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domingo, 31 de julio de 2016

CAZA DE CITAS

"Naturalmente, la presencia del abstraccionismo repercutió profundamente en a crítica de arte, pero halló un insólito repudio en algunos intelectuales, anclados todavía en el pasado. Entre ellos resalta el nombre del historiador Mario Briceño Iraggorry. Éste, a comienzos de la década del cincuenta, había lanzado las descargas más peyorativas sobre la adopción del arte abstracto-geométrico por una buena parte de la juventud artística venezolana. Tal incomprensión no debe extrañarnos, si consideramos su estatus generacional y su mundo intelectual"

Simón Noriega

("La crítica del arte en Venezuela", ULA, Mérida, 2011: 176)

domingo, 9 de marzo de 2014

AFILIACIÓN

Del sano escepticismo
Luis Barragán


Además de Rafael Barrios, Carlos Cruz Diez nos ha llamado poderosamente la atención en los últimos años. Hay un gusto por la virtualidad que, en ambos casos, cuenta con una rica bibliografía y una profusa hemerografía que facilitan todo intento de explicación.

Prolongando el placer estético, casi inadvertidamente buscamos alguna orientación en la materia y, en lugar de un test hasta psicológico, acaso permisible, creemos atisbar una historia de la sensibilidad que nos define colectiva y periódicamente.  Inexpertos, siendo otro el oficio que nos ocupa, constatamos que las urgencias de la más contemporáneas de las Venezuela que se agolpan en toda crisis, damos  con nociones, ideas y propuestas que igualmente ayudan a definirla, aunque creamos postergarlas.

El arte no contrasta ni moviliza con la intensidad que refleja la vieja prensa, hoy convertido en una militancia secundaria. Quizá se deba a la desaparición de un fenómeno antaño consistente y comprometedor que ahora no tiene equivalente y, así, por ejemplo, refiere Simón Noriega: “La crítica del arte de los años sesenta estuvo marcada por ruidosos enfrentamientos entre los críticos del arte, debido a la defensa de sus gustos artísticos, supeditados a veces, abierta o sutilmente, a sus posiciones ideológicas y a su visión histórica de la humanidad” (“La crítica de arte en Venezuela”, ULA, Mérida,  2011: 203).

Consabido, la llamada postmodernidad impactó y desorganizó toda escuela, descalabrando las fronteras políticas para ocultar el propio descalabro cultural.  Paradójicamente, en nuestro país, la catástrofe ha permitido que, en nombre de un pretendido nuevo modelo socialista, el viejo se imponga con una vocación que no es otra que la estafa, a pesar que – más por la confusión y pereza – no aterrice en aquél realismo estalinista que tuvo una brutal versión cubana.

El nuestro, es un salto hacia la premodernidad y, por ello, el reclamo estelar es por la libertad más que otras escolaridades estéticas.  Si de historia lineal se trata,  volvemos a una etapa que creímos superada, incluyendo las posiciones políticas actuales y las supuestas neutralidades que suscita, por muy aseadas, equilibradas y hábiles que se quieran: a guisa de ilustración, condenamos la violencia venga de donde vengan, pero esto no nos releva de establece las caras responsabilidades del gobierno en las más recientes faenas de represión que claramente lo comprometen.

En la edición de El País de Madrid del 24 de febrero del presente año, con una magnífica fotografía de Uly Martin, Miguel Ángel Vega logró entrevista a Cruz Diez, quien hizo algunos interesantes planteamiento que deseamos brevemente comentar. A sus 90 años, exhibe un entusiasmo ejemplificador que también nos llena de orgullo.

Orgullo, sobre todo, por una intensa trayectoria de búsqueda que hemos tenido ocasión de admirar en la prensa de los años ’40, ’50 y ’60 del siglo pasado, comprobando que sus hallazgos jamás fueron el fruto de una literal apuesta.  Incansable, ha hecho de la imaginación un vibrante desempeño profesional, concluyendo que “el  arte puede ser cualquier cosa que la inteligencia y la sensibilidad del hombre puedan convertir en arte”.

Agregó: “Me costó años de dudas, fracasos y lecturas. El color no contaba nada para los filósofos, era una anécdota banal. Lo importante en la pintura era el tema, la perspectiva y el dibujo. Descubrí que no era así. Felizmente, nunca nada está agotado. Se lo digo a los jóvenes. Estamos en un momento maravilloso de reinventarlo todo. Nos hallamos al final de un ciclo que comenzó en el siglo XVII. Hemos cumplido todos los discursos económicos, políticos y filosóficos. Hay una nueva ciencia, que ya no son las nociones del espacio tiempo de Einstein, es la teoría de cuerdas [11 dimensiones y universos paralelos]. Una fuente nueva de invención para los artistas”.

