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lunes, 28 de febrero de 2011

GRATIÑAN


EL NACIONAL - Jueves 24 de Febrero de 2011 Opinión/8
¿Universidad gratuita?
LUIS UGALDE

Es creciente y grave el empobrecimiento de la universidad venezolana. En términos reales, el sueldo universitario actual de la UCV no llega a la mitad de lo que correspondía a hace 45 años; tragedia para los universitarios competentes y dedicados, para la academia y para el país.

Hace cinco años Andreas Schleicher, responsable del Informe Educativo PISA para la Unión Europea, señalaba alarmado la desventaja europea ante Estados Unidos, porque este país invertía 16.764 euros al año por estudiante universitario y Europa sólo 7.544; 20.000 dólares frente a 10.000. Conclusión: hay que aumentar la inversión universitaria europea para elevar su competitividad y vida. En Venezuela, por el contrario, se acusa de lujosa y enemiga del pueblo a la universidad de pago oficial que invierte 4.000 ó 5.000 dólares al año por estudiante, y de explotadoras a las privadas que cobran 2.000 o 2.500 dólares. ¡Qué disparate! La buena universidad es cara y la inversión en ella debe ser estratégica para el desarrollo nacional.

Nuestra empobrecida universidad va hacia su abismo. ¿Cómo salvar su financiamiento duplicando los aportes a ella, cómo asegurar que nadie quede fuera por imposibilidad de pago, cómo administrarla mejor para duplicar su rendimiento y servir al país con más transparencia en investigación y en formación de jóvenes profesionales? La educación universitaria de cualquier país la pagan el Estado, los familiares de los beneficiados directos, las empresas y las fundaciones. En Venezuela cerca de 700.000 estudiantes (en carreras largas y cortas) pagan sus estudios en universidades privadas, lo que representa un inmenso aporte a la educación pública de aproximadamente 8,4 millardos de bolívares al año, tan grande casi como todo el gasto militar de 2010 que fue de 8,6 millardos.

Algunas urgencias indispensables:

1.- Eliminar el tabú de que en una universidad de financiamiento oficial es delito recibir financiamiento complementario y superar el bloqueo al financiamiento oficial parcial a estudiantes de bajos recursos que estudian en universidades privadas.

2.- Organizar para no menos de 400.000 estudiantes al año (cerca de 20% del total de estudiantes) un muy amplio sistema de crédito educativo mixto, con fondos públicos y banca, con la filosofía de "estudie hoy y pague mañana".

La total "gratuidad" es insostenible, injusta y vergonzosa. Increíble, pero cierto, que en 2004 de los 101.284 que se graduaron en educación superior, 53.056 lo hicieron en las privadas, sin ningún apoyo del presupuesto nacional, mientras que a los otros 48.228 se les pagó íntegramente la carrera. Muchos de aquellos eran más necesitados que muchos de estos.

Son las injusticias de la ilusa universidad "gratuita".

3.- Eliminar el empobrecimiento causado por un sistema que jubila universitarios (y militares, magistrados, altos funcionarios...) desde antes de los 50 años, mientras los países ricos están obligados a subir a 67 años o más la edad de jubilación. Además, en Venezuela el que se jubila continúa en nómina, y en muchas facultades los jubilados pesan ya tanto como los activos. Al jubilarse a la mejor edad de producción intelectual, la universidad los pierde y se empobrece, y en muchos casos son sustituidos por personal convencional. Problema grave de solución delicada para no hacer injusticia a los jubilados. Es insoluble para cada universidad y requiere con urgencia una política de Estado que libere a las universidades de esos pasivos laborales, con absoluta garantía para los jubilados con sus derechos adquiridos y merecidos. Para eso son los ingresos petroleros extraordinarios, para sanear y garantizar los pasivos de las jubilaciones con efectos tan perversos.

4.- La Ley Orgánica de Ciencia, Tecnología e Innovación, Locti, logró un gran aporte empresarial que arrancó bien con este Gobierno. Ahora está secuestrada. Siempre hay abusos que evaluar y corregir, pero es grave matar la idea apropiándose desde el Gobierno de los dineros para la ciencia "socialista", dejando fuera a la empresa y a la universidad receptora.

5.- Una política fiscal que estimule el aporte de la sociedad a las universidades, incluido el cobro parcial a aquellos cuyas familias puedan pagar.

