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lunes, 30 de diciembre de 2019
MIRARSE, MIRANDO
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viernes, 25 de mayo de 2018
MÁS ALLÁ DE LA PSICOLOGÍA DE LA HAMBURGUESA
EL MUNDO, Barcelona, 24 de mayo de 2018
TRIBUNA
Revolución en la psicología
José Antonio Marina
Lo que uno piensa sobre la inteligencia humana acaba determinando los métodos educativos y, a la larga, nuestro modo de vivir. La psicología tiene una presencia social cada vez más profunda y ubicua y, sin embargo, vive un momento de fragmentación que la hace brillante, pero en ráfagas inconexas. Desde la educación, necesitamos una teoría psicológica más potente y mejor estructurada. Estamos sometidos a una psicología de la hamburguesa en la que se ha troceado al ser humano, sin duda porque la especialización es necesaria para el progreso científico, y luego no se sabe cómo volver a unir los trozos. Hay una proliferación de teorías, de terapias, de métodos, que no augura nada bueno.
Pondré algunos ejemplos. Durante 30 años, la corriente psicológica más potente fue el conductismo. Defendía que no se puede conocer lo que pasa en la cabeza de una persona y que sólo se puede estudiar su conducta visible. Hay que aplaudir su rigor científico, pero acabó siendo víctima de su propia seguridad. Skinner, su máximo representante, pensaba que la sociedad estaba comportándose de manera inicua al fundar su edificio ético en nociones como la libertad y la responsabilidad, que le parecían falsas y destructivas, porque impedían conseguir una sociedad justa y benéfica aprovechando una ingeniería social fundada en la psicología conductista.
Las teorías de la motivación también nos meten en un atolladero. Intentan explicar el comportamiento de una persona. Los motivos proporcionan dirección y energía para actuar. Estar motivado se convierte en condición indispensable para la acción. Lo malo es que una persona no puede decidir estar motivada, porque no depende de ella, por lo que está en manos de los impulsos o del azar.
La neurociencia tampoco aclara las cosas. No sabe qué hacer ni con la consciencia, a la que muchos expertos consideran un epifenómeno inútil, ni con el sentimiento de ser libre de hacer o no hacer, que experimentamos todos. El origen de esta afirmación está en los experimentos de Benjamin Libet, que mostró que unos doscientos milisegundos antes de que tomemos conscientemente una decisión ya se han activado los centros neuronales correspondientes. Es el cerebro quien toma la decisión, antes de que nosotros nos enteremos.
La psicología de la personalidad también tiene poco que ofrecer a la educación. Personalidad es una pauta estable de conducta que nos acompaña a lo largo de la vida. Al parecer, hay una estabilidad en los rasgos que la definen, que en este momento son los Big five, que pongo en inglés porque son de difícil traducción: Openness (apertura a nuevas experiencias), Conscientiousness (responsabilidad), Extraversion, Agreeableness (amabilidad) Neuroticism (inestabilidad).
He dejado de lado escuelas pedagógicas que también se centran en un aspecto de la compleja inteligencia humana y dejan de lado otras. Así sucede con la psicología cognitiva, que vino a corregir los excesos del conductismo, pero que, como se ha lamentado uno de sus creadores, Jerome Bruner, se ha perdido también en una proliferación de constructos; la inteligencia emocional, que milagrosamente pensaba resolver todos los problemas con la educación emocional; o las inteligencias múltiples, cuyo éxito, en parte, se debía a haber hablado de «inteligencias», cuando en realidad estaba hablando de meras competencias. Tampoco quiero hablar de los anticuados modelos de memoria que estamos transmitiendo, y que apenas tratan de uno de los conceptos más brillantes que ha inventado la neurociencia: la working memory.
Este paisaje de fragmentos brillantes pero desconectados, está provocando desconcierto pedagógico. Por eso, creo que es importante saber que se está produciendo un poderoso movimiento renovador en la psicología que, entre otras ventajas, tiene la de integrar en un modelo único los valiosos pero parciales resultados de otras especialidades.
