domingo, 28 de octubre de 2012

TRES OPINIONES (6)

EL PAÍS, Madrid, 8 de Mayo de 2012
EL NACIONAL - Domingo 13 de Mayo de 2012     Siete Días/6
Opiniones
El visionario
MARIO VARGAS LLOSA

Soñó toda su vida con ser arquitecto, actividad que consideró "una profesión divina", y orgullosamente firmó todos sus libros como "Giambattista Piranesi, arquitecto veneciano", pero la única obra que llegó a diseñar y ejecutar fue la restauración de la iglesita de Santa María del Priorato, en el Aventino, que le serviría también de tumba.
Su maestro en la técnica del aguafuerte, en Roma, Giuseppe Vasi, debió decepcionarlo mucho cuando le dijo que no tenía aptitudes para ser un buen artesano grabador porque era "demasiado artista" y debía dedicarse más bien a la pintura. Pero tenía razón, porque un grabador en aquellos tiempos, mediados del siglo XVIII, era sobre todo un diestro técnico fabricante de imágenes en serie a las que se consideraba, por lo general, en la periferia de lo artístico. Felizmente, Piranesi, que, además de malhumorado, inconforme y polémico, era terco, persistió, e hizo bien, porque convirtió el aguafuerte en un arte tan creativo y osado como la pintura y la escultura. Él, gracias a sus aguafuertes y diseños, llegó a ser uno de los más grandes artistas de su tiempo y uno de los que crecería más y ejercería una influencia mayor después de muerto.
La muestra que se exhibe de él ahora en Madrid, en Caixaforum, Las artes de Piranesi, arquitecto, grabador, anticuario, vedutista y diseñador, es extraordinaria. Tiene, entre otros, el mérito de mostrar buen número de los objetos que Piranesi concibió y diseñó pero nunca llegó a ver materializados, pues eran demasiado excéntricos e insólitos para el gusto de sus contemporáneos. Los ha producido, con escrupulosa fidelidad y utilizando la tecnología más avanzada, el laboratorio madrileño Factum Arte que dirige Adam Lowe. Esos candelabros, trípodes, sillas, chimeneas, adornos, apliques, jarrones en los que Piranesi dio rienda suelta a su desbocada fantasía y su amor por las civilizaciones del pasado ­Roma, Egipto, los etruscos­ fascinan casi tanto como las invenciones carcelarias que lo han hecho famoso o las Vistas de esa Roma de los siglos grandiosos que él creyó documentar en sus grabados cuando en realidad la rehacía e inventaba.
Esos objetos constituyen una representación fantástica.
No hay en ellos asomo de realismo, pese a estar constituidos de fragmentos, símbolos y otros ingredientes del pasado histórico y arqueológico. Pero estos materiales han sido combinados y reconstruidos con tanta libertad y siguiendo unos patrones de gusto y belleza tan personales que se han emancipado de sus fuentes y alcanzado plena soberanía. Lo que en ellos destaca es la imaginación desalada y la maestría formal de su inventor, que era capaz de abandonarse a los delirios más rebuscados sin perder jamás el gobierno de aquel simulacro de desorden al que daba coherencia un orden secreto. Cada uno de estos objetos es un verdadero laberinto hecho de simetría, intuición y desacato a los cánones establecidos en que se vuelca una vida profunda, aquella que, como escribió Goya, produce "el sueño de la razón".
Como los poemas "oscuros" de Góngora o los monólogos interiores de Joyce, los artefactos domésticos que fantaseó Piranesi son testimonio de esa dimensión de la vida que llamamos el inconsciente. Estos delirantes muebles o adornos que ahora podemos ver (y hasta tocar), Piranesi sólo pudo soñarlos.

