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jueves, 24 de julio de 2014

CURSO BÁSICO DE ARTE CONTEMPORÁNEO (7)

EL NACIONAL - DOMINGO 25 DE ABRIL DE 1999
El arte de coleccionar lo contemporaneo
La reciente apertura de exposiciones sobre nuevas adquisiciones de obras de arte por el Museo de Bellas Artes, la Galería de Arte Nacional y el Museo Alejandro Otero son la excusa para este trabajo reflexivo en el que Juan Carlos Palenzuela (crítico de arte), Sandra Pinardi (investigadora) y Anita Tapias (curadora) exploran los espacios museísticos para reflexionar sobre cada una de estas exhibiciones, previa indagación genérica del tema por Maria Luz Cárdenas (curadora). El objetivo: entender la génesis de una colección a partir del análisis de criterios de selección, aciertos, desaciertos y políticas relativas a cada una de ellas
Patrimonio en juego
María Luz Cárdenas

Recuerdo a Edy de Wilde, antiguo director del Museo Stedelijk de Amsterdam y creador de una de las más completas e importantes colecciones de arte contemporáneo en el mundo, cuando a propósito de los criterios que marcan el proceso de formación de un patrimonio, declaraba que en su casa no tendría obras de más de 5 artistas porque, después de todo, allí podía dar rienda suelta a su gusto personal y a sus propias arbitrariedades; mientras que, en el Museo, el problema era diferente: un problema de responsabilidad social ante su país y la comunidad artística internacional. "El director de un museo -acotaba- a diferencia de un coleccionista privado, debe incorporar obras de movimientos importantes aún cuando no sean sus modos favoritos de expresión en las artes visuales, o sean disciplinas que se mantienen lejos de su espectro de sensibilidad subjetiva. Muy raras veces un coleccionista privado adquiere una obra que, por muy buena o importante, no sea de su preferencia; pero jamás un museo debe adquirir una obra que, a la larga, no mantenga un espacio de consagración. `Dios no hizo nada más grande que un día tras otro', y de nada vale engañar al tiempo, que es el más implacable juez". He ahí la clave para el asunto que nos ocupa: porque lo que está en juego es la inversión de un dinero que no es de uno, ni siquiera del Estado, sino de un país; y, si se trata de un país en crisis, la situación se torna muchísimo más delicada. En el fondo, un coleccionista privado puede correr el riesgo de equivocarse, pero no así un director o curador de museo quien, si no sostiene en el tiempo la calidad de su inversión, incurrirá en un acto delictivo. Bajo ello yace la necesidad de fijar criterios, entre los cuales cabe mencionar la claridad en la selección, es decir, poseer un conocimiento exacto de lo que se quiere y lo que se busca; la selección de obras y artistas claves dentro del escenario artístico y de la mejor calidad; el sentido de la oportunidad de la adquisición, con el riesgo y las dificultades que ello implica: la obra correcta en el momento correcto y al mejor precio; el logro de consistencia en la selección: obras capaces de mantener su calidad, vigencia y valor con el paso del tiempo; la incorporación de obras que activen relaciones, nuevas lecturas, que proporcionen detonantes para futuras investigaciones; la inversión razonable, con un uso eficiente de los recursos financieros y, por último, la exigencia de ser sumamente claro, firme y transparente ante las presiones del mercado, los amigos, los coleccionistas o los propios gobernantes. En otras palabras, estamos ante una cuestión de fortaleza técnica y ética, donde lo fundamental es conservar en todo momento la inspiración orientadora de que se está entregando a una nación un patrimonio artístico que no podrá ser de otra forma sino sólido, homogéneo y de incuestionable valor. No es sólo el prestigio de una persona lo que se apuesta, sino la calidad de lo que sobrevivirá o no con los años.
La reflexión viene a colación cuando pensamos en el panorama actual de la formación de colecciones de arte exclusivamente contemporáneo, donde, con frecuencia, se asume ese término con posturas fundamentalistas y contradictorias que operan con ínfulas de verdad absoluta. Hoy día, por ejemplo, el comercio internacional de obras de arte aspira determinar autoritariamente, como única vía de la contemporaneidad, las tendencias conceptualistas que denomino "vanguardias estandarizadas del mercado", en las que los curadores, galeristas y críticos se han empeñado reunir bajo categorías extremadamente débiles, un tipo homogéneo, mediocre y liviano de expresión que, no obstante, proporciona buenos dividendos en las ferias, las exposiciones itinerantes, las revistas comerciales y ciertas colecciones privadas. Pero la colección de un museo contemporáneo jamás deberá parecer arrancada de las páginas de revistas de corrientes en boga como Flash Art o Polyester. Si así sucede, quizás sea más honesto llamar a esas bizarras combinaciones "colecciones de actualidades", de "modas o variedades"; ya que, al final, lo imperdonable no sólo será el engaño, sino haber actuado con un facilismo extremo, apoyado sobre intereses personales y fórmulas banales, pensando que el público es idiota.
Latinoamérica en el MBA: un diálogo con su propio tiempo
Sandra Pinardi
Organizar, estructurar y pensar una colección latinoamericana de arte supone un esfuerzo reflexivo fundamental para nuestros países porque involucra siempre, aunque no necesariamente de manera explícita, una definición y una proyección de lo que es y debe ser la cultura, de sus características y sus modos de despliegue. Una colección no es una agrupación de objetos sino una búsqueda y una proyección de sentidos, un grupo de objetos que no son sólo emblemas de un lugar o de una época, sino que se presentan también como identidad y como memoria, como aquello desde lo cual las historias se cuentan y las preguntas se realizan.
Una colección latinoamericana nos implica en tanto que es un lugar que, de alguna manera, nos está diciendo y nos esta interpelando: a partir de esa actividad comunicativa es pertinente -y necesario- preguntarnos: ¿qué imaginario elabora, en que narración nos encuentra?
Las nuevas adquisiciones latinoamericanas del Museo de Bellas Artes (MBA) son la exposición del desarrollo de una colección. En este sentido, poseen un relato y otorgan unos espacios de reconocimiento, estructuran una versión y una visión de lo que nos es pertinente y cercano culturalmente. Es evidente que, al ser una selección, opere como un territorio en el que siempre podemos encontrar ausencias o discutir inclusiones, pero para los fines de este texto eso es poco importante.
Estas nuevas adquisiciones tienen la virtud de mostrarnos una Latinoamérica que dialoga con el mundo y con su propia temporalidad desde una pluralidad intensa de formas, manifestaciones, ejercicios imaginarios y signos expresivos -de obras- que no permiten en su presencia una percepción -y una lectura- que las descubra inmediatamente, que las delimite a una región o a un conjunto de fórmulas de reconocimiento. Es una pluralidad que no sólo da cuenta de una identidad dificultosa y construida desde la complicidad de diferencias, sino igualmente de una diversidad de modos de ser que permite, a su vez, una multiplicidad de pertenencias, una cierta irresponsabilidad productiva y transformadora.
Una Latinoamérica que parece haber superado la determinación impuesta que la limitaba a concebirse como territorio -como expresión exuberante, mágica, intuitiva- para enfrentarse a lo otro -al mundo- desde la síntesis formal y la reflexión en un intercambio que es, a la vez, de apropiación y de reconocimiento. Por ello, se mantienen en estas obras abiertamente "contemporáneas" en su forma y en su presencia esos símbolos y esas imágenes que nos nombran -al menos ante los otros-, pero en su mayor parte se mantienen como ecos y no como fundamentos, como un sonido alivianado que se ha transformado desde el encuentro con los otros, como un lugar para la analogía y la relación, nunca como un espacio de determinación.
