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domingo, 11 de junio de 2017

MEDIO SIGLO

EL PAÍS, Madrid, 12 de junio de 2017
 TRIBUNA
50 años de ocupación israelí
Ha pasado medio siglo y el final del conflicto entre dos naciones convencidas de que tienen derecho a reclamar el mismo pedazo de tierra parece más alejado que nunca. Europa, sobre todo Alemania, debe actuar en favor de los palestinos
Daniel Barenboim

La política internacional actual está dominada por cuestiones como el futuro del euro y la crisis de los refugiados, la amenaza de que la presidencia de Trump provoque el aislamiento de Estados Unidos, la guerra de Siria y la lucha contra el extremismo islámico. No obstante, hay otro tema casi omnipresente desde la primera década del nuevo milenio pero que cada vez aparece menos en las noticias y, por tanto, cada vez está menos presente en la conciencia colectiva: el conflicto en Oriente Próximo. Durante decenios, el enfrentamiento entre israelíes y palestinos fue una preocupación constante para Estados Unidos y Europa, y la resolución del conflicto, una de sus grandes prioridades políticas. Sin embargo, después de numerosos y fracasados intentos de poner fin a esta situación, da la impresión de que el statu quose ha consolidado. El mundo sigue pensando —con malestar, con impotencia y con cierta desilusión— que este conflicto es irresoluble.

La situación es más trágica aún en la medida en que los frentes se han ido reforzando y la situación de los palestinos ha empeorado sin cesar, y ni el más optimista puede atreverse a suponer que el Gobierno actual de Estados Unidos vaya a abordar el problema con una actitud prudente y sensata. Y la tragedia se va a hacer notar especialmente este año y el próximo, porque vamos a vivir dos aniversarios llenos de tristeza, en particular para los palestinos: en 2018 se conmemorará el 70º aniversario de lo que los palestinos llaman al Nakba, “la catástrofe”, que supuso la expulsión de más de 700.000 personas del antiguo territorio incluido en el mandato británico, como consecuencia directa del plan de la ONU para la partición de Palestina y la creación del Estado de Israel, el 14 de mayo de 1948. Al Nakba sigue vigente, puesto que más de cinco millones de descendientes directos de aquellos palestinos desplazados continúan hoy viviendo en un exilio forzoso.

Y este año, el 10 de junio se han cumplido 50 años de ocupación continuada de las tierras palestinas por parte de Israel, una situación moral y físicamente intolerable. Incluso los que piensan que la Guerra de los Seis Días —que terminó el 10 de junio de 1967— fue necesaria porque Israel tenía que defenderse deben reconocer que la ocupación y todo lo que ha sucedido con posterioridad constituyen un desastre absoluto. No solo para los palestinos sino también para los israelíes, desde el punto de vista estratégico y desde el punto de vista ético.

La ocupación actual es inaceptable, tanto desde el punto de vista estratégico como moral

Ha pasado medio siglo desde entonces, y el final del conflicto parece más alejado que nunca. Nadie se hace hoy ilusiones de poder ver a un joven palestino o a un joven israelí tendiendo la mano al otro. Y es un problema que, a pesar de que haya dejado de ser “popular”, como decía antes, sigue siendo importante, incluso crucial. Para los habitantes de Palestina e Israel, para todo Oriente Próximo y para el mundo entero.

De ahí que, coincidiendo con el 50º aniversario de la ocupación, me atreva a pedir a Alemania y a Europa que vuelvan a dar prioridad a la resolución del conflicto. No estamos hablando de un enfrentamiento político, sino de un enfrentamiento entre dos naciones que están completamente convencidas de que tienen derecho a reclamar el mismo, y pequeño, pedazo de tierra. Europa, que hace declaraciones sobre la obligación de ser más fuerte y más independiente, debe ser consciente de que esa nueva fortaleza y esa nueva independencia implican exigir de manera inequívoca que Israel ponga fin a la ocupación y reconozca el Estado palestino.

El hecho de ser un judío y vivir en Berlín desde hace más de 25 años me permite tener una perspectiva especial sobre la responsabilidad histórica de Alemania en este conflicto. Si tengo la posibilidad de vivir libre y felizmente en este país es solo gracias a que los alemanes han afrontado y digerido su pasado. No cabe duda de que, incluso en la Alemania actual, existen tendencias extremistas y preocupantes contra las que todos debemos luchar. Pero, en general, la sociedad alemana es hoy una sociedad libre y tolerante, consciente de su responsabilidad humanitaria.