Convicciones que ha llevado a la calle, materializándose en lugares que las convenciones artísticas supusieron ajenos: “Entonces, ¿por qué no ir a la calle? Es donde más tiempo pasamos. La calle no nos proporciona nada, llegamos a casa totalmente vacíos. La calle solo genera agresión”. Y esto nos permite recordar, en los años de nuestra militancia política juvenil, cuando tratábamos de traducir las opiniones de una Bélgica Rodríguez sobre las generaciones y las novedades estéticas, procurándolas en un campo tan sólo visiblemente extraño.

La angustia es porque, al desconfiar de toda escuela construida y en construcción, como igualmente lo ameritan los nuevos tiempos, el discurso político está rezagado y se contenta con la recreación de lo heredado bajo el reino terrible del eufemismo.  Peor aún, levanta rudas sospechas toda abstracción necesitada de concretarse, aunque los valores y principios, como el de la libertad y de las libertades, pugnan por hacerse de una posición en la polémica pública.

Interpelado por la situación venezolana, Cruz Diez nos remite a su grave angustia e incertidumbre, pues siendo “una situación que se esperaba” y esperando que la “inteligencia gane la partida”, subraya que  “en  mi país los problemas nunca han sido económicos sino culturales (…) al venezolano no se le ha enseñado a pensar” y “actúa por las tripas”.

La contundente aseveración que pudiera irritar la estima de sus lectores, ofrece un diagnóstico que, pudiéndose compartir o no, en relación a su exactitud, tiene el coraje de una denuncia que la entendemos como consecuencia de la mentalidad rentista que todavía pesa y se ha convertido en piedra angular de un régimen que la agudizado, sirviéndole para toda suerte de manipulaciones. El artista nos remite al arte como una reflexión más trascendente que la política: “Porque lo político es circunstancial y la reflexión del arte no lo es. Es la reflexión del hombre y la humanidad, que es permanente”.

Añade: “… No soy político. Nunca he querido hacer política. Aunque nos concierne a todos. Cuando salí de la Escuela de Artes me planteé qué debe ser un artista. ¿Es un reportero que cuenta lo que ven sus ojos? Y empecé a hacer pintura de denuncia. Creía que diciendo que la gente era pobre esa situación podría cambiar. Con el tiempo vi que no tenía ningún efecto. Supe que era más generoso hacerle partícipe del placer que sentía en la pintura que decirle: ‘Tú eres pobre’. Porque no iba a ser capaz de cambiar su situación”. Sin embargo, no hay denuesto sobre la política, sino que la endereza hacia su referente fundamental.

No percibimos la neutralidad que frecuentemente suelen asear, traicionándola, artistas de otros ámbitos que, por admirados que sean, en la práctica toman partido, aprovechándose de las circunstancias.  La ya célebre misiva de Gabriela Montero a Gustavo Dudamel, nos ahorra el comentario.

Cruz Diez acude al escepticismo político que no supone la engañosa imparcialidad, proveniente de la poderosa convicción que lo anima:  “Tengo una gran desconfianza en las ideas y en las religiones. Ambas están sustentadas por millones de cadáveres (…) Un artista nunca tiene que matar al otro ni atropellarlo para hacerse oír”. En consecuencia, el temor es naturalmente hacia las escolaridades represivas que ha conocido o están por conocerse, pero – al invocar la nueva ciencia – subyace la necesidad de la invención política que jamás se bastará por sí misma.

Resulta diferente inscribir al artista como parte de una parcialidad, logia o capilla política e ideológica, como el congresista de los sesenta preguntaba del equipo en que jugaba de acuerdo a la traviesa ilustración de Pedro León Zapata, supuestamente desavisado (El Nacional, Caracas, 20/10/1966). Podemos afiliarlo a la Venezuela que pugna por emerger en el presente siglo, en demanda de otros destinos.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionnacional/18504-del-sano-escepticismo

domingo, 22 de septiembre de 2013

J' ACUSSE ... RECIBO

EL NACIONAL - Domingo 22 de Septiembre de 2013     Papel Literario/5
Emilio Boggio
SIMÓN NORIEGA

