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miércoles, 25 de octubre de 2017

UN ESTAD(I)O DE RELACIONES HUMANAS

EL UNIVERSAL, Caracas,14 de octubre de 2017
Discernir el Reino en nuestra realidad
Rafael Luciani
 
El mensaje del Reino de Dios fue lo más central en la predicación y la praxis de Jesús. Es lo que más impactó a sus seguidores y marcó la novedad de su mensaje, especialmente orientado hacia los más sufrientes y necesitados, a los cansados y olvidados. Esto implica, para los cristianos hoy en día, que no podemos hablar de fe sin discernir sobre el estado de cosas que nos rodean, tanto en nuestros contextos más cercanos y locales -los familiares o vecindarios-, como en los más amplios y globales, -sea un país o una cultura.

El discernimiento cristiano de la realidad presupone la reflexión honesta acerca de aquellas situaciones que estemos viviendo, y cómo las estamos asumiendo: ¿absolutizo mi propio modo de ser y pensar? ¿trato a los demás como objetos? ¿pongo todas mis esperanzas en personas o ideologías? ¿tengo como centro de mi vida al dinero? ¿soy indolente frente al drama de los demás? ¿cómo entiendo la presencia del otro en mi vida?

A veces conocemos muy poco el estilo de vida de Jesús, sus palabras y gestos cotidianos. Muchas veces se nos ha enseñado a un Dios que no es Padre, bueno y compasivo. Lo que es más triste aún, no se enseña a tener una relación personal e íntima con Dios. Estas ideas erróneas que tenemos afectan el modo de vivir nuestra fe en la familia y en la sociedad, y nacen de un hecho triste, aunque real: la mayoría de los cristianos no leen los Evangelios, sino que se quedan con lo que se les explica acerca de ellos.

Tomemos como ejemplo lo que el mismo Jesús encontró en su contexto y cómo lo fue discerniendo. En el siglo I, la cultura política practicada por Herodes el Grande se caracterizó por la sumisión absoluta al César, produciendo una verdadera idolatría al depositar en una sola persona el poder absoluto al que se debía servir. Los profetas lo criticaron y distintos movimientos religiosos lo rechazaron, por considerar que estaba traicionando la soberanía del Dios vivo y verdadero, Yahveh, vendiéndose a los romanos para así mantenerse en el mando. Jesús mismo le recordó a sus discípulos que «los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores.

Pero no así entre ustedes, sino que el mayor sea como el más joven, y el que gobierna como el que sirve» (Lc 22,25). Colaboracionismo, sumisión, bienhechuría, dádivas: todas estas formas de relacionarse no representaban para Jesús el deseo más querido por Dios para sus hijos, porque convierten al ser humano en súbdito y objeto de otro. Y así no es el Reino de Dios, pues en éste reina la fraternidad, traducida en justicia y paz para todos.

Para Jesús el Reino no es un estado privado de vida espiritual o de cosas materiales. Es un estado de relaciones humanas, es decir, un modo fraterno de estar solidariamente cada uno respecto de los demás, sin imposiciones ni violencias; y un modo filial de tratar a Dios con confianza e intimidad como el único absoluto en nuestras vidas. Relaciones como la solidaridad, la compasión, el servicio, la sanación de corazones aún no reconciliados, el dar de comer al hambriento y apostar por las víctimas, entre otras, son relaciones que encarnan al Reino en nuestras familias y sociedades porque dan esperanza al abatido y cansado de luchar por un mundo mejor, a la vez que alivian el corazón y el dolor de los que han sido olvidados en nuestra sociedad. Sólo así se encuentra el camino hacia la propia humanización, que no es otro que el camino hacia el Reino de Dios.
 