Le apasionaban las piedras antiguas, las ruinas, los caminos imperiales medio desaparecidos por la incuria de la gente y la fuerza destructora de la naturaleza, los monumentos víctimas de la usura del tiempo, y seguía con hipnótica perseverancia las excavaciones arqueológicas que iban revelando a pocos aquella antigüedad de la que vivió siempre prendado. Sobre todo, los hallazgos en torno a la civilización etrusca lo deslumbraron, y toda su vida sostuvo, aún en contra de la evidencia histórica, que aquella, y no la griega, habría sido la fuente cultural de la civilización romana. Muy sinceramente creyó que el casi millar de grabados que produjo tenían como fin salvar de la desaparición y el olvido de las nuevas generaciones esos edificios, templos, puentes, arcos, pórticos, sepulcros, murallas, caminos, pozos, tuberías, que atestiguaban sobre la grandeza histórica y artística de los antiguos romanos. Pero, era más fuerte que su voluntad: cuando se ponía a diseñar en el papel o a pasar el buril sobre la plancha de cobre, su imaginación estallaba y hacía tabla rasa de la objetividad de sus propósitos. Al final, lo que resultaba era un mundo tan suyo como si lo hubiera inventado de pies a cabeza, sin necesidad de esos modelos a los que pretendía ser fiel, pero a los que su genio y sus pulsiones secretas transformaban e imprimían un sesgo absolutamente propio.
Era un realista visionario, a la manera de Goya, como lo señala Marguerite Yourcenar en el luminoso ensayo que le dedicó ("El cerebro negro de Piranesi"). (Dicho sea de paso, pocos artistas han inspirado a tantos escritores a escribir sobre ellos y su obra como Piranesi, desde Thomas de Quincey hasta Aldous Huxley, pasando por Coleridge, Victor Hugo y
André Breton). Yourcenar se refiere específicamente al sutil parentesco que existe entre las Carceri del veneciano y los frescos de la Quinta del Sordo del aragonés, pero sin duda las similitudes son más vastas. En sus obras, ambos fueron no sólo testigos, también creadores e inventores de su tiempo, pues impregnaron la sociedad que describieron de una sensibilidad que era la suya personal.
En ambos había una mirada que sutilmente discriminaba, elegía, magnificaba y abolía lo real rehaciendo subjetivamente aquello que aspiraba sólo a representar.
Pero, en tanto que a Goya le fascinaban los tipos humanos, cómo lucían y qué hacían los hombres y mujeres de su entorno, Piranesi no tenía mucha simpatía por sus semejantes. Secretamente, los despreciaba, al menos como materia artística. Él privilegiaba las piedras y las cosas, a las que infundía un poderoso élan vital, en tanto que a los hombres en sus grabados los empequeñecía y condenaba a la condición de simples bultos o sombras anónimas.
Una de las originalidades de esta muestra es cotejar, en la última sala, ciertos edificios de la Roma antigua que Piranesi fijó en sus grabados con las fotografías de esos mismos lugares tomadas en nuestros días por Gabriele Basilio, un distinguido fotógrafo de temas arquitectónicos. Son los mismos modelos y, sin embargo, se diría que una esencia, un alma, un aura los separa, que está presente en los grabados y ausente en las fotos, ese elemento añadido con que el gran artista dieciochesco reconstruyó y adaptó a su propio mundo interior aquella Roma que creía solamente rescatar.
Una leyenda pertinaz, que subsiste pese a todos los desmentidos de biógrafos e historiadores, es que Piranesi realizó sus famosas "cárceles inventadas" ­apenas 16 placas que atravesarían los siglos con efectos seminales sobre el arte y la literatura modernos­ bajo el efecto de las fiebres de la epidemia de cólera que en esa época asoló Roma.
En verdad, no necesitaba de enfermedades ni calenturas para desvariar: la alucinación fue su manera cotidiana de mirar y, por supuesto, de crear.
Lo hizo de manera más discreta y solapada cuando grabó sus Vedute (Vistas) de la antigüedad. En sus cuatro Caprichos y en sus Carceri, en cambio, operó de manera desembozada, como en un trance enloquecido, y, por eso, sus contemporáneos no supieron reconocer la fuerza convulsiva de esas imágenes pesadillescas, teatrales y angustiosas.
Casi nadie se interesó en ellas.
Sólo la posteridad reconocería su hechicera originalidad.
Enormes recintos poblados de puentes, escaleras, columnas que remiten a otros puentes, escaleras y columnas, monstruosos aparatos, grúas, arietes, potros de tortura, cadenas, asfixiantes y aterradores por su profundidad y su soledad, en la que lo humano se ha reducido hasta la insignificancia y alejado, sobreviviendo apenas en los rincones sombríos, como les ocurre a las alimañas más nocivas. Esas prisiones tienen un contenido simbólico que alude a las peores calamidades, empezando por la pérdida de la libertad. En ellas están sugeridas todas las formas de la represión y la crueldad inventadas para convertir la vida en un infierno y entronizar el reinado de la maldad sobre la tierra. Es imposible no sentir un estremecimiento de horror al contemplarlas. Por eso, se ha dicho de ellos con justicia que parecen los escenarios ideales para las historias del Marqués de Sade.
Jacques Guillaume Legrand asegura que oyó decir a Piranesi alguna vez: "Necesito ideas y creo que si me encargasen el proyecto de un nuevo universo, un loco arrojo me empujaría a acometerlo". Los biógrafos discuten si pronunció esa frase atronadora e insolente o se la atribuyeron. La verdad, no importa nada que la dijera o no, pues eso que dicen que dijo es exactamente lo que hizo a lo largo de toda la obra imperecedera que nos dejó.
Ilustraciones: Fernando Vicente y Ugo.

TRES OPINIONES (7)

EL NACIONAL - Domingo 27 de Mayo de 2012     Siete Días/6
Opiniones
Las ficciones malignas
MARIO VARGAS LLOSA