Hay que encontrar una solución justa para la crisis de los refugiados y el retorno de los palestinos

Alemania e Israel, por supuesto, siempre han tenido una relación especialmente estable; la primera siempre se ha sentido, y con razón, en deuda con el segundo. Pero no tengo más remedio que ir un poco más allá: Alemania tiene también una deuda especial con los palestinos. Sin el Holocausto, nunca se habría llevado a cabo la partición de Palestina, ni se habrían producido al Nakba, la guerra de 1967 y la ocupación. Ahora bien, no son solo los alemanes los que tienen una responsabilidad hacia los palestinos, sino todos los europeos, porque el antisemitismo fue un fenómeno que se dio en toda Europa, y los palestinos siguen sufriendo sus consecuencias directas, a pesar de no tener ninguna culpa de aquello.

Es absolutamente necesario que Alemania y Europa asuman esa responsabilidad respecto al pueblo palestino. Eso no significa que haya que tomar medidas contra Israel, sino en favor de los palestinos. La ocupación actual es inaceptable, tanto desde el punto de vista estratégico como desde el punto de vista moral, y debe terminar. Hasta ahora, el mundo no ha hecho nada verdaderamente importante para lograrlo, y Alemania y Europa deben exigir el fin de la ocupación y el respeto de las fronteras anteriores a 1967. Hay que fomentar una solución con dos Estados, pero, para eso, es necesario que se reconozca a Palestina como Estado independiente. Hay que encontrar una solución justa para la crisis de los refugiados. Hay que reconocer el derecho de retorno de los palestinos y ponerlo en práctica en colaboración con Israel. Hay que garantizar una distribución equitativa de los recursos y el respeto a los derechos civiles y humanos de los palestinos. Y todo esto es tarea de Europa, sobre todo ahora que vemos cómo está cambiando el orden mundial.

Cuando han pasado 50 años desde aquel 10 de junio, quizá estamos muy lejos de poder resolver el conflicto israelo-palestino. Solo si Alemania y Europa empiezan ya a asumir su responsabilidad histórica y a tomar medidas que ayuden a los palestinos será tal vez posible evitar que, cuando llegue el 100º aniversario de la ocupación israelí de las tierras palestinas, la situación siga igual
(*) Daniel Barenboim es pianista y director de orquesta.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/06/08/opinion/1496923335_488907.html
Ilustración: Eulogia Merle

viernes, 10 de marzo de 2017

domingo, 6 de septiembre de 2015

CORAJUDO

EL PAÍS, Madrid, 6 de septiembre de 2015
PIEDRA DE TOQUE »
Los extremismos y Daniel Barenboim
En una época tan difícil como la nuestra, el músico nos demuestra que siempre hay esperanza y que hay que seguir dando la batalla por un mundo mejor
Mario Vargas Llosa

