Mostrando entradas con la etiqueta Gisela Kosak Rovero. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gisela Kosak Rovero. Mostrar todas las entradas

jueves, 5 de diciembre de 2013

CULTO MINISTRO, CULTO

La cultura sin ministro
Gisela Kozak Rovero  

Nos hemos acostumbrado a perder el país y un sinfín de detalles resultan nimiedades ante lo que estamos viviendo, pero no por parecer nimiedades lo son: aunque el estado publique millones de discos o de libros, reparta canaimitas y organice conciertos y funciones de teatro gratis, la verdad de la cultura venezolana es que cada vez la oferta de textos, música, espectáculos, televisión, radio y cine disminuye en variedad.
La radio y televisión estatales son un aparato de propaganda que excluye a la mitad del país con su programación sesgada ideológicamente. En materia de libros muy pocas novedades llegan del exterior habida cuenta del control de cambio con sus secuelas por todos conocidas; así mismo, se dificulta el trabajo de las editoriales no estatales por falta de papel y las bibliotecas universitarias están desactualizadas. La piratería afecta los derechos de autor tanto de extranjeros como de los propios venezolanos ante la vista gorda del Estado. Aunque el cine nacional está presente en las carteleras, la producción norteamericana predomina y nos perdemos en parte de lo mejor de la creación fílmica mundial. Siendo Internet vía preferente para conocer la producción internacional en el área cultural -pensemos en la música- tenemos conexiones inalámbricas de muy baja velocidad. Los espectáculos resultan muy caros y aquellos que son gratuitos dependen de las simpatías políticas del artista. En cuanto a museos la política de adquisiciones, de investigación y de exposiciones de artistas extranjeros dificulta el contacto directo con los movimientos internacionales.
Toda cultura se alimenta del intercambio con otras. La creatividad venezolana sigue de pie y tendrá que medirse con las serias amenazas a la actividad independiente que significa la Ley Orgánica de Cultura; pero la sociedad requiere de una oferta variada pues disponer libremente de las opciones culturales existentes en la nación y fuera de ella es un derecho humano. Las políticas de estado que controlan o pretende controlar la sociedad a punta de discrecionalidad, dogmatismo y ventajismo político conducen a la sumisión y al conservadurismo, a la pobreza intelectual y estética.
No es de extrañar lo que ocurre porque las políticas culturales están al servicio de los intereses del gobierno, no de la población.
Además, el ministro del Poder Popular para la Cultura, Fidel Barbarito, se entretiene visitando negocios con el fin de supervisar los precios de los artículos en venta. En esta cruzada épica del socialcorotismo chavista el ministro deja de ocuparse de temas esenciales de la cartera de la que es titular para entregarse a tareas nada compatibles con su cargo.
Mientras los malandros nos asaltan y la escasez de divisas atenta contra la creación y disfrute de la cultura, los policías vigilan las colas de la ciudadanía consumista y el ministro vive su asalto al Cuartel Coroto, en consonancia con su nombre. Pobre país.
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/17601-la-cultura-sin-ministro


Breve nota LB: La ilustración habla muy bien de los otros tiempos ya idos. El MACC era noticia.

sábado, 10 de marzo de 2012

TODAS LAS LUNAS

EL UNIVERSAL, lunes 5 de marzo de 2012
ENTREVISTA GISELA KOZAK, ESCRITORA
"La gente necesita vivir varias vidas"
"Si tú lo que quieres es vivir de la literatura, no puedes escribir literatura. Es una opción de vida"
La narradora presentará el sábado, en el Centro de Arte Los Galpones, su nueva novela: "Todas las lunas"

A Gisela Kozak le tomó ocho años terminar Todas las lunas. La escritora venezolana (Caracas, 1963) trabajó su novela como un escultor que golpea la piedra. La abandonó, la retomó. Así estuvo hasta que sintió que ya había acabado de contar la historia, que presenta el sábado en la Librería Kalathos.

La nueva publicación de la autora caraqueña marca un giro en su bibliografía. Atrás quedó el retrato de un país dislocado que mostró en En rojo, ahora refleja un mundo imaginario que no tiene coordenadas de tiempo ni espacio. Una novela de aventuras de corte fantástico en la que el arte también es uno de los protagonistas.

-Los personajes de su novela viajan a Fumancha. ¿Es esa especie de paraíso al que quisiéramos ir, pero que sólo podemos imaginar?

-Siempre pensamos en la búsqueda de un mundo mejor. Fíjate la importancia que tiene en el siglo XX, una noción como la de revolución. El hecho de pensar en la posibilidad de un mundo diferente. Eso es tan humano como el lenguaje, como el amor, como el odio, como las cosas más inmediatas que nos pueden definir. En todas las épocas, la gente imagina un mundo distinto, así sea a partir de la religión. Cuando imaginas dioses, quiere decir que crees en algo que está mas allá de lo que haces. Lo sobrehumano está enchufado en lo humano porque lo humano, por el lenguaje, puede imaginar.

-Todas las lunas está cargada de múltiples referencias culturales. ¿Va dirigida a un lector educado?

-Hay una cosa que es verdad: la literatura, la que está más cerca de lo cotidiano, de lo concreto, tiene un número de lectores muy limitado en relación con lo que significaría el cine o la televisión. Un escritor que quiere tener un enorme número de seguidores tiene que escribir para televisión. Por más éxito que tengas en Venezuela como escritor, no somos escritores de millones de ejemplares. Siempre la literatura en Venezuela es para un público preciso. Ahora, Todas las lunas exige un lector de literatura que es la idea de lector que se tenía cuando yo me formé en la Escuela de Letras en los años 80. Los lectores que me rodeaban eran lectores que leían literatura inglesa, francesa, española, latinoamericana, venezolana, norteamericana, de muchas épocas. Personas que ven la literatura desde la perspectiva de un discurso altamente complejo. Lectores de poesía. Ese es el lector que me formé. Evidentemente, Latidos de Caracas, En rojo o Pecados de la capital va para un lector que tiene más que ver con el presente que vivimos (...) Creo que Todas las Lunas busca sus lectores.

-A propósito de eso, ¿cómo puede competir Todas las lunas, por ejemplo, con Virgen a los treinta, que ya vendió ocho mil ejemplares?

-Afortunadamente, en Todas las lunas no hay vírgenes (risas). No puede competir. Una persona que quiera vender ese número de ejemplares, no puede dedicarse a eso. El escritor mas leído en el mundo es Paulo Coelho. Si quieres ser tan ledío como Coelho, tienes que hacer lo que Coelho hace. Ahora, yo no sé hacer eso, porque eso también hay que saberlo hacer. La literatura tiene que buscar su público y ahí sí los venezolanos tenemos un handicap. Ningún escritor en Venezuela puede vivir de escribir. Si tú lo que quieres es vivir de la literatura, tener prestigio - bueno, la literatura lo único que ta da es prestigio- no puedes escribir literatura. Es algo que asumes como una opción de vida, y una opción de vida implica que hay cosas que declinas.

-La sinopsis dice que Todas las lunas es para aquellos dispuestos a abandonar la cotidianidad. ¿La literatura es una manera de ignorar la vida, de evadirla?

-Romper con la cotidianidad no es ignorar la vida. Creo que la única vida no es la vida cotidiana, las coordenadas en las que te mueves: tu ciudad, tu presente, tu familia, tu mundo, tu profesión. Yo he tratado de escribir sobre esos temas, que han sido importante para la literatura. Pero la literatura también ha sido una apuesta por romper con los límites que nos impone nuestra contingencia histórica. Por eso la literatura ha sido la aventura del Quijote, Las mil y una noches, la literatura fantástica o la ciencia ficción. Lo que pasa es que esto es una discusión muy larga. Como profesora de Teoría literaria, digo que la literatura no tiene nada que ver con la vida. Tiene que ver con el lenguaje y los efectos que el lenguaje puede producir en el lector. Pero mi experiencia de escritora es que, efectivamente, la literatura está vinculada a una manera de ver y de construir la vida, y que -por lo tanto- a través del lenguaje, la vida está presente ahí. Por eso a la gente le interesa la literatura.