En general, Latinoamérica habla en estas obras, salvo en contadas excepciones, en un discurso que es de todos y para todos, que no se distingue ni se piensa como un reconocimiento contextual que, en esa medida, permita elaborar apropiaciones "políticas", determinaciones regionales. Estas obras proponen un discurso que, elaborado minuciosa y cuidadosamente sus problemas y sus preguntas, diluye, o al menos, oscurece, sus dificultades y ausenciasconvirtiéndose en una universalidad indeterminada. Falta una señal que nos cuente ese lugar específico y esa memoria situada que son las mismas obras, que nos recuerde su origen y su dimensión comunitaria. Falta una textura y una declaración que nos permita descubrirnos como lugar y como sociedad, como imaginario e historia..
Adquirir lo que se expone
Anita Tapias
Hablar de la política de adquisiciones que rigen a nuestras instituciones museísticas no es tarea fácil. Existen muchas variables que entran en juego, pero sobre todas ellas el compromiso de dar cuerpo a una colección priva por encima del resto. La pregunta que se impone entonces es ¿Cuáles son los criterios que deben estar presentes al momento de ingresar una obra al patrimonio? Pensaríamos de inmediato en la representatividad, excelencia, calidad estética, valor histórico, que vacío llena, entre otros. Es sin duda un ejercicio difícil, más aún cuando la directiva de un museo, así como su junta asesora, consejo directivo o comité de adquisiciones, tienen poco tiempo para encargarse de incrementar coherentemente una colección.
El Museo Alejandro Otero (MAO) no escapa de esa estructura organizativa, más aún si tomamos en cuenta que hasta hace sólo 5 años, el MAO no contaba con un perfil claramente definido. Esta situación que ha permitido entretejer una afortunada complicidad entre los directivos y sus asesores, los ha puesto en el desafío de estructurar no sólo el perfil de una programación expositiva sino el norte de su colección. Este museo, asumido como el escenario por excelencia de las más recientes manifestaciones del arte contemporáneo de América Latina, ha programado en los últimos 5 años una programación cónsona con los objetivos trazados. En sus espacios se han exhibido obras de las figuras relevantes de nuestra contemporaneidad, artistas venezolanos dialogando permanentemente con autores del propio continente, así como de otras latitudes. Este ejercicio ha permitido al visitante conformar una clara lectura de las más recientes manifestaciones plásticas al tiempo que ha servido de apoyo a jóvenes ávidos de dialogar y confrontar sus propuestas.
La actual exposición Contemporánea. Adquisiciones 1994-1998 resulta afinada y en sintonía con ese perfil museístico que busca aquilatar lo más vivo de la contemporaneidad, sin descuidar el compromiso de conformar una colección de obras de Alejandro Otero, autor hasta hace pocos años no representado y cuyo nombre identifica a la institución misma. De este maestro adquirió el MAO, entre otras obras, 2 piezas fundamentales:"Estudio para Coloritmo N° 1" y "Composición A" representativas ambas de uno de los momentos más reveladores en la producción de Otero.
El otro núcleo de la colección es el correspondiente al arte contemporáneo. En él están incluidos varios artistas venezolanos que en los últimos años han participado de manera efectiva en las exhibiciones, salones y bienales tanto en Venezuela como en el extranjero. Aziz+Cucher, Sigfredo Chacón, Eugenio Espinoza, José Gabriel Fernández, Dulce Gómez, José Antonio Hernández-Diez, Diana López, José Luis López Reus, Luis Molina Pantin, Juan Nascimento, Roberto Obregón, Meyer Vaisman y Alfred Wenemoser, entre otros.
La coherencia presente en esta selección se ve favorecida por el perfil mismo del museo, que ha permitido crear un núcleo de obras, abierto, plural y de alta calidad. No pasan desapercibidas varias de las piezas seleccionadas, pues pudimos verlas por vez primera en las exposiciones de arte contemporáneo más interesantes de los últimos años: Trasatlántica, "Purapinturabstracta N° 13 (Bubble gum)" de Sigfredo Chacón, Sin fronteras, "Plegadura" de Alfred Wenemoser, La invención de la continuidad, donde vimos por vez primera la pieza de Alí González "Archivología 2", Re-Ready made, que mostró el trabajo de Yucef Merhi "Poliverso andróctono", Indice con la obra de Dulce Gómez "Dibujo en rojo"; así mismo en los eventos de confrontación tipo Bienal de Guayana donde participaron Diana López con "Lugar placentero" y Luis Romero con "Más por menos" y "Tres caminos", obras incluidas en esta colección.
Igual de estimulante ha sido reencontrarnos con piezas de artistas latinoamericanos y europeos que también estuvieron incluidas en exposiciones recientes. Es el caso de Rosángela Renó y Gerardo Suter en Hacer memoria y la brasileña Iole de Freitas en Entre telas, con su obra "Sin título".
A manera de epílogo podríamos comentar que la columna vertebral de los museos la conforman sus obras, por lo tanto una colección bien pensada y estructurada permite la unidad de una lectura y la claridad al momento de deliberar sobre las posibles adquisiciones. También es necesario aclarar que toda selección es en consecuencia discriminatoria, aunque esto cree descontento en los artistas no representados.
Es importante hacer énfasis en lo delicado del compromiso de ingresar al patrimonio (y esto vale para todas las instituciones museísticas) piezas que "realmente" no sean lo suficientemente representativas del autor o cuyo peso histórico no sea del todo definitorio. Esta actitud descalifica y no beneficia directamente la unidad y calidad de la colección, más aun cuando hablamos de autores contemporáneos que llevan poco tiempo de trabajo y que seguramente nos reservan importantes y positivas sorpresas. Me refiero a Trash de Meyer Vaisman y a la obra de Diana López que participó en la Bienal de Guayana. En el caso de la primera estamos frente a una pieza que no es la más representativa del autor. En el segundo caso, la pieza de López está contextualizada dentro de la convocatoria de la bienal y fuera de ese contexto carece de sentido. Al adquirir piezas de artistas jóvenes, en muchos casos, nos encontramos con una falta de coherencia en el desarrollo de los trabajos, es decir, con saltos discursivos. Es el caso de Dulce Gómez que, aunque con una muy buena participación en esta colección, presenta diferencias conceptuales en trabajos posteriores. En todo caso, la pregunta a plantearse es cómo entran a formar parte de las colecciones de los museos piezas de artistas jóvenes. Quizás, en algunos casos, hay que esperar que los discursos maduren. Esa es la realidad y el riesgo de coleccionar arte contemporáneo.
Acumular de todo
Juan Carlos Palenzuela
 Cíclicamente la Galería de Arte Nacional (GAN) exhibe sus adquisiciones. El conjunto de obras es pequeño y heterogéneo, por lo que pasa como una exposición de rutina, sin otro argumento que la justifique que el administrativo, el de los números de ingreso. No hay siquiera una elemental publicación que registre las nuevas fichas, por lo que el acto es efímero y se diluye con la entrada de las obras a depósito.
La colección de la GAN se fundamenta en un criterio ecléctico que abarcaría al máximo todo el arte venezolano. Esa amplitud conduce a generalizaciones y, en ocasiones, a vaguedades. Arte venezolano de todos los tiempos, de todos los autores, de todos los géneros, de todos los temas, sin detenernos en la trascendencia individual, en su importancia histórica, en su cualidad plástica o en la constitución de una obra determinada. Otros se encargarán de su conservación. En esta ocasión el esfuerzo se afinca en la recolección grande de cualquier miseria.
Como todo museo, suponemos que las adquisiciones y donaciones son objeto de estudio por parte de un comité especializado, estrechamente vinculado a la función del museo y a cuestiones específicas de su colección. Sucede, sin embargo, que cuando se expone la colecta anual y el conjunto carece de alguna obra mayor que justifique toda la acción o, al menos, que haga tolerable la inversión, queda la percepción de fallas en el procedimiento.

