Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Leonidas Trujillo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Rafael Leonidas Trujillo. Mostrar todas las entradas

domingo, 17 de noviembre de 2019

DEL OTRO TRUJILLATO

Un millón de cartas sobre Caracas
Luis Barragán

La dictadura ha escenificado el triste espectáculo de una tal feria – además, internacional - del libro, a la vez que ha aislado al país, quebrando el mercado editorial, incluyendo las librerías que, por décadas, prestigiaron a la ciudad capital. La ironía que explica la propia existencia de un ministerio para la Cultura, también lo hace con la prácticamente clandestina recepción de la última novela de Mario Vargas Llosa: “Tiempos recios”  [Alfaguara, 2019], complementaría de “La fiesta del Chivo”  [Alfaguara, 2000]. Acotemos, siendo tan familiar el autor a los venezolanos que no tardábamos en leer inmediatamente sus novedades, hoy está desterradísimo de los anaqueles oficiales, excepto la oferta más o menos soterrada del vendedor de FILVEN de un viejo título del autor que lo sabe por siempre atractivo, aunque el precio no guarde correspondencia con los ácaros que anidan en  los ejemplares.

La última novela, afiliada al género de las clásicas dictaduras latinoamericanas, aunque parece anunciar  el otro rubro  que ha de versar sobre los  regímenes inéditos, como el de la Venezuela actual, reitera el protagonismo del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo, un espécimen – si se quiere -  curioso en la era de la guerra fría y del proceso urbanizador mismo en el continente. Queda a los críticos dar con las pistas historiográficas y hemerográficas que contribuyeron a la magistral ingeniería narrativa de lo que, inicialmente, fue una sencilla curiosidad que le dio soporte al reconocido talento del hispano-peruano. Por ello, traemos a colación la entrevista que Raúl Acosta Rubio realizara al otrora embajador venezolano en República Dominicana, Luis María Chaffardet Urbina, para la extinta revista Élite (Caracas, nr. 2056 del  20/02/1965), a quien Trujillo le confesó que “o mato a Betancourt o él me mata a mí”, dándonos idea de algo más que una rivalidad en el proceso democratizador de este lado del mundo.

Una pelea a muerte sintetiza la confesión hecha, por cierto, a un diplomático de carrera que prestó sus servicios a Marcos Pérez Jiménez, iniciado con Isaías Medina Angarita y, esperando el ascenso, fue destinado a la isla caribeña en lugar de la Europa que bien conocía. El nuevo destino expresó la existencia de un documentado Plan Geopolítico para El Caribe que, por una parte, reconocía a República Dominicana como “centro y piedra angular” de la extensa área y que, por otra, el entrevistado se excusó de revelar: “Usted me va a perdonar, pero razones de Estado impiden decirlo”. Inferimos, hay dictaduras de vocación transitoria, aunque se prolonguen y finalicen con la propia muerte biológica de sus cabecillas, capaces de asimilar a los funcionarios públicos de carrera, mientras las de nuevo cuño ocultan la desprofesionalización y el nepotismo de sus nóminas, como ocurre con Maduro Moros, con aspiración  milenaria.

Observamos, con muestras de respeto y afecto, que Chaffardet Urbina consideró “tan injustamente detenido” a Pérez Jiménez y reiteró su antigua amistad hacia el también encarcelado Jesús María Castro León, con quien concertó, desde 1959, en Londres, el derrocamiento de Betancourt, añadida la impresión sueca de un millón de cartas subversivas que un avión subrepticiamente contratado en Estado Unidos, burlados los mecanismos de vigilancia, haría caer sobre Caracas.  Siguió cultivando la amistad con Trujillo, al cesar en sus funciones diplomáticas, señalando que lo “conocí y traté íntimamente”, para asegurar que “mi querido amigo, el Generalísimo Trujillo (…) cuando ya su mano ni castiga ni premia, tenía una personalidad avasalladora, una inteligencia y un don de mando poco comunes”.  Sólo imaginar la caída de un número tan considerable de panfletos sobre la ciudad,  conocida luego la operación efectiva de Los Aguiluchos que precipitaron un cantidad más modesta de volantes en la urbe de finales de noviembre de 1961,   da para una extraordinaria pieza literaria a lo Macondo; o la publicación de una entrevista de tamaño calibre y la misma difusión del hecho aéreo, resulta impensable por los consabidos afanes represivos y los rigores de la censura de la Venezuela de los días que corren.