El libro Emilio Boggio, escrito por la escritora y crítico de arte, Beatriz Sogbe, aunque escueto y sencillo (como ella misma lo advirete), se inserta en nuestra historia de la historiografía de la pintura como una de las visiones más acertadas, aparecidas hasta ahora, sobre la vida y obra del artista venezolano-francés.
Quizás la circunstancia de que Boggio adoptara la nacionalidad francesa y viviera en París y Over-Sur-Oise la mayor parte de su vida, determinó, en buena medida, su opaca presencia en el contexto de nuestra historiografía de la pintura, si se compara, por ejemplo, con la de un Martín Tovar y Tovar, Arturo Michelena, un Tito Salas, un Armando Reverón o un Jesús Soto. No deja de extrañar que si en Francia el artista había sido objeto de significativos reconocimientos, su obra haya sido tan descuidada en el ámbito de nuestra historiografía, porque Boggio siempre se sintió venezolano. He aquí uno de los aspectos más subrayados por Beatriz Sogbe en la mencionada biografía. Hace notar, por ejemplo, que a su regreso a Caracas por unos pocos días, en 1919, cuando el barco donde venía pasaba cerca de las costas de Macuto, fue tan grande su emoción que no pudo contener el llanto. Ciertamente, en su diario el pintor dejaba el siguiente testimonio, citado por la autora: "He llorado como una mujer al ver las costas de la Guaira". Durante esta breve estadía en Caracas entró en contacto con los pintores de la generación del Círculo de Bellas Artes e hizo una exposición que fue reseñada en algunos diarios de Caracas.
He aquí, también, una de las razones por la cual Beatriz Sogbe lamenta que su legado hubiese sido tan "injustamente maltratado" en nuestro país, como tan explícitamente lo hace notar. Y verdaderamente, resulta inexplicable ­acota­ que hayan desaparecido su diario personal y la agenda con el registro de sus obras. Lo que se propone Sogbe es, entonces, proporcionar a la historiografía una respuesta a la pregunta que seguramente se habrán hecho muchos críticos, historiadores y coleccionistas de arte: ¿por qué Emilio Boggio no ha sido entre nosotros tan reconocido como corresponde? Por otra parte, para nuestra autora no puede pasar desapercibida la notoria influencia que tuvo la pintura de Boggio en la generación de los pintores del Círculo de Bellas Artes. "En el empaste, la técnica y la luz ­escribe­ se observan los cambios en casi todos los artistas. Incluso en el período azul de Armando Reverón tiene una gran influencia de los maestros Boggio, en cuanto a la materia y el trazo, y Ferdinandov, en la policromía glauca".
En verdad, la presencia de su obra es muy tímida en el ámbito de nuestra historiografía de la pintura. Contadas son las monografías dedicadas expresamente al talentoso artista. Es cierto que en la ocasión de su viaje a Caracas en 1919 realizó una exposición en la Escuela de Declamación y Música, que fue reseñada en la prensa por prestigiosos críticos.
Habría que mencionar, en este caso, los artículos del poeta mexicano Juan José Tablada y del crítico venezolano Miguel Aristiguieta. Pero hubo luego un largo e inexplicable silencio sobre su obra. No fue sino hasta la quinta década del siglo pasado, cuando su figura empezó a ser objeto de interesantes estudios, y así lo constatan algunas monografías de destacados investigadores, mencionados por la autora. No podemos dejar de recordar, en este sentido, los trabajos de Mariano Picón salas (1956), Juan Calzadilla (1974), Alberto Junyent (1966), J.J. Maiz Lyon (1992) y Rafael Pineda (1998).
Ya a comienzos del siglo actual, la vida y la pintura de Boggio llamaron profundamente la atención de Sogbe, tal como puede notarse en tres serios ensayos suyos: "Boggio artista latinoamericano de vanguardia" (2001), "¿Por qué Boggio no vale como Michelena?" (2002) y, un año más tarde, "La influencia de Boggio en el Círculo de Bellas Artes". De allí que el libro, hoy reseñado, viene a ser la culminación de una persistente dedicación al estudio del artista y su tiempo. Para ella ­con sobrada razón ­ la obra de Boggio no había sido estudiada en la justa dimensión que merecía.
Entonces, deslumbrada por los cuadros y la personalidad del pintor venezolano, Sogbe viajó a Francia para seguir allí, paso a paso, las huellas del artista. Llegó hasta Ouvers-Sur, visitando incluso la casa en que vivió y el cementerio donde yacen sus restos, en una tumba muy cercana a la de Vincent Van Gogh.
