Mostrando entradas con la etiqueta Oposición banal. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Oposición banal. Mostrar todas las entradas

lunes, 1 de abril de 2013

TELEVISIÓN Y POLÍTICA

Del otro estallido de  banalidad
Luis Barragán


Solía ocurrir a principios de la década, hubo canales de televisión de inmejorable éxito comercial que coincidían con la más decidida postura opositora. Y no sólo los artistas, sino sus hasta más tímidos ejecutivos, fueron reconocidos y celebrados como los naturales portadores del ideario democrático, habida cuenta – por una parte – del ya galopado desprecio a los partidos, la inigualable síntesis de todos los males del país; y – por otra -  de una determinada y maleable  mentalidad esotérica, cultivada con esmero en los años precedentes para apuntalar el “rating”.

La progresiva crudeza de las circunstancias políticas, fueron arrinconándolos hasta que, unos,  descubrieron la dócil neutralidad y, otros,  irremediablemente echaron el resto de sus ímpetus. Fuertemente competidos por los medios del Estado, tropezaron con la amarga disyuntiva de la supervivencia o el suicidio, tomada por la audiencia como resignada postergación del compromiso político, o anuncio de  un radical y definitivo perfomance.

Pocos dudan de los aportes realizados por las plantas televisivas de oposición, en los momentos cruciales de la lucha emprendida, pero muchos callan en torno a la particularísima concepción que los animó respecto a la política.  Por demasiado tiempo, renegando del término, fueron un partido en sí mismos, conscientes de la poderosa influencia ejercida, pues, escasos minutos de transmisión hicieron inmediatamente más que el largo, sostenido y paciente trabajo – por ejemplo – en las barriadas populares; por lo demás, ahorrándose los peligros y las incomprensiones que suscita la demagogia populista oficial, en lugares de un anterior y fácil acceso que ahora impide la delincuencia (des) organizada que, no por casualidad, los acordona.

Valga añadir  que, como partido sui generis, los ejecutivos no tenían que lidiar con las vicisitudes propias y cotidianas de  centenares de militantes de los más apartados rincones del país, en reclamo de orientación y participación, ni convencerlos para incursionar en las calles, por la sola y acendrada convicción ideológica, cuando las masas se replegaron bajo la creencia de que bastaba con rodear el palacio para su humillante rendición.  Y, a pesar del inmenso y comprensible repliegue, facilitado por la abstención literalmente impuesta y huérfana de alternativas hacia 2005, con las excepciones de rigor, hicieron prácticamente de la política un entretenimiento, promoviendo a un grupo reducido e iluminado de individualidades, y procurando competirle al gobierno en un terreno en el que le sobran todavía los recursos.

De modo que,  involuntariamente, contribuyeron a reforzar el muy ajeno propósito de una hegemonía gubernamental al compartir y desarrollar los supuestos culturales que la inspiran y, así, diferentes las concepciones ideológicas y los señalamientos de mayor calado en torno a la crisis social y económica que todavía transitamos, provenientes de los partidos y los distintos gremios profesionales, patronales y sindicales que claman por la especificidad de sus ámbitos, éstos no hallaron cupo en la caja mágica, ayudando igualmente a su descomposición.  Luce necesario  discutir este modesto balance, sobre todo porque una transición democrática, convincente y sostenida, fuerza a la urgente reivindicación y actualización de las instituciones, por muy postmodernos que nos digamos, en lugar del reacomodo calculado de los factores que esconden su atraso entre las bambalinas opositoras.

Las plantas supervivientes de televisión del sector privado, deben ponderar estas breves consideraciones, y, por muy disidentes que sean de las políticas oficiales, compartir los esfuerzos haciendo lo que les corresponda con absoluto respeto de una dirigencia política que ha de forjarse desde las bases sociales, acumulando una experiencia cívica común. Por ello, no deseamos que sufran un injusto cierre que amerita del coraje de todos, incluyéndolas, para evitarlo, pero intentamos comprender que una venta de las acciones mayoritarias impedirá el colapso de una empresa generadora de empleos: por consiguiente, significa la sinceración de una lógica mercantil, rigurosa e irresistible, a la que únicamente le reprochamos la ya efímera tentación de conciliarse  con una lógica política, pretendiendo monopolizarla. Agreguemos que los partidos no pueden convertirse impunemente  en una pieza de transacción comercial para responder a sus problemas, contentándose – a lo sumo – con diluirse.