6.- Nada de eso es posible sin sincerar las realidades, sin transparencia en el uso del dinero, y mayor productividad y movilidad en el personal universitario.

domingo, 30 de enero de 2011

¿siempre pensaron así de la autonomía?


EL NACIONAL - Domingo 30 de Enero de 2011 Opinión/8
ATres Manos
Miradas múltiples para el diálogo
Universidad: la polémica autonomía
RIGOBERTO LANZ

"El perro hipócrita le habla a usted al oído a través de esos aparatos escolares que son máquinas acústicas...".
Jacques Derrida: Otobio- graphies, p. 107

¿ Autonomía respecto de quién o de qué? No hay que dar muchas vueltas: se trata de estar bien distantes de los efectos directos de las burocracias gubernamentales (de derecha o de izquierda). La idea es que al gobierno de turno no se le ocurra estar inmiscuyéndose en asuntos académicos, en orientaciones filosóficas, en pautas teórico-curriculares ni cosillas así. Lo que está en frente cuando se habla de autonomía no es el Estado sino el gobierno (peludo asunto para países como el nuestro donde esta distinción nuca ha existido de verdad). El modelo ideal es aquel en el que los organismos competentes responden anualmente por el soporte financiero de la actividad universitaria de un modo automático y sin más preguntas que la probidad en la administración de esos recursos. La manipulación política de la asignación presupuestaria es una aberración que se la lleva bien con la mediocridad interna que se desvive y justifica por el famoso "presupuesto justo".

Trabajar autónomamente lo que quiere decir es que los investigadores no tienen que estar dando explicaciones a la burocracia del gobierno (ministros, organismos o lo que sea) sobre las cosas que hacen o dejan de hacer. Desarrollar un seminario o cualquier unidad curricular, lo mismo que realizar una investigación (desde el impertinente asunto del sexo de los ángeles, hasta la nanotecnología aplicada a los nuevos materiales, pasando por "los problemas del país" y cualquier otro asunto pertinente que se nos ocurra), no debe guardar ninguna relación de jerarquía ni de implicación forzada con criterios emanados del Poder Ejecutivo.

Que haya "planes de la nación", necesidades de formación profesional aquí o allá o requerimientos de vínculos con la comunidad no puede ser un pretexto para que algún gobierno se sienta autorizado a dictar pautas. Eso (y mucho más) ha de formar parte de los nuevos desafíos de una verdadera universidad que se toma en serio su transformación profunda. En el entendido de que es la gente directamente involucrada en la producción de conocimiento, en la generación de nuevas ideas, en la invención de nuevas soluciones, en el desarrollo de la cultura democrática que es un vector esencial de la formación, en el cultivo de una sensibilidad estética que no proviene de disciplinas instrumentales, la que debe marcar el camino para la gestión de estos asuntos. La decadencia actual de las universidades no se debe a la falta de autonomía. Usted puede multiplicar los efectos autonómicos en la nueva ley y el tremedal seguirá intacto.

¿Entonces? El fantasma de que el Gobierno está ansioso por "controlar a las universidades" es una necedad alimentada también por la falta de claridad de las personas que plasmaron el texto de la ley siniestrada. En este punto hay que afinar la puntería y despejar de toda mínima duda lo que se está entendiendo por autonomía. Para lo cual es preciso librarse por un instante del pantano intelectual al que nos ha llevado la crisis histórica del modelo universitario dominante: mediocridad, corrupción, anacronismo, simulacros diversos, imperio del conservadurismo, modelo reproductor de la exclusión. Si la autonomía es para remachar las calamidades de este síndrome, entonces la gente tendría razones para dudar. Pero no se puede estar legislando para lidiar con camorras menores. No digo que ignoremos lo que ocurre en la universidad realmente existente, lo que digo es que una nueva Ley tiene que proyectar decentemente un cierto ideal universitario, aunque no sea para pasado mañana.

La derecha histérica ­que también habita los predios universitarios­ no tiene interés verdadero en pensar otra universidad. Todo lo que sirva para la pelea electoral contra el Gobierno es lo que realmente les importa. Hay que saber entones quiénes son los interlocutores con los que vale la pena discutir.

Una oportunidad que pocos se esperaban está abierta. No nos distraigamos en minucias.

Busquemos acuerdos ­aunque sean pocos­ en lo que es vital.