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domingo, 30 de diciembre de 2012

PIEZAS PARA (DES) ARMAR

LA VANGUARDIA, 01 de Septiembre de 2012
El Estado de malestar
Manuel Castells

Lo que estamos viviendo en el contexto de la crisis, en España y en el mundo, es la transición del Estado de bienestar al Estado de malestar. En la convención republicana de Estados Unidos, que tuvo lugar en Tampa esta semana, se aclamó un programa calcado del presupuesto que presento en el Congreso Paul Ryan, el líder más carismático de la derecha. Recortes presupuestarios a tope en las prestaciones sociales, reducción masiva de impuestos a los más adinerados y a las grandes empresas y mantenimiento de impuestos a los sectores medios y bajos. Así se supone que se reduce el déficit presupuestario (sobre todo por los recortes) y se estimula la inversión (porque se espera que los ricos inviertan con el dinero disponible en contra de la evidencia empírica de los últimos 20 años). Pero, ¿que más da? Ya se encuentran siempre economistas a sueldo para hacer una gráfica que justifique cualquier cosa. Se trata de quien tiene el poder de hacerlo. Los republicanos controlan la Cámara de Representantes, gracias a la ingenuidad de Obama. Y si Romney y Ryan llegan a la Casa Blanca, será el llorar y el crujir de dientes para la castigada sociedad estadounidense, con el apoyo de la mayoría de hombres blancos que son tan racistas como antigobierno por ideología. Lo mas espectacular es el proyecto de liquidación gradual de Medicare, el programa de salud pública de Estados Unidos destinado a los mayores. Puede imaginarse una política mas descarnadamente antisocial que retirar la cobertura de sanidad a los desprotegidos en su jubilación? Era impensable hace un tiempo, pero en tiempos de crisis todo es posible. Incluso el que una crisis financiera generada por los financieros desemboque en salvar a las instituciones financieras y recompensar a sus ejecutivos en salarios e impuestos para, en cambio, penalizar a los mas necesitados quitando elementos esenciales de su protección social.
Pero esto no es, como sabemos, sólo una cuestión de política estadounidense. La estrategia de Merkel y demás dirigentes europeos, con Rajoy jaleando para que salven al país, y a él de paso, no es diferente. Se trata de aprovechar el miedo de los ciudadanos para llegar al poder, hacer creer que hay que elegir entre austeridad y caos, y liquidar, con el apoyo de un empresariado de cortas miras, lo que era la clave de la sociedad europea: el Estado de bienestar
Es ahora o nunca. Hay que dejar de pagar a los parados porque en el fondo son jóvenes vagos sin respeto a la autoridad. A los pacientes porque consumen excesivos fármacos (y ¿cómo si no prosperarían las empresas farmacéuticas?). A los profesores que no se resignan a ser gestores de almacenamiento de niños en lugar de educadores. E incluso a estos funcionarios públicos exaltados como héroes de la sociedad, bomberos, policías y demás agentes de seguridad, malpagados, maltratados y obligados a veces a pegar a quienes con ellos se solidarizan.
Se argumenta que en tiempo de crisis no da para estos lujos. Olvidando que sólo se sale de la crisis con productividad y competitividad, lo cual requiere educación, investigación, servicios públicos eficientes. Las cuentas de la vieja de Rajoy no sirven para una economía moderna. El problema no es gastar más de lo que se ingresa sino gastarlo mal en lugar de invertirlo en recursos humanos y de emprendeduría que puedan acrecentar la economía real y generar más riqueza. Una estupidez recorre Europa: la idea de que el Estado del bienestar es excesivamente caro y además insostenible porque el envejecimiento de la población conlleva menos activos y muchos más dependientes y, además, más caros estos últimos porque no tienen la decencia de morirse cuanto toca. En el fondo se trata del triunfo de una mentalidad en que la vida es para producir y consumir y cuando ya no da más hay que eliminar el desecho o reducirles las prestaciones en consonancia con su irrelevancia. Pues, ¿saben qué? En términos estrictamente técnicos, no es así. El Estado de bienestar es la base de la productividad, además de la solidaridad social. En el libro que publique hace unos años con Pekka Himanen sobre el modelo finlandés mostramos cómo la productividad y competitividad de Finlandia, entre las más altas de Europa y superiores a la teutona, estaban basadas en la calidad del capital humano, de la educación, de las universidades, de la investigación. Y también de la salud publica (sin corpore sano no hay mens sana). De modo que hay un circulo virtuoso: el Estado del bienestar genera capital humano de calidad que genera productividad que permite financiar sobre bases no inflacionistas el Eestado del bienestar. Si se desconectan, se hunden los dos. Porque el tan cacareado desfase entre activos y pasivos olvida que en esa ratio entre el numerador de pasivos y el denominador de activos lo importante no es el número en sí sino cuánta productividad generan los activos para pagar por el costo de sostener a los pasivos. Si además las prestaciones sociales se realizan con un Estado de bienestar dinámico y apoyado en tecnologías de información, se abaratan costos. De modo que es sostenible a condición de generar productividad en la economía y disminuir ineficiencia (que no empleo) en el Estado mediante una modernización organizativa y tecnológica del sector público.
Pero hay algo aún más importante. El Estado de bienestar no fue un regalo de gobiernos o empresas. Resultó en el periodo 1930-1970 (según países) de potentes luchas sociales que consiguieron renegociar las condiciones del reparto de la riqueza. Y como resultado se estableció una paz social que permitió centrarse en producir, consumir, vivir y convivir.
Hoy día se están cuestionando las bases de esta convivencia. Mal cálculo para sus promotores. Porque la destrucción deliberada del Estado de bienestar conducirá a la entronización de un Estado de malestar de siniestros perfiles. Pero esto no acaba así. Nuevos movimientos se están gestando, uniendo indignados y sindicatos. Y de ahí puede surgir un nuevo Estado y un nuevo bienestar.
 