-¿Qué papel juega la literatura en el mundo de hoy? ¿Vale la pena escribir?

-Si me lo preguntas desde el punto de vista de los reales, no. Todos necesitamos que nos hablen de nuestras vidas para poder continuar adelante. La gente necesita la literatura, la autoayuda, el cine, las telenovelas. Todos esos registros que tienen que ver con cómo vivo mi vida, háblame de mí. La gente necesita vivir varias vidas y que le digan qué hacer con la suya. Lo dijo Vargas Llosa, lo dijo Aristóteles. La gente necesitan vivir a través de otros. Desde que el mundo es mundo, la gente necesita historias. Orales y escritas, narración y poesía. Que la gente no lea poesía, sino que prefiera la televisión, está bien. Pero necesita verse en el espejo de los sentimientos de otros. Y mientras eso exista, existirá la literatura.

EL NACIONAL - Viernes 09 de Marzo de 2012 Cultura/3
LITERATURA La editorial Equinoccio publicó Todas las lunas
Gisela Kozak hace de la narrativa transgenérica su propia aventura
La autora abandona el hiperrealismo de En rojo (Alfa, 2011) por un registro íntimo y fantástico

El lector atento de la narrativa de Gisela Kozak advertirá que Todas las lunas (Equinoccio, 2011) marca un momento de inflexión en su trayectoria como escritora, separándola del hiperrealismo de libros como Pecados de la capital y otras historias (Monte Ávila, 2005), Latidos de Caracas (Alfaguara, 2007) y En rojo (Alfa, 2011) al presentar un registro más íntimo, en el cual vincula el género fantástico con el relato de aventuras.

Por sus escarceos amorosos, entre eróticos e intelectuales, y principalmente por su manera de comprimir el tiempo y el espacio, los lectores pensarán que su referencia literaria inicial es Orlando (1928) de Virginia Woolf, pero la autora señala que su novela más reciente comenzó como un juego alrededor de la libertad radical que significa la lectura del protagonista de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. A partir de ese pasatiempo ocho amigos empezaron a crear personajes entre autobiográficos y quijotescos y a soñar con una república sin autoridad ni complejo de Edipo. Un lugar donde no es necesario el desarrollo laboral y donde basta el ejercicio irrestricto de la capacidad creativa.

"El mundo de mi novela está librado de las alcabalas de disciplinamiento que significan las diversas formas del poder en nuestra sociedad. Todas las lunas muestra mi rebeldía permanente ante la arbitrariedad y las imposiciones del poder", explica la también profesora de la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Aclara que no quiso aludir a una utopía porque, aunque liberada de gobiernos y en un estado de libertad absoluta, en la comunidad que describe no existe el propósito abierto de crear una vida mejor. La suya es una sociedad regida por las leyes de la creatividad.

Jugar a ser libres. Las aventuras lúdicas de los amigos, con sus dosis ingentes de fantasía y creatividad, se concretaron en Todas las lunas, en la que una comunidad de artistas atraviesa diversos tiempos y espacios en la consecución de su propia y absoluta autonomía, mientras se busca a Loren, uno de los miembros del grupo, que se perdió. De la diversidad de la comunidad procede el título de la obra, porque cada personaje es como un planeta particular, alumbrado y agobiado por su propio astro nocturno.

"Llegar a ese espacio de libertad absoluta, emancipada tanto de la referencias históricas como de las geográficas, culturales, espaciales y temporales, fue un proceso arduo. Que se convirtiera en literatura algo que parte de un juego entre amigos requirió de una transformación radical, en la que fue crucial la exploración del lenguaje. Siempre he sentido fascinación por los relatos de aventuras y las novelas en las que los personajes tienen voces diferenciadas.

Para que cada uno tuviera voz propia me vi obligada a repasar mis lecturas. Al hacer eso me di cuenta de que era escritora, lo que no pasó con ninguno de mis libros anteriores", explica la autora, que comenzó a escribir Todas las lunas en 1997.

La redacción de la novela también obligó a Kozak a indagar en los caracteres masculino y femenino, lo que le mostró la necesidad de emprender otro proyecto ­quizá una trilogía de narraciones­ relacionado con el carácter del hombre: "Se trata de una exploración que tiene que ver con la masculinidad y lo que implica ese tema, que encuentro apasionante en un país como éste, donde la política es para machos".

¿Letras andróginas?

Virginia Woolf decía que no debía existir literatura femenina ni masculina y prefería apostar por la necesidad de letras andróginas, que integraran los discursos de ambos géneros.

"Más que andrógina, yo creo que la literatura es `trans’: ni masculina ni femenina.

La literatura se fundamenta sobre una cantidad de registros muy distintos. Cada cosa que uno escribe se alimenta de todo lo que lee y, en mi caso con Todas las lunas, hasta de la cinematografía". En otras palabras, Gisela Kozak cree que se ha trascendido la idea de que son necesarias letras que integren los dos géneros y subraya que el discurso literario es, en sí mismo, híbrido.

La autora, que también es profesora de Teoría Literaria, explica que se puede hablar de "literatura femenina" como se puede hablar de "literatura venezolana", en términos de un objeto de estudio: "Es válido decir que vamos a analizar la narrativa, la poesía o el ensayo escritos por mujeres. Ahora, desde el punto de vista del mercadeo y de la recepción literaria, el detalle de que un escritor sea hombre o mujer pesa; pesa más allí que en la creación del texto literario".

lunes, 31 de octubre de 2011

K0SAS DE LA KOSAK

EL NACIONAL - DOMINGO 30 DE OCTUBRE DE 2011 AL DIA/2
Ping Pong
GISELA KOZAK, ESCRITORA Y PROFESORA DE LA UCV
"A veces los pueblos no quieren gobiernos sino pasiones"
JOLGUER RODRÍGUEZ COSTA

--¿Un título para el momento? --Una vasta morada de enmascarado.

--¿Un género para la multa a Globovisión? --Tragicomedia.

--¿Cuántos capítulos faltan para que se consolide la hegemonía mediática? --Ummm... Está en el punto culminante, pero en vías de desenlace, sin duda.

--¿Haría una hoguera con libros? --¡No, que va! Soy ecológica, siempre y cuando no implique ser vegetariana.

--¿Lógica? --Y en un país que desprecia la racionalidad.

--El título de su libro En rojo es como obvio... --Si todo lo rojo fuera gobierno, sí.

--¿Qué no lee? --Novelas sobre vampiros y a Paulo Coelho, al que sólo envidio por los reales; es muy malazo.

--¿Qué es hoy un librero en Venezuela? --Un héroe de la resistencia, un maqui francés.

--¿Una lectura para los talibanes de lado y lado? --El despertar del individuo de Roberto Mangabeira.

--¿Para los indiferentes? --Los orígenes del totalitarismo de Hannah Arendt.

--¿Y para el Presidente? --Un libro sobre el valor del silencio. Los chinos podrían recomendárselo.

--Como asesora de la MUD, ¿qué recomienda a sus integrantes? --Igual, El despertar del individuo.

--¿Es la MUD otra Coordinadora Democrática? --Aquella era antipolítica.

--¿La fe de errata del 11-A? --Los antidemocráticos y autoritarios no sólo estaban en el Gobierno.

--¿La de los últimos 13 años? --Eso nos pasa por no saber apreciar nuestro legado civil.

--¿Todo tiempo pasado fue peor? --Esta revolución confunde nuestros logros con los gobiernos de turno.

--¿La historia sin fin? --Gobierno, ¡sálvame!

