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martes, 21 de febrero de 2017

BEMOLES

EL UNIVERSAL, Caracas, 20 de febrero de 2017
Representación política
Álvaro Montenegro Fortique

El asunto de la representación política ha sido el centro de numerosos debates desde los tiempos de la antigua Grecia, cuando Platón, Aristóteles y otros filósofos trataron el tema con mucha agudeza. San Agustín con su Ciudad de Dios, permitió apuntalar la visión platónica de la representación política, y hacer entender a la baja Edad Media que los reyes eran la representación de Dios en la Tierra. Esa explicación sirvió para legitimar el sistema político de Europa por mucho tiempo. Casi mil años después Santo Tomás de Aquino, con una mirada mucho más terrenal y siguiendo principios aristotélicos, permitió con sus reflexiones que pensadores posteriores como Marsilio de Padua, Pico Della Mirandola, Nicolás Maquiavelo y otros del Renacimiento, se plantearan nuevas preguntas sobre el derecho natural y las formas de gobierno, la representación política, soberanía, el poder legislativo, las mayorías, y las formas de representación.

Mucho después, en la Inglaterra de Thomas Hobbes y luego en la Francia de la Revolución, el debate sobre la representación política, nación, república y soberanía se avivó en una forma exponencial. La idea de una “democracia pura” se batía contra la democracia representativa. Pensadores tan profundos como Saint-Just, Rousseau, Guizot, Constant y otros, aportaban sus ideas a un forcejeo intelectual entre cómo definir al sujeto, ciudadano, o al individuo como representante de sí mismo. Si todos somos iguales a los ojos de Dios, ¿cómo hay un rey con más privilegios que todos los demás? ¿Cómo conciliar la libertad individual de decidir sobre la cosa pública, con la idea de delegación por medio de unos representantes ante una asamblea?

Uno de los pensadores de esa época que más aportó a esta polémica sobre representación política fue el abate Enmanuel-Joseph Sieyés, considerado como un actor político clave de su tiempo, cuya influencia se siente todavía hoy en día en los estudios de ciencias políticas. En sus Ensayos sobre los privilegios y ¿Qué es el tercer Estado?, este autor se deslinda del Ancien Régime y nos lanza definitivamente a navegar sobre la modernidad política, delineando claramente una idea de sujeto, división del trabajo, Nación, poder constituyente, representación política y poder constituido. Sieyés  parte de la definición del ciudadano, para llegar al concepto de Nación, que lo es todo. Además agrega que “todo es representación dentro del Estado social”. El autor era un firme defensor del gobierno por procuración, pero a la vez estaba claro en los límites que debía tener ese poder delegado.

El debate continúa en nuestros días, y pensadores como el filósofo postmarxista Antonio Negri, bajo una clara influencia de Spinoza, ha planteado explicaciones novedosas a la representación política. En sus obras Anomalía Salvaje, El Poder Constituyente, Multitud, Imperio, y Commonwealth, Negri nos pasea por términos como la Biopolítica, el Biopoder, el Estado-Nación, democracia, república, multitud y muchos otros que proponen miradas y lenguajes innovadores, para tratar de explicar algunas relaciones políticas globalizadas.

En un muy interesante curso del doctorado en Ciencias Políticas de la UCV, el destacado profesor Omar Noria, nos ha hecho comparar las lecturas de Sieyés con las de Toni Negri, para deliberar sobre el eterno debate entre Poder Constituyente y Poder Constituido. ¿Cuándo debe cesar, si es que debe, la acción del Poder Constituyente? Si la soberanía reside en el pueblo, entonces, ¿cómo se representa políticamente esa soberanía? Esas son preguntas que en Venezuela se deberían hacer los líderes más encumbrados del gobierno y de la oposición, para que con sus respuestas permitan a los ciudadanos tomar el protagonismo que les corresponde.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/representacion-politica_639728

EL PAÍS, Madrid, 21 de febrero de 2017
 TRIBUNA
Populismos y representación
José María Maravall

 Por “populismo” me refiero, por un lado, a la representación política que algunos partidos, de izquierda y de derecha, se atribuyen; por otro lado, a las políticas que prometen. Declaran representar al “pueblo” —un conjunto heterogéneo pero todo él sometido a una “casta”. En lo que respecta a las políticas que proponen, no atienden nunca a sus consecuencias. Tampoco a los medios para atenderlas: todo depende de una “voluntad política” para la que supuestamente no existen restricciones.