Que una chaqueta, prenda de vestir insulsa, pase como obra de arte por un millón de bolívares es una fanfarronería. El precio será su significación, pero el objeto es absolutamente mediocre.
¿Cuáles fueron las adquisiciones o donaciones recientes de la GAN? Algo que pasó y se borró del recuerdo inmediato, algo que estuvo en la pared semanas atrás. Apenas recuerdo el retrato de Duarte por Richter (donación), una pintura de Pizzani, un dibujo de Poleo, un relieve constructivista de González Bogen, alguna fotografía, un cuadro colonial y una obra de Bárbaro Rivas.
Antes que meditar sobre la inmediatez de las nuevas adquisiciones, me concentraría en el sentido de una colección, patrimonio pocas veces llevado a sala (guardado en un depósito desbordado para su función) y, en consecuencia, mal conocido.
Parecería que la política de adquisiciones se rige por lo cuantioso de los ingresos antes que por la calidad y trascendencia de los mismos. Sobre esto nunca habrá posibilidad de acuerdos. Sin embargo quizás deba explorarse un punto intermedio: en un momento en que el mercado del arte está afectado y cuando muy pocas obras maestras circulan en oferta, hubiese sido acertado ensayar compras sobre esa generación que en esta ocasión apenas quedó representada por Pizzani, la cual está, en términos generales, en un momento de excelencia de su producción y con obras acumuladas en sus talleres. Todavía más audaz sería dirigir la voluntad de la institución hacia esa otra generación de Luis Romero, Dulce Gómez o Javier Téllez, adquiriendo conjuntos, estableciendo el momento histórico, corriendo el riesgo. Pero para ello es indispensable una dirección que la GAN no tiene.

Fotografías: LB, apartamento en remodelación.

sábado, 3 de marzo de 2012

LIZARDÍAS


EL NACIONAL - Sábado 03 de Marzo de 2012 Papel Literario/3
Una exploración en modo de las causas materiales
SANDRA PINARDI

Las imágenes visuales, cuando son producto de un hacer que procede explorando, son la simiente de diversas interpretaciones y lecturas.

Esta complejidad puede referirse a lo que la imagen figura o manifiesta, o puede corresponder a lo que la imagen silencia o reserva, a lo que elude o esquiva (no a lo que vemos sino a lo que aparece como instrucción velada). En el segundo caso, la imagen se constituye en lugar: lo figurado se compromete indefinidamente con y en su soporte mostrando aquello mismo en lo que habita, y convirtiendo su materialidad en el principio esencial de su presencia. Las tintas, dibujos, recortes encubiertos y revistas de Luis Lizardo tienen esa condición de imagen-lugar: son una apertura en la que "figura" y "soporte" despliegan libremente su plasticidad, se dilatan y se prolongan uno en el otro construyen una urdimbre de revelación y juego.

Lizardo lo dice claramente: no se trata de ocultar, de enmascarar, tampoco de mostrar o manifestar una expresión o una idealidad prefigurada, sino de perseguir, descubrir y reconocer qué es lo que habita en los soportes (en las telas, los papeles, las imágenes robadas).

Recuerda aquello que Aristóteles llamaba causa material: el principio corpóreo, tangible del que algo está hecho y que da lugar a su existencia (no a que sea definible, sino a que acontezca en el mundo). Su indagación se aproxima a ese momento material y fundador de la existencia de las imágenes gracias al que abandonan el espacio de la idealidad, de lo puramente imaginario, para con ello mirar críticamente el espacio teórico de las artes plásticas.

En efecto, las artes visuales han privilegiado tradicionalmente la causa formal, y han elaborado teóricamente su imagen entendiéndola como una expresión (traducción, exteriorización) de deseos o intenciones subjetivas, colectivas, imaginarias, simbólicas o ideales. Pero al igual que Lizardo, las obras mismas han enfrentado continuamente esa delimitación teórica, se han sustraído al confinamiento ideal, y se han incorporado al mundo mostrando que su luminosidad no proviene de las figuras, las formas o ideas que objetivan, sino del modo cómo en ellas la causa material nunca se retira ni se subsume a la formal, y permanece siendo potencia y apertura, disposición al movimiento.

Estas obras de Lizardo atienden al momento material de la imagen --o a la imagen como ocasión material--, ese momento de existencia en la que la imagen no es definible como objeto tampoco como forma, sino que se presenta como materia potencial. Explora, entonces, un modo secreto, silencioso e in-significante de la imagen en el que su tensión interior se convierte en percepción y actualidad, y en el que la mudez se convierte en un decir huidizo y excedente, esquivo y desbordado. En las tintas y dibujos sobre velo, este momento material de la imagen se entrega como un conjunto de vestigios y señales autónomas y activas que son el producto de un ejercicio de "dejar ser". Se crea una sola superficie múltiple, en la que la materia tiende a su propia desaparición (hacia su instante de imperceptibilidad) en la apropiación materializada de unas indicaciones gráficas y cromáticas que se retraen como soportes: por ello no hay entre el soporte y la línea o la mancha de color una relación aditiva sino que es el soporte mismo el que se hace mancha o línea, y es el trazo o el color el que se inscribe visualmente como tela. En los recortes fotográficos o en las revistas la ocasión material de la imagen acontece como una operación de encubrimiento, en la que unas imágenes pierden sus límites y certezas bajo la fuerza de unas borraduras que las revierten haciéndolas soportes: superficies blanquecinas, vaciadas.

Este momento material de la imagen impone incertidumbre, ambigüedad y dificultad al ejercicio del ver, sea porque se instala en una causa material que se sustrae de cualquier formalización definitoria y definitiva, sea porque se inscribe como un conato de presencia: siempre en fuga, escapando. Sin embargo, ese modo huidizo fascina porque afirma que el "tener lugar" de la imagen no está decidido ni definido por una expresión o una idea, sino por esa materia indiferente que ha logrado transmutarse, a la vez, en potencia de figuración y en superficie de reflexión.

Las tintas, los dibujos, los recortes fotográficos y las revistas de Lizardo operan como intervalos, no sólo de esa imagen espectacular que nos abruma en la vida cotidiana, sino también del esfuerzo constructivo de su pintura. Se dan como intervalos, es decir, como distancias y diferencias, como anotaciones marginales, en los que se pierden los límites y se desvanecen las fronteras, como escenas predispuestas a la paradoja, lo imposible, lo inadecuado, pero también a que el disfrute se haga visible, se convierta en presencia.


EL NACIONAL - Sábado 03 de Marzo de 2012 Papel Literario/3
Insoportables Lizardos
RAFAEL CASTILLO ZAPATA

De tanto pintar, es posible, un día, un pintor pierde la pintura: se pierda para ella.

Perder la pintura, para un pintor, es entrar, de repente, en una suerte de lasitud muscular, una pesadez del ojo, una ceguera que es también una sordera a los tonos y a los timbres, por ejemplo, del color.

De pronto, un pintor se hastía de las avalanchas cromáticas de sus tiempos de sobreabundancia. No le apetece ya tanta lujuria. Necesita someter sus mediodías incandescentes, atardecerlos con penumbras, mitigarlos mediante agrisamientos casi punitivos, como haciéndose violencia para acallar su propio ímpetu estridente de formas y contrastes.

Comienzan a interesarle las membranas, las pantallas, los velos, las neblinas y las brumas.

Y empieza, entonces, no a pintar sino a velar.

En vez de pintura, veladura.

Pero ese acto de velar, nada tiene que ver con borrar u ocultar. Ni con desasimiento o desistimiento. No es renuncia. No es huida.

Esa veladura es otra forma de pintar.

Pintar por sustracción.

Pues se trata precisamente de sustraerse a la pintura.

Por eso, a veces, un pintor necesita situarse en los márgenes de su arte: dibujar, fotografiar, fotocopiar, bordar, escanear, envolver, cortar y pegar, coser, tejer, perforar, doblar.

De pronto la figura se hace intratable. Intratables los contornos, los volúmenes, las relaciones, los ritmos.

De pronto el propio soporte se hace insoportable. Se quisiera pintar en el aire. O en algo parecido al aire, sutil e invertebrado.

P i nt a r v el a ndo. P i ntar sobre un velo. Velar lo pintado.