Vargas Llosa indicó, en “Tiempos recios”,  que los consabidos sucesos guatemaltecos que le inspiraron,  provocaron numerosos asilados en la embajada perezjimenista, escuchándose acá las versiones radiales de Ciudad Trujillo [216, 261], pero muy seguramente le hubiese sido de utilidad la consulta de los “magníficos (e) impresionantes archivos” de Chaffardet Urbina que ojalá sobrevivan, después de medio siglo. Inevitable referencia, nos permite recordar el desconyuntamiento de la fundación que hubo para el rescate de los archivos históricos venezolanos en el extranjero  (FUNRES).  Difícil suponer a un régimen que reclama como suyo el presente siglo, enfrentado a la tentativa misma de un millón de tormentosas cartas o a la exposición y venta de una entrevista convencional o digital que lo cuestione severamente, aunque nunca se librará del talento y la habilidad de los narradores que pondrán algún día los debidos puntos sobre las íes que desesperadamente los reclaman.

Reproducciones: Élite, Caracas, nr.  2056 del 20/02/1965.
11/11/2019:
https://www.opinionynoticias.com/opinionhistoria/35989-barragan-l

viernes, 6 de septiembre de 2013

DE MAGNITUD (1)

El Nacional - Viernes 26 de Septiembre de 2003     A/8 Opinión
Magnicidios, elecciones y golpes
Jesús Sanoja Hernández

