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jueves, 5 de octubre de 2017

CURTIDOS

Érase el burdel político
Guido Sosola

La experiencia, en lo que fuere, no se compra en botica. Esta sentencia popular nos lleva a un triple símil: por mucho talento natural que se tenga,  la regla es que el beisbolista haga el grado en las ligas menores y aprenda de algunas particularidades, como la del pitcher mañoso, la variedad del campo, la del hiteador de bola alta o la del robador caribeño de las bases; el azar ofrece grandes oportunidades al ingenioso abstraccionista, pero el dominio previo del arte figurativo le concede mayores garantías para un hallazgo feliz; o, tratándose del más consumado estratega militar, luce necesaria la acumulación de vivencias y  el  manejo real de las destrezas tácticas.

Tarde o temprano, quien haga de la política su oficio principal, por más suerte que la acompañe, requiere de un aprendizaje que, por siempre, será indispensable, pues, si contrajese medianas o altas responsabilidades de Estado, tendrá que encarar las más disímiles circunstancias, frecuentemente sobrevenidas y para las cuales no hay más manual que la de una propia trayectoria que se hace equipaje personal.  He acá la diferencia real entre la política, terca y despiadada interlocución que implica demasiadas cosas (temperamento, probidad, habilidad, sentido estratégico, capacidad reflexiva, coraje, verbo, modestia y todo lo que weberianamente se nos ocurra), y la antipolítica, devenida enfermizo espectáculo que los críticos de la post-modernidad fácilmente identifican y, permitiéndonos la licencia, sintetizamos como una hazaña del narcisismo.


Los consabidos alzamientos de 1992, a la postre de un éxito político extraordinario, conjugaron una de nuestras más sentidas facetas culturales, pues, al tirarse una parada, según el venezolanismo olvidado, por casualidad alguna, abrieron una avenida ancha para que otros, ya sin armas, en la acera del frente, hicieran lo propio. Lo importante fue y es, darse a conocer por más absurdo que fuese el motivo; improvisar cualquier respuesta, importando poco el bajo calado y las contradicciones que acarreé; y reclutar inmensas cantidades de seguidores que más tarde purgará por el camino lógico de las relaciones primarias (de simpatía o antipatía personal). Acotemos, diferente a los viejos partidos recógelo-todo, el fenómeno es correlativo o sistémico, porque hallará los mass media que, para sobrevivir, tiran su propia parada, banalizando el debate, donde el oportunismo es el otro dato constante y sonante y, faltando poco, las herramientas digitales en boga aligeran demasiado los problemas, por complejos y duros que fuesen.

De modo tal que, siendo también irreductible el talento y la vocación naturales, no siempre el cuarto bate y novio  de la madrina es el jonronero por excelencia, el dueño de los pinceles el que sabe batir el óleo o el conquistador de la colina el más diestro y valiente. Y, como  ocurre con la política, el deporte, el arte y las armas pierden sentido en beneficio de una simulación, aunque estas tres disciplinas no implican la pérdida de un destino común, como aquélla que versa nada más y nada menos sobre el poder. 

La antipolítica no admite un cómodo tratamiento retrospectivo, porque goza de características inherentes al desarrollo de los media, entre otros factores. Si de situaciones y personalidades precursoras hablásemos, bastaría con remitirnos a la campaña de 1973, a la sorpresiva aparición de Leonardo Montiel Ortega en el capítulo inicial de una telenovela por 1978, o a Irene Sáez en la década de los ’90 del ‘XX.

El independentismo político de los sesenta puede acercarse al fenómeno en cuestión, mas nunca confundirse, ya que sus actores no sólo eran de una reconocida preocupación por la vida nacional, exponentes de una trayectoria individual de probado éxito en otros campos – subrayemos – productivos y caracterizados por un manejo sobrio de las situaciones confrontadas, con las excepciones de rigor. Cierto, tuvieron por común denominador, una reiterada actitud antipartidista que los hechos, más tarde, corrigieron o pudieron haber corregido.