Alcanzar, de pronto, lo insoportable en pintura, lo insoportable de la pintura.

Aquello que emerge por ausencia o abstinencia.

Aquello que no se puede poner ni disponer y, sin embargo, viene, adviene, se da.

Un ahí pictórico, pleno, casi puro; pero sin pintura.

Una presencia impresentable.

Lo leve.

Y en levitando, pintar.

Volar a pintar.

Volver.

Otra vez.

Diciembre, 2011 En el vacío de la pintura perdida, el pintor.

miércoles, 16 de febrero de 2011

EL ORIGEN DE LOS ORIGENES


EL NACIONAL - SÁBADO 04 DE NOVIEMBRE DE 2006 P/4 Papel Literario
CENTENARIO HANNAH ARENDT (1906-1975)
Hannah Arendt: la lógica de la idea o la radicalidad del mal
Se la lee y estudia en decenas de lenguas en todo el mundo. Se organizan debates. Los especialistas se reúnen e intercambian sus interpretaciones. El recuerdo de su centenario ha generado un aumento del interés en su obra. En Caracas, los próximos 13 y 14 de noviembre, se celebrará un simposio con la participación de Carlos Kohn (Universidad Central de Venezuela) y Hauke Brunkhorst (Universidad de Flagenburg, Alemania), organizado por Goethe Institut, la Unión Israelita de Caracas y la Universidad Central de Venezuela. Hace una semana dimos inicio a la publicación de una serie de trabajos con los que Papel Literario se suma a la conmemoración. Hoy ofrecemos el ensayo de Sandra Pinardi, colaboradora de este suplemento y autora de la columna Reportes de la erosión
Sandra Pinardi

(Los orígenes del totalitarismo Hannah Arendt Taurus Ediciones Madrid, 2004)

Hannah Arendt fue una actora y un testigo del siglo XX: de sus contradicciones y horrores, de las formas impensables --y en muchos casos "imposibles"-con las que la modernidad particular que se consolidó en ese siglo distanció al hombre medio tanto de la esfera de la vida pública como de su propia existencia, situándolo en una zona indeterminada desde la que se enfrenta cotidianamente con la pérdida de su propia libertad, de su capacidad para hacer siempre el mundo otra vez, de nuevo. En este sentido, su obra, dirigida a todos, escrita para muchos, es el resultado de una honda reflexión acerca de las condiciones de existencia de ese hombre que tiene que habérselas con el desvanecimiento de sus posibilidades de acción, una reflexión de espera y promesa que intenta recuperar un lugar para lo humano, y un tiempo para restituirlo, para hacerlo nuevamente el fundamento de la comprensión --del conocimiento-y de la acción --de la cultura.

Nacida en Alemania y de origen judío, Arendt conoció el exilio y la persecución, la violencia y el caos que ocasionan "dos guerras mundiales en una sola generación", conoció de cerca la extinción de un mundo --de un orden-que se fragmentaba, se desmembraba, produciendo una expatriación sin precedentes, un desraizamiento sin restitución posible, y consignando al hombre a convivir con su propia inhumanidad. Ante un futuro impredecible, desde una herencia hipotecada por el terror y la impotencia, se propone con un "incansable optimismo" descubrir los mecanismos, ocultos o evidentes, que dieron lugar a ese desfallecimiento, a esa desintegración.

Sus textos, en este sentido, asumen un compromiso irrestricto con lo humano y con la realidad que de allí se genera; llenos de afecto y comprensión, se hacen cargo de las contradicciones y las incompatibilidades de la vida moderna, de las cicatrices con las que las "fábricas de la muerte", el racismo y los sistemas totalitarios de dominación habían marcado el curso de la historia y los espacios de la ética.

Esas experiencias extremas aportaron a su mirada y a su pensamiento una especial agudeza que le permitió entrever la complejidad de unos procesos que parecían exceder los límites con los que tradicionalmente la cultura occidental los había pensado y experimentado, y que requerían, por tanto, para su comprensión una reflexión sin ataduras, sin prejuicios, capaz de hacerse cargo de aquello que sus propias instancias ideales negaban doctrinariamente.

Una reflexión que se inicia investigando el espacio del "entre todos" –los ámbitos sociales y políticos, el quehacer públicoy que intentan encontrar –donar al menos como promesaalguna respuesta a una de las paradojas fundamentales de la sociedad contemporánea, aquella que se tensa --o se articula-entre "el poder actual del hombre moderno (más grande que nunca hasta el punto incluso de ser capaz de poner en peligro la existencia de su propio Universo) y la impotencia de los hombres modernos para vivir en ese mundo, para comprender el sentido de ese mundo que su propia fuerza ha establecido."

1Sus análisis, entonces, a pesar de que en algunos momentos pueden parecer permeados de cierta nostalgia, son una búsqueda incesante, la de establecer desde y con los hombres --pública y privadamente-las condiciones necesarias para re-iniciar el mundo, para estructurarlo de nuevo como un verdadero lugar "entre todos"; como un mundo libre en el que cada hombre, desde lo que es y a través de su acción, pueda articular lúcida y reflexivamente su relación con la historia, con el poder, con la realidad, con el futuro. "El antisemitismo (no simplemente el odio a los judíos), el imperialismo (no simplemente la conquista), el totalitarismo (no simplemente la dictadura), uno tras otro, uno más brutalmente que otro, han demostrado que la dignidad humana precisa de una nueva salvaguardia, que sólo puede ser hallada en un nuevo principio político, en una nueva ley en la Tierra, cuya validez debe alcanzar esta vez a toda la Humanidad y cuyo poder deberá estar estrictamente limitado, enraizado y controlado..."

2Hannah Arendt posee una extensa obra, entre sus principales trabajos encontramos La condición humana (1958), Entre el pasado y el futuro (1961), Eichmann en Jerusalem (1963), De la revolución (1968). Los orígenes del totalitarismo, publicado en su primera versión en 1951, delinea detalladamente las marcas determinantes y distintivas de los regímenes totalitarios del siglo
XX, específicamente de los liderizados por
Hitler y Stalin, delinea igualmente los pasos que condujeron y dieron lugar a esos sistemas de dominio, mostrando la profundidad con la que estos sistemas han herido la condición humana y la cultura occidental.

Hace patente cuán incrustado estaba el racismo en la sociedad europea del siglo
XIX y cómo la expansión imperialista comercia con la crueldad y la muerte, su análisis de los regímenes totalitarios, la conclusión a la vez de la historia política de la modernidad occidental y de este libro, expone la "naturaleza verdaderamente radical del mal": sus operaciones, los marcos y aporías que impone, la terrible discontinuidad con que clausura la historia.

Este texto, Los orígenes del totalitarismo, ha generado dudas, algunas relacionadas con el paralelo que Arendt establece entre el nazismo y el comunismo de Stalin, otras referidas a diferentes aspectos de su análisis, a pesar de todas ellas, es innegable --y de algún modo inagotable-la fuerza con la que el texto reflexiona acerca de los sistemas totalitarios, comprendiéndolos como una inédita forma de autocracia, incapaz de comprenderse desde la tradición y las ideas del pensamiento político occidental; una forma inédita, que brotó de la sociedad occidental misma, de sus corrientes subterráneas, y que empujó a esa misma sociedad a perseguir fantasías de dominación y venganza, en un movimiento sin fin, sin continente y sin contención.

Algunos de los elementos con los que Arendt delinea el totalitarismo son, aún hoy en día, fundamentales para comprender las operaciones, el talante y los procedimientos de los sistemas políticos contemporáneos, para intentar vislumbrar --entrever-el "orden social" que vivimos, el mundo que se nos impone.


"...una mentalidad que...pensaba
3en continentes y sentía en siglos"
Los lugares de la impermanencia
Una de las características de los movimientos totalitarios es la "impermanencia", evidenciada por ejemplo en la "sorprendente celeridad con la que son olvidados y la sorprendente facilidad con que pueden ser reemplazados."

