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jueves, 12 de octubre de 2017

BLOQUEOS

De la crisis institucional  en  dictadura
Luis Barragán

Asistimos a una crisis institucional del régimen que aspira a su definitiva consolidación como una dictadura – no redundamos – irrefutable que cuente con el reconocimiento de la comunidad internacional, por el mínimo y suficiente cumplimiento de ciertas formalidades democráticas, pues, al fin y al cabo, Cuba tiene las suyas, y – a la vez – le permita diligenciar  los recursos financieros que les son tan indispensables para su mera supervivencia: acceso al mercado de las armas, publicidad gubernamental y puntual cumplimiento del servicio de la deuda externa. Y es que, como ocurre con toda dictadura que ha transitado la etapa bonapartista (*), tarde o temprano tendrá que afrontar el caos social y económico que ha generado y agravado, agotado como una herramienta favorable a sus objetivos tácticos.

Significa zanjar las diferencias, negociando y pactando una convivencia estable, entre las distintas e inevitables corrientes internas del poder establecido, procurado el definitivo del dominio del madurismo que ejerce el mandato real de una tal constituyente ideada como un instrumento algo más que complementario. Se abre paso el potencial relevo de los venideros años, capaz de relegar al ya viejo sector militar del PSUV,  olvidado el que soportó al MVR-200, hoy concedidos determinados poderes de negociación  a quienes, años atrás, desempeñaban roles secundarios.

Relevo que pasa del solo dominio de los resortes ministeriales, velando por una retaguardia burocrática, que ahora se exige como vanguardia política, añadido el pronto regreso al poder, emulando más al sandinismo que al peronismo, en el caso de cualquier eventualidad. Luego, la crisis es la del reacomodo al interior de una tripulación que amplía la cabina para el relegamiento de los otrora copilotos, como sucedió con Luis Alfonso Dávila y sucederá con Diosdado Cabello, ya expulsados Jorge Giordani o Héctor Navarro, so pretexto de una carta de navegación vedada a la discusión.

Además, sin que la hipótesis  implique  desmotivación alguna, pretendiendo  aleccionarnos respecto a la capacidad de incurrir en un masivo e impune fraude, como acaeció el consabido 30 de julio, el relevo dice ostentar un poder originario a través de la tal constituyente, aplaudiendo la faena de los comicios regionales reducidos a la única selección de los gobernadores, luego de empujar a una oposición que decidió concurrirlos inconsultamente. Negada la MUD como una instancia de colegiación, celebradas luego unas  primarias de un curioso carácter censitario, sectores de la oposición probarán suerte en unas elecciones sesgadas, semicompetitivas y, por consiguiente, de resultados no garantizados.

La dictadura que, por siempre, se ha dicho participativa y protagónica, ensaya una modalidad de coexistencia de las propias tendencias que la informan, pues, no ha existido jamás un tránsito inocente por el poder, deseándolas regladas por la tal constituyente que también espera por los recursos que afanosamente buscan en el exterior, aspirando a competirlos gracias a la sobrevenida facultad de sancionar el presupuesto público nacional. Dándole algún piso social, surge el nuevo clientelismo a la sombra de las cajas del CLAP, curioso soviet de  los días que transcurren, afincado más en una modalidad de negocios y de la violencia que en su fuerza y eficiencia movilizadora.

La necesidad es la de mantener un conflicto de distintas intensidades, con los adversarios reales o imaginarios trastocados en el enemigo común del antiguo populismo de movilización, sumados los lacayos del imperialismo; asestarle un duro golpe a la unidad opositora, soslayando la vigencia y consumación de los resultados del plebiscito del 16 de julio próximo pasado; y, a la vez, minimizar los riesgos de una creciente deslegitimación, convidándola a unos comicios que acredite una diplomacia que no cuenta, precisamente, con agentes de una comprobada destreza política.

El reto de la dictadura está en lograr su aceptación resignada, comprometida a no expandirse como la cubana posterior a los ’70 del ‘XX, porque – objetivamente – Maduro Moros dista demasiado de Chávez Frías,  ya no dispone de los recursos petroleros que sorteó en el continente, ni el respaldo militante de los gobiernos de Brasil o Argentina, excepto pise más a fondo el terreno delictivo de la comercialización de las armas, las drogas, la manipulación financiera o el terrorismo mismo. Esa resignación tiene una menor significación interna, revalidada por la feroz censura y represión, aguijoneando las rivalidades de una oposición que ayuda a la superior aglutinación política y, acaso, cohesión social de los sectores oficialistas en una forzada y permanente tregua.