Los seres humanos no pueden vivir sin ficciones --mentiras que parecen verdades y verdades que parecen mentiras--, y gracias a esa necesidad existen creaciones tan hermosas como las bellas artes y la literatura, que hacen más llevadera y enriquecen la vida de las gentes. Pero existen ficciones benignas, como las que salieron de los pinceles de un Goya o de la pluma de un Cervantes, y malignas, que son aquellas que niegan su naturaleza subjetiva, ideal e irreal y se presentan como descripciones objetivas, científicas, de la realidad.
En los últimos tiempos hemos tenido muchas ocasiones de ver los efectos perniciosos que las ficciones malignas, difundidas por algunos gurús procedentes de la economía sobre todo, pueden tener sobre la vida social. La más reciente es la de Paul Krugman que, en su columna de The New York Times, acaba de anunciar un próximo "corralito" para la economía española, lo que acaso haya contribuido a acelerar la fuga de capitales y de ahorristas de España y que debe haber dejado estupefactos a buen número de sus admiradores que no habían advertido todavía que también los premios Nobel de Economía, cuando se convierten en íconos mediáticos, dicen a veces tonterías. (Dicho sea entre paréntesis, los asustados por las profecías apocalípticas del profesor de Princeton harían mejor en creerle al presidente de Telefónica, César Alierta, quien acaba de afirmar de manera categórica que "España es un país solvente, tanto en el sector público como en el privado". Tengo la seguridad absoluta de que el señor Alierta está mejor informado que el doctor Krugman sobre la salud económica de ese país).
Una de las ficciones malignas que, desde la Edad Media, circula como un tópico en la cultura europea es la de la decadencia de Occidente. En sus orígenes tenía un supuesto sostén religioso y apocalíptico: aquí tendría lugar el fin de los tiempos, de la historia, y ese final sería precedido por un largo período de anarquía y catástrofe, de matanzas, pestes, confusión y ruina. Luego, aquellas sombrías predicciones irían perdiendo sus acentos bíblicos y adoptando semblantes más realistas. Ya no serían los inescrutables designios de Dios, sino la insensatez y la locura de los propios europeos lo que precipitaría la ruina y el hundimiento de Occidente. Pero, la verdad es que, pese a las guerras, las epidemias, los genocidios y todas las formas de destrucción y de exterminio que ha debido padecer a lo largo de su historia, Europa, cuna de la cultura de la libertad, está aún viva y coleando, ha enterrado las dos amenazas más poderosas de la democracia, el fascismo y el comunismo, y es la única región del planeta donde está en marcha la construcción de un gran proyecto de integración de naciones, sociedades, culturas, economías e instituciones bajo el signo de la legalidad y de la libertad.
La ficción maligna de moda es ahora la de proclamar el fracaso de la Unión Europea, este empeño gracias al cual Occidente ha vivido el más largo período de paz y convivencia de su historia y conseguido reducir al mínimo la existencia de regímenes antidemocráticos en su seno y en su periferia. Y, también, reducir la pobreza y elevar de manera significativa los niveles de vida del conjunto de la población. Cada día aparecen informes técnicos, análisis administrativos, prospecciones sociológicas y, sobre todo, peritajes económicos que demuestran la insolvencia del euro y su irremisible declinación, el fracaso del empeño en querer integrar economías avanzadas y sólidas con las de países precarios y subdesarrollados, y fantásticas estadísticas según las cuales la apertura de las fronteras en el interior de Europa ha disparado la inmigración ilegal, la delincuencia y abierto las puertas a los terroristas del integrismo islámico.
Probablemente estas ficciones malignas, resultantes de esa deriva sadomasoquista del encomiable espíritu crítico que ha caracterizado la mejor tradición de la cultura occidental, estén haciendo más daño a Europa que la grave crisis económica que afronta. En todo caso, ellas han favorecido el crecimiento de partidos extremistas, de izquierda y de derecha, que quieren acabar con Europa y regresar a los tiempos de las naciones ensimismadas. Ya no es imposible que lo consigan.
La crisis económica es, desde luego, muy seria y constituye una dura prueba para todos los países que integran la unión.

Mucho más, por supuesto, para los que dilapidaron sus recursos de manera irresponsable y vivieron por encima de sus posibilidades recurriendo a créditos que ahora los ahogan. Pero la crisis es perfectamente superable, con los sacrificios necesarios, como ha demostrado Alemania --país al que otra de las ficciones malignas de nuestro tiempo enseña que debemos odiar, por no permitir que siga la fiesta gastadora--, que fue capaz de resucitar a ese muerto que era, económicamente hablando, la República Democrática que debió asimilar, y que, además, gracias a su disciplina y realismo, ha conseguido ahora vencer la crisis y ha comenzado de nuevo a crecer.
La ficción maligna presenta a la señora Merkel como un ser insensible, para quien sólo cuentan los números, y con la idea perversa de que el crecimiento europeo sólo puede resultar del saneamiento fiscal y la reducción del gasto público, es decir, que difícilmente puede haber políticas expansionistas antes de poner la casa en orden. Y la ficción maligna añade que, felizmente, en el oscuro túnel de la decadencia de Europa, ha aparecido una luz salvadora. Se llama François Hollande y acaba de ganar las elecciones en Francia con una bandera clara, simple y generosa: lo primero no es la austeridad sino el crecimiento. ¡Bravo! ¡Eso es ser sensible a la injusticia del paro y la caída de los salarios! La estupidez es contagiosa, sobre todo en el dominio político, y lo extraordinario es que mucha gente perfectamente consciente del estado real de la economía europea cree que la receta simplista y fantasiosa de Hollande, que le ha servido para ganar las elecciones, será también la columna vertebral de su política, ahora que ha llegado al poder. El crecimiento económico como un acto de voluntad.
Si es así, ¿por qué Grecia, Italia, Portugal, España no deciden crecer y lo hacen? Ah, por el espíritu egoísta, estrecho y mezquino de sus gobernantes y la maldad congénita del capitalismo. Si tuvieran un Hollande en el timón...
No ocurrirá como creen por la sencilla razón de que un enfermo no puede echarse a correr un maratón sin curarse antes, so pena de quedarse muerto en el camino. Y esa cura exige un período de tremendos sacrificios, que son más fáciles de soportar cuando se tiene la seguridad de que sólo a través de ellos se recuperará la salud y las energías. Francia es un país demasiado antiguo, experimentado y sabio como para que se suicide cediendo a esa tentación de lo imposible que ha llenado su cultura de tantas obras maestras. Más pronto que tarde, François Hollande y sus colaboradores tendrán que reconocer en público que no era tan sencillo como decían y pedirán valor y patriotismo al pueblo francés para seguir apretándose el cinturón.
Vendrá entonces la decepción de los electores engañados, y, bueno, ya conocemos el resto de la historia.
Intentar lo imposible sólo da excelentes resultados en el mundo del arte y de la literatura; en el de la economía y la política sólo trae desastres. Y la prueba es la crisis que ahora vive Europa, y, en ella, principalmente, los países que gastaron más de lo que tenían, que construyeron Estados benefactores ejemplarmente generosos pero incapaces de financiar, que se endeudaron más allá de sus posibilidades sin imaginar que también la prosperidad tiene límites, que inflaron sus burocracias a extremos delirantes y ocultaron la verdad de las deudas y la inminencia de la crisis hasta el borde mismo del abismo por temor a la impopularidad. Todo eso tarde o temprano se paga y no hay manera de evitarlo.
Eso lo saben todos los gobernantes europeos, pero, entre ellos, sólo la canciller alemana se atreve a decirlo y a actuar en consecuencia. Con su aspecto de abadesa o madre de familia numerosa, la señora Merkel tiene un carácter de hierro y se mueve en las tempestades que rugen a su alrededor con una serenidad y un temple admirables. Es posible que las ficciones malignas acaben con su gobierno, pero, al menos, si es que así ocurre, podrá pasar a la oposición con la conciencia tranquila. En efecto, ella sí que ha dejado a su país mucho mejor de lo que lo encontró.