Sus orígenes se encuentran en el movimiento de los naródniki, revolucionarios de clase media y media-alta que pretendieron movilizar al campesinado ruso en las décadas de 1860 y 1870. Estrategias parecidas han sido utilizadas con frecuencia. Marx analizó magistralmente un movimiento populista: el golpe de Estado de Luis Bonaparte en Francia: “un personaje mediocre y grotesco” convertido en un salvador del pueblo. Los teóricos italianos de fines del siglo 19 y comienzos del 20, precursores del fascismo, utilizaron la división casta/pueblo para irla progresivamente derivando hacia una teoría del “caudillaje” —un duce que enlazaba directamente con el pueblo, por encima de un sistema y unas élites corruptas. El “caudillaje” y el populismo han sido frecuentes en la política latinoamericana, un ejemplo siendo hoy día Nicolás Maduro. También en los Estados Unidos, sobre todo entre 1890 y 1930 -ahora Donald Trump constituye un caso extraordinario de populismo por su ataque al “sistema”, al establishment, y por unas políticas basadas en la xenofobia, el racismo y el proteccionismo.

Hoy día los populismos, tanto por lo que dicen representar como por las políticas que ofrecen, se han multiplicado. Ha sucedido en la Europa de las democracias tradicionales y “virtuosas”: en la Finlandia de los Verdaderos Finlandeses, en la Dinamarca del Partido Popular Danés (PPD), en la Holanda del Partido por la Libertad (VVD), en la Francia del Frente Nacional de Marine Le Pen, en la Inglaterra del triunfo del Brexit. Es también lo que alimenta el discurso dicotómico de “casta” y “pueblo” en la Italia de Beppe Grillo y el Movimento 5 Estrellas, así como en la España de Podemos —donde Pablo Iglesias ha declarado, por ejemplo, que él es como Donald Trump sólo que de izquierdas, después de haber afirmado que la diferencia entre izquierda y derecha había desaparecido.

El populismo es difícilmente compatible con la democracia . Los representantes elegidos son presentados como miembros más de “la casta”. El vínculo directo entre gobernantes y “pueblo” se ejercita mediante plebiscitos y referendos —un instrumento político manipulable donde los haya. Los organismos intermedios interfieren en ese vínculo —los Parlamentos, los congresos de los partidos, los órganos judiciales y los medios de comunicación independientes. En sus dos primeras semanas de mandato, Trump ha subvertido a jueces y medios de información contraponiéndoles al “pueblo” y dirigiéndose directamente a los ciudadanos. Se ignora lo que sabemos desde hace más de dos siglos —que en sociedades grandes y complejas, con intereses muy heterogéneos, la única democracia posible es la democracia representativa, con pesos y contrapesos entre los diferentes poderes, y que la “democracia directa” se opone a cualquier contenido deliberativo de la democracia. Que los mandatos imperativos y la revocación inmediata de los representantes y de los gobernantes son contrarios a los intereses de los ciudadanos: las condiciones iniciales suelen cambiar y no ajustar las políticas puede ser nefasto. Que por todo ello, los representantes deben siempre dar cuenta de sus decisiones, de cualquier cambio en sus promesas, y someterse al veredicto de los ciudadanos en las elecciones. El ataque a la democracia representativa, acompañado del populismo, es una amenaza real a las libertades.