En el fondo, intentando reivindicar más las condiciones que las banderas de un medinismo que pronto supo dejar atrás, el independiente por antonomasia fue Arturo Uslar Pietri, el hombre de la campana en los comicios de 1963. Resultó toda una sorpresa por la cosecha de votos que, al ganar Caracas, como lo había hecho el Partido Comunista en 1958, y otros referentes urbanos, se convirtió en una ineludible fuerza parlamentaria y edilicia en el país.

El Movimiento Pro-Frente Nacional Independiente que tenía por epicentro la oficina de Uslar Pietri, ubicada en un local del Banco del Caribe, no sólo se convirtió en un partido, el Frente Nacional  Democrático (FND), sino que concursó en el gobierno de Leoni a través de la Ancha Base, nomenclatura adecuada para una época en la que el lenguaje era protagónico.  Y, a pesar de las observaciones que puedan hacerse respecto a esta etapa  en la vida política del consagrado escritor, como vemos, contribuyendo también a la política como una experiencia del idioma, convengamos que la tentativa fue coherente, bien intencionada y bastante eficaz, aunque – después, a la vuelta de poco tiempo – sucumbió precisamente por no reconocer, aceptar y transformar la práctica real del oficio, no otro que el  político, tan requerido de una infinita paciencia.

Senadores, diputados y concejales por el FND, fueron Uslar Pietri, Armando Vegas, Eduardo Ortega, Ramón Escovar Salom, Pedro Segnini La Cruz, J.J. González Gorrondona, Nicomedes Zuloaga, Enrique Yéspica, Jorge Olavarría, Raúl Sanz Machado, Carlos Punceles, José Oropeza Castillo, Francisco Vera Izquierdo y Rosalía Maldonado, entre otros.  Ocupando varias carteras ministeriales, la organización tuvo oportunidad para conformar una plataforma y también una clientela duradera, pero – principalmente generado por la displicencia del líder fundador, como lo ha apuntado en un ensayo Juan Carlos Rey – la experiencia fracasó, a pesar de que, por una parte, de acuerdo a la teoría de los espacios, hoy tan maltratada, el liberalismo estaba urgido de curtirse en las lides que no conoció en el ‘XIX, y, por el otro, competido por los socialcristianos y marxistas de aquella hora, ya había prendido un movimiento universitario afecto.

Había que invertir demasiada paciencia, disposición al aprendizaje y a la innovación de una insalvable y comprensible rutina política o, mejor, de la política que se hacía por entonces, además, importa aceptarlo, superior a la actual, con el trámite de las diferencias en las cámaras parlamentarias y edilicias,  la interminable polémica pública, los desafíos impuestos en las calles por la subversión de izquierda y la conspiración de derecha, las complicaciones de una militancia exigente, la alteración recurrente de la vida cotidiana y doméstica. Suponía el cabal desarrollo de destrezas y habilidades, o la defensa de ideas y convicciones, con el conocimiento exacto de un terreno árido de juego con rivales amañados, de un código estético que necesitaba de una alternativa y hasta el convencimiento de que, por mortífero que fuese el armamento, no bastaba por sí mismo para adueñarse de la colina.

Desertor de la Ancha Base, pasando demasiadas aguas por debajo del puente, la instalación del Congreso en el último año del período constitucional, brindó una ocasión inigualable para salvar al FND como propuesta del – digamos – clásico “independentismo”. Muy antes de la reunión celebrada en “Cambali”, la casa para temperar de Uslar Pietri en Tanaguarena, el partido estaba dispuesto a presidirlo, cosa que hizo al llegar a un entendimiento con otros factores, “descendiendo” a la política real, para hacer de Armando Vegas su presidente, acompañado por el harto habilidoso César Rondón Lovera en la vicepresidencia.

Anotemos, fue una elección cuestionada que la de marzo de 1968 y quedó engavetada en la Corte Suprema de Justicia y, por muchas dudas que tuviese, expresándolas, el presidente Leoni recibió a la comisión que participó de la instalación parlamentaria consciente de su responsabilidad como jefe de Estado. Y, así fuese muy electoral el período, porque en diciembre sería sustituido Leoni, había que sacar adelante una tarea como la del proyecto de Ley de Licitaciones Públicas Nacionales, según la crónica de entonces, aunque hubo un reconocido penalista que hoy diría más, pues,  denunció a los parlamentarios ausentistas como indiciados en la comisión de un delito de enriquecimiento ilícito.

