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martes, 12 de diciembre de 2017

¿SOMBRAS NADA MÁS?

EL NACIONAL, Caracas, 11 de diciembre de 2017
El nuevo fantasma europeo
Atanasio Alegre
 
Cuando la recepcionista termina de dar la información sobre las condiciones de alojamiento en el hotel, añade, como si se tratara del eslogan de un político en campaña: Francia no es solo París.

Francia, en la ruta hacia Normandía, es, efectivamente, esa alfombra verde de una campiña festoneada por los más variados cultivos: con mucho agua, con muchos puentes sobre el Sena –algunos de una belleza soberbia, como el que une la ciudad de Le Havre y la población de Honfleur–. La Francia interior son los viñedos con los pámpanos desmelenados al viento. Es el vino, la industria del motor y la del perfume, como el que usa esta moza morena que atiende la recepción en este hotel de Le Havre.

Pero Francia no solo es el paisaje sino el paisanaje, sus pobladores. ¿Qué quienes pueblan ahora esta Francia del siglo XXI? Pues, si uno quisiera reseñarlos atendiendo a los que suben y bajan de los autobuses, los que toman el tren en las estaciones, los que andan a pie tendría que contar también, entre ellos, a quienes vinieron de esas regiones del África donde el sol es tan peligrosamente amigo del hombre. Y son tantos que uno de los políticos más pintorescamente malévolos, como el tal Le Pen, ha anunciado que se va a vivir a la campiña porque prefiere ver las vacas a tanto árabe en las calles de París. Es el tinte moreno que cubre hoy la Francia, reflejado en alguna de esas novelas aparecidas en estos años últimos entre las que no faltan títulos de autores que se ocupan de esta derivación de la ciudadanía actual.

Que así vaya el tema es cosa que merece una explicación, cosa que ha hecho Michel Houellebecq, uno de los escritores más connotados por haberse hecho acreedor hace al Premio Goncourt en 2011. Houellebecq tiene la parroquia divida, ya que no todo aquel que ha comprado alguno de los 400.000 ejemplares vendidos de su novela El mapa y el territorio lo ha hecho en son de amigo, sino por tener a mano, como la niña fea, un espejo en el que mirarse. La tarea de este autor tiene el propósito de tomar el pulso de la Francia morena de hoy.

La revista alemana Der Spiegel llamó a Houellebecq el poeta francés de la alienación. Pero lo cierto es que la crítica encuentra una estrecha vinculación entre El mapa y el territorio con la manera como Balzac notarió la sociedad de su tiempo. Su estilo es lineal, fluido, con personajes a lo Dostojewski, con guiños al paisaje y con una originalidad que ningún novelista en la larga historia del género había acometido, a saber, convertir en tema de una novela el asesinato de su autor. A Houellebecq lo asesinan –en la novela– para robarle el cuadro que un pintor, el protagonista de la obra, había hecho como gratificación por haber escrito el texto del catálogo de una de sus exposiciones.

Sucede, por otro camino, que desde hace ya algún tiempo circula un libro anónimo, en forma de panfleto, que lleva por título La insurrección que viene, escrito por un comité invisible en el que se cuenta el trance por el que pasan las sociedades europeas. Se sabe que la obra salió de una comuna que solía reunirse en la localidad de Tarnac, en Francia, de la que formaban parte algunos de los editores de la revista Tiquun en la que, con solo dos números, aparecieron trabajos de los filósofos de izquierda de mayor rango en ese momento en Francia. De todas maneras Julien Coupat, identificado como uno de los autores entre los nueve, fue acusado de sabotaje a las catenarias del tren de alta velocidad o TGV.

Desde cualquier ángulo que se mire –se lee en el panfleto– la llamada sociedad europea no tiene salida. Hay un acuerdo generalizado de que todo lo que hoy está tan mal va a seguir peor. La cosa es tan grave que estamos dispuestos a fingir ante el hecho de que, teniendo un cadáver sobre la mesa, pasamos por delante sin enterarnos. ¿Cómo salir de esta situación? Mediante la implantación de la anarquía, sin escatimar ni en violencia ni en terrorismo. Y es aquí donde la autoridad ha comenzado a tomar cartas en el asunto.

El panfleto tiene un innegable gancho literario. En la primera edición de la traducción alemana se vendieron 25.000 ejemplares y se dice que el toque literario maestro se debe a la pluma de Houellebecq.

Animados por el éxito de la obrita, más tarde aparecería ya con aspiraciones filosóficas que emulaban las de El capital de Marx, bajo la autoría del mismo grupo, la obra A nuestros amigos, donde se plantea la tesis de que ya no es el capital, como sucedía en Marx, el que domina el mundo, sino el poder cibernético, como lo hacen en las redes Google y Facebook. En resumidas cuentas, se trata del El poder cibernético que viene a ser el último de los títulos de este grupo publicado en el 2016.

Claro, que viniendo de Francia y conociendo por quién votaron los franceses en las últimas elecciones, a pesar de la fementida popularidad de que goza la izquierda (Emmanuel Macron, por cierto, hizo y bien, la carrera de filosofía, sin ser de izquierda) habrá que tener en cuenta otras condiciones sobre las que se desarrolla la vida del francés. El francés –dice Umberto Eco en su novela El cementerio de Praga– no sabe bien lo que quiere, lo único que sabe es que no le gusta lo que tiene. Está orgulloso de tener un Estado que dice poderoso, pero se pasa el tiempo intentado que caiga. Ils grognent toujours. Pues bien, podría ser que esto de la revolución que amenaza a la Europa de los 27 se reduzca a otro gruñido más bajo forma fantasmal, como el que acaba de producir en España el separatismo catalán, cuyos protagonistas dan la impresión de haber hecho suyos algunos de los lineamientos del panfleto de marras: La revolución que viene.

Fuente:

domingo, 7 de mayo de 2017

CLARIDAD CASI SUICIDA

EL PAÍS, Madrid, 7 de mayo de 2017
 PIEDRA DE TOQUE
Macron
El nacionalismo y el populismo han acercado a Francia al abismo en los últimos años, pero hoy con la derrota del Frente Nacional puede comenzar la recuperación
Mario Vargas Llosa

Este artículo aparecerá el mismo día 7 de mayo en que los franceses estarán votando en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales. Quiero creer, como dicen las encuestas, que Emmanuel Macron derrotará a Marine Le Pen y salvará a Francia de lo que hubiera sido una de las peores catástrofes de su historia. Porque la victoria del Frente Nacional no sólo significaría la subida al poder en un gran país europeo de un movimiento de origen inequívocamente fascista, sino la salida de Francia del euro, la muerte a corto plazo de la Unión Europea, el resurgimiento de los nacionalismos destructivos y, en última instancia, la supremacía en el viejo continente de la renacida Rusia imperial bajo el mando de Vladimir Putin, el nuevo zar.

Pese a lo que han pronosticado las encuestas, el triunfo de Emmanuel Macron, o, mejor dicho, de todo lo que él representa, es una especie de milagro en la Francia de nuestros días. Porque, no nos engañemos, la corriente universalista y libertaria, la de Voltaire, la de Tocqueville, la de parte de la Revolución Francesa, la de los Derechos del Hombre, la de Raymond Aron, estaba tremendamente debilitada por la resurrección de la otra, la tradicionalista y reaccionaria, la nacionalista y conservadora —de la que fue genuina representante el gobierno de Vichy y de la que es emblema y portaestandarte el Frente Nacional—, que abomina de la globalización, de los mercados mundiales, de la sociedad abierta y sin fronteras, de la gran revolución empresarial y tecnológica de nuestro tiempo, y que quisiera retroceder la cronología y volver a la poderosa e inmarcesible Francia de la grandeur, una ilusión a la que la contagiosa voluntad y la seductora retórica del general De Gaulle dieron fugaz vida.