El miedo es la base política de los populismos. La globalización puede generar ese miedo en el seno de los sectores más vulnerables a una internacionalización de las economías. Por eso los populistas les ofrecen levantar barreras proteccionistas —todo lo que Fernando Henrique Cardoso ha calificado como “utopías regresivas”. Volver a levantar los muros que mantuvieron en el subdesarrollo a los países pobres, impidiendo sus exportaciones competitivas. A lo largo de muchos años, suprimir esas barreras fue un objetivo de la socialdemocracia. No puede apartarse de ese camino, lo cual no significa aceptar una desregulación de los mercados de productos y de capital que se imponga a la política democrática. Mediante los Estado de Bienestar se han protegido a los sectores dañados por esa globalización creciente. Ha existido una asociación muy fuerte, con evidencia abrumadora, entre gasto social e internacionalización de las economías.

Pero el diseño del Estado de Bienestar tiene hoy que ser reformulado: no puede pasar a ser un instrumento para financiar el consumo de los grupos de ingresos altos; se tiene que definir mejor qué se entiende por “igualdad”, cómo eliminar discriminaciones sociales, cómo erradicar la “necesidad”, cómo generar oportunidades que eviten trampas sociales de las que no es posible salirse. Es necesario clarificar prioridades. Y la distribución no puede bloquear el crecimiento del bienestar de todos.

Los socialdemócratas tienen muchos deberes por hacer. Se habla mucho de “la crisis de la socialdemocracia” —hoy existen razones para ello. Si atendemos a las 17 democracias más asentadas de Europa*, entre las últimas elecciones celebradas antes del inicio de la crisis en 2008 y las últimas (en 2015 o 2016) el promedio del voto de los partidos socialdemócratas ha caído de un 28,2 % del voto a un 21,9 %, mas de seis puntos, mientras que el de los partidos de la derecha ha pasado de 31,3 % a 27,1 %, es decir más de cuatro —en buena parte afectados por el auge de un populismo xenófobo y reaccionario**. Las diferencias nacionales son relevantes: en la izquierda, frente a la perdida de un 85,6 % de sus votantes por el PASOK en Grecia, una subida de un 17% del PvdA en Holanda; en la derecha, una caída del 53,8 % en el caso del Popolo della Libertá en Italia, frente a un aumento del 90,1 % del voto de Høyre, el partido conservador en Noruega. A veces han caído conjuntamente los principales partidos de izquierda y derecha (en Grecia el voto conjunto bajó de 76,6 a 34,4 %; en Italia, de 84,3 a 47 %; en España, de 83,4 a 55,6 %). Y excepcionalmente subieron ambos, como en Alemania (de 56,8 a 67,2 %).

Europa es el reino de las coaliciones y los socialdemócratas están en el gobierno de nueve de esos 17 países —en seis lo presiden. Otra cosa es lo que hacen en el gobierno: la singularidad de sus políticas está muy desgastada y les resulta imprescindible replanteárselas como hicieron tras 1945 y en los años 60. Guiados por la igualdad, que representa su permanente seña de identidad, y dando prioridad a su negación extrema: la pobreza y la necesidad que viven los sectores más castigados por la desigualdad, tal vez el mayor coste social de la crisis. De forma que también ayude ese replanteamiento a frenar la política del miedo —y el voto de muchos trabajadores a partidos proteccionistas y reaccionarios.

(*)José María Maravall, sociólogo y político, fue ministro de Educación y Ciencia (1982-1988) en Gobiernos de Felipe González.
(**) Los países son Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, España, Finlandia, Francia, Grecia, Holanda, Irlanda, Islandia, Italia, Luxemburgo, Noruega, Portugal, Reino Uníido y Suecia.
(***) Considero siempre partidos, no familias ideológicas. Es decir, no escondo la crisis del PASOK en Grecia tras el auge de SYRIZA, ni la caída de Venstre en Dinamarca tras la subida del Dansk Folkeparti.
 
