Mostrando entradas con la etiqueta Lectorancia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Lectorancia. Mostrar todas las entradas

martes, 30 de agosto de 2011

LECTORANTE


EL NACIONAL - DOMINGO 28 DE AGOSTO DE 2011 SIETE DÍAS/5
Vivir los libros que leemos
En la casa de Rodolfo Izaguirre, los libros viajan misteriosamente. Y él, ha viajado con ellos: "Tuve el privilegio, siendo niño, de acompañar a Julio Verne y al capitán Nemo a bordo del Nautilus a lo largo de 20.000 leguas de viaje submarino; fui de la tierra a la luna y viajé al centro de la tierra"
RODOLFO IZAGUIRRRE

" ¡Ningún libro que esté bien escrito puede ser peligroso!", dijo Gustave Flaubert a su sobrina Caroline y la frase se hizo célebre. La reiteró Julian Barnes en El loro de Flaubert (Anagrama, 1984), un delicioso libro en el que el escritor inglés traza un vivo retrato del autor de Madame Bovary a partir del loro disecado que estuvo sobre su escritorio mientras escribía el magistral relato sobre Felicité, la criada de Un corazón sencillo (Un coeur simple). La frase trascendió porque Caroline, a los 84 años de edad, la recordó en 1930 cuando la novelista estadounidense Willa Cather la visitó en Aix-les-Bains.

Lo asombroso es que en Alsacia, 60 años después de la declaración de Flaubert, Madame Picard entrada en carnes y vieja amiga de la familia Schweitzer sostuvo que un niño puede leerlo todo. "Un libro, dijo, nunca hará daño si está bien escrito". En su presencia, el niño de la casa que apenas si alcanzaba los 7 años de edad había pedido permiso para leer Madame Bovary y la madre horrorizada exclamó: "Pero, si mi hijito querido lee libros como ése a esta edad, ¿qué hará cuando sea mayor?". Y el niño respondió: "¡Los viviré!".

La infancia de Sartre. El niño se llamaba Jean Paul Sartre, sobrino de Albert Schweitzer, el célebre misionero, organista e intérprete de Juan Sebastian Bach y médico cuya vida en Lambaréné, África ecuatorial, dedicada a atender leprosos y a víctimas de la enfermedad del sueño, fue considerada como un apostolado. (El cine francés hizo una película sobre Schweitzer titulada Il est minuit Dr. Schweitzer, realizada por André Haguet en 1952).

La anécdota la reveló el propio Sartre en Les Mots (Las palabras. Gallimard, 1965), un libro autobiográfico que recrea la infancia de su autor. Una de las cosas que hizo aquel niño cuando se volvió grande, además de escribir novelas, obras teatrales, ensayos de ontología fenomenológica y coquetear irresponsablemente con el maoísmo en sus últimos años, fue escribir un polémico libro sobre Flaubert titulado El idiota de la familia. De niño, Flaubert pasaba horas con el dedo en la boca y una expresión idiota.

Nadie podía imaginar, al verlo, que años más tarde iba a convertirse en el padre de la novela moderna.

El poeta y dramaturgo Antonin Artaud sostenía contrariamente que siempre hubo temor de que la poesía emergiera de Los cantos de Maldoror y trastornara la realidad porque la consideraba lava líquida, un magma, algo negro y devorador impregnado de un furor satánico. Su autor, el montevideano Isidore Ducasse, conde de Lautreamont, al comenzar el libro menciona, en efecto, las "emanaciones mortíferas que impregnarán el alma del lector de la misma manera que el agua impregna el azúcar" y advierte que "no es aconsejable para todos leer las páginas que seguirán porque solamente a algunos les será dado saborear sin riesgo este fruto amargo". No obstante, Les Chants du Maldoror, magistralmente escrito, fue libro de culto entre los surrealistas y ocupa un lugar de privilegio cerca de mi escritorio.

