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lunes, 30 de marzo de 2020

TERRORISMO Y PANDEMIA

Salvoconductos coronarios
Luis Barragán

Existe una cabal comprensión y asunción de los venezolanos respecto a la pandemia, la cual nos sorprende en condiciones institucionales, por cierto, reconocidamente desfavorables. Abona más la consciencia y la autodisciplina alcanzada por toda la sociedad civil que intenta reconstruirse,  que un Estado que no  orienta, auxilia y sirve debidamente.

Crisis humanitaria compleja por delante, según la ya familiar nomenclatura,  intuimos y padecemos la calamidad médica y sanitaria que nos ha caracterizado desde muy antes de la insospechada e inoportuna visita. Poco se sabe de los alcances reales del coronavirus entre nosotros, pues, ni siquiera se ha divulgado el más elemental boletín epidemiológico oficial.

Antes que un fenómeno que atañe a la civilidad, a la situación médica y sanitaria del país, se ha impuesto una exclusiva perspectiva militar del asunto.  Ni siquiera los galenos consiguen gasolina para sus más urgidos desplazamientos, en atención a las otras enfermedades y dolencias de una población que no debe reducirse sólo al indeseado visitante, como tampoco ha sido fácil para aquellos impostergablemente obligados a realizar las diligencias funerarias tras el abatimiento de una pérdida familiar.

El orden público en aldeas, caseríos, pueblos y ciudades venezolanas se mantiene gracias a la cautela de vecinos ya acostumbrados a resguardarse, porque no hay un agente policial a la mano para afrontar inmediatamente cualesquiera vicisitudes. Las alteraciones razonables obedecen a las obvias protestas de quienes en todos los confines del país, reclaman una actitud diligente y humana de las autoridades, quizá desbordadas, pero que, en muchos casos, no tienen vínculos con las mafias.

Faltando poco, hay un asedio constante de la dirigencia social y política que se opone a la dictadura, trastocada la cuarentena en un Estado de Sitio. A las ya consabidas detenciones, o las que están por saberse, se suma la más abierta intimidación de quienes tienen un liderazgo natural en parroquias, municipios y estados, como ocurre con los cobardes grafiteros que estampan su advertencia en las fachadas de las sedes de Vente Venezuela, o de sus dirigentes, como Miluzma Bolivar o Antonio Valencia, en un rincón del Guárico o Anzoátegui: los agresores gozan de salvoconductos y recursos para amenazar con “picarlos”, en tiempos coronarios.

30/03/2020:

sábado, 9 de noviembre de 2019

ATENTOS A NOSOTROS MISMOS


De una fingida normalidad (o la lección de Santiago Pol)
Luis Barragán

"Recordó la súbita sensación de inseguridad al
notar que sus pies resbalaban, que el suelo se
movía y ese ruidito ronco y amenazador que subía
de las entrañas de la tierra. A su alrededor la
gente seguía conversando y caminando como si
nada pasara"
Mario Vargas Llosa
[“Tiempos recios”, Alfaguara, 2019R: 106]

Nadie, en su sano juicio, puede aseverar que es normal que haya hambre y miseria masiva en Venezuela, conculcadas todas las libertades, ni que la juren producto del embargo y las consabidas sanciones internacionales. Sobre todo, en lo que fue, hasta pocos años atrás, una potencia petrolera para la más monumental de las paradojas.

Excepto que asuman como normalidad  la fuerza de la costumbre, resignados a soportarla en la propia vida cotidiana y, además, íntima, luego de veinte amargos años. En tal caso, versaríamos en torno a una catástrofe psíquica sin precedentes, ahogados en los antivalores que apuestan a una definitiva disolución social.

Al circunstancia avisa, por una parte, del extraordinario desafío político que impone una transición y reconstrucción del país que ni siquiera afrontaron los fundadores de la República.  Y, por otra, de la oferta ideológica de una dictadura que, aún depuesta, alzará banderas que enarbolarán sus enfermos seguidores, por disparatadas que fuesen.