Fuente:
http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120901/54345428212/manuel-cstells-el-estado-de-malestar.html
Fotografía: Pieza de Pello Irazú.

jueves, 17 de mayo de 2012

PALPITO SOCIAL ACELERADO, DISCONTINUO Y DISRUPTIVO

EL PAIS, Madrid, 23 de Abril de 2012
LA CUARTA PÁGINA
Transformar una ilusión
No ha llegado el momento de certificar la falta de capacidad transformadora de lo que se mueve en la Red. La democracia digital nos puede hacer mejores demócratas
Antoni Gutiérrez-Rubí 

El pasado 2 de marzo, Daniel Innerarity escribía el artículo Desenredar una ilusión, en el que cuestionaba “el mito de la democracia digital”. La tesis del filósofo es que los optimistas digitales, a los que denomina cyber-cons (aquellos que han previsto que Internet generaría una mayor participación ciudadana como consecuencia de la libre circulación de información), han fracasado porque "Internet no elimina las relaciones de poder sino que las trasforma" en un ejercicio esnob y lampedusiano: que todo cambie para que nada cambie. La Red descentraliza el poder de las ideas, la economía y la sociedad... pero reproduce, finalmente, el poder ya existente, afirma Innerarity.

Esta línea de pensamiento se fundamenta en reputadas voces y argumentos sólidos. Pierre Rosanvallon, por ejemplo, en su libro La contrademocracia advierte que la apelación a los ciudadanos, propia de la democracia directa, conduce a la tentación populista. Y que la política vigilada y fiscalizada puede derivar en antipolítica o impolítica, volviéndose irrelevante o materia incendiaria, no ya de los que quieren otra política sino de los que no quieren ninguna. Según el autor, la preocupación por inspeccionar la acción de los gobiernos se convierte en estigmatización permanente de las autoridades legítimas hasta constituir una potencia negativa. Es la transformación de la original democracia del proyecto hacia una democracia del rechazo.

Tzvetan Todorov, otro de los teóricos más destacados de estas corrientes de pensamiento, en su reciente texto Los enemigos íntimos de la democracia, amplía el análisis alertando sobre los enemigos “interiores” de las democracias y pone en el mismo saco el mesianismo democrático, el populismo y la xenofobia.

Todos ellos apuntan los déficits y algunos problemas medulares. Tener buena parte de razón es quizás suficiente para emitir un juicio tan concluyente, pero también lo es para medir la fuerza de las palabras y optar por dar una oportunidad a lo imperfecto, porque es, sin duda, portador de un caudal de ilusión democrática (aunque los lados oscuros de la utopía digital nos obliguen a reflexiones y análisis menos fascinados y más realistas). No, todavía no ha llegado el momento de hacer un balance definitivo, de solemnizar y certificar la falta de capacidad transformadora de lo que se mueve en las redes sociales y en Internet. Todo lo contrario.

