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domingo, 12 de julio de 2020

LA IDA Y VUELTA EN MÁS DE UN SENTIDO (CORTÁZAR)

Armando Rojas Guardia, campo minado
Luis Barragán

Pertenecemos a una promoción generacional que creció con el continuo y espeso aguacero del país dinerario que juró navegarlo por siempre, pivotado por las más insólitas vanidades.  E hizo – también – de la postergación de sus problemas y traumas cruciales, un modo de vida gracias a la fortuna de un instante asombrosamente duradero que reventaría en las playas entristecidas del presente siglo. 

La poesía fue una incómoda afición o un extraño oficio, en las súbitas aguas revueltas del éxito que se tuvo por imperecedero. No cupo en las fiestas hípicas de los domingos, ni en los certámenes de belleza, a menos que se le ocurriese a alguien ponerle un extraño remoquete a su yegua, o alguna jovencita pronunciara unos versos de Shakespeare en una cuña televisiva; aunque – tampoco -  en los viajes a la Europa oriental que concluían plácidamente en la occidental,  por supuesto, cuidadosamente contestatarios.

Por la prensa cultural, nos enteramos de sendos grupos poéticos, como Tráfico y Guaire, resultándonos familiar varios autores que llevamos a casa para la lectura distraída. Con el tiempo, inadvertidamente, quedaron regados en la memoria y, en medio del oleaje violento de los días que corren, los recordamos.

Armando era hijo de Pablo, asiduo columnista de la  prensa venezolana. Uno y otro, continuidad de épocas diferentes,  distinción de tiempos coincidentes, ayudaron al perfil inadvertido de una generación tomada por boba, barruntada del negro aceite;  pero Armando con sus angustias existenciales, dejó muchas claves a despejar por una sociedad hoy perpleja: hay quienes aseguran que no sabe de qué vivirá, pero o hará,  encontrándose consigo misma, en la suma de todas sus viejas postergaciones.

Lo leímos, sin mayores pretensiones, alertando sobre el campo todavía y aún más mimado de nuestro común destino. Ya se ha ido físicamente, aunque es inevitable el regreso: “Cuando tú vienes / no has venido / estás ya desde siempre”.

sábado, 11 de julio de 2020

ELEMENTOS

Armando Rojas Guardia y la intemperie
Alirio Pérez Lo Presti  

En el recientemente realizado Congreso Venezolano de Psiquiatría desarrollado en la ciudad de Caracas, tuve el privilegio de dictar la conferencia: “Armando Rojas Guardia. El dios de la Intemperie”.

El interés por este escritor venezolano por parte de una comunidad científica surge de una larga relación entre psiquis y filosofía, lo cual en Rojas Guardia va más allá, por el hecho de que hay algunos elementos inseparables a la ¿transgresión? que están presentes en su obra. 

Existen tres condiciones (entre otras) que destacan en el texto El dios de la intemperie, las cuales nos llevan a concluir que su obra y su persona se encuentran ligadas intrínsecamente con la labor de la psiquiatría que razona y propende a dar frutos. Estos tres elementos se hallan vinculados con lo que pudiésemos llamar la condición “marginal” (y marginada) universal del ser humano.

El primero es la enfermedad mental, percibida como condición que ubica al individuo en un plano que induce temor a “los otros”. Mezcla de miedo y compasión, que de no ser por las habilidades intelectuales o el poder económico de quien presenta una condición psicopatológica, estaría condenado al ostracismo inherente a lo sociocultural. No es la visión expuesta por Foucault en la Historia de la locura en la época clásica. Se trata de un escritor que le dedica su libro a su psiquiatra tratante, quien no sólo es un “personaje”, sino que existe una genuina amabilidad de Rojas por quien es un terapeuta reconocido con quien ha vivido la experiencia del “acompasamiento” propio del al acto médico, especialmente psicoterapéutico. Contrario a muchos textos antipsiquiatras, en esta obra Rojas muestra gentileza por el oficio de los terapeutas, siendo notable el valor y respeto que les adjudica.

Lo segundo que plantea Rojas Guardia es la condición homosexual. Elemento que sigue siendo de marginación social que ubica al individuo en un plano muchas veces de carácter paralelo que le impide mantener vínculos en común con sus pares. Debemos sacar cuentas en este punto. Sólo una minoría de la actual civilización tiene aceptación genuina por la homosexualidad. El no rechazo o repudio a la misma sólo ocurre en algunas sociedades (predominantemente las que conocemos como occidentales). Lo homosexual como elemento marginal que hace del individuo un ser que todavía es visto como diferente y casi contracultural en muchas latitudes.

