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miércoles, 13 de julio de 2011

TRANSITACIÓN


EL NACIONAL - Sábado 09 de Julio de 2011 Papel Literario/1
30 años del Grupo Tráfico
"Quisimos ser voluntariamente críticos"
ENTREVISTA
GABRIEL PAYARES

Treinta años han transcurrido desde la aparición del grupo Tráfico y de su "Sí, manifiesto", uno de los últimos y más recordados gritos poéticos y colectivos del país, surgido del seno de una sociedad adormecida por el rentismo petrolero durante los años ochenta. Armando Rojas Guardia, poeta fundador del grupo, mira hacia atrás y evalúa lo que sin duda fue una experiencia poética fundamental en el desarrollo literario venezolano.

La mayoría de las aproximaciones al grupo Tráfico coinciden en ver en él un intento por restituir una voluntad crítica del intelectual hacia el poder, extraviada durante los años de la bonanza petrolera. "Sincerar la relación del poeta con Venezuela", decía el manifiesto del grupo. ¿De qué manera percibes hoy en día aquella necesidad? Efectivamente, surgimos como grupo en un contexto histórico donde ese talante crítico frente al poder se había hecho más bien laxo. La República del Este representó para nosotros esa laxitud, esa confraternización contranatura de cierta izquierda con Miraflores. Era el símbolo de todo aquello que no queríamos para el intelectual, para el escritor y, específicamente, para el poeta.

Visto retrospectivamente, sin embargo, el manifiesto está impregnado de un voluntarismo mesiánico. Postulamos que el poeta tenía que salir a la calle y hacer, escribir y difundir un tipo de poesía que se acercara al venezolano medio, y pasamos por alto culposamente que el divorcio entre la poesía y la mayoría de los venezolanos no es responsabilidad de los poetas, sino que obedece a causas estructurales de tipo político, social, cultural y económico. Entonces, eso de que el poeta tenía que salir al barrio, al cuartel, a la fábrica, a la plaza pública, a los parques, me suena hoy en día a ese mesianismo voluntarista, como si el cambio cualitativo que representaría una nueva percepción del fenómeno poético y del papel del poeta en la sociedad dependieran de la voluntad exclusiva de los poetas.

¿Entonces el Viernes Negro y la debacle que con él se inició en la democracia venezolana significaron la confirmación de los reclamos de Tráfico? Por supuesto. Nosotros hablábamos de la democracia petrolera, y de alguna manera nos hacíamos eco de lo que Uslar Pietri llamaba "el festín de Baltasar", esa danza de los millones que se concretaba en el ta’barato dame dos de la Venezuela mayamera y de la clase media urbana. El Viernes Negro vino a ser la señal de alarma de que la decadencia había empezado, de que el festín, si no había terminado, estaba por terminarse. Nosotros quisimos hablar consciente y voluntariamente desde la clase media urbana, pero sin identificarnos con la mayoría de sus estereotipos y con buena parte de su universo mental. Quisimos ser voluntariamente críticos con respecto a esos estereotipos y a ese universo mental.

¿Crees que ese "realismo crítico" propuesto por Tráfico sea algo demodé, o lo consideras todavía un camino necesario en la poesía venezolana? Cada enfoque temático en la poesía implica sus propios procedimientos. Cuando escribí La nada vigilante me enfrenté con un problema intrapsíquico para el tratamiento del cual los procedimientos postulados por el manifiesto no me servían. Quería escribir acerca de un bloqueo psíquico, quería escribir el poema del imposible poema, quería escribir sobre la imposibilidad de escribir. Eso implicaba un procedimiento estilístico que nada tenía que ver con Tráfico. La psicología ontologizante de Rafael Cadenas, la crítica a la realidad aparente del mundo a partir de las imágenes primordiales de la ensoñación poética de Juan Sánchez Peláez o las preocupaciones filosóficoestéticas de Alfredo Silva Estrada, por ejemplo, requieren sus propios procedimientos estilísticos que nada tienen que ver con lo postulado en el manifiesto. En ese sentido, la apuesta por el realismo crítico me parece válida como opción a elegir; el manifiesto la erigía como la única posible y en ese sentido es una afirmación dogmática y fanática. Miguel Márquez acaba de hacer, en su último libro publicado, Poemas de la Independencia y del escarnio, un experimento estilístico que no se había hecho nunca en Venezuela y del que sólo recuerdo como antecedente un libro de Ernesto Cardenal, El estrecho dudoso. Miguel toma textos históricos y crónicas del período de la Independencia y los somete a un tratamiento rítmico musical que los redimensiona, de la misma manera en que Cardenal toma algunos textos de los cronistas de Indias: Fernández de Oviedo, Bernal Díaz del Castillo, Bartolomé de las Casas, y obtiene de ellos un valor netamente poético. Este experimento se inscribe dentro de una especie de realismo crítico que es perfectamente válido como opción, pero no como la única legítima. En poesía, como en literatura y la vida social, el juego plural de las opciones debe tener la última palabra.