4Esta "impermanencia", por una parte, parece exhibir una suerte de condición provisional, de volubilidad, en virtud de la que nada --ni la vida ni las promesas o las esperanzas-en los sistemas totalitarios opera inscribiéndose definitivamente como finalidad, como necesidad, por la otra, hace patente y explícito que los movimientos totalitarios son "puro movimiento", actos continuos de violencia que desarman cualquier posibilidad de identificación, de reconocimiento --social o individual--, y que, por ello mismo, se ejercitan ideológicamente, de espaldas a la realidad que informan o que los determina. En efecto, la "impermanencia" no es sólo una disposición para la transformación, para el olvido, es también un mecanismo brutal de alienación, mediante el cual los hombres y los pueblos son negados a su propia experiencia, son excluidos de sus lugares y circunstancias.

En este sentido, vale la pena preguntarnos por el significado subterráneo de esa "impermanencia", preguntarnos así mismo por las instancias que allí se ponen al descubierto. En principio, la impermanencia es la ausencia de determinación espacio-temporal, de circunscripción, no porque los regímenes totalitarios no estén inscritos en un momento preciso de la historia o se den en lugares determinados, sino porque se piensan a sí mismos como divorciados, como desprendidos, de cualquier circunstancia y, con ello, de la experiencia misma a través de la que existen, en la que ocurren. Son impermanentes porque han cancelado los lugares y el tiempo en una pretensión de absoluto, en su simulacro de plenitud que subsiste sólo en la medida en que pueda, continuamente, desvalorizar y negar los espacios reales de la experiencia y la vida, de la diferencia y la disidencia; son impermanentes, entonces, porque no dan lugar a la vida: la convierte en número (hombre-masa) o en engranaje (hombre-ejecutor).

Efectivamente, en los movimientos totalitarios todo "momento" específico se invalida porque se le considera sólo como un paso, una etapa; toda circunstancia particular pierde significado al confrontarse con la plenitud de ese "destino" absoluto que debe su consistencia a la reiteración de los discursos y las ideas; la impermanencia describe, entonces, un "estado de cosas" en el que la existencia se convierte en pura negatividad: un ahora sin consistencia ni relevancia, un lugar que es sólo el preámbulo de algo otro, una vida sin resguardos entregada a identificaciones automáticas y prerreflexivas, una sociedad convertida en un
Uno: inexistente, impensable.

Este "estado de cosas" es pensado por Arendt desde la idea de "puro movimiento": "El objetivo práctico del movimiento consiste en organizar a tantos pueblos como le sea posible dentro de su marco y ponerlos y mantenerlos en marcha: un objetivo político que constituyera el final del movimiento simplemente no existe".


5En efecto, puro movimiento, acción sin destino hacia un "destino común" que es una pura operación discursiva, una proposición sin figura ni contenido específico. Porque no hay finalidad no hay, en sentido estricto, una "esfera pública" en la que actuar o a la que pertenecer, en el puro movimiento que son los regímenes totalitarios lo común es un agregado --individuos atomizados, aislados-que exige, para establecerse, "una lealtad total, irrestringida, incondicional e inalterable" justamente porque no se hace de conexiones ni de comprensión, porque no se instaura como comunidad: esa es la sociedad del Uno, una que "se halla desprovista de todo contenido concreto", una falsificación del "entre-todos", un simulacro inscrito en el olvido.


El "ser de masa": las lagunas de la identidad
La sociedad del Uno, encarnada siempre en un alguien, es el ejercicio sin restricciones de los mecanismos de falsificación que aparecen cuando las comunidades se hacen masa, cuando la historia se quiebra en la figura de un destino puramente formal. La sociedad del Uno sólo es posible en el "ser de masas", es decir, allí donde no hay identidad ni distancia, donde el ser que se es, el que cada quien es, se ha constituido en laguna.

Arendt pone en evidencia que el totalitarismo sólo puede establecerse en una sociedad de masas, una sociedad que no es sino "la pura fuerza del número", en la que no hay "intereses comunes" ni "objetivos obtenibles". Una sociedad de masas se instaura en el desprecio por el valor de la vida humana, no sólo porque todo individuo o toda experiencia particular se hace superflua, sino principalmente porque se ha escindido, de forma violenta, la existencia, ninguna vida posee significado ya que éste se encuentra en el absoluto de la naturaleza o de la historia, ningún sentido se inscribe en la vida individual ya que ésta es un puro lugar de paso de las fuerzas de la naturaleza o la historia. No hay personas o individuos sino espacios de tránsito y realización de impulsos absolutos encarnados, a la vez y sin distinciones, en el líder --un funcionario-y sus seguidores --una voluntad.

El totalitarismo se da allí "...donde todos los hombres se han convertido en Un Hombre, donde toda acción apunta a la aceleración del movimiento de la Naturaleza o de la
Historia...".


6En efecto, una sociedad de masas no es una comunidad de hombres es, más bien, un agregado de sitios de realización, por ello mismo los une una "solidaridad negativa, nueva y aterradora" que reemplaza la realización con el resentimiento, la esperanza con la disolución, la promesa con la resignación. "Los habitantes de un país totalitario son arrojados y se ven cogidos en el proceso de la Naturaleza o de la Historia con objeto de acelerar su movimiento: como tales, sólo pueden ser ejecutores o víctimas de su ley inherente..."
7La sociedad del Uno, encarnada siem- pre en alguien, esta marcada por el aislamiento y la impotencia, y es posible sólo porque es la encarnación de una ideología. La ideología es el gran fundamento de los regímenes totalitarios, es la expresión de la radicalización del mal, porque es la existencia que funciona únicamente en virtud de la lógica de las ideas, de la lógica que una idea puede poner en marcha, de manera autónoma, más allá de la vida y las experiencias.

La ideología, en este sentido, es para Arendt la marca fundamental del totalitarismo, la que lo hace posible y lo perpetúa, es su principio de acción y también su destino, ese "destino común" que cohesiona la sociedad de masa y pone en funcionamiento la maquinaria del "puro movimiento"; un "destino común" que no es existencial sino absoluto --que es la consecuencia lógica de la propia "idea" que lo figura-y que, por ello mismo, no está interesada en la vida o en los hombres, en las condiciones de la existencia, sino únicamente en su realización.

En tanto que "lógica de la idea" puede establecer explicaciones totales que se hacen cargo, por igual, del presente, del pasado y del futuro, que no otorgan espacio a la duda porque es independiente de la experiencia, porque se ha emancipado de la realidad. La ideología falsifica: fuerza todo acontecimiento en los marcos de sus propios argumentos, procede modificando la realidad conforme a sus afirmaciones. Y es justamente esta falsificación la radicalización del mal que se expresa en la forma más sofisticada del terror, a saber, la del absoluto aislamiento: "...la autocoacción del pensamiento ideológico arruina todas las relaciones con la realidad. La preparación ha tenido éxito cuando los hombres pierden el contacto con sus semejantes tanto como con la realidad que existe en torno a ellos; porque, junto con estos contactos, los hombres pierden la capacidad tanto para la experiencia como para el pensamiento. El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad empírica) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)."
81 Hanna Arendt. Los origenes del totalitarismo. Taurus, Grupo Santillana de Ediciones. Madrid, 2004. p. 10 2 Op. Cit. p. 11 / 3 Op. Cit. p.397 / 4 Op. Cit. p. 385 / 5 Op. Cit. p. 408 / 6 Op. Cit. p. 567 / 7 Op. Cit. p. 568 / 8 Op.Cit. p.574

domingo, 16 de enero de 2011

algo más que el diseño gráfico




EL NACIONAL - Sábado 15 de Enero de 2011 Papel Literario/4
Resetario
Diseñadora gráfica de larga trayectoria, Anita Reyna se ha destacado como una creativa que ha manejado diferentes soportes y medios de expresión.
Incursionó en las artes plásticas en 2006, desde entonces ha exhibido varios montajes dentro y fuera del país. El pasado 28 de noviembre se inauguró su exposición individual Resetario, en Elvira Neri en Arte a Chorros del Centro de Arte Los Galpones
SANDRA PINARDI

Después del silencio inaccesible de las obras modernas, el arte contemporáneo, el que nos compete, es aquel que nos interpela inscribiéndose en la mirada como una pregunta, como un enig ma inquieta nte.