"Este afán ­escribe­ me ha llevado a disfrutar, sufrir y amar a este personaje fundamental de la plástica venezolana". Y vale la pena recordar que Ouvers-SurOise fue, a finales del siglo XIX y comienzos del XX, refugio de conocidos pintores y fue, además, el pueblo donde Van Gogh puso fin a su vida en mayo de 1898. El propósito de Sogbe es pues, en esta ocasión, hacer llegar la vida y la obra de Boggio a un público más extenso y demostrar, a su vez, que es "el postimpresionista más importante de toda América Latina".
Se trata de una biografía escrita de manera muy sencilla, pero donde se nota la base de una rigurosa investigación y la mirada aguda y profunda de su autora. Mas no solamente se refiere a su vida. A través de las páginas de esta brevísima e interesante biografía de Emilio Boggio, el estudioso de la Historia del Arte podrá familiarizarse, sin necesidad de mayores esfuerzos, con los aspectos más significativos de la personalidad del artista, así como con las diferentes fases de su obra creativa como pintor.
Sogbe hace referencias, de manera muy clara, a su alejamiento de las fórmulas de la academia, su atracción por la obra de Puvis de Chavannez y de su afinidad con la pintura de Vuillard y Bonnardy, en fin, a sus relaciones personales con los impresionistas. Nos habla, por ejemplo, de la estrecha amistad que mantuvo con Pizarro y Monet. "Boggio fue el único artista latinoamericano ­escribe­ que mantuvo una relación personal íntima con estos grandes nombres del arte de todos los tiempos. Como consecuencia de las asiduas visitas a sus talleres, la paleta de Boggio cambió sustancialmente: se haría más pastosa. La luz y el movimiento serían los temas recurrentes. De hecho, es evidente la similitud de sus pinturas con las de estos personajes, más no con las de Degas, que prefería la intimidad".
La posición del pintor ante la vida, análogamente, viene a ser un aspecto minuciosamente tratado y sustentado en este libro. Nunca habíamos leído algo parecido. Destaca, por ejemplo, que fue "un caballero que no dudó en cobijar a los artistas venezolanos que llegaron a París", como tampoco en "brindar sus consejos oportunos (...) a los jóvenes venezolanos que le solicitaron su conocimiento"; y, en verdad, fue algo que siempre recordaron, entre otros, Marcos Castillo y Luis Alfredo López Méndez. Con el apoyo de pruebas irrefutables trae a colación algunos episodios que nos ponen muy cerca de su condición moral y de la posición ante la vida del pintor, de su comportamiento cívico, de su conducta como ciudadano y de su inclinación hacia las ideologías izquierdistas. Dedica un capítulo muy especial al affaire Dreyfus , en el cual se involucró Boggio junto con Zola, Anatole France y otros intelectuales. En compañía de Georges Lecomte solía asistir a los actos que se organizaban a favor de Dreyfus. Y concluye, más adelante, que "Boggio jamás anduvo a la caza de condecoraciones y merecimientos: tenía un alto sentido de la dignidad y la solidaridad". Así, refiere Sogbe, cuando en una ocasión le dijeron que su nombre había sido incluido para ser nombrado Caballero de la Legión de Honor, "se enfureció y respondió indignado: ¿por quién me han tomado? ¿Quién ha podido figurarse que yo, después de haber felicitado a Monet, el día que rechazó la Cruz de Honor, podría ahora meterme la cintilla en el Hojal?". Hace referencia, además, a sus convicciones ideológicas y a sus afinidades con poetas de la talla de Verlaine, Rimbaud, Mallarmé y el novelista Émile de Zola, quienes también fueron sus amigos. Resalta, en fin, que Boggio, "sin lugar a dudas, vibró con todos los acontecimientos políticos e intelectuales" de la Francia de su época.
Espero que estas brevísimas referencias puedan servir para acercar a este nuevo libro de Sogbe, no solamente a los estudiosos de la historia del arte, sino también a todas aquellas personas amantes de la historia de la cultura, particularmente de la Venezuela de comienzos del siglo XX y de la Francia de los "poetas malditos", del muy famoso caso Dreyfus" y del histórico artículo de Zolá "J’ accusse".
Podrán ver con claridad, en fin, como la obra de Boggio influyó en algunos pintores nuestros de la generación del Círculo de Bellas Artes y se aclara, de una vez por todas, que Boggio nació en Caracas y no en La Guaira, como equivocadamente había sido difundido por otros investigadores.