¿Se extravió entonces la experiencia de Tráfico en tu recorrido escritural posterior? Fíjate, Yolanda Pantin me decía hace unas semanas por teléfono que toda la poesía que hacemos los de Tráfico en este momento no tiene nada que ver con lo que postulamos en el manifiesto, excepto, claro, la de Miguel. Yo no estoy seguro de que eso sea cierto. La poesía de Igor Barreto es una poesía que guarda una fidelidad asombrosa, en lo procedimental y en lo estilístico, a lo señalado en el manifiesto.

Yo mismo no hubiera podido escribir un poema como "La desnudez del loco" sin haber pasado por Tráfico. La técnica del collage que yo aprendí en Solentiname estudiando a Pound --porque todas las tardes después de las cinco horas de trabajo manual en Solentiname me dedicaba a estudiar esa técnica del collage que usa Pound en los "Cantos", o que usa T. S. Elliot en La tierra baldía, o que usa Robert Lowell en su poesía--, la apliqué luego a algunos de los que considero mis mejores textos poéticos. Lo mismo sucede con la revalorización, reivindicada por nosotros, de la narratividad y en consecuencia de la anécdota; frente a la poesía mayoritariamente abstracta, quintaesenciada e impersonal que se escribía y publicaba en el país, nos pareció que una de las maneras especificas de devolverle a la lírica venezolana una existencialidad y subjetividad comprometida y explicita, consistía en retornar a la narratividad, preferentemente autobiográfica.

Aunque se trata de un poema escrito después de que Tráfico ya había desaparecido, "Retén judicial", ese texto mío incluido en Patria y otros poemas, lleva la impronta narrativa de la poesía del grupo. Siempre reconocimos una delgada pero verdadera tradición en lo que entonces nos proponíamos: las obras poéticas de Víctor Valera Mora y la representada por Copa de huesos de Caupolicán Ovalles y, en cierto modo, también en Oh smog y Ciudadanos sin fin, de Juan Calzadilla. Igualmente, consideramos cercanos al Alejandro Oliveros de El sonido de la casa, a Blas Perozo Naveda, William Osuna y los poemas más narrativos de Enrique Hernández de Jesús. En cuanto a la poesía hispanoamericana en general, nos percibimos muy próximos a creadores como Ernesto Cardenal, José Coronel Urtecho, Juan Gelman, Antonio Cisneros, Rodolfo Hinostroza, Mario Rivero, Jotamario Arbeláez, Luis Rogelio Noguera: todos elaboran una poesía en donde caben gentilicios, nombres propios, giros coloquiales, dicciones conversacionales, la incorporación de elementos convencionalmente no poéticos al discurso lírico, la primera persona del singular, prosaísmo estéticamente calculados, lo narrativo. De la misma forma, reconocimos el magisterio que representaba la llamada "poesía de la experiencia" española, cuyo máximo exponente fue Jaime Gil de Biedma.

¿Y qué ocurrió, a tu modo de ver, con la herencia de Tráfico en los colectivos y las tendencias poéticas posteriores? Llevo ocho años dictando talleres de poesía semanalmente, dicto tres simultáneos en la actualidad y estoy en contacto con buena parte de los poetas jóvenes que escriben y publican en el país. Yo no diría que Tráfico constituye en el trabajo de estos poetas la referencia fundamental; pero sin duda es una importante en su mapa mental.

En nuestro empeño de reconectar al poeta con el público, y en ese sentido darle una nueva dimensión social a la poesía, en Tráfico quisimos renovar los recitales.