Los tres temas los ha puesto de moda “el inquilino de Miraflores”, palacio de gobierno donde en 1923 fue acuchillado el vicepresidente Juancho Gómez en estremecedor capítulo de novela político social.
Magnicidio fue en Venezuela el de Delgado Chalbaud, presidente de la Junta Militar, y magnicidio frustrado el del 24 de junio de 1960.
Rafael Leonidas Trujillo (Chapita) estuvo detrás de aquel intento. El tirano caribeño, retratado por Vargas Llosa en La fiesta del chivo, había estimulado conspiraciones contra Betancourt desde los tiempos en que éste encabezaba la Junta Revolucionaria de Gobierno y siguió con la manía una vez que el guatireño volvió a la magistratura por la vía del voto.
Pero dulce es la venganza. No había transcurrido un año cuando Chapita cayó abatido en acto terrorista que sería el segundo en la historia dominicana, pues 62 años antes, el 26 de julio de 1899, manos justicieras lo habían hecho con Ulises Hereaux, el dictador biografiado por el venezolano Horacio Blanco Fombona. Y lo que no consiguió Chapita con Betancourt lo pretende hacer, según proclama y repite Chávez, el ex presidente Pérez con él, nada menos que desde su base turística (o residencial) dominicana.
Betancourt no llegó a Miraflores en 1958 por la vereda golpista de 1945 sino por la vía real de la elección popular. Y Juan Bosch ganó la presidencia dominicana a través del voto, en 1962, luego de 32 años de dominio del clan trujillista.
Dicha pasajera como presagiosa:
el 25 de septiembre de 1963 Bosch era derrocado, mientras su amigo, quien iría siéndolo cada vez menos a medida que aquel estrechaba vínculos con Fidel Castro, se mantenía firme en el poder, abriendo cauce al largo (e increíble en Venezuela) período de la democracia representativa.
Con América Latina la doble relación de Estados Unidos es harto conocida. Lo que no hizo a raíz del derrocamiento de Bosch lo haría cuando éste intentó ser restituido en el poder por militares nacionalistas. Llegó así abril de 1965, la invasión de república caribeña por tropas norteamericanas, bajo el pretexto de una insurrección comunista en ciernes, versión antagónica de lo que había sucedido en Venezuela durante el tramo de lucha armada: “Balas sí, votos no”. Muy pocos creyeron en los argumentos aducidos por el gobierno de Johnson, todavía embelesados con el mare nostrum monroísta. Y nada menos que Drew Pearson, en su celebérrima columna “El carrusel de Washington”, reproducida por cantidad de diarios, entre ellos El Nacional, insistía en que la iglesia, los militares y los petroleros había sido factores determinantes en la crisis dominicana.
Un párrafo de esa columna revelaba que “en el Pentágono hay una lista de cerca de cincuenta conocidos comunistas que participan en la revuelta. Algunos embajadores latinoamericanos aquí se refieren a esa lista como las ‘57 variedades de pepinillos comunistas.
Pregunta por qué Estados Unidos envía 14.000 marinos para combatir a 57 hombres. Haciendo a un lado este mal chiste, recordemos que el origen de las dificultades del presidente Bosch puede atribuirse a la actitud del clero y de los grandes intereses petroleros norteamericanos”.
La mayoría de los gobiernos latinoamericanos de origen electoral vieron con malos ojos tanto el derrocamiento de Bosch como la intervención militar de Estados Unidos, no así los impuestos por las armas. Por ejemplo, el de Castelo Branco (Brasil), no sólo apoyó la acción propiciada por la Doctrina Johnson sino que manifestó su disposición a enviar un contingente de fuerzas armadas a Santo Domingo, actitud contrastante con la de Uruguay y Venezuela, por nombrar solo dos. Por ejemplo, el presidente Leoni sostuvo que el orden constitucional debía ser base de cualquier solución en el problema dominicano, mientras Caldera, cabeza del mayor partido de oposición, pidió “el cese perentorio de la intervención”. Y pese a la situación política de entonces, las manifestaciones de protesta, como la realizada en la plaza Concordia, unieron, caso excepcional, los sentimientos de los subversivos con los de “status”.
Si en la invasión de República Dominicana los petroleros de Estados Unidos, a la cabeza de ellos los de Texas (ustedes los conocen, seguramente) tuvieron tanta influencia, en el actual conflicto del gobierno bolivariano con el gobierno de Mejías (antes mentado, muy cariñosamente, Hipólito), ¿no la tendrá la “nueva Pdvsa” ? Manejar el petróleo, en este caso el Acuerdo de San José, con criterios de represalia política no parece lo más sensato o aconsejante como política exterior. Ya se entrevén las consecuencias, según el caso, de tratos preferenciales y tratos discriminatorios, aquellos movidos por la solidaridad entre procesos y éstos provocados por desacuerdos circunstanciales.
Si la presencia de CAP en La Romana u otro sitio y la sospecha de que allí prepara un escenario magnicida molesta a Miraflores, ¿por qué comenzar con voluntariosa represalia y no con una “nota de Cancillería” ? ¿O es que queremos guerra petrolera sin antes dar la batalla diplomática?

Fotografía: Juan Bosch, tomada de la red.

lunes, 17 de junio de 2013

TESTACIÓN

EL NACIONAL - Viernes 14 de Junio de 2013     Opinión/9
Al compás de los días
Trujillo y Betancourt
MANUEL FELIPE SIERRA