Ilustraciones: Ugo y Fernando Vicente.

TRES OPINIONES (8)

EL PAÍS, Madrid, 18 de Octubre de 2012
EL NACIONAL - Domingo 25 de Octubre de 2009     Siete Días/6
Opiniones
Desafueros de la libido
MARIO VARGAS LLOSA 

El cineasta Roman Polanski fue detenido en Zurich, durante un festival de cine que le rendía un homenaje, por la policía suiza, a pedido de la justicia de Estados Unidos, debido a una violación cometida en 1977 (hace 32 años) en Hollywood, delito que el propio Polanski reconoció, antes de fugarse de California en pleno proceso cuando el tribunal que lo juzgaba aún no había pronunciado sentencia.
Ahora, mientras espera que Suiza decida si acepta el pedido de extradición, se multiplican las protestas de cineastas, actores, actrices, intelectuales y escritores de Europa y América por el "atropello", que exigen su liberación. La moral de la historia es clara: emboscar, emborrachar, drogar y violar a una niña de 13 años de edad, que es lo que hizo Polanski con su víctima, Samantha Geimer, a la que atrajo a la casa deshabitada de Jack Nicholson con el pretexto de fotografiarla, es tolerable si quien comete el desafuero no es un hombrecillo del montón sino un creador de probado talento (Polanski lo es, sin la menor duda).
Uno de los defensores más ruidosos del cineasta polacofrancés (tiene ambas nacionalidades) ha sido el ministro de Cultura de Francia, señor Frédéric Mitterrand, sobrino del ex presidente François Mitterrand y ex socialista que abandonó las filas de este partido cuando el presidente Nicolas Sarkozy lo llamó a formar parte de su gobierno.
No sospechaba el ministro que poco después de formular aquella enérgica protesta se vería en el corazón de una tormenta mediática parecida a la del realizador de El cuchillo en el agua y El pianista.
En efecto, hace pocos días, la hija del líder del Frente Nacional, Jean Marie le Pen, Marine Le Pen, inició una ofensiva política contra el ministro Mitterrand, recordando que en 2005 éste publicó un libro autobiográfico, La Mauvaise vie (La mala vida), en el que confesaba haber viajado a Tailandia en pos de los chicos jóvenes de los prostíbulos de Patpong, en Bangkok. La confesión, muy explícita, venía adornada de consideraciones inquietantes, por decir lo menos, sobre los efectos turbadores que la industria sexual de adolescentes en el país asiático provocaba en el autor: "Todo ese ritual de feria de efebos, de mercado de esclavos, me excita enormemente". La hija del líder ultra francés, y algunos diputados socialistas, unidos por una vez con este motivo, se preguntaban si era adecuado que fuera ministro de Cultura de Francia alguien que, con su conducta, desmentía de manera categórica los declarados empeños del Gobierno francés por erradicar de Europa el "turismo sexual" hacia los países del Tercer Mundo como Tailandia, donde la prostitución infantil, una verdadera plaga, golpea de manera inmisericorde sobre todo a los pobres.
El ministro Mitterrand, sin dejarse arredrar por lo que él y sus defensores consideran una conjura de la extrema derecha fascista y un puñado de resentidos del Partido Socialista, compareció en la hora punta de la Televisión Francesa. Explicó que "había cometido un error, no un delito" y que, naturalmente, no pensaba renunciar porque "recibir barro de la ultraderecha es un honor". Aseguró que no practica la pederastia y que los chicos tailandeses de cuyos servicios sexuales disfrutó ya no eran niños. "¿Y cómo sabía usted, señor ministro, que no eran menores de edad?", le preguntó la entrevistadora. Desconcertado, el señor Frédéric Mitterrand optó por explicar a los televidentes la diferencia semántica entre homosexualidad y pederastia.