El recital es hoy moneda de uso corriente, cosa que no sucedía a comienzos de los ochenta, cuando era mal visto, considerado cosa de fiesta patronal, de acto cultural de liceo y se lo asociaba a la cursilería declamatoria; de modo que nos propusimos resucitar esa práctica en función de una nueva conexión del poeta con el público. Otra conquista innegable de Tráfico fue su insistencia en una poesía que rescatara lo histórico y lo cotidiano, la macrohistoria colectiva y la microhistoria individual y existencial del hombre que es su cotidianidad. Nos pareció que el orbe poético dentro de la poesía moderna en donde se explayaban más explícitamente estos elementos era el de la poesía norteamericana. Y si hoy los poetas incursionan en esos temas, y todavía más si se estudia con ojos nuevos a la poesía norteamericana, todo eso se debe a Tráfico.

Poemarios de excelente calidad estética como La patria forajida de Harry Almeda y Armadura de piedra de Edda Armas, en los cuales palpita la actualidad histórica del país, no creo que sean concebibles sin que la experiencia de Tráfico haya actuado en sus creadores al menos como referencia mental. Y, si atendemos a lo que escriben los más jóvenes, la extraordinaria poesía homoerótica de Alejandro Castro, su irreverente desenfado, su sabia y subversiva ironía, dentro de la cual la atmósfera urbana es una presencia tácita pero también abrumadora, no es explicable sin el antecedente de Tráfico. Lo mismo puede afirmarse de la clave política y citadina del estupendo poema titulado "Sexto mandamiento", de Leonardo González Alcalá.

Fotografía: Manuel Sardá

martes, 12 de julio de 2011

HACIA LA CALLE, VAMOS


EL NACIONAL - Sábado 09 de Julio de 2011 Papel Literario/4
Contra el "Sí, Manifiesto"
IGOR BARRETO

Por qué celebrar la ultima trastada utópica de una vida cuando hoy vemos cómo la utopía engendra sólo monstruos de pensamiento único? Y los monstruos hacen lo que saben hacer, vivir de la muerte y de la pobreza. Sin rodeos, el manifiesto de Tráfico fue un gesto romántico que pretendió imponerle a l poema una idea de realidad y una obligación moral, alejada de la pluralidad necesaria que reclama todo acto de creación. Un manifiesto cuasi-autoritario, recordemos aquello de la "Higiene solar" que bien podría ser la expresión de un alto prelado del vaticano en tiempos del apoyo a Mussolini. Se trataba de un manifiesto centrado en un acto de simulación (queríamos ser radicales de izquierda), una puesta en escena ideológica que podía ser leída como la fiel prolongación del discurso de una generación (la del 58) derrotada por un poema de Cadenas, lleno de coraje, que se valió del individuo y sus vulnerabilidades humanas como escudo defensor contra las estratagemas de un poder emergente.

Y pienso en estratagemas, porque estos intelectuales fidelístas y otros advenedizos firmaban cuanto documento ideaba la supuesta "democracia corrupta". Nunca olvidaré el documento firmado por la mayoría de los escribas bolivarianos apoyando a Lusinchi durante su campaña electoral, una foto fija del oportunismo, que hoy suscriben con igual entusiasmo criminales políticas de apartheid. Sería interesante preguntarles, si fuera posible, cuáles fueron la razones de aquel apoyo: dinero y poder, al igual que el cinismo de estos días.

Y es que la utopía ha sido una idea en la cultura venezolana que ha terminado engendrando pesadillas: literarias, universitarias y sociales.

Por resistir contra esas formas de poder que se comen a los poetas en tajadas, fue que Yolanda y yo emprendimos muchos años después la edición de la revista El Puente.

Junto a destacados amigos defensores de la idea democrática, quisimos, entonces, resistir al intento de uniformizar al individuo, evitar la pérdida de su rostro como ocurre en las fotografías de Aziz+Cucher o en los últimos cuadros de Malevich con sus neutros campesinos soviéticos. ¿Cómo despojarnos ahora de la heroicidad de las afirmaciones del "Sí, Manifiesto" para no tener en lugar de nariz, un cuerno de rinoceronte (pienso en la pieza de Ionesco), o morir de vanidad sobre un trono?

sábado, 2 de julio de 2011

SEMAFORÍA


EL NACIONAL - Sábado 02 de Julio de 2011 Cultura/3
LÍRICA Igor Barreto y Rafael Castillo Zapata reflexionan sobre la utopía
Un manifiesto que sigue en Tráfico
Hace 30 años, un grupo adoptó un mantra que aún está vigente: "Venimos de la noche y hacia la calle vamos"
M. R. R.