Todo comienza con dos afirmaciones que me parecen fundamentales: (1) La función de la inteligencia no es conocer ni sentir, sino dirigir el comportamiento. Todo lo demás está al servicio de este objetivo. (2) La aparición en la inteligencia humana de la capacidad de controlarse a sí misma marca su salto evolutivo. Como ha escrito Roy Baumeister, la posibilidad de autogestionar la propia inteligencia constituye el núcleo de la humanización. Desde los estudios de Walter Mischel se consideran que la fortaleza de las funciones ejecutivas prevé mejor los resultados académicos, la inserción laboral, y la evitación de conductas de riesgo, que los test de Cociente Intelectual.
Los autores que han influido en al arranque de esta teoría han sido el genial Lev Vigotski, el no menos genial Alexander Luria, y nuestro Joaquín Fuster, por sus estudios sobre el córtex prefrontal. Todos ellos abrieron el camino hacia el estudio de las funciones ejecutivas de la inteligencia, es decir, de las encargadas de autocontrolar -dentro de ciertos límites- nuestro propio comportamiento.
El asunto no queda aquí, porque tenemos que aclarar sobre qué ejerce su control esta inteligencia ejecutiva. Pues lo ejerce sobre las funciones básicas de la inteligencia -percibir, atender, recordar, relacionar, pensar, sentir, actuar, etcétera- que quedan transformadas al poder ser dirigidas a metas lejanas. De estar suscitadas y dirigidas por los estímulos y el entorno, pasan a estarlo por objetivos elegidos por el propio sujeto. Puedo dirigir la mirada mediante un proyecto, prestar atención voluntariamente, tomar decisiones, mantener el esfuerzo, etcétera. Es así como se van adquiriendo las competencias que conducen a la autonomía. Gran parte de los problemas que vemos en las aulas derivan de la falta de autocontrol. Esas funciones básicas las realiza nuestro cerebro sin que sepamos cómo lo hace. Forman parte de lo que se denomina nuevo inconsciente, inconsciente cognitivo o inconsciente neuronal, para distinguirlo del freudiano. La mayor diferencia es que mientras que el inconsciente psicoanalítico determina la conducta, el nuevo inconsciente puede y debe ser educado.
Nos encontramos ante una teoría dual de la inteligencia, que incluye un nivel no consciente (inteligencia generadora) y un nivel consciente que intenta controlar al otro (inteligencia ejecutiva). Este modelo fue anunciado por Vigotski y Luria, e impulsado por Ulric Neisser, Tim Shallice, Donald Norman, Robert Sternberg, Rom Harré, Antonio Damasio, Guy Claxton, Seymour Epstein, Russell Barkley, Jonathan Evans. Conocida formulación es la de Daniel Kahneman, Nobel de Economía, en su obra Pensar rápido, pensar lento.
La inteligencia dual ofrece a la pedagogía un modelo extraordinariamente útil. La educación consiste en facilitar el desarrollo de las funciones ejecutivas y en ayudar a configurar bien la inteligencia generadora, de la que van a proceder las ideas, las emociones, los recuerdos, los proyectos. Nos permite ampliar la inteligencia, convirtiendo en hábitos operaciones que primero tenemos que hacer atentamente. Incluso con las más sofisticadas matemáticas o teorías científicas sucede lo mismo que cuando aprendemos a conducir un coche. Lo que al principio tenemos que hacer poniendo los cinco sentidos, al final lo hacemos automáticamente. La ampliación de la inteligencia a que me refiero se parece a la introducción de una nueva aplicación en un móvil. La potencia del aparato es la misma, pero su capacidad operativa es mayor. De eso se trata también en el caso humano. Y eso debe conseguirlo la educación.
