EL NACIONAL, Caracas, 19 de agosto de 2016
Oposición de izquierda: amplia y chavista
Nicmer Evans
En política, los nombres, las categorías y los sustantivos son no sólo predominantes, sino relevantes para la definición de la organización política, la popularidad, el impacto en la opinión, el saldo organizativo y, en fin, en la política y lo político.
En lo anterior se sintetiza el afán de sectores políticos de etiquetar, de nombrar, porque así al final determinas en el colectivo, y quien tiene el poder de dar nombre, generalmente tiene mucha influencia en el devenir de lo nombrado.
Al chavismo crítico se le ha querido “nombrar” tanto por la oposición como por el gobierno, les dicen “disidentes”, “saltatalanqueras”, “traidores”, otros a favor le llaman “alternativa”, “referente”, pero sin duda, hoy ese sector político que se deslinda de la polarización y que reacciona ante las cúpulas del Psuv y la Mud, tienen la fuerza y el derecho de auto nombrarse, tal como ha decidido hacerlo Marea Socialista, para ubicarse en la oposición al gobierno del presidente Maduro, cosa que de hecho es así, pero defendiendo el derecho por ser oposición, no tener que ubicarse en la derecha ni en la Mud, y tampoco tener que negar su origen chavista, convocando a sectores más amplios, tal como lo hizo el mismo Chávez en su momento con la clase media y sectores políticos socialdemócratas.
Para algunos es un error mantenerse “chavistas”, para otros es un error definirse de oposición, y para tantos otros es también un error definirse de izquierda, pero lo que es innegable es que la combinación de todas estas categorías describe claramente la realidad de un segmento importante y creciente en el país que entiende que romper con Chávez es un error porque sería romper con la experiencia que la gente decidió tener en estas últimas dos décadas, y que romper con el presidente Maduro es romper con la posibilidad de volver al pasado del que la mayoría sigue huyendo ya que él está hoy facilitando su restauración.
Por otra parte, hoy la mayoría del pueblo venezolano no está con el gobierno de Maduro y por tanto es de oposición, pero no por ello es traidor, y menos aún ha decidido estar con la Mud, así que es absurdo y contraproducente seguir jugando a una polarización que en algún momento tuvo un sentido ideológico claro y pertinente, pero que hoy sólo es un mecanismo maniqueo que busca justificar una pugna por el poder que no representa a las mayorías.
Por último, el estigma del socialismo hoy en Venezuela, satanizado por errores de gestión tanto de Chávez, como definitivamente de Maduro, no puede impedir que quienes no estén de acuerdo con el desastre que ha generado el capitalismo en el mundo, no tengan la posibilidad de construir una alternativa distinta, y menos aún esto puede negar a pesar de experiencias desfavorables de la pretensión fallida de construcción de modelos socialistas en el mundo, jamás en suma serán peores que las atrocidades y víctimas del capitalismo en el mundo.
Por eso, el llamado debe ser amplio, pero transparente en su origen, incluyente, y que supere los errores del pasado desde una perspectiva crítica, y debe reconocer que en democracia las diferencias se resuelven con persuasión y no con imposición, y con la legitimación que da la participación en los procesos decisorios, en pos del mayor beneficio para todos, y aún más para las mayorías en momentos de crisis.
Así que bienvenida la oposición de izquierda desde un chavismo crítico amplio y diverso, que ojalá sea el inicio de la construcción de una referencia política alternativa.
Fuente: http://www.el-nacional.com/opinion/Oposicion-izquierda-amplia-chavista_0_905309525.html
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viernes, 19 de agosto de 2016
lunes, 22 de octubre de 2012
DE UNA BREVE EJEMPLIFICACIÓN
El paseo de Canache y Lepage
Luis Barragán
Parlamentarios jubilados, Carlos Canache Mata y Octavio Lepage se apersonaron en el Instituto de Previsión Social que queda en el centro de la ciudad capital. Luego de las diligencias, literalmente se aventuraron a regresar por las avenidas y calles que, por mucho tiempo, no andaban a pie.