La tal constituyente, cual soviet supremo, multitudinario e inoperante, le confiere al relevo una mejor posición para afianzar la fusión PSUV-Estado, reforzando la esfera ministerial, compacta y presupuestada, cuya promesa es la de moldear una institucionalidad en la que quepan todos los afectos. Nada fácil la fusión definitiva, habida cuenta del rol estelar de la corporación castrense, debilitada la petrolera con sus tecnócratas de ocasión, es de suponer que la encabezará – hasta nuevo aviso – Maduro Moros ad infinitum, junto a sus inmediatos colaboradores o elegidos llamados – de plantearse – a la sucesión, forzando a sus más cercanos seguidores a desempeñar una  influencia similar a la de unos señores feudales que sólo velan por sus intereses e, impedidos de transitar libremente el globo terráqueo para los que le sobra dinero, por su propio pellejo.

La redistribución interna de poderes dista de la que hizo Chávez Frías, heredero de las vetustas prácticas del engranaje clientelar y prebendario que supuso la aceptación e incómoda convivencia con factores o grupos sociales y económicos de presión, hasta amilanarlos sin que  jamás los reconociese como actores públicos.  El actual reparto obliga a una simplificación de las instancias de poder, dejando atrás el inútil, complejo y costo dispositivo de gobierno que bien lo ejemplifica el sistema de vicepresidencias ejecutivas, ministerios y viceministerios, protectorados y empresas diversas, fungiendo las embajadas y consulados como medios de compensación personal.

Los resultados de las próximas elecciones regionales, como de las sucesivas que la experiencia autorice, tenderán a preservar una ficción de equiparación de fuerzas, aunque se diga competitiva la dictadura sobre la cual pesa más del 90% del rechazo de la población. Pudiendo excederse más de lo que efectivamente hizo el 30 de julio, cuidó de la polarización estratégica que, insistimos, la compacta ante los adversarios que terminan confundidos, a la vez que la ayuda a maquillarse en los foros internacionales.

Bastándole la formal selección de un número conveniente de gobernadores de oposición, además, los capacitará para rivalizar con  sus referentes nacionales y, aún no seleccionados, de influirlos decisivamente, pues, saldo de la derrota, los habrá consagrados como interlocutores o líderes regionales que posiblemente probarán a la posterior ocupación de una importante alcaldía.  Desactualizada la representación, la postergación de los comicios para los legisladores regionales y concejales, no sólo asegurarán el adicional control de los futuros gobernadores y alcaldes, sino que facilitarán la emergencia de una dirigencia de la oposición local que, en aprietos, no tendrá adversarios cercanos y calificados en sus propias filas.

Aceptando la antigua jerga, poco importará la dramática separación entre el país nacional y el país político, tras avivar una polarización artificial que se traduzca en un modelo de usos múltiples: la cohabitación que, negociaciones por delante, garantice el predominio madurista y, a la vez, ofrezca garantías de supervivencia a sectores de la oposición que, por ahora, la inhabilitación administrativa ensombrece o puede ensombrecer, torpedeada por la anulación frecuente del pasaporte. El reconocimiento de la tal constituyente con el respeto provisional de la Asamblea Nacional, ofrecen una de las variadas pautas de utilidad para el poder establecido que ha sido eficaz en la administración del conflicto.

La crisis nos remite a la de la propiedad institucionalidad del oficialismo en su definitiva fusión con el Estado, siéndole indispensable una oposición que ayude a moldearla. En la era del post-bonapartismo, sabe muy bien que, salvo la pólvora, carece de los recursos materiales y simbólicos necesarios, desconfiando del soporte social que descansa en un lumpemproletariado que, como todo aquel que se precie, tiene por vocación el oportunismo y la deserción.

viernes, 29 de septiembre de 2017

DE UNA ETAPA EXTENUADA

Del bonapartismo de Maduro
Luis Barragán


“… Pasiones sin verdad; verdades sin pasión;
héroes sin hazañas heroicas; historia sin acontecimientos”
(Marx: 32)

“La táctica del 18 Brumario no puede ser aplicada
sino en el terreno parlamentario. La existencia
del Parlamento es la condición indispensable del
golpe de Estado bonapartista”
(Malaparte: 109)


Término frecuente en la prensa insurreccional y en las alocuciones parlamentarias de los ’60 del ‘XX para impugnar al gobierno de Rómulo Betancourt, vuelve con demasiada timidez al presente siglo. Suele ocurrir,  a la actual dictadura venezolana no se le juzga desde la particular escuela ideológica que proclama, no otra que la del marxismo y sus variantes, bien porque no la conoce, caricaturizándola; bien porque sus opositores no la desean conocer, temiendo a la interpelación que les acarreé un mayor trabajo.