Creo que la ciencia española puede estar en la vanguardia de esta revolución psicológica. Por eso, desde la cátedra que dirijo en la Universidad Nebrija, titulada Inteligencia ejecutiva y educación, hemos organizado un simposio sobre el tema, que se ha celebrado en Madrid los días 18 y 19 de mayo, y del que todo aquél que esté interesado puede informarse en internet: Simposio sobre inteligencia ejecutiva y educación. Tenemos el honor de que la conferencia inaugural haya corrido a cargo del profesor Joaquín Fuster, cuya influencia ha sido decisiva en estos estudios. Ha realizado toda su obra investigadora en Estados Unidos, y merece ser mejor conocido en España.
(*) José Antonio Marina es filósofo, ensayista y pedagogo.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/05/24/5b055252468aeba24f8b4651.html
Ilustración: Cipriano Martínez.
TRIBUNA
Revolución en la psicología
José Antonio Marina
Lo que uno piensa sobre la inteligencia humana acaba determinando los métodos educativos y, a la larga, nuestro modo de vivir. La psicología tiene una presencia social cada vez más profunda y ubicua y, sin embargo, vive un momento de fragmentación que la hace brillante, pero en ráfagas inconexas. Desde la educación, necesitamos una teoría psicológica más potente y mejor estructurada. Estamos sometidos a una psicología de la hamburguesa en la que se ha troceado al ser humano, sin duda porque la especialización es necesaria para el progreso científico, y luego no se sabe cómo volver a unir los trozos. Hay una proliferación de teorías, de terapias, de métodos, que no augura nada bueno.
Pondré algunos ejemplos. Durante 30 años, la corriente psicológica más potente fue el conductismo. Defendía que no se puede conocer lo que pasa en la cabeza de una persona y que sólo se puede estudiar su conducta visible. Hay que aplaudir su rigor científico, pero acabó siendo víctima de su propia seguridad. Skinner, su máximo representante, pensaba que la sociedad estaba comportándose de manera inicua al fundar su edificio ético en nociones como la libertad y la responsabilidad, que le parecían falsas y destructivas, porque impedían conseguir una sociedad justa y benéfica aprovechando una ingeniería social fundada en la psicología conductista.
Las teorías de la motivación también nos meten en un atolladero. Intentan explicar el comportamiento de una persona. Los motivos proporcionan dirección y energía para actuar. Estar motivado se convierte en condición indispensable para la acción. Lo malo es que una persona no puede decidir estar motivada, porque no depende de ella, por lo que está en manos de los impulsos o del azar.
La neurociencia tampoco aclara las cosas. No sabe qué hacer ni con la consciencia, a la que muchos expertos consideran un epifenómeno inútil, ni con el sentimiento de ser libre de hacer o no hacer, que experimentamos todos. El origen de esta afirmación está en los experimentos de Benjamin Libet, que mostró que unos doscientos milisegundos antes de que tomemos conscientemente una decisión ya se han activado los centros neuronales correspondientes. Es el cerebro quien toma la decisión, antes de que nosotros nos enteremos.
La psicología de la personalidad también tiene poco que ofrecer a la educación. Personalidad es una pauta estable de conducta que nos acompaña a lo largo de la vida. Al parecer, hay una estabilidad en los rasgos que la definen, que en este momento son los Big five, que pongo en inglés porque son de difícil traducción: Openness (apertura a nuevas experiencias), Conscientiousness (responsabilidad), Extraversion, Agreeableness (amabilidad) Neuroticism (inestabilidad).
He dejado de lado escuelas pedagógicas que también se centran en un aspecto de la compleja inteligencia humana y dejan de lado otras. Así sucede con la psicología cognitiva, que vino a corregir los excesos del conductismo, pero que, como se ha lamentado uno de sus creadores, Jerome Bruner, se ha perdido también en una proliferación de constructos; la inteligencia emocional, que milagrosamente pensaba resolver todos los problemas con la educación emocional; o las inteligencias múltiples, cuyo éxito, en parte, se debía a haber hablado de «inteligencias», cuando en realidad estaba hablando de meras competencias. Tampoco quiero hablar de los anticuados modelos de memoria que estamos transmitiendo, y que apenas tratan de uno de los conceptos más brillantes que ha inventado la neurociencia: la working memory.