La única novela que escribió Oscar Wilde en la que dejó constancia de sus teorías estéticas, su búsqueda de la belleza masculina y su implacable crítica a la hipócrita sociedad victoriana es El retrato de Dorian Gray. En el prefacio anotó: "Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos".

Cuando le preguntaron a Salvador Garmendia sobre los libros que mayor influencia habían tenido sobre él como escritor no vaciló en decir que el más estimable había sido el Libro Mantilla porque con él aprendió a leer. "Los libros pesan mucho", dijo una vez.

"Arrastran consigo el peso de la cultura. Por eso, a la hora de escribir, conviene hacerlo frente a una pared desnuda para no tener que acudir a ellos en busca de referencias o soluciones".

Los de mi casa, además de proclamar la belleza de su escritura, se desplazan, viajan de noche. ¡Llevan una vida misteriosa como los personajes de las películas de terror! Cuando voy en busca de uno dando por seguro que es allí donde lo encontraré, descubro que ya no está. ¡Se ha mudado de estante y me cuesta encontrarlo! No sé qué suerte de pacto, de secreta aventura se produce entre ellos; pero son como fantasmas que se buscan en las noches sin poder encontrar el camino de regreso. En todo caso, estoy por creer que lo hacen porque, posiblemente, sienten cerca el peligro de alguna mala compañía, quiero decir, de algún libro... ¡mal escrito! ¡Ciertamente existen misterios en torno a los libros: nunca se logra precisar en qué momento surgió en el autor la idea de escribirlo o bajo cuáles circunstancias se produjo el instante en que comenzó su escritura! Se afirma, además, que los personajes de una novela, para referir un hecho notorio, comienzan de pronto a adquirir vida propia y a independizarse de las obligaciones que el novelista había previsto para ellos: empiezan a decir cosas que no estaban establecidas y a comportarse de manera distinta o impropia a las que se les había asignado. Acaban por imponerse al autor de la misma manera como la vida termina rebelándose contra los sistemas y métodos que buscan constreñirla.

¡Si aceptamos, de una vez por todas, que la vida supera al músico, se le escapa al artista y se burla de los designios e intenciones del escritor, comenzaremos a develar los misterios que nos acechan!

Las aventuras de Salgari. Otro enigma subsiste y no resulta fácil descifrar: ¿qué hace que determinado libro sorprenda, maraville y atrape a un lector y no a otro al punto de seducirlo e incitarlo a leer nuevos libros para no abandonar jamás la fascinante compañía de la lectura? Además, la infancia de cada generación tiene su propia compañía. ¡La mía quedó vinculada para siempre a las aventuras contadas por Emilio Salgari! Sé que para muchos el nombre de Emilio Salgari, que murió suicida en 1911, puede resultar poco revelador. Sin embargo, él estuvo asociado al deleite de novelas suyas de gran fantasía por las selvas malayas que entretuvieron a los niños en todo el mundo: El corsario negro, La hija del corsario negro, Sandokán el tigre de la Malasia. No sólo fueron los títulos de sus renombradas aventuras, sino que formaron parte de la producción cinematográfica italiana de los años treinta y cuarenta del pasado siglo bajo el fascismo.

Salgari jamás estuvo en Malasia; sin embargo, la dio a conocer en la literatura y en el cine. Las apasionantes aventuras que escribió son hoy un apagado recuerdo y Sandokán, Yañez, Montpracem son fantasmas desvanecidos.

Sin embargo, me enseñó que yo mismo podía dar vueltas a la geografía del mundo sólo con el empeño de mi propia imaginación.

También tuve el privilegio, siendo niño, de acompañar a Julio Verne y al capitán Nemo a bordo del Nautilus a lo largo de 20.000 leguas de viaje submarino; fui de la Tierra a la Luna; viajé al centro de la Tierra y lloré cuando intentaron dejar ciego a Miguel Strogoff, mensajero del Zar, quemándole los ojos con un cuchillo al rojo vivo. También me comprometí con los mosqueteros del rey a impedir la estafa que Jeanne Valois de la Motte urdió contra María Antonieta en el "affaire" del Collar de la Reina, y en la hora actual, a mis 80 años, me animo a ser un hobbit para acompañar a Frodo Bolson y a Samsagaz hasta las tierras de Sauron el Oscuro Enemigo y deshacer con el apoyo de la Comunidad del Anillo los maleficios registrados por J. R. R. Tolkien en El señor de los anillos.