Algo más que un golpe de Estado, el bonapartismo sintetiza un fenómeno que muy bien abordaron y desarrollaron Marx y Malaparte (*), autor éste – antes, tan ampliamente conocido – de un título que los incautos suelen confundir con un manual de procedimientos.  El golpe de Napoleón Bonaparte en 1799, primus inter pares del triunvirato que incluyó al abate Sieyès, añadido el favor popular, el secuestro del parlamento y el decidido apoyo del ejército, sirvió para interpretar el que propinó Luis Napoleón en 1851, elegido como presidente de la Republica en la Francia demandante de reformas democráticas, también camino al imperio, tan inherente al Estado moderno.

Todo acto bonapartista tiende a protagonizarlo un personaje – a nuestro juicio – más grotesco que mediocre, además, de sospechosa nacionalidad, que, al empinarse por encima de todas las estructuras y  clases, devenido bienhechor universal, se convierte en el principal árbitro del juego político, para cultivo de su propia popularidad, afianzando una relación prebendaria y ritual con el ejército que lo sustenta. Latente con Lenin y real con Stalin, asumimos que la vía venezolana al socialismo del XXI, en una etapa, fue decididamente bonapartista, y, en lo otra, persistiendo inútilmente, adquiere la franqueza de una dictadura cada vez más bárbara que no logra dilucidarse en el Estado Cuartel que la realiza.

Por un prurito de legalidad que no, de juridicidad, lejos de eliminarlo, conserva, transforma y deforma la institucionalidad parlamentaria para apelar constantemente al pueblo, contrastándolo, reprochándolo y escarmentándolo, en un proceso de radicalización del centralismo estatal con el que ha de entenderse la sociedad, sofocada en todas sus expresiones.  Tamaña concentración de poderes, unido el extraordinario ingreso petrolero de la centuria con las reiteradas habilitaciones presidenciales y el Estado de Excepción permanente, derivando hoy en un fraude constituyente que aspira a la conveniente cohabitación con una Asamblea Nacional subordinada, requiere más de las naturales habilidades personales, trastocadas en cumplidas destrezas políticas, ausentes en el sucesor de Chávez  Frías que, faltado poco,  lidia con las contradicciones y rivalidades al interior de la alianza de poder.

Elemento fundamental, no se explica el bonapartismo huérfano del lumpemproletariado parisino que Marx tuvo a bien catalogar, calificándolo como hez, desecho y escoria de todas las clases.  Canalizado en el XIX mediante las secciones secretas de la Sociedad 10 de Diciembre, dirigida por un general afecto, so pretexto de una entidad de beneficencia, hizo de sus dádivas y favores inmediatos, una experiencia de persecución y apaleamiento de los republicanos y de otros oponentes, con apoyo y auxilio policial, que no dista mucho de los círculos bolivarianos, colectivos armados o grupos paramilitares que, ya sincerados, gozan del auspicio, protección y entusiasmo de Maduro Moros.

Malaparte, reportando la novedad de la táctica insurreccional trotskista, enfatiza el desorden de la ciudad como un factor clave para el efectivo control técnico de sus servicios, con el descuido deliberado de la situación general y de sus consecuencias en el orden político, económico y social. Siendo cada vez más difícil trastocar una táctica en estrategia o, peor, en régimen, sólo la más brutal respuesta dice responder a los límites materiales que la yunta cívico – militar trata de obviar, luego de sumergir al país en una pavorosa e inédita crisis humanitaria, cuyas implicaciones no logra contener la represión, censura y bloqueo informativo.

El actual e inevitable período post-bonapartista, agotadas todas las posibilidades de reanimación de una herencia ya  perdida, remite al fin de la polarización social e ideológica y a las demandas de libertad y democratización, afectando la misma autorrepresentación de las fuerzas de la oposición.  Camino a una vulgar dictadura (a secas), contaminada la propia noción del Estado que experimenta un dramático retroceso, paradójicamente agigantado, la Asamblea Nacional – de sobrevivir -  tiene un inmenso papel  histórico para recuperar, al menos, una normalidad desconocida en casi dos décadas del siglo que nos tiene por precarios inquilinos.

(*) Carlos Marx [1852] “El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte”, Editorial Progreso, Moscú, s/f; y Curzio Malaparte [1931] “Técnica del golpe de Estado”, Editora Latino Americana, México,  1957.

25/09/2017:

Reproducción: Curzio Malaparte, en una edición de Élite (Caracas, nr. 1684 del 04/01/1958). Antes, de amplísima fama, ahora es difícil dar con una imagen aceptable del autor, en las redes.