Fuente:
Ilustracion: Maximino Cerezo.

miércoles, 26 de julio de 2017

SISTEMA

EL UNIVERSAL, Caracas, 24 de junio de 2017
Discernir el pecado estructural
Rafael Luciani
    
La Compañía de Jesús en Venezuela, a través de la editorial de la revista SIC, ha calificado la situación del país como un «pecado estructural». Los jesuitas sostienen que «estamos ante un sistema que niega las mínimas condiciones de vida a la población» por lo que «desde nuestra fe, cabe señalar este hecho de “pecado estructural” ».

Según la teología moral, el pecado estructural no siempre se da bajo la forma de actos atroces y notorios. Éste responde a ambientes en los que la normalidad cotidiana va aceptando como soportable el hecho de tener que vivir en condiciones inhumanas que niegan toda posibilidad de tener posibilidades. No es un pecado que afecta a individualidades solamente, como puede ser el pecado personal, sino un pecado que permea a la sociedad, a los modos de vivir y pensar, y es capaz de convertir a las propias víctimas en victimarios. Es estructural porque anida e instala a la antifraternidad y el antagonismo continuo como un modo normal de relacionarnos, incluso considerando a la muerte del otro como parte de esa misma normalidad. Aunque no parezca tan evidente esto vale para quienes justificaron las cruzadas con el fin de preservar el régimen de cristiandad, o quienes entregaron sus vidas a grupos terroristas como Isis, incluso quienes absolutizan los sistemas políticos y económicos de derecha o de izquierda. Como recuerda el Papa Francisco, se da con «la imposición de la idea o ideología sobre la persona humana y su dignidad».

Los escolásticos solían decir que el mal se comete siempre sub specie boni, sub aspectu boni, es decir, por el bien que realmente contiene o parece. Sin embargo, muchas personas creen que para obrar mal hace falta querer hacer el mal, lo que se llama sub specie mali. He aquí el grave error para poder discernir moralmente el pecado, pues éste no sólo es personal, sino que también es estructural, y no siempre es conciente o querido, sino que también se da bajo formas establecidas de actuación irracional e inhumana que se ven como necesarias y se justifican a toda costa con el fin de defender posiciones vistas como absolutas.

El término pecado estructural fue acuñado por el emblemático documento de Medellín en la II Conferencia General del Episcopado Latinoamericano en 1968. Es un término que ha inspirado a la teología de la liberación para denunciar la existencia de estructuras y modos de operar de las instituciones que hacen imposible el desarrollo de una vida digna y de bienestar, porque generan un empobrecimiento generalizado. En este sentido se entiende que nuestro país esté viviendo un pecado estructural que nos está deshumanizando y hundiendo en la locura de la irracionalidad que no permite crear puentes ni dialogar, cerrando así cualquier alternativa que busque el bien común. Precisamente porque el pecado estructural es, en el fondo, la negación absoluta de todo bien común posible, de todo diálogo y encuentro entre las partes en función del bien de las mayorías, que son más que las partes políticas en conflicto.

A este tipo de pecado no se le frena con la violencia, porque ésta sólo genera más violencia y afianza aquellas condiciones que lo han producido. La única manera de pararlo es convirtiéndonos, cambiando, retomando nuestra capacidad de dolencia humana para colocarnos desde el lado de las víclimas y a favor de ellas. En nuestro caso, del hambriendo o el que no cuenta con sus medicamentos para preservar su salud. Es un problema moral que nos define como seres humanos, más que político partidista.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/discernir-pecado-estructural_658260

sábado, 8 de agosto de 2015

OPCIÓN TEOLÓGICO-PASTORAL

EL 8 de agosto de 2015 UNVERSAL, Caracas
Francisco y la Teología del Pueblo
Rafael Luciani

