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sábado, 31 de mayo de 2014

AUNQUE NO QUIERA HABLARSE DE ELLO

EL UNIVERSAL, Caracas, 30 de mayo de 2014
Síndrome de Estocolmo
ARMANDO SCANNONE

El término existe desde 1973, cuando al intentar asaltar un banco, el secuestrador tomó cuatro rehenes que lo protegieron, para evitar ser atacados por la policía. Terminaron siendo cautivos del raptor y además convertidos en sus colaboradores. Posteriormente, en 1974, el término adquirió más notoriedad, al ser secuestrada Patricia Hearst, nieta del magnate William Randoph Hearst. Ya  liberada se unió a sus secuestradores, ayudándolos a realizar, portando un rifle de asalto, el robo de un banco. Tomó el nombre de Tania, en homenaje a la guerrillera argentina Tamara Bunke, amiga del Che Guevara, en Bolivia. Posteriormente se enamoró de uno de sus secuestradores.
Sucede igual con el vínculo de obediencia, respeto y aprecio, que  se establece en el entrenamiento militar con soldados novicios, sometidos a obedecer órdenes traumáticas e infamantes. También en las llamadas "novatadas", acostumbradas en la incorporación a fraternidades estudiantiles y otras hermandades o bandas; y con los abusos y maltratos  domésticos y de niños, etc. (En las guerrillas urbanas de los sesenta, los aspirantes debían asesinar a un policía). El iniciado se convierte en dependiente de una persona o  grupo, profesando obediencia o sentimientos positivos llevados hasta la plena colaboración.
Ofrezco esta larga –e incompleta- introducción-, porque pienso que al  Síndrome de Estocolmo parecen estar llegando ya algunos líderes políticos tradicionales, que de paso arrastran a sufrirlo también a la población que, de una u otra manera, los sigue o confía en ellos. Me refiero no solo al visiblemente fallido diálogo, -resultado previsible antes de su inicio-, sino a muchos otros desaguisados del Gobierno, a los cuales poco o nada de atención les prestan. Lo que contribuye a que, a pesar de su importancia, estos pasen al olvido, sin que haya culpables. A veces ni los dan a conocer, lo que se convierte en la mejor lección y eficaz acicate para que hechos semejantes se repitan indefinidamente. La corrupción rampante es un ejemplo.
El caso de Cadivi es ejemplar. Gente del Gobierno ha declarado públicamente, y lo han recogido los medios, que Cadivi fue promotor o cómplice de la pérdida o distracción, -léase robo descarado- de miles de millones de dólares. Lo sufrieron el país y los venezolanos, y esos millones están hoy en los bolsillos, cuentas bancarias o propiedades, aquí o en el exterior, de directores y funcionarios, y de beneficiarios o testaferros; todos corruptos de la peor especie. Hasta allí lo que sabemos y nos lo repiten hasta el cansancio. Pero al Gobierno y a los líderes políticos tradicionales parece no importarles desenrollar la madeja y llegar a los culpables, para el castigo correspondiente y dar un ejemplo valioso para la administración pública. Algo semejante sucedió con Recadi. Los beneficiados están disfrutando lo robado, sin haber sido siquiera identificados. Lo mismo parece estar pasando  con Ipostel. También con Mercal, o mejor, "Pudreval", con los hospitales y planes de salud, misiones, vías y demás obras de infraestructura. La lista podría resultar infinita, pues habría que citar todos los actos del Gobierno que involucren, de algún modo, el manejo de dinero.
En suma, planes y proyectos que parecen creados para hacer unas decenas  de ricos de mala índole. Ya se comenta que algunos jóvenes detenidos han sido liberados antes de llegar a la tan parcializada Fiscalía, mediante el pago de coima, cohecho o soborno; como quiera llamársele. ¿Recuerdan el Plan Bolívar 2000?, así creo que se llamaba. Esta situación, que precedentemente ni siquiera se había acercado a la corrupción rampante instaurada por Chávez y su combo, quizás para hacerles expediente a sus cómplices, vive un crecimiento cada vez más desmesurado. Frente a ello, el resumen es: "aquí no ha pasado ni pasa nada". Me pregunto, también lo pregunto a la MUD y a los políticos tradicionales: ¿no sería mejor y más provechoso para el país, ocuparse -o perder tiempo, si se quiere-, de la corrupción rampante?, por ejemplo, que perderlo sin razonable posibilidad de algún resultado, en lo que los mantiene ocupados actualmente, en distracción política.
Ojalá algún día podamos erradicar la cantinela de siempre: "aquí no ha pasado ni pasa nada". Seamos optimistas, pero cuidémonos de sufrir el tan nocivo Síndrome  de Estocolmo.

Fotografía: Escena de la película "Stockholm" de Rodrigo Sorogoyen.