Lo tercero es la condición de “poeta”, la cual es una elaboración de carácter artístico ajena a la comercialización y al “marketing”, ubicando a quien cultiva el lirismo en una posición  singular, propia de seres ¿incomprendidos? a quienes la sociedad ubica al margen, en parte por insensible, por considerarlos inútiles, pero por encima de todo porque vivimos en una comunidad básicamente ágrafa, en donde la ignorancia es casi una norma, o peor aún, un elemento necesario para el “triunfo”.  

Rojas Guardia es un gran poeta y ensayista. Su obra marcha como un espejo que nos permite intentar entender elementos propios del enmarañado siglo que corre. Es un talentoso hombre de ideas que se encuentra entre nosotros, produciendo un legado de gran valor para esta y futuras generaciones. El dios de la Intemperie es un ensayo publicado por primera vez en el año 1985 reeditado por la ULA a través del destacado médico humanista Osman Gómez en 2003, existiendo ediciones más recientes. 

Obra de profundo contenido filosófico, enraizada con lo más pedestre del espíritu humano. En una muestra de erudición propia de un hombre culto, Rojas muestra su profundo conocimiento filosófico expuesto de manera sencilla, lo cual es relevante, ya que con frecuencia el ensayo que induce a pensar, puede resultar de difícil lectura. En Rojas el libro se lee de un solo tirón, característica que tienen las obras escritas con pulcritud. Si un elemento consiente el anclaje que deriva en otras ideas, es el sustrato de carácter Nietzscheano que posee el libro. Nietzsche para entender elementos consustanciales con la moral, pero particularmente la exaltación de la obra del filósofo alemán que teje un hilo conductor que determina el ensayo. La idea de Dios, propia a una cultura de la cual formamos parte, con sus atavismos, primitivismos y desatinos. La genealogía de la moral que puede ser convincente y dar estructura, o puede conducir al individuo al nihilismo y lo tormentoso.

La lectura de Rojas Guardia, con su estilo afable y su límpida prosa, es asidero para cultivar visiones que nos permiten desarrollar sosiego y tratar de buscar luces en un siglo complejo. Escritor de siglo XX con proyección inseparable al corazón del siglo XXI, El dios de la intemperie seguirá dando que hablar (y pensar) en un país que desde hace rato pareciera necesitar con urgencia de mayores referentes intelectuales para encontrarse consigo mismo. Para lograr desde el respeto y la diferencia, transitar los mismos espacios sin atropellar a los demás.

(*) Publicado en el 2014
11/07/2020:
Captura de imagen:
Cfr.
Entrevista hecha por Rafael Arráiz: https://www.youtube.com/watch?v=AXm-3Bk3v38

sábado, 11 de mayo de 2013

NOTAS SOBRE EL FASCISMO (10)

EL NACIONAL - Domingo 23 de Febrero de 2003     A/21
Fascismo y chavismo
Armando Rojas Guardia

