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sábado, 11 de agosto de 2018

AGENCIA Y AGENTES EXTRANJEROS

Triste partido de gobierno
Luis Barragán


Todavía en deuda la historia y la sociología política venezolanas, tuvimos una experiencia acumulada en relación al partido de gobierno (PG).  El XX muestra una riqueza de vicisitudes ya tan olvidadas que nadie parece sorprenderse por su desempeño en el presente siglo, resignados a una fórmula propia del Estado Comunal que, paradójicamente, al estatizar la vida social, se desestatiza en beneficio de una dirección ocurrente, arbitraria y feroz.

Creado antes o en el ejercicio del poder, el PG generó situaciones y relaciones que, ahora, lucen incomprensibles. Incluyendo el disenso interno con el gobierno al que soportaba, en la opinión pública,  cuerpos deliberantes y en la misma calle, suscitaba circunstancias propias del sistema parapolítico, como lo llamó David Easton, sin que hubiese una inmediata dislocación institucional.  Fueron numerosos los problemas que supo procesar el sistema político respecto a la sensible relación partido y gobierno, aunque Juan Carlos Rey, por ejemplo, en un valioso ensayo, estimó que el principal de ellos, residió en la liberación de la disciplina partidista del presidente de la República.

Recientemente, concluyó el IV Congreso del PSUV y ya, ni siquiera plebiscitariamente, resolvió el asunto de la conducción, pues, confundiéndolo con lo que queda de Estado, entregó – como si nunca los hubiese ostentado – todos los poderes a Maduro Moros para designar absolutamente a todas sus autoridades, en un triste acto de consagración del liderazgo que llena más de dudas que de certezas. Hitler, Stalin o Fidel, por lo menos, debían entenderse y extenderse en concesiones con los camaradas, calculando la posterior liquidación personal de los rivales, para dar – ante todo – con un órgano colegiado que bien acreditara la existencia del partido. Acotemos, Cabello Rondón celebró  que el citado Congreso, como el anterior, tuvo por característica, ya que no hubo debate.

El PSUV es, a lo sumo, el principal partido presupuestario que coordina a otros de una disminuida importancia, agremiados en el tal Polo Patriótico, o como se den en llamar tras cada simulación comicial. Hasta las Sociedades Bolivarianas de López Contreras, reportaron una concepción y una conducta como PG, así jamás se hubiesen formalizado como tales, que no exhibe el PSUV y sus entidades subsidiarias, añadido el histórico PCV que tanto teme correr con la suerte de su par cubano, obscenamente confiscado por los Castro. Sin embargo, no nos llamemos a engaños.

Hay, en los términos más elementales, un PG y no es otro que el protagonizado por  Maduro Moros y el alto mando militar. La Venezuela petrolera expone ese remanente del caudillismo rural de antaño, donde la pólvora zanjaba las diferencias, dependiendo la supervivencia política de un pacto entre los dueños del parque disponible de armas, aunque – he acá la diferencia – no había una potencia extranjera, como la Cuba de hoy, capaz de afianzar y compensar a uno o más actores.

06/08/2018:
http://www.noticierodigital.com/2018/08/luis-barragan-triste-partido-gobierno/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=105528

domingo, 25 de febrero de 2018

DELIMITADOS POR EL PRECIPICIO

Un parapeto de soporte
Luis Barragán

Sobre los escombros de la institucionalidad partidista en la Venezuela del XXI, añadida la de oposición, se empina el parapeto gubernamental que no es ni puede ser completamente partido, ni es ni puede ser completamente gubernamental. Condición ésta que asombrará,  porque – siendo nominalmente el partido oficialista por excelencia – no son todos los que están, ni están todos los que son en este dispositivo que tiene por única ventaja, la de abrir algún camino hacia el presupuesto público municipal, estadal o nacional.

Un parapeto más grande y ambicioso,  ha nacido: “Somos Venezuela”.  Se dirá propio de la campaña presidencial que se avecina, pero lo cierto es que, por sus características y financiamiento, muy directamente vinculado al demasiado obvio candidato, como por los cuadros de dirección, va mucho más allá en el proceso de decantación que experimenta el poder tras casi veinte años de fatigado ejercicio.  Quien no figure en la novedad partidista, no va al baile. Así de simple.

