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viernes, 14 de febrero de 2020

LA UNIVERSIDAD QUE RECUPERA SU LENGUAJE

La crisis universitaria: entre la deontología y la facticidad
José Rafael Herrera 

La deontología o “ética normativa” es una doctrina especial de la llamada “teoría de la moralidad”, puesta e instrumentalizada por la reflexión del entendimiento abstracto. A pesar de que se trata de un término que encuentra su origen e inspiración en la filosofía clasica griega (deón–ontos–logein quiere decir “estudio de lo necesario”), la filosofía moderno-ilustrada, cuya característica general consiste tanto en la separación de sujeto y objeto como de ser y deber, la transformó en “parte” representativa de su “filosofía práctica” -¡como si todo concepto filosófico, incluso el más preciso y determinado, no lo fuese!-. Una parte, por cierto, dedicada exclusivamente a la presuposición de las obligaciones o deberes morales, una ramificación especial de la ética –éthike– que se ocupa de ‘lo que debería ser’, respecto de una determinada profesión u oficio. Así, pues, se habla, por ejemplo, de una deontología médica o de una deontología jurídica. Su eco reminiscente ha quedado registrado en la institucionalización del harto frecuente “ese es el deber ser”, que la burocracia usa incontinentemente, más que con el propósito, con el afán de diferenciar lo que siempre se hace de lo que, aunque debería hacerse, nunca se hace.

Todo profesional de las ciencias “no exactas” o “blandas”, vive preso por el temor de que sus estudios no puedan llegar a ser considerados más allá de la prescripción hecha y establecida -desde los tiempos de Dilthey- por las llamadas Ciencias del Espíritu. Y es que, según el esquema moderno-ilustrado del estudio científico, existiría, de un lado, un conocimiento de «la práctica», en el cual reside el estudio de la voluntad humana y, por lo tanto, del conocimiento de las leyes de la moralidad de los hombres.

Y, del otro lado, existiría un conocimiento «teórico», depositario del estudio de las funciones del saber de las cosas propiamente dicho. De modo que, cuando se teoriza acerca de los asuntos prácticos, se discurre en el ámbito de la ética, mientras que cuando se teoriza acerca de los asuntos teóricos se hace en el ámbito de la epistemología. Estudiar desde la perspectiva “teórica” significa conocer el fenómeno, mientras que estudiar desde la perspectiva “práctica” significa conocer el noúmeno.

Dos teorías, en consecuencia, nunca correlativas y siempre distintas, paralelas, si se quiere. La una se ocupa del conocimiento fenoménico, de lo tangible; la otra, del conocimiento nouménico, de lo intangible. No se podría hacer teoría moral, en sentido estricto, con el arsenal instrumental de las ciencias duras, como tampoco se podría hacer ciencia dura con las implicaciones propias de la deontología.

El resto sería pecar de confusionismo. Por eso mismo, y sobre todo en los últimos años, los teóricos de la política y de las ciencias sociales han decidido apartarse lo más posible del carácter nouménico del conocimiento y adoptar instrumentos metodológicos “efectivos” y “concretos” -como suelen decir-, que les permitan dar respuestas adecuadas y “realistas” a los denominados fenómenos humanos. El problema es que mientras más se concentran en el afinamiento y pulitura de sus sofisticadísimos métodos de aprehensión de la realidad, mayor se vuelve su aproximación a los fantasmas y demonios que pretenden conjurar, al punto de que su razón instrumental se les convierte en fe. El agua se les chorrea entre los dedos.

Los deontólogos son aquellos que consideran “correcta” una determinada situación en la que la gente sea fiel a sus convicciones morales, siempre y cuando se tome en consideración el que se deba juzgar si es correcto o no lo que pueda ocasionar su inclinación en otras personas, no vaya a ser que estas terminen actuando incorrectamente. Los postulados deontológicos sufren, pues, del mal inverso, y en la medida en que más aplicables aspiran a ser, mayor termina siendo su carácter instrumental, por lo que la fe que predican se termina transformando en racionalidad técnica. Esta vez, los dedos se chorrean entre el agua.

Colocar de un lado las razones deontológicas y del otro la racionalidad técnica tiene, como se podrá observar, sus inconvenientes. La antinomia vive y se alimenta del desgarramiento que propicia la reflexión del entendimiento. Como se sabe, la Universidad Central de Venezuela se debate entre dos opciones, escogencias o “inclinaciones”, que le permitan superar la crisis orgánica dentro de la cual se encuentra, como resultado de los dolorosos “procedimientos” de tortura a los cuales, y desde hace más de veinte años, la viene sometiendo el narcorrégimen terrorista que mantiene secuestrado al país. Y no hará falta insistir en el hecho de que la UCV, junto con el resto de las universidades autónomas, ha resistido los embates del continuo y desproporcionado atropello -interno y externo- del cual ha sido víctima, convirtiéndose en un ejemplo de lucha y dignidad por la democracia y la autonomía, pero disminuyendo sensiblemente sus fuerzas y defensas hasta llevarla al colapso, que es lo que se persigue.

