica definición de “banco pequeño”. La Academia le incorporó en 1869 una nueva acepción: “Asiento donde se coloca el acusado ante el tribunal”. Hasta 1989 no añadirá que también se designa con esa palabra el “lugar donde esperan los jugadores suplentes y entrenadores, fuera del juego”.

Los banquillos de hoy en día nos traen a la memoria ese fenómeno curioso que se da con algunas palabras: sus significantes permanecen, los significados cambian.

Porque estos banquillos de ahora no son bancos pequeños. Messi declaró desde una silla; y los suplentes de un equipo se acomodan en confortables asientos individuales con respaldo y reposacabezas. Sin embargo, el significante “banquillo” no se ha alterado.

Ese empeño de algunas palabras por mantenerse incólumes mientras cambia la realidad que nombran alcanza a muchos términos. Las plumas con las que se firman los grandes acuerdos ya no son de ave (y por tanto no son plumas). Los caballos del coche no son caballos, ni el coche es ya aquel carruaje. La azafata que asistía a la reina con su azafate (o bandeja) viaja ahora en un avión. Aún decimos que hay que tirar de la cadena (incluso en sentido metafórico) cuando ya sólo accionamos una palanca; y que colgamos el teléfono cuando pulsamos una tecla virtual en la pantalla del móvil. (Una tecla que ya no es una tecla, por otro lado). Llamamos “correspondencia” a las cartas a las que no correspondemos; y “manuscrito” al original que un novelista elaboró en su computadora; la “pizarra” del aula ya no es de pizarra, y apagamos la luz sin echarle agua.

Todos percibimos con claridad esos nuevos sentidos cuando se han asentado, pero a veces corremos el riesgo de despistarnos mientras la transformación se produce ante nosotros. Por ejemplo, en días de estadísticas sobre el paro conviene recordar que, del mismo modo que el significante “banquillo” no ha cambiado pero su significado sí, eso también ha sucedido con “empleo”, “contrato” o “puesto de trabajo”. La carcasa prestigiosa se mantiene, pero lo que hay dentro se ha devaluado, tal vez para siempre.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/06/10/opinion/1465557940_748998.html

domingo, 27 de abril de 2014

RESPIRACIÓN

EL PAÍS, Madrid, 25 de abril de 2014
L&L (Lengua y Literatura)
Grandes enigmas de la respiración
Hoy: palabras que pesan
Luis Magrinyà 