--¿Es Venezuela un país culto? --Lo que le falta es educación y memoria.

--¿El drama de los Ni-Ni? --Debe ser muy maluco sentirse impotente.

--¿La trama de las encuestas? --Hay sectores del país que prefieren a alguien que les parece chévere en lugar de alguien que haga su trabajo.

--¿Ha asimilado las lecciones de periodismo del Gobierno? --Quisiera más bien sus recursos para hacer una política comunicacional a favor de la cultura venezolana.

--¿El narrador de todos los tiempos? --Dios.

--¿Un político escritor? --Gallegos.

--¿Un literato revolucionario? --Carlos Noguera.

--¿De best seller? --Gabriela Montero, que hizo de lo venezolano un arte.

--¿La época prolífica de la narrativa venezolana? --Los años veinte, con Doña Bárbara, Memorias de Mamá Blanca, Ifigenia y La tienda de muñecos.

--¿Una deseo descabellado que no podría plantear en la Mesa? --(Carcajadas) Que prohíban el reguetón.

--¿Usa libros para equilibrar una mesa? --Para eso utilizo periódicos (carcajadas).

--¿La página en blanco? --La Venezuela civil.

--¿Un libro en mente? --El que me hará candidata al Nobel.

--¿El autor maltratado? --Las escritoras.

--¿Por sus maridos? --¡No chico! (carcajadas), para lograr lo que logra un hombre debemos esforzarnos el triple.

--¿Feminista? --Absolutamente. Feminista es una persona que piensa que todos y todas tenemos derechos.

--¿Lo primero que le ve a un hombre? --Que sea un adulto.

--¿Y a una mujer? --Que sea contundente.

--¿Intensa? --Eso dicen mis enemigos históricos, como diría CAP.

--¿Una nostalgia? --Comer mucho y no engordar (risas). A los 48 comienzan unas cuantas.

--¿Un autor para la dolencia presidencial? --Jorge Isaacs, del siglo XIX, el autor colombiano de María.

--¿El personaje inolvidable? --Nelson Mandela.

--¿La personalidad del siglo XXI? --Lamentablemente, Hugo Chávez.

--¿Por ser "el centro del universo"? --A veces los pueblos no quieren gobiernos sino pasiones.

--¿De esas que matan? --Esperemos que no más que la delincuencia.

--¿Es Gadafi un mártir? --¿Qué?

--¿Un título de su vida? --Yo amo el peligro (carcajadas).

--¿Vencerá la UCV el peligro de las sombras? --¡Ay! La casa que vence las sombras tiene casi 300 años y este gobierno 12.

--¿Su serie de TV? --El Tratamiento.

--¿Qué refrena a un escritor? --Que la novela se venda más que el cuento.

--¿Y a un autócrata? --La autonomía ciudadana.

--¿Inhabilitarán libros? --Las restricciones cambiarias ya lo hacen.

--¿Terminarán infartados sus Latidos de Caracas? --Están en terapia intensiva, a punto.

--¿Sigue siendo realismo mágico la política venezolana? --Eso pasó de moda. Lo que hay es desastre total.

--¿Qué hace un escritor en el totalitarismo? --Escribir pa’ los panas.

--Si gana Chávez, ¿qué sugerirá a la MUD? --Lo mismo que a mí misma: nada importante es fácil.

--Y si pierde, ¿inspirará 3.133 libros más? --Espero que más sean los libros sobre el proceso de la historia.

--Sin importar lo que ocurra, ¿se pasará la página de la discordia? --No tenemos otro camino. Lo evidencian el ejemplo de Chile, España y Centroamérica.

--¿Qué pasaría en Venezuela si se imponen multas a las obras que reflejen el "desastre total"? --No lo harían. Los escritores no tenemos real (carcajadas)... Y creo que los lectores tampoco tendrían para la colecta.

jueves, 1 de septiembre de 2011

ROMPEHIELOS


TAL CUAL, Caracas, 30/08/11
Sin ley sí hay cultura
Gisela Kozak Rovero


Por prensa se ha ventilado la redacción de una ley orgánica de cultura distinta al proyecto aprobado en primera discusión en 2009. El diputado Miguel Ángel Rodríguez, presidente de la Comisión de Cultura de la AN, ha aclarado que ese proyecto está en revisión.

Buena noticia.

Con vistas a la nueva ley, la gestión cultural no debería servir para defender a ningún gobierno si no erigirse en herramienta en la promoción de una vida menos violenta, más creativa y próspera. El uso de espacios y publicaciones para promocionar al partido de gobierno es inconstitucional. Ninguna parcialidad política, gobernante u opositora, tiene ese derecho.

Por otra parte, y a diferencia de la educación formal (básica, diversificada, superior), la cultura existe aunque no haya leyes ni ministerios. El idioma, la gastronomía, las tradiciones, la religión, la artesanía, los valores morales, el arte, el cine, la literatura, la música, la danza, la conciencia nacional, regional y comunitaria existen: sin ley de cultura sí hay cultura. Una ley orgánica sirve para garantizar el respeto ala variedad cultural del país entendida como la no discriminación a ningún sector por razones económicas, políticas, sociales, étnicas, de género o religiosas, para el estímulo a actividades que difícilmente pueden competir con manifestaciones que por su propia naturaleza industrial y sus ventajas económicas tienen las de ganar (el cine estadounidense, por ejemplo) y para organizar las instituciones del Estado con el fin del disfrute de los bienes culturales por parte de la ciudadanía.

En esta orientación, llamamos cultura venezolana a las múltiples maneras en que los nacidos y los que viven en este territorio entienden su mundo, lo expresan y recrean. En las actuales circunstancias de la globalización hablar de "cultura nacional" es condicional. Una muestra: jóvenes de la costa oyen reggaetón y bailan tambor así como los de Caracas oyen "changa" y comen hayacas.

Es preciso deslastrarse del resabio de viejas interpretaciones marxistas respecto a que las sociedades se convierten en esclavas de los poderes culturales imperiales pues tal visión implica un gran menosprecio hacia nuestra gente. La cultura es recreación, mezcla, hibridación. La "pureza" cultural es una idea fascista y retrógrada, así como aquello de que cultura es sólo "tradición". La variedad de lenguas indígenas deben ser protegidas del mismo modo que impulsadas las tecnologías de información y comunicación y la radio y televisión de servicio público. Nada peor que ese provincianismo que hoy existe y somete la importación de libros, por ejemplo, a restricciones cambiarias y burocráticas que no permiten la llegada de importantísimos títulos al país. El sistema nacional de cultura, el turismo cultural y los convenios internacionales son otros temas que no pueden dejarse de lado.

Insisto: necesitamos una ley para el país, no para una parte de él.

Ilustración: Caspar David Friedrich


ROJEDUMBRE


EL NACIONAL - Sábado 20 de Agosto de 2011 Papel Literario/2
En rojo, de Gisela
OSCAR MARCANO

Produce gran impresión la lectura de este laborioso trabajo de Gisela Kozak. Nos referimos, primero, a la paciencia que ha debido desplegar para hacer un profuso recuento --desde lo noticioso--, de la historia reciente del país y sus doce años de titanismo, hacia la ficción; segundo, a que es un libro de efecto creciente: la conclusión de un relato genera la ingente necesidad de devorar el que sigue, de saber de qué va, de observar cómo se va a acometer.

En la poética del deterioro Pocos buenos libros de cuento consiguen una respuesta similar. Con la mayoría de ellos ocurre que se termina un relato y uno se queda con él. Se puede cerrar el libro, pasar a otra cosa y retornar al siguiente en otro momento. Con En rojo resulta materialmente imposible erigir esta dinámica. Cuesta volver el rostro hacia otras lecturas, salvo a las que los propios textos obligan como complemento o extensión de su mandato.