El reciente viaje de Francisco a Sudamérica representó un giro importante. Se trata del inicio de una segunda etapa en la que deja claro el nexo existente entre sus discursos y lineamientos teológico-pastorales, y el enfoque propuesto por la llamada Teología del Pueblo o Teología de la Cultura. Desde el estudio de esta rama de la teología latinoamericana, que surge en el contexto socio-histórico de la recepción del Concilio Vaticano II en América Latina, podemos comprender que lo que propone Francisco no es un mero cambio de enfoque en la pastoral eclesial, como tampoco un refrescamiento del lenguaje o actualización de las formas religiosas existentes, sino el replanteo de un modo de ser Iglesia que reconoce los graves efectos de la crisis estructural que vive y se propone retomar la senda trazada por el Concilio Vaticano II.
Este nuevo modo de ser de Iglesia asume un talante profético, entendiendo a la acción pastoral a partir de nuestra inserción en la realidad del pobre y la asunción de los valores que brotan de estos sectores populares. Se trata de un nuevo modo de ser Iglesia a partir de la opción preferencial por esa parte del pueblo que son los pobres, la periferia, y el impacto que ellos tienen para generar procesos de conversión en todos aquellos que hacemos vida en la institución eclesiástica y en la sociedad en general. No cabe, pues, la postura de quienes "viven y reflexionan desde la comodidad de un desarrollo y de una calidad de vida que no están al alcance de la mayoría de la población mundial" (Laudato Si, 49). Esta falta de conexión con la realidad, ayuda "a cauterizar la conciencia" (LS 49).
La Teología del Pueblo es una rama de la teología latinoamericana de la liberación que fue desarrollada en Argentina por los teólogos Lucio Gera y Rafael Tello. Sin embargo, sus orígenes se remontan al año 1966 cuando se crea la Coepal (Comisión Episcopal de Pastoral), que acuña el término de "pueblo" entendido como "la existencia de una cultura común, enraizada en una historia común y comprometida con el bien común".
Esta Teología no busca el cambio de las estructuras sociales y políticas por sí mismas, sino el discernimiento de la misión e identidad de la institución eclesiástica a partir de su opción por el pueblo pobre, expresada en un firme discurso religioso que impulse el diálogo sociopolítico y promueva una praxis pastoral informada por la justicia social como valor de ese "pueblo fiel" que quiere ser seguidor de la praxis de Jesús (Sebastián Politi, Teología del Pueblo).
Esta opción teológico-pastoral no parte del análisis de las condiciones económicas y sociopolíticas para interpretarlas a la luz del método marxista, sino de la conexión real con el pueblo y el estudio de su cultura o ethos común, y apuesta por la promoción integral del sujeto humano, el fomento del diálogo sociopolítico y la práctica de la justicia social.
El reto que dejó Francisco en su reciente viaje a Sudamérica es, pues, el de repensar a una Iglesia que está llamada a "optar por el pueblo pobre" y "alejarse de tentaciones de propuestas unicistas, cercanas a dictaduras, ideologías y sectarismos" (Quito, 7-7-2015). Una Iglesia que debe alejarse de "los elitismos socioeconómicos y las desconexiones con lo real", y que, como ha dicho en repetidas ocasiones, "desmonte el clericalismo y el carrerismo eclesial" que reina en la mente de tantos clérigos que sólo piensan en ser obispos y llegar a puestos de poder por el mero hecho de ser ministros ordenados. En palabras de Francisco, "estos son signos de una fe que no es fiel al Evangelio" y que "necesita salir de sí".
(*) Doctor y Profesor de Teología

sábado, 23 de mayo de 2015

EN DEFENSA DE LA DIGNIDAD HUMANA

EL UNIVERSAL, Caracas, 23 de mayo de 2015
Romero: más allá de lo políticamente correcto
Su causa fue la defensa de la dignidad humana y su inspiración los evangelios
Rafael Luciani