" El Presidente reacciona, no ve ni oye, apenas siente un zumbido espantoso, tiene cubierta la cara de sangre, le arde la piel, están destrozados sus anteojos de gruesos aros oscuros y logra con un impulso concentrado abrir la puerta". Así relata Miguel de los Santos Reyero los minutos siguientes al atentado que sufriera Rómulo Betancourt el 24 de junio de 1960 en la avenida Los Próceres de Caracas. Se trataba de un ajuste de cuentas (como fue posteriormente comprobado por la OEA) del dictador dominicano Rafael Leonidas Trujillo contra el mandatario venezolano.
El hecho criminal era el resultado de viejas diferencias entre los dos políticos, que tuvo momentos culminantes cuando en los años del 45 al 48 Santo Domingo se convirtió en el centro de conspiración de los adversarios de la Revolución de Octubre, que llegaron incluso en aquel momento a promover varios planes de invasiones al país. El episodio es retomado ahora por el historiador y escritor Edgardo Mondolfi Gudat en el libro El día del atentado (El frustrado magnicidio contra Rómulo Betancourt). Se trata de una investigación exhaustiva y esclarecedora sobre un acontecimiento que merecía, como ahora, un tratamiento más cuidadoso.
Mondolfi recurre a documentos desconocidos que ponen en claro los desencuentros insalvables entre Betancourt y Trujillo, y toda la trama subversiva que se tejió en República Dominicana para derrocar el gobierno de Betancourt nacido en 1959 y sometido a todo tipo de acechanzas.
En primer término, del viejo militarismo derrocado el 23 de enero con la caída de Pérez Jiménez, y luego, la insurgencia de sectores de izquierda iluminados por la Revolución Cubana de Fidel Castro.
El propio Trujillo (como producto de una antigua obsesión) manejó los hilos de varias conjuras incluido el golpe de Estado (también fallido) que intentó Jesús María Castro León desde San Cristóbal meses antes de lo ocurrido en Los Próceres, cuando milagrosamente Betancourt salvó la vida, aunque ello dejara graves secuelas para su salud.
El historiador indaga tambiénhasta dónde el asesinato de Trujillo, ocurrido el 30 de mayo de 1961, tendría que ver de alguna manera como una respuesta de sectores democráticos vinculados a Betancourt por la presencia de un dictador que representaba un estigma, no sólo para los dominicanos, sino para el Caribe y el resto de América. Si bien Mondolfi no encuentra comprobación de una vinculación entre ambos hechos, es indudable que a partir del atentado contra Betancourt y el aislamiento que como consecuencia de éste recibiera de la comunidad internacional, el largo mandato de Trujillo entró en un indetenible proceso de descomposición.
Sin duda, un valioso aporte del autor para profundizar en la historia contemporánea de Venezuela.

martes, 6 de diciembre de 2011

BOMBARDEO DE CARACAS


El Bombardeo a Caracas
Fabián Capecchi


Puntualmente, a la hora acordada, apareció en el lobby del Hotel en Río de Janeiro, un hombre mayor, alto y con gafas de sol que ocultaban unos ojos claros muy vivos. Era el capitán (r) Carlos Migliora, ex piloto de Aerovías Brasil, quien perteneció al Grupo Assas Brancas (Alas Blancas) de la Reserva de las Fuerzas Aéreas del Brasil. Amablemente, me invitó a sentarnos a charlar y en un perfecto inglés me narró de primera mano una asombrosa historia que tuvo lugar a finales de los años 40, que de haber tenido éxito hubiese cambiado la historia de Venezuela.

Justo antes de terminar la Segunda Guerra Mundial el comandante Migliora, regresaba de los Estados Unidos donde fue entrenado para volar el caza Republic P-47 Thunderbolt que Brasil enviaría proximamente a Italia a luchar contra los alemanes, donde ya había llegado un primer contingente militar. Pero la guerra terminó antes de lo esperado, y el joven oficial piloto Migliora al igual que cientos de reservistas fueron desmovilizados y dados de baja de la Fuerza Aérea. Siendo un avezado piloto no le fue difícil conseguir trabajo, comenzando a volar como copiloto en aviones Douglas DC-3 de Aerovías Brasil, justo en el momento en que abrían una nueva ruta a Miami; él era el indicado, pues hablaba perfectamente el inglés.

Este trayecto que comenzaba en Río de Janeiro, y para entonces era un gran reto pues había que volar por rutas casi inexploradas, sobre miles kilómetros de selvas, y territorios apenas explorados. El vuelo hacía escalas en aeropuertos al norte del Brasil como Salvador de Bahía y Amapá, antes de volar un largo trecho sin ningún tipo de radio ayudas ni aeropuertos alternos hasta Paramaribo en Surinam; luego a Georgetown en la Guayana inglesa, Puerto España en la isla de Trinidad, y posteriormente Ciudad Trujillo, en la República Dominicana, donde el avión pernoctaba antes de llegar a su destino final en Miami al día siguiente.

La capital dominicana, Ciudad Trujillo, llamada así luego de que un huracán la destruyera en 1930 y los aduladores de oficio que rodeaban al dictador Rafael Leónidas Trujillo le ofrecieron rebautizarla con su nombre para mayor gloria de la Patria.

Al llegar allí, los aviones eran cuidadosamente revisados por los mecánicos de Aerovías Brasil, mientras los pasajeros eran alojados en uno de los mejores hoteles de la ciudad, el elegante Jaragua. En ese lugar departían alegremente los pasajeros y la tripulación alrededor de la piscina. Para despegar a la mañana siguiente muy temprano y volar hasta Miami, Florida.