Ello se debe a que la autora ha hilvanado un hondo mosaico de la historia reciente a partir de las pulsiones de nuestro imaginario, en el tráfago de la actualidad de estos años de mal llamada Quinta República, y los ha encadenado a nuestros padecimientos del alma. Desde la recreación de un día en la vida de aquel camarógrafo de VTV que, ante el acoso del primer mandatario, tuvo la osadía de reconocer que para él Aló presidente representaba sin más el redondeo de su salario, y fue reprendido chapuceramente por un gamonal que humilla a sus subalternos sin más, pasando por el drama de la "comandante" Manuitt, aquel subproducto del proceso que iba de edificio en edificio invadiendo y fomentando el terror, y que cometió el desafuero de conceptuarse a la par de otra de las heroínas de la revolución, hasta el trágico rito de un hipotético general que en la vigilia fantasea con un golpe de Estado, ensaya incluso su pieza de oratoria vestido de gala ante el espejo, y llora después porque no se va a atrever, porque su destino es ser otro yes man, otra prescindible ficha de la morralla sin épica que no hará historia, otra partícula sosa en el cardex del Minpopodefensa.

Aquí está el país caricatura, el país poliesteroso, el país mimético de La hojilla, que no registran las cuñas de Polar ni de Misión Negra Hipólita. Un país al que la élite venezolana volvió la espalda hace décadas, y que el poder reduccionista de hoy utiliza a mansalva. Un estado sombra y VIH positivo a cuyas respuestas temen tirios y troyanos. Un conglomerado del que se duda y del que se habla bajito, torciendo la boca, como al centro de Caracas, que ya constituye toda una incursión al antiguo testamento, pleno de cojos, tuertos y harapientos.

En este libro hay eso y más: desde la hermafrodita que se mira el miembro y le pregunta: "¿Te corto o no te corto?", hasta la vejez de quien apostó la vida a una creencia que degeneró en "verdad", y ahora la paga enfermo, miserable y en soledad.

Está la voz del transexual, del desempleado, del emigrante venezolano, categoría que ya comienza a oler mal en las calles de Miami, Tenerife o Buenos Aires. Está la mujer que como antídoto contra la pobreza se sirve de su embarazo, transporta unos dediles y es atrapada por la ley. Hay sueños de gloria y de indigentes. Se narra un famoso linchamiento. Surge gente con halitosis y gente que oye voces. El spleen del funcionario público, esa criatura humillada, sumiso por necesidad, que ha renunciado a su vida y se ha subordinado en cuerpo y alma a un patrón, y expresa "la esclavitud de callar en su trabajo, la renuncia a pensar en el futuro, la búsqueda deliberada de la propia ruina, la sujeción a un poder lejano y atroz que llena el aire mismo". Es paradójico y mórbido por demás, que ese funcionario experimente con el "nuevo" estado socialista redentor los sinsabores que Marx retrataba en sus Manuscritos de 1844 como síntomas de la enajenación capitalista.


En rojo nos reserva innumerables lecturas. Gisela Kozak lo ha armado con método. Con industrioso método. Cada texto se hilvana a un poema, un poema siempre de autor en castellano. Roba de ese poema el título y lo coloca como epígrafe alegórico junto a unos versos del mismo a manera de recitativo

Todo el bestiario caraqueño contenido en este frasquito escarlata: el perfecto casting de lo que Miguel Gómes factura como una "poética del deterioro" en la narrativa de lo venezolano contemporáneo, donde un atraso secular coexiste con los cándidos sueños de la quinceañera y el vestido de novia.

La Venezuela doméstica y real, a secas, desprovista de la esperanza de alcanzar lo que de ella han auspiciado sus más entusiastas propagandistas de uno y otro bando. De ahí su título, En rojo, escondido al final de uno de los cuentos, "Zanahoria rallada". Uno podría pensar que alude a la política y es así.

Pero lo que expresamente denota es el deber y el haber contables. El déficit fiscal de nuestra existencia.

La épica sucia En rojo nos reserva innumerables lecturas. Gisela Kozak lo ha armado con método. Con industrioso método. Cada texto se hilvana a un poema, un poema siempre de autor en castellano (Paz, Sor Juana Inés, Gonzalo Rojas, Lezama, Olga Orozco). Roba de ese poema el título y lo coloca como epígrafe alegórico junto a unos versos del mismo a manera de recitativo. De ahí en adelante se dedica a pescar imágenes claves de lo que ha ocurrido en el país en el marco de la actual administración.

Kozak en esto no tiene empachos. Quiere que se reconozca el presente. Que se bruña y muestre la historia. Se lo propone y lo logra. El circo roto es, por ejemplo, la maldición y el ridículo de Carmona, un Carmona que sueña con el comandante antes de su autoproclamación. Evidentes son las escenas cotidianas, las primeras planas, los bubones de la polarización, la violencia, los brochazos de dolor. Y, en medio de todo aquello, el alma humana flotando, como un anuncio clasificado, en un pozo de épica roñosa, escenificando la caída.

Son textos escritos del lado acá de la realidad, con una buena dosis de autoficción, herramienta común en la estética de los venezolanos que escriben hoy. En cada obra, decía Bellow, subsiste un autorretrato. Probablemente el caso más notorio de esta praxis lo constituya "Cementerio judío", un relato que se desenvuelve en la hermosa Praga, donde la autora paga ante la policía el diezmo de ser hija de checo sin saber hablar checo.

Las ficciones de este libro son preponderantes en un país que adolece, entre muchas, de una falencia: lee y relee la historia como un monstruo imposible de totalizar. En rojo es uno de esos textos próximos al abordaje de la Venezuela actual desde las posibilidades de la literatura, a sabiendas de que lo eterno subsiste en lo actual. Hay en él imágenes que escarnecen. Uno recuerda la Venezuela-hotel de Cabrujas.

Y termina evocando la grandilocuencia vacía de nuestras élites de siempre. La que explota y la que en su ignorancia dice liberar. La romántica y salvaje que fundó este país. Que fue militar y abjuró de lo civil, y que como un ritornelo se repite para no acabar de irse nunca. Está la económica. La más frívola de las élites de América Latina. Que vale lo máximo que logró producir cuando trabajó en el siglo XIX y estuvo en el negocio del café: un millón doscientos mil sacos.

Unaccrochable Desde el punto de vista formal, Gisela desafía. Se sale de la norma. La filosa Gertrud Stein, en la Autobiografía de Alice B. Toklas, le decía a Hemingway cuando éste le leía sus relatos, que eran unaccrochables. (Unaccrochable es un cuadro cuando no sabes donde colgarlo). Eso nos pasó al principio con los textos de En rojo. El comentario merece una digresión: En Prodavinci nos correspondió curar Domingos de ficción, un espacio en el que seleccionábamos un cuento para ofrecer a los lectores como testimonio de la narrativa breve que se está haciendo en Venezuela. Gisela nos envía tres textos para la muestra. Los leemos y le escribimos que vamos a sugerir que los incluyan en otra sección de Prodavinci, sencillamente porque los percibíamos como pequeñas crónicas, reflexiones políticas, etc.

Algunos saben que nos asiste una concepción acaso demasiado severa del cuento. Lo estimamos el género más conservador, más estructurado, con reglas de hierro. Gisela insiste: son cuentos. Los releemos e insiste la duda. Finalmente decidimos: la profesora es ella y no vamos a hacer de esto un punto de honor. De modo que los incluimos. Pero claro, no teníamos el conjunto. Teníamos tres fracciones del mosaico. Y esta es otra característica del libro: En rojo es un gran trabajo en mayólica que se va revelando cuando sus partes se juntan.

Una suerte de collage realista.

Un compendio de cortos que conforman un gran documental de dramas mínimos, parciales, escritos en lenguaje llano, que al final se revelan como un testimonial.