Unas obras relacionales, en las que distintos medios y distintas experiencias se conjugan para dar la oportunidad al diálogo, para abrir conversaciones.

Por ello los artistas integran saberes y disciplinas disímiles, por ello también incorporan en las obras elementos, materia les y estrategias provenientes de distintas regiones de la realidad, de la experiencia cotidiana. En este sentido, el artista de nuestro tiempo es un productor de relaciones, es un ingeniero de las mediaciones y la comunicación, es un "cocinero" de significaciones.

Y a sí como las cocinas son, por excelencia, los lugares de la conmemoración, en los que las materias (de distintas densidades, estados y procedencias) se trasmutan, se conectan y se funden, donando sus sabores, olores y texturas, sus más íntimas cualidades para que a lgo acontezca, se haga presente y permita el gozo, las obras de arte contemporáneas son, por excelencia, lugares de interpretación y juego, en los que distintos elementos (cosas, imágenes, palabras) se acercan, se funden y se intervienen mutuamente transformándose en sentido: a la vez, en significación y orientación. En ambos, en la cocina y en la obra de arte contemporánea la producción se hace para otros, y se hace en espera de sus sonrisas, en la búsqueda de sus respuestas, se hace con el deseo de que sea consumido, de que desaparezca. Tanto el cocinero como el artista es un demiurgo capaz de convertir las necesidades en deseos y los requerimientos en dicha, diversión y regocijo. Por ello, la cocina y la obra de arte es siempre un juego: el juego del afecto, de la satisfacción y el deleite, gracias al que el espacio de las exigencias (de la sobrevivencia) se convierte en un mundo de exploraciones sensoriales, de complejas e infinitas posibilidades de posesión, de uso, de satisfacción.

Ana Isabel Reyna cocina, pero no cocina carnes o vegetales, sino que cocina los alimentos con los que hacemos los sentidos y los significados que dan densidad y orientación a nuestra existencia. Cocina con palabras e imágenes, las trasmuta, las conecta y las funde, y logra que cada una, de una forma sencilla y directa, done, entregue, brinde aquello que constituye su densidad: esas significaciones segundas, escondidas, que están siempre ocultas detrás de los usos inmediatos, del consumo cotidiano, de la respuesta condicionada. Cocina unas recetas, las "resetea" en unos platos, en los que se hace presente esa sutil, y siempre elusiva, dimensión poét ica (ese suplemento metafórico) que poseen los utensilios y las acciones más simples y comunes, aquellas que realizamos todos los días.

Así cocina unas imágenes que son cosas y que son también palabras y alusiones, que son también ideas e insinuaciones; unas imágenes que, a primera vista, parecen absolutamente evidentes debido a que declaran, francamente, cuáles son sus conexiones y cómo operan sus relaciones: por ello, la cuchara sostiene y el cuchillo corta, en los tenedores se enredan las palabras en su materialidad para producir una lectura reiterada, por ello, también, las frases encuentran su contraparte simbólica en los objetos que las describen y las descubren. Pero esa evidencia primera con la que estas imágenes nos abordan se convierten, por el juego sorprendente que A na Isabel logra inscribir al interior de cada una de esas cosas trasmutadas, en un lugar incansable de indagación y reconocimiento, en el que podemos descubrir rastros, huellas, evocaciones, potencias que ejercitan ampliamente la memoria: la memoria cotidiana, la memoria personal, la memoria que nos hace pertenecer a una comunidad.

Precisamente a llí, en su condición incierta, en su pertenencia indistinta a la imagen, la palabra y la cosa, y en el hecho de que conjugan la pulcritud de las prácticas del diseño con el espacio fundamentalmente potencial del arte moderno, es que estas obras se imponen como dispositivos, a saber, como figuraciones o formas que nos obligan a ejercitarnos, que actualizan nuestros propios juegos de conexiones, de vínculos. En efecto, podríamos decir que ese requerimiento ineludible de participación que excede la pura contemplación y que exige interpretación y juego, es probablemente una de las estrategias básicas con las que opera el arte contemporáneo: es su táctica de cercanía, su modo de hacer evidente (y también problemático) que existimos en un mundo relacional, en una realidad que se constituye de conjunciones más que de presencias, de correspondencias y concordancias más que de entidades o propiedades.

En este sentido, estas obras recurren a fragmentos de aquello que "está a la mano", de aquello con lo que convivimos (sean éstos utensilios, palabras o cosas), para producir unas piezas --unos platos-- que no se imponen como composiciones inaccesibles o como expresiones íntimas sino que, por el contrario, reclaman de nosotros construcción y diversión, colaboración e intervención, y que por ello mismo se nos hacen apropiables: siempre nos pertenecen. Ese es justamente el enigma --y la magia-- de la visualidad: que se da --que se brinda, se entrega-- en el exceso de la imagen, en lo que la imagen tiene de realidad concreta, de ámbito de vida, de escenografía cotidiana, de habitabilidad.

Por ello, estas obras se presentan como un lugar de encuentros: superando las oposiciones, haciéndose cargo de las paradojas, y posibilitando con ello la producción constante de nuevos e inéditos ordenamientos.

Estas obras recurren a fragmentos de aquello que "está a la mano", de aquello con lo que convivimos (sean éstos utensilios, palabras o cosas), para producir unas piezas --unos platos-- que no se imponen como composiciones inaccesibles o como expresiones íntimas sino que, por el contrario, reclaman de nosotros construcción y diversión, colaboración e intervención

Formalmente, en su presencia, estas obras hacen del procedimiento de síntesis semántica, propio del diseño, una estrategia artística que permite concentrar en el encuentro de un mínimo de elementos una diversidad de incontables encadenamientos interpretativos. En esta estrategia los elementos pictóricos han sido reducidos a sus formulaciones más neutras (el blanco, el gris metálico) con la intención de convertir cada cosa --palabra, utensilio o recorte-- en un elemento alegórico --en una suerte de ícono-- desde y en el que poner en juego, hacer coincidir, nuestra memoria y nuestro saber con ese imaginario cotidiano de frases y recursos metafóricos de nuestro imaginario cultural.

Tanto en la visualidad como en la cocina se conmemora la comunidad, es decir, aquello que tenemos en común y que nos congrega (nuestra más esencial contextura política), aquello que podemos compartir, aquello en lo que nos podemos reconocer como semejantes. Como operaciones artísticas, estas imágenes/cosas conmemoran eso que nos reúne en torno a las regiones particulares del arte y de las expresiones simbólicas: celebran la sorpresa siempre imprevisible con que los significados y las palabras nos abren el mundo (y nos abren al mundo), festejan el gozo con el que las imágenes visuales pueden hacer presente, pueden convertir en rea lidad pa lpable, aun nuestros más complicados pensamientos. Conmemoran, entonces, el espacio intangible de las insinuaciones y las remembranzas, la belleza del asombro que acontece ante el descubrimiento de lo que excede, de lo que sobrepasa, la pura presencia de las cosas.

Porque estas imágenes no son totalmente una ausencia o una presencia, se escurren, tampoco son propiamente lo que en ellas aparece, sino que son el dispositivo para realizar un conjunto de articulaciones desde las que, cada uno de nosotros, tiene que a legremente implicarse: tiene que hacerse eco de las palabras y los utensilios, reconstruir las conexiones desde lo que le pertenece, acceder a incorporarse en esas inscripciones detenidas, puestas allí para la caricia lenta de la mirada en su degustamiento de significaciones.