Vino la debacle y érase el burdel político que el partido no aceptó, como sí algunas de las individualidades que lograron sobrevivir, por exceso, como Jorge Olavarría y Ramón Escovar Salom, quien – por cierto – significativamente aseguraba por esos días, en artículo de prensa, que “la movilidad social produce la dispersión”, mientras que otros, por defecto, volvieron a sus antiguas ocupaciones. Segnini La Cruz, atravesando en autobús buena parte del país, trató años más tarde de alcanzar la presidencia de la República, a la vez que Uslar Pietri se consolidaba como un referente ético y un partido en sí mismo, con potestad de notable para distinguir entre los malvados y bondadosos, dictando sentencias implacables que permitieron que se colara Hugo Chávez, sobreseyéndolo históricamente.

La tendencia es que, por prometedor que fuese, el jonronero que no jonronea, el artista que plagia y el tomador de la colina que se engatilla, le echan la culpa a terceros que desconocen su talento, trampeándolo. El afectado, procurando de alguna manera trampear, recurre a la pureza de sus intenciones y, despolitizando a la política, termina exhibiéndose como juez de la moral y hasta de las buenas costumbres.

La política ha de ser una viva conjugación de la ética y de la … política, porque – separadas – nos convierte en monjes trapenses y la dejan a solas para que los más inescrupulosos la tomen por asalto. Sentimos que, por difícil que fuese el tema, es un tema pendiente para esta oposición del siglo XXI a la que bastante burdel le hace falta, saturada de un oportunismo avezado – a veces, si y, a veces, no – que ya nos tiene cansados, sin que eso sea – precisamente – el burdel al que aludimos.

05/10/2017:
Reproducciones: El Nacional (Caracas, 1968) y 2001 (Caracas, 1978).

lunes, 25 de abril de 2011

DESTRENZARSE


Notas para un post-uslariato incierto
Luis Barragán


Consabido, fue poderosa su influencia en la opinión pública, aunque no siempre ocurrió así. Arturo Uslar Pietri supo de etapas de denostación que hoy sorprendería a muchos, ya que, suele olvidarse, más allá de la literatura, el poder inmediato constituyó también una preocupación fundamental con las (i) lógicas consecuencias del caso.

De significativos aportes a la historia política y cultural del país, ha de sufrir una constante reubicación de acuerdo al debate cada vez más especializado que su obra suscite. Lejos de pretender descalificarlo en términos personales, aspiramos a una inicial distinción entre el uslarismo, uslariato y uslaridad, para avizorarlo en el marco de una futura transición democrática.

Podrá decirse de un pensamiento desprendido de la interrumpida crisis venezolana, gracias a la riqueza fácil y gratuita que nos ha subvertido. Empero, reconocida su vehemente y precursora denuncia del impacto petrolero, no es suficiente para la definitiva configuración de sus ideas, debidamente contextualizado en el natural conflicto de las representaciones políticas que escenificamos. Por lo demás, la propia noción de una crisis permanente o crónica tiende a desmentir el carácter súbito, excepcional e inaplazable que acarrea.

Hallamos, por una parte, al joven aspirante a la escena pública que completa su preparación intelectual en Europa, gracias al cargo diplomático que la influencia familiar le prodigó, sin relación alguna con la célebre rebelión juvenil contra la dictadura de Juan Vicente Gómez. Regresa con una magnífica novela cuestas, muestra de la renovada interpretación que tiene del país y su historia, ensayando objetivos concretos de poder para inaugurar la prolongada etapa del uslarismo.