La verdad es que Francia no se ha modernizado y que el Estado sigue siendo una aplastante rémora para el progreso, con su intervencionismo paralizante en la vida económica, su burocracia anquilosada, su tributación asfixiante y el empobrecimiento de unos servicios sociales en teoría extraordinariamente generosos pero, en la práctica, cada vez menos eficientes por la imposibilidad creciente en que se encuentra el país de financiarlos. Francia ha recibido una inmigración enorme, en buena medida procedente de su desaparecido imperio colonial, pero no ha sabido ni querido integrarla, y esa es ahora la fuente del descontento y la violencia de los barrios marginales en la que los reclutadores del terrorismo islamista encuentran tantos prosélitos. Y el enorme descontento obrero que producen las industrias obsoletas que se cierran, sin que vengan a reemplazarlas otras nuevas, ha hecho que el antiguo cinturón rojo de París, donde el Partido Comunista se enseñoreaba hace todavía diez años, sea ahora una ciudadela del Frente Nacional.

Todo esto es lo que Emmanuel Macron quiere cambiar y lo ha dicho con una claridad casi suicida a lo largo de toda su campaña, sin haber cedido en momento alguno a hacer concesiones populistas, porque sabe muy bien que, si las hace, el día de mañana, en el poder, le será imposible llevar a cabo las reformas que saquen a Francia de su inercia histórica y la transformen en un país moderno, en una democracia operativa y, como ya lo es Alemania, en la otra locomotora de la Unión Europea.

Macron es consciente de que la construcción de una Europa unida, democrática y liberal, es no sólo indispensable para que los viejos países de Occidente, cuna de la libertad y de la cultura democrática, sigan jugando un papel primordial en el mundo de mañana, sino porque, sin ella, aquellos quedarían cada vez más marginados y empobrecidos, en un planeta en que Estados Unidos, China y Rusia, los nuevos gigantes, se disputarían la hegemonía mundial, retrocediendo a la Europa “des anciens parapets” de Rimbaud a una condición tercermundista. ¡Y Dios o el diablo nos libren de un planeta en el que todo el poder quedaría repartido en manos de Vladimir Putin, Xi Jinping y Donald Trump!

El europeísmo de Macron es una de sus mejores credenciales. La Unión Europea es el más ambicioso y admirable proyecto político de nuestra época y ha traído ya enormes beneficios para los 28 países que la integran. A Bruselas se le pueden hacer muchas críticas a fin de contribuir a las reformas y adaptaciones necesarias a las nuevas circunstancias, pero, aun así, gracias a esa unión los países miembros han disfrutado por primera vez en su historia de una coexistencia pacífica tan larga y todos ellos estarían peor, económicamente hablando, si no fuera por los beneficios que les ha traído la integración. Y no creo que pasen muchos años sin que lo descubra Reino Unido cuando las consecuencias del insensato Brexit se hagan sentir.

Ser un liberal, y proclamarlo, como ha hecho Macron en su campaña, es ser un genuino revolucionario en la Francia de nuestros días. Es devolver a la empresa privada su función de herramienta principal de la creación de empleo y motor del desarrollo, es reconocer al empresario, por encima de las caricaturas ideológicas que lo ridiculizan y envilecen, su condición de pionero de la modernidad, y facilitarle la tarea adelgazando el Estado y concentrándolo en lo que de veras le concierne —la administración de la justicia, la seguridad y el orden públicos—, permitiendo que la sociedad civil compita y actúe en la conquista del bienestar y la solución de los desafíos económicos y sociales. Esta tarea ya no está en manos de países aislados y encapsulados como quisieran los nacionalistas; en el mundo globalizado de nuestros días la apertura y la colaboración son indispensables, y eso lo entendieron los países europeos dando el paso feliz de la integración.

Francia es un país riquísimo, al que las malas políticas estatistas, de las que han sido responsables tanto la izquierda como la derecha, han mantenido empobrecido, cada vez más en el atraso, en tanto que Asia y América del Norte, más conscientes de las oportunidades que la globalización iba creando para los países que abrían sus fronteras y se insertaban en los mercados mundiales, lo iban dejando cada vez más rezagado. Con Macron se abre por primera vez en mucho tiempo la posibilidad de que Francia recobre el tiempo perdido e inicie las reformas audaces –y costosas, por supuesto– que adelgacen ese Estado adiposo que, como una hidra, frena y regula hasta la extenuación su vida productiva, y muestre a sus jóvenes más brillantes que no es la burocracia administrativa el mundo más propicio para ejercitar su talento y creatividad, sino el otro vastísimo al que cada día añaden nuevas oportunidades la fantástica revolución científica y tecnológica que estamos viviendo. A lo largo de muchos siglos Francia fue uno de los países que, gracias a la inteligencia y audacia de sus élites intelectuales y científicas, encabezó el avance del progreso no sólo en el mundo del pensamiento y de las artes, sino también en el de las ciencias y las técnicas, y por eso hizo avanzar la cultura de la libertad a pasos de gigante. Esa libertad fue fecunda no sólo en los campos de la filosofía, la literatura, las artes, sino también en el de la política, con la declaración de los Derechos del Hombre, frontera decisiva entre la civilización y la barbarie y uno de los legados más fecundos de la Revolución Francesa. Durmiéndose sobre sus laureles, viviendo en la nostalgia del viejo esplendor, el estatismo y la complacencia mercantilista, Francia se ha ido acercando todos estos años a un inquietante abismo al que el nacionalismo y el populismo han estado a punto de precipitarla. Con Macron, podría comenzar la recuperación, dejando sólo para la literatura la peligrosa costumbre de mirar con obstinación y nostalgia el irrecuperable pasado.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/05/04/opinion/1493896853_149460.html
Ilustración: Fernando Vicente.

JUEGO DE DADOS

EL MUNDO, Barcelona, 4 de mayo de 2017
 TRIBUNA
'Outsiders' y populismos en Francia
Marta Rebolledo de La Calle

De 'outsiders', populismos y movimientos. De esto va la campaña electoral francesa, campaña singular donde las haya también por su contexto debido a una confluencia de factores. Por un lado, es la primera vez en el país galo en que un presidente no se presenta a la reelección. Seguramente, el 4% de nivel de aprobación de François Hollande por parte de la ciudadanía francesa influyó en esta decisión. Por otro lado, el 30% de indecisos es un porcentaje aún más elevado respecto a anteriores citas electorales -hay que tener en cuenta que hay 3,3 millones de jóvenes con derecho a voto por primera vez; el 7,4% del cuerpo electoral-. Sin embargo, este alto número de indecisos no significa que esta campaña no suscite interés. Según una encuesta elaborada por el centro de investigación CEVIPOP de Sciences Po, un 82% de los franceses estarían interesados en estas elecciones presidenciales, de entre los cuales, el 57% se mostrarían incluso muy interesados. Los datos relativos al número de indecisos, electores primerizos e interés por este acontecimiento refuerzan la importancia y necesidad de las campañas en cuanto a captación del voto por parte de las opciones políticas.

Pero estas elecciones serán recordadas especialmente por el protagonismo de candidatos 'outsiders', el reforzamiento de los populismos y el vuelo de movimientos políticos frente a las estructuras de los partidos.