Las fi cciones de este libro son preponderantes en un país que adolece, entre muchas, de una falencia: lee y relee la historia como un monstruo imposible de totalizar. En rojo es uno de esos textos próximos al abordaje de la Venezuela actual desde las posibilidades de la literatura, a sabiendas de que lo eterno subsiste en lo actual

Cada uno de ellos constituye una variable de la sorpresa. Textos desenfadados y libres, hechos de vigor y convicción. Su tono se va evidenciando en el conjunto y es en la composición donde se cristaliza la voz y ganan.

Son, en suma, la reseña ficcional de la substancia venezolana del aquí y el ahora, en la línea del calendario cortazariano pero sin la irrupción fantástica, porque lo hiperbólico de una nación loca, inmadura, autofágica, supera cualquier magnitud de lo que Roger Caillois describía como hecho fantástico: una expresión que se define a partir del contraste con lo real, en la confusión, en la duda que suscita la brecha entre las leyes naturales y la irrupción de un evento inconcebible, enigmático, inusitado. Porque ¿qué pasa cuando la realidad toda lo es? ¿Qué pasa cuando nadie se asombra ante lo injustificable, lo incomprensible, lo atrabiliario? La respuesta es sencilla: cuando esto pasa, se está en Venezuela, donde la realidad visita como lección de desengaño, como un ajuste de cuentas y nadie se percata.

sábado, 5 de febrero de 2011

¿capital del pecado?


De 2005, Kozak Rovero entrega: Al filo de una caloría, Los años dorados, Desarreglo de un sentido, Menos de cien años de soledad, Resplandor de eternidad o héroes de video, Dead Can Dance, Vida de machos, Detrás del deseo.

"Además del riesgo del aburrimiento y de sentirse como excedencia en medio de personas sólidamente emparentadas entre sí, el 'ser libre' implica múltiples molestias" (Menos de cien..., 29).

Escribe muy bien, se lee de un tirón. Y, además, esa ironía que se desliza es reconfortante.

LB

sábado, 13 de noviembre de 2010

wilde de un lado


EL NACIONAL - Sábado 13 de Noviembre de 2010 Papel Literario/2
Wilde y la apolínea sociedad victoriana que lo condenó
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

El año 1895 estuvo marcado por profundas contradicciones para Oscar Wilde. Las audiencias europeas aún no se habían saciado de aplaudir el drama La importancia de llamarse Ernesto, cuando el Marqués de Queensberry, el padre de su protegido lord Alfred (Bowsey ) Douglas, lo acusó sin éxito de "posar como un sodomita". Pero cuando el autor lo demandó por difamación y perdió el juicio, se precipitó a la más profunda tragedia, pues la corona inglesa lo demandó por "actos indecentes" y terminó por encarcelarlo.

Un vistazo sobre los postulados de la sociedad victoriana en la que vivió permite aseverar que, incluso en sus "actos indecentes", el autor de El retrato de Dorian Gray (1890) era un hombre de su tiempo, porque ¿cómo podía la comunidad culparlo de preferir la compañía y el afecto de un hombre si la mujer había sido sacada de la vida pública? La Medicina de la época limitaba incluso el sexo en el matrimonio: estaba contraindicado más de tres coitos al mes.

Apolo como modelo social Lo apolíneo regía la comunidad victoriana. La oposición al desorden y al salvajismo en la que priva la racionalidad sobre el sentimiento define esta dimensión de la realidad cuyos objetivos estaban enfocados hacia el progreso y que Friedrich Nietzsche, en su ensayo El nacimiento de la tragedia (1870), identificó con la figura del dios griego Apolo, contrario al desordenado y salvaje Dionisio que rige lo dionisiaco.

Los victorianos se obsesionaron con la acumulación de riquezas. El burgués, nacido de la Revolución Industrial, asumió que la única manera de progresar era producir y enriquecerse y toda su filosofía de vida se sustentó sobre este principio. Y el objetivo de la familia victoriana, como el de la economía inglesa, era producir.

Movido por una perversión de la ideología de acumulación de riquezas se impuso entre las clases medias un particular miedo al sexo, no sólo por su elemento dionisiaco sino por el miedo al empobrecimiento. Robert Muchembled escribe en El orgasmo y Occidente (2008) que "la Medicina de la época considera al cuerpo como una máquina , al punto de que la eyaculación masculina aparece como un movimiento mecánico que desemboca en la pérdida de sustancia y de potencia". De allí que hasta finales del siglo XIX la expresión inglesa más corriente para designar el orgasmo es to spend (gastar).

El eje central de su moral fue controlar las pulsiones sexuales bajo un manto de apariencias en el cual el código obligatorio fue el secreto. La sexualidad fue encerrada cuidadosamente: "La familia conyugal la confisca. Y la absorbe por entero en la seriedad de la función reproductora. En torno al sexo se establece silencio. La pareja, legítima y procreadora, impone su ley. Al resto sólo le queda esfumarse; la conveniencia de las palabras [desinfecta] los discursos", escribe Michel de Foucault en el primer tomo de su Historia de la sexualidad (1976).

Lo señalado antes estructuró una visión de la mujer como necesaria para la sociedad pero sólo por su valor como reproductora. Aunque también hizo mucho daño a su posición en la sociedad, esta visión no debe confundirse con la que preconizaron los moralistas cristianos desde el medioevo, para quienes las mujeres estaban en desventaja total frente al hombre y nada bueno aportaban a la sociedad --a menos, claro, de que se comportaran como la Virgen María, en sí misma una negación de los principios dionisíacos de la feminidad por cuanto nunca ejerció su sexualidad, a pesar de que ella también estaba marcada por la irracional Eva.

Mientras la cosmogonía cristiana concebía a todas las mujeres como corruptas, los victorianos las dividían en dos tipos: privada o pública; es decir, la esposa o la prostituta. Si la mujer privada era la madre que ayudaba a mantener la especie criando a los hijos dentro de su casa; la mujer del burdel, pertenece al mundo de la basura, "porque ayuda al cuerpo social a expulsar el exceso de fluido espermático que correría el riesgo de causar putrefacción", escribe Muchembled. Así Jack The Ripper, el asesino en serie que atacaba a prostitutas, y la reina Victoria son dos caras de los mismos postulados morales.

El culto al muchacho bello Durante el cierre de alegatos del segundo juicio que enfrentó Wilde, el fiscal habló de sus "crímenes" usando términos legales y médicos que eran coherentes con la moda sanitaria de la época y, en contraposición, Wilde respondió con un discurso que arrancó acalorados y espontáneos aplausos del público.

El autor irlandés defendió apasionadamente el amor entre hombres como uno de los más puros, "aquél que Platón hizo la base misma de su filosofía y el cual puede encontrarse en los sonetos de Miguelángel y de Shakespeare", según citan los cronistas del proceso. Lo llamó, además, "la forma más perfecta de amor intelectual".

Como si la popularidad de su obra literaria no fuera suficiente prueba, con este episodio evidencia la identificación de la sociedad inglesa con el escritor. Y no podía ser de otra manera, pues estaba regida por Apolo, el dios andrógino del panteón griego.

En la alta cultura de la Antigua Grecia el máximo ideal de la belleza se hallaba en la figura y la inteligencia masculina, por eso e máximo ideal de su belleza estaba en la figura masculina representada por el kouros.

La escultura del atleta joven, vencedor en los juegos olímpicos que se ofrenda a sí mismo ofrece en el templo. El estudio del muchacho desnudo --la koré, su equivalente femenino, se mostraba vestida--, del vencedor de los juegos olímpicos en la Grecia arcaica se convierte en la base de la representación del héroe que tan importante fue en la era ateniense. Durante 300 años, el hombre joven fue el tema de la escultura y un ícono de adoración en la comunidad; más que viril, ese musculoso hombre joven era andrógino y como representaba la racionalidad orientada al progreso, carecía de conexión con lo salvaje, representado por la Gran Madre Tierra.