La defensa que han hecho políticos e intelectuales franceses del ministro de Cultura se parece mucho a la que ha cerrado filas detrás de Polanski, y hermana también, cosa significativa, como a los críticos, a gente de la derecha y de la izquierda. Se recuerda que, cuando el libro salió, el propio presidente Sarkozy alabó la franqueza con que el señor Mitterrand exponía a la luz pública los caprichos de su libido, y afirmó: "Es un libro valiente y escrito con talento".
Con todo este chisporroteo periodístico en torno a él, es seguro que La Mauvaise vie (La mala vida) se convertirá pronto en un bestseller. Tal vez no obtenga el Prix Goncourt, pero quién puede poner en duda que lo leerán hasta las piedras. Nadie parece haberse preguntado, en todo este trajín dialéctico, qué pensarían en Francia de un ministro tailandés que confesara su predilección por los adolescentes franceses a los que vendría a sodomizar (o a ser sodomizado por ellos) de vez en cuando en las calles y antros pecaminosos de la Ciudad Luz. Moral de la historia: está bien practicar la pederastia y fantasías equivalentes siempre que se trate de un escritor franco y talentoso y los chicos en cuestión sean exóticos y subdesarrollados.
Comparado con el cineasta Polanski y el ministro Mitterrand, el primer ministro de Italia, Silvio Berlusconi, es, en materia sexual, un ortodoxo y un patriota. A él lo que le gusta, tratándose de la cama, son las mujeres hechas y derechas y sus compatriotas, es decir, que sean italianas. Él ha hecho algo que de alguna manera lo emparenta con los doce Césares de la decadencia y sus extravagancias descritas por Suetonio: llenar de profesionales del sexo no sólo su suntuosa residencia de Cerdeña llamada Villa Certosa sino, también, el Palacio que es la residencia oficial de la jefatura de Gobierno, en Roma. Los entreveros sexuales colectivos y seudopaganos que propicia han dado la vuelta al mundo gracias al fotógrafo Antonello Zappadu, que los documentó y vendió por doquier. Al estadista le gustaba disfrutar en compañía, y en una de esas extraordinarias fotografías de Villa Certosa ha quedado inmortalizado el ex primer ministro checo, Mirek Topolanek, quien, de visita en Italia, fue invitado por su anfitrión a una de aquellas bacanales, donde aparece dando un salto simiesco, desnudo como un pez y con sus atributos viriles en furibundo estado de erección (¿lanzaba al mismo tiempo el alarido de Tarzán?), entre dos ninfas, también en cueros. ¿La moraleja en este caso? Que si usted es uno de los hombres más ricos de Italia, dueño de un imperio mediático y un político que ha ganado tres elecciones con mayorías inequívocas, puede darse el lujo de hacer lo que a sus gónadas les dé la reverendísima gana.
Hablar de escándalo en estos tres casos sería impropio.
Sólo hay escándalo cuando existe un sistema moral vulnerado por el hecho escandaloso.
Eso es lo que subleva a toda o parte de la sociedad. Lo que vemos, en estos episodios, es más bien el eclipse de toda moral, simples espectáculos, utilizados, por quienes los defienden o los condenan, no en nombre de principios y valores sobre los que existiría alguna forma de consenso social, sino de intereses políticos, reflejos condicionados ideológicos, frivolidad y una chismografía mediática que los redime de toda connotación ética y los convierte en diversión para el gran público. Para la cultura imperante, sólo es lícito condenarlos desde un punto de vista estético y sostener, sin caer en el ridículo, que es una vulgaridad violar niñas, ir a Tailandia como hace la plebe a alquilar muchachos y contratar hetairas para las fiestas palaciegas ¡y luego hacerlas candidatas al Parlamento europeo! Todo eso revela mal gusto, una imaginación sexual burda y cochambrosa.
La generación a la que pertenezco dio varias batallas: por la revolución, el comunismo, la emancipación de la mujer, la libertad religiosa y la libertad sexual. Parecía que, habiendo perdido todas las otras, por lo menos en Occidente habíamos ganado esta última. Episodios como los que resumo en esta nota muestran que creer semejante cosa es una ilusión. ¿Qué clase de libertad sexual hay detrás de las villanías de este trío? Abusar de una niña de 13 años, gozar con adolescentes que son esclavos sexuales por culpa del hambre y la violencia y convertir en un burdel el poder al que se ha llegado mediante el voto de millones de ingenuos, son acciones que hacen escarnio de la libertad que precisamente clama porque en la vida sexual desaparezca esa relación de amo y esclavo que, en estos tres casos, se manifiesta de manera flagrante. La libertad sexual es en ellos una patente de corso que permite a quienes tienen fama, dinero o poder, materializar de manera impune sus deseos degradando a los más débiles. Apuesto mi cabeza que los tres héroes de estas historias reprobaron escandalizados las violaciones y abusos sexuales de niños en los colegios religiosos que han llevado al borde de la ruina a la Iglesia Católica en países como Estados Unidos e Irlanda, por las sumas enormes con que han debido compensar a las víctimas. Ni ellos ni sus defensores parecen conscientes de que sus proezas son todavía menos excusables que las de los curas pederastas por la posición de privilegio que tienen y de la que abusaron, envileciendo con sus actos la noción misma de libertad.
Cuánta razón tenía Georges Bataille cuando pronosticaba que la supuesta sociedad "permisiva" serviría para acabar con el erotismo pero no con la brutalidad sexual.



Ilustraciones: Ugo y Fernando Vicente. Éste no la publicó en la edición del diario madrileño, por lo que la tomamos de su blog (http://fernandovicenteblog.blogspot.com/2009_10_01_archive.html), colegida la falta de cupo, por lo menos, en la edición digital.

TRES OPINIONES (9)

EL PAÍS, Madrid, 12 de Agosto de 2012
EL NACIONAL - Domingo 19 de Agosto de 2012     Siete Días/6
Opiniones
La "barbarie" taurina
MARIO VARGAS LLOSA

La Plaza de Toros de Marbella no tiene el sabor que da la antigüedad a plazas como la de Ronda o la de Acho de Lima, ni el prestigio de las de algunas grandes ciudades como Sevilla, Madrid o México y, puesto que en sus tendidos se ven a veces más turistas que nativos, los exquisitos de la tauromaquia se permiten mirarla por sobre el hombro. Pero en esta placita provinciana ocurren a veces cosas notables, como la del domingo 5 de agosto, en la corrida en que el Cordobés, Paquirri y el Fandi lidiaron seis toros de Salvador Domecq.
Todo coincidió para producir esa maravilla: la magnífica tarde de sol alto y cielo azul, los seis astados bravos, alegres, nobles y de buen peso, el entusiasmo del público que ocupaba media entrada y el pundonor de los toreros, su virtuosismo y su voluntad de gozar y hacer gozar. Lo consiguieron. Fue una magnífica corrida y, con la excepción de una vara de más al primer toro del Cordobés, sin una falla, algo rarísimo en todos los cosos del mundo. El presidente se excedió y concedió diez orejas pero la afición estaba tan contenta que nadie se lo reprochó.
Manuel Díaz el Cordobés estuvo simpático y comunicativo con los tendidos cada vez que dio la vuelta al ruedo, lo que es normal en él, pero felizmente al torear moderó su exhibicionismo, sus piruetas y nos exoneró de sus famosos saltos de rana. Demostró que, además de vistoso y trejo, puede ser serio, entablar con el toro esa complicidad tensa de la que resulta una faena redonda. No estoy contra los desplantes y una cierta dosis de histrionismo en la arena, pues también eso, como las bandas verbeneras y los pasodobles, forma parte de la fiesta, y he visto grandes diestros que se permitían a veces, en medio de electrizantes faenas, alguna payasada. Pero prefiero el toreo profundo, el que nos hace presentir eso que Victor Hugo llamaba "la boca de la sombra", el pozo negro que nos espera a todos y a cuyas orillas algunos creadores de excepción ­poetas, músicos, cantantes, danzarines, toreros, pintores, escultores, novelistas­ se acercan a veces para producir una belleza impregnada de misterio, que nos desvela una verdad recóndita sobre lo que somos, sobre lo hermosa y precaria que es la existencia, sobre lo que hay de exaltante y trágico en la condición humana. Ese es el estilo taurino que más me conmueve y por eso admiré tanto a Antonio Ordóñez y admiro ahora a un Enrique Ponce o un José Tomás.