El misterio que rodea y alimenta a los libros se acentúa y se prolonga en el tiempo. Algunos mueren tempranamente; otros, viven por siglos y las generaciones pasan, se entusiasman y se iluminan con su lectura como si el autor lo hubiera escrito la víspera y no en 1605, como ocurre con El ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha, pongamos por caso, un libro que provoca adicción porque basta tomarlo del estante, abrirlo en cualquier parte y comenzar a releerlo para sentir la gratificación de un libro espléndido, escrito en un lenguaje de mucho goce y lleno de portentoso humor; una lectura sabia que lo hace actual y vigente porque se dirige directamente al alma y al corazón de sus lectores.

Con los libros que fallecieron en edad temprana, como los de Salgari, puede ocurrir que el impredecible y caprichoso paso del tiempo los reavive algún día y sorprendan a nuevos lectores con revelaciones que nadie en el tiempo de sus apariciones fue capaz de advertir, iniciándose para ellos, tan injustamente olvidados, una nueva vida de aventuras.

Los simbolistas dicen que un libro es como un tejido, una urdimbre y que el universo es como un inmenso libro que simboliza al mundo y el mundo, ya lo sabemos, vive en nosotros. Por eso se habla del "Libro de la vida".

Es verdad que los libros de mi casa viajan misteriosamente; pero la Biblia y el ingenioso hidalgo creado por Cervantes no lo hacen. Siempre están en el mismo lugar y creo que no participan de las secretas aventuras de los otros porque se los impide el carácter divino de ser uno la Palabra de Dios; y el otro, la máxima gloria de la escritura castellana. Biblia quiere decir ¡Libro! Ella contiene, alberga y protege en su interior otros libros que han orientado durante siglos la conducta de quienes los leen con fe y devoción. Y estos libros que viven en su seno y se aceptan tal como ellos son no admiten correrías por los estantes. Las que continúan haciendo, todavía hoy, Quijote y Sancho por la incierta y desdibujada geografía de la realidad y la fantasía opacan en todo caso cualquier otro juego misterioso, malicioso o infantil que tenga lugar por los estantes de mi biblioteca.

sábado, 11 de diciembre de 2010

lectorancia



EL NACIONAL - Sábado 11 de Diciembre de 2010 Papel Literario/1
Premio Cervantes 2010
Un recuerdo de lectora: Ana María Matute
ANA NUÑO

Es inevitable. Ana María Matute me hace pensar en mi madre. Porque en la casa de mis padres --"el hogar familiar" se me hace pomposo y hueco-- los libros de esta escritora estaban "de su lado". Del lado de mi padre estaban la Filosofía, la Ciencia y la política, algunos clásicos y algo de poesía; eso sí, sólo de la que admite ser leída, también, como Filosofía (Quevedo, Borges...).

Pero la literatura, la de verdad, era cosa de mi madre.

La literatura de verdad, claro, era la narrativa. Sin distinción de géneros. Mi madre tuvo la suerte de formar su gusto de lectora en un mundo en el que todavía no se habían impuesto las distinciones que hoy parecen inevitables: entre ficción y no ficción, novela histórica y relato fantástico, experimentalismo y realismo, literatura culta y literatura de masas.

Imaginación y testimonio.

Para ella, había sólo dos clases de escritores: los literarios y los autores de best sellers. Y los frecuentaba a todos, con alegre indiferencia a la otra distinción que veladamente suponían, la de clase social y nivel cultural.