El kouros fue, además, la apoteosis de la secularización griega, porque no fue dios, ni rey, sino ser humano; un hermoso ser humano. Su culto es el primero a la personalidad en la historia occidental. "La divinidad y el estrellato caen sobre el muchacho hermoso. La epifanía es secularizada y la personalidad ritualizada", escribe Camile Paglia, en Sexual personae (1990), así, que puede ubicarse en esta época un remoto antecedente del culto a la farándula contemporánea.

¿Y qué es Dorian Gray sino un kouros creado y representado en y para el siglo XVII? Paglia señala que en la dicotomía hombre/pintura expuesta en la única novela que el autor escribió se evidencia la transformación de un hombre --"el carismático andrógino" como lo describe Paglia-- en objeto de arte. Subyugarse a Dorian, la obra de arte humana, es comparable al "amor cortés" (y asexuado) que siente Dante Allieri en la Divina comedia (1304-1321) por Beatriz, sobre quien impuso un personaje hierático, construido como objeto de amor platónico. Amar a Beatriz, en la cosmogonía de Dante, era subyugarse a su belleza y, a través de este proceso, acercarse al amor de Dios.

Amar a Dorian, en la filosofía de Wilde, era acercarse al arte, la religión individual del autor, una posición que su público y sus lectores comprendieron.

La relación con Alfred Douglas, a quien consideraba su imagen real del ficticio Dorian Gray, permitió a Wilde hacer su última y crucial declaración estética: sólo la belleza del hombre joven merece considerarse como imagen del nuevo arte. Y en eso representó de forma cabal a la apolínea sociedad victoriana, con su obsesión por la limpieza y el orden que la llevó a satanizar la sexualidad y a restringir el rol de la mujer a una simple procreadora. Lo insólito es que es misma comunidad, con la excusa de la moral, lo condenara por la audacia de hacer de su vida una obra de arte, cuando esta no era más que la consecuencia de las obsesiones de su época.

Fulminante atracción
No quiso escuchar el consejo unánime de sus amigos: romper la tarjeta que el Marqués de Queensberry le había dejado en la portería de un club y olvidarlo todo. Bajo el aliento de su amante, lord Alfred Douglas (hijo de Queensberry) Oscar Wilde demandó al Marqués.

Cuatro años antes, en 1891, un ex amante de Wilde le presentó a Douglas: el interés de Wilde fue instantáneo.

Douglas era el tercer hijo del Marqués de Queensberry.

Tenía 21 años y estudiaba en Madelen College, facultad de Oxford donde Wilde había estudiado. A Douglas le gustaba la poesía, había leído El retrato de Dorian Grey y sentía admiración por Wilde. Una consecuencia del juicio fue que ambos dieron versiones distintas de la evolución de la amistad. Douglas afirmó que Wilde lo asediaba, hasta que, transcurridos seis meses, cedió a sus insinuaciones. Wilde sostenía que, durante el año y medio posterior al día en que fueron presentados, vio a Douglas sólo en cuatro oportunidades, cuando éste le pidió ayuda para pagar a unos chantajistas. Pero como dice Merlin Holland (nieto de Wilde), "desde mayo de 1892 el afecto de Oscar por Bosie se convirtió rápidamente en un encaprichamiento poco compatible con la discreción".

Se hicieron inseparables, entre otras razones, porque Wilde disponía de dinero recurrente para gastar (ya encarcelado, cuando fue inevitable declarar su bancarrota, le quedó claro que, entre otoño de 1892 y marzo de 1895, Wilde había gastado unas cifras sorprendentes: no menos de 5 mil euros semanales al cambio actual). En un primer momento, Wilde encandiló a Queensberry. Pero al poco tiempo, la acumulación de rumores en torno suyo, sumado al incidente del chantajista que asediaba a Douglas, levantó una creciente hostilidad que adquirió un carácter irreversible. Los ataques de Queensberry a Wilde no se hicieron esperar: le enviaba cartas y telegramas con la intención de ofenderle, y una vez se presentó en casa de Wilde en la compañía de un boxeador para amenazarle: si volvía a encontrarlo con su hijo en algún sitio público recibiría una paliza. Wilde respondió con una de sus frases de brillo: "No sé cuáles son las reglas de Queensberry, pero la regla de Oscar Wilde es disparar sin preguntar".

Más adelante, el 14 de febrero de 1895, el Marqués intentó un acto de sabotaje que debía ocurrir la noche del estreno de La importancia de llamarse Ernesto. El alerta de un amigo le permitió a Wilde notificar a la policía, que impidió el acceso de Queensberry a la sala. Wilde intentó demandar al Marqués, pero el Director del Teatro y los empleados se negaron a prestar su testimonio contra el Marqués. En la carta de respuesta negativa de los abogados, éstos consignaron palabras premonitorias: "el único consuelo que podemos ofrecerle ahora es decirle que un perseguidor tan insistente como lord Queensberry probablemente le dará, tarde o temprano, otra ocasión de buscar la protección de la ley, en cuyo caso nos sentiremos muy complacidos de proporcionarle toda la asistencia que esté en nuestro poder para llevarlo ante la justicia y asegurarnos de que ceje en sus hostilidades hacia usted".

Cuatro días después del intento fallido en el Teatro de St. James’s, el 18 de febrero de 1895, Queensberry le dejó a Wilde, en la portería del Club Albemarle, la tarjeta que desataría el juicio: "Oscar Wilde, ostentoso sodomita" (For Oscar Wilde ­ posing somdomite). El escritor la leería diez días después, el 27 de febrero, cuando volvió al Albemarle: aquellas cinco escuetas palabras fueron un flechazo al centro de su orgullo.


Camino a Reading
Volvamos al juicio, que se inició el 3 de abril de 1895: mientras Wilde provoca las risas de los asistentes al juicio con sus reiteradas exhibiciones de genio, Edward Carson lo conduce, minuto a minuto, hacia la prisión. La Ley contra las conductas indecentes, había sido aprobada una década antes. Ella no se refería de forma explícita al coito anal entre hombres, pero era conocida porque su aprobación había estimulado el auge de los chantajistas.

Las pruebas que se fueron acumulando a lo largo del juicio fueron simplemente innumerables. Su abogado le había preguntado cuánto había de cierto en la acusación de sodomía. Wilde lo negó de forma rotunda, y el abogado diseñó su defensa a partir de esta posición (lo que resultaría un error que hundiría todavía más la situación del Wilde ante el juez). La contraparte, que carecía de las pruebas necesarias, contrató a detectives que alcanzaron a recoger, en pocos días, decenas y decenas de evidencias y testimonios de la vida homosexual de Wilde.

Todo el proceso ocurrió como si hubiese sido puesto en escena para que nadie pudiera olvidarlo (y así ha sido).

Londres se preparó para el festín. El día que empezó el juicio, con una sala a reventar, había no menos de 30 periodistas. Queensberry tenía un argumento capaz de conmover: "Lo único que tengo que decir, señoría, es que escribí esa tarjeta con la única intención de poner fin a un problema, al no haber conseguido encontrarme con el señor Wilde de otra manera, y de salvar a mi hijo, mantengo lo que escribí".

Dos días antes que se iniciara el juicio, Wilde entendió que su situación legal era precaria. Pero no pudo detenerse. Entre la posibilidad de un arreglo y el teatro, escogió la escena. Y ejecutó su brillante performance: un ejercicio de autodestrucción, un revolverse contra sí mismo que obliga a preguntarse en qué consistía lo que él llamaba su "insobornable gusto por la vida".