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/02/15/opinion/1487155753_667877.html
Ilustración: Eduardo Estrada

miércoles, 21 de septiembre de 2016

LA MULTIPLICIDAD NECESARIA

EL PAÍS, Madrid, 22 de septiembre de 2016
 TRIBUNA
Identidades
La decadencia del sistema es profunda y afecta a las estructuras de gobierno, judiciales y parlamentarias. Nos toca construir una nueva democracia que permita controlar a nuestro principal adversario, que ya no es el Estado, sino el mercado
Antonio Rovira

¿Y ahora qué? Nuestro Estado de bienestar, con su burocracia, con su tecnocracia intervencionista, ha entrado en un proceso de decadencia lenta pero implacable, un proceso profundo y global de agotamiento de un modelo de democracia que está resultando ineficiente por insuficiente. Incluso ha regresado el virus de la autodestrucción. Un virus que estimula a las fuerzas contrarias para que actúen sobre un mismo cuerpo hasta autodestruirse sin querer. Mirad lo que nos está pasando, el Brexito la UE y veréis su poder destructor. En fin, la tormenta está servida porque el tiempo es implacable y lo envejece todo. En otras palabras, que las cosas siempre tienden a ir mal si se abandonan a sí mismas, si no se interviene, si no se cambia.
Pero nos han enseñado a vivir esperanzados y pensamos que la bondad de nuestro invento democrático es tan evidente que no puede fracasar. Nos han educado para ser felices y creer que la democracia no tiene alternativa, que no puede desaparecer, que estamos en el mejor de los sistemas y que solo necesitamos un golpe de suerte, un cambio de ciclo. Mientras tanto, algo muy importante se nos está escapando.
La democracia está perdiendo la capacidad de seducción y entusiasmo que es la base de su poder. La misma palabra que ha proporcionado dignidad y prosperidad al ciudadano, que ha sido la garantía de nuestros derechos, a fuerza de repetir sus bondades sin fundamento se está convirtiendo en un término vacío. El Estado social de Derecho, con su ejecutivo fuerte, con su policía y sus tribunales, se ha quedado pequeño frente a un libre mercado apátrida que ha convertido a los Gobiernos democráticos en sus agentes endeudados. Estamos viviendo en democracias bonsái, bonitas, pero recortadas y pequeñas, formales pero inservibles como un holograma.
Quizá el Derecho podría ser, de nuevo, nuestro aliado. Siento desilusionaros. El Derecho también está desertando de su misión. La teoría del Derecho, como la democracia, está dando muestras preocupantes de falta de efectividad y está siendo sustituida por productos académicos superficiales de estilo rebuscado y pedante en fin, por recopilatorios y recitales de palabras repletas de una descomunal vanidad inservible que casi nadie se cree y que pocas veces se aplica.
Las cosas siempre tienden a ir mal si se abandonan a sí mismas, si no se interviene
El Derecho, nuestra conquista, nuestro seguro contra la arbitrariedad, también se ha convertido en un objeto de consumo. Las leyes no se hacen con la intención de que se apliquen, se anuncian para calmar los ánimos, distraer la atención, buscar votos o desarticular protestas. Y cuando la ley es confusa, contradictoria e incluso arbitraria, no puede sorprendernos que los jueces destronen a los legisladores.
Nos dicen que todo se soluciona con otras mayorías. No nos engañemos. Las cosas se pueden y deben hacerse mejor con los mismos medios y en la misma crisis y por eso exigimos responsabilidades a los actores. Pero la decadencia del sistema es más profunda, es una crisis de las estructuras de gobierno, judiciales y parlamentarias. ¿No os dais cuenta? Ya no elegimos a nuestros representantes, ni nos comprometemos, simplemente optamos, “me gusta”.