Entre las acepciones del adjetivo pesado y del adverbio pesadamente no encontramos en el DRAE ninguna referida a la respiración. Y, sin embargo, llevamos toda la vida leyendo en las novelas y otras partes que alguien tiene una respiración pesada o que respira pesadamente. Hay, en las acepciones del adjetivo, algunas referidas al sueño (“intenso, profundo”), al tiempo o a la atmósfera (“bochornoso”), a la cabeza (“aturdido”) y tres sin especificar a qué se aplican (“que pesa mucho”, “obeso”, “tardo o muy lento”), aunque entre estas últimas sospechamos que la de “tardo o muy lento” debe de referirse a movimientos.
Uno tiende a relacionar la respiración con el sueño (tal vez porque en ese estado la respiración es notable para el observador), por lo que se pregunta si ese “intenso, profundo” no es lo que cabe considerar cuando intenta entender el significado de respiración pesada en los textos. Le parece que “respiración intensa” o “profunda” tiene sentido y es verosímil.
Uno, también, en un exceso de confianza, daba por hecho que estas expresiones eran calcos tremendos y recientes del inglés (heavy breath); pero ha descubierto que la cosa no está tan clara. En la base de datos de la RAE el primer testimonio de respiración pesada es de 1951, del chileno Manuel Rojas, y está, en efecto, ligado al sueño:
Entre las acepciones del adjetivo ‘pesado’ hay algunas referidas al sueño y otras, al tiempo o a la atmósfera
“Oí cerca de mí una respiración pesada y regular: un hombre, seguramente tendido en el suelo, [… ] se entregaba al sueño” (Manuel Rojas, Hijo de ladrón (1951), Cátedra, Madrid, 2001, p. 192).
La primera documentación de respirar pesadamente, en la misma base de datos, es de 1960, del cubano Matías Montes Huidobro, y está también ligada al sueño:
“Caridad respiraba pesadamente y a eso de las tres comenzó a gritar. Tenía una pesadilla” (Matías Montes Huidobro, La sal de los muertos (1960), Escelicer, Madrid, 1970, p. 177).
Pero uno, en sus pesquisas, ha encontrado usos bastante anteriores, de principios del siglo XX, y, como preveía, en traducciones. Sin embargo, al contrario de lo que preveía, no en traducciones del inglés, sino del ruso. Primera sorpresa.
“Según parecía, el piano era bastante pesado, porque la madera sobre la cual fue colocada crujió y los trabajadores respiraron pesadamente” (Vladímir G. Korolenko, El músico ciego (1886), L. González y Cía., Barcelona, 1902, no consta traductor, p. 31).
“Parecía que el barco respiraba pesadamente como un monstruo” (Aleksandr I. Kuprín, Hacia la gloria, Calpe, Madrid, 1919, trad. de Tatiana Enco de Valero, p. 86).
En los primeros testimonios, el significado se refiere al tipo de respiración que se observa cuando uno duerme
Consultamos a nuestro amigo el eslavista y traductor Fernando Otero y nos confirma que en ruso existe un adjetivo, tiazholy (con su correspondiente adverbio tiazheló), que es muy frecuente y, ay, muy polisémico, y que, en efecto, se aplica a la respiración. Es parecido al inglés heavy y también –pero mucho menos, como nos gustaría acabar demostrando– al español pesado.
Volvamos ahora al significado, que es lo que aquí nos trae de cabeza. De los primeros testimonios escritos en español, el de Manuel Rojas se refiere claramente al tipo de respiración que se observa cuando uno duerme: regular, acompasada, sonora, profunda, lenta. El de Matías Montes Huidobro, también en las circunstancias del sueño, parece, sin embargo, anteceder a una pesadilla: quizá –solo quizá– aquí la respiración pesada, si bien igualmente sonora, no sea tan regular ni tan profunda ni tan lenta, sino más bien lo contrario. Y fijémonos luego en los ejemplos “rusos”: uno de ellos, como es una imagen, no nos atrevemos a certificar qué significa, pero se podría aventurar que los barcos y los monstruos, si respiran pesadamente, será por similitud a la respiración de un sueño profundo. No sabemos. Pero en el otro ejemplo, ay, unos trabajadores cargan con un piano que pesa mucho y el tipo de respiración que acompaña a este esfuerzo uno la imagina más bien trabajosa, acelerada, entrecortada, irregular. Algo así como un jadeo.
Entonces ¿en qué quedamos? ¿Es rápida o lenta la respiración pesada? ¿Agitada o calmada? ¿Su sonoridad es la de un jadeo o la de un suspiro? ¡No nos asustemos! Parece que en inglés ocurre lo mismo. Veamos estos dos ejemplos de traducciones:
“… un leve ruido […], seguido de una respiración pesada. […] Luego vi a mi padre tendido en el suelo […], como si hubiesen tirado su cuerpo. Debajo de él había un pequeño charco de sangre” (Bram Stoker, La joya de las siete estrellas (1903), Montesinos, Barcelona, 1987, trad. de Javier Gómez Mompou, p. 18).
“Podía oír la respiración pesada y desigual de la criatura. Parecía que llevara un gran peso, con gran esfuerzo, mientras ascendía una larga colina. […] La respiración se detenía, se ahogaba, volvía a empezar con un esfuerzo terrible” (Graham Greene, El revés de la trama (1948), Andrés Bello, Santiago de Chile, 1991, no consta traductor, p. 150).
El traductor ha pensado sin duda que ‘pesada’ ya incorporaba la lentitud y que no era necesario recalcarla
El primer pasaje traduce slow, heavy breathing: el traductor se ha comido el slow (‘lento’) pero es significativo que lo haya hecho, porque sin duda ha pensado que pesada ya incorporaba la lentitud y no era necesario recalcarla (al fin y al cabo estamos hablando de un moribundo). El segundo traduce heavy uneven breathing y ahí está claramente manifestada la irregularidad (uneven); por si fuera poco, las líneas siguientes describen muy bien de qué clase de respiración dramática se trata.