Y al igual que en una exquisita comida, entre las cosas y sus palabras, en el espacio creado por una impecable y laboriosa presentación, se produce un encadenamiento sin término de sentidos que se dan sólo con la demora, como lo hace los sabores que se esconden detrás de los bocados, o los olores que acompañan los vinos.

De modo tal, que la presencia: el blanco intachable se contamina de indicaciones y referencias, y la palabra se muestra presencia para la mirada, y las cosas se transforman en metáforas.

Estas imágenes no son totalmente una ausencia o una presencia, se escurren, tampoco son propiamente lo que en ellas aparece, sino que son el dispositivo para realizar un conjunto de articulaciones desde las que, cada uno de nosotros, tiene que alegremente implicarse

miércoles, 9 de junio de 2010

La radicalidad del mal


EL NACIONAL - SÁBADO 04 DE NOVIEMBRE DE 2006 P/4 Papel Literario
CENTENARIO HANNAH ARENDT (1906-1975)
Sandra Pinardi

Hannah Arendt: la lógica de la idea o la radicalidad del mal
Se la lee y estudia en decenas de lenguas en todo el mundo. Se organizan debates. Los especialistas se reúnen e intercambian sus interpretaciones. El recuerdo de su centenario ha generado un aumento del interés en su obra. En Caracas, los próximos 13 y 14 de noviembre, se celebrará un simposio con la participación de Carlos Kohn (Universidad Central de Venezuela) y Hauke Brunkhorst (Universidad de Flagenburg, Alemania), organizado por Goethe Institut, la Unión Israelita de Caracas y la Universidad Central de Venezuela. Hace una semana dimos inicio a la publicación de una serie de trabajos con los que Papel Literario se suma a la conmemoración. Hoy ofrecemos el ensayo de Sandra Pinardi, colaboradora de este suplemento y autora de la columna Reportes de la erosión.

Los orígenes del totalitarismo Hannah Arendt Taurus Ediciones Madrid, 2004
Hannah Arendt fue una actora y un testigo del siglo XX: de sus contradicciones y horrores, de las formas impensables --y en muchos casos "imposibles"-con las que la modernidad particular que se consolidó en ese siglo distanció al hombre medio tanto de la esfera de la vida pública como de su propia existencia, situándolo en una zona indeterminada desde la que se enfrenta cotidianamente con la pérdida de su propia libertad, de su capacidad para hacer siempre el mundo otra vez, de nuevo. En este sentido, su obra, dirigida a todos, escrita para muchos, es el resultado de una honda reflexión acerca de las condiciones de existencia de ese hombre que tiene que habérselas con el desvanecimiento de sus posibilidades de acción, una reflexión de espera y promesa que intenta recuperar un lugar para lo humano, y un tiempo para restituirlo, para hacerlo nuevamente el fundamento de la comprensión --del conocimiento-y de la acción --de la cultura.

Nacida en Alemania y de origen judío, Arendt conoció el exilio y la persecución, la violencia y el caos que ocasionan "dos guerras mundiales en una sola generación", conoció de cerca la extinción de un mundo --de un orden-que se fragmentaba, se desmembraba, produciendo una expatriación sin precedentes, un desraizamiento sin restitución posible, y consignando al hombre a convivir con su propia inhumanidad. Ante un futuro impredecible, desde una herencia hipotecada por el terror y la impotencia, se propone con un "incansable optimismo" descubrir los mecanismos, ocultos o evidentes, que dieron lugar a ese desfallecimiento, a esa desintegración.

Sus textos, en este sentido, asumen un compromiso irrestricto con lo humano y con la realidad que de allí se genera; llenos de afecto y comprensión, se hacen cargo de las contradicciones y las incompatibilidades de la vida moderna, de las cicatrices con las que las "fábricas de la muerte", el racismo y los sistemas totalitarios de dominación habían marcado el curso de la historia y los espacios de la ética.

Esas experiencias extremas aportaron a su mirada y a su pensamiento una especial agudeza que le permitió entrever la complejidad de unos procesos que parecían exceder los límites con los que tradicionalmente la cultura occidental los había pensado y experimentado, y que requerían, por tanto, para su comprensión una reflexión sin ataduras, sin prejuicios, capaz de hacerse cargo de aquello que sus propias instancias ideales negaban doctrinariamente.

Una reflexión que se inicia investigando el espacio del "entre todos" –los ámbitos sociales y políticos, el quehacer públicoy que intentan encontrar –donar al menos como promesaalguna respuesta a una de las paradojas fundamentales de la sociedad contemporánea, aquella que se tensa --o se articula-entre "el poder actual del hombre moderno (más grande que nunca hasta el punto incluso de ser capaz de poner en peligro la existencia de su propio Universo) y la impotencia de los hombres modernos para vivir en ese mundo, para comprender el sentido de ese mundo que su propia fuerza ha establecido."
1Sus análisis, entonces, a pesar de que en algunos momentos pueden parecer permeados de cierta nostalgia, son una búsqueda incesante, la de establecer desde y con los hombres --pública y privadamente-las condiciones necesarias para re-iniciar el mundo, para estructurarlo de nuevo como un verdadero lugar "entre todos"; como un mundo libre en el que cada hombre, desde lo que es y a través de su acción, pueda articular lúcida y reflexivamente su relación con la historia, con el poder, con la realidad, con el futuro. "El antisemitismo (no simplemente el odio a los judíos), el imperialismo (no simplemente la conquista), el totalitarismo (no simplemente la dictadura), uno tras otro, uno más brutalmente que otro, han demostrado que la dignidad humana precisa de una nueva salvaguardia, que sólo puede ser hallada en un nuevo principio político, en una nueva ley en la Tierra, cuya validez debe alcanzar esta vez a toda la Humanidad y cuyo poder deberá estar estrictamente limitado, enraizado y controlado..."
2Hannah Arendt posee una extensa obra, entre sus principales trabajos encontramos La condición humana (1958), Entre el pasado y el futuro (1961), Eichmann en Jerusalem (1963), De la revolución (1968). Los orígenes del totalitarismo, publicado en su primera versión en 1951, delinea detalladamente las marcas determinantes y distintivas de los regímenes totalitarios del siglo
XX, específicamente de los liderizados por
Hitler y Stalin, delinea igualmente los pasos que condujeron y dieron lugar a esos sistemas de dominio, mostrando la profundidad con la que estos sistemas han herido la condición humana y la cultura occidental.

Hace patente cuán incrustado estaba el racismo en la sociedad europea del siglo
XIX y cómo la expansión imperialista comercia con la crueldad y la muerte, su análisis de los regímenes totalitarios, la conclusión a la vez de la historia política de la modernidad occidental y de este libro, expone la "naturaleza verdaderamente radical del mal": sus operaciones, los marcos y aporías que impone, la terrible discontinuidad con que clausura la historia.

Este texto, Los orígenes del totalitarismo, ha generado dudas, algunas relacionadas con el paralelo que Arendt establece entre el nazismo y el comunismo de Stalin, otras referidas a diferentes aspectos de su análisis, a pesar de todas ellas, es innegable --y de algún modo inagotable-la fuerza con la que el texto reflexiona acerca de los sistemas totalitarios, comprendiéndolos como una inédita forma de autocracia, incapaz de comprenderse desde la tradición y las ideas del pensamiento político occidental; una forma inédita, que brotó de la sociedad occidental misma, de sus corrientes subterráneas, y que empujó a esa misma sociedad a perseguir fantasías de dominación y venganza, en un movimiento sin fin, sin continente y sin contención.

Algunos de los elementos con los que Arendt delinea el totalitarismo son, aún hoy en día, fundamentales para comprender las operaciones, el talante y los procedimientos de los sistemas políticos contemporáneos, para intentar vislumbrar --entrever-el "orden social" que vivimos, el mundo que se nos impone.


