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domingo, 22 de abril de 2018

LA PLAZA SE HUNDE, HAZ PESO

Plaza Caracas
Siul Nagarrab


A mediados de los ’80 del ‘XX, surgió la Plaza Caracas, como  alternativa de un amplísimo espacio para la ciudadanía demasiado acostumbrada al asfixiante abigarramiento de su desenvolvimiento callejero. Intereses contractuales por delante, los trabajos afectaron el diseño original del otrora magnífico complejo comercial y de oficinas del Centro Simón Bolívar, abriendo otro capítulo para la suerte de una obra que, manteniéndose en pie, después del terremoto de 1967, por cierto, predicho con el derrumbe de las dos torres, en una entrega de la revista Élite (Caracas, 1966), ahora difícilmente logra hacerlo al sintetizar el deterioro galopante de la metrópoli.

Para el lugar, fueron utilizados los más nobles materiales y tanto que,  todavía, sobreviven a la fortísima tempestad de la indiferencia oficial, la que (in) voluntariamente ha propiciado la precariedad infinita de una urbe que fue siempre promesa del centralizador emporio  petrolero. Ya no es sede de los más estelares despachos ministeriales, como el de de Minas e Hidrocarburos o del Trabajo de   épocas ya lejanas, sino relegamiento de escasas dependencias oficiales, bajo una jefatura poco influyente, o de los tribunales resignados a ocupar los espacios competidos por los refugiados.

El cuidado de la losa de la extensa Plaza Caracas, antaño, impedía  el desplazamiento o estacionamiento de vehículos, por ligeros que fuesen, en cualquier rincón de su  inmensidad. Llegó a tanto el celo, que todavía algunos recordamos el decomiso de los pequeños modelos que una o varias personas, los fines de semana, alquilaban para el disfrute de los niños, aunque nunca más las autoridades dieron cuenta de tamaña y literal expropiación. Sin embargo, sobre la misma losa que ya acusa el golpe, hogaño, el personal del CNE – lo suponemos, por la cercanía de su sede – o de otros influyentes, ya dispone de un estacionamiento que tiene por ordenadísimo límite, el busto de Bolívar y, fácil de conjeturar, irá ganando espacio para copar, al menos, la mitad de una plaza que se presumió construida para el peatón común.

El fenómeno obedece a una realidad, pues, además del  difícil y efectivo estacionamiento del vehículo en el casco histórico de Caracas, teniendo a la mano el acceso a la Cota Mil por la avenida Baralt, e caso parece – digamos – una concesión graciosa para aquellos que están condenados a despachar en el lugar. Hay ministros y presidentes de organismos oficiales que lograron sacar sus despachos hacia el este confortable, aún fuera de los límites del municipio Libertador, en aras de su más cómodo desempeño y, además, vecindad con sus casas de habitación, porque no tendrán por domicilio el centro o el (lejano ) oeste de la metrópoli que, por ejemplo, la imaginó el arquitecto Doménico Filippone en un 2000 de subterráneos, helipuertos, energía atómica, interconectada la ciudad-región con La Victoria o Barlovento (Élite, Caracas, 1963).

Dueño el Estado de las calles, por más que le paguemos alquiler por utilizarlas, con los impuestos, el paisaje será el del aparcamiento de los carros que sólo los privilegiados del poder pueden exhibir. Cualquier espacio sirve y servirá para la arquitectura del estacionamiento funcionarial, otra vertiente de la mirada hacia la ciudad.

Fotografías: SL, Plaza Caracas (Caracas, 04/04/2018).
22/04/2018:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/32433-nagarrab

jueves, 4 de septiembre de 2014

VIEJA POBREZA

EL NACIONAL - Domingo 31 de Agosto de 2014 Siete Días/6
Agujeros
Elías Pino Iturieta