Varios candidatos se han presentado como outsiders; dos de ellos, los candidatos que se enfrentan en ballotage. Emmanuel Macron ha hecho carrera profesional fuera de la política y, si bien ocupó la cartera de Economía en el Gobierno Hollande, permaneció sólo dos años para después salirse, preparar el asalto al Elíseo y alejarse de todo lo que tuviera que ver con la gestión del actual Ejecutivo, un tanto denostada. En este sentido, el líder centrista achaca a la candidata por el Frente Nacional que no es una outsider en tanto que su partido y sus ideas le han venido dadas por su padre y fundador del partido, Jean-Marie Le Pen. A su vez, Marine Le Pen se desmarca de todo aquello considerado como perteneciente al establishment. Desde luego, su principal éxito ha sido suavizar y normalizar la imagen del Frente Nacional, alejándolo de ese aire de empresa familiar que tuvo durante años, así como consolidar un núcleo de votantes fieles.

El populismo se ha consolidado. Las presidenciales francesas siguen la línea de otros países europeos donde partidos considerados populistas han protagonizado las últimas campañas. Que Le Pen no sea elegida presidenta en la segunda vuelta del domingo no significa la caída del populismo. Si miramos la distribución del voto en la primera vuelta, el voto populista ascendió casi a un 50%, representado éste principalmente por el Frente Nacional de Le Pen y el movimiento La France Insoumise de Mélenchon, que se quedó a cuatro puntos de Macron. El posible escenario entre dos populismos en segunda vuelta, uno de izquierda y otro de derecha, no era descabellado. Contrasta todo ello con el declive de los partidos tradicionales: el Partido Socialista y los Republicanos han pasado de casi un 60% de voto conjunto en el 2012 a un 26% en estas elecciones.

Una de las causas del desinfle es precisamente la emergencia de nuevos movimientos políticos: En Marche!, liderado por Macron, y La France Insoumise, por Mélenchon. Si bien, según cómo se mire, el éxito de estas plataformas puede entenderse a su vez fruto del hastío de los franceses por su clase política. Llama la atención de estos movimientos el espectro político que aglutinan. El primero representa el centro y se ha beneficiado del voto de una gran parte de votantes que en su día votaron por Hollande, además del de antiguos votantes del centrista Bayrou y algunos flujos de los Republicanos. En cuanto al segundo, se sitúa a la izquierda de los socialistas, y ha sabido recoger el voto también de una parte del socialismo decepcionado por la gestión del actual gobierno. Lo curioso de cara a la segunda vuelta es que probablemente el voto de La France Insoumise sea capitalizado tanto por Macron como por Le Pen; esta última aspira a hacerse con ese espectro del electorado mediante sus promesas relativas al proteccionismo económico para crear empleo y proteger el Estado de bienestar, así como por sus propuestas ecológicas. Esto es un indicio más de cómo el eje ideológico clásico izquierda-derecha pierde vigor y las divisiones ideológicas, tal y como se entendían hasta ahora, se difuminan.

En esta segunda vuelta, los candidatos finales juegan sus últimas cartas intensificando los ejes de su estrategia. En los últimos actos de campaña, Macron sigue defendiendo su posición europeísta y avisa de las negativas consecuencias que supondría para el país la salida de la Unión Europea. En cuanto a la candidata de la ultraderecha, su mensaje se asienta en la defensa de los intereses de los franceses y hace de la inmigración y la seguridad sus consignas de campaña. Desde el punto de vista de la comunicación, Le Pen es una alumna aventajada y sabe cómo orquestar golpes de efecto. Ejemplo de ello es la visita que hizo a los trabajadores de una empresa en apuros en Amiens, mientras su rival se reunía a puerta cerrada con representantes sindicales. Dicha visita le ha servido para escenificar que es "la candidata del pueblo" y repuntar en las encuestas, si bien el margen entre uno y otro sigue siendo importante -algún suceso muy grave e inesperado tendría que ocurrir, como un atentado terrorista, para que se produjera un vuelco electoral-. La escenografía en sus actos refleja su importancia como candidata junto con el país de Francia: no es de extrañar que las siglas del partido queden relegadas a un segundo plano y su vestimenta se limite a los colores de la bandera nacional.

En cuanto a Macron, varios hechos han desconcertado a la opinión pública fruto de varios errores comunicativos debido a su inexperiencia en estos menesteres. Tras conocer los resultados de la primera vuelta, mostró demasiado triunfalismo: celebró su pase a segunda vuelta como si se tratase de la victoria final.

La comparación de esta celebración con la fiesta de Sarkozy tras ganar las presidenciales en 2007 por todo lo alto en un local distinguido de París ha hecho mella en su imagen de candidato serio y preparado con la que pretende convencer, dejando ver a una persona alejada de la realidad. Además, se percibe una excesiva visibilidad de su mujer en esta campaña como quedó de manifiesto esa misma noche, como si ya fuera la Primera Dama de Francia. Este rol protagonista de su cónyuge no hace más que fomentar el interés de medios people por su intimidad y dedicar portadas a su vida personal. Una mala gestión de su privacidad puede pasar factura en su imagen de político a largo plazo.

A pesar de que Emmanuel Macron sea elegido vigésimo quinto presidente de la República Francesa, como indican todas las encuestas de manera clara, esto no significa el final de los problemas y de incertidumbre que acecha al país galo y por extensión Europa. El 7 de mayo simboliza una puerta abierta ante una maraña de problemas e interrogantes a los que la clase política y la sociedad francesa tendrán que hacer frente desde el primer momento para evitar consecuencias duras e irreversibles en un medio largo plazo para el país. Macron tiene ante sí dos grandes retos tras su victoria. El primero será mostrar su valía y credibilidad como político, y esto sólo pasa por ser capaz de configurar su movimiento en una verdadera estructura política de cara a las elecciones legislativas del próximo mes de junio. Macron necesita una mayoría parlamentaria o un buen resultado para poder gobernar con cierto margen. En caso de que no fuera así, se vislumbra una posible cohabitación. El segundo reto tiene que ver con la gestión de expectativas. Si los franceses esperan demasiadas cosas del futuro presidente, pueden sentirse muy defraudados si finalmente no las cumpliera. Esta decepción minaría aún más a la sociedad francesa y dejaría más cancha a los populismos.

El próximo domingo no es el fin de unas elecciones, sino el comienzo de un nuevo período político.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/05/04/590a0bf0e2704e51708b469b.html
Ilustración: Javier Olivares.

sábado, 29 de abril de 2017

... BUEN DES-OEADOR SERÁ



Del precio de des-oéarse

Luis Barragán

Poco les importa que se requiera de una modificación constitucional y, mucho menos, la implicación de un referéndum consultivo para una decisión tan trascendente. El mandamás lo impuso así, siguiendo la conseja cubana, banalizando las rupturas como hizo su antecesor con Colombia, como si se tratara de ordenar un cigarrillo y un café o, acaso, una cerveza para lidiar con el calor del mes.

La pretendida desafiliación interamericana, cosa que la suponen de la noche a la mañana, no sólo se orienta por el consabido relato de la Cuba de principios de los sesenta del XX, pues – dirán – alguna fundamentación épica ha de tener, sino que evidencia la carencia de unas mínimas habilidades políticas de la canciller que tiene por único talento el de la malacrianza a las puertas de Mercosur, por no mencionar al novel embajador  que no acierta con un desplante original para negar la deuda contraída con la OEA.  Por supuesto, resultaba y todavía les resulta imposible negar la consumación de la dictadura en Venezuela, pero era de esperar también que postergaran tan caprichosa y temeraria decisión, gozando Maduro Moros de un tiempo pequeño, pero considerable, para amagar en el tablero y aliviar las consecuencias que lo delatan como peón de otros intereses internacionales.

