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sábado, 22 de marzo de 2014

100 VECES PAZ

EL PAÍS, Madrid, 23 de marzo de 2014
OCTAVIO PAZ: UN SIGLO DE POESÍA Y PENSAMIENTO »
Octavio Paz: el intelectual total y su puesta en claro del idioma
El 31 de marzo se cumple el centenario del nacimiento del escritor y Nobel mexicano
Poeta, ensayista, traductor y pensador, es una de las figuras clave de literatura en español
Su gran instrumento fue la lengua de todos los días. Una y otra vez renovó su idioma en el acervo popular
Juan Villoro 

Borges generó la ilusión de que había leído todos los libros y revisado todas las bibliotecas. Su erudición parecía tan absoluta que, en su caso, el olvido era una forma de la cercanía y la espontaneidad. Importa poco saber si sus alusiones se basaban en conocimientos reales. Su destreza literaria nos hizo sentir que así era. Lo singular es que ese intrincado universo dependía de certezas y pasiones cotidianas. En su último relato, La memoria de Shakespeare, el protagonista hereda los recuerdos del tumultuoso autor inglés y descubre, asombrosamente, que son tan comunes como los de todos los hombres. Ya Beatriz Sarlo señaló con acierto que el Borges metafísico, tan discutido, se sustenta en el Borges orillero, menos valorado.
Algo similar sucede con Octavio Paz. La riqueza de su pensamiento suscita la impresión de que sólo se ocupó de temas complejos, fundamentales, altamente sofisticados. El inventario de sus intereses incluye las luchas sociales del siglo XX, los presocráticos, el arte tántrico, Sor Juana y Siglo de Oro, Marcel Duchamp, el mito en Mesoamérica, el estructuralismo, las vanguardias, el PRI, el erotismo, las drogas, el haikú y el expresionismo abstracto. En libros como Blanco y Ladera Este su poesía adquiere elevada temperatura intelectual: versos que son ideas. En opinión de Alejandro Rossi, fue “un enamorado de la modernidad”. No rehusó la experimentación ni el diálogo con otras disciplinas. 
Es fácil advertir la originalidad de Borges al abordar la literatura fantástica como una rama de la filosofía. Más complicado resulta advertir ahí el eco de sus caminatas de barrio. La imaginación es como la memoria de Shakespeare: su lejano fulgor depende de una chispa que pasa inadvertida por ser demasiado próxima y que surge de las asperezas diarias. La galaxia de intereses pazianos deriva un mismo estímulo: el lenguaje que escuchó con fervor crítico.
De niño oyó a su abuelo, el editor y político liberal Ireneo Paz, y se acercó a los rumores de la plaza de Mixcoac, donde se mezclaban los feligreses de la iglesia, los vendedores ambulantes y los pregoneros de la Revolución. En la Guerra Civil española presenció una escaramuza y descubrió una lección de otredad: incluso el enemigo tiene voz humana. No es casual que se interesara en la antropología, de los Tristes trópicos de Claude Lévi-Strauss a Las enseñanzas de don Juan, de Carlos Castaneda.
Cazador de palabras, admiró la libertad del surrealismo, pero, como Buñuel en Los olvidados, quiso devolverlo a una realidad intervenida por el inconsciente.
Su gran instrumento fue la lengua de todos los días. No es casual que algunos de sus títulos provengan de refranes o frases hechas: Las peras del olmo, Libertad bajo palabra, ¿Águila o sol? (nuestra manera de decir “¿cara o cruz?”). Su mayor logro en esta línea fue convertir un término de electricistas en una opción intelectual: Corriente alterna.