La persona que nos contó el atrevimiento, compartió la inmediata calificación de riesgo que hicimos, estimando que el menos reconocible es uno, porque ya no luce las gafas de toda la vida, mientras que el otro, incluso, encargado de la presidencia de la República en los dramáticos días de la transición institucional que concluyó Ramón J. Velásquez, lo es más por las facturas que le han jurado. Huelga comentar que no tenemos vínculo político e ideológico con ambos y, mucho menos, amistad personal, por lo que nos sentimos – digamos – autorizados a extendernos en un trío breve de comentarios.
Por una parte, sobre todo en el caso de Lepage, éste ha sido acusado por la muerte injusta y cobarde de Jorge Rodríguez, el padre del psiquiátra del Comando Carabobo, pero que sepamos, mediante un proceso sobrio y confiable, no recae sentencia penal condenatoria sobre sus hombros ya ancianos, añadiendo que, muy probablemente, el deceso lo produjo el miserable y hasta incontrolado mecanismo de una burocracia policial que escapaba de los designios del más alto funcionariado. Atención, no lo estamos exceptuando o eximiendo de antemano, aunque sabemos de una inmensa satanización política que ha sido práctica y mensaje del actual régimen por largo años, con sobradas víctimas, que empañan y generan desconfianza hacia los medios de prueba que los imputen, jamás exhibidos como tampoco se ha hecho convincentemente con el presunto magnicidio y ni siquiera con la enfermedad presidencial. Valga la coletilla, habría que también meditar en torno a los consecutivos actos terroristas ejecutados desde la década de los sesenta que, hasta incumplimiento o desconociendo a sus naturales mandos guerrilleros, por suerte del otro incontrolado mecanismo, dieron muerte e hirieron a no pocos inocentes, cuyos culpables igualmente se acobijaron en la Política de Pacificación, y ahora están previamente absueltos y canonizados por la vigente Ley de Desaparecidos (etc.).
Por otra, ha sido tan inmensa la satanización que hay personas que no deben andar distraídamente por estas calles que amobló muy bien la telenovela de Ibsen Martínez, desconocida la libertad de tránsito en la propia y vigente Constitución de la República, debido a la amenaza de un inmediato linchamiento al ser reconocidas por los fanáticos que desean hacer tan particulares méritos, como nunca antes había acaecido en Venezuela. Y, por qué negarlo, con el apoyo de las mismas autoridades públicas, frente a todas las personas que se atrevan a la menor discrepancia pública con el gobierno nacional y su cabecilla, por anónimas que sean.
Finalmente, presumimos que una revolución ha de superar lo que había, pero no encontramos a cuadro, dirigente o líder alguno que sea equivalente a Lepage y a Canache Mata, quien – por cierto – jamás fue ministro, circunstancia que asombraría al analista de la riqueza y complejidad del ya antiguo juego político que ahora vuelca su atención sobre la miseria y simplicidad del que ocupa al oficialismo. Podemos citar otros nombres en los más variados ámbitos partidistas, sociales, gremiales, técnicos, etc., pero – lo conversaba semanas atrás con Susana Peñaloza y Max Guerra – nos ha sorprendido la experiencia, la destreza política y la profundidad de los planteamientos de ambos adecos cuando revisamos los viejos artículos de prensa, declaraciones y actas parlamentarias, además, remontadas las postrimerías de los años cuarenta con un joven que después dirigió clandestinamente a su partido, independientemente de toda adscripción política e ideológica.
Perdonemos, pero hagamos justicia. Y ésta, para que lo sea, tiene por fundamental requisito la verdad que se manifiesta con la hondura, objetividad, fiabilidad y limpieza que una sociedad de derechos humanos demanda, no precisamente la que vivimos. Opositor alguno, disidente alguno, puede andar libre y despreocupadamente por las calles ibsenianas o marcelrocheanas, antes empedradas con las mejores intenciones.
Finalmente, habrá tiempo de reformular la antigua tipología de Marta Sosa, actualizándola en un contexto de angustiosa pre-modernidad. Por lo pronto, hay quienes sienten nostalgia de los ausentes candidatos secundarios y terciarios.
Fotografía: Portada. Resumen, Caracas, nr. 46 del 24/09/74.
Luis Barragán
Parlamentarios jubilados, Carlos Canache Mata y Octavio Lepage se apersonaron en el Instituto de Previsión Social que queda en el centro de la ciudad capital. Luego de las diligencias, literalmente se aventuraron a regresar por las avenidas y calles que, por mucho tiempo, no andaban a pie.