Este paisaje de fragmentos brillantes pero desconectados, está provocando desconcierto pedagógico. Por eso, creo que es importante saber que se está produciendo un poderoso movimiento renovador en la psicología que, entre otras ventajas, tiene la de integrar en un modelo único los valiosos pero parciales resultados de otras especialidades.
Todo comienza con dos afirmaciones que me parecen fundamentales: (1) La función de la inteligencia no es conocer ni sentir, sino dirigir el comportamiento. Todo lo demás está al servicio de este objetivo. (2) La aparición en la inteligencia humana de la capacidad de controlarse a sí misma marca su salto evolutivo. Como ha escrito Roy Baumeister, la posibilidad de autogestionar la propia inteligencia constituye el núcleo de la humanización. Desde los estudios de Walter Mischel se consideran que la fortaleza de las funciones ejecutivas prevé mejor los resultados académicos, la inserción laboral, y la evitación de conductas de riesgo, que los test de Cociente Intelectual.
Los autores que han influido en al arranque de esta teoría han sido el genial Lev Vigotski, el no menos genial Alexander Luria, y nuestro Joaquín Fuster, por sus estudios sobre el córtex prefrontal. Todos ellos abrieron el camino hacia el estudio de las funciones ejecutivas de la inteligencia, es decir, de las encargadas de autocontrolar -dentro de ciertos límites- nuestro propio comportamiento.
El asunto no queda aquí, porque tenemos que aclarar sobre qué ejerce su control esta inteligencia ejecutiva. Pues lo ejerce sobre las funciones básicas de la inteligencia -percibir, atender, recordar, relacionar, pensar, sentir, actuar, etcétera- que quedan transformadas al poder ser dirigidas a metas lejanas. De estar suscitadas y dirigidas por los estímulos y el entorno, pasan a estarlo por objetivos elegidos por el propio sujeto. Puedo dirigir la mirada mediante un proyecto, prestar atención voluntariamente, tomar decisiones, mantener el esfuerzo, etcétera. Es así como se van adquiriendo las competencias que conducen a la autonomía. Gran parte de los problemas que vemos en las aulas derivan de la falta de autocontrol. Esas funciones básicas las realiza nuestro cerebro sin que sepamos cómo lo hace. Forman parte de lo que se denomina nuevo inconsciente, inconsciente cognitivo o inconsciente neuronal, para distinguirlo del freudiano. La mayor diferencia es que mientras que el inconsciente psicoanalítico determina la conducta, el nuevo inconsciente puede y debe ser educado.
Nos encontramos ante una teoría dual de la inteligencia, que incluye un nivel no consciente (inteligencia generadora) y un nivel consciente que intenta controlar al otro (inteligencia ejecutiva). Este modelo fue anunciado por Vigotski y Luria, e impulsado por Ulric Neisser, Tim Shallice, Donald Norman, Robert Sternberg, Rom Harré, Antonio Damasio, Guy Claxton, Seymour Epstein, Russell Barkley, Jonathan Evans. Conocida formulación es la de Daniel Kahneman, Nobel de Economía, en su obra Pensar rápido, pensar lento.
La inteligencia dual ofrece a la pedagogía un modelo extraordinariamente útil. La educación consiste en facilitar el desarrollo de las funciones ejecutivas y en ayudar a configurar bien la inteligencia generadora, de la que van a proceder las ideas, las emociones, los recuerdos, los proyectos. Nos permite ampliar la inteligencia, convirtiendo en hábitos operaciones que primero tenemos que hacer atentamente. Incluso con las más sofisticadas matemáticas o teorías científicas sucede lo mismo que cuando aprendemos a conducir un coche. Lo que al principio tenemos que hacer poniendo los cinco sentidos, al final lo hacemos automáticamente. La ampliación de la inteligencia a que me refiero se parece a la introducción de una nueva aplicación en un móvil. La potencia del aparato es la misma, pero su capacidad operativa es mayor. De eso se trata también en el caso humano. Y eso debe conseguirlo la educación.