¿Pueden el ruso tiazholy, el inglés heavy y el español pesado tener, al aplicarse a la respiración, significados contrarios que solo el contexto permite descifrar? ¿No se trata de un caso claro de malos tratos, de explotación abusiva del contexto? ¿Puede un adjetivo –un idioma– permitirse semejante inducción a la confusión en un uso ya especializado? ¿Por qué se especializa entonces dicho uso, si al final no va a ser capaz de distinguir una respiración de otra? Es como si, por ejemplo, sueño pesado pudiera significar a la vez sueño ‘profundo’ y sueño ‘ligero’.
Si no estamos seguros de que lo que queremos expresar quede bien expresado y sea inteligible, ¿por qué insistimos en semejantes ambivalencias? (Cierto es que en la lengua no faltan casos: “Yo le alquilo el piso a Bernardo” puede significar tanto que yo soy el dueño del piso y se lo alquilo a Bernardo como que es Bernardo el dueño del piso y me lo alquila a mí.) Fijémonos, por otro lado, en que, de todos los rasgos de significado en español, estos dos pesados aplicados a la respiración solo comparten uno: la sonoridad. ¿Y si realmente no hubiera oposición entre ellos y significaran simplemente ‘sonoro’? ¿Y si hoy, al cabo del tiempo –afrontemos con valentía la catástrofe–, no significaran nada?
Llevamos toda la vida en este sinvivir.
Si no estamos seguros de lo que queremos expresar, ¿por qué insistimos en semejantes ambivalencias?
Ha habido momentos, en nuestra paciente búsqueda de casos, en que hemos creído que, en español, cuando alguien respiraba pesadamente, lo hacía de un modo u otro según se tratara de un original o de una traducción. Pues en las traducciones, ciertamente, suele predominar el aspecto esforzado y agónico:
“Rickards respiraba pesadamente, como si hubiera venido corriendo” (P. D. James, Intrigas y deseos, Javier Vergara, Buenos Aires, 1991, trad. de César Aira, p. 171).
“Mi promotor se atragantaba y respiraba pesadamente” (Lauren Lawrence, La llave de los sueños, Edaf, Madrid, 2001, trad. de Raquel Torrent, p. 81).
“La respiración se hace entonces pesada y dificultosa, y con esa respiración pesada, ¿cómo esperamos que pueda fluir la energía pránica?” (B. K. S. Iyengar, La esencia del yoga IV, Kairós, Barcelona, 2001, trad. de Elsa Gómez, p. 184).
En cambio, en los textos originales en español, parecía predominar lo contrario, la respiración pausada y profunda:
“La vería como el médico a la criatura que duerme, que respira pesadamente” (Eduardo Mallea, Simbad, Sudamericana, Buenos Aires, 1957, p. 560).
“Paula resoplaba por las noches. No era que roncase, sino que a veces respiraba pesadamente. Sonoramente” (Rosa Montero, Amado amo, Debate, Madrid, 1988, p. 108).
“Santiago dormido boca abajo […]. Su respiración pesada y su inmovilidad casi continua, idéntica a la muerte” (Arturo Pérez Reverte, La reina del Sur, Alfaguara, Madrid, 2002, pp. 113-114).
Sin embargo, cuando ya nos las prometíamos felices con esta conclusión, que le daba a cada idioma lo suyo, vamos y nos encontramos con este otro paquete hispánico:
¡Resulta que en español, da igual que duermas como una criatura o como un muerto!
“Otra vez se sumergió en un delgado sueño y ahora ocurrió que le estaban sumergiendo en agua helada, transparente, y se estaba ahogando. Respiraba pesadamente. Se moría” (Pablo García, Jinete en la lluvia, Andrés Bello, Santiago de Chile, 1983, p. 66).
“Oyó la respiración pesada, sorda, de la señora que estaba detrás del biombo. Era una respiración ronca, como si tuviera una máquina encima del pecho” (Montserrat Roig, “El canto de la juventud”, El País, 5/IV/88).
“La respiración se hace muy pesada, los alpinistas no cesan de toser y se palpa la extrema dureza de la altitud” (“Misión imposible, en el Annapurna”, La Vanguardia, 6/10/12).
“Necesitará […] una botella de spray con agua fría para rociar ligeramente la cara y el cuerpo si nota que su Bulldog inglés está jadeando o respira pesadamente» (web Cachorros de Bulldog inglés).
¡Todas las esperanzas al traste! ¡Resulta que en español, da igual que duermas como una criatura o como un muerto, que subas al Annapurna casi sin oxígeno o jadees como un bulldog! ¡En todos los casos respiras pesadamente! ¡E incluso puede tratarse de una respiración sorda!
Y ¿qué decir cuando nos adentramos en el proceloso mundo de las metáforas?
“El bosque respira pesadamente. Parece que me pesa en las espaldas” (José Luis Martín Vigil, Cierto olor a podrido (1962), Juventud, Barcelona, 1965, p. 96).
“El caserón sórdido, con múltiples agujeros y cuarteaduras, respiraba pesadamente por las ventanas enrejadas” (Manuel Andújar, Vísperas: trilogía, Ed. Andorra, Andorra, 1970, p. 462).
“Fuera, el viento agitaba los árboles y el océano respiraba pesadamente en la cala” (Kate Morton, El jardín olvidado, Suma de Letras, Madrid, 2010, trad. de Carlos Schroeder, p. 380).
Bosques, caserones, océanos… todos ellos respirando pesadamente. Claudicamos. Así como con otras fluctuaciones del aire que nos han salido de camino (más por América que por España), no menos misteriosas:
“Te ruego que no me des excusas –dijo Marta, con voz pesada” (Estela Canto, Ronda nocturna, Emecé, Buenos Aires, 1980, p. 122).
“… los ojos turbios y el aliento pesado, con un vaso en la mano” (Isabel Allende, La casa de los espíritus (1982), Plaza y Janés, Barcelona, 1995, p. 32).
“… seguido de un suspiro pesado, apenas unos segundos: yo sé que él se masturbaba...” (Carlos Fuentes, Gringo viejo (1985), Leer-e, Pamplona, 2013, Google Libros).
“… el aroma pesado de los cirios amarillos” (César Vidal, Artorius (2006), DeBolsillo, Barcelona, 2011, Google Libros).
“… con un bostezo pesado en el que el coñac tenía algo de culpa” (Jorge Eduardo Benavides, La noche de Morgana, Alfaguara, Madrid, 2005, p. 20).
El bostezo pesado nos ha dejado exhaustos. Nos vamos a dormir. Cuando despertemos seguiremos con otras cosas que pesan.