miércoles, 16 de abril de 2014

REFLEJOS Y REFLECTORES

Síndrome de Estocolmo
Ox Armand

Se manifiesta de distintas maneras en la vida cotidiana, pero su mejor figuración y caracterización es en los casos de secuestro. No hay curandero, psicólogo o psiquiatra que no advierta una relación crecientemente afectiva con los victimarios hasta llegar a otra de complicidad con la idea primaria de superarlo o derrotarlo, colaborándole directa o indirectamente.  Siguiente paso, la víctima intenta comprender a su agresor, creyéndose más hábil.  Resulta que el instinto y ánimo de supervivencia cuando es éste el comprensivo, convierte quizás indefectiblemente a aquélla en partícipe de sus ideas y acciones. La generalización nos lleva a aproximarnos así al fenómeno del malandraje tolerado por necesidad y después ambientación, porque se impone la adaptación y la costumbre bajo mínimas  reglas (¿no lo es callar ante lo que se ve y cumplir con un horario restringido de circulación por el barrio?). Dijimos, el asunto muy bien lo sintetiza y dramatiza el secuestro para arribar a las más conocidas referencias históricas, como la aventura de Patricia Hearts, comprometida con el Symbionese Liberation Army que antes la había raptado y solicitado unos millones de dólares por su devolución.  Sin embargo, esta patología descubierta y acuñada por Nils Bejerot, como veremos, acepta otras manifestaciones.  Asaz desgraciado el curioso que no intenta una interpretación que vaya más allá de las versiones oficiales, por ejemplo, como en el caso de la dividida oposición. Por ello, procuramos recomponer el tal diálogo de Miraflores  no a partir de la huera diferenciación entre moderados y radicales, sino entre los que sufren más y sufren menos su Síndrome de Estocolmo.

Algunos, experimentados dirigentes de la oposición,  en la cita de palacio,  argumentaron sus posturas denunciando al gobierno nacional.  No hay cosa más parecida (si fuere el caso) entre los alegatos concretos de los llamados moderados a los de los radicales, porque salvo un tal Polesel que de vez en cuando adquiere resonancia ante el régimen, sin explicar su raudo liberalismo, aquí es muy poco lo que puede inventarse de asomarnos a las más crudas realidades.  Entonces, el problema no es el de la argumentación, sino de su alcance convertido en un logro la transmisión en cadena nacional del evento que tuvo por mediador a quien se desempeña como Jefe de Estado (todo  un síntoma del carácter de la reunión).  El asunto estriba en los hechos constantes y sonantes.  Sin condiciones, se va al encuentro y prosigue la insólita represión imposible de detener con el ejercicio socrático.  Y, como no se puede detener, queda como  saldo la coincidencia: se trata de normalizar a  cualquier precio la coyuntura con la promesa del captor: elecciones parlamentarias donde toda la concurrencia puede alcanzar su cupo.  Únicamente los concurrentes que aceptan la urgencia de restablecer el orden público.  Se es más hábil que el equipo gubernamental y, por lo tanto, enderezando las cargas en el camino, respetuoso de las reglas mínimas, se verá obligado si no a rectificar, a respetar las fronteras por ahora marcadas. Digamos que todos se van a debatir en el parlamento en sana paz, nadie moverá un dedo para la protesta y, siendo tan calamitosa, la crisis económica forzará a la concertación de medidas más o menos sensatas, por las que lidia un Hirám Gaviria, a guisa de ilustración.  Todo eso incliye un poco de cordialidad y una menor carga de ofensas personales ese u otros debates.  Como se sabe que la comunidad internacional les pide la aceptación de una oposición, en ésta habrá los que padecerán un delirio erotomaníaco que es la ilusión delirante de sentirse amado.  Tolerado, comprendido y respetado ya no por la firmeza de una posición, sino por la simpatía natural a desplegar.  Otra vertiente puede ubicarse en la enemistad en el seno de esa oposición. Vale decir, a la coincidencia en el trato personal se añade otra: la de los enemigos y estos son los que se pueden catalogar como radicales. Por consiguiente, el desafuero parlamentario de Mardo, Aranguren y María Corina no será motivo de discrepancia, por lo menos, vehemente y convincente, sino de coincidencia: le resta unos nombres a la inexorable competencia en el territorio político de la oposición, dejando pendiente el social con la aparición circunstancial de líderes que no hacen el grado político. 

Especulación aparte, Fernando Claudin tiene un viejo y extenso libro sobre la oposición en el socialismo real, surgida desde sus propias entrañas en nombre y seña del propio socialismo. La experiencia de la Unión Soviética y de toda Europa Oriental nos remite a las transiciones realizadas por dirigentes tenidos originalmente como parte de la ortodoxia ideológica.  Gómez, López Contreras e Isaías Medina emergieron del seno del ciprianato y del gomezato. Pero  también olvidamos a Lech Walesa y a Rómulo Betancourt y las campanadas que fueron escuchadas.  De tratarse de una transición en a Venezuela actual, hay nombres del mismísimo chavismo que podrían facilitarla  y hacerla. Ocurre que los hay fuera de las nóminas originales del régimen que, rozando en el colaboracionismo, dirán mimetizarse para emprender la tarea del cambio.  E incurrirán en un suicidio político (ojo: político, pues los maldicientes se equivocan de tomarlo  en sentido literal). No es la solución, como no lo fue para la protagonista de una película imperdible como "Stockholm" de Rodrigo Sorogoyen (2013).  Al desactivar la lucha de calle, los tesistas de la acumulación de fuerzas y de la conversión de la minoría que somos en mayoría que será reconocida, caen en su propia trampa.  Nada fortalece más la tesis que el activo, cívico y pacífico desempeño de la protesta estudiantil, aunque ésta se sabe expresión de la mayoría real que busca sus cauces y para eso está la Constitución, agregada una medición de fuerzas para la Asamblea Constituyente que sincere nuestra realidad histórica. Al parecer no hay soluciones terapéuticas a la mano, ya que los curanderos, psicólogos y psiquiatras solamente apuestan por la liberación de Simonovis para reforzar la acumulación-conversión de marras.

Fuente:
http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/18938-sindrome-de-estocolmo
Fotograma: "Stockholm" de Rodrigo Sorogoyen (2013).