Francisco Rivera Ordóñez, Paquirri, al igual que su hermano Cayetano, ha heredado de su abuelo, el gran Antonio Ordóñez, la elegancia y una valentía tranquila y natural de enfrentarse al peligro, de encerrarse con el toro en un diálogo secreto del que resultan figuras en las que se mezclan la gracia, la destreza, la inteligencia y por supuesto el coraje. Hasta cuando banderillea lo hace evitando la exageración, exponiéndose en la justa medida, para que nada desentone.
Pero la suerte de banderillas es aquella en la que la corrida está más cerca de la danza, cuando se vuelve coreografía, ballet, y pocos toreros encarnan mejor ese trance que David Fandila, el Fandi. Fue siempre un banderillero soberbio y esa tarde lo probó al encender las tribunas con su arrojo. Hacía tiempo que no lo veía torear y, en Marbella, me pareció que había madurado mucho, que ahora maneja la muleta con más temple, color y matices, aunque siempre con el mismo tesón.
Fue una tarde muy bonita y al salir de la plaza me pregunté si un espectáculo como el que acabábamos de ver cambiaría la opinión que Rafael Sánchez Ferlosio tiene de los toros.
Probablemente, no. Ese mismo día había leído, en El País, un artículo suyo, "Patrimonio de la Humanidad", una de las diatribas más destempladas y feroces que he leído contra los toros, que él quisiera que desaparecieran de una vez "no por compasión de los animales, sino por vergüenza de los hombres".
Con base en lo que él dice, los toros son la manifestación más flagrante de la barbarie humana. Su artículo evoca a las hordas sádicas que hicieron "una protesta ensordecedora" cuando don Miguel Primo de Rivera, en 1928, ordenó que se protegiese con gualdrapas forradas a los caballos de la suerte de varas que, hasta entonces, morían como moscas despanzurrados por los toros.
Y, al parecer, era eso, más que la lidia, lo que los aficionados querían ver: el sufrimiento y la matanza de los brutos. He asistido a muchas corridas en mi vida y no recuerdo una sola en la que haya visto a las tribunas regocijarse cuando un toro derriba o hiere a un caballo; más bien, la reacción del público es siempre la contraria.
En los toros hay una violencia que para muchas personas, como Sánchez Ferlosio, es intolerable, algo absolutamente digno de respeto. Sería un atropello brutal que se quisiera obligar a alguien a asistir a un espectáculo que malentiende y abomina. Es menos digno de respeto, en cambio, que él y quienes quisieran acabar con los toros, traten de privarnos de la fiesta a los que la amamos: un atropello a la libertad no menor que la censura de prensa, de libros y de ideas. Y tampoco es respetable la caricatura de la corrida como una expresión de machismo y chulería en la que se expresaría "el alma-hecha-gesto de la españolez". No entiendo lo que esta frase quiere decir, pero sí la intención que la mueve y ella es un puro disparate. "La españolez" (una entelequia que expresaría la esencia metafísica de todo lo español) en primer lugar no existe, y, en segundo, si existiera, estaría tan fracturada respecto a las corridas de toros como sabemos muy bien que lo está España.
El artículo de Sánchez Ferlosio está redactado de tal modo que, se diría, la "españolez" es algo que se encarna sólo en "los castellanos", pues son estos, a su juicio, quienes "se han puesto a reivindicar la alta culturalidad" de los toros. ¡Protesto! ¿Y los andaluces, vascos, gallegos, peruanos, colombianos, mexicanos, ecuatorianos, bolivianos que defendemos la fiesta? ¿Y los franceses, que han declarado la corrida un bien cultural de la nación? La "barbarie" taurina tiene un arraigo mucho mayor que la geografía castellana y llega, por ejemplo, hasta Suecia, donde, la última vez que estuve en Estocolmo, descubrí una peña taurina con varios cientos de afiliados.
Por otra parte, el artículo deja la impresión de que, por haber prohibido los toros, los catalanes quedan exonerados del oprobio barbárico. Protesto, otra vez. Conozco buen número de catalanes tan aficionados a la fiesta como yo y sin duda él mismo recordará que, cuando se discutía la prohibición, en el manifiesto en defensa de los toros que apareció en Barcelona, entre los firmantes figuraba buen número de artistas e intelectuales catalanes de primera línea, entre ellos Félix de Azúa y Pere Gimferrer.
Sánchez Ferlosio vapulea a Fernando Savater por "la poética nebulosidad de acento vaporosamente zambraniano" de su ensayo sobre la muerte y la tauromaquia, y ridiculiza a Ortega y Gasset por ese "excelso ortegajo" que, en su opinión, fue afirmar que no se puede comprender la historia de España sin tener en cuenta la historia de las corridas. Ambas recusaciones son innecesariamente hirientes e injustas.
Savater y Ortega han escrito ensayos que ayudan a entender la complejidad de la fiesta, su entraña sociológica, su reverberación tradicional y mítica, sus raíces psicológicas y su valencia artística. ¿Qué hay de ridículo en utilizar la perspectiva taurina para estudiar, por ejemplo, la filiación que enlaza a España con la mitología de Creta y Grecia y llega, pasando por Goya, hasta Picasso y García Lorca, en la que destaca como protagonista la noble estampa del toro de lidia? Pero, tal vez, para entender cabalmente estos ensayos hay que amar los toros y no odiarlos, pues el odio obnubila la razón y estraga la sensibilidad.
Los aficionados amamos profundamente a los toros bravos y no queremos que se evaporen de la faz de la tierra, que es lo que ocurriría fatalmente si las corridas desaparecieran. Pero no ocurrirá, no todavía por lo menos, no mientras haya corridas que, como esa semiclandestina de Marbella de la tarde del 5 de agosto, nos hagan vibrar de emoción y gratitud ante un espectáculo de tanta perfección, y nos den tanta voluntad y razones para seguir defendiéndolas contra la prohibición, la última ofensiva autoritaria, disfrazada, como es habitual, de progresismo.