En 1943 escribió elocuentes artículos sobre el habla popular mexicana. Ahí se ocupó del vacilón, la muy mexicana manera de bromear: “El vacilón es una especie de pinchazo que desinfla globos públicos y privados. Es una advertencia contra la vanidad y la fanfarronería, contra las posturas excesivas o patéticas”. Dedicó otro texto al ninguneo, ejercicio vernáculo que convierte a los demás en sombras, y adelantó las reflexiones que en El laberinto de la soledad dedicaría a la chingada: “Los mexicanos, en lugar de convertir a su madre en ramera, la sustituyen por otra: la nada”.
Una y otra vez renovó su idioma en el acervo popular, celebrando las “fantasías y delirios verbales de los mexicanos”
Una nota policiaca llamó su atención: el suicida Juan Camacho había muerto exclamando “qué sabroso veneno”. Esto lo llevó a una reflexión sobre los placeres de la muerte, del mismo modo en que la costumbre de vestir pulgas lo llevó a considerar que sólo un país de inmensos volcanes podía admirar tanto las miniaturas.
Una y otra vez renovó su idioma en el acervo popular, celebrando las “fantasías y delirios verbales de los mexicanos”. No es casual que escribiera el prólogo a Nueva picardía mexicana, de Armando Jiménez: “Aquí sí hay lenguaje en movimiento, continua rotación de las palabras, insólitos juegos entre el sentido y el sonido, idioma en perpetua metamorfosis”.
Algunos de sus mejores textos representan un juego de rotación entre lo culto y lo popular. En el poema Las palabras, escribe: “Dales la vuelta,/ cógelas del rabo (chillen, putas),/ azótalas,/ dales azúcar en la boca a las rejegas […]házlas, poeta/ haz que se traguen todas sus palabras”.
La consigna encarna en otros textos: “Esta vez te vacío la panza, te tuerzo, te retuerzo, te volteo y voltibocabajeo, te arranco el pito, te hundo el esternón. Broncabroncabrón. Doña Campamocha se come en escamocho el miembro mocho de don Campamocho”. Afrenta, risa, desmadre: poesía de Octavio Paz.
Su vasta obra fue, entre otras cosas, una puesta en claro del idioma. La hondura y variedad de sus ideas provocaron que en ocasiones fuera percibido como un autor de gabinete, de exclusivo interés para un círculo de selectos especialistas, un especulador ajeno al flujo de la vida. Nada más falso. Sólo alguien abierto a los misterios de la sencillez podía escribir esta estampa de Miguel Hernández: “Lo conocí cantando canciones populares españolas, en 1937. Poseía voz de bajo, un poco cerril, un poco de animal inocente: sonaba a campo, a eco grave repetido los valles, a piedra cayendo en un barranco”.
Su principal gesto poético fue el de atrapar el instante como un destello cargado de otro tiempo
Paz supo oír la caída de las piedras, las voces sueltas, el oleaje de lo diario. En su discurso de aceptación del Premio Nobel se refirió a la vigencia del mundo indígena: “Nos habla en el lenguaje cifrado de los mitos, las leyendas, las formas de convivencia, las artes populares, las costumbres. Ser escritor mexicano significa oír lo que nos dice ese presente — esa presencia. Oírla, hablarla, descifrarla: decirla”.
Su principal gesto poético fue el de atrapar el instante como un destello cargado de otro tiempo. Vivimos con facilidad en el recuerdo del pasado o la anticipación del porvenir. ¿Dónde está el presente? Octavio Paz buscó ese esquivo momento. En su aniversario, el idioma cumple cien años de presente.