No ha tenido Nicolás Maduro necesidad de ningunear más, negociar o expulsar a nadie del PSUV, ya de por sí domesticada toda su dirigencia, como lo probó Lacava con el antes todopoderoso Ameliach.  Si fuese partido, algún movimiento sísmico  se hubiese sentido, pero como no lo es en su acepción más común, muy bien la maniobra consagra a la novísima entidad de campaña que, en el proceso inevitable de una completa hegemonía, será permanente: así, quien no esté en la directiva, quedará relegado convirtiendo al PSUV en una referencia subsidiaria, secundaria y hasta depositaria de todo aquél que no haga del madurismo una convencida profesión de fe.

Peor suerte le tocará al llamado tan gótica y grandilocuentemente Gran Polo Patriótico, cuyos miembros fueron subsidiarios del PSUV. Accionistas de una empresa que los tiene como el tradicional relleno de ocasión, el menor gesto de disidencia tampoco significará una sanción o algo que se le parezca, pues únicamente están en “Somos …” los que son (y viceversa).

Vicisitudes propias del Estado Cuartel al que arribamos,  de no postergar la fecha a la espera de un contendor de suficiente peso que lo legitime,  el portentoso candidato presidencial e insigne bonificador de lo poco que nos queda, lo confrontará desprendiéndose de un PSUV en el que quedan atrapados sus futuros rivales internos.

18/02/2018:

domingo, 5 de junio de 2016

COMPARTIDO EL GOBIERNO

El partido de gobierno en el Estado Cuartel
Luis Barragán


De reciente aparición, “El Estado Cuartel: Radiografía de un proyecto autoritario” (Negro Sobre Blanco, Caracas, 2016), bajo la coordinación de Luis Alberto Buttó y José Alberto Olivar, trae el interesante y sugestivo trabajo de Franz von  Bergen Granell sobre el partido de gobierno (PG) en el marco de las relaciones civiles-militares (66-100).   Partiendo del “pluralismo polarizado y desinstitucionalizado” (72), aceptemos que la condición de principal partido del sistema que lo supone de una elevada responsabilidad, no se compadece con la situación y experiencia de otros que tuvieron tan alto desempeño en décadas anteriores, y que hoy, además,  por su naturaleza, conformación y quizá un efectivo alcance, de un modo u otro,  ha influido en las organizaciones opositoras de vieja y nueva data.

De un claro basamento teórico (67 ss.), el autor identifica las particularidades del PG en el Estado Cuartel y que, por supuesto, careciendo del instrumental para ello, no diligencia control civil alguno sobre la Fuerza Armada que, simplemente, por su origen humilde, a juicio de Chávez Frías (73 s.), escapa de la sola consideración del asunto. Un partido para la lucha existencial (78), deja la materia – reforzando el tabú – en las manos de su máximo conductor, no por casualidad Comandante en Jefe, quien administrará las relaciones con la corporación castrense,  no sin aproximarse a la tipología de un verticalmente disciplinado partido de cuadros y de milicianos que se confunde con el Estado mismo, saturado del lenguaje militar. No obstante, el autor realiza un balance de las cuotas de poder disponibles por sus miembros de origen civil y de origen militar, favorecidos éstos no tanto por el número de cargos públicos ostentados, sean o no de libre elección, sino por el carácter decisivo y estratégico que exhiben incluyendo los de una cercanía real al Presidente de la República (81 ss.), como se deduce de los gráficos aportados.

Prevalecida la conducción personal, la vital vicepresidencia partidista dependió de quien fuese titular de la presidencia de la Asamblea Nacional y, curiosamente, fue más baja la presencia militar durante la gestión de Cilia Flores en contraste con la de Diosdado Cabello (92, nota 183). Más allá del clientelismo político, el texto de Bergen Granell afianza nuestra convicción de un partido funcional, administrativa y financieramente dependiente del Estado con el que prácticamente está confundido, no sin saber de roces y tensiones con un sector militar que, apenas, lo departamentaliza como una complementaria fuerza de choque en situaciones de emergencia.