La fecha es oportuna para mirar con nostalgia la poesía. Hace 30 años algunos poetas suscribieron el "Sí, manifiesto", con el que la lírica venezolana salió de la torre de marfil en la que se encontraba a las avenidas urbanas, con rumbo hacia la posmodernidad.

Corrían los días del gobierno de Luis Herrera Campins. El documento fue la primera acción del grupo Tráfico, integrado por Yolanda Pantin, Armando Rojas Guardia, Igor Barreto, Rafael Castillo Zapata y Miguel y Alberto Márquez, entre otros.

Los creadores de la revista homónima proponían no sólo otra forma de hacer poesía, sino también el perfil de un nuevo autor, uno que saliera "en éxodo consciente del monólogo" dentro del cual querían encerrarse buena parte de sus compañeros de generación. El texto selló su influencia en las letras nacionales con una frase inolvidable de la lírica nacional: "Venimos de la noche y hacia la calle vamos", adaptación del poema de Vicente Gerbasi.

Vigencia y utopía. Fue el último gran manifiesto de la literatura nacional, antes de que la poesía se uniera a los otros géneros en su transitar por la ciudad.

Hoy, sin embargo, algunos de los miembros de Tráfico aseguran que no tienen ánimos de festejo. Pantin no desea hablar del tema, mientras que otro de sus compañeros lamenta públicamente lo que sucedió con el grupo y con el país, como respuesta al homenaje que se celebró el 22 de junio en la Casa Rómulo Gallegos, con el nombre "En/clave poética", y en el que intervinieron Rojas Guardia, Miguel Márquez y Castillo Zapata.

"¿Por qué celebrar la ultima trastada utópica de una vida cuando hoy vemos cómo la utopía engendra sólo monstruos de pensamiento único?", se pregunta Barreto en el documento "Contra el `Sí, manifiesto", que envió a otros autores y a la redacción de El Nacional.

"Se trataba de un manifiesto centrado en un acto de simulación (queríamos ser radicales de izquierda), una puesta en escena ideológica que podía ser leída como la fiel prolongación del discurso de una generación (la del 58) derrotada por un poema de [Rafael] Cadenas, lleno de coraje, que se valió del individuo y de sus vulnerabilidades humanas como escudo defensor contra las estratagemas de un poder emergente (...) Y es que la utopía ha sido una idea en la cultura venezolana que ha terminado engendrando pesadillas: literarias, universitarias y sociales".

El documento, que resiente que los postulados de Tráfico quedaran como un sueño irrealizable, podrá leerse completo en la edición de Papel Literario dedicada al grupo. En la misiva, Barreto señala con pena que los ideales de antaño hayan perdido toda vigencia a la luz de la crisis cultural y que la izquierda o la utopía haya terminado por engendrar la pesadilla actual.

Castillo Zapata no comparte la visión de quien fue su compañero de sueños literarios.

Para el autor, en el Celarg se celebró un gesto de vanguardia juvenil, pues la poesía es una potencia de intervención en la realidad desde otros parámetros. Además, enfatiza la diferencia entre la poesía revolucionaria y la de revolución: "En la poesía, el uso de la palabra interfiere en la realidad y tiene un contenido político. Pero no me refiero a la militancia ideológica, sino a la relación que tienen palabra y polis. En ese sentido, el manifiesto toca unas fibras que siguen estando vigentes. Igor [Barreto] cuestiona los efectos traumáticos de las utopías y es cierto lo que dice, pero ese impulso utópico no puede perderse porque es la única instancia de la transformación de lo real que tenemos cuando no estamos complacidos con la realidad y por eso es que podemos levantar contra ella desde el poema".

Conforme a su costumbre y tres décadas después de revolucionar el panorama intelectual venezolano, los miembros del grupo Tráfico siguen dialogando con la realidad que habitan, ahora sin manifiestos ni proclamas, pero siempre desde la palabra, que es su preocupación y su única arma.

Fotografía: Vasco Szinetar