Hoy la UCV vive presa en las antinomias que ella misma, sin saberlo, ha promovido, sustentado en el populismo clientelar que auspició por décadas y en una concepción manipulada por los criterios de demarcación positivistas que, por cierto, presuponen la separación de fenómeno y noúmeno, de “plano normativo” y “realidad fáctica”.

Si la UCV decide defender sus principios y convoca un proceso electoral de acuerdo con la norma constitucional y la ley universitaria vigente, será intervenida directamente por el cartel-narco. Pero si la UCV convoca un proceso electoral de acuerdo con las exigencias que le impone el narco-cartel, con la participación de los sectores administrativos y obreros, es decir, no académicos de la universidad, dando cumplimiento al “1x1x1”, la intervención se habrá cumplido indirectamente, incluso si llegase a triunfar un plantel de autoridades dispuestas a defender un concepto de universidad acorde con la autonomía y la democracia.

En ambos casos, lo uno termina en lo otro. En ambos casos, el régimen habrá dado cumplimiento a su cometido. ¿Cuál es la fórmula correcta? ¿Cuál será “el método” más eficiente y sofisticado para encontrar la salida? ¿Cuál será el conocimiento que permita romper la antinomia: el nouménico o el fenoménico, la normativa deontológica o la metodología fáctica? Ni lo uno ni lo otro, sino “todo lo contrario”.

En sentido estricto, la deontología y la facticidad de la certeza -la realiter- son espejismos, ficciones que se reflejan recíprocamente. Se puede prolongar la agonía de un paciente tumorado y apuntalar tratamientos que permitan generar la expectativa de su eventual mejoría. O se puede tomar la decisión de extraerle el tumor, poniendo en riesgo su vida, bordeando a través del angosto sendero que lo separa de la muerte. ¿Qué hacer, morigerar el sufrimiento o extraer el tumor?, ¿facticidad o deontología? Por lo pronto, conviene advertir que los tumores no se curan con agua de colonia.

Fuente:
Fotografía: Aporte de Jerjes Meléndez Núñez al grupo facebookeano Caracas en Retrospectiva Universidad Central de Venezuela.

viernes, 20 de diciembre de 2019

CIENCIA DEL MÉTODO

TRIBUNA
La ciencia y sus controversias
Rafael Bachiler
Miércoles, 15 mayo 2019

La Historia de la ciencia siempre se ha desarrollado plagada de grandes y pequeñas controversias. Y no me refiero aquí a los debates entre conocimiento científico e ideas no científicas, pues éstas realmente no son controversias científicas. Me refiero a los desacuerdos omnipresentes entre los propios científicos, los que aluden a diferentes interpretaciones de datos y de resultados de medidas, los que se refieren a qué conceptos o ideas encuentran apoyo en la evidencia que puede observarse en la naturaleza o en el laboratorio.

Un ejemplo clásico de gran controversia científica es la que sostuvo el sabio y explorador Alfred Wegener sobre la deriva de los continentes. Hacia 1911 este visionario alemán quedó intrigado por las similitudes entre fósiles, de animales y de plantas, hallados a ambos lados del Atlántico, lo que le impulsó a iniciar una cuidadosa compilación de coincidencias entre organismos de los distintos continentes. La ciencia ortodoxa de la época explicaba estos casos suponiendo que, en algún tiempo, las grandes masas terrestres habían estado conectadas por puentes de tierra que se habían hundido después. Pero Wegener se dio cuenta de que el perímetro de la plataforma continental (que es ligeramente diferente del perfil costero) del oeste de África encajaba bien con el del este de Sudamérica y, más aún, que las plataformas continentales de la Antártida, Australia, India, Madagascar y Sudáfrica, como las piezas de un rompecabezas, encajaban entre sí casi exactamente. Comenzó así a elaborar la idea de que los continentes actuales habían estado agrupados en el pasado en un supercontinente único al que denominó Pangea. Durante cuatro años compiló argumentos en favor de su teoría y redactó el magnífico libro El origen de los continentes y los océanos que fue publicado en 1915.

La ciencia ortodoxa acogió estos argumentos de manera hostil y Wegener se vio obligado durante décadas a desarrollar más y más argumentos en favor de su teoría. Finalmente sería la exploración exhaustiva de los fondos oceánicos a partir de 1950 lo que aportaría una prueba contundente en favor de la teoría de la deriva continental. Se comprendió entonces que continentes y fondos oceánicos forman parte de unas entidades mayores denominadas placas tectónicas y se descubrió que las placas tectónicas flotan y se desplazan sobre la capa inferior de la Tierra (la astenosfera), creando regiones de gran actividad sísmica y volcánica en las zonas en que concurren dos placas. En total, esta controversia, que quedó restringida al ámbito científico, había durado medio siglo y la resolución definitiva de la disputa vino de la mano de los nuevos datos que resultaron concluyentes.