Solo hay que ver cómo se vacía, cómo se deshace nuestra intimidad, nuestra identidad. Esa esfera privada en la que nadie puede entrar sin consentimiento. Ese territorio que nos reservamos para poder ser individual y socialmente diferentes y lo suficientemente fuertes para no perdernos en un mundo en el que todos somos iguales pero no somos lo mismo.
Claro que sabemos que no podemos vivir aislados, que no es suficiente tener un Wilson. Que necesitamos el roce, convivir, compartir y sentirnos a gusto en grupos diferentes. Pero también sabemos que somos especiales y que necesitamos mantenernos diferenciados para tener conciencia de nosotros mismos, para proteger este 0,1% que me hace individual y socialmente único. Pero mi intimidad tiene un precio. Cuando nos conectamos “voluntariamente” el capital aumenta mientras nosotros nos desnudamos como personas y como sociedades. Y sin intimidad la identidad desaparece. Valemos según sea nuestro historial de datos y el mercado para crecer necesita revelarlos y acumularlos hasta vaciarnos. Necesita saber lo que hago y lo que pienso. Saber antes que yo el color de la camisa que voy a comprar o el resultado de mis análisis. Hasta los latidos de mi corazón tienen su tarifa.
Hay que contener el poder del capital internacional que hace trampas para no pagar impuestos
Ya no es el Estado el que nos prohíbe hablar y nos pincha los teléfonos, ahora es el mercado el que nos obliga a hablar permanentemente para poder tener amigos. Si no te conectas, si no te muestras, no existes. Nos dicen, con mirada huidiza y gesto vanidoso: esta es la libertad que te ofrecemos, o la coges o la dejas. Conéctate o aíslate, conéctate o córtate un brazo. Tú mismo.
Sí, ciudadanos, estamos viviendo el precario momento del fin de un régimen y el comienzo de otro para el que las antiguas melodías ya no sirven. Nos toca demostrar de nuevo que la democracia no es la causa de los males, que no tiene nada trascendente, que no es un fin en sí mismo que la democracia es una estructura fruto de conquistas parciales, mejoras y rectificaciones. Sin duda el mejor mecanismo inventado para defender nuestros derechos, pero necesita ser afinado y transformado constantemente, porque si no avanza, desaparece.
Nos toca idear nuevos entusiasmos para construir una nueva democracia más participativa, más igualitaria, más eficiente y menos autoritaria. Uniendo fuerzas para recuperar nuestras libertades y con ellas nuestras identidades, que es el recipiente donde se almacenan nuestros secretos. Si lo rompen, todos nos convertiremos en lo mismo. Necesitamos no solo un Gobierno democrático sino grupos de Estados democráticos (no es la luz la que nos atrae a Europa si no la sombra la que nos empuja) con legitimidad y poder social suficiente para imponer el Derecho a un mercado que se apropia de la palabra igualdad para hacernos idénticos.
Este es el modelo alternativo a la democracia representativa, Estados Democráticos de Derecho en grupos más eficientes, más globales, con nuevos y modernos instrumentos de participación y gobierno que puedan controlar a nuestro principal adversario que ya no es el Estado sino el mercado. Necesitamos contener al poderosísimo capital internacional, el único poder que continúa siendo privilegio de una oligarquía hereditaria que hace trampas para no pagar impuestos. Un Estado democrático de Derecho que trabaje unido a otros para que McDonald no se coma la tortilla de patatas, ni IKEA al carpintero. Que asegure la realización efectiva de la libertad y la igualdad sin uniformidad. En fin, como decía E. Tierno, un Estado democrático de Derecho que humanice el bienestar.