Ilustraciones:  Fernando Vicente y Ugo.

sábado, 27 de octubre de 2012

CUADERNO DE BITÁCORA

Consabido, los índices de criminalidad en Venezuela son exorbitantes. Pisando los terrenos del realismo mágico, nos hemos acostumbrado a una - no faltaba más -  criminal correspondencia;  y, para quien tenga dudas, bastará con conciliarlos con los aún novísimos resultados electorales. Empero, el estado general de sospecha, sentencia emblemática de la década dictada por Eliécer Otaiza en memorable ocasión, emerge como el otro correlato indispensable.

Promovida por la Universidad de Carabobo, celebramos la Feria del Libro, o de lo que nos viene quedando como tal, bajo el socialismo rentístico y - valga la tautología - dependiente, excepto de impresos se trate, pues, no se importan libros frente a los descomunales y soberanísimos rubros alimentarios, por ejemplo. Y, como suele ocurrir en todo evento semejante, hay invitados que nos hacen el honor de compartir vivamente la palabra, quienes acuden a la cita con mucho de nuestros sacrificios.

Conferecista inaugural de la feria, Óscar Collazos comenzó el regreso a casa, pero - harto sospechoso - fue retenido por los diligentes agentes de seguridad del Estado: sin explicación alguna, la medida siguió el curso natural de un procedimiento que no admite la más mínima argumentación policial, en los pretendidos esplendores de un régimen realizador de la sociedad de derechos humanos. El sobrepeso de papel y tinta, natural en un creador que acostumbra a asomarse en las terrazas de otros creadores, lo imputaba.

Libros, pues, Collazos no llevaba otra cosa que libros, y la compañía cercana de un cónsul, el de su país, que de nada valía para los diestros y suspicaces representantes .... ¿dijimos representantes?.... No, .... es poco decir para aquellos que encarnan vivamente la Ley !!!!

Y, siendo la Ley misma, nos obsequian la seguridad personal que antes  demandaban ocho millones y tantos de venezolanos, plenamente satisfechos ante los seis millones y tantos disconformes, disociados y renegados que, por si fuese poco, piden más y más ferias del libro cuando el gobierno los ha cundido con sus insignes panfletos. Podemos pensar, porque siempre los ministros del ramo temieron la más modesta interpelación parlamentaria, de modo que nada se sabe,  restando lo que publicita, que la retención y la panfletóbitis, es otro logro más del títular del poder popular de Cultura y otros asuntos incomprensibles.

Sumemos como un trofeo, la lucha denodada por la justicia y la libertad inherente a la de nuestra seguridad integral, pues, merecedores de una placa de reconocimiento, que no de rayos X, y el ascenso correspondiente, la libran en los lugares más inhóspitos donde el hampa habita, los aeropuertos, como las avenidas y calles principales de una ciudad que lo reconoce a través de los viandantes más inocentes, ingenuos y desarmados. Obviamente, esto no lo alcanza a comprender Collazos, un escritor del que esperamos sus disculpas, porque la revolución no lo hará, al consagrarnos como un pueblo libre y pacífico.

La próxima vez saldrá a collazo limpio,sin que la prensa se entere, por horadar el sagrado suelo de la patria con un texto ulterior de indignación. Y así, saldremos todos los que, !vende-patrias!,  le pedimos - esta vez - mil disculpas a Óscar por el mal rato, apenas un ejemplillo de los mil malos-ratos (y ratas) paredecidos.

LB

Referencia fotográfica: El Nacional, Caracas, 27/10/12.