La pérdida de las fuentes independientes de trabajo, por obra de una deliberada, lenta y cada vez más agresiva política de estatización de los medios, obviamente angustia a los profesionales que no desean irse o tardan demasiado en insertarse en los circuitos foráneos del entretenimiento. Y es lo que está en el fondo de la controversia en el  gremio nacional del espectáculo, porque – conocido – unos consiguieron orbitar provechosamente el cuadriculado ámbito oficialista, mientras otros se resisten vislumbrando que, a mediano plazo, no será una sustentable experiencia personal, además de la invocación de los valores que les inspiran.

En la vecindad de la reyerta, el gran público olvida que también hay una lógica inherente al específico ámbito laboral  en el que – sencillamente – unos aspiran a mejorar a contrapelo de un mercado en crisis, donde no todos caben, acaso como una apuesta temeraria.  Sin embargo,  en el otro estallido de la banalidad,  el problema se ha planteado como la traición de unos desagradecidos que hicieron fama y fortuna gracias a las plantas televisivas de oposición que los catapultaron, más por agraciados que por talentosos, relevándolos de todo discusión sobre el presente y el futuro de la industria televisiva nacional, como del compromiso político adquirido que los obliga – por lo menos – a enterarse y a  contestar.

La tan maniquea consideración del asunto, por cierto,  nos advierte que algunos de los atacantes requeridos por los periodistas del medio, con una lenguaje y una perspectiva tan fin a la farándula, convierten sus flaquezas argumentales en súbita virtud, en perjuicio de otros de sus colegas, a quienes brevemente les hemos escuchado sendos alegatos, sobrios y coherentes.  En todo caso, de prosperar la confrontación como parte de la campaña electoral, lamentaríamos demasiado que lo superficial sea lo profundo.

Confesamos que aspiramos inicialmente a disertar un poco sobre la primigenia y larga aparición  del senador vitalicio Eleazar López Contreras en la televisión local, en marco de los difíciles comicios generales de 1963. Sin embargo, recordando el pleito de los artistas y la eventual operación de compra-venta de las acciones mayoritarias de Globovisión, inadvertidamente nos deslizamos hacia una materia de insospechados alcances, medio siglo atrás.

http://opinionynoticias.com/opinionpolitica/14598-del-otro-estallido-de-banalidad

jueves, 10 de marzo de 2011

DE LO SUCEDÁNEO OPOSITOR


William Echeverría contó con la presencia de Mirtha Rivero, autora de "La rebelión de los náufragos", en su programa matutino de Globovisión (Caracas, 10/03/11). Algo necesario de destacar: al periodista que lee, indaga, lanza hipótesis, ensaya respuestas. Falta recurrentemente una mayor hondura a la fuente política, por lo que sentimos satisfacción que podamos coincidir o discrepar con Echeverría, en torno a un distinto modo de plantear la situación.

Entre los diferentes matices que, por el escaso tiempo, tocó el periodista, estuvo aquello del "duélale a quien le duela" al presentar la portada del libro de la periodista, aludiendo a Carlos Andrés Pérez. Comentando el "tú me hiciste, yo te hago", respecto al "pase de factura" entre los líderes, puso el acento en lo que - estimamos - formó parte del "canibalismo político" objeto de atención en los acuerdos posteriores a 1958. Sin embargo, admitiendo al final del programa que fue una descarga personal, llamó la atención sobre ciertos grupos de la oposición que se ponían las mejores galas y protector solar para marchar, al igual que escenificaban sendos ejercicios aeróbicos en la autopista "Francisco Fajardo". Además, recordó, unos amigos españoles, periodistas, por entonces le preguntaban si la gente estaba realmente brava con Hugo Chávez, por esa forma tan extraña de protestarlo. "Somos caribe", es la respuesta rápida que se ensaya. Por si fuese poco, hoy se protesta sólo vía Twitter....

LB

jueves, 11 de noviembre de 2010

advertencia....



El Nacional - Jueves 05 de Enero de 2006 A/4
SOCIALISMO IMPROVISADO

Luis Barragán, subsecretario general de Copei, manifestó que la democracia socialcristiana tiene respuestas convincentes frente al socialismo campamental “una piratería más del gobierno ultrarrentista”. Según Barragán, urge que los partidos de la oposición adquieran una sólida perspectiva ideológica. Agregó que la oposición no tendrá credibilidad mientras haga señalamientos “banales y pendencieros”, y será confiable si ofrece respuestas profundas y convincentes, y resuelve el problema esencial de liderazgo.