Como era inmune a la idea de que hay una literatura valiosa, digna de ser considerada "arte", y otra de usar y tirar, con fecha de caducidad fijada por el mercado y el consumo de bienes culturales, tampoco pensaba que hubiera que discriminar el acceso a la lectura por edades. Eran los tiempos benditos en que a los editores no se les había ocurrido aún la idea de explotar esa mina de oro que es la "literatura infantil y juvenil", de la que ha acabado extrayéndose alguna que otra pepita de oro, pero que por lo general no pasa de ser una manera como tantas otras --como la televisión, los videojuegos o las redes sociales-- de diferir la adquisición de hábitos de lectura. Unos hábitos que, a la vista de los resultados que regularmente arrojan las evaluaciones del nivel de los estudiantes en todos los países, hemos aceptado como una fatalidad el hecho de que puedan ser diferidos eternamente.

El caso es que a mi madre no le pareció mala idea recomendarme que leyera Ana Karenina, de Tolstói, cuando yo tenía 10 años. Que se convirtió, así, en la primera "novela seria" o importante o clásica que leí en mi vida, pero sobre todo en mi primera experiencia de lectura plena: recuerdo que volvía del colegio más animada que de costumbre, y lo primero que hacía --antes de hacer las tareas, me temo-- era sumergirme en aquel grueso tomo encuadernado en piel y con páginas de papel biblia. Desde luego, no tenía ni idea de que aquello que me fascinaba al punto de olvidar, no ya de hacer los deberes, sino de ir al parque a jugar con otros niños de mi edad, había sido tachado de "obra maestra" por Dostoievsky o Nabokov y que era considerada una de las obras señeras del Realismo decimonónico. Ni falta que hacía: esos "conocimientos" los adquirí mucho después, y posiblemente habría tenido la suerte de ahorrármelos de no haber estudiado literatura, pero lo que sí era inevitable que sucediera, habiéndola leído y disfrutado a esa edad, es que la primera idea que me hice de esa novela se enriqueciera y transformara en las tres veces que he vuelto a leerla desde entonces. Porque los dichosos "hábitos de lectura" no se ejercen sólo con las novedades, y porque leer no es haber leído un libro de una vez por todas, la literatura, la de verdad, aspira siempre a la condición de "obra por leer", sobre todo cuando ya ha sido leída y disfrutada. Y más importante: el lector que comenzó siéndolo temprano y leyendo literatura de verdad, difícilmente dejará ya de leer hasta que la muerte se lo impida.

Pero no se piense que mi madre me daba a leer sólo lo que lleva el marchamo de literatura seria o de "clásicos". Gracias a ella, fui descubriendo --y devorando, como reza el lugar común, pero tan cargado de verdad cuando se lee con pasión, no sólo para aprender o instruirse-- a Agatha Christie y Patricia Highsmith, a Graham Greene y Somerset Maugham.

Y sobre todo, me hizo descubrir el mejor antídoto contra la falacia de que en la España de Franco no había buenos escritores, porque todos --los buenos, se entiende-- eran republicanos y habían marchado al exilio. Sin duda, por nostalgia de su país de origen --una nostalgia, en cambio, que no afloraba en las lecturas de mi padre--, mi madre compraba y --de nuevo, qué le vamos a hacer-- devoraba las novelas de unos y otros: los que habían salido al exilio y los que se quedaron. Entre éstos, ya desde la década de 1940 --y anunciando la avalancha de los Goytisolo, Sánchez Ferlosio, Aldecoa, Carmen Martín Gaite, García Hortelano-- aparecieron algunos muy notables: el primer Cela, el de La familia de Pascual Duarte, Miguel Delibes con La sombra del ciprés es alargada, la extraordinaria Nada de Carmen Laforet... Y ya entonces, Ana María Matute con su segunda novela, Los Abel, que quedó finalista del Premio Nadal el mismo año que La sombra del ciprés... recibió este premio. "La" Matute tenía sólo 22 años.