Por lo demás, la comparación con los otrora partido de gobierno que, en todo caso contaban con la posibilidad de desautorizar los ascensos militares en el extinto Congreso,  el PSUV – concretamente – no cuenta con los mecanismos institucionales que convincentemente lo hagan competitivo con la Fuerza Armada aún en el estricto plano de la civilidad (cinco minutos fuera del poder y perece), y mucho menos las organizaciones secundarias o subsidiarias, como los integrantes  del llamado Gran Polo Patriótico. Carece de todo músculo en el medio sindical, profesional y estudiantil, por citar algunos ejemplos, por lo que depende realmente del elemento militar que sostiene unas relaciones, en definitiva, complementarias, subsidiarias o secundarias con un partido que tampoco ha aportado   las figuras decisivas a la administración pública en sus diferentes niveles. Coletilla oportuna, ¿para qué presidir ahora  la quebrada PDVSA si tiene ya su propia empresa petrolera?

El inexplicado socialismo del siglo XXI, toda una “entelequia” (77), condena a la supervivencia y al recurrente reacomodo interno de un partido que, valga la hipótesis, no está caracterizado por el profesionalismo político, así como tampoco hay un profesionalismo militar. En el Estado Cuartel, el partido ha de sobrevivirle – he acá una angustia existencial – a la Fuerza Armada que lo tolera y autoriza hasta nuevo aviso.
Fotografías: Tomadas de Google Imagen.


07/06/2016
http://www.radiowebinformativa.com/opinion/el-partido-de-gobierno-en-el-estado-cuartel/

lunes, 14 de mayo de 2012

KILOMETRAJE HISTÓRICO

Partidos de y en el gobierno
Luis Barragán

Liberado el Presidente de la República de toda disciplina partidista, motivo de una estupenda reflexión de Juan Carlos Rey todavía pendiente, por cierto, el partido de gobierno lo fue efectivamente por su organizada intervención o participación en aquellas decisiones de alta o mediana relevancia de Estado que también lo comprometían. Por más discrepancias que hubiere con el plantel dirigente del partido que lo nominó electoralmente, sin que lo apartara o distrajera de las responsabilidades constitucionalmente contraídas, el jefe de Estado debió aceptar la consulta y, en no pocas ocasiones, la polémica derivada de un  mínimo sentido de la colegiación política que implica el ejercicio democrático del poder.

Por consiguiente, fue natural que el jefe de Gobierno, quien – además -  no contaba con el auxilio de una tal vicepresidencia ejecutiva ni le era permitido delegar sus deberes y obligaciones fundamentales, transcurriendo con toda normalidad la vida institucional del país, sesionara regularmente con la legítima dirección nacional del principal partido que lo sustentaba y, con alguna frecuencia, intercambiase opiniones con otras fuerzas y corrientes políticas y sociales. La acostumbrada reunión con el comité nacional o el comité ejecutivo nacional  del partido que tampoco presidía, le permitía ganar perspectivas para la consideración y resolución de los más disímiles problemas, sin que – por una parte – entorpeciera el desarrollo ordinario de una agenda que incluía los llamados puntos de cuenta de una variedad de despachos, las giras administrativas, la visita a las guarniciones,  las audiencias personales, las ruedas de prensa,  los específicos mensajes radiotelevisivos al país o los actos propiamente de Estado; y  forzada – por otra – la dirección partidista a una mejor cualificación política y técnica,  facilitaba un superior diagnóstico de las realidades gubernamentales.