DEVOCIÓN Y PARADOJA

EL NACIONAL - Sábado 27 de Octubre de 2012     Opinión/8
Los idiotas no votan
RAÚL FUENTES

Ante la inminencia de un proceso electoral que convoca a los venezolanos para que seleccionen a quienes han de gestionar las administraciones estatales en el próximo período constitucional, nos parece pertinente apelar a tres pareceres respecto a la relación entre quienes hacen política y quienes la desdeñan. Comenzaremos con Platón quien afirmó: "Uno de los castigos por rehusarte a participar en política es que terminarás siendo gobernado por hombres inferiores a ti". Por su parte, el historiador británico Arnold Toynbee escribió: "El peor castigo para quienes no se interesan en la política es ser gobernados por quienes sí se interesan". Y, más recientemente y más cerca de nosotros, Lula da Silva sentenció: "Al que no le gusta la política corre el riesgo de pasar su vida entera siendo mandado por aquel al que le gusta".
Tres opiniones convergentes, de personajes probablemente divergentes, que vienen a cuento si no queremos que la tristeza y el desaliento, productos del inmoral ventajismo rojo exhibido en la pasada consulta presidencial, hagan mella en la determinación de los votantes que tienen la histórica oportunidad de consolidar posiciones ya alcanzadas por la oposición, y de conquistar nuevas e importantes trincheras en esta dura batalla por preservar la descentralización y reconquistar la civilidad de la nación.
El pasado 7-O, la oposición, si bien no se alzó con el triunfo, demostró que transita un camino que indefectiblemente le conducirá a la conquista del poder, y no porque no hay mal que dure cien años, sino porque a base de paciencia y constancia ha emergido un liderazgo con vocación de servicio, dinámico, inteligente y consistente, capaz de tomar responsablemente en sus manos las riendas del país. Sin embargo, el abuso continuado del régimen es un serio obstáculo que debemos vencer a diario. Ya, sin un ápice de vergüenza, el CNE dejó claro hacia cuál plato se inclina la balanza, al autorizar la migración a nuevos centros de votación, después de cerrado el lapso oficial para modificar el Registro Electoral, a los seis paracaidistas designados por el chafarote para que aterricen en las gobernaciones de Anzoátegui, Aragua, Cojedes, Guárico, Monagas y Táchira. Ante tal iniquidad, recordemos que los candidatos de la unidad llegan a la contienda decembrina con un importante respaldo que se manifestó en sólidas votaciones obtenidas en las primarias de febrero, mientras que los pretendientes rojos son producto del capricho y la dedocracia; y, más revelador aún, los aspirantes del consenso están plenamente identificados con las regiones que aspiran a gobernar. Esta afirmación debería quedar palmariamente demostrada en los necesarios debates que están planteados entre candidatos opositores y oficialistas y que, seguramente, los últimos esquivarán, por temor, miedo, culillo, falta de exceso de ignorancia o apego a la costumbre de obedecer órdenes sin cuestionarlas, sin preguntarse siquiera la razón de ser de tal o cual disposición, deseo o mandato del jefe, lo cual ha aniquilado su capacidad de disenso.
La no comparecencia de los aspirantes rojos a una confrontación de ideas y propuestas nos dejará sin saber cuánto saben de las realidades que caracterizan a los estados que buscan dirigir, pero esto a ellos poco importa: lo que les interesa es desempeñar su papel de peones en un tablero cuyas reglas el teniente coronel ambiciona cambiar para hacer desaparecer a gobernadores, alcaldes, cabildos y asambleas legislativas y reemplazarlos por los consejos comunales; y así, una vez aniquilado el poder regional, instaurar un Estado comunal inspirado, quizá, en las tenebrosas experiencias china o camboyana.
El que calla otorga, dice el refrán. Y el elocuente silencio de los ungidos con la gracia presidencial para ocuparse de la transición al socialismo es, más que un motivo de preocupación, una poderosa razón para reflexionar sobre la platónica meditación de la que se hicieran eco tanto Toynbee como Lula, y concurrir a los comicios de diciembre con clara conciencia de que de son una consulta sobre el futuro inmediato de la República.
De su resultado depende en mucho que Chávez pueda seguir adelante con su retrógrado proyecto o que deba pisar el freno porque así lo dispone la voluntad mayoritaria de los venezolanos. Por eso hay que votar y tener presente la personalísima acepción que del adjetivo idiota nos ofrece Fernando Savater: "Idiota. -Del griego idiotés, utilizado para referirse a quien no se metía en política, preocupado tan sólo en lo suyo, incapaz de ofrecer nada a los demás".

Breve nota LB: Valga agregar del melodrama como una de nuestras características esenciales. Somos devotos a las telenovelas y a los concursos de belleza con una exageración portadora de una paradoja. Por un lado, hasta una magistrada de la revolución mentada perdió la vida por otra de las operaciones estéticas que se hizo, ultimada moralmente su médico-operadora hasta contar con una tipificación penal insólita y un calabozo insólitos. Y, por otra, el colmo de nuestras incompetencias, ya no somos los insignes exportadores de telenovelas y concursos queun día fuímos.....¿Tiene alguna explicación adiciones nuestra devoción por la llamada antipolítica?

Ilustración: Pedro León Zapata (El Nacional, Caracas, 27/10/12).

PLACA DE RECONOCIMIENTO

Vaya nuestro reconocimiento a la sinceridad - en curso de radicalización y desinhibición - del régimen. Atropellados por las circunstacias, rebotaron candidatos de un lado a otro, como el ministro Tarek de Táchira a Aragua, la cual sembrará de sus funcionarios leales, probando ahora sufragar en otros lares como lo hizo en su natal Mérida y en Caracas; o, por obra de los conflictos y consiguientes reacomodos al interior del los elegidos que hacen vida en el PSUV, creyendo regresar si fracasa, "exportan" a Aristóbulo a Anzoátegui, importando poco las cictrices que electoralmente quedaron de la CTV y de la alcaldía metropolitana de Caracas.

Las mujeres del CNE, como se les alude, decidieron la excepcionalidad de las migraciones. Los más iguales entre los iguales, pues.

Merecedores de nuestros festivos aplausos, ejemplifican muy bien los impulsos del proyecto totalitario. Sirva de vitrina a los abstencionistas y por siempre quejosos del patio, así como los países hermanos, hermanos en la integración y en la retórica inacabable, que únicamente esperan de los obsequios y demás petrodólares en curso (o, mejor, de los petrodólares pura y simplemente.....).

LB

Fotografía: El Nacional, Caracas, 27/10/12.