lunes, 10 de diciembre de 2012

TRIQUIÑUELA

EL PAÍS, Madrid, 24 de Junio de 2012
Idioma
Las palabras feas más bonitas
Winston Manrique 

El post de hoy es una invitación a hacer una triquiñuela. Buscar la belleza en un jardín prohibido, que queremos alejado de nosotros.
Desde ayer nuestra lengua está alborotada, una vez más. La Real Academia actualizó el Diccionario en 1.697 palabras y nuevas acepciones y algunas supresiones. Un idioma con 80.000 voces oficiales, aunque muchísimas más en el uso corriente, que suele ir por delante de la bendición oficial. Y hoy el Instituto Cervantes celebra por tercer año el Día del Español en todo el mundo en el que nos invita a elegir nuestra palabra favorita. Hace seis años empezó la moda de estas elecciones: las más bonitas, más sonoras o favoritas. Aquel año ganó la palabra Amor, tras una convocatoria de la Escuela de Escritores de Madrid. En el origen se trataba de exaltar las voces eufónicas, descubrir la musicalidad, la sensualidad, la resonancia sonora, en resumen la estética de los vocablos. Lo cual me gusta más y me resulta más original y estimulante ya que cada lengua o idioma tiene sus propias características, y una elección por significado o concepto dará un resultado más previsible en cualquier idioma, y sin duda ahí estarían palabras que exaltan la vida o el bienestar: amor, felicidad, madre, amistad, hijo y estos días honestidad.Voces que fonéticamente me parecen insípidas, salvo algunas como Alegría.
Para mí el juego está más en la eufonía, en la belleza de la fonética. Es más divertido y resulta un mejor homenaje a nuestro idioma. Por eso hoy Día del Español he pensado en una vuelta de tuerca al juego de la fonética y sonoridad de las palabras. En reivindicar vocablos cuyo significado, concepto o connotación no nos gusta por ser negativo, molesto, desagradable, antipático, triste o feo pero cuya palabra en sí misma es bonita y tiene gracia, e incluso encanto. Por eso les propongo un juego: recordar-elegir las palabras feas y que no nos gustan por su concepto pero que son bellas. Señalar las feas más bonitas. Por ejemplo:
Sibilino...
falsarios
Zurullo...
Malandrín...
Zurriburri...
Ardid...
Filibustero...
Sombrío...
Pocilga...
Añagaza...
Truculento...
Suripanta...
Zozobra...
Almizcle...
Gañán...
Perfidia...
Engatusar...
Truhán...
Lúgubre
Mohíno
Ruin...
¿y qué me dicen de Triquiñuela?
Todo este interés por las palabras y su sonoridad y su significado me viene desde cuando estaba en la universidad. Leí un libro en el que se decía que en una encuesta sobre las palabras más bonitas del español había resultado ganadora Cristal. Me quedé pensando si compartía o no esa elección. Hasta ese momento nunca había hecho una reflexión-elección de ese tipo con mi idioma. Al ser mi lengua materna y de uso cotidiano y normal nunca había reparado, en realidad, en su belleza estética. En el juego de la combinación de sus letras al ser pronunciadas más en unas que en otras. En separar concepto de estética. Entonces empecé a repetir: cristal... cristal... cristal... cris...tal... Y vi una nueva palabra. Y redescubrí mi lengua, mi idioma y su belleza. Adquirí verdadera conciencia de la vida propia de cada vocablo y de la vida que cobra en nuesta boca y nuestros labios cada vez que los pronunciamos. Unas con más gracia que otras, claro.
Por eso hoy, insisto, me pregunto por la belleza y la luz que puede haber en palabras cuyos conceptos y connotaciones nos gustaría que estuvieran alejados de nuestras vidas, pero que ellas en sí mismas no tienen la culpa. Los invito a rescatar las palabras feas más bonitas, en un homenaje al castellano o español nuestro idioma. Hagamos esta triquiñuela y entremos en un jardín prohibido para reconocer algunas de sus bellezas.
La RAE actualiza 1.697 palabras del Diccionario.
Lo que hay que saber del español.
Amor es la palabra más bella.