Romero tomó posesión del Arzobispado de San Salvador el 22 de febrero de 1977 hasta que fue asesinado el 24 de marzo de 1980 durante la celebración de la eucaristía en la capilla del Hospitalito. Durante esos tres años su honradez humana se vio sumida en un proceso de conversión profunda al entrar en contacto con la realidad que vivían los pobres.
Su proceso de conversión se refleja en las homilías que compartía cada domingo por la mañana en la Catedral. Ellas eran legendarias y se podían escuchar por radio. En una primera parte explicaba las Escrituras para dar un mensaje de esperanza en medio de tanta violencia. En una segunda parte hacía un discernimiento evangélico con su aplicación a las circunstancias concretas del país. Repasaba los eventos más importantes de la semana y emitía un juicio, denunciando a los victimarios y urgiéndolos a cambiar, o acompañando a las víctimas y fortaleciéndolas en sus luchas.
Fiel al magisterio, entendió que la salvación pasaba por el reconocimiento de la dignidad humana, el desarrollo socioeconómico de cada sujeto y el respeto por la libertad. Así lo había proclamado el Concilio Vaticano II (1962-1965) en la Constitución Gaudium et Spes 1: «los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo». Él hizo suya esta opción pastoral que fue expresada por vez primera en el magisterio latinoamericano cuando los obispos reunidos en Medellín (1968) proclamaron la opción de Dios por los pobres. Por ello, él pedía «que todo lo que ha querido impulsar el Concilio Vaticano II, la reunión de Medellín y de Puebla, no sólo lo tengamos en las páginas y lo estudiemos teóricamente, sino que lo vivamos y lo traduzcamos en esta conflictiva realidad» (Homilía 23-03-1980).
Como pastor optó por los pobres, antepuso la verdad y la profecía antes que lo políticamente correcto, y superó la tentación clerical de vivir el poder como privilegio antes que como servicio y entrega fraterna. Encontró a Jesús entre los pobres y desesperanzados, a quienes acogió como los nuevos crucificados de la historia. Desde esa entrega al pobre llamó a construir una civilización del amor, sin odio ni violencia, donde todos podamos convivir superando las ideologías y creencias que nos dividan. Su llamado sigue vigente: «no a la venganza, no a la lucha de clases, no a la violencia. Sólo uno que esté ciego no puede ver que en estas circunstancias de violencia y persecución, hemos estado con el que sufre, sea pobre o rico. No estamos, pues, por una clase social» (Homilía 08-05-1977).
Su causa fue la defensa de la dignidad humana y su inspiración los evangelios: «este es el pensamiento de mi predicación. Nada me importa tanto como la vida humana. Es algo tan serio, más que la violación de cualquier otro derecho, porque es vida de los hijos de Dios y porque esa sangre no hace sino negar el amor, despertar nuevos odios, hacer imposible la reconciliación y la paz» (16-03-1980).

Cfr. Joaquín Villlalobos, "Un tiro en plena misa": http://elpais.com/elpais/2015/05/19/opinion/1432061708_972618.html
"Vaticano reconoce que intentó denigrar a monseñor Romero": http://rnes.sv/vaticano-reconoce-que-se-intento-denigrar-a-monsenor-romero/

domingo, 15 de septiembre de 2013

SUPERACIÓN




NOTITARDE, Valencia, 15 de septiembre de 2013
Las parábolas de la misericordia (Lc.15,1-32)
Pbro. Lic. Joel de Jesús Núñez Flaute