Algún día se sabrá de las diligencias realizadas por una cancillería a la que nunca le ha inquietado la pérdida del Esequibo, arrollada por su par guyanés en   los foros que directa o indirectamente atendieron el problema. Además, es legítima la sospecha de una concesión - ojalá solo implícita - del territorio, pues, al fallar el esmerado mecanismo del chantaje petrolero,  el absoluto silencio, el irresponsable manejo exclusivo del problema y la indiferencia ante las advertencias de la oposición, refuerzan tan lamentable presunción contra el gobierno venezolano.

Por cierto, el aislacionismo es propio de toda experiencia totalitaria, excepto se trate de una superpotencia, como ocurrió con la URSS, forzada a una distinta interrelación marcada por los cañones y las ojivas nucleares disponibles. La autarquía luce como una terca aspiración de los regímenes que se afincan en el hambre de una población sumergida en el despotismo, capaz de inventarse algún perol atómico para sobrevivir delictivamente en el concierto internacional.

Aislacionismo que, al extremarse, puede darse la mano con Marine Le Pen, si se le ocurriese ganar, aunque parezca risible, porque apuntaría a la anarquía, al desorden, a la inestabilidad. Elementos propicios, dentro y fuera de Venezuela, para garantizar la supervivencia que desea el miraflorino a cualquier precio, incluso, des-oeándose. 
Ilustración: Juan Vidaurre.

jueves, 1 de diciembre de 2016

NICHOS EMOCIONALES

EL PAÍS, Madrid, 30 de noviembre de 2016
El espectro populista
Manuel Arias Maldonado

Un fantasma recorre el mundo: el fantasma de la confusión terminológica. Ya que si algo llama la atención del auge global del populismo, que ha llevado a Donald Trump a la Casa Blanca y tiene a Marine Le Pen enfilando el Elíseo, es la dificultad que encontramos para definirlo con precisión. Pero saber de qué estamos hablando cuando hablamos de populismo es importante; de otro modo, convertiremos en inútil una categoría decisiva para entender la crisis que atraviesan las democracias occidentales. ¡No sea que, aplicando los remedios inapropiados, terminemos por agravarla! Bien por recurrir habitualmente a mecanismos de decisión tan ineficaces como el referéndum, bien por asimilar —por contaminación atmosférica o estrategia deliberada— los elementos del discurso populista. Es así necesario preguntarse por qué tiene lugar este revival tan espectacular como inquietante.
Hay que empezar por aclarar que el populismo no es, como se ha puesto de moda afirmar, la oferta de soluciones sencillas para problemas complejos. Si así fuera, no hay partido político que pudiera sustraerse a semejante acusación. ¿Quién se presentaría a las elecciones prometiendo remedios abstrusos para problemas intratables? Más aún: ¿quién podría ganarlas anunciando subidas de impuestos o reformas dolorosas? En la medida en que la competición electoral requiere persuadir a un público más sentimental que racional, no hay discurso político que no propenda a la simplificación. O sea: a un grado variable de demagogia. Incluso el admirable Obama ganó sus primeras elecciones con un discurso de fuerte contenido afectivo: su Yes we can no podía ser menos impreciso ni más eficaz. Hay, claro, diferencias: no todos los actores políticos son demagógicos por igual. Pero no es ahí donde encontraremos la clave que nos permita distinguir al populismo de sus alternativas.
Digámoslo ya: es populista quien despliega un discurso antielitista en nombre del pueblo soberano. En otras palabras, quien sostiene que el pueblo virtuoso ha sido víctima de una élite corrupta que ha secuestrado la voluntad popular. Y lo es, en fin, quien se arroga la potestad de determinar quién pertenece a cada una de esas entidades: quién es gente, quién es casta. De ahí que el contenido de esos contenedores de indudable fuerza simbólica no se encuentre prefijado: entre los enemigos del pueblo pueden contarse empresarios, inmigrantes, periodistas; pero bien pueden ser pueblo, como a menudo sucede en el populismo latinoamericano, las minorías indígenas. De hecho, cualquiera puede transitar entre ambas, del pueblo a la élite y viceversa, si abraza el ideario populista. ¡No solo los significados son flotantes cuando hablamos de populismo! Ahí está el caso Espinar para demostrarlo: una conducta dudosa se transforma en “ética” cuando el implicado está en el lado bueno de la divisoria moral.
Más que una ideología es un estilo político que pueden adoptar actores de izquierda y de derecha
Pueblo contra élite: tal es el núcleo esencial del populismo, que podemos reconocer en sus principales manifestaciones de ahora mismo, de Podemos al Frente Nacional. Es norma también que la encarnación del movimiento corresponda a un líder carismático que, como ha explicado con brillantez José Luis Villacañas, es investido afectivamente por sus seguidores con cualidades redentoras. A ello hay que añadir rasgos de estilo que no son exclusivos del populismo, pero lo acompañan casi invariablemente: la provocación, la protesta, la polarización. Más que de una ideología en sentido propio, se trata de un estilo político que pueden adoptar por igual actores de izquierda y derecha. Y que se relaciona ambiguamente con una democracia a la que acompaña, como ha escrito Benjamin Arditi, como un espectro: invocar al pueblo en un régimen político que dice asentarse sobre el “gobierno del pueblo” no deja de tener sentido. Es tirando de este hilo como podemos encontrar razones que nos ayudan a explicar su auge contemporáneo.
Hay que reparar, sobre todo, en la creciente distancia que media entre el ciudadano y el gobierno de los asuntos colectivos: aunque elegimos representantes, sentimos que estos se encuentran muy lejos de nosotros. ¡Y es verdad! La tecnocratización del Gobierno responde a una creciente complejidad social que el ciudadano, por lo general poco sofisticado políticamente, apenas comprende o no se esfuerza en comprender: el 43% de los votantes norteamericanos pensaba que el índice de desempleo había subido durante los años de Obama, cuando en realidad ha descendido, y la mitad de los españoles no distingue el PIB del IPC. De manera que las democracias, para ser eficaces, no pueden sino reforzar su dimensión aristocrática en detrimento de la popular. Margaret Canovan lo explica muy bien: “La paradoja es que mientras la democracia, con su mensaje de inclusividad, necesita ser comprensible para las masas, la ideología que trata de salvar la brecha entre la gente y la política distorsiona (no puede sino distorsionar) el modo en que la política democrática, inevitablemente, funciona”. En una crisis, cuando el ciudadano siente que las élites le han fallado, se vuelve contra ellas y reclama —espoleado por el líder populista— recuperar su capacidad de decisión directa. ¡Que vote la gente!
La esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad cuenta poco
Se refuerza así la dimensión plebiscitaria de la democracia, que favorece al líder populista; no digamos si, como sucede con Trump, tratamos con un maestro de la telerrealidad. También contribuyen a ello la crisis de la mediación desencadenada por las nuevas tecnologías y la de los partidos tradicionales. Simultáneamente, las redes sociales intensifican el tribalismo moral y sirven como mecanismos afectivos que expresan identidades antes que razones. Por eso se habla de democracia posfactual: porque la esfera pública se ha fragmentado en nichos emocionales donde la realidad tiene poco que decir. Hasta que la realidad habla, como ha sucedido en Grecia o sucederá en EE UU si Trump aplica políticas proteccionistas. Es interesante constatar también cómo el prestigio cultural del rebelde —el outsider enfrentado al sistema canonizado en el cine, la publicidad y los medios de comunicación— contribuye también al éxito del populista, quien a fin de cuentas vende su producto como una insurrección contra el establishment. La reforma es conformista, la insubordinación es sexy.
¿Tiene futuro el fenómeno populista? No cabe dudarlo, a la vista de un pasado histórico aún no tan lejano. Se da aquí la paradoja de la eficacia: las democracias deben atajar las causas del descontento que hace reaparecer al espectro populista, pero para ello se requieren políticas que ese mismo descontento hace difícil aprobar. Y seguramente las propias democracias liberales hayan de desarrollar su propio repertorio afectivo, para así combatir mejor el de sus enemigos. Pero eso, claro, es más fácil decirlo que lograrlo.
(*) Manuel Arias Maldonado es profesor titular de Ciencia Política en la Universidad de Málaga. Acaba de publicar La democracia sentimental (Página Indómita).