Contó Migliora, -El piloto del avión, el comandante Mario Joppert Carneiro da Cunha, era un hábil aviador. Fino y educado, conversador, gran bromista, aunque algo fanfarrón-. Una tarde se cruzó con él en la piscina del hotel una bellísima joven dominicana. Rodeada de un enjambre de guardaespaldas que hacían casi imposible acercársele o abordarla. Sin embargo el piloto se las ingenió para conocerla y al poco tiempo estaban enamorados. En los sucesivos viajes, el comandante Joppert, buscaba mil excusas para retrasar el despegue del avión al día siguiente y poder pasar más tiempo con su novia. Los mecánicos virtualmente desarmaban el avión sin encontrar ninguna falla.

Casi todo salió a la perfección, sólo había un detalle que hacía esta relación muy peligrosa, la chica era la hija del general Arturo Espaillat, apodado Navajita por amigos y enemigos, jefe de la temible policía política del régimen trujillista. Aún así, los amantes se las arreglaron para burlar la vigilancia y llevar adelante su romance hasta que consiguieron que los padres de la joven consintieran el matrimonio. Poco tiempo despues, Joppert comenzó a ser invitado al círculo social de la joven e inmiscuirse en las actividades de su nueva familia. Para aquel entonces las continuas denuncias de graves violaciones de los derechos humanos en la isla, le dificultaban al régimen trujillista la adquisición de armas en el exterior, aunque los Estados Unidos se hacían de la vista gorda.

Para probar a Joppert, el general Espaillat ideó una operación clandestina para adquirir un lote de revólveres Taurus cañón corto calibre 38 en Brasil para la policía y el ejército dominicano, utilizando como intermediario a su yerno, al cual le quedó una jugosa tajada del negocio. Joppert, continuaba volando para Aerovías, aunque cada vez pasaba más tiempo en República Dominicana. Los viajes del yerno comenzaron a serle útiles al régimen.

Simultáneamente detrás de esta relación se tejían oscuras y terribles intrigas, con el estilo que haría famoso al dictador Rafael Leónidas Trujillo; desapariciones, asesinatos dentro y fuera del país, atentados a enemigos del régimen, secuestros de disidentes para ser traídos a la isla clandestinamente, entre muchos otros crímenes.

Sin embargo el tirano, veía en Rómulo Betancourt, presidente de Venezuela, un verdadero enemigo. Betancourt había alcanzado la presidencia luego de un golpe cívico militar en el año 1945. Uno de los primeros actos de gobierno de la flamante Junta Cívico-Militar fue condenar y romper relaciones diplomáticas con todos los regímenes no democráticos, como España, Nicaragua y especialmente República Dominicana. Precisamente allí en Ciudad Trujillo, comenzaron a reunirse los disidentes venezolanos encontrando protección bajo el régimen de Trujillo.

El origen de esta inquina que se tenían mutuamente los mandatarios venezolano y dominicano no es conocida, aunque el escritor dominicano Roberto Guerrero esboza la teoría de que la primera esposa de Trujillo María Martínez, tuvo un affaire con Betancourt cuando estuvo exiliado en la isla, aunque tiene poco fundamento. Betancourt estaba decidido a derrocar a Trujillo y éste a sacar a Betancourt al precio que fuese, como bien quedaría de manifiesto años después. Existieron al menos media docena de intentos para eliminar a Betancourt como el ataque en La Habana con una jeringa llena de veneno, y otros más que se quedaron apenas en proyectos no menos imaginativos.