Pero no todas las controversias quedan delimitadas al marco de la ciencia, sino que el medio social interviene a menudo en el debate. Quizás el ejemplo más clásico de este tipo de desacuerdo es el que se refiere a la teoría heliocéntrica enunciada por Copérnico en su libro De Revolutionibus Orbium Coelestium publicado póstumamente en 1543. No hace falta recordar cómo la Iglesia católica participó muy activamente en esta polémica. Por ser partidario de esta nueva teoría, Galileo fue procesado y condenado por la Inquisición y Giordano Bruno fue quemado en la hoguera tras enunciar unas ideas visionarias (hoy certificadas como correctas) de que el Universo podía contener innumerables estrellas similares al Sol y que estas estrellas podían estar acompañadas de muchísimos mundos habitables semejantes a la Tierra. Nuevamente estos litigios se zanjaron con la aportación de nuevos datos más concluyentes: observaciones astronómicas que demostraron de manera patente la validez de las nuevas ideas.

Los debates entre científicos a veces se extienden a sus instituciones, a sus mecenas o a sus defensores y pueden llegar a tener un gran alcance público. Así sucedió con el encarnizado debate que mantuvieron Newton y Leibniz a finales del siglo XVII sobre el invento del cálculo infinitesimal. Fue Leibniz quien primero desveló sus trabajos sobre el tema (denominado cálculo diferencial) en 1684. Mientras que Newton no publicó los suyos (que él denominaba método de fluxiones) hasta tres años después en sus famosos Principia. En la primera edición de este libro histórico, Newton se refería cordialmente a sus intercambios previos con Leibniz que se habían prolongado durante una década, unas alusiones que el genio inglés hizo suprimir en ediciones posteriores de la obra, tras el desencadenamiento del gran debate. Un tal John Wallis, matemático británico conocido tanto por sus dotes en criptografía como por su exacerbado chauvinismo, comenzó a envenenar el ambiente al asegurar que Leibniz había copiado el método de Newton. El gran matemático de Basilea Johann Bernouilli respondió airadamente a tales alusiones saliendo en defensa de Leibniz. Y la polémica pronto se convirtió a un intercambio de ataques directos entre Newton y Leibniz.

Resulta descorazonador constatar cómo estos dos grandes genios de las matemáticas vivieron muchos años amargados por esta polémica que desbordó a sus personas para alcanzar a instituciones como la Royal Society (que se limitó a defender a Newton) y a pensadores ajenos a este tema concreto, como Voltaire, que escribió apasionadas páginas en favor del sabio inglés. Hoy se reconoce que el cálculo infinitesimal fue desarrollado de manera simultánea e independiente por ambos científicos que utilizaron formalismos diferentes, pero equivalentes entre sí.

Ha habido controversias muy técnicas, como la de la edad de la Tierra que enfrentó a Lord Kelvin, que había calculado en 1860 una edad planetaria de menos de 100 millones de años, con los seguidores de Darwin que argumentaban que el Planeta debía ser mucho más viejo. El debate se resolvió con el descubrimiento de la radioactividad en 1896, lo que permitió estimar la edad del Planeta en 4.500 millones de años. Pero muchas otras controversias han sido menos técnicas, y ello ha permitido la participación de un gran sector de la sociedad. Por ejemplo, la posible relación entre inteligencia y raza ha sido debatida tanto en los medios académicos como en el ámbito popular, desde que a principios del siglo XX se introdujo el test para determinar el cociente intelectual. La interpretación de los resultados de realizar dicho test a diferentes colectivos se prestó a variadas interpretaciones durante décadas. Además de los posibles sesgos en su aplicación, aún hoy sigue subyaciendo la ambigüedad en definiciones de los términos raza e inteligencia, que adolecen de falta de objetividad. Así pues, esta controversia muy posiblemente surge de un planteamiento insuficientemente científico.

Actualmente muchas controversias no se refieren al conocimiento científico propiamente dicho, sino a sus aplicaciones y a su traslación al ámbito social. Organismos modificados genéticamente, la producción de energía nuclear y el tratamiento de sus residuos, los posibles efectos de las ondas electromagnéticas, la conveniencia de utilización de las vacunas, son algunos de los temas que suscitan encendidos debates, a veces violentos, que a menudo se desarrollan en ámbitos alejados del mundo de la ciencia. Son debates en los que intervienen actores de índole muy diferente al científico: asociaciones de ciudadanos, empresas con intereses económicos directos, partidos políticos, agrupaciones religiosas y otros tipos de organizaciones sociales.

Uno podría pensar que a los científicos les gusta debatir y pelearse, y que es su carácter peculiar y apasionado el que crea las numerosas controversias de la historia de la ciencia. Sin embargo, hemos visto cómo hace tiempo que las controversias científicas no están restringidas al ámbito estrictamente técnico. No obstante, conviene subrayar que el debate está en el meollo del método científico que, incansablemente, busca la verificación de las hipótesis y de las teorías mediante la observación y la experimentación sistemáticas. La controversia es un auténtico motor del progreso científico, un acreditado procedimiento para obtener nuevos conocimientos. Como bien expresó Ortega y Gasset "ciencia es todo aquello sobre lo cual siempre cabe discusión".

(*) Rafael Bachiller es astrónomo, director del Observatorio Astronómico Nacional (IGN) y miembro del Consejo Editorial de EL MUNDO

Fuente:
https://www.elmundo.es/opinion/2019/05/15/5cdab274fdddff66b28b4683.html