La persona que nos contó el atrevimiento, compartió la inmediata calificación de riesgo que hicimos, estimando que el menos reconocible es uno, porque ya no luce las gafas de toda la vida, mientras que el otro, incluso, encargado de la presidencia de la República en los dramáticos días de la transición institucional que concluyó Ramón J. Velásquez, lo es más por las facturas que le han jurado. Huelga comentar que no tenemos vínculo político e ideológico con ambos y, mucho menos, amistad personal, por lo que nos sentimos – digamos – autorizados a extendernos en un trío breve de comentarios.
Por una parte, sobre todo en el caso de Lepage, éste ha sido acusado por la muerte injusta y cobarde de Jorge Rodríguez, el padre del psiquiátra del Comando Carabobo, pero que sepamos, mediante un proceso sobrio y confiable, no recae sentencia penal condenatoria sobre sus hombros ya ancianos, añadiendo que, muy probablemente, el deceso lo produjo el miserable y hasta incontrolado mecanismo de una burocracia policial que escapaba de los designios del más alto funcionariado. Atención, no lo estamos exceptuando o eximiendo de antemano, aunque sabemos de una inmensa satanización política que ha sido práctica y mensaje del actual régimen por largo años, con sobradas víctimas, que empañan y generan desconfianza hacia los medios de prueba que los imputen, jamás exhibidos como tampoco se ha hecho convincentemente con el presunto magnicidio y ni siquiera con la enfermedad presidencial. Valga la coletilla, habría que también meditar en torno a los consecutivos actos terroristas ejecutados desde la década de los sesenta que, hasta incumplimiento o desconociendo a sus naturales mandos guerrilleros, por suerte del otro incontrolado mecanismo, dieron muerte e hirieron a no pocos inocentes, cuyos culpables igualmente se acobijaron en la Política de Pacificación, y ahora están previamente absueltos y canonizados por la vigente Ley de Desaparecidos (etc.).
Por otra, ha sido tan inmensa la satanización que hay personas que no deben andar distraídamente por estas calles que amobló muy bien la telenovela de Ibsen Martínez, desconocida la libertad de tránsito en la propia y vigente Constitución de la República, debido a la amenaza de un inmediato linchamiento al ser reconocidas por los fanáticos que desean hacer tan particulares méritos, como nunca antes había acaecido en Venezuela. Y, por qué negarlo, con el apoyo de las mismas autoridades públicas, frente a todas las personas que se atrevan a la menor discrepancia pública con el gobierno nacional y su cabecilla, por anónimas que sean.
Finalmente, presumimos que una revolución ha de superar lo que había, pero no encontramos a cuadro, dirigente o líder alguno que sea equivalente a Lepage y a Canache Mata, quien – por cierto – jamás fue ministro, circunstancia que asombraría al analista de la riqueza y complejidad del ya antiguo juego político que ahora vuelca su atención sobre la miseria y simplicidad del que ocupa al oficialismo. Podemos citar otros nombres en los más variados ámbitos partidistas, sociales, gremiales, técnicos, etc., pero – lo conversaba semanas atrás con Susana Peñaloza y Max Guerra – nos ha sorprendido la experiencia, la destreza política y la profundidad de los planteamientos de ambos adecos cuando revisamos los viejos artículos de prensa, declaraciones y actas parlamentarias, además, remontadas las postrimerías de los años cuarenta con un joven que después dirigió clandestinamente a su partido, independientemente de toda adscripción política e ideológica.
Perdonemos, pero hagamos justicia. Y ésta, para que lo sea, tiene por fundamental requisito la verdad que se manifiesta con la hondura, objetividad, fiabilidad y limpieza que una sociedad de derechos humanos demanda, no precisamente la que vivimos. Opositor alguno, disidente alguno, puede andar libre y despreocupadamente por las calles ibsenianas o marcelrocheanas, antes empedradas con las mejores intenciones.
Finalmente, habrá tiempo de reformular la antigua tipología de Marta Sosa, actualizándola en un contexto de angustiosa pre-modernidad. Por lo pronto, hay quienes sienten nostalgia de los ausentes candidatos secundarios y terciarios.
Fotografía: Portada. Resumen, Caracas, nr. 46 del 24/09/74.
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