La ocasión para asestar un golpe a Betancourt se prestaba ideal, luego de la recién frustrada invasión de Cayo Confites, en Cuba, desde donde se preparó una impresionante fuerza de combate que incluía buques de desembarco, cazas, bombarderos, transportes, tanques, camiones, jeeps, bazucas y todo tipo de armas ligeras. El entrenamiento y movilización de este enorme grupo de combatientes, era un secreto a voces dentro del gobierno cubano de Ramón Grau San Martín, quienes no impedían la organización y reclutaban a los combatientes en sus propias narices en el Hotel San Luis en la Habana, que luego eran llevados a la base principal en la isla de Cayo Confites. Los combatientes eran en su mayoría dominicanos y cubanos, pero había pequeños contingentes de venezolanos, puertorriqueños y norteamericanos, que contaban con el apoyo de los gobiernos de Costa Rica, Haitٕí y Guatemala. Los espías de Trujillo lo habían puesto al tanto de la operación y poco faltó para que la invasión comenzara, siendo desbaratada por la tremenda presión que finalmente los norteamericanos ejercieron sobre el gobierno cubano para que arrestara a los invasores y detuviera la operación, ante la amenaza de Trujillo de bombardear La Habana al momento en que un invasor pusiese el pie en tierra dominicana. Entre las figuras que propiciaban y financiaban el golpe estaban el dominicano Juan Bosch, Rómulo Betancourt, Juan José Arévalo de Guatemala y el mandatario de Haití, Elli Lescot.

A Trujillo no le bastó destrozar la operación sino que vio la oportunidad de devolver el golpe, utilizando su servicio secreto. Junto a Espaillat planificó un asombroso proyecto para fomentar una rebelión militar en Venezuela que haría las delicias de los cineastas de Hollywood. Mario Joppert fue invitado a conversar con su suegro, le propusieron el mando de la operación, y él la aceptó. La mirada del capitán Migliora se desvaneció en el pasado, cuando dijo -y yo también acepté-, al igual que otros colegas que no quiso nombrar.

Para el plan habrían de aprovechar la gran cantidad de armas excedentes de guerra en venta en los Estados Unidos, que frente a una buena cantidad de dinero se saltaban todos los controles y permisos. En el papel, el plan parecía sencillo, pero en la práctica resultaba sumamente difícil y arriesgado. Para empezar serían adquiridos media docena de bombarderos North American B-25 Mitchell, similares a los que acaba de recibir Venezuela ese mismo año. Mediante una tapadera se pretendería comprar los aviones para el gobierno de Brasil, Joppert y el grupo de pilotos de Aerovías debían volar los aviones hasta el norte del Brasil, donde una vez aterrizados y reabastecidos en Belém de Pará, despegarían de noche para desaparecer en vuelo. -El tiempo era muy importante, ya que debíamos despegar apenas los mecánicos revisaran los aviones a fin de que lográramos cubrir el siguiente trecho, unos 2000 kilómetros de vuelo hasta una pista abierta en medio de la selva justo en la frontera con el estado Amazonas de Venezuela, cerca del Río Negro y el Cerro La Neblina-, es decir prácticamente al límite de nuestra autonomía.

Al llegar allí, los bombarderos sufrirían una completa transformación, serían armados con bombas y ametralladoras, cambiadas sus insignias brasileñas por las escarapelas de la Fuerza Aérea Venezolana. -Una vez que estuviera todo listo, en una fecha predeterminada, acordada previamente con los militares rebeldes venezolanos, despegaríamos en la madrugada completamente cargados de bombas, incluso sacrificando combustible y volaríamos directo a Maracay y Caracas para llegar justo al salir el sol, y atacar por sorpresa-.

Cada uno de los seis bombarderos tenía asignado un objetivo diferente, simulando un alzamiento de la Fuerza Aérea Venezolana. -El objetivo que a mí me asignaron- contó el capitán Migliora- fue bombardear la Escuela de Aviación Militar. El plan era llegar, soltar las bombas, sobrevolar los objetivos el tiempo mínimo suficiente para que los militares comprometidos en tierra tomaran los cuarteles militares y sitios estratégicos, y entonces tomar la decisión de o aterrizar en Maiquetía o huir a toda prisa hacia la República Dominicana o Trinidad. Si los militares lograban consumar el golpe de estado aprovechando la confusión, estaríamos a salvo, de otro modo dudo que ninguno de nosotros hubiese sobrevivido. Yo que aún era joven, me emocioné con esa aventura, para mí la sensación de emular a James Doolitle era única. La planificación de la operación se hizo en Río de Janeiro, en casa de Joppert, todos los involucrados llegábamos solos, con intervalos de 10 minutos para comenzar a revisar mapas, planificar las acciones, el cambio de tripulaciones en Belem, recibíamos informaciones secretas provenientes de Santo Domingo y hablábamos de lo que haríamos en el momento de la verdad cuando bombardeáramos Caracas y Maracay. Había que llegar con el sol en la espalda para evitar que las baterías antiaéreas, dos, tres, en realidad no sabíamos cuántas eran, nos derribasen. Arrojar las bombas sobre las pistas y los hangares para evitar que los aviones venezolanos North American AT-6C pudiesen en última instancia lograr despegar y derribarnos con sus dos ametralladoras”. Por lo que me contó el capitán Migliora, para aquel entonces ellos desconocían o no habían sido prudentemente informados de que la Fuerza Aérea Venezolana ya había recibido los primeros cazas Republic F-47 Thunderbolt, contra los cuales no hubiesen tenido mucha oportunidad los B-25.