(*) Antonio Rovira es catedrático de Derecho Constitucional y director del Máster en Gobernanza y Derechos Humanos (Cátedra Jesús de Polanco. UAM/Fundación Santillana)

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/09/20/opinion/1474361175_216131.html
Ilustración: Nicolás Aznárez.

domingo, 30 de diciembre de 2012

PIEZAS PARA (DES) ARMAR

LA VANGUARDIA, 01 de Septiembre de 2012
El Estado de malestar
Manuel Castells

Lo que estamos viviendo en el contexto de la crisis, en España y en el mundo, es la transición del Estado de bienestar al Estado de malestar. En la convención republicana de Estados Unidos, que tuvo lugar en Tampa esta semana, se aclamó un programa calcado del presupuesto que presento en el Congreso Paul Ryan, el líder más carismático de la derecha. Recortes presupuestarios a tope en las prestaciones sociales, reducción masiva de impuestos a los más adinerados y a las grandes empresas y mantenimiento de impuestos a los sectores medios y bajos. Así se supone que se reduce el déficit presupuestario (sobre todo por los recortes) y se estimula la inversión (porque se espera que los ricos inviertan con el dinero disponible en contra de la evidencia empírica de los últimos 20 años). Pero, ¿que más da? Ya se encuentran siempre economistas a sueldo para hacer una gráfica que justifique cualquier cosa. Se trata de quien tiene el poder de hacerlo. Los republicanos controlan la Cámara de Representantes, gracias a la ingenuidad de Obama. Y si Romney y Ryan llegan a la Casa Blanca, será el llorar y el crujir de dientes para la castigada sociedad estadounidense, con el apoyo de la mayoría de hombres blancos que son tan racistas como antigobierno por ideología. Lo mas espectacular es el proyecto de liquidación gradual de Medicare, el programa de salud pública de Estados Unidos destinado a los mayores. Puede imaginarse una política mas descarnadamente antisocial que retirar la cobertura de sanidad a los desprotegidos en su jubilación? Era impensable hace un tiempo, pero en tiempos de crisis todo es posible. Incluso el que una crisis financiera generada por los financieros desemboque en salvar a las instituciones financieras y recompensar a sus ejecutivos en salarios e impuestos para, en cambio, penalizar a los mas necesitados quitando elementos esenciales de su protección social.
Pero esto no es, como sabemos, sólo una cuestión de política estadounidense. La estrategia de Merkel y demás dirigentes europeos, con Rajoy jaleando para que salven al país, y a él de paso, no es diferente. Se trata de aprovechar el miedo de los ciudadanos para llegar al poder, hacer creer que hay que elegir entre austeridad y caos, y liquidar, con el apoyo de un empresariado de cortas miras, lo que era la clave de la sociedad europea: el Estado de bienestar
Es ahora o nunca. Hay que dejar de pagar a los parados porque en el fondo son jóvenes vagos sin respeto a la autoridad. A los pacientes porque consumen excesivos fármacos (y ¿cómo si no prosperarían las empresas farmacéuticas?). A los profesores que no se resignan a ser gestores de almacenamiento de niños en lugar de educadores. E incluso a estos funcionarios públicos exaltados como héroes de la sociedad, bomberos, policías y demás agentes de seguridad, malpagados, maltratados y obligados a veces a pegar a quienes con ellos se solidarizan.
Se argumenta que en tiempo de crisis no da para estos lujos. Olvidando que sólo se sale de la crisis con productividad y competitividad, lo cual requiere educación, investigación, servicios públicos eficientes. Las cuentas de la vieja de Rajoy no sirven para una economía moderna. El problema no es gastar más de lo que se ingresa sino gastarlo mal en lugar de invertirlo en recursos humanos y de emprendeduría que puedan acrecentar la economía real y generar más riqueza. Una estupidez recorre Europa: la idea de que el Estado del bienestar es excesivamente caro y además insostenible porque el envejecimiento de la población conlleva menos activos y muchos más dependientes y, además, más caros estos últimos porque no tienen la decencia de morirse cuanto toca. En el fondo se trata del triunfo de una mentalidad en que la vida es para producir y consumir y cuando ya no da más hay que eliminar el desecho o reducirles las prestaciones en consonancia con su irrelevancia. Pues, ¿saben qué? En términos estrictamente técnicos, no es así. El Estado de bienestar es la base de la productividad, además de la solidaridad social. En el libro que publique hace unos años con Pekka Himanen sobre el modelo finlandés mostramos cómo la productividad y competitividad de Finlandia, entre las más altas de Europa y superiores a la teutona, estaban basadas en la calidad del capital humano, de la educación, de las universidades, de la investigación. Y también de la salud publica (sin corpore sano no hay mens sana). De modo que hay un circulo virtuoso: el Estado del bienestar genera capital humano de calidad que genera productividad que permite financiar sobre bases no inflacionistas el Eestado del bienestar. Si se desconectan, se hunden los dos. Porque el tan cacareado desfase entre activos y pasivos olvida que en esa ratio entre el numerador de pasivos y el denominador de activos lo importante no es el número en sí sino cuánta productividad generan los activos para pagar por el costo de sostener a los pasivos. Si además las prestaciones sociales se realizan con un Estado de bienestar dinámico y apoyado en tecnologías de información, se abaratan costos. De modo que es sostenible a condición de generar productividad en la economía y disminuir ineficiencia (que no empleo) en el Estado mediante una modernización organizativa y tecnológica del sector público.
Pero hay algo aún más importante. El Estado de bienestar no fue un regalo de gobiernos o empresas. Resultó en el periodo 1930-1970 (según países) de potentes luchas sociales que consiguieron renegociar las condiciones del reparto de la riqueza. Y como resultado se estableció una paz social que permitió centrarse en producir, consumir, vivir y convivir.
Hoy día se están cuestionando las bases de esta convivencia. Mal cálculo para sus promotores. Porque la destrucción deliberada del Estado de bienestar conducirá a la entronización de un Estado de malestar de siniestros perfiles. Pero esto no acaba así. Nuevos movimientos se están gestando, uniendo indignados y sindicatos. Y de ahí puede surgir un nuevo Estado y un nuevo bienestar.
 