Octavio Paz, en diez fragmentos
La poesía y la revolución, la vida errante, las viejas marcas, la libertad ajena, el poder sin rostro... Un recorrido por la peripecia vital y literaria del escritor
José Andrés Rojo 

La leyenda. Hay un momento en que Octavio Paz se convierte en leyenda, en mito. Si hubiera sido militar, le hubieran levantado una estatua ecuestre para que levantara la espada apuntando más allá del horizonte. Roberto Bolaño lo incorporó en un fragmento de Los detectives salvajes para hacerlo encontrarse con Ulises Lima, uno de los personajes centrales de la novela. Toma la palabra en el libro Clara Cabeza, que cuenta que fue secretaria de Octavio Paz, y explica: “No saben ustedes el titipuchal de cartas que recibía don Octavio y lo difícil que era clasificarlas. Como ya se imaginarán, le escribían de los cuatro puntos cardinales y gente de toda clase, desde otros premios Nobel como él hasta jóvenes poetas ingleses o italianos o franceses”. Es el retrato de una celebridad que supuestamente podría estar más allá del bien y del mal.
La poesía y la revolución. El escritor mexicano que ganó en 1990 el Premio Nobel fue devorado por algunas pasiones que irían marcando los derroteros de su vida. “La política no era nuestra única pasión”, recordaba de su época juvenil en Itinerario. “Tanto o más nos atraían la literatura, las artes y la filosofía. Para mí y para unos pocos entre mis amigos, la poesía se convirtió, ya que no en una religión pública, en un culto esotérico oscilante entre las catacumbas y el sótano de los conspiradores.Yo no encontraba oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión”.
Yo no encontraba oposición entre la poesía y la revolución: las dos eran facetas del mismo movimiento, dos alas de la misma pasión”
España. “Madrid, 1937, / en la Plaza del Ángel las mujeres / cosían y cantaban con sus hijos, / después sonó la alarma y hubo gritos, / casas arrodilladas en el polvo, / torres hendidas, frentes escupidas / y el huracán de los motores, fijo: (…)”. Octavio Paz se fue de casa y abandonó los estudios universitarios en 1936. Trabajó en una escuela de educación secundaria para hijos de trabajadores hasta que lo contrataron para que trabajara, también como profesor, en Yucatán (Mérida). Un año después lo invitaron al Congreso Internacional de Escritores Antifascistas en Valencia, durante la Guerra Civil. Quiso alistarse en el ejército como comisario político para defender la República, pero lo rechazaron: no tenía el aval de ningún partido político..
Los datos. Nació en la Ciudad de México el 31 de marzo de 1914. Su madre era española; su familia paterna, en cambio, liberal e indigenista. Su abuelo escribió novelas históricas, su padre participó activamente en la revolución mexicana. De niño vivió una temporada en Estados Unidos, donde volvería muchas veces a lo largo de su vida, y tuvo una educación sofisticada. Estudió Derecho y Filosofía y Letras, y empezó trabajando en las misiones educativas del general (y presidente) Lázaro Cárdenas. Entre 1943 y 1945 vivió en Nueva York y San Francisco, luego se instaló en París como diplomático, en 1952 viajó por India y Japón. Vuelta a México en 1953. Entre 1962 y 1968 fue embajador de México en la India. Dio clases en universidades estadounidenses, fundó revistas de la relevancia de Plural y Vuelta, se casó dos veces, con Elena Garro en 1937, con la que tuvo su única hija, y en 1969 con la escultora francesa Marie-Jó Trianin. Escribió y escribió, ensayos y poesía. Obtuvo el premio Cervantes en 1981 y el Nobel de Literatura en 1990. De Ladera Este, uno de sus grandes poemas, son estos versos: “Yo escribo a la luz de una lámpara / Los absolutos las eternidades / Y sus aledaños / No son mi tema / Tengo hambre de vida y también de morir / Sé lo que creo y lo escribo”.
Vida errante. En una carta de 1982, Octavio Paz le contaba a Pere Gimferrer de su vida desordenada en Nueva York y San Francisco entre 1943 y 1945: “Viví durante meses en el vestiaire de un club de unas señoras viejas en el sótano de un hotel de San Francisco. Más tarde, en Nueva York, tuve empleos pintorescos, como el doblaje de películas, y quise alistarme en la marina mercante. Por fortuna me rechazaron y así me salve de un torpedo alemán y de un naufragio. Sin embargo, fui terriblemente feliz. La libertad recién conquistada fue una suerte de embriaguez”.