-…En realidad lo que más nos preocupaba era que todos sabíamos que luego del ataque no lograríamos llegar en vuelo hasta Ciudad Trujillo ni a Trinidad, al haber \sacrificado más combustible por la carga de bombas. Tendríamos que aterrizar en suelo venezolano. Nuestra única esperanza era que triunfara la revolución y pudiésemos aterrizar en Maiquetía, corriendo el riesgo de ser fusilados de inmediato. La otra opción era intentar llegar a Trinidad, y aterrizar como pudiésemos en donde fuese. En fin, lo más seguro era que cayéramos al mar-.

Cuenta Migliora que la suerte quiso que la operación fracasara empezando, pero no por falta de planificación, sino del destino, que dispone a su antojo de todos nosotros. Mario Joppert, al sentirse rico y ungido de tanto poder comenzó a derrochar a manos llenas el dinero que llegaba vía República dominicana. Contrató a la gente para que construyeran la pista clandestina en la frontera venezolana pagando una suma fabulosa, y se quedó con parte de las ganancias. Pero todo se vino abajo cuando Joppert se involucró sentimentalmente con una bella aeromoza de Aerovías y parte del dinero comenzó a gastarlo en su nueva conquista. Inevitablemente su esposa se enteró y se lo contó a su padre, quien sin perder tiempo pagó a unos matones para que buscaran a Joppert en Brasil y le dieran una lección. Por supuesto, éste tuvo que huir y desaparecer, manteniendo un muy bajo perfil ante el temor que los agentes de Trujillo lo encontraran.

La operación se fue al traste, pero no las intenciones de Trujillo quien lo volvería a intentar varias veces más, incluyendo otro proyecto de bombardear Caracas el mismo día de la toma de posesión del nuevo Presidente Rómulo Gallegos desde Nicaragua. Pero esa, es otra historia.

Fuentes:

Entrevista realizada al capitán Carlos Affonso Migliora en Río de Janeiro en 2003, autor del libro Breve Resumo Histórico da Aerovías Brasil e outras historias. Río de Janeiro 1996.

(02 de noviembre de 2009)

Tomado de: http://www.fav-club.com/index.php?option=com_content&view=article&id=270%3Ael-bombardeo-a-caracas&catid=26%3Ahistoria&Itemid=25

NOTA LB:

El autor tuvo a bien ilustrarnos sobre la existencia de un testimonio personal y el artículo mismo, luego que colocamos en el grupo de Venezuela. Historia en Retrospectiva / Facebook, la siguiente nota: "Ahora bien, ¿por qué traer a don Chapita al grupo?. Año y medio atrás, o dos, si no recordamos mal, don Fabián descartó que hubiese un propósito cierto de bombardear a Caracas el 15/02/48, fecha en la que ascendió al poder don Rómulo Gallegos, porm obra de don Rafael Leonidas. Sin embargo, don Simón Alberto Consalvi insiste en que "no fue una fantasía" y "fue comprobado y denunciado" (*). ¿Nuevas pruebas que no conocemos?, ¿estarán abiertos los archivos de inteligencia de la isla, como nunca lo han estado en Venezuela?; ¿habrá revelaciones recientes?...(*) Ramón Hernández (2011): "Contra el olvido. Conversaciones con Simón Alberto Consalvi", Editorial Alfa, Caracas: 119".