Fuente:
http://www.lavanguardia.com/opinion/articulos/20120901/54345428212/manuel-cstells-el-estado-de-malestar.html
Fotografía: Pieza de Pello Irazú.

viernes, 10 de junio de 2011

LA PROLONGADA CRISIS DEL ESTADO DE BIENESTAR


EL NACIONAL - LUNES 06 DE JUNIO DE 2011 OPINIÓN/9
Libros: Tony Judt
NELSON RIVERA

Lo dice apenas uno cruza la primera línea: en los últimos treinta años la búsqueda de beneficio material se ha impuesto al resto de las posibles vocaciones hacia lo colectivo. Las ha desplazado a un segundo plano.

El diagnóstico de Tony Judt avanza hacia una afirmación sorprendente: Occidente se ha sumido en una suerte de impotencia que le impide hablar del malestar que le agobia. "Nuestro problema no es qué hacer, sino cómo hablar de ello".

La imposibilidad ante el malestar de la sociedad habría alcanzado al terreno del discurso.

Las primeras secciones de Algo va mal (Editorial Taurus, Colombia, 2011) narran el desmontaje de las estructuras que mantenían el mundo bajo ciertas certidumbres.

En los años setenta del siglo pasado se habría iniciado el paso que nos ha conducido a unas realidades de creciente desigualdad: ricos cada vez más ricos, pobres cada vez más lejos de las oportunidades, las vías de la movilidad social cada más obstruidas.

Con la pericia que ha sido característica en sus celebrados artículos, Judt repasa las dificultades de nuestro tiempo, con la mirada puesta en Europa y en Estados Unidos.

A las secuelas sociales y políticas de la desigualdad se suman las de calificación moral: tras la prédica de que las elecciones económicas son racionales, se sigue que quienes no escogen de forma adecuada son responsables de su error.

Judt reitera lo que han señalado autores como Martha Nussbaum y Peter Singer: que la desigualdad distancia a unos de otros. "El impacto de las diferencias materiales tarda tiempo en hacerse visible, pero, con el tiempo, aumenta la competencia por el estatus y los bienes, las personas tienen un creciente sentido de superioridad (o de inferioridad) basado en sus posesiones, se consolidan los prejuicios hacia los que están más abajo en la escala social, la delincuencia aumenta y las desventajas sociales se hacen cada vez más marcadas".

A las páginas que denuncian siguen las que proponen: algo en ellas mengua.

Las respuestas de Judt consisten, la más de las veces, en invocar las lecciones de Keynes: un regreso a la fórmula de un Estado más fuerte podría constituir el camino para responder a las demandas sociales. Como voz culta de una cierta izquierda humanista, Judt no deja de advertir, aquí y allá en su libro, del autoritarismo y la pulsión totalitaria que son inherentes a la idea de "más Estado".

Pero en todo ello, según me parece, hay algo que no sobrepasa el lugar de las buenas y, en cierto modo, vanas intenciones: la promesa de un Estado protector capaz de encontrar sus propios mecanismos de moderación.

Lo que Judt no prevé, al menos aquí, es el relato del Estado que fagocita a las instituciones, deviene en poder único y hace inviable el anhelo democrático.