El mexicano se sitúa ante su realidad como todos los hombres modernos: a solas”
Viejas marcas. México fue seguramente una de sus preocupaciones centrales: su política, su historia, su cultura. En 1950 publicó El laberinto de la soledad. “En un sentido estricto, el mundo moderno no tiene ya ideas”, escribió allí. “Por tal razón, el mexicano se sitúa ante su realidad como todos los hombres modernos: a solas”. Quiso pensar en los avatares de la revolución mexicana y en las raíces plurales de su país. Luego contó en una entrevista de 1975 que un poeta le había dicho que “había escrito una elegante mentada de madre contra los mexicanos”.
Nada es más difícil que reconocer la libertad de los otros, sobre todo la de una persona que se ama y se desea”
El poder sin rostro. La gran obsesión de Paz fue pensar las grandes derivas autoritarias del pasado siglo, los totalitarismos, y el papel que juegan las burocracias a la hora de ejercer un poder técnico que termina desvirtuando los desafíos propiamente políticos. “El Estado –no el proletariado ni la burguesía– ha sido y es el personaje de nuestro siglo. Su realidad es enorme. Lo es tanto que parece irreal: está en todas partes y no tiene rostro. No sabemos qué es ni quién es”, apuntó a la hora de explicar el propósito de unos de sus libros más célebres: El ogro filantrópico.
La libertad ajena. Paz escribió ensayos de literatura, antropología, historia, política, arte, ciencia. Podía ocuparse de Fernando Pessoa y de Sor Ángela de la Cruz, a quien dedicó uno de sus ensayos más largos y elaborados. Se sumergió en la cultura de la India y en la de los indios americanos. Fue un gran erudito, pero supo también provocar y criticar cualquier fórmula consagrada. Escribió en los periódicos pegado a la actualidad y hurgó en las viejas contradicciones que siguen tocando a hombres y mujeres. Podía escribir de Cernuda, en Cuadrivio, pero estaba hablando del amor: “El amor es la revelación de la libertad ajena y nada es más difícil que reconocer la libertad de los otros, sobre todo la de una persona que se ama y se desea. Y en esto radica la contradicción del amor: el deseo aspira a consumarse mediante la destrucción del objeto deseado; el amor descubre que ese objeto es indestructible…”.
El gesto. “En la rebelión juvenil me exalta, más que la generosa pero nebulosa política, la reaparición de la pasión como una realidad magnética”, escribió Octavio Paz en Conjunciones y disyunciones, a propósito del estallido del mayo francés de 1968, y de sus distintas proyecciones en México o Estados Unidos. “La tradición de estos jóvenes es más poética y religiosa que filosófica y política; como el romanticismo, con el que tiene más de una analogía, su rebelión no es tanto una disidencia intelectual, una heterodoxia, como una herejía pasional, vital, libertaria”. Cuando el Gobierno de Díaz Ordaz autorizó la brutal represión que se tradujo en la matanza de la plaza de las Tres Culturas en el Distrito Federal, Octavio Paz renunció a su puesto de embajador en la India.
Contra el futuro. Paz fue un poeta que se formó en el corazón de las turbulencias de las vanguardias y que luego reflexionó con frecuencia en la tradición de la ruptura. Decir no a lo que se ha heredado para proyectarse a un futuro nuevo y esplendoroso. “La concepción de la historia como un proceso lineal progresivo se ha revelado inconsistente”, escribió en Los hijos del limo. Y también: “la negación ha dejado de ser creadora. No digo que vivimos el fin de arte: vivimos el fin de la idea de arte moderno”. En Posdata apuntaba: “”El valor supremo no es el futuro sino el presente; el futuro es un tiempo falaz que siempre nos dice ‘todavía no es la hora’ y que así nos niega. El futuro no es el tiempo del amor: lo que el hombre quiere de verdad, lo quiere ahora. Aquel que construye la casa de la felicidad futura edifica la cárcel del presente”.

