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jueves, 2 de enero de 2014

SOLAMENTE ESCAMPA POR FUERA

EL ESPECTADOR, Bogotá, 28 de diciembre de 2013
El espantoso mundo en que vivimos
Héctor Abad Faciolince

Incapaz de comparar el mundo actual con el mundo de ayer, de sopesar lo ganado y lo perdido, su obsesión consiste en la crítica escandalizada, en el moralismo altivo, en el desprecio por cualquier progreso, por cualquier gusto o alegría, en la convicción de que no hay criatura más repugnante que el ser humano, ni lugar más inhóspito que la tierra.
El tipo de intelectual en el que estoy pensando es ese que se solaza en la cultura de la queja, y para el cual la sociedad contemporánea (especialmente la occidental) es una especie de invento del demonio: la cosa más grosera, burda e infernal que ha existido en toda la historia del mundo. Lo moderno, para él, es lo más violento, lo más agresivo, lo más explotador e injusto: una sociedad con la que tendríamos que arrasar para fundar otra sobre sus ruinas. Lo peor de esta perorata asqueada, de esta permanente indignación moral, es que esta supuesta “élite de la inteligencia” ha logrado convencer a millones de jóvenes —como denunciaba hace años Karl Popper— de que vivimos en el peor de los mundos que han existido. Cada vez encuentro con más frecuencia a jóvenes convencidos de que reproducirse es terrible, pues van a traer nuevos seres humanos solamente a sufrir. Y la mayoría de estos estériles voluntarios son, precisamente, los jóvenes que más han estudiado, es decir, aquellos que más han estado expuestos a la influencia nefasta de esa “intelligentsia” para la que los logros de la humanidad son una mentira.
Inmunes a toda crítica y a toda lógica, no les importa que uno muestre hechos innegables: comparar el mundo contemporáneo con un mundo sin anestesia, sin antibióticos y sin analgésicos (creen que en un mundo “natural” no habría enfermedades y los humanos vivirían 600 años, como los patriarcas de la Biblia). Decir que ha habido progreso moral desde los tiempos de la esclavitud (dicen que al esclavo de ayer se lo mimaba más que al obrero de hoy; a quienes dicen esto deberían marcarlos con un hierro candente). Demostrar con cifras que las expectativas de vida han aumentado exponencialmente en el último siglo solo les produce desprecio pues lo único que hemos logrado es que ahora haya más gente. Tampoco les parece importante que un pobre de hoy —en Colombia— reciba una atención médica mucho mejor que un rey del Renacimiento, ni que tenga mejor transporte, mejor abrigo y mejores zapatos. Que la mortalidad materno infantil —incluso entre la nobleza— era muchísimo más alta que la de los campesinos contemporáneos.
A estos intelectuales no se les puede decir sin escándalo que las cosas vienen mejorando desde hace decenios en casi todo el mundo. Que la discriminación sexual o racial era mucho peor hace 50 años ; que nunca antes los homosexuales podían defender mejor su derecho a ser libres. Que nunca en la historia ha habido tantas mujeres estudiando y trabajando en los puestos más importantes, gracias —entre otras cosas— a que existen métodos anticonceptivos y a que ellas mismas han logrado que se las respete. También la pobreza —incluso en Colombia— ha venido bajando en términos absolutos y relativos en los últimos decenios. La misma violencia, como ha demostrado Pinker para disgusto de los intelectuales pesimistas, es en la actualidad una de las más bajas de toda la historia humana.
Cuando uno es optimista queda como un bobo ante los intelectuales de la indignación y de la queja. Por supuesto que nos enfrentamos a perspectivas gravísimas (el calentamiento global es la peor de ellas), pero quizá nunca antes la humanidad había estado mejor preparada para enfrentarlas. Por estas convicciones es que uno puede desear, e incluso esperar, un año 2014 un poco menos malo que este 13 que se acaba. El mundo en que vivimos es espantoso, pero es el menos espantoso que haya habido.

