Mostrando entradas con la etiqueta Escribir. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Escribir. Mostrar todas las entradas

domingo, 19 de julio de 2020

TEJIDO DE LETRAS

De la escritura auditable
Luis Barragán

Hábito de muchos años, escribir es un acto de aprehensión de las realidades que pronto se diluyen, adquieren rápidas versiones, integrándose al arsenal psicológico que también nos  amuralla frente a un constante, contradictorio y feroz asedio. A veces,  convertimos el bolígrafo o el teclado en un oficio inadvertido y gratuito que adquiere madurez, la que sólo el tiempo autoriza por muchas destrezas técnicas que juren reemplazarla.

Y cuando la anormalidad es algo más que un elemento de la vida cotidiana que nos resistimos a asimilar, el tintero de bytes suele reventar por los testimonios que exigen un ejercicio cada vez más urgido: el de la memoria. De esto habla el saldo de muertos que arrojó la llamada II Guerra Mundial, incluyendo el Holocausto y el Stalinicidio que, a pesar de todos los pesares, hay quienes olímpicamente los niegan y, al menor descuido, falsarios consumados, se imponen o tratan de imponerse a la postre.

Padecer el socialismo delictivo del siglo XXI, como ocurre en Venezuela, ha de significar escribirlo y también integrarlo a la tradición oral de cada familia para que no trasmute y, tarde o temprano, una vez superado, repitamos la tragedia. Falta demasiado para fijar esa memoria indispensable, pero vamos avanzando y, no por casualidad, en la era digital, sabemos de un exponencial crecimiento de los columnistas fijos u ocasionales de prensa, a veces, extraordinarios y, otras, por muy serio que se diga un diario que ya no sepa del papel impreso, desechables por sus repetidas necedades.

Sentimos que al abecedario jamás logrará sustituirlo al video y, constatamos, por mucho que éste prolifere, es de una cómoda reedición y desaparición.  Ya es raro conseguir, excepto incurramos en una larga, penosa e incierta minería de datos, la serie íntegra del tristemente célebre “Alo, presidente”, pues, ahora, sólo está en la esfera digital un Chávez Frías ofertado fragmentaria e interesadamente, por escasos minutos y hasta segundos.

Llegará el momento para una auditoría de todo lo que se ha escrito en el presente siglo de manera aparentemente fugaz y, aunque contamos con expertos en la materia, nos permitimos sugerir un viejo título del español Amando de Miguel para iniciar y emprender el largo camino de una evaluación necesaria: “Sociología de las páginas de opinión” (ATE, Barcelona, 1982). Quizá depare las más variadas sorpresas, recorrer los contenidos y continentes, o la mordida caligráfica de las ideas, pero también el contraste entre la autenticidad de las entregas y el tarifado interés colaboracionista de ls supuestos adversarios del régimen. Valga pregunta, ¿qué podremos decir de los medios oficiales y oficiosos?

lunes, 20 de abril de 2020

CUANDO LA TINTA ESTÁ CARGADA

EL NACIONAL, Caracas, 30/06/1985
Juan Carlos Santaella, Escribir, Literatura, Emoción, Roland Barthes, Lectura, Escritor, Especialidad.

lunes, 24 de julio de 2017

PERSEVERAR

Nota
Tomás Strake

Varios colegas han escrito sobre la dificultad de escribir en las actuales circunstancias. Unos la tienen estando acá, otros ante el reto, a veces aplastante, de sus nuevos países por el mundo. A ellos se le une la emigración con la angustia por las familias que dejaron atrás. Sin duda, escribir hoy es un reto a la disciplina y al coraje. Leyendo unas páginas autobiográficas de Pedro Grases, en las que habla del miedo y la incertidumbre -¡tan parecidos a los nuestros!- que lo abrumaron al inicio de la Guerra Civil, durante la escapatoria y el comienzo de su aventura venezolana; di con este párrafo que a lo mejor nos pueda servir de guía en estos momentos y en los que seguramente vendrán:
«Mi maestro de criollismo -en lo que a conducta en Venezuela se refiere- el Dr. Luis Beltrán Guerrero, me ha referido que en una oportunidad le preguntaron a don Alfonso Reyes, el eximio mexicano fallecido hace poco, cómo había hecho él para lograr sin interrupciones una tan copiosa y espléndida obra en México, país donde (como en Venezuela y en los demás de Hispanoamérica), había sufrido y sobrevivido a tantos cambios y alborotos. Don Alfonso había replicado: ‘A base de dos principios: 1. Ser fiel a mí mismo; y 2. No dar cabida al despecho’.»