Creo que la ciencia española puede estar en la vanguardia de esta revolución psicológica. Por eso, desde la cátedra que dirijo en la Universidad Nebrija, titulada Inteligencia ejecutiva y educación, hemos organizado un simposio sobre el tema, que se ha celebrado en Madrid los días 18 y 19 de mayo, y del que todo aquél que esté interesado puede informarse en internet: Simposio sobre inteligencia ejecutiva y educación. Tenemos el honor de que la conferencia inaugural haya corrido a cargo del profesor Joaquín Fuster, cuya influencia ha sido decisiva en estos estudios. Ha realizado toda su obra investigadora en Estados Unidos, y merece ser mejor conocido en España.
(*) José Antonio Marina es filósofo, ensayista y pedagogo.
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2018/05/24/5b055252468aeba24f8b4651.html
Ilustración: Cipriano Martínez.
lunes, 26 de junio de 2017
PSICOLOGÍA DE LA DIFÍCIL COYUNTURA

Una gesta de solidaridad
Luis Barragán
Apartando la mera retórica de ocasión, el procaz lenguaje del poder
establecido tiene una muy precisa correspondencia con sus acciones. Quizá
irremediable, invoca la paz y hurga en el sentimiento religioso cuando más le
conviene, privilegiando las más infundadas agresiones verbales y físicas que
abonan a un quebrantamiento de los elementales valores que cultivamos los
venezolanos.
Emplea cualesquiera medios de difusión disponibles, pretendiendo imponer
aquellos principios que, ya dudosos, por siempre, traiciona. Una intensa labor
de propaganda y publicidad, lo explica, creyendo esconder el hocico de una
crueldad apenas comprobada por la
represión de calle.
Cierto, el régimen estudia el momento más adecuado para acabar con la
definitiva interconectividad en Venezuela, sabiendo de los peligros que le
representa la veloz transmisión de testimonios, videos y fotografías que
evidencian su naturaleza, pero – colegimos –
no menos lo es que aún obtiene algunas ventajas para sus campañas sucias
de confusión o todas las que ayudan al terrorismo psicológico que ejerce. Por
lo demás, el suyo es un gobierno de 140 o menos caracteres, pues, necesitando
dejar constancia de su existencia, la paja
y el pajazo digitales, en la acepción
más exacta de los venezolanismos, se convierten – dirán – en una ventaja
comparativa: además de la enfermiza variedad de mensajes de auto-exaltación, ¿cómo
haría la ahora ex – cancillerísima para divulgar la premiación de una réplica
de la espada del Libertador con la que Maduro Moros la consagra como punta del
liderazgo emergente en el partido de gobierno?;
o ¿de qué modo dejaría diaria constancia Padrino López de su inalterable
adhesión, competido por sus pares con el fulgor de las intrigas palaciegas?