Varias veces ministro, secretario de la presidencia y aspirante a la jefatura del Estado, a partir de 1936, tempranamente, desarrolla la rutina política correspondiente (por cierto, muy bien ejemplificada en el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores, Caracas, nrs. 154-158 de 1999-2001), que no contradice la fundamental vocación de pensamiento. Estupendo publicista, hará de la “siembra del petróleo” una consigna nacional duradera, aunque – como refiere Juan Carlos Rey – es el portador de un ideario económico “francamente atrasado”, suerte de fisiócrata del siglo XVIII (“El sistema de partidos venezolano, 1830-1999”, Centro Gumilla – UCAB, Caracas, 2009: 115).

Inspirador principal del medinismo, concebido como antecedente y continuidad de un proyecto específico de poder, abriéndose camino entre el lopecismo y el betancourismo en los términos de la historiografía de Oscar Battaglini, tropieza con el golpe de Estado de 1945. Desterrado, convertido en epígono de la reacción, subyacente una perspectiva del positivismo que – luego – será consumado por el desarrollismo perezjimenista, será un incansable polemista y adversario de la Junta Revolucionaria de Gobierno que, repatriado durante la ulterior dictadura, sabrá de un productivo receso político.

Período estelar, después de 1958 volverá al abierto protagonismo público que, si mal no recordamos a Diego Bautista Urbaneja, lo facilitará la dinámica impuesta por una inmejorable y – acaso – irrepetida élite política de distintos signos, de la que fue parte. Las circunstancias obligarán a Uslar Pietri a una mayor actividad político-partidista, tan afín a la parlamentaria, que – de un lado – sincerará su postura frente a la institucionalidad partidista misma, y – por el otro – le permitirá afianzar su obra intelectual, convertido el uslarismo político en el decisivo uslarismo mediático.

Rey alude a la concepción de un partido de notables que, formalizado el Frente Nacional Democrático (FND), fruto de la sorprendente campaña electoral de 1963, abandonará a su suerte después de autorizar su participación en el gobierno de la llamada Ancha Base. Ha cuestionado a los políticos profesionales, concitando las simpatía y el apoyo de los sectores antipartidistas y la tecnocracia liberal que interpreta (Rey, J. C. Ibidem: 137, 152), erigiéndose como una especie de reserva política y moral de la nación.

Indomable caracterizador y anunciador de las dificultades existenciales de la década que viene, señala: “… Pasional, mesiánico y mágico como ha sido Venezuela a lo largo de su historia, hay un peligro cierto en llegar a crear una mística de la revolución por la revolución. Cuando midamos la magnitud de las cosas que necesitamos cambiar por medio de la acción violenta revolucionaria, y el alto precio que en dolor, estrecheces y atraso tendría que pagar Venezuela por una revolución, estaremos en mejor posición para decidir si, en las circunstancias actuales, necesita Venezuela una revolución” (“Materiales para la construcción de Venezuela”, Ediciones Orinoco, Caracas, 1959: 65 ss.).

Producto de sus muy leídas columnas de prensa, así como de sus atendidos discursos parlamentarios, en el transcurso de los sesenta, surgen obras que intentan una doctrina de sus posturas e ideas políticas. Y manifiesta: “Si nosotros tenemos del petróleo un concepto instrumental y lo consideramos simple y llanamente como un capital, como un instrumento de desarrollo para transformar a Venezuela, podemos realizar el milagro de construir al país en menos de la vida de una generación. Si no lo hacemos, puede que la oportunidad haya pasado y que dentro de 30 o 50 años, la (SIC) generaciones que haya heredado una Venezuela regresado a la pobreza, lancen a nuestras sombras o a nuestros olvidados nombres, la más terrible de las preguntas (…) Construir un país implica fundamentalmente invertir capital” (“Hacia el humanismo democrático”, Publicaciones del FND, Caracas, 1965: 35, 53).

Estimamos que no será el primero en caracterizar, denunciar, advertir u orientar una situación, pero sí el más vehemente portavoz de un sentimiento y una constatación que buscará culpables, disparado por una firme convicción que se hará destreza en el empleo de los medios audiovisuales. Y, sin que desconozcamos el peso de las verdades irrebatibles, se harán también un lugar común invocado por treinta o cincuenta años como pretexto y disimulo de las posiciones más acríticas, acomodaticias y ligeras que regularmente se imponen.