El Nacional - Domingo 08 de Enero de 2006 A/6
Esas religiones sin piedad
Armando Coll

Animan estas líneas a continuar (o subrayar, que no es lo mismo que suscribir) el argumento que en días pasados ensayara el subsecretario general de Copei, Luis Barragán, ante ese muro de los lamentos que parece ser el futuro político de la oposición democrática en Venezuela. Trataba Barragán de la necesidad de los partidos que han quedado excluidos del juego político de hacerse de “una sólida perspectiva ideológica”. Apuntaba el dirigente la impertinencia de insistir con “señalamientos banales y pendencieros” como forma de oponerse a un gobierno inconmovible ante la crítica pertinaz, incuestionable como está con tanto poderío.

No le falta razón al prominente copeyano si, como muy visto está, no hay insuficiencia gubernamental (o mala gestión) que no sea rápidamente subsanada por el excesivo carisma del mandamás; la última instancia, ese Presidente salvador que nunca se entera de lo mal que lo hacen sus funcionarios, de lo mal que van las cosas muy a su pesar, tan ocupado como anda en repartir la revolución por todo el continente, tal como asienta la creencia popular.

En un país en que ese intangible, “el carisma”, es la mayor entre las virtudes que a un político puedan adornar, donde ese intangible se eleva sobre las necesidades más urgentes de las masas (recuérdese el estribillo aquel: “Con hambre y sin empleo, con Chávez me resteo” ), pues la realidad tangible queda neutralizada como una gran banalidad. ¿Cómo contrastar las cifras de damnificados por las lluvias con ese atributo inmensurable que es el carisma del líder?
“Don gratuito que Dios concede a algunas personas en beneficio de la comunidad”, es la segunda acepción que le otorga el Diccionario de la Real Academia Española al, en apariencia inexplicable, carisma.

Y da la impresión de que es así. Haberlo sabido antes, que bastaba con ese don gratuito, esa gracia por la que ninguna deidad reclamará esfuerzo, ni mucho menos sacrificio, para que la gente se estuviera quieta y se complaciera con que todo lo que acontece a su alrededor, ese cataclismo continuado en que deviene la vida de la mayoría de los venezolanos, y tanto afecta sus miserables existencias es completamente banal. Viéndolo bien, el chavismo (como, tal vez, todo fanatismo basado en el carisma de alguien) es una suerte de gnosticismo. Recuérdese que los gnósticos, al menos en la vertiente cátara que tanto persiguieron los dominicos en la Edad Media, se resignaban a la idea de que este mundo material es el verdadero infierno y que lo bueno está en el más allá.

A estas alturas, se creerá que lo que aquí se propone es que el chavismo es una religión. Y no.

Tal vez en ese chavista ingenuo que hacía bulto en la avenida Bolívar opere la fe o algún sucedáneo; pero cabe sospechar que la nación, más que de un fervor ciego como el que animan las religiones, está a merced de una ideología, ramplona, inconsistente, oportunista y todo lo que se quiera, pero ideología al fin.

“Esas religiones sin piedad” las llamó a las ideologías el novelista Roberto Bolaño, poco antes de su muerte temprana. La explicación que los voceros del poder dan a las incesantes fatalidades que acosan a la ciudadanía no llegan a ser tan esotéricas como aquello de que “los caminos de Dios son impredecibles”.

Nada de eso: en el mundo de Chávez todas las desgracias tienen por autor el neoliberalismo, vale decir, una ideología que se opone a la de él, que se podría definir llanamente así, como lo opuesto al neoliberalismo.

Así, el caso del Viaducto 1 de la autopista Caracas-La Guaira, desde la perspectiva ideológica del chavismo podría ser una banalidad que, en todo caso, se debe a las torrenciales lluvias incitadas por el desorden climatológico que ha dejado tras de sí el imperio del neoliberalismo.

Ante los desmanes del neoliberalismo hay cosas que ya no se pueden hacer, según tal perspectiva ideológica, y se deja ver entre el establishment revolucionario cierto dejo también de resignación: “Se acabaron los veinte minutos de Caracas a la Guaira”, se solaza el ministro de Interior en el mal de muchos.

Lo que no toma en cuenta la perspectiva ideológica es el padecimiento muy concreto de los venezolanos que con resignación de cátaros ya van aceptando que su país no es sino un gran desastre continuado y sin remedio.

Barragán parece lúcido al proponer mayor consistencia ideológica a los partidos democráticos, pero ante la impiedad de la ideología del poder, ante su inapelable voluntarismo, su énfasis y su violencia, ¿podrá enfrentarse al gobierno con una racionalidad que no reconoce?
Entiéndase, la racionalidad de la convivencia democrática, que admite diferencias ideológicas.

Cabe sospechar que la nación, más que de un fervor ciego como el que animan las religiones, está a merced de una ideología, ramplona, inconsistente, oportunista y todo lo que se quiera, pero ideología al fin