Vizquel y el derecho al optimismo
Luis Barragán
Ya ni siquiera teledeportistas, hemos perdido la capacidad de afición sobre el juego. En los momentos preliminares de una jornada de trabajo, los compañeros de mesa intercambiaron opiniones en torno al desarrollo del Mundial de Fútbol y el posible equipo ganador, percatándonos nuevamente del desinterés personal en una materia que apunta a un derecho humano: el de la distracción o recreación.
Rectificación aparte, la que nos debemos a nosotros mismos, días atrás circuló en las redes el breve video de la incorporación de Omar Vizquel al Salón de la Fama de los Indios de Cleveland. Justo reconocimiento que nos llena de orgullo, nos llevó al país que hizo posible una figura tan estelar del béisbol, imposible de perder a pesar de las duras y prolongadas circunstancias impuestas por el socialismo de las demoliciones.
Por lo pronto, versamos sobre un referente ético de la venezolanidad. Al exceso de cizaña, por encima del trigo, en otros ámbitos, se contrapone la virtud de los deportistas profesionales que, muy escasamente, protagonizan noticias lamentables en la vida pública y personal. Expresando un mínimo deseable de parámetros, desenvolviéndose con la espontaneidad necesaria, llevan – precisamente – una vida ordenada, respetuosa y respetable, intactas sus querencias por el país que los vio nacer, incurriendo en actos de desprendimiento o altruismo de los que, poco o mucho, se sabe.
Resentimiento alguno generan sus exitosas carreras deportivas, por elevadas que fuesen las cifras de una fortuna que no ocultan, ni pueden ocultar a la opinión pública, más allá de las entidades tributarias oficiales. Al contrario, se les reconoce como un legítimo premio al talento natural, al esfuerzo, la disciplina, el aprendizaje, la humildad y la persistencia, siendo limpios competidores en una limpia competencia atestiguada por centenares de miles de personas.
La trayectoria de Vizquel, acreedor de récords en diferentes departamentos de un área de fildeo que tiene a tan insignes predecesores venezolanos, es motivo de una enorme satisfacción para sus coterráneos, ajenos o no al béisbol. Nos levantó la moral el acto de reconocimiento en un estadio que lo aplaudió y lo celebró, recobrando el derecho al optimismo que no demuelen ni demolerán los inútilmente ociosos que dicen gobernarnos.
15/07/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/07/15/vizquel-derecho-al-optimismo/
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domingo, 15 de julio de 2018
lunes, 8 de febrero de 2016
HACIENDO SOMBRA AL VIENTO
(A)premios (y una breve coletilla)
Luis Barragán
Excepto en los hogares y aulas, no contamos con la debida relación de los premios y castigos en una sociedad contaminada por la impunidad. Impotentes y cautelosos, solemos reivindicar nuestra indiferencia frente a toda conducta que, por defecto o exceso, arriesgue el poco sosiego cotidiano con el que contamos.
A veces, nos sorprende el reconocimiento dado o recibido, obrando la mezquindad como un dato cultural de la supervivencia. Sentimos la sensación de viajar en aquel barco que dio ocasión para una magnífica novela de Julio Cortázar, más que premiados, apremiados en popa por las conocidas circunstancias actuales.
El país que tuvo por huésped estelar a las televisoras locales, en cada uno de los hogares, celebraba el reconocimiento anual de sus artistas predilectos y la vieja prensa da cuenta de los premios, por cierto, competitivos entre sí, como el Guacaipuro de Oro, el Mara de Oro, o el Rafael Guinand, entre otros. Al pasar el tiempo, no por casualidad, naufragaron como no ha ocurrido en los países que tienen una vigorosa industria del entretenimiento que, año tras año, renuevan sus premiaciones anegando la aldea global.
Los premios nacionales de Literatura o Periodismo, por ejemplo, cuentan con la apatía generalizada y, sin que implique la inmediata descalificación de sus acreedores, sin dudas, ello obedece al sectarismo político e ideológico de sus concesionarios, quedando en el remoto recuerdo otros de carácter internacional como el Rómulo Gallegos o el Simón Bolívar. Muy pocos conocen hoy a los rigurosamente seleccionados por la Fundación Polar en el campo de la investigación científica o a la muchachada que destaca en las Olimpiadas de Matemáticas.
Coletilla: El régimen reconoce el monumental fracaso de la expropiación de Agro-Isleña, como suele ocurrir también con las medidas que improvisa respecto a numerosos inmuebles. Además, serio motivo de vergüenza, no se inmuta por el abandono del Sambil o la Torre de David en Caracas, luego de varios años, olvidando – más que las promesas de convertirlos en sedes de cuantas cosas se le ocurre – la urgencia misma invocada en el momento de la confiscación.
Fotografía: LB, Torre de David, desde Bellas Artes (Caracas, 05/02/2016).
Reproducción: Fina Rojas y Jesús Maella, Premios Rafael Guinand (Momento, Caracas, 1970).
Luis Barragán
Excepto en los hogares y aulas, no contamos con la debida relación de los premios y castigos en una sociedad contaminada por la impunidad. Impotentes y cautelosos, solemos reivindicar nuestra indiferencia frente a toda conducta que, por defecto o exceso, arriesgue el poco sosiego cotidiano con el que contamos.
A veces, nos sorprende el reconocimiento dado o recibido, obrando la mezquindad como un dato cultural de la supervivencia. Sentimos la sensación de viajar en aquel barco que dio ocasión para una magnífica novela de Julio Cortázar, más que premiados, apremiados en popa por las conocidas circunstancias actuales.
El país que tuvo por huésped estelar a las televisoras locales, en cada uno de los hogares, celebraba el reconocimiento anual de sus artistas predilectos y la vieja prensa da cuenta de los premios, por cierto, competitivos entre sí, como el Guacaipuro de Oro, el Mara de Oro, o el Rafael Guinand, entre otros. Al pasar el tiempo, no por casualidad, naufragaron como no ha ocurrido en los países que tienen una vigorosa industria del entretenimiento que, año tras año, renuevan sus premiaciones anegando la aldea global.
Los premios nacionales de Literatura o Periodismo, por ejemplo, cuentan con la apatía generalizada y, sin que implique la inmediata descalificación de sus acreedores, sin dudas, ello obedece al sectarismo político e ideológico de sus concesionarios, quedando en el remoto recuerdo otros de carácter internacional como el Rómulo Gallegos o el Simón Bolívar. Muy pocos conocen hoy a los rigurosamente seleccionados por la Fundación Polar en el campo de la investigación científica o a la muchachada que destaca en las Olimpiadas de Matemáticas.
Coletilla: El régimen reconoce el monumental fracaso de la expropiación de Agro-Isleña, como suele ocurrir también con las medidas que improvisa respecto a numerosos inmuebles. Además, serio motivo de vergüenza, no se inmuta por el abandono del Sambil o la Torre de David en Caracas, luego de varios años, olvidando – más que las promesas de convertirlos en sedes de cuantas cosas se le ocurre – la urgencia misma invocada en el momento de la confiscación.
Fotografía: LB, Torre de David, desde Bellas Artes (Caracas, 05/02/2016).
Reproducción: Fina Rojas y Jesús Maella, Premios Rafael Guinand (Momento, Caracas, 1970).
08/02/2016
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