Como entre líneas, he ido descubriendo en el Diario de Thomas Mann (1933-1936) una atmósfera histórica que me devuelve de manera enfática a la nuestra, signadas ambas por el autocratismo y el tufo oprobioso que desprenden. He aquí las semejanzas: la misma demagogia tecnificadamente planificada; la misma utilización propagandística, simplista y maniquea, del mito nacional, para movilizar a las masas; el mismo recurso a la violencia armada de las brigadas-de-choque; el mismo absolutismo hegemónico que reclama para sí e invade todos los poderes públicos; la misma molestia urticante contra toda disidencia u oposición, enlodando a éstas con epítetos insultantes; el mismo estereotipo manipulador para acallar a los medios de comunicación ( “El derecho de criticar trae consigo el deber de decir la verdad”, Hitler, 8 de abril de 1933) ; la misma apelación a lo más primitivo que hay en el hombre: el resentimiento, tan certeramente diagnosticado por Nietzsche, con tendencia a colectivizarse como actitud general de la población; la misma estética repulsiva (vacía de contenidos sustanciales y de formas en verdad audaces y modernizadoras: dicho sea de paso, la repugnancia inteligente y sensual ante el chavismo como estética es la primera liberación de su férula que puede concebirse) ; la misma mezcla indigesta de elementos de la izquierda y la derecha políticas (el fascismo es ideológicamente confuso, porque con él aflora a la superficie de la conciencia de los pueblos todo un torrente de irracionalidad telúrica difícil de encauzar civilizada y democráticamente) ; el mismo vacío intelectual de los dirigentes y parlamentarios del régimen; la misma impunidad ante la criminalidad desatada, cuya fuente primordial es el discurso agresivo, bélico, del poder; la misma atmósfera guerrerista, explosiva, cargada de violencia física y verbal, que se respira en Caracas y las principales ciudades del país, como consecuencia de aquel mismo discurso, arrogante, intransigente y autista; la misma militarización global de las instituciones y, sobre todo esto, la misma entronización mesiánica del caudillo como galvanizador fundamental del proceso político, con claras connotaciones de arquetipal, grandilocuente raigambre heroica, es decir, simbólicamente verticalista y unilateral, invitándonos a apoyar la apoteosis de su épica revolucionaria, aun con el derramamiento de sangre ( “tronarán las ametralladoras”, proclamó en Porto Alegre) que ella comporte.
Setenta años nos separan de la Alemania de 1933. Pero las similitudes dan qué pensar. ¿O no?
Composición gráfica: Toni Frissell.

sábado, 25 de febrero de 2012

KIZERADOS


EL NACIONAL - Sábado 25 de Febrero de 2012 Papel Literario/3
Tribu
Gabriela Kizer (1964) publicó el poemario Amagos en el año 2000. En 2002 puso en circulación Guayabo, en una cuidada edición impresa en Bogotá. Tribu (2011), que resultó ganador del Premio Internacional de Poesía José Barroeta, ha sido editado por La Cámara Escrita
ARMANDO ROJAS GUARDIA

A Gabriela Kizer le interesa la aventura espiritual de la tribu humana sobre la tierra

Por qué el lector de este poemario, a pesar de no encontrar en él un entramado metafórico deslumbrante ni tampoco una propuesta rítmica especialmente llamativa, se siente sin embargo impulsado o, mejor dicho, obligado, una vez que comienza a leerlo, a continuar y proseguir haciéndolo hasta el final, sin que le sea posible abandonar la lectura en ningún momento? Porque ante Tribu , estamos frente a un caso insólito de lo que podríamos llamar persuasión poética. Con este libro nos ocurre algo semejante a lo que nos pasa con la poesía de Paul Celan: al leerlo nos gana --literalmente nos invade-- la convicción de que se trata de un acontecimiento estético muy importante, más allá o más acá del desafío cognoscitivo que representan lo críptico, lo difícil e, incluso, lo hermético de muchos fragmentos y de algunos de los momentos más significativos de su despliegue temático y procedimental.

¿Dónde radica la causa del alto grado de persuasión poética de Tribu? Yo me atrevería a asegurar que primordialmente en su enfoque, en la perspectiva total desde la cual se dirige a nosotros. A partir de la primera sección del libro, comprendemos que a la poeta no le interesa celebrar o meditar líricamente sobre aspectos parciales de la condición humana, sino, ante todo, sobre la condición humana en sí misma, entendida globalmente. Le interesa la aventura espiritual --también física, también psíquica-- de la tribu humana sobre la tierra. Desde el presupuesto de que sólo la poesía ostenta la capacidad ontológica de dar cuenta cabal de esa aventura. "Poéticamente habita el hombre sobre la tierra" escribió Hölderlin, y todos recordamos la maravillosa meditación de Heidegger sobre estas palabras. No es otro el basamento del enfoque desde el cual se nos habla en las páginas de Tribu: vivir humanamente sobre la tierra significa vivir poéticamente; sólo la poesía recoge y aquilata la envergadura existencial de la gesta que la tribu humana ha emprendido y emprende en el universo.

Y para dar noticia de ese enfoque, para realizarlo y realzarlo estéticamente, la poeta se dedica a inscribir en la carne misma de su texto las voces que le llegan desde diversas tradiciones literarias y religiosas, tanto occidentales como orientales.