martes, 10 de julio de 2012

SOBRE EL ICEBERG CULTURAL

EL NACIONAL - Martes 10 de Julio de 2012     Opinión/8
Violencia intelectual
ALEJANDRO MORENO

Cuando Augusto Mijares publicó La interpretación pesimista de la sociología hispanoamericana, obra poco citada y, presumo, menos leída, se atrevió a romper con una inveterada tradición intelectual predominante en toda Hispanoamérica, la que veía y analizaba, sobre pretendidas bases científicas, de manera brutalmente negativa la realidad de nuestros pueblos tachados de primitivos, atrasados, negados a toda posible modernidad. Unos se lo atribuían a las razas, otros a la cultura hispánica o a otras causas por el estilo.
Herrera Luque con Los viajeros de Indias lleva al culmen estas ideas recurriendo a la herencia genética de nuestros pueblos, la cual transmitiría toda una serie de enfermedades psíquicas y entre ellas una "criminalidad morbosa" característica de nuestra gente. A pesar de Mijares y de algún otro, esta tradición no muere; se muestra viva permanentemente en autores actuales que, si bien ya no hablan de herencia, que no está de moda, hablan de "viveza", de rancho en la cabeza, de dependencia patológica del poder paternalista fundado todo ello sobre una inveterada estructura cultural.
Hasta en quienes proclaman la dignidad de nuestro pueblo la tradición negativa asoma su blanca oreja en expresiones como "barrio adentro" en la que el término "adentro", que en nuestra tradición aparece unido a espacios peligrosos como selva (selva adentro), llano, mar y otros, nos habla del barrio como un lugar silvestre, incivilizado, proceloso, para llegar al cual se requieren esfuerzos de aventura, sacrificio y heroísmo.
Sobre las ciencias sociales y sus cultores hay que decir que la persistencia de esa tradición se explica por la forma que tienen de elaborar el conocimiento de nuestro pueblo a partir y con base en grandes teorías que se consideran aceptadas como universalmente válidas sin tener en cuenta que han sido elaboradas en el mundo-de-vida de otras culturas y para ellas, aunque, por un incorregible modernocentrismo (última evolución del eurocentrismo), se pretenden válidas universalmente como descriptivas de la naturaleza misma de todos los hombres.
Hoy, sin embargo, está claro para la ciencia actual que no tienen validez esas macroteorías omniabarcantes, sino que se trata más bien de construir microteorías explicativas, no del mundo, sino de cada micromundo a partir de la investigación concretamente situada. Si partimos del psicoanálisis, por ejemplo, sea de Freud, sea de Melanie Klein, aun modificado, elaborado de partida sobre la experiencia de la familia europea de una determinada época, y judía para más señas, nuestra familia matricentrada no puede ser vista sino como patológica y así se pueden sacar terribles conclusiones sobre el venezolano tales como "subjetividad primitiva, regresiva... orientada hacia lo necrofílico", "tendencia destructiva y autodestructiva que se resuelve en una pulsión de muerte" y más. Esto explicaría la violencia actual en Venezuela como inevitable y estructuralmente incorporada al ser mismo del venezolano. Ninguna diferencia de fondo con Herrera Luque.
A la cualidad constitutiva de un acontecimiento humano no se llega desde fuera, desde un horizonte hermenéutico otro, sino desde dentro, desde su propio horizonte. Esto no sólo es lo científico, sino lo ético. Los otros no se desprecian, sirven para el diálogo y, por ende, el acuerdo o el disenso pero seguirlos como marco referencial es ficcionar el acontecimiento y describir una ficción. Lo demás, mal que pese, es violencia intelectual.
Las investigaciones desde dentro, esto es, convividas, que desde hace 30 años venimos desarrollando en el Centro de Investigaciones Populares, nos dicen otra cosa.

Fotografía: Tomada de la red.

Brevísima nota LB: Título inadecuado.