Entre los valores que ha intentado quebrar el socialismo, está el de la
inmediata, sentida e, incluso, arriesgada solidaridad de los venezolanos. Mil
veces superado, procuró hacerlo en medio de la tragedia del estado Vargas,
prohibiendo el desprendido y masivo auxilio que recibieron sus habitantes, por
cierto, nada trivial, emblematizado por los motorizados de los más diversos
sectores sociales que, desde Caracas u otras localidades cercanas, trataron de
llevarles medicamentos y alimentos a los
más desasistidos, desamparados y débiles, fuesen o no familiares; y ha
saboteado sistemáticamente la ayuda humanitaria que, proveniente o no del
exterior, destinada a hospitales u hospicios mismos, lo desautorizan
moralmente. Valga agregar, quisieron hacer de la ayuda que los funcionarios del
metro caraqueño dispensan a los discapacitados, un sello muy propio de la
presente dictadura, suspendiendo pronto la
campaña gráfica en los vagones, pues, simplemente, fue una característica de
toda la existencia de la empresa transportista, en un ambiente más ordenado y
confiable para el mismo empleado, desde los tiempos del aborrecible capitalismo de sus baratas invenciones
Revisamos entristecidos, con el corazón arrugado, el video que comprueba el
cobarde asesinato de David Vallenilla al pie de la base militar de La Carlota, y de nuevo apreciamos que la
solidaridad es un valor todavía en pie en Venezuela. Al apenas recibir la
descarga del militar que manchó su uniforme de sangre ajena y orín propio,
corrieron los otros escuderos o guerreros con la gallardía, la voluntad y el coraje de rescatarlo, arriesgando
sus propias vidas.
Observamos cuando – instintivamente – uno de los jóvenes, Richard, cubierto
con la bandera nacional, trató de distraer al agresor con la difícil acrobacia
del momento, mientras que otros llegaron a David para sacarlo de esta
circunstancia del pavimento enardecido y, a la vez, un fotógrafo sorteó el
disparo que no le llegó. Y esto, quizá porque el otro nervioso disparador apostaba
por un diferente objetivo, quizá porque el otro sensato disparante prefirió
perforar el aire, quizá porque – en definitiva - se trataba de un disparate
bélico del que no sabemos cómo quedó estampado en el Libro Diario o de
Novedades, afianzando la peregrina tesis del ataque al centinela.
La solidaridad del instante y de todos los millones de instantes
posteriores, alcanza a los padres de la víctima, aunque sorprendan sus
declaraciones en reclamo de la amistad y de la afinidad política con el
ocupante de Miraflores. Aparentemente, ambos dan la espalda a un instinto
primario y natural, al librarlo de toda responsabilidad, acaso esperanzados en
un castigo inmediato e implacable, sin atisbar al chivo expiatorio que desencajaría todo el sistema represivo, pues,
la teatralidad tiene ya sus límites; acaso, asiéndose al único trozo de madera
en el violento remolino de un río que destrozó la barca que los llevaba,
dándole alguna razón de la travesía.
Consultada rápidamente a través de las redes, Clara Márquez Ávila tuvo la
amabilidad de orientar nuestras inquietudes, aunque – obvio – no arribó a
conclusiones tajantes, pues, una profesional de la psicología tan seria y
competente como ella, subraya que nunca los ha tratado ni parece planteado
hacerlo. Es
probable que los padres de David aún se encuentren en una fase de negación de
la pérdida, podrían incluso sentirse culpables por no impedir que fuese a las
marchas, reivindican la tolerante relación con el hijo políticamente
discrepante, entre otras de las posibilidades que ejemplifican un hecho nada
excepcional, por desgracia.
De apelar a la amistad invocada, los hechos desmienten toda bondad del
socialismo en curso, pues, por más que David haya crecido en un hogar que lo
adhiere, las realidades lo llevaron a la calle en demanda de las libertades que
niega, al precio de su propia vida. Él y sus compañeros, con un extraordinario
espíritu de cuerpo, renunciando a las vanidades que también nos sofocan,
auxiliándose en los minutos más terribles, dibujaron una gesta de la
solidaridad que mantenemos en pie los venezolanos, incluso, con el dolor de sus
padres que aflorará con fuerza, tarde o temprano. Y, mientras tanto, el asesino
quedará solo, reclamando – algo distinto – la complicidad de los que le huirán
en todo lo posible.
26/06/2017:
Fotografía: La primera, Carlos Garcia Rawlins; y, de las otras, todavía no tenemos la certeza del nombre del (os) autor (es).
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