Se trata de una labor polifónica que no tiene parangón en la poesía venezolana. A veces como citas textuales, otras como paráfrasis y otras como simples pero certeras alusiones, la textualidad del libro se llena de esas voces dispersas pero sin embargo aquí convergentes: a todas las engarza la pretensión poética de celebrar la gloria y el horror de ser hombre.

Esta multitud de referencias no busca ser panorámica ni enciclopédica (faltarían, por ejemplo, si se quisiera más o menos completa, referencias fundamentales como las que atañen a tradiciones importantes, por ejemplo la budista y la musulmana). No hay ni el más mínimo afán libresco en el despliegue de ese mapa referencial. Hay, sí, lo que López Pedraza llamaba un "vivir culto", es decir, una vida mental alimentada por la inagotable reserva de imágenes que, para nuestra orientación psíquica, nos provee la historia de la cultura. Pero no sólo eso.

Esas referencias son las múltiples voces de la tribu, algunos de los interlocutores que han compartido y comparten con cada uno de nosotros el evento inaudito de habitar sobre la tierra humanamente.

Uno de los pivotes de ese habitar humano sobre la tierra lo constituye la religación con lo sagrado. Y Tribu da cuenta de ello, hasta el punto de que podría afirmarse que el eje sacral actúa como centro dinámico del texto. Por razones obvias, en esta área el énfasis está colocado en la tradición judía (pero más bien en el segmento cúltico y ritual de dicha tradición --el Levítico, el Deuteronomio -- y en el sapiencial --Libro de Job, El Cantar de los Cantares --, y no, sorpren- dentemente, en su segmento profético --el arco que va de Isaías hasta Sofonías, pasando por Amos y Oseas--, el cual es obviado en el poemario). Dos palabras --"heme aquí"--, importantes en el "Antiguo Testamento" porque con ellas un ser humano --alguno de los jueces o un profeta-- responde a la interpelación divina y a la vocación implícita en ella, fungen en el libro como un genuino leit-motiv, una especie de estribillo musical o de mantra que no sólo contribuyen a otorgarle coherencia, también rítmica, al texto, sino sobre todo señalan que la poeta, al pronunciarlas solemnemente --"heme aquí" es la traducción de la expresión hebrea hinnení --, toma conciencia de la vocación que posee ella misma por designio de Dios: purificar las palabras de la tribu para poder cantar la aventura y desventura de ésta. Esas dos breves palabras, repetidas ritualmente como lo hace el hablante lírico --"heme aquí"-establecen un nexo entre la atmósfera vocacional que permea la vida de ciertos personajes bíblicos y el contemporáneo quehacer de la poeta con las palabras, especialmente con las que integran este texto (dicho sea de paso, la invocación a Dios como Padre, tan crucial en Tribu , es más bien desusada en el universo religioso hebreo; su utilización en el libro está más cerca en ese aspecto del "Nuevo Testamento").

Afirmé al comienzo que la propuesta rítmica de Tribu no es especialmente lla- mativa. No lo es, pero ello no quiere decir que no sea eficaz y envolvente. Todas las secciones del poemario, todo el poema --porque es un solo y gran poema-- hacen gala de una cadencia litúrgica, que a veces ostenta la respiración musical de un ensalmo, otras, evoca el contrapunto coral de un himno y otras, cuando su textura verbal se aproxima por momentos al habla cotidiana, tiene la armónica y melódica trepidación de un concierto de música contemporánea.

Esa naturaleza globalmente litúrgica del texto hace que todo él, de principio a fin, constituya para el lector una misma, enorme y prolongada experiencia ritual.

Si alguna vez hemos tenido o tenemos dudas acerca de para qué sirve la poesía, Tribu es la más cabal, más completa y más rotunda respuesta.

Fotografía: Lisbeth Salas.

miércoles, 13 de julio de 2011

TRANSITACIÓN


EL NACIONAL - Sábado 09 de Julio de 2011 Papel Literario/1
30 años del Grupo Tráfico
"Quisimos ser voluntariamente críticos"
ENTREVISTA
GABRIEL PAYARES

Treinta años han transcurrido desde la aparición del grupo Tráfico y de su "Sí, manifiesto", uno de los últimos y más recordados gritos poéticos y colectivos del país, surgido del seno de una sociedad adormecida por el rentismo petrolero durante los años ochenta. Armando Rojas Guardia, poeta fundador del grupo, mira hacia atrás y evalúa lo que sin duda fue una experiencia poética fundamental en el desarrollo literario venezolano.