Fuente:https://www.facebook.com/tomas.straka.9659?hc_ref=ARRmmxfNhVxenhhn_kP2Cv6YnwmV0txFD93Mqbbj5bIBucxd4BJ_qhVGfh4Odd3Mj3I

domingo, 16 de agosto de 2015

NOTA DICKENSEANA

EL NACIONAL, Caracas, 15 de agosto de 2015
El arte de escribir
Sergio Dahbar 

Todos admiramos a algún escritor. Uno de los míos es Charles Dickens. Vivió 58 años intensos (1812-1870), en los que escribió y publicó 15 novelas, decisivas para la literatura inglesa y universal. No se quedó ahí. Invirtió sus energías en el periodismo, la edición, la actuación, y la reforma social. Era un titán de una complejidad rabiosa.
Uno de los hombres mejor conocidos de Inglaterra a mediados del siglo XIX, era también uno de los más amados. Lo seguían tanto la reina Victoria como obreros analfabetas. Estos últimos compraban sus novelas en serie. Uno de ellos, el letrado, se las leía a sus compañeros.
Esta singular popularidad se desparramó por América, Europa y Rusia. El dolor le dio la vuelta al mundo cuando falleció. “Nunca pensé que la muerte de un autor pudiese generar tanto duelo”, escribió el poeta estadounidense Henry Wadsworth Longfellow. “No es una exageración decir que todo el país está sumido en el dolor”.
La herida fundacional de Charles Dickens tuvo lugar cuando era niño. Formaba parte de una familia clase media respetable, que enviaba a sus hijos a buenos colegios. De un día para otro, Charles Dickens se quedó con monedas en los bolsillos, en un cuarto alquilado, mientras la familia permanecía presa de los deudores de Marshalsea.
Su padre gastaba más de lo que podía. Sólo Charles quedó en libertad para trabajar y buscar algo de sustento. Nunca perdonó que lo separaran de la familia. “Me sorprende cómo se me abandonó a tal edad… lo juro por Dios”.
Podrá parecer la oportunidad perfecta para forjar un carácter aguerrido. Pero no fue así para quien sentía que le habían bloqueado su educación futura. Era, como dijo el crítico Robert Gottlieb, “un asunto de clase en una de las sociedades más conscientes de sus clases”. Cada tanto lo atormentaría la pregunta: “¿Charles Dickens era realmente un caballero?”.
Ese dolor de origen será crucial en la relación con las mujeres. La novia primeriza, María Beadnell, que lo atrajo y luego lo rechazó. La esposa que representará la ilusoria búsqueda de estabilidad, Catherine Hogarth, y a quien despreció después de que diera a luz diez hijos. Al final la acusó de volverse “gorda, nerviosa y enfermiza”.
La madre, Elizabeth Barrow, a quien jamás perdonará por haberlo obligado a que siguiera trabajando esforzadamente aún después de que todos los problemas económicos desaparecieran. La cuñada, Mary Scott Hogarth, quien murió prematuramente una noche en sus brazos. Y la amante, Ellen Ternan, a quien conoció cuando tenía 18 años y se volvió el amor de su vida.
Todos los días caminaba 32 kilómetros. Montaba obras teatrales de aficionados, que crecieron hacia elaborados montajes: organizaba y supervisaba todo, y era la estrella principal.
Ofrecía discursos para infinitas causas. Viajaba frecuentemente por Gran Bretaña y Europa con enorme esfuerzo. Redecoraba de manera casi obsesiva sus residencias. Asistía a fiestas. Le dedicaba tiempo real a obras de caridad, como la fundación y gerencia del hogar para prostitutas en busca de una vida mejor. Leía montañas de correspondencia.
Les dedicaba atención a sus hijos cuando eran pequeños. Mantenía a su amante Ellen Ternan. Ofrecía lecturas públicas que literalmente lo llevaron a la muerte. Todo esto ocurría mientras le legaba una obra compleja y virtuosa a la eternidad, con finos tipos humanos que reflejaban sus carencias en vida, sus heridas sin solución. Scrooge, David Copperfield, Oliver Twist, Micawber, Pecksniff, Miss Havisham, Wackford Squeers. Fue uno de los autores que gozó de mayor fama universal en vida. Todo en 58 años.