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/11/29/opinion/1480435039_695913.html
Ilustración: Eva Vázquez.

AVANT TRIBAL

EL PAÍS, Madrid,
 TRIBUNA
La decadencia de Occidente
Mario Vargas Llosa

Primero fue el Brexity, ahora, la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos. Sólo falta que Marine Le Pen gane los próximos comicios en Francia para que quede claro que Occidente, cuna de la cultura de la libertad y del progreso, asustado por los grandes cambios que ha traído al mundo la globalización, quiere dar una marcha atrás radical, refugiándose en lo que Popper bautizó “la llamada de la tribu” —el nacionalismo y todas las taras que le son congénitas, la xenofobia, el racismo, el proteccionismo, la autarquía—, como si detener el tiempo o retrocederlo fuera sólo cuestión de mover las manecillas del reloj.
No hay novedad alguna en las medidas que Donald Trump propuso a sus compatriotas para que votaran por él; lo sorprendente es que casi sesenta millones de norteamericanos le creyeran y lo respaldaran en las urnas. Todos los grandes demagogos de la historia han atribuido los males que padecen sus países a los perniciosos extranjeros, en este caso los inmigrantes, empezando por los mexicanos atracadores, traficantes de drogas y violadores y terminando por los musulmanes terroristas y los chinos que colonizan los mercados estadounidenses con sus productos subsidiados y pagados con salarios de hambre. Y, por supuesto, también tienen la culpa de la caída de los niveles de vida y el desempleo los empresarios “traidores” que sacan sus empresas al extranjero privando de trabajo y aumentando el paro en Estados Unidos.
No es raro que se digan tonterías en una campaña electoral, pero sí que crean en ellas gentes que se suponen educadas e informadas, con una sólida tradición democrática, y que recompensen al inculto billonario que las profiere llevándolo a la presidencia del país más poderoso del planeta.
La esperanza de muchos, ahora, es que el Partido Republicano, que ha vuelto a ganar el control de las dos cámaras, y que tiene gentes experimentadas y pragmáticas, modere los exabruptos del nuevo mandatario y lo disuada de llevar a la práctica las reformas extravagantes que ha prometido. En efecto, el sistema político de Estados Unidos cuenta con mecanismos de control y de freno que pueden impedir a un mandatario cometer locuras. Pues no hay duda que si el nuevo presidente se empeña en expulsar del país a once millones de ilegales, en cerrar las fronteras a todos los ciudadanos de países musulmanes, en poner punto final a la globalización cancelando todos los tratados de libre comercio que ha firmado —incluyendo el Trans-Pacific Partnership en gestación— y penalizando duramente a las corporaciones que, para abaratar sus costos, llevan sus fábricas al tercer mundo, provocaría un terremoto económico y social en su país y en buen número de países extranjeros y crearía serios inconvenientes diplomáticos a Estados Unidos.
El ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones demuestra que es algo más que un simple demagogo
Su amenaza de “hacer pagar” a los países de la OTAN por su defensa, que ha encantado a Vladímir Putin, debilitaría de manera inmediata el sistema que protege a los países libres del nuevo imperialismo ruso. El que, dicho sea de paso, ha obtenido victoria tras victoria en los últimos años: léase Crimea, Siria, Ucrania y Georgia. Pero no hay que contar demasiado con la influencia moderadora del Partido Republicano: el ímpetu que ha permitido a Trump ganar estas elecciones pese a la oposición de casi toda la prensa y la clase más democrática y pensante, muestran que hay en él algo más que un simple demagogo elemental y desinformado: la pasión contagiosa de los grandes hechiceros políticos de ideas simples y fijas que arrastran masas, la testarudez obsesiva de los caudillos ensimismados por su propia verborrea y que ensimisman a sus pueblos.
Una de las grandes paradojas es que la sensación de inseguridad, que de pronto el suelo que pisaban se empezaba a resquebrajar y que Estados Unidos había entrado en caída libre, ese estado de ánimo que ha llevado a tantos estadounidenses a votar por Trump —idéntico al que llevó a tantos ingleses a votar por el Brexit— no corresponde para nada a la realidad. Estados Unidos ha superado más pronto y mejor que el resto del mundo —que los países europeos, sobre todo— la crisis de 2008, y en los últimos tiempos recuperaba el empleo y la economía estaba creciendo a muy buen ritmo. Políticamente el sistema ha funcionado bien en los ocho años de Obama y un 58% del país hacía un balance positivo de su gestión. ¿Por qué, entonces, esa sensación de peligro inminente que ha llevado a tantos norteamericanos a tragarse los embustes de Donald Trump?
Porque, es verdad, el mundo de antaño ya no es el de hoy. Gracias a la globalización y a la gran revolución tecnológica de nuestro tiempo la vida de todas las naciones se halla ahora en el “quién vive”, experimentando desafíos y oportunidades totalmente inéditos, que han removido desde los cimientos a las antiguas naciones, como Gran Bretaña y Estados Unidos, que se creían inamovibles en su poderío y riqueza, y que ha abierto a otras sociedades —más audaces y más a la vanguardia de la modernidad— la posibilidad de crecer a pasos de gigante y de alcanzar y superar a las grandes potencias de antaño. Ese nuevo panorama significa, simplemente, que el de nuestros días es un mundo más justo, o, si se quiere, menos injusto, menos provinciano, menos exclusivo, que el de ayer.
No solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen y traerán otros más graves
Ahora, los países tienen que renovarse y recrearse constantemente para no quedarse atrás. Ese mundo nuevo requiere arriesgar y reinventarse sin tregua, trabajar mucho, impregnarse de buena educación, y no mirar atrás ni dejarse ganar por la nostalgia retrospectiva. El pasado es irrecuperable como descubrirán pronto los que votaron por el Brexit y por Trump. No tardarán en advertir que quienes viven mirando a sus espaldas se convierten en estatuas de sal, como en la parábola bíblica.
El Brexit y Donald Trump —y la Francia del Front National— significan que el Occidente de la revolución industrial, de los grandes descubrimientos científicos, de los derechos humanos, de la libertad de prensa, de la sociedad abierta, de las elecciones libres, que en el pasado fue el pionero del mundo, ahora se va rezagando. No porque esté menos preparado que otros para enfrentar el futuro —todo lo contrario— sino por su propia complacencia y cobardía, por el temor que siente al descubrir que las prerrogativas que antes creía exclusivamente suyas, un privilegio hereditario, ahora están al alcance de cualquier país, por pequeño que sea, que sepa aprovechar las extraordinarias oportunidades que la globalización y las hazañas tecnológicas han puesto por primera vez al alcance de todas las naciones.
El Brexit y el triunfo de Trump son un síntoma inequívoco de decadencia, esa muerte lenta en la que se hunden los países que pierden la fe en sí mismos, renuncian a la racionalidad y empiezan a creer en brujerías, como la más cruel y estúpida de todas, el nacionalismo. Fuente de las peores desgracias que ha experimentado el Occidente a lo largo de la historia, ahora resucita y parece esgrimir como los chamanes primitivos la danza frenética o el bebedizo vomitivo con los que quieren derrotar a la adversidad de la plaga, la sequía, el terremoto, la miseria. Trump y el Brexit no solucionarán ningún problema, agravarán los que ya existen y traerán otros más graves. Ellos representan la renuncia a luchar, la rendición, el camino del abismo. Tanto en Gran Bretaña como en Estados Unidos, apenas ocurrida la garrafal equivocación, ha habido autocríticas y lamentos. Tampoco sirven los llantos en este caso; lo mejor sería reflexionar con la cabeza fría, admitir el error, retomar el camino de la razón y, a partir de ahora, enfrentar el futuro con más valentía y consecuencia.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/11/17/opinion/1479401071_337582.html
Ilustración: Eva Vázquez.