El pálpito social se mueve en el acelerado, discontinuo y disruptivo flujo digital

Hay razones para la preocupación, sí. También para el juicio ponderado y crítico respecto a los peligros democráticos a los que nos enfrentamos si nos dejamos arrastrar por la fascinación de la multitud y su estética política. Sobrevalorar es tan equívoco como infravalorar. Y no se puede ignorar que la energía política y cívica, que se expresa en amplísimos sectores de nuestra sociedad a través de la cultura digital -aunque todavía de manera imperfecta, fragmentada y parcial-, representa una profunda corriente de capital político transformador. Esta cultura tecnológica, en su capacidad disruptiva y su penetración global, puede favorecer un ecosistema social en el que las personas pueden reconstruir su identidad individual y colectiva. Es la nueva conciencia del nosotros.

Tres son los argumentos para transformar una ilusión no ilusa, aunque compleja.

Primero, los valores. La cultura digital está recreando una nueva escala de valores. Compartir, reconocer, participar son acciones que se convierten en valores de cultura política con nuevos registros y calidades. La democracia digital no es mejor democracia —todavía—, pero nos puede hacer —quizás— mejores demócratas. Más abiertos al diálogo, al debate, a la transversalidad. En Internet no se pregunta a las personas de dónde vienen, sino a dónde van. Justo lo contrario que la vieja política analógica, prisionera de identidades excluyentes, de ideologías herméticas, de trincheras partidarias.

Segundo, los medios. La politización de muchísimos jóvenes —y no tan jóvenes— empieza a veces por un "me gusta", un clic o un retuit. ¿Por qué esto va ser menos relevante que cuando pegábamos carteles, o asistíamos a asambleas de palmeros? Que sea fácil activar una acción no significa que sea de peor calidad democrática. Lo relevante es que una nueva generación de ciudadanos globales está tomando conciencia política entre los fracasos del oportunismo digital del modelo Kony 2012 y los éxitos de tantas y tantas luchas que se dan y se ganan con un teclado entre manos. No es una ciudadanía ilusa, y aunque las dificultades y los retos sean abrumadores, no se decanta por el cinismo sino por el compromiso activo.

Tercero, los temas. La Red no es tecnología. Es cultura. Es sociedad. Internet se ha convertido en un poderoso sensor social de temas y preocupaciones. Si la política quiere saber por qué se ha alejado, pareciendo irrelevante, de los problemas de la ciudadanía, debe reencontrar el camino conectándose. El pálpito social, con todas sus limitaciones, se mueve en el acelerado, discontinuo y disruptivo flujo digital. La velocidad, la brevedad y lo efímero son un signo de los tiempos, que debe ser complementado —y no negado— con otras prácticas que no impidan razonar, elaborar y organizar con nuevos mimbres y formatos.

La política debe abrazar la inteligencia de las multitudes como nutriente de soluciones

En vez de enjuiciar con severidad la irrupción de lo emergente, quizás se debería seguir denunciando la incapacidad de la política formal para adecuarse a la sociedad red. Y reconocer, como portadora de esperanza, a una generación política decepcionada pero que, en vez de “pasar de la política”, pasa “de la mayoría de los políticos”, que no es lo mismo. ¿No se merecen, además de reconocimiento, ánimo y confianza? ¿No es la ilusión por otro mundo mejor, otra política y otra cultura del trabajo y de la economía, motivo de esperanza democrática? Y sin ilusión… ¿qué política se ofrece? ¿La que tenemos? ¿La que ha provocado la desafección y la frustración más importante en nuestra corta democracia?

La reconfiguración del conocimiento, la capacidad del empoderamiento de las multitudes y la superación del miedo y del individualismo, gracias a la colectividad, dotan a los movimientos sociales de una fuerza especial y mágica. Como afirma Manuel Castells, el sentido utópico de una democracia directa en red no es una tontería, tiene tal capacidad transformadora que hay que valorarla con seriedad. Todos los grandes movimientos sociales empiezan por una utopía. La fuerza del movimiento está ahí.

Escuché una vez decir a Innerarity que "los filósofos debemos molestar, quizás es para lo único que servimos". Pero ¿no deberían molestar, sobre todo, a los que se lo miran y no a los que actúan? Las dificultades de la cultura de la democracia directa para ofrecer una alternativa no son pocas ni pequeñas. Aunque lo profundamente imperfecto no es la alternativa, sino la oferta actual. No nos equivoquemos.

Morozov afirma que "la Red genera ilusiones de grandes victorias políticas que son simples arañazos". Pero hay zarpazos que son la esperanza de la política y de la democracia. El tono paternalista y categórico de algunos análisis no ayudan y rompen los pocos puentes que quedan entre lo establecido y lo utópico. Si la política formal desprecia e ignora la actual denuncia por su incapacidad propositiva en términos convencionales, perderá una oportunidad irrepetible para revitalizarse con el injerto de lo nuevo. La política debe abrazar la inteligencia de las multitudes, el crowdsourcing social, como nutriente de análisis y soluciones diferentes. Y su instrumento, los partidos, debe evolucionar a espacios de coworking político con otros y alternativos protagonistas.