Valga acotar, hubo etapas de diferenciación o discordancia entre el gobierno y el principal partido que lo soportaba, circunstancialmente desfavorecido el Presidente de la República respecto a la correlación partidista interna de fuerzas, tendencias y corrientes. Aceptada una básica identidad ideológica y política,  nos hicimos de una importante experiencia y aprendizaje, siendo administrable la disidencia que hacían imperiosas la tolerancia y el respeto, palpables en la relación que tuvo COPEI durante el período de Luis Herrera Campíns o Acción Democrática en el segundo de Carlos Andrés Pérez, aunque merecedores de un estudio más profundo que – en todo caso – tiende a reivindicar el tipo de relación, cooperación o colaboración en cuestión. No obstante,   enunciemos otros casos, como la disparidades que experimentó Acción Democrática durante el período constitucional de Rómulo Betancourt, provocando dos divisiones que demuestran que no siempre el presupuesto público concita y  unifica; las del  coaligado Frente Democrático Nacional durante el período de Raúl Leoni, después aquejado por el silencioso abandono de su fundador, Arturo Uslar Pietri; o, en el otro extremo, la completa y  contraproducente fusión del partido con el gobierno de Jaime Lusinchi que no, con el Estado.

Situación muy distinta es la del partido esencialmente en el gobierno, participe únicamente de sus bondades burocráticas y demás privilegios que lo hacen de entera vocación presupuestaria, presidido por el jefe del Estado,  como si no fuese suficiente.  Éste impone el sentido y determina los alcances de la disciplina partidista y, en lugar de reunirse con su dirección nacional, pues, al menos, no posee  la publicidad que merece, prefiere hacerlo con las personalidades que autoriza, confiriéndoles a la vez una autoridad que es la del nexo o tratamiento directo, mas no derivada de una convincente consulta a las bases.

Celoso de sus competencias, no existe un libre intercambio de opiniones con una dirigencia deudora de sus favores, privilegiando – colegimos – los informes de (contra) inteligencia que, a lo sumo, ameritan de la muy concreta apreciación de un actor específico, según la coyuntura. La relación con el principal partido de gobierno, o aquellos que les son de carácter subsidiario, no acarrea regularización o institucionalización alguna, por lo que todo síntoma de discrepancia, disparidad, disidencia, diferenciación o discordancia  debe adecuadamente solaparse o esconderse, fabricando  esa inmensa bóveda de las confidencialidades que literalmente equivale a una apuesta de supervivencia: el comando estratégico nacional deriva en una suerte de ministerio que, además, incide en la vida parlamentaria y en  la de los  otros órganos del Poder Público proclives a la confusión del partido con el Estado mismo.

El partido de gobierno, que no niega la condición de partido en el gobierno, contó con una naturaleza y características que le permitieron  preservar su vigencia aún finalizado el período constitucional. Y, caso contrario, el partido en el gobierno, al que se le ha hecho tarde para devenir partido de gobierno, tiene por solitaria ventaja la del continuismo, fenómeno que los venezolanos habíamos olvidado, ya que cinco minutos fuera del poder significará una quizá morosa y penosa disolución, fragmentándose en entidades que reclamarán para sí la auténtica y – acaso – certificada condición de  “chavista”.

Fuente:
http://www.noticierodigital.com/2012/05/partidos-de-y-en-el-gobierno/
http://www.noticierodigital.com/forum/viewtopic.php?t=865414

Post-data:

Empleamos una fotografía tomada de la red, referida al triunfo del venezolano Pastor Maldonado que obviamente nos enorgullece. De esto, no debe caber la menor duda, aunque creemos bien ironizar al partido en el gobierno con la estampa del bólido pedevesero que muy estridentemente le dio Chávez Frías en la avenida de Los Próceres, en lugar de concederle el patrocinio con la sencillez desinteresada de un justo acto gubernamental. Acá podemos agregar tres notas: A) Pastor Maldonado no es culpable en modo alguno de un beneficio que ha justificado en las pistas españolas, motivo de gratificación para los venezolanos. B) Tratándose del Estado, ¿hay una política de patrocinio ordenada que le permita a otros aspirantes alcanzarlo?. C) Aceptada la bonanza petrolera de estos años, el endeudamiento público sistemático, el intento de ocultar los más dramáticos casos de corrupción, podemos hablar de la otra Venezuela Saudita; y - ojalá - que el régimen no se apropie de Maldonado, como ocurrió años atrás con Johnny Ceccotto, emblematizándose. Esta preocupación es legítima, más allá de la profunda alegría que sentimos. Hay ya un largo kilometraje histórico.