La mayoría de las aproximaciones al grupo Tráfico coinciden en ver en él un intento por restituir una voluntad crítica del intelectual hacia el poder, extraviada durante los años de la bonanza petrolera. "Sincerar la relación del poeta con Venezuela", decía el manifiesto del grupo. ¿De qué manera percibes hoy en día aquella necesidad? Efectivamente, surgimos como grupo en un contexto histórico donde ese talante crítico frente al poder se había hecho más bien laxo. La República del Este representó para nosotros esa laxitud, esa confraternización contranatura de cierta izquierda con Miraflores. Era el símbolo de todo aquello que no queríamos para el intelectual, para el escritor y, específicamente, para el poeta.

Visto retrospectivamente, sin embargo, el manifiesto está impregnado de un voluntarismo mesiánico. Postulamos que el poeta tenía que salir a la calle y hacer, escribir y difundir un tipo de poesía que se acercara al venezolano medio, y pasamos por alto culposamente que el divorcio entre la poesía y la mayoría de los venezolanos no es responsabilidad de los poetas, sino que obedece a causas estructurales de tipo político, social, cultural y económico. Entonces, eso de que el poeta tenía que salir al barrio, al cuartel, a la fábrica, a la plaza pública, a los parques, me suena hoy en día a ese mesianismo voluntarista, como si el cambio cualitativo que representaría una nueva percepción del fenómeno poético y del papel del poeta en la sociedad dependieran de la voluntad exclusiva de los poetas.

¿Entonces el Viernes Negro y la debacle que con él se inició en la democracia venezolana significaron la confirmación de los reclamos de Tráfico? Por supuesto. Nosotros hablábamos de la democracia petrolera, y de alguna manera nos hacíamos eco de lo que Uslar Pietri llamaba "el festín de Baltasar", esa danza de los millones que se concretaba en el ta’barato dame dos de la Venezuela mayamera y de la clase media urbana. El Viernes Negro vino a ser la señal de alarma de que la decadencia había empezado, de que el festín, si no había terminado, estaba por terminarse. Nosotros quisimos hablar consciente y voluntariamente desde la clase media urbana, pero sin identificarnos con la mayoría de sus estereotipos y con buena parte de su universo mental. Quisimos ser voluntariamente críticos con respecto a esos estereotipos y a ese universo mental.

¿Crees que ese "realismo crítico" propuesto por Tráfico sea algo demodé, o lo consideras todavía un camino necesario en la poesía venezolana? Cada enfoque temático en la poesía implica sus propios procedimientos. Cuando escribí La nada vigilante me enfrenté con un problema intrapsíquico para el tratamiento del cual los procedimientos postulados por el manifiesto no me servían. Quería escribir acerca de un bloqueo psíquico, quería escribir el poema del imposible poema, quería escribir sobre la imposibilidad de escribir. Eso implicaba un procedimiento estilístico que nada tenía que ver con Tráfico. La psicología ontologizante de Rafael Cadenas, la crítica a la realidad aparente del mundo a partir de las imágenes primordiales de la ensoñación poética de Juan Sánchez Peláez o las preocupaciones filosóficoestéticas de Alfredo Silva Estrada, por ejemplo, requieren sus propios procedimientos estilísticos que nada tienen que ver con lo postulado en el manifiesto. En ese sentido, la apuesta por el realismo crítico me parece válida como opción a elegir; el manifiesto la erigía como la única posible y en ese sentido es una afirmación dogmática y fanática. Miguel Márquez acaba de hacer, en su último libro publicado, Poemas de la Independencia y del escarnio, un experimento estilístico que no se había hecho nunca en Venezuela y del que sólo recuerdo como antecedente un libro de Ernesto Cardenal, El estrecho dudoso. Miguel toma textos históricos y crónicas del período de la Independencia y los somete a un tratamiento rítmico musical que los redimensiona, de la misma manera en que Cardenal toma algunos textos de los cronistas de Indias: Fernández de Oviedo, Bernal Díaz del Castillo, Bartolomé de las Casas, y obtiene de ellos un valor netamente poético. Este experimento se inscribe dentro de una especie de realismo crítico que es perfectamente válido como opción, pero no como la única legítima. En poesía, como en literatura y la vida social, el juego plural de las opciones debe tener la última palabra.