martes, 2 de septiembre de 2014

DESORBITACIÓN

EL NACIONAL, Caracas, 01 de septiembre de 2014
El otro islam
Demetrio Boersner

Es preocupante la existencia, en el mundo occidental actual y sobre todo en Europa, de un anti-islamismo inmundo y vulgar, tan condenable como lo es, por otro lado, el antisemitismo o antijudaísmo. La presencia de un gran número de inmigrantes musulmanes fue tolerada por la población europea mientras existía la situación de prosperidad y pleno empleo de décadas pasadas, pero se tornó odiosa para los europeos atrasados y de mente estrecha a partir del momento en que el inmigrante aparecía como potencial competidor en un mercado que se contraía. La recesión económica, y la falta de liderazgo democrático de calidad, hicieron que creciera el sector de pequeños burgueses y sub-proletarios ignorantes, frustrados y rabiosos que se enrolan en peligrosos movimientos xenófobos y neofascistas como los de Marine Le Pen y Geert Wilders.
Lamentablemente en Venezuela no faltan unos pocos desorbitados en el campo de la oposición que, por el hecho de que el chavismo se muestra indiscriminadamente pro-islámico, van al extremo contrario y difunden generalizaciones difamatorias contra la respetable comunidad religiosa, histórica y cultural constituida por los 1.500 millones de musulmanes en el mundo. Frente a ello, en un artículo anterior, citamos frases del Corán que apuntan a una fraterna convivencia universal y mencionamos los episodios del pasado histórico en los cuales el Islam superó con creces, en materia de civilización y de tolerancia, a la Cristiandad y, en particular, dio acogida y protección a los judíos que ésta perseguía y expulsaba.
Pero también señalamos en aquel artículo que el mundo musulmán sufrió un retroceso infortunado desde el siglo XVIII en adelante, por la ascendente supremacía del moderno Occidente expansionista y colonizador y la incapacidad de las élites musulmanas de reaccionar positivamente. De allí resultó una profunda frustración que con frecuencia se traduce en violentos brotes de fanatismo religioso que tergiversa el mensaje del profeta Mahoma mediante frases sacadas de su contexto, y que sirve de mampara a movimientos terroristas que, siguiendo el ejemplo del fascismo, aspiran a la creación de un orden universal de desigualdad y autoritarismo totales.
Con la reciente fundación del “Estado Islámico de Irak y el Levante”, elevado a la categoría de califato universal y ya reconocido como tal por Al Qaida y otros grupos extremistas, esa corriente totalitaria ha ganado gran poder ideológico y estratégico. Afortunadamente, esto parece tener el efecto de movilizar, en reacción defensiva, a las vastas reservas del Islam decente, no fanático ni totalitario. La mayoría musulmana que no acompañó nunca a los islamistas fanáticos, sino opta por un nacionalismo moderno y acepta los conceptos teóricos de la soberanía popular y de la separación entre la Mezquita y el Estado, o que practica un islamismo moderado, está actualmente en proceso de alinearse en un frente internacional anti-califato. Los gobiernos islamo-demócratas de Turquía y de Túnez, los regímenes laicistas militaristas de Egipto y de Siria, las monarquías tradicionalistas de Arabia Saudita y del Golfo, las monarquías constitucionales de Marruecos y Jordania, el régimen nacional-liberador de Argelia, la teocracia moderada de Irán -y hasta las organizaciones radicales Hermandad Musulmana, Hamás y Hezbolá- repudian el horrendo extremismo del califato.
No tenemos la menor duda de que la vasta mayoría de los musulmanes dispersos por el mundo –incluso en nuestro propio país- rechazan el fanatismo fascista del “califato” y abogan por un mundo de convivencia pacífica entre los seres humanos de buena voluntad. Pero hace falta que manifiesten esa posición con claridad. Hasta ahora no lo han hecho por temor a las minorías islamistas terroristas que amenazan su vida y las de sus seres queridos.  Esperamos que logren superar sus inhibiciones y que pronto, en muchas mezquitas, imanes humanistas prediquen homilías de tolerancia y fraternidad.
Estos tiempos son curiosos. Los adversarios de ayer se convierten en los aliados de hoy, y viceversa. Estados Unidos, afectado por la crisis económica y gobernado por un presidente cauteloso, se muestra reacio a intervenir en el tercer mundo, mientras países de dicho mundo le ruegan que lo haga. Europa, Rusia, China e India –todos amenazados por el yihadismo- a su vez anhelan que el califato sea neutralizado de manera contundente, y quizás añoran el liderazgo yanqui de otros tiempos. En cuanto a nosotros, miembros de la OPEP, más que nadie necesitamos que un grupo de naciones serias (del norte, del sur, de derecha y de izquierda) una sus fuerzas para eliminar una seria amenaza de tipo totalitario y, de paso, salvaguarde el mercado petrolero mundial.

sábado, 31 de mayo de 2014

ALGO MÁS QUE UNA PUNZADA

EL PAÍS, Madrid, 01 de junio de 2014
LA CUARTA PÁGINA
Decadencia de Occidente
Tras las elecciones europeas, irrumpen torrencialmente los enemigos populistas del euro y de la UE; mientras tanto, Estados Unidos se está retirando discretamente del liderazgo democrático y liberal
Mario Vargas Llosa