Tucídides decía: "Cualquier poder tiende a ir hasta el límite de su poder. ¡Ha llegado la hora de la vigilancia!" Hagamos de la política vigilada una oportunidad para una democracia vigilante de derechos y deberes, de ciudadanos responsables, de poderes sometidos a la ley y a los valores democráticos, no por encima de ellos. Transformar la ilusión en acción y esta en alternativa. Este es el reto.

Antoni Gutiérrez-Rubí es asesor de comunicación y autor del libro ‘La política vigilada’ (Editorial UOC), con prólogo de Daniel Innerarity.



lunes, 17 de mayo de 2010

Telegrafía de Estado


Sobre el twitterolandés de Miraflores
Luis Barragán



Consabido, la jefatura del Estado ha asumido directamente el empleo de una de las redes sociales más exitosas en el mundo (claro está, hasta la creación y lanzamiento de una propia que justifique – por lo demás – al emblemático artefacto satelital). Paradójica meta, los esfuerzos hegemónicos pisan aquellos espacios en los que – difícilmente – los seguidores twitterolandeses de Chávez Frías (creído y engreído “candanga”), podrán competir con opositores e, incluso, pro-oficialistas deseosos de reivindicar un sentido de la crítica creadora, excepto los organismos de inteligencia hagan lo pertinente para la infiltración, confusión y definitiva dislocación del medio.

Estructuración real del mundo virtual, la iniciativa presidencial comportará una provisional modificación del soporte institucional inmediato, alcanzando quizá el crédito público correspondiente, a fin de cumplir con la oferta de suscripción o seguimiento que va más allá de conversar o creer que se conversa con el ocupante de Miraflores: recibir los favores del Estado o, por lo menos, entrar en una inadvertida rifa de favores que – no por casualidad – comenzó con la promesa de un techo para la casa precaria del remitente. Vale decir, la contraprestación nos impone del más novedoso clientelismo prebendario, pues nunca antes había adquirido tamaña virtualidad y virtuosismo en una sociedad que pende de la renta petrolera, cada vez más inalcanzable.

Elementos existenciales de la infopista, la pretensión será la de alterar el orden público tecnológico de un medio habitado por comunidades dóciles, sin ocasión alguna para la protesta, propensa a la continua criminalización. Empero, generar una suerte de intranet exclusivamente venezolana, aislándonos del mundo, será de mayores dificultades que la propia adaptación de la administración de justicia para descubrir y sancionar el vilipendio donde aflora un ligero comentario de oportunidad.

Tratamos de una experiencia peligrosa e innovadora del infopopulismo que no comportará una modificación sustancial de las herramientas de las que se sirve, como nos permitimos sugerir años atrás (por ejemplo, El Nacional/Caracas, 31/10/97). Apenas, el roce irresponsable de los ya adoloridos nervios de la Venezuela profunda, puede aumentar los problemas, conflictos y situaciones que no atajarán los manuales, breviarios o chuletas en uso, maniqueos y anacrónicos, sobre la lucha de clases o el imperialismo, por más que un juez provisorio (temeroso) o titular (agradecido) crea descubrir la simplicidad de un delito en el frondoso intercambio digital.

De la proliferación irresponsable de comentarios dominicales, Chávez Frías celebró la hazaña twítera de 300 mil seguidores que incluyen los insultos y reclamos de rigor, mas no citados. Ocurre que “ellos (los escuálidos), creen que es nada más para ellos”, erigiéndose en fundador de una distinta expereiencia virtual: “comenzó la era de la twitter-política, de la twitter-bolivariana” (16/05/10).

Muy bien pueden los Manuel Castells, Paul Virilio, Alejandro Piscitelli o Javier Echeverría de esta hora, acercarse a un fenómeno como “Misión Chávez Candanga” que convierte el medio en una especie de Gaceta Oficial, con el anuncio de la estatización, nacionalización o expropiación de universidades que, por cierto, groseramente, simplica un complejísimo y postergadísimo problemario que tanto miedo provoca. La fiebre pasará, porque – ya lo dijo, se contradijo y dirá de nuevo – todo se reduce a la censura, pues parece demasiado ambicioso recrear la red de redes a su imagen y semejanza.

Fuente: http://www.noticierodigital.com/2010/05/sobre-el-twitterolandes-de-miraflores/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=651703