¿Se extravió entonces la experiencia de Tráfico en tu recorrido escritural posterior? Fíjate, Yolanda Pantin me decía hace unas semanas por teléfono que toda la poesía que hacemos los de Tráfico en este momento no tiene nada que ver con lo que postulamos en el manifiesto, excepto, claro, la de Miguel. Yo no estoy seguro de que eso sea cierto. La poesía de Igor Barreto es una poesía que guarda una fidelidad asombrosa, en lo procedimental y en lo estilístico, a lo señalado en el manifiesto.

Yo mismo no hubiera podido escribir un poema como "La desnudez del loco" sin haber pasado por Tráfico. La técnica del collage que yo aprendí en Solentiname estudiando a Pound --porque todas las tardes después de las cinco horas de trabajo manual en Solentiname me dedicaba a estudiar esa técnica del collage que usa Pound en los "Cantos", o que usa T. S. Elliot en La tierra baldía, o que usa Robert Lowell en su poesía--, la apliqué luego a algunos de los que considero mis mejores textos poéticos. Lo mismo sucede con la revalorización, reivindicada por nosotros, de la narratividad y en consecuencia de la anécdota; frente a la poesía mayoritariamente abstracta, quintaesenciada e impersonal que se escribía y publicaba en el país, nos pareció que una de las maneras especificas de devolverle a la lírica venezolana una existencialidad y subjetividad comprometida y explicita, consistía en retornar a la narratividad, preferentemente autobiográfica.

Aunque se trata de un poema escrito después de que Tráfico ya había desaparecido, "Retén judicial", ese texto mío incluido en Patria y otros poemas, lleva la impronta narrativa de la poesía del grupo. Siempre reconocimos una delgada pero verdadera tradición en lo que entonces nos proponíamos: las obras poéticas de Víctor Valera Mora y la representada por Copa de huesos de Caupolicán Ovalles y, en cierto modo, también en Oh smog y Ciudadanos sin fin, de Juan Calzadilla. Igualmente, consideramos cercanos al Alejandro Oliveros de El sonido de la casa, a Blas Perozo Naveda, William Osuna y los poemas más narrativos de Enrique Hernández de Jesús. En cuanto a la poesía hispanoamericana en general, nos percibimos muy próximos a creadores como Ernesto Cardenal, José Coronel Urtecho, Juan Gelman, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Mario Rivero, Jotamario Arbeláez, Luis Rogelio Noguera: todos elaboran una poesía en donde caben gentilicios, nombres propios, giros coloquiales, dicciones conversacionales, la incorporación de elementos convencionalmente no poéticos al discurso lírico, la primera persona del singular, prosaísmo estéticamente calculados, lo narrativo. De la misma forma, reconocimos el magisterio que representaba la llamada "poesía de la experiencia" española, cuyo máximo exponente fue Jaime Gil de Biedma.

¿Y qué ocurrió, a tu modo de ver, con la herencia de Tráfico en los colectivos y las tendencias poéticas posteriores? Llevo ocho años dictando talleres de poesía semanalmente, dicto tres simultáneos en la actualidad y estoy en contacto con buena parte de los poetas jóvenes que escriben y publican en el país. Yo no diría que Tráfico constituye en el trabajo de estos poetas la referencia fundamental; pero sin duda es una importante en su mapa mental.

En nuestro empeño de reconectar al poeta con el público, y en ese sentido darle una nueva dimensión social a la poesía, en Tráfico quisimos renovar los recitales.

El recital es hoy moneda de uso corriente, cosa que no sucedía a comienzos de los ochenta, cuando era mal visto, considerado cosa de fiesta patronal, de acto cultural de liceo y se lo asociaba a la cursilería declamatoria; de modo que nos propusimos resucitar esa práctica en función de una nueva conexión del poeta con el público. Otra conquista innegable de Tráfico fue su insistencia en una poesía que rescatara lo histórico y lo cotidiano, la macrohistoria colectiva y la microhistoria individual y existencial del hombre que es su cotidianidad. Nos pareció que el orbe poético dentro de la poesía moderna en donde se explayaban más explícitamente estos elementos era el de la poesía norteamericana. Y si hoy los poetas incursionan en esos temas, y todavía más si se estudia con ojos nuevos a la poesía norteamericana, todo eso se debe a Tráfico.

Poemarios de excelente calidad estética como La patria forajida de Harry Almeda y Armadura de piedra de Edda Armas, en los cuales palpita la actualidad histórica del país, no creo que sean concebibles sin que la experiencia de Tráfico haya actuado en sus creadores al menos como referencia mental. Y, si atendemos a lo que escriben los más jóvenes, la extraordinaria poesía homoerótica de Alejandro Castro, su irreverente desenfado, su sabia y subversiva ironía, dentro de la cual la atmósfera urbana es una presencia tácita pero también abrumadora, no es explicable sin el antecedente de Tráfico. Lo mismo puede afirmarse de la clave política y citadina del estupendo poema titulado "Sexto mandamiento", de Leonardo González Alcalá.

Fotografía: Manuel Sardá

sábado, 2 de julio de 2011

SEMAFORÍA


EL NACIONAL - Sábado 02 de Julio de 2011 Cultura/3
LÍRICA Igor Barreto y Rafael Castillo Zapata reflexionan sobre la utopía
Un manifiesto que sigue en Tráfico
Hace 30 años, un grupo adoptó un mantra que aún está vigente: "Venimos de la noche y hacia la calle vamos"
M. R. R.

La fecha es oportuna para mirar con nostalgia la poesía. Hace 30 años algunos poetas suscribieron el "Sí, manifiesto", con el que la lírica venezolana salió de la torre de marfil en la que se encontraba a las avenidas urbanas, con rumbo hacia la posmodernidad.

Corrían los días del gobierno de Luis Herrera Campins. El documento fue la primera acción del grupo Tráfico, integrado por Yolanda Pantin, Armando Rojas Guardia, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata y Miguel y Alberto Márquez, entre otros.

Los creadores de la revista homónima proponían no sólo otra forma de hacer poesía, sino también el perfil de un nuevo autor, uno que saliera "en éxodo consciente del monólogo" dentro del cual querían encerrarse buena parte de sus compañeros de generación. El texto selló su influencia en las letras nacionales con una frase inolvidable de la lírica nacional: "Venimos de la noche y hacia la calle vamos", adaptación del poema de Vicente Gerbasi.

Vigencia y utopía. Fue el último gran manifiesto de la literatura nacional, antes de que la poesía se uniera a los otros géneros en su transitar por la ciudad.

Hoy, sin embargo, algunos de los miembros de Tráfico aseguran que no tienen ánimos de festejo. Pantin no desea hablar del tema, mientras que otro de sus compañeros lamenta públicamente lo que sucedió con el grupo y con el país, como respuesta al homenaje que se celebró el 22 de junio en la Casa Rómulo Gallegos, con el nombre "En/clave poética", y en el que intervinieron Rojas Guardia, Miguel Márquez y Castillo Zapata.

"¿Por qué celebrar la ultima trastada utópica de una vida cuando hoy vemos cómo la utopía engendra sólo monstruos de pensamiento único?", se pregunta Barreto en el documento "Contra el `Sí, manifiesto", que envió a otros autores y a la redacción de El Nacional.

"Se trataba de un manifiesto centrado en un acto de simulación (queríamos ser radicales de izquierda), una puesta en escena ideológica que podía ser leída como la fiel prolongación del discurso de una generación (la del 58) derrotada por un poema de [Rafael] Cadenas, lleno de coraje, que se valió del individuo y de sus vulnerabilidades humanas como escudo defensor contra las estratagemas de un poder emergente (...) Y es que la utopía ha sido una idea en la cultura venezolana que ha terminado engendrando pesadillas: literarias, universitarias y sociales".

El documento, que resiente que los postulados de Tráfico quedaran como un sueño irrealizable, podrá leerse completo en la edición de Papel Literario dedicada al grupo. En la misiva, Barreto señala con pena que los ideales de antaño hayan perdido toda vigencia a la luz de la crisis cultural y que la izquierda o la utopía haya terminado por engendrar la pesadilla actual.

Castillo Zapata no comparte la visión de quien fue su compañero de sueños literarios.

Para el autor, en el Celarg se celebró un gesto de vanguardia juvenil, pues la poesía es una potencia de intervención en la realidad desde otros parámetros. Además, enfatiza la diferencia entre la poesía revolucionaria y la de revolución: "En la poesía, el uso de la palabra interfiere en la realidad y tiene un contenido político. Pero no me refiero a la militancia ideológica, sino a la relación que tienen palabra y polis. En ese sentido, el manifiesto toca unas fibras que siguen estando vigentes. Igor [Barreto] cuestiona los efectos traumáticos de las utopías y es cierto lo que dice, pero ese impulso utópico no puede perderse porque es la única instancia de la transformación de lo real que tenemos cuando no estamos complacidos con la realidad y por eso es que podemos levantar contra ella desde el poema".

Conforme a su costumbre y tres décadas después de revolucionar el panorama intelectual venezolano, los miembros del grupo Tráfico siguen dialogando con la realidad que habitan, ahora sin manifiestos ni proclamas, pero siempre desde la palabra, que es su preocupación y su única arma.

Fotografía: Vasco Szinetar

miércoles, 23 de marzo de 2011

HABLANTE

EL NACIONAL - Sábado 19 de Marzo de 2011 Papel Literario/3
Adalbert Salas: la palabra indispensable
ARMANDO ROJAS GUARDIA

Siendo la poesía pensamiento analógico y simbólico químicamente puro, no se deja reducir a términos conceptuales. Nada puede sustituir la captación psíquica, espiritual e incluso sensorial de su despliegue imaginativo y verbal resonando allí, en el interior de nuestra mente y de nuestro cuerpo. Pero el poema es también un artefacto estético. Como tal artefacto ostenta un cierto tipo de racionalidad que es inherente a su funcionamiento.

En este orden de ideas, y sin pretender agotar sus múltiples lecturas posibles --todo símbolo es connaturalmente polisémico-- me parece que el núcleo del planteamiento simbólico de este poemario de Adalber Salas resulta ser el siguiente: como el mismo título del libro lo indica, el hablante lírico es en estas páginas un extranjero. Vivir desterrado de la propia patria psíquica y espiritual constituye una consecuencia de la relación conflictiva con la figura paterna. Ello se nos aclara si recordamos que etimológicamente patria significa la tierra del padre. Vivir(se) como extranjero gracias a la lejanía existencial desde la cual se materializa y concreta el vínculo con el padre trae aparejada la experiencia de la intemperie (primera palabra-clave de esta poesía).


Adalber Salas nos ofrece una acabada lección de exactitud, tanto simbólica, como metafórica, como idiomática.

Nada en este libro se dispersa o se desparrama


Una intemperie que es a la vez orfandad y sentirse arrojado a una errancia irrevocable, sin un mapa orientador de referentes tangiblemente próximos. En mitad de esa enorme intemperie existencial, sin puntos de apoyo ni asideros, en medio de ese vacío que es psicológico y también axiológico, el hablante lírico aguarda una redención (segunda palabra-clave) transfiguradora. Y la única redención posible que él vislumbra es, en primer lugar, la que aporta el propio cuerpo, vivenciado como el espacio de una revelación liberadora, y, en segundo término, pero vinculada orgánicamente al primero, la redención encarnada en la misma escritura poética, dentro de la cual se experimenta una inédita libertad en la que el cuerpo se sabe --en la doble acepción de saber y sabor-- devuelto en su integridad a sí mismo, constituyéndose de este modo en la única proximidad tocable. La vía regia de la autoafirmación vital, en la patria psíquica y espiritual añorada.

Este redondo, esplendorosamente coherente, planteamiento simbólico está tramado, desde el punto de vista estético, con una matemática precisión. Cada palabra es aquí la indispensable: no falta ni sobra ninguna. Cuando somos líricos, tendemos subrepticiamente a confundir la poesía con lo etéreo, lo evanescente y lo inexacto. Adalber Salas, por el contrario, nos ofrece una acabada lección de exactitud, tanto simbólica, como metafórica, como idiomática.

Nada en este libro se dispersa o se desparrama: todo en él se concentra, todo es médula desnuda.

Exactitud realzada por el tono reverente, como de oración laica, que impregnan la dicción de cada verso y cada párrafo. Hay algo majestuoso en el tratamiento del asunto que en este poemario recuerda a los salmos bíblicos y a la poesía metafísica inglesa de los siglos XVI y XVII. De la mano de este joven poeta venezolano entramos en una genuina liturgia del alma. Su poesía es doliente, pero también cántico, celebración y ceremonia.