Fotografías: Gorka Lejarcegi y Ricardo Salazar.

sábado, 17 de diciembre de 2011

CUENTA DE LECTORES


EL NACIONAL - Sábado 17 de Diciembre de 2011 Papel Literario/1
La casa gana
La Editorial Candaya suma un título más a su colección de homenajes a grandes autores: Materias dispuestas reúne un documental y más de 40 materiales de diverso origen sobre Juan Villoro (1956), novelista, cuentista, cronista y ensayista, pero más que eso, autor imprescindible de nuestra lengua, cuya obra cuenta con lectores en toda Iberoamérica. Escogimos un texto de Alejandro Rossi, del año 1999, para los lectores de Papel Literario. Se trata de una edición llena de textos magníficos: Juan Antonio Masoliver Ródenas, Sergio Pitol, Roberto Bolaño, José Balza, Javier Marías, Ignacio Martínez de Pisón, Martín Kohan, Vicente Leñero, Manuel Vilas, Christopher Domínguez Michael y muchos más
ALEJANDRO ROSSI

Cuando nació Juan Villoro, en septiembre de 1956, yo estaba en Santa Margherita Ligure, en los finales de un verano muy confuso. Le envié una tarjeta postal a su padre, mi amigo Luis, para felicitarlo y augurarle que su hijo sería un teólogo protestante. Era una broma --en la que también había admiración y pánico ante ese destino--, una broma que ahora llevaría demasiado tiempo explicar. Obviamente me equivoqué. No creo que Calvino o Kari Barth sean las lecturas preferidas de Juan, salvo tal vez Calvino el itálico. Poco antes de sus 15 años comencé a notar algunos de los síntomas que prefiguran al escritor.

No quiero de ningún modo decir que Juan fuese un "letraherido", esa cursilería llorona con la que se describen ciertos españolitos coquetos, sansebastianes atormentados por un adjetivo esquivo o aves quejosas de la ingrata fama. Nada de eso, más bien pienso en ese gusto por oír una historia sin importarle que el tema fuera las endiabladas gambetas de Vicente de la Mata o los tormentos infantiles que me imponía aquella adorada niña rubia.

Lo que causaba esa mirada fija y como perdida de Juan era la recreación posible de la realidad y el gusto por el ritmo narrativo, por difuso que éste fuera. Apenas unos años más tarde descubrí los signos definitivos, los que no dejan lugar a dudas: la ausencia de sentimentalismo y el interés por la técnica. Al escritor de raza --por adolescente que sea-- le importa más saber cómo estaba vestida la anciana moribunda o qué quiso decir exactamente con esa última frase enigmática, que sumarse llanto --respetable, no lo discuto-- de los inconsolables nietos. Lo que de verdad le preocupa es si conviene describirla, por ejemplo, con calificativos morales o sólo físicos como si estuviera frente a la ballena agónica.

No me extrañó para nada, pues, que una tarde, caliente y dorada, me confesara que asistía a un taller literario. Me encomendé, sin decírselo, a todos los santos, pero por fortuna salió indemne. Y un día, hace más o menos 20 años, me regaló su primer libro, El mariscal de campo, que reunía tres cuentos, de los cuales se me quedó uno en la memoria: "El verano y sus mosquitos", viaje de un muchacho mexicano a un camping en Vermont. Había humor, atención a los pequeños detalles significativos y también estaban allí la soledad y el desconcierto de esa edad difícil. Pero sobre todo encontré el convencimiento, siempre misterioso, de que la vida sólo es un pretexto para escribirla. Me quedó claro que vendrían más libros. Así ha sido y con la regularidad de un capitán que regresa de la larga travesía, desde entonces Juan me ha entregado un nuevo libro cada dos años. Once lleva ya publicados. Hay cuentos, crónicas, que son en realidad estupendas invenciones, dos novelas, historias ejemplares para que a los niños se les quite el miedo a los adultos, ensayos de buena erudición --como el dedicado al indispensable Lichtenberg, cuya traducción llevó a cabo, sin olvidar por eso la versión de Engaños de Schnitzler-- y, además, por si fuera poco, numerosísimos artículos sobre rock y fútbol, dos fidelidades a las que nunca renunciará.