EL NACIONAL - Sábado 13 de Noviembre de 2010 Papel Literario/3
El imperio de la belleza muda
GISELA KOZAK ROVERO


El retrato de Dorian Gray, de Oscar Wilde, fue publicado en el siglo XIX, cuando se perfilaban los rasgos contemporáneos de la modernidad. Dorian Gray es un joven inglés perteneciente a ese sector que Gustave Flaubert con estupenda ironía llamó la clase ociosa. Su belleza rubia provoca tormentas en la vida de los demás, tal como ocurre con Basil Hallward, el pintor de su retrato. La obra y las cínicas palabras de otro ocioso, Henry Wotton, consiguen que Dorian tome consciencia de su belleza que pronto pasará. Sabe que el cuadro lo sobrevivirá y en un momento de soberbia hace un pacto fáustico: mi alma por esa imagen inmutable. La pieza obedece y se deteriora en la medida en que Dorian comete canalladas; como en los cuentos de hadas, las malas acciones se traducen en fealdad. El final es previsible y abrupto: Dorian se suicida al tratar de destruir el retrato con un cuchillo y la pintura regresa a su esplendente estado original.

En esta trama moralista reside, paradoja wildeana, el acierto de esta novela, profecía sobre el culto contemporáneo a la juventud y a la belleza aliado con un radical individualismo. Tal culto no es nuevo, pero en el siglo XX se transformaría debido a dos fenómenos. Se trata del desprecio a la experiencia acumulada con los años (viejo es sinónimo no de antiguo sino de caduco) y la conexión del deseo individual (en el sentido, definido por Sigmund Freud, de carencia e insatisfacción) con las expectativas abiertas por las revoluciones económicas, políticas, tecnológicas y la universalización de la cultura de masas. El tener la apariencia perfecta --ideal de dicha cultura-- a través de la Ciencia, el ejercicio o la privación obedece a la dinámica neurótica del deseo que no puede satisfacerse pero impele al sujeto a correr en pos de esa satisfacción.

Esta carrera puede ser trágica. Como Dorian Gray, la actriz Greta Garbo se desesperó con la sola idea de la llegada de la primera arruga y se escondió desde los 36 años hasta su muerte. Garbo y Gray sabían que la mirada del otro prestigia porque el cuerpo se convierte en mercancía, signo de poder, carta de presentación. Mas en la mirada del otro hay la misma insatisfacción que priva en el contemplado. Que lo diga el pintor Basil Hallward al expresar su admiración por Dorian Gray: "Te idolatraba (...) Sólo sabía que había visto la perfección cara a cara, y que, ante mis ojos, el mundo se había convertido en algo maravilloso; demasiado maravilloso, quizá, porque en una adoración tan desmesurada existe un peligro, el peligro de perderla, no menos grave que el de conservarla (...) Un día, un día fatídico (...) decidí pintar un maravilloso retrato tuyo (...) Comprendí que había dicho demasiado, que había puesto demasiado de mí en aquel cuadro". En el otro está la plenitud de la cual se está excluido. Al difuminarse los límites sociales, históricos, religiosos y económicos de las sociedades tradicionales en las que predominaba el dominio de los valores colectivos, los sujetos muchas veces no somos capaces de afrontar el riesgo de la libertad que trae aparejado el individualismo. Hallward en la novela logra en el arte la intuición de la plenitud, pero la mayoría de nosotros no convierte en creatividad la carencia. Colocamos entonces como instrumentos de imposible satisfacción la belleza y el éxito encarnados en las estrellas del cine y la televisión. Otras veces buscamos la plenitud existencial en la revolución, el pasado histórico, el amor, el dinero, el saber, el nacionalismo, los credos. De hecho, los totalitarismos de izquierda y derecha captan no sólo las necesidades económicas y sociales de los individuos sino también sus carencias subjetivas: no hay peor maridaje. No pretendo afirmar que toda búsqueda individual y colectiva está signada por el deseo como carencia; esta idea es conveniente, en mi opinión, sólo cuando nos engañamos pensando que en las seguridades de la exigencia colectiva (las convenciones sobre la belleza, los dogmas revolucionarios o el éxito material) está la respuesta última de nuestras vidas y somos capaces de llegar a la negación de nuestra dignidad personal e incluso a la violencia y a la destrucción por tal motivo.

En la angustia y la derrota de Dorian Gray se evidencia una clave de la contemporaneidad La belleza física, don para el disfrute, pasa de los terrenos del arte, del erotismo, de la satisfacción que nos produce un cuerpo que nos parece hermoso, a los terrenos de la esclavitud. El ojo del otro nos constituye como presencias sin densidad o angustiados triunfadores(as) entre insaciables. No es casualidad que la mujer sea la principal víctima de este juego: es un trofeo y su cuerpo representa al hombre de éxito en cualquier sociedad patriarcal del presente y del pasado. Así fue antes de la modernidad y así sigue siendo en Caracas, Nueva York, Moscú, Kabul o Shangai.

Ahora, en plena era del feminismo, la mujer se vuelve anoréxica, hace ejercicio, se opera, se tortura, lucha infructuosamente contra los años, pero no sólo por amor, sexo o aceptación sino por el poder que, efectiva o falsamente, le otorga la belleza como manera de alcanzar, a su vez, el poder del hombre.

De este modo, la belleza en las sociedades marcadas por el culto al individuo no puede perderse: es un activo.

Por ejemplo: Dorian Gray a los 20 años era un tonto absoluto: preferible verlo que oírlo. Mas en su caso se trata del imperio, del poder de la belleza muda. Nos recuerda a otro bello que, por cierto, jamás habla: Tadzio, de Muerte en Venecia, de Thomas Mann. La vida de Dorian, al igual que la vida de tantas mujeres, significa que la justificación plena de nuestra existencia en el mundo depende de las caprichosas percepciones de los demás, moldeadas por convenciones sociales igualmente caprichosas. ¿Puede haber mayor prueba de la clarividencia de Oscar Wilde como escritor que haber encarnado en Dorian Gray la esclavitud de toda una época?

lunes, 13 de septiembre de 2010

kosaktomía


Kosak Rovero o los escombros de un imaginario
Luis Barragán


Solemos explicar las realidades más complejas a través de sendas representaciones que la simplifican o dicen simplificarlas, unas ciertamente veraces al lado de otras por siempre sospechosas. Entre éstas, como el destello cadencioso y tardío de las remotísimas estrellas ya desaparecidas, encontramos ideas, imágenes, explicaciones, arquetipos, nociones o predisposiciones sobrevivientes de un tiempo sobrepuesto a otro, demorando las máscaras en caer.

Importa la distinción hecha por Gisela Kosak Rovero, entre la memoria instrumental que versa sobre la información efímera que acumulamos, y la cultural referida a una visión compartida y duradera, por tal histórica. Estimamos que, al desbordar sus posibilidades en las democracias liberales conocidas, la una funda o genera el neoautoritarismo con una más abierta e incontrolada manipulación de los medios de comunicación social, capaz de adulterar a la otra, al extremo de suscitar una suerte de extravío circular y permanente, como ocurre con el chavezato.

Negando toda gratuidad a un presente ya exhausto, la autora recuerda la mezcla explosiva de una determinada herencia intelectual, la antipolítica, el rol de los llamados notables, el rentismo estatal en una sociedad tutelada, la corrupción, la violencia, el empobrecimiento, la impunidad, e – importante – los partidos que no eran dueños de las corrientes ideológicas etiquetadas, culminando la década de los noventa (A: “Venezuela, el país que siempre nace”, Editorial Alfa, Caracas, 2008: 97 ss.). Versionada constantemente, acaso como una telenovela inconclusa, reinventamos la catástrofe.

La nación que también se construye una imagen, adquiere otra significación primaria porque “ser venezolano no es un accidente geográfico o un problema de identidad; es vivir la peor crisis económica del continente hoy” (B: “La catástrofe imaginaria. Cultura, saber, tecnología, instituciones”, Planeta-Fundación Celarg, Caracas, 1998: 63). Por lo que, deducimos, una peor situación es la única opción que tenemos.