Recuerdo mi primera lectura de Los Abel: por fin, pensé, me cuentan la negrura de la posguerra española sin soflamas ni rencores --algo, por otra parte, inevitable en una familia como la mía, que con la Guerra Civil lo había perdido todo, hasta su país--, y me la cuentan a través de lo que viven y sienten unos hermanos, con alguno de los cuales coincidía en edad. Y además, sin alardes verbales, en una lengua límpida y cotidiana que realza con más fuerza la ocasional imagen, el aleteo de la fantasía. Después, los otros libros de la Matute que he leído confirmaron aquella primera impresión: una escritora que no se deja seducir por las trampas del realismo --todas ellas netamente literarias, empezando por la más eficaz: la de hacernos creer que una obra de lenguaje puede abandonar su naturaleza mimética para convertirse en un ojo o un espejo que registra y reproduce las cosas como son o fueron--, y que además es una magnífica cuentista. Las dos vetas --la de la narradora "realista" sin sectarismos y la de la urdidora de cuentos-- están presentes, al menos, en todos los libros suyos que he leído: desde Pequeño teatro, con el que obtuvo el Nadal en 1954 --pero su primera novela, escrita a los 17 años-- hasta el justamente célebre Ovidado rey Gudú, de 1996, conviven en todos ellos, y sin disonancia alguna, la experiencia personal y la creación de mundos fabulosos.

A despecho de lo impostada que suele ser la manía de comparar escritores, lo cierto es que siempre que he leído a Ana María Matute --da igual si son sus libros más desencantados, como Los hijos muertos o Los soldados lloran de noche, o sus cuentos infantiles, que a veces también lo son-- he pensado en esa otra gran cuentista, tan distinta de la española por su vida como por la idea que se hacía del oficio, que es la Karen Blixen que firmaba como Isak Dinesen. Es posible que la comparación se me imponga por el hecho de que estas dos escritoras no conciben la literatura como una herramienta más o menos útil para demostrar o imponer tesis o ideas sobre lo que sea, sino lisa y llanamente como lo que es desde tiempo inmemorial, lo que se resiste a desaparecer, a pesar de los esfuerzos de los Mr. Gradgrind, que siempre son legión y que, como su arquetipo en Tiempos difíciles de Dickens, reclaman de cualquier cosa, incluida la literatura, "facts, only facts". La literatura, la de verdad, fabula siempre: es el cuento de nunca acabar, el cuento que, desde niños, no queremos nunca que se acabe. "Porque --dijo la Matute en su discurso de ingreso en la Real Academia, en 1998-- todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar.

(...) quizás se trate de una palabra que todos olvidamos siempre, apenas la descubrimos. Seguimos buscando, todos nosotros, aquella palabra especial, aquella palabra donde parece residir el sentido total de la vida, y que sin embargo estaba ahí, o estará ahí, en adelante, para que alguien la recoja. Esa palabra que no sabíamos pronunciar ni habíamos oído nunca, o que habíamos oído y perdido, en otro tiempo y otro lugar". "Si el cuentista es fiel --escribió Blixen en Albondocani, la larga trenza de cuentos que antes de morir no pudo acabar de peinar-- fiel a su historia, entonces sí, al final, cuando acaba de contar, el silencio habla. Cuando el cuento es traicionado, el silencio es sólo un vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hayamos dicho nuestra última palabra, podremos escuchar la voz del silencio".

Hay otra razón para este paralelismo: cuando conocí a Ana María Matute, una noche de invierno en Barcelona, y fuimos juntas a cenar, no tardé mucho en comprender que aquella mujer de apariencia tan frágil, con el pelo completamente cano, que se apoyaba para andar en un bastón, tenía la misma determinación de no hablar en vano y la misma mirada extrañamente dulce y feroz que en las fotos tiene la baronesa von Blixen. Y que tienen los niños que han leído literatura de verdad y saben que ya nunca podrán dejar de leer.

Fotografía: EFE / SERGIO BARRENECHEA