Para mí es un consuelo poder conversar, con la misma minuciosidad, de las peliagudas tácticas de Sacchi y de los silencios de un cuento de Carver.

Admiro la habilidad, mezcla de cortesía y tozudez, con que Juan Villoro ha esquivado las tentaciones usuales en la carrera de un escritor mexicano.

Estuvo --observador fúgaz-en la diplomacia (con él crucé el Check-Point Charlie) y ha huido de las varias burocracias y sus servidumbres jerárquicas. Soy testigo de sus bostezos disimulados cuando por un breve periodo trabajamos juntos en una oficina sin ventanas. Ha dado vueltas por la Academia, pero no se ha estacionado en ningún cubículo. Me parece que ha hecho bien. Estoy convencido de que las instituciones adormilan a un escritor. La sociedad actual ofrece mejores oportunidades para vivir de la pluma y Juan Villoro, con tesón y trabajo, las ha sabido aprovechar. Sus libros se venden abundantemente y, si hubiese en México circuitos pagados de charlas y conferencias, se volvería millonario, pues transmite esa rara combinación de lejanía e intimidad, de conocimiento e improvisación, de diversión y seriedad que, con razón, el público no resiste. Recuerdo la alegría de mis hijos pequeños cuando les anunciaba que Juan comería con nosotros. Otro asunto es el siguiente: Juan desde niño ha vivido rodeado de personas dedicadas a tareas intelectuales. Conoce muy bien esa fauna extravagante y necesaria. Presiento, con temor y curiosidad, el libro en que nos retratará a todos. Lo que todavía me sorprende es que Juan se lleve tan cordialmente con nosotros, sus mayores en edad. Hay escritores que se sienten aplastados y necesitan un gesto heroico, o histórico, para afirmarse. Juan --que yo sepa-- aún no nos ha matado y francamente descreo de que nos deteste en secreto.

Toma sus distancias, como es natural, aunque con modales perfectos. Si acaso me ve como un carcamal insalvable, se lo calla y me regala generosas dedicatorias.

Es un alivio pensar que ya ha pasado ese momento difícil, el cacareado "parricidio fatal", según lo califican algunos profesores de mente melodramática y vida sedentaria. Juan Villoro es, sin necesidad de cadáveres, uno de los mejores escritores mexicanos. Lo confirmarán los lectores de La casa pierde, su último libro, diez cuentos magníficos y cuatro de ellos magistrales. El cuento es la filtración prosística más pura, un delicadísimo ejercicio de substracción. En un cuento todo tiene igual peso, no hay descansos estilísticos.

Los errores se agigantan, un tono mal dado tiene la fuerza de un grito en la madrugada, una falla de ritmo o de velocidad descarrila el tren.

Necesidad y sorpresa son las virtudes supremas. Creo que Juan Villoro es un equilibrista consumado, lo cual no quita que en ocasiones guste con exceso de la sorpresa, la diosa de los magos.

Éste es el mejor libro que ha escrito Juan Villoro. Encuentro rasgos que ya conocía: la vena humorística y a veces satírica --prefiere a Evelyn Waugh que a Dostoievsky, a Ibargüengoitia que a los culebrones encuadernados--, hay un lenguaje que busca el epíteto y que a la vez huye de la prosa relamida, de nuevo está la alternancia entre el cuento con un tema único que cae como una plomada y el relato que se abre a múltiples historias y se entremezcla con la novela corta. También reconozco las magias de la cotidianidad (juegos de casualidades y propósitos adivinados) que lo unen a Bioy Casares, la fascinación por la épica deportiva (yo he hablado con Juan sobre canchas solitarias y jugadores envejecidos), las victorias (ecos de Onetti) que son fracasos, las mujeres que nos convierten en actores de otra historia, la creencia invencible de que el primer deber del escritor es ahuyentar el tedio. Hay, pues, un inevitable aire de familia y, sin embargo, hay algo completamente nuevo y dificilísimo de describir. Propongo la imagen de un hilo --tal vez él mismo-- que ahora está en su tensión óptima.