Aunque en apariencia los partidos tradicionales —populares y socialistas— han ganado las elecciones al Parlamento Europeo, la verdad es que ambos han perdido muchos millones de votos y que el hecho central de esta elección es la irrupción torrencial en casi toda Europa de partidos ultraderechistas o ultraizquierdistas, enemigos del euro y de la Unión Europea, a los que quieren destruir, para resucitar las viejas naciones, cerrar las fronteras a la inmigración y proclamar sin rubor su xenofobia, su nacionalismo, su filiación antidemocrática y su racismo. Que haya matices y diferencias entre ellos no disimula la tendencia general de una corriente política que hasta ahora parecía minoritaria y marginal y que, en esta justa electoral, ha demostrado un crecimiento espectacular.
Los casos más emblemáticos son los de Francia y Gran Bretaña. El Front National de Marine Le Pen, que, hasta hace pocos años era un grupúsculo excéntrico, es ahora el primer partido político francés —de no tener un solo diputado europeo tiene ahora 24— y el UKIP, Partido de la Independencia de Reino Unido, luego de derrotar a conservadores y laboristas, se convierte en la formación política más votada y popular de la cuna de la democracia. Ambas organizaciones son enemigas declaradas de la construcción europea y quieren enterrarla a la vez que acabar con la moneda común y levantar barreras inexpugnables contra una inmigración a la que hacen responsable del empobrecimiento, el paro y la subida de la delincuencia en toda Europa occidental. La extrema derecha triunfa también en Dinamarca, en Austria los eurófobos del FPÖ alcanzan el 20%, y en Grecia el ultraizquierdista antieuropeo Syriza gana las elecciones y el partido neonazi Amanecer Dorado (10% de los votos) envía tres diputados al Parlamento Europeo. Catástrofes parecidas, aunque en porcentajes algo menores, ocurren en Hungría, Finlandia, Polonia y demás países europeos donde el populismo y el nacionalismo aumentan también su fuerza electoral.
Los movimientos antisistema pueden enterrar, a la corta o a la larga, la Unión Europea
Algunos comentaristas se consuelan afirmando que estos resultados denotan un voto de rabia, una protesta momentánea, más que una transformación ideológica del viejo continente. Pero como es seguro que la crisis de la que han resultado los altos niveles de desempleo y la caída del nivel de vida tardará todavía algunos años en quedar atrás, todo indica que el vuelco político que muestran estas elecciones en vez de ser pasajero, probablemente durará y acaso se agravará. ¿Con qué consecuencias? La más obvia es que la integración europea, si no se frena del todo, será mucho más lenta de lo previsto, con la casi seguridad de que habrá desenganches entre los países miembros, empezando por el británico, que parece ya casi irreversible. Y, acosada por unos movimientos antisistema cada vez más robustos y operando en su seno como una quinta columna, la Unión Europea estará cada vez más desunida y conmovida por crisis, políticas fallidas y una contestación permanente que, a la corta o a la larga, podrían enterrarla. De este modo, el más ambicioso proyecto democrático internacional se iría a pique y la Europa de las naciones encrespadas regresaría curiosamente a los extremismos y paroxismos de los que resultaron las matanzas vertiginosas de la II Guerra Mundial. Pero, incluso si no se llega al cataclismo de una guerra, su decadencia económica y política seguiría siendo inevitable, a la sombra vigilante del nuevo (y viejo) imperio ruso.
Al mismo tiempo que me enteraba de los resultados de las elecciones europeas yo leía, en el último número de The American Interest, la revista que dirige Francis Fukuyama (May/June 2014), una fascinante encuesta titulada America self-contained? (que podría traducirse como ¿América ensimismada?), en la que una quincena de destacados analistas estadounidenses de distintas tendencias examinan la política exterior del Gobierno del presidente Obama. Las coincidencias saltaban a la vista. No porque en Estados Unidos haya hecho irrupción el populismo nacionalista y fascistón que podría acabar con Europa, sino porque, con métodos muy distintos, el país que hasta ahora había asumido el liderazgo del Occidente democrático y liberal, discretamente iba eximiéndose de semejante responsabilidad para confinarse, sin traumas ni nostalgia, en políticas internas cada vez más desconectadas del mundo exterior y aceptando, en este globalizado planeta de nuestros días, su condición de país destronado y menor.
Sobre las razones de esta “decadencia” los críticos discrepan, pero todos están de acuerdo que esta última se refleja en una política exterior en la que Obama, con el apoyo inequívoco de una mayoría de la opinión pública, se desembaraza de manera sistemática de asumir responsabilidades internacionales: su retiro de Irak, primero, y, ahora, de Afganistán, tras dos fracasos evidentes, pues en ambos países el islamismo más destructor y fanático sigue haciendo de las suyas y llenando las calles de cadáveres. De otro lado, el Gobierno de Estados Unidos se dejó derrotar pacíficamente por Rusia y China cuando amenazó con intervenir en Siria para poner fin al bombardeo con gases venenosos a la población civil por parte del Gobierno de El Asad y no sólo no lo hizo sino toleró sin protestar que aquellas dos potencias siguieran suministrando armamento letal a la corrupta dictadura. Incluso Israel se dio el lujo de humillar al Gobierno norteamericano cuando éste, a través de los empeños del secretario de Estado Kerry, intentó una vez más resucitar las negociaciones con los palestinos, saboteándolas abiertamente.
Nuevas formas de autoritarismo, como las de Rusia y China, han sustituido a las antiguas
Según la encuesta de The American Interest nada de esto es casual, ni se puede atribuir exclusivamente al Gobierno de Obama. Se trata, más bien, de una tendencia que viene de muy atrás y que, aunque soterrada y discreta por buen tiempo, encontró a raíz de la crisis financiera que golpeó con tanta fuerza al pueblo estadounidense ocasión de crecer y manifestarse a través de un Gobierno que se ha atrevido a materializarla. Aunque la idea de que Estados Unidos se enrosque en solucionar sus propios problemas y, a fin de acelerar su desarrollo económico y devolver a su sociedad los altos niveles de vida que alcanzó en el pasado, renuncie al liderazgo de Occidente y a intervenir en asuntos que no le conciernan directamente ni representen una amenaza inmediata a su seguridad, sea objeto de críticas entre la élite y la oposición republicana, ella tiene un apoyo popular muy grande, la de los hombres y mujeres comunes y corrientes, convencidos de que Estados Unidos debe dejar de sacrificarse por los “otros”, enfrascándose en costosísimas guerras donde dilapida sus recursos y sacrifica a sus jóvenes, en tanto que escasea el trabajo y la vida se vuelve cada vez más dura para el ciudadano común. Uno de los ensayos de la encuesta muestra cómo cada uno de los importantes recortes en gastos militares que ha hecho Obama han merecido el respaldo aplastante de la ciudadanía.
¿Qué conclusiones sacar de todo esto? La primera es que el mundo ha cambiado ya mucho más de lo que creíamos y que la decadencia de Occidente, tantas veces pronosticada en la historia por intelectuales sibilinos y amantes de las catástrofes, ha pasado por fin a ser una realidad de nuestros días. ¿Decadencia en qué sentido? Ante todo, en el papel director, de avanzada, que tuvieron Europa y Estados Unidos en el pasado mediato e inmediato, para muchas cosas buenas y algunas malas. La dinámica de la historia ya no sólo nace allí sino, también, en otras regiones y países que, poco a poco, van imponiendo sus modelos, usos, métodos, al resto del mundo. Esta descentralización de la hegemonía política no estaría mal si, como creía Francis Fukuyama luego de la caída del muro de Berlín, la democracia liberal se expandiera por todo el planeta erradicando la tradición autoritaria para siempre. Por desgracia no ha sido así sino, más bién, al revés. Nuevas formas de autoritarismo, como los representados por la Rusia y China de nuestros días, han sustituido a las antiguas, y es más bien la democracia la que empieza a retroceder y a encogerse por doquier, debilitada por los caballos de Troya que han comenzado a infiltrarse en las que creíamos ciudadelas de la libertad.
Ilustración: Fernando Vicente.

jueves, 1 de mayo de 2014

GALERÍA

EL PAIS, Madrid, 29 de abril de 2014
TRIBUNA
La ultraderecha que viene
El verdadero peligro procede de formaciones de centro y de esa izquierda desorientada que asumen parte de esos discursos que llevaron a Europa al totalitarismo y a la guerra
Xavier Rius Sant 

El 30 de marzo fue el Frente Nacional de Marine Le Pen, el partido de ultraderecha, el que tuvo unos excelentres resultados en las elecciones municipales francesas. El 6 de abril fue en Hungría, donde el neonazi Jobbik consiguió el 21% de los votos en las legislativas. El Jobbik, a diferencia del Frente Nacional, no maquilla su discurso, es claramente antisemita y antigitano y reivindica episodios e ideas del régimen nazi de la Cruz Flechada, responsable del exterminio de cientos de miles de judíos.
El ascenso electoral de los partidos xenófobos contamina en muchos países al resto de fuerzas políticas. Es el caso de Francia donde, antes Nicolas Sarkozy y ahora los mismos socialistas, han asumido implícitamente algunos elementos del discurso de la ultraderecha, proponiendo medidas condenadas al fracaso como la expulsión de gitanos rumanos o búlgaros. En Hungría el partido gobernante, el conservador Fidesz, de Viktor Orbán, no sólo recorta las libertades y comparte con Jobbik algunas propuestas, sino que en nombre de una supuesta necesidad de renacer de la nación húngara y de recuperar su lugar en Europa, dio derecho al voto estas elecciones a las minorías húngaras de Serbia, Eslovaquia o Rumanía. Medida que recuerda las ideas expansionistas de Hitler en Polonia o Checoslovaquia en defensa de un espacio vital.
El ascenso de estos dos partidos de ultraderecha es una confirmación de que, tal como anuncian las encuestas, la ultraderecha puede duplicar o triplicar sus escaños en las próximas elecciones europeas con un discurso contrario a la inmigración, reivindicando la recuperación del control de las fronteras nacionales, y proponiendo la salida del euro y la Unión Europea. Una Unión que se ideó tras la barbarie nazi, precisamente, para evitar nuevas guerras. Así en 1951 se creó la Comunidad Económica del Carbón y del Acero que daría paso al Mercado Común, y más tarde a la Unión Europea. Una Unión en la que los estados cedían parte de su soberanía económica, monetaria y de fronteras, con unos ciudadanos amparados por la Carta de Derechos Fundamentales de la UE. Y tanto el Frente Nacional francés como el Jobbik húngaro, no sólo cuestionan las libertades fundamentales que reconoce la Carta y desean recuperar el poder de gestión de la economía cedido a la UE, sino proponen la salida de la misma, la recuperación del las fronteras y convierten en enemigos a los inmigrantes, sobre todo los musulmanes, y a los gitanos, señalándolos como una amenaza para Europa.
Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre
Ciertamente no todos los grupos de ultraderecha son iguales. Tres son las tendencias o familias de la ultraderecha europea. Unos, como el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado de Grecia, no maquillan su discurso neonazi. Otros, como el Partido por la Libertad del holandés Geert Wilders o la misma Marine Le Pen, enfocan sus críticas a la pérdida de soberanía a causa de la integración europea y piden la salida de buena parte de la inmigración, rechazando con más énfasis la islámica. Por último, otros como el UKIP británico, enfatizan más las tesis eurófobas. Afortunadamente España será una excepción y parece que no habrá ninguna candidatura ultra que consiga escaño en Estrasburgo.
Plataforma X Catalunya, que obtuvo 67 concejales en 2011, no piensa presentarse y afronta una serie de avatares judiciales en relación a la reciente expulsión de su líder, Josep Anglada. Y las cinco candidaturas o coaliciones que se han presentado, La España en Marcha, Democracia Nacional, Falange de las JONS, Movimiento Social Republicano e Impulso Social, no ocultan una ideología franquista, ultracatólica o nacional-revolucionaria, con la que difícilmente conseguirán calar en el electorado. Y por más que en la lista de VOX haya candidatos de pasado ultra —como es el caso de Pablo Barranco, que fue secretario general de Plataforma per Catalunya—, dicha candidatura no puede equipararse a la ultraderecha europea, dado que no hace propuestas xenófobas ni eurófobas.
Es evidente que el Frente Nacional actual, no es igual que el Jobbik húngaro o Amanecer Dorado, y Marine Le Pen ha querido dar una imagen de moderación distinta que la ofreció su padre. Pero hasta hace un año el número tres del Frente Nacional, el eurodiputado Bruno Gollnisch, era presidente de la Alianza Europea de Movimientos Nacionales, de la que forma parte el Jobbik húngaro. Y sigue formando parte del Frente Nacional su fundador, Jean Marie Le Pen, que fue condenado en 2008 por minimizar el nazismo, en 1998 por negar la igualdad de las razas humanas y en 1989 por cuestionar la existencia de las cámaras de gas. Y gracias al liderazgo fuerte de su hija ha conseguido aglutinar a personas de ideas antisemitas con islamófobos que consideran Israel el baluarte de Occidente.
Es una realidad que el espacio ciudadano y económico europeo no es actualmente como se soñó. Pero las propuestas de la ultraderecha eurófoba son inviables y acarrearían grandes costes económicos y comerciales a corto y medio plazo. Es posible que la Unión Europea se precipitara al pactar el ingreso de Rumanía y Bulgaria sin plantear previamente unas políticas de integración de sus comunidades gitanas que, tras la caída de comunismo, se convirtieron en el chivo expiatorio de sus incipientes democracias, retornando dichos ciudadanos a formas de vida endogámicas y a un nomadismo que, gracias a la libertad de circulación europea, multiplicó por diez la distancia geográfica en la que se movían sus antepasados. Pero una cosa es reconocer la problemática derivada del asentamiento de miles de gitanos rumanos en Francia, Italia o España, y otra hacer de ello bandera electoral, sin más propuestas que presionarlos para que se marchen de una ciudad y se instalen en otra a cuatro horas de autopista.
Manuel Valls destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares
De la misma manera, una cosa rechazar es el papel de ciertos imanes salafistas, y discrepar de interpretaciones del islam contrarias a la interculturalidad y la laicidad, y, otra, la islamofobia étnica que criminaliza a millones de personas por su origen y les empuja a encerrarse en el gueto como reacción a una sociedad que los estigmatiza o los criminaliza.
La cuestión que debe preocupar no es únicamente que en Francia el Frente Nacional haya ganado en 11 ciudades, sino que la derecha o la misma izquierda asuman parte de sus tesis. Manuel Valls ahora primer ministro, destacó como ministro del Interior por las expulsiones de gitanos rumanos o kosovares, generando tormentas mediáticas que legitimaron su discurso de dureza, por más que dichas medidas sean poco o nada eficaces sino van acompañadas de un pacto europeo para afrontar la situación de marginalidad de dichos colectivos.
El peligro de la Europa que se unió para evitar nuevas guerras y nuevos fascismos no vendrá únicamente de 35 o 50 eurodiputados ultras. El peligro es ese centro y esa izquierda desorientada que, dudosa de las herramientas y estrategias para dar un giro a las políticas económicas, asume parte de discurso de quienes añoran o proponen ideas o valores de quienes llevaron a Europa al totalitarismo y la guerra. Y asumiendo en parte dichas propuestas, hacen de ciertos colectivos el chivo expiatorio de problemáticas complejas.
(*) Xavier Rius es periodista y autor de diferentes libros y estudios sobre ultraderecha.