"...una mentalidad que...pensaba
3en continentes y sentía en siglos"
Los lugares de la impermanencia
Una de las características de los movimientos totalitarios es la "impermanencia", evidenciada por ejemplo en la "sorprendente celeridad con la que son olvidados y la sorprendente facilidad con que pueden ser reemplazados."
4Esta "impermanencia", por una parte, parece exhibir una suerte de condición provisional, de volubilidad, en virtud de la que nada --ni la vida ni las promesas o las esperanzas-en los sistemas totalitarios opera inscribiéndose definitivamente como finaliFOTO ARCHIVO
dad, como necesidad, por la otra, hace patente y explícito que los movimientos totalitarios son "puro movimiento", actos continuos de violencia que desarman cualquier posibilidad de identificación, de reconocimiento --social o individual--, y que, por ello mismo, se ejercitan ideológicamente, de espaldas a la realidad que informan o que los determina. En efecto, la "impermanencia" no es sólo una disposición para la transformación, para el olvido, es también un mecanismo brutal de alienación, mediante el cual los hombres y los pueblos son negados a su propia experiencia, son excluidos de sus lugares y circunstancias.

En este sentido, vale la pena preguntarnos por el significado subterráneo de esa "impermanencia", preguntarnos así mismo por las instancias que allí se ponen al descubierto. En principio, la impermanencia es la ausencia de determinación espacio-temporal, de circunscripción, no porque los regímenes totalitarios no estén inscritos en un momento preciso de la historia o se den en lugares determinados, sino porque se piensan a sí mismos como divorciados, como desprendidos, de cualquier circunstancia y, con ello, de la experiencia misma a través de la que existen, en la que ocurren. Son impermanentes porque han cancelado los lugares y el tiempo en una pretensión de absoluto, en su simulacro de plenitud que subsiste sólo en la medida en que pueda, continuamente, desvalorizar y negar los espacios reales de la experiencia y la vida, de la diferencia y la disidencia; son impermanentes, entonces, porque no dan lugar a la vida: la convierte en número (hombre-masa) o en engranaje (hombre-ejecutor).

Efectivamente, en los movimientos totalitarios todo "momento" específico se invalida porque se le considera sólo como un paso, una etapa; toda circunstancia particular pierde significado al confrontarse con la plenitud de ese "destino" absoluto que debe su consistencia a la reiteración de los discursos y las ideas; la impermanencia describe, entonces, un "estado de cosas" en el que la existencia se convierte en pura negatividad: un ahora sin consistencia ni relevancia, un lugar que es sólo el preámbulo de algo otro, una vida sin resguardos entregada a identificaciones automáticas y prerreflexivas, una sociedad convertida en un
Uno: inexistente, impensable.

Este "estado de cosas" es pensado por Arendt desde la idea de "puro movimiento": "El objetivo práctico del movimiento consiste en organizar a tantos pueblos como le sea posible dentro de su marco y ponerlos y mantenerlos en marcha: un objetivo político que constituyera el final del movimiento simplemente no existe".


5En efecto, puro movimiento, acción sin destino hacia un "destino común" que es una pura operación discursiva, una proposición sin figura ni contenido específico. Porque no hay finalidad no hay, en sentido estricto, una "esfera pública" en la que actuar o a la que pertenecer, en el puro movimiento que son los regímenes totalitarios lo común es un agregado --individuos atomizados, aislados-que exige, para establecerse, "una lealtad total, irrestringida, incondicional e inalterable" justamente porque no se hace de conexiones ni de comprensión, porque no se instaura como comunidad: esa es la sociedad del Uno, una que "se halla desprovista de todo contenido concreto", una falsificación del "entre-todos", un simulacro inscrito en el olvido.


El "ser de masa": las lagunas de la identidad
La sociedad del Uno, encarnada siempre en un alguien, es el ejercicio sin restricciones de los mecanismos de falsificación que aparecen cuando las comunidades se hacen masa, cuando la historia se quiebra en la figura de un destino puramente formal. La sociedad del Uno sólo es posible en el "ser de masas", es decir, allí donde no hay identidad ni distancia, donde el ser que se es, el que cada quien es, se ha constituido en laguna.

Arendt pone en evidencia que el totalitarismo sólo puede establecerse en una sociedad de masas, una sociedad que no es sino "la pura fuerza del número", en la que no hay "intereses comunes" ni "objetivos obtenibles". Una sociedad de masas se instaura en el desprecio por el valor de la vida humana, no sólo porque todo individuo o toda experiencia particular se hace superflua, sino principalmente porque se ha escindido, de forma violenta, la existencia, ninguna vida posee significado ya que éste se encuentra en el absoluto de la naturaleza o de la historia, ningún sentido se inscribe en la vida individual ya que ésta es un puro lugar de paso de las fuerzas de la naturaleza o la historia. No hay personas o individuos sino espacios de tránsito y realización de impulsos absolutos encarnados, a la vez y sin distinciones, en el líder --un funcionario-y sus seguidores --una voluntad.

El totalitarismo se da allí "...donde todos los hombres se han convertido en Un Hombre, donde toda acción apunta a la aceleración del movimiento de la Naturaleza o de la
Historia...".


6En efecto, una sociedad de masas no es una comunidad de hombres es, más bien, un agregado de sitios de realización, por ello mismo los une una "solidaridad negativa, nueva y aterradora" que reemplaza la realización con el resentimiento, la esperanza con la disolución, la promesa con la resignación. "Los habitantes de un país totalitario son arrojados y se ven cogidos en el proceso de la Naturaleza o de la Historia con objeto de acelerar su movimiento: como tales, sólo pueden ser ejecutores o víctimas de su ley inherente..."
7La sociedad del Uno, encarnada siem- pre en alguien, esta marcada por el aislamiento y la impotencia, y es posible sólo porque es la encarnación de una ideología. La ideología es el gran fundamento de los regímenes totalitarios, es la expresión de la radicalización del mal, porque es la existencia que funciona únicamente en virtud de la lógica de las ideas, de la lógica que una idea puede poner en marcha, de manera autónoma, más allá de la vida y las experiencias.

La ideología, en este sentido, es para Arendt la marca fundamental del totalitarismo, la que lo hace posible y lo perpetúa, es su principio de acción y también su destino, ese "destino común" que cohesiona la sociedad de masa y pone en funcionamiento la maquinaria del "puro movimiento"; un "destino común" que no es existencial sino absoluto --que es la consecuencia lógica de la propia "idea" que lo figura-y que, por ello mismo, no está interesada en la vida o en los hombres, en las condiciones de la existencia, sino únicamente en su realización.

En tanto que "lógica de la idea" puede establecer explicaciones totales que se hacen cargo, por igual, del presente, del pasado y del futuro, que no otorgan espacio a la duda porque es independiente de la experiencia, porque se ha emancipado de la realidad. La ideología falsifica: fuerza todo acontecimiento en los marcos de sus propios argumentos, procede modificando la realidad conforme a sus afirmaciones. Y es justamente esta falsificación la radicalización del mal que se expresa en la forma más sofisticada del terror, a saber, la del absoluto aislamiento: "...la autocoacción del pensamiento ideológico arruina todas las relaciones con la realidad. La preparación ha tenido éxito cuando los hombres pierden el contacto con sus semejantes tanto como con la realidad que existe en torno a ellos; porque, junto con estos contactos, los hombres pierden la capacidad tanto para la experiencia como para el pensamiento. El objeto ideal de la dominación totalitaria no es el nazi convencido o el comunista convencido, sino las personas para quienes ya no existe la distinción entre el hecho y la ficción (es decir, la realidad empírica) y la distinción entre lo verdadero y lo falso (es decir, las normas del pensamiento)."
81 Hanna Arendt. Los origenes del totalitarismo. Taurus, Grupo Santillana de Ediciones. Madrid, 2004. p. 10 2 Op. Cit. p. 11 / 3 Op. Cit. p.397 / 4 Op. Cit. p. 385 / 5 Op. Cit. p. 408 / 6 Op. Cit. p. 567 / 7 Op. Cit. p. 568 / 8 Op.Cit. p.574