Manuel Bermúdez precisa el ciclo en el que “se convierte en la Biblia”, catapultado primordialmente por sus programas de televisión (“La uslaridad y El Ciudadano Kane”, Conciencia Activa, Caracas, nr. 21 de 07/2005). Luis Barrera Linares concluirá en una superior y determinante presencia mediática, contrastante con el (des) conocimiento de su inmensa contribución literaria (“Habla pública, internet y otros enredos literarios”, Editorial Equinoccio, Caracas, 2009).

Uslar Pietri no alcanzó la presidencia de la República, aunque – por otra parte – es evidente el crecimiento y la consolidación de su influencia, prestigio y credibilidad personal en las tres décadas siguientes. Puede aseverarse, el uslariato alcanza su apogeo con el agotamiento del modelo democrático representativo en las vísperas del nuevo siglo, y, realizador del particular concepto partidista que lo animó, lideriza al grupo de los Notables que no sólo marca la pauta moral del país moralista que somos, sino lo orienta políticamente hasta protocolizar definitivamente las condiciones que nos trajeron al momento actual. Valga la doble coletilla, no tratamos de un burdo, rencoroso y tardío facturador por los hechos de 1945, como señaló uno de los entrevistados de Mirtha Rivero para “La rebelión de los náufragos” (2010), ni del benefactor o del malévolo vocacionales, tan del gusto maniqueista de siempre.

Finalmente, aceptando la superación del uslarismo y la consunción del uslariato, excepto los escombros que quedan en el imaginario colectivo por debilidad o ausencia de un discurso alternativo, la transición democrática pendiente ha de mirar hacia la uslaridad para evaluarla. Existe un “tejido verbal” o “atrapasignos que no descansa”, permitiéndole al país explicarse a sí mismo (Bermúdez, M. Ibidem), del que emergen concepciones, propuestas o materias de gran valía: significa podarlos de los prejuicios que provocaron.

Por lo pronto, reivindicamos la necesidad de un modelo económico post-rentista que se exprese en una sociedad generadora de la riqueza distribuida con equidad, al igual que los partidos políticos que sean tales, actualizándose frente a las organizaciones de la sociedad civil que lo sean, leal y convincentemente competitivas. Incluye a los medios de comunicación social responsablemente libres, y capaces de reconocer, como exigir, el serísimo papel de los actores políticos que no deben esencialmente reemplazar.

Agreguemos el reconocimiento de la siembra que se hizo del petróleo, como lo han reseñado Manuel Caballero o María Sol Pérez Schael desde diferentes marcos teóricos, pues – mal que bien – el programa de 1958 supo de un cumplimiento que apunta hacia otras respuestas o desafíos, reclamando el derecho al optimismo, aunque – importa reconocerlo – sobreviva esa versión humboldtiana y mágica del país que concursa en el casino internacional del mercado petrolero, con las lamentables consecuencias denunciadas por el uslariato con una nota de pesimismo. No obstante, transidos de la asombrosa premodernidad a la que hemos regresado, la incertidumbre se agiganta frente a los retos inéditos que supondrá salir de la dictadura del siglo XXI que nos aqueja, trenzados por un uslariato que ha de ser uslaridad.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2011/04/notas-para-un-post-uslariato-incierto/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=760965
Fotografía (y post-data): Sede del FND (S/a, Momento, Caracas, nr. 796 del 17/10/71). La gráfica, originalmente la "escaneamos" y publicamos en Retrospectiva. Historia de Venezuela, por 2008. Por entonces comentábamos que no había partido político que fuese respetable, sin una sede nacional, regional y - en lo posible - distrital y parroquial de partido. La casa de marras, si mal no recordamos el reportaje, estaba ubicada en El Paraíso (¿o La Florida?), Caracas, dándonos una idea de la configuración arquitectónica de los inmuebles, acaso, revelación de los orígenes sociales de los integrantes del uslarismo, previos a la llamada Revolución de Octubre....