En 1848, el ministro de lo Interior ganaba 285 pesos mensuales. El oficial mayor se conformaba con 158,33 pesos. La plana mayor estaba formada por cinco jefes de sección, cuyo sueldo llegaba a los 99,74, y por 6 oficinistas a quienes se pagaban 63,33 pesos. Un portero y un sirviente se llevaban 14,25 pesos cada uno y así concluía la nómina. Para los gastos de escritorio había una reserva de 25 pesos. El ministro se ocupaba de la política, de la seguridad y la administración de justicia.
Si consideramos el gasto para tinta y papel, concluiremos en que no disponía de un despacho llamado a grandes cometidos.
Ni el cortejo que lo acompañaba ni la dotación de su bufete, permiten pensar en hazañas de control y eficiencia.
¿Qué pasaba con funcionarios de menor categoría? Estaban condenados a servir en lugares devastados por la desolación provocada por las guerras de Independencia, por la carencia de presupuestos y tal vez por la incuria. En 1832, un enviado de Páez escribió unas notas sobre el estado de las oficinas en Valencia, Puerto Cabello, San Carlos y Guanare, que presentan un cuadro desesperanzador: "No hay mesas, no hay sillas, no hay muebles del archivo, no hay escaparates, no hay bandera nacional, muchas veces sin puertas y sin ventanas, derrumbados los techos y perdida toda la pintura de las paredes", escribió. El informe coincide con las quejas de la Corte Superior de Valencia en 1836, que describió así el estado de su sede: "La casa necesita un reparo de todos sus techos, pues con dificultad se encuentra en ellos un lugar libre de goteras".
De acuerdo con un documento enviado por el gobernador de Maracaibo en 1839, las oficinas de su jurisdicción estaban en abandono, incluyendo su propio despacho, pues solo tenía "media docena de sillas bien conservadas para atender colaboradores y visitas". En 1833, desde San Carlos se informa a la capital: "En este cantón solo ha habido dos escribientes numerarios o públicos para el despacho de los registros. Hay uno a toda prueba, pero es secretario municipal, procurador del Consejo y escribiente del señor jefe político".
En 1848, don Andrés Level de Goda, conocido hombre público, comunicó las primeras impresiones que le producía la oficina en la que se estrenaba como juez de Primera Instancia del Circuito 31: "Solo encontré cuatro escuetas paredes de una sala y aposento para mi habitación que me vale diez pesos de alquiler, y nada de útiles para el trabajo, en que no habían ni hay colección de leyes venezolanas, ni códigos de procedimiento, ni gacetas, y menos leyes colombianas, de modo que actúo una veces por mis principios, y otras por alguna ley que me presta el juzgado parroquial, donde tampoco está la orgánica de provincias , cuya falta me ha puesto en conflicto no pocas veces".
En 1849, ahora en Guayana, los papeles estaban expuestos a perderse por la falta de arcas y escaparates. Lo mismo sucedía en los registros de Mérida en 1858, que no tenían mesas ni taburetes ni cajones ni tinteros ni candados. Sobre la situación de las prisiones es elocuente un fragmento de El Relámpago, periódico de 1843. Afirmaba lo siguiente: "La cárcel que tiene Caracas es una mansión de horrores. El venezolano que se ve encarcelado deprava su moral con la vista de los objetos que le circundan., se degrada a sí mismo, porque cuanto ve y cuanto oye lo empuerca y lo envilece, y se familiariza con el crimen por el inmediato roce en que la sociedad lo coloca con todos los criminales". En 1844, el juez de Barcelona aseguraba que la penitenciaría era un caos, porque funcionaba en una casa alquilada que antes servía como domicilio familiar y carecía de los mínimos requisitos de seguridad. "Los cautivos hacen lo que les viene en gana", confesó.
En 1848, la cárcel de Cariaco, según el gobernador, "hállase en el mayor estado de deterioro, amenazando aplastar a los pobres que dentro están".
¿Se pueden describir estragos superiores? ¿Se puede pensar en agujeros más oscuros? Quizá solo si miramos hacia nuestros días, pero después de considerar que en el inicio de la república se pagaban las consecuencias de la guerra contra España y apenas se contaba con presupuestos que clamaban al cielo por su debilidad. También conviene pensar en cómo, pese a una reunión tan grande de calamidades, Venezuela pudo salir del atolladero.


Nota LB: Para llegar a sentarse alrededor de la mejor mesa de trabajo, contando con oficinas adecuadas para las funciones de gobierno, como ocurrió con Cipriano Castro y su gabinete en la ya conocida gráfica, pasaron muchos años. El texto de Pino Iturrieta cuenta el mérito de recordar cuánta frzada austeridad exhibimos respecto al ejercicio cotidiano del poder, pues, siendo tan campamental en el siglo XIX, sus despachos inestables y y huérfanos de la funcionalidad requerida en la propia ciudad capital, nos resulta inimaginable las condiciones para atender a la ciudadanía y los despachos mismos del interior del país. Incluso, construído el complejo del Capitolio Federal, hoy resulta impensable que los órganos del Poder Público trabajasen en reducidos espacios, sin una establece y adecuada burocracia en proporción a la población atendida o supuestamente atendida ...