Frente a la caducidad de los imaginarios propios del Estado Nacional del siglo XX, derrotadas las utopías ilustradas, prescindiendo de la memoria cultural, nos tientan aquellos que conceden una identidad móvil (A: 19). Incluye la aceptación de una interesada versión del pasado, capaz de colocarnos en la ruta de la renta petrolera que puede explicar nuestro propio sentido de nacionalidad.

Acanaladura – término a degustar – de expectativas y perspectivas asombrosamente sobrevivientes, que Kosak Rovero – alertándonos – descubre al abordar “Los últimos espectadores del acorazado Potemkin” de Ana Teresa Torres (1998), “El round del último olvido” de Eduardo Liendo, “La flor escrita” de Carlos Noguera, y “El diario íntimo de Francisca Malabar” de Milagros Mata Gil (2002). Abre los folios inauditos de la década de los sesenta, con la fallida insurrección armada muy bien notariada en la consciencia colectiva que – concluimos – no depende única o totalmente de la ferocidad de los medios audiovisuales para representarse o imaginarse, pues la contundencia del discurso de poder inexorablemente penetra y recorre los más recónditos pasillos sociedad, por improvisada que se diga la palabra oficial que la reiteración convierte en artículo de fe.

Ha mermado el aporte de la literatura nacional a la edificación del imaginario colectivo, sustituida por la cultura mediática e informativa como relacionadora de las situaciones, eventos o realidades (A. 20, 33, 46). Podemos objetar tal debilidad en la medida que, ante la insostenible provisionalidad de toda impresión o convicción, el poder requiere de una mínima, coherente y fundada interpretación, delatada por la citada muestra novelística.

Experimentando una distinta modalidad autoritaria, invertimos la anterior tendencia a la diversidad cultural, las formas novedosas de organización e intereses de género, edad, condición social o sexual, afianzada por la letra y la razón, al igual que no sintonizamos con las circunstancias cotidianas de la vida social subrayada por la “primera” Kosak Rovero (B:133). Ahora, nos afincamos sobre los escombros de viejos argumentos, percepciones o explicaciones, retrotraídos a la década de los sesenta.

LA DECADA ENTRONCADA

Década despiadada, intensa y también ingenua, en la que distintos sectores políticos confrontaron proyectos, ideales y propósitos que iban más allá de la coyuntura. A grandes rasgos, digamos de la conspiración de derecha y la insurrección de izquierda frente a la incipiente democracia representativa, las urgencias sociales y económicas, la guerra fría, el reclamo apasionado de las novísimas manifestaciones filosóficas, literarias o musicales, aunque sin resistencia ante la novedosa manufactura cultural importada, principiaron junto al decenio que expresa “un estallido, un estruendo en todas las dimensiones de la sociedad venezolana”, según Douglas Moreno al acercarse a la obra más celebrada de Carlos Noguera (“Historias de la calle Lincoln: una visión posmoderna del desencanto”, en: Memoralia/UNELLEZ, San Carlos, nr. 2 de 2005).

La entusiasta y decidida irrupción de la juventud en el campo político organizado, constituye una clave esencial del compromiso generador de una mística que hoy extrañamos. Y, a pesar de no monopolizar el compromiso y la mística política, hubo un mayor bullicio de las corrientes juveniles que se arriesgaron a la guerra de guerrillas bajo la inspiración del proceso cubano.

Kosak Rovero da cuenta de una narrativa inscrita en el romanticismo político, en el que se conjuga una perspectiva épica que desembocará en los mitos revolucionarios de la época, aún supervivientes. Empero, al voluntarismo y las apetencias modernas (bienestar material, tecnología, industrialización, desarrollo urbano), coloca un importante acento al advertir las “ensoñaciones premodernas de carácter rural” (A: 73), tan fáciles de adivinar en la actualidad.

Hoy, dándole un particular sentido a la llamada antipolítica que celebró la inauguración de otra república, somos el resultado de la visión desencantada de la democracia, la fragilidad de la memoria, el compromiso personal, la idealización del pasado revolucionario, la irrupción en los sesenta contra el bucolismo premoderno que ahora nos embarga, como refiere la autora. Por ello, hay más de nostalgia que un venturoso optimismo en la experiencia autoritaria que atravesamos.

Añade: “El espíritu revivido de los sesenta es, en parte, una herencia histórica que se remonta no solo hasta hace cuarenta años sino hasta el mismísimo siglo XIX. El caudillismo y el militarismo se han entroncado perfectamente con la sensibilidad de los sesenta respecto a las deudas sociales de una modernidad todavía no saldadas y con la idea de la riqueza petrolera por repartir propia de una sociedad dependiente de un estado rentista” (A: 89).

El caudillismo es una curiosa desembocadura de los planteamientos apasionados del leninismo insurreccional, pues, de un lado, parecía impensable con el desarrollo inicialmente institucional de los partidos y el profesionalismo militar, afianzando posturas políticas contrapuestas al marxismo, contra los cuales reaccionó mayoritariamente la opinión pública en los noventa. Y, del otro, a pesar de la demanda revolucionaria como una vía distinta a la modernización, extendida tras el debate de los setenta con la aparición del MAS, llevó por siempre la semilla del militarismo inevitable con la conformación de las FALN, a juzgar por el retrato que hizo Luigi Valsalice (“La Guerrilla Castrista en Venezuela y sus protagonistas. 1962-1969”, Ediciones Centauro, Caracas, 1979), a contrapelo del PCV que se replegó, triunfando tardía o extemporáneamente las tesis de Douglas Bravo, como la de una sistemática y paciente penetración de la institución castrense.

Troncos viejos en aguas envejecidas, incumplidas las promesas de cascadas vigorosas, nacientes y profundas. Sumergidos en el anacronismo, únicamente nos refleja una época remota cuando logramos subir a la superficie de la lucidez.

SUMERSION

Asistimos también a una construcción imaginaria de la nación, continuamente refundada, como ocurre ahora según el formidable aviso de autoras – por ejemplo – como Graciela Soriano, María Sol Pérez Schael o la propia Kosak Rovero, por cierto, apenas enunciadas en la gruesa reseña de actualización de Ana Teresa Torres (“La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana”, Editorial Alfa, Caracas, 2009). Y es que, hipótesis fundamental, “ya no se trata de nostalgia y frustración sino de una poderosa y colectiva percepción estética de una corriente militarista y revolucionaria con raíces decimonónicas (…) que se consideraba cancelada pero sólo estaba sumergida, silenciada en medio de la decadencia económica, política e institucional de la democracia venezolana inspirada en la concertación de partidos políticos fuertes (Pacto de Punto Fijo)” (A: 12, 81).

Finalizando los noventa, la nueva épica une a los héroes y profetas del desastre, liderizados por el “relativamente joven oficial venezolano (que) invocó los arcanos de la historia” (B: 10). La gesta olvidará todo debate de profundidad, espectacularizada la política, por lo que no supimos de la naturaleza de la crisis, el incumplimiento o agotamiento programático del puntofijismo, la supervivencia del imaginario positivista, las aspiraciones político-ideológicas, subestimando innovaciones como la aparición de la descentralización o la reaparición del multipartidismo.

Postergada la lucha, el movimiento insurreccional de los sesenta esperó su mejor oportunidad para despertar y “hacer gala de su espíritu de refundación total del país”, convertido en un anacronismo político que reivindica el militarismo rural y patriarcal representado por el general Pardo, en la referida novela de Torres (A:74). Las persistentes y – más de las veces – incomprensibles consignas (pueblo unido jamás vencido, etc.), sobrevivieron a la heterogeneidad social, económica, sexual, etaria, profesional, política e individual de los noventa: (B: 140).