Algo curioso ocurre con la violencia desatada en Ecuador y Chile, por ejemplo, porque Miraflores alega un contraste y, en lugar de normalidad, emplea un eufemismo malicioso: estabilidad. Mientras que otros pueblos están alborotados, acá se dice de una tranquilidad y de un orden público que, todos lo sabemos, es fruto de una represión sin escrúpulos.

El terror, cansancio, hastío y hasta la locura, puede llevarnos a la capitulación desesperada frente a la dictadura que nos diga vivir en un mundo irresistible, normal o estable, por fingido que sea.  Es lo que ocurrió con el pueblo cubano, sojuzgado hasta en la propia y radical intimidad de sus convicciones. Por ello, apreciamos y mucho el gesto de rechazo, en octubre próximo pasado, del Premio Nacional de Cultura, por Santiago Pol: creyeron que lo irresistible, normal o estable, era premiarlo con su inmediata y festejada aquiescencia, pero – sencillo – no aceptó el chantaje, pues, ampliamente reconocido, no necesita de la consagración de un régimen ágrafo e insensible.


Ilustración: Cartel de Santiago Pol.
11/11/2019:
http://www.opinionynoticias.com/opinionpolitica/35907-barragan-l

domingo, 28 de mayo de 2017

(DES) ORDEN PÚBLICO Y (A) NORMALIDAD



De un corotico del pesebre

Luis Barragán

La restitución del orden público, quebrantado antes por alguna circunstancia, significaba la normalización de la vida ciudadana que incluía la inmediata y regular prestación de los servicios públicos.  A juzgar por la vieja prensa, añadidos los hechos represivos más sangrientos,  el mayor desafío de todo gobierno fue volver prontamente a sus tareas rutinarias, las de gobernar, intentando literalmente tranquilizar a la población para retomar el cauce de la vida cotidiana.

No pretendemos una versión paradisíaca de los regímenes anteriores al actual, pero – concluimos -  hubo un natural esfuerzo por serenar los ánimos, dándole al orden una adicional y significativa, como inadvertida,  acuñación que también – de un modo u otro – agradecían los protestatarios.  Podrá decirse de una ingenua apreciación, porque – sostenemos – evitar la crisis o la caída de un gobierno, pasaba por demostrar su capacidad de generar la normalidad mínima e indispensable del ámbito público.

Ocurre todo lo contrario en este nuevo siglo que nos tiene por apremiados inquilinos,  ya que el dato fundamental es el de la anormalidad y, en permanente estado de sitio,  poco importa el restablecimiento mismo de los servicios públicos. El más importante reto del gobierno es el de no caer a cualquier precio que se le antoje, demostrada su más completa ineptitud por administrar con algo  de eficacia los asuntos comunes, deliberadamente indiferente ante el destino que procura a la población así la sumerja, como acontece, en una aguda y prolongada crisis humanitaria.

Siendo el caos su naturaleza, pretende escarmentar a justos y pecadores por las protestas multitudinarias que ha suscitado, jamás vistas en todo nuestro historial republicano, quedándoles estrechas las más largas y anchas autopistas del país. Además de reprimirlas a sangre y fuego, a este gobierno le importa un bledo cerrar todas las estaciones del metro o desarmar los puentes de Caracas, dejar sin servicio de electricidad o agua a importantes o marginales zonas del país:  para su mayor rabia, centenares de miles de personas acuden a pie, con lo poco que tienen, entusiastas, a protestarlo, convocados  boca a boca, byte por byte, sin necesidad de autobuses o de las grandes campañas televisivas de las que se supo en 2002.

Entonces, guiados por el sentido común, diferenciamos entre la normalidad y la anormalidad, entre orden y desorden público, en el esfuerzo de todo gobierno por mantenerse en pie, aunque – anteriormente – evitar la caída se unía a la demostración de una capacidad – por lo menos – tentada e intentada de gobernar, como los dos coroticos intocables del pesebre. Hoy, Nicolás Maduro vela por un solo corotico y para todo lo demás está la pólvora.

29/05/2017:
Ilustraciones: Dalia Ferreira.