Una parábola es una comparación, semejanza, proverbio, enigma. Es un género literario en el que la enseñanza es dada de modo dramatizado basado en la vida real, aunque no es exclusivo de la Biblia, pero si utilizado mucho por Nuestro Señor, el cual le da un matiz diferente y no hay comparación alguna con la utilización que Él le da. En este domingo el evangelio de Lucas nos presenta tres parábolas de la misericordia, que son hermosísimas por demás y apelan a la autenticidad y al distintivo de la vida cristiana.
Las tres parábolas coinciden en resaltar el gozo y la alegría que se siente al recuperarse lo que estaba extraviado y que expresa la salvación que Dios quiere que alcance a todos los hombres. La motivación que mueve a Jesús a utilizar estas parábolas y para justificar su comportamiento está en el hecho de la crítica que le hacían los fariseos por estar rodeado siempre de publicanos y pecadores. En pocas palabras, Jesús está justificando ante los críticos fariseos que Él se comporta de esa manera recibiendo a los pecadores, a los marginados de la sociedad, a los pobres, a los desamparados, porque esa es la forma de comportarse Dios. Jesús, está dejando ver claramente que su presencia en medio de Israel es la presencia de Dios mismo que busca al hombre perdido, al esclavizado por el pecado, al que vive en las periferias geográficas o existenciales, como nos ha recordado recientemente el Papa Francisco. Recordemos lo que Él mismo dijo en la sinagoga de Nazaret: “El espíritu del Señor está sobre mí, me ha ungido y me ha enviado para anunciar la buena nueva a los pobres, me ha enviado a anunciar la libertad a los presos y dar vista a los ciegos, a poner en libertad a los oprimidos..” (Lc.4, 18). En otra parte dice Jesús: “Yo no he venido para los que están sanos, sino para los enfermos”. (Lc. 5,31). Dios no rechaza ni margina a nadie, al contrario, Dios Padre, manifestado en Cristo quiere la salvación de cada persona y que recobre la dignidad perdida por el pecado.
La gran noticia del evangelio es que Dios es un Padre amoroso y misericordioso; su amor y misericordia restauran al hombre, le devuelven su grandeza, lo estimulan a emprender de nuevo el camino que conduce a la felicidad verdadera, a la contemplación del rostro de Dios, a alcanzar la vida eterna, que se comienza a construir en el caminar diario de nuestra propia historia, que junto a Dios se convierte en historia de salvación.
La experiencia humana demuestra que ante la caída personal, ante un error cometido, ante un fracaso o debilidad que aplasta o atormenta la mente y el corazón; el perdón, la amnistía, devuelve paz y esperanza, sosiego y respiro para continuar la vida y no volver al error. Así actúa Dios; restaura, levanta, perdona, extiende la mano al hombre sumergido en el barro de sus debilidades para que con la ayuda de su amor y de su misericordia pueda restablecer el camino que conduce a la salvación y esto es posible en Cristo, nuestro Dios y Mediador, por quien nos viene la gracia, el perdón y la bondad del Padre; Aquel que derramando su sangre en la cruz nos demostró el inmenso amor que Dios nos tiene; fue la cuota que tuvo que pagar por nuestro rescate y lo hizo sin reservarse nada. Eso es amor y misericordia infinita.
La experiencia humana también demuestra que todos somos pecadores, que en un nivel u otro cometemos errores, fallamos a Dios y a los hermanos; que necesitamos de misericordia y perdón; sin embargo, pueden haber algunos que olvidando sus propio barro, como los fariseos del evangelio, se sientan con la seguridad de convertirse en jueces de los demás, de condenar al hermano, de negarle una oportunidad u ofrecerle ayuda para que salga de su camino extraviado. Dios condena el pecado, pero levanta al pecador; Dios condena también el puritanismo que nos hace sentir por encima de los demás y nos hace perder el horizonte de la misericordia y el amor que son la esencia del cristianismo.
Hoy, pues, Cristo nos invita a superar toda clase de discriminación religiosa, social, política y a evitar el puritanismo.
IDA Y RETORNO: El próximo sábado 21 será el inicio del nuevo año formativo de los seminaristas. Serán 97 jóvenes que se prepararán para el sacerdocio en Nuestro Seminario de Valencia. 35 son de la Arquidiócesis de Valencia y el resto de otras diócesis del país. Pedimos sus oraciones por la perseverancia de los seminaristas y por la fortaleza y acierto del equipo formador que éste año se renueva con la presencia de unos jóvenes formadores. Que la Virgen del Socorro nos bendiga con su amor y Que Dios Padre nos siga bendiciendo con muchas y santas vocaciones al servicio de su Iglesia. Señor, danos sacerdotes santos.

Cfr. Rafael Luciani: http://www.eluniversal.com/opinion/130914/jesus-ante-la-ausencia-de-lideres
Ilustración: Dumont.