Al mismo tiempo que los ayatolás fanáticos iraníes prohibían a Daniel Barenboim ir a Teherán a dirigir la Staatskapelle Berlin Orchestra por tener la nacionalidad israelí (que Irán no reconoce), la ministra de Cultura y Deportes de Israel, Miri Regev, exigía a la canciller alemana, Angela Merkel, que impidiera la presencia del músico en Irán porque ese ciudadano judío, con sus críticas a los asentamientos y, en general, a la política palestina del Gobierno de Israel, podría causar un grave daño a la causa de la paz.
Dos actitudes de extremismos paralelos que se manifiestan al mismo tiempo y, se diría, confirman aquello de la identidad de los contrarios. Ambas iniciativas muestran, por una parte, la absoluta falta de racionalidad y la ceguera religiosa que prevalece en el tema del conflicto palestino-israelí y, de otro, la titánica lucha que deben librar quienes, como Daniel Barenboim, tratan de tender puentes y acercar mediante el sentido común y la buena voluntad a esas dos comunidades separadas hoy por mares de odio y fanatismo recíproco.
Tengo una gran admiración por Daniel Barenboim, como pianista y director de orquesta. Lo he oído como solista y como conductor de las mejores orquestas de nuestro tiempo y siempre me ha parecido uno de los más egregios músicos contemporáneos y, desde luego, espero con impaciencia la inminente aparición de su nueva versión de los dos Conciertos para piano, de Brahms, uno de sus platos fuertes desde que los grabó por primera vez, en 1958, dirigido por Zubin Mehta.
Mi admiración por Barenboim no es solo por el gran instrumentista y director; también por el ciudadano comprometido con la justicia y la libertad que, a lo largo de toda su vida, ha tenido el coraje de ir contra la corriente en defensa de lo que cree justo y digno de ser defendido o criticado. Aunque nació en Argentina, es ciudadano Israelí y, desde siempre, ha militado junto con los israelíes que critican el tratamiento inhumano de muchos Gobiernos de Israel, como los presididos por Netanyahu, contra los palestinos en los territorios ocupados y en Gaza, y ha obrado incansablemente por tender puentes y mantener un diálogo abierto con aquellos. De este modo nació ese proyecto apadrinado por él y por el destacado intelectual palestino Edward Said, la fundación en 1999 de la West-Eastern Divan Orchestra, conformada por jóvenes músicos israelíes, árabes y españoles y que patrocina la Junta de Andalucía. Sus empeños a favor del diálogo entre israelíes y palestinos fueron reconocidos por estos últimos, concediéndole la nacionalidad palestina, que Barenboim aceptó, explicando que lo hacía con “la esperanza de que aquello sirviera como señal de paz entre ambos pueblos”.
Ha tenido el coraje de ir contra la corriente en defensa de lo que cree justo de ser defendido
Pero, cuando lo ha creído necesario, Barenboim también ha dado batallas en lo que podría considerarse el lado opuesto del campo ideológico. Por ejemplo: en la campaña para que la obra musical de Wagner pudiera tocarse en Israel, donde hasta entonces estaba prohibida por los escritos antisemitas del compositor alemán. La campaña tuvo éxito y él mismo dirigió el 7 de junio de 2001, en Jerusalén, a la Staatskapelle de Berlín en la puesta en escena de la ópera Tristán e Isolda. Hubo algunos gritos de “nazi” y “fascista” entre los oyentes, pero la gran mayoría del público que asistió a la función aplaudió a los músicos y a la ópera, aceptando la tesis defendida por Barenboim de que, por fortuna, el talento creador de Wagner no se vio contaminado por sus prejuicios racistas. ¿No fue éste, también, el caso de otros grandes creadores como Balzac, Thomas Mann y T. S. Eliot?
El compromiso político es mucho menos frecuente entre los músicos que entre los escritores y otros artistas, tal vez porque la música, sobre todo la llamada “culta”, tiene la apariencia de la absoluta neutralidad ideológica, no suele dar la impresión de contaminarse de, ni pronunciarse sobre, la problemática social y política del tiempo en que fue compuesta. Sin embargo, su utilización tiende a menudo a colorearla ideológicamente así como la filiación y militancia cívica de sus compositores e intérpretes, y el uso que hace de ella una determinada cultura o un régimen autoritario. Hitler y el nazismo convirtieron abusivamente a la música de Wagner en una anticipación artística del Tercer Reich (intentaron algo parecido con la filosofía de Nietzsche) y durante un buen tiempo esa identificación forzada perduró, desnaturalizando ante amplios sectores el valor y la originalidad artística de las composiciones de Wagner. Hay que agradecerle a Daniel Barenboim su empeño en rescatar de esa visión pequeñita y mezquina a uno de los genios indiscutibles de la música y, al mismo tiempo, ayudarnos a entender que la genialidad de un músico, de un pintor, de un poeta y hasta de un filósofo (véase Heidegger) no está necesariamente libre de traspiés ni errores de mucho bulto.

Los ataques que acaba de recibir son, en verdad, un homenaje a su valentía y su decencia
Daniel Barenboim cumplirá pronto 73 años y nadie lo diría cuando examina el frenético calendario de actividades que cumple, viajando por todo el mundo con sus cuatro pasaportes —argentino, israelí, español y palestino—, practicando sin tregua los seis idiomas que domina, dando conciertos como director o como pianista en los más prestigiosos escenarios del planeta, y, como si este incesante quehacer no fuera capaz de agotar su indómita energía, dándose tiempo todavía para polemizar con tirios y troyanos en nombre siempre de las buenas causas: la racionalidad contra los fanatismos y extremismos, la defensa de la democracia contra todos los autoritarismos y totalitarismos, y la divulgación del arte y de la cultura como un patrimonio de la humanidad que no debe admitir censuras, exclusiones ni fronteras.
En una época tan difícil y confusa como la nuestra en lo que se refiere a la vida cultural y al compromiso político, muchos artistas e intelectuales han optado por el pesimismo: mirar a otro lado, concentrarse en una actividad que sirve también de coraza impermeable a los ruidos del mundo, cerrar los ojos y taparse los oídos para no degradarse confundidos con el “vulgo municipal y espeso”. Daniel Barenboim está en el polo opuesto de semejante abdicación. Él nos demuestra, con la valía de su quehacer artístico y su compromiso cívico ejemplar, que siempre hay esperanza y que hay que seguir dando contra viento y marea la batalla por un mundo mejor. Los ataques que acaba de recibir al mismo tiempo de los ayatolás iraníes y de la ministra de Cultura de Israel son, en verdad, un homenaje a su valentía y su decencia.

(http://elpais.com/elpais/2015/09/03/opinion/1441291245_497847.html)
Fotografía: Tercera imagen, tomada de http://operachic.typepad.com/opera_chic/daniel_barenboim/page/2/

viernes, 13 de agosto de 2010

visitante


Daniel Barenboim en Caracas. La fotografía de William Dumont dice todo (El Nacional, Caracas, 11/08/10)