No quiero irme sin hacer unas apuestas. Donde pongo más fichas es en "Corrección" (le costará superarlo), luego las divido entre "Campeón ligero" y "La estatua descubierta". Me doy cuenta de que esa estatua está muy bien trabajada, pero me digo que el universo del boxeador (y eso que el final es poco severo) me atrae más. Cambio las fichas. Lasque me quedan van para "La Casa" que, según Juan, "pierde". Yo estoy convencido, por el contrario, de que no corro ningún riesgo. La casa gana, que nadie lo dude, por Dios.

lunes, 27 de junio de 2011

RICHTER


EL NACIONAL - Sábado 25 de Junio de 2011 Cultura/4
ENTREVISTA Juan Villoro escribió la crónica 8,8: el miedo en el espejo .
"No padecimos una desgracia, sino que tuvimos una señal de alarma"
El libro narra los temores de la madrugada del 27 de febrero de 2010 y de los días que siguieron al terremoto de Chile
MICHELLE ROCHE RODRÍGUEZ

El calor en Chile era insufrible y excepcional para esa fecha.

Nadie lo vio venir, pero el clima era señal inequívoca de lo que sucedería: a las 3:34 am del 27 de febrero del año pasado un terremoto de 8,8 en la escala de Richter sacudió el centro sur de ese país y movió su capital 27,7 centímetros.

Juan Villoro se despertó aturdido, bajó al vestíbulo del hotel en el que se hospedaba y supo que había sobrevivido a una catástrofe. Se encontraba en Santiago para asistir al Congreso Iberoamericano de Literatura Infantil y Juvenil. Su experiencia puede leerse en 8,8: el miedo en el espejo, que editó Puntocero para Venezuela recientemente.

Durante una semana, los invitados al encuentro se reunieron en el vestíbulo del hotel a esperar los vuelos que los regresarían a sus países de origen. Colombia, Perú y Brasil enviaron aviones a la base militar, pero a los mexicanos les tocó negociar con LAN y Aeroméxico para volver a sus hogares. Mientras, todos contaban sus historias.

"La espera fue un taller narrativo accidental. En su momento me pareció una lata, pero las molestias son combustible literario y de esa tensa espera surgió el libro. No tomé apuntes", señala el autor, que para escribir la crónica se sirvió de la memoria y de la curiosidad.

Cuando llegó a México tuvo que afrontar otra dificultad: se había traído el miedo consigo.

"Durante semanas sólo pensé en el sismo, sentía que la tierra se movía, tenía desórdenes de sueño. Decidí que lo único que podía hacer era usar el temblor de mis manos en el teclado. 8,8: el miedo en el espejo surgió como un desahogo", relata.

Pero felizmente ha vuelto a soñar, y ahora prepara una novela gráfica con dibujos de Bernardo Fernández. Además, en agosto estrenará en Argentina la pieza teatral Filosofía de vida, dirigida por Javier Daulte.

­ ¿Qué dificultades supone escribir desde el miedo? ­ Vivimos en compañía de miedos suprimidos que no siempre mantenemos a raya.

El terremoto los sacó a la superficie. Me pareció el mejor ángulo para escribir. La dificultad estaba en no hacer una crónica patética o de victimismo.

A fin de cuentas, no padecimos una desgracia, sino que tuvimos una señal de alarma. Pensé que escribir era una forma de comenzar a atenderla.

­¿Cómo se hace trabajo de campo entre los amigos y sintiéndose vulnerable? ­No supe que estaba haciendo ese trabajo y nunca desvié la charla hacia un interés profesional. Era el vocero del grupo, porque conozco a gente de medios en México, y había un clima muy enconado en mi país, porque no nos ayudaban a regresar. No resultaba tan costoso enviar un avión militar y había cerca de 130 mexicanos varados, lo suficiente para justificar el viaje. Como 35 de ellos participaban en el congreso y me tocó ser el vocero. La situación era delicada, porque el embajador quería ayudarnos y no obtenía respaldo. Todo esto me impidió pensar en un libro en ese momento.

­¿Qué lección aprendió escribiendo 8,8: el miedo en el espejo? ­Todo es provisional. Lo sabemos, mas no siempre lo tomamos en cuenta. También sabemos que puede haber accidentes, pero no estamos preparados para asimilarlos. El terremoto me recordó estas claves de supervivencia y, sobre todo, me ayudó a marcar prioridades; lo único que sé de mi destino es que cada día me queda un día menos. Quiero aprovechar ese tiempo, no de manera grandilocuente, sino estando cerca de mis querencias.

La Providencia está en los afectos.

­Ahora que está impreso, ¿siente que debería cambiar algo al libro? ­Hay cosas que podría agregar. Lo terremotos activan la memoria, pero algunas cosas llegan después, al modo de "réplicas" distantes. Mi esposa trató tantas veces de comunicarse conmigo que la opción redial del teléfono se quedó pegada para siempre al hotel San Francisco de Chile. No quiero arreglar ese teléfono: señala que una parte de mí se quedó en ese país. Si me pierdo, que me busquen en Santiago.

miércoles, 30 de marzo de 2011

8.8


EL NACIONAL - Sábado 26 de Marzo de 2011 Papel Literario/3
Santiago: 8.8 en la escala de Richter
Hablar de la Tierra que se abre
"En su duplicidad, la cifra 8.8 adquiere carga simbólica: los gemelos del miedo, el diablo ante el espejo o, sencillamente, lo que somos y lo que podemos dejar de ser".
Juan Villoro
DIAJANIDA HERNÁNDEZ G.

Cómo reacciona el ser humano ante sit uaciones extremas? ¿Cómo se comporta cuando su vida corre peligro? ¿Qué sucede cuando tememos por nuestra vida, cuando vemos la muerte cerca, como una posibilidad? ¿Cómo relatar un desastre natural? ¿Cómo contar un suceso que a fecta a muchas personas de distintas formas? Juan Villoro decidió hacer una suerte de pachtwork; tomar varios personajes; contar situaciones distintas; reacciones disímiles; juntar crónica, ensayo, relato y testimonio para acercarse a las respuestas de estas preguntas.

En 8.8: El miedo en el espejo el escritor mexicano nos ofrece retazos de lo vivido durante el terremoto que afectó a Chile en febrero de 2010. Una maravillosa crónica que es muchas cosas a la vez: relato de varios, memoria personal, noticia para los anales, indagación sobre la dimensión literaria de la realidad, retrato del absurdo y el humor, reflexión sobre el desastre y el ser humano.

Villoro, que también vivió el terrible terremoto que sufrió la ciudad de México en 1985, compara efectos, afectos y percepciones de ambos sismos. Sí, al cronista mexicano también le tocó padecer el movimiento telúrico de Chile en 2010; por tanto su relato no sólo está construido desde el testimonio de un tercero o de un cuento oído, sino que está cimentado en la experiencia propia, tamizada por su reflexión.

En una entrevista Villoro habló de su crónica y dijo: "El sismo distante de Chile me llevó al terremoto que había ocurrido 25 años antes en mi ciudad y el libro 8.8: El miedo en el espejo es la combinación de esos dos sismos y de lo que se puede sentir ante la inminencia y todo lo que ocurre en esa delgada línea que separa el destino".

El hecho concreto, lo sucedido es plasmado por Villoro con precisión: "A las 3:34 de la mañana del 27 de febrero de 2010 Chile sufrió un terremoto de magnitud 8.8 en la escala de Richter. El sismo modificó el eje de rotación de la Tierra y el día se acortó en 1,26 microsegundos. La ciudad de Concepción se desplazó 3.04 metros hacia el oeste, en dirección al mar. Santiago se desplazó 27.7 centímetros (...) El terremoto duró siete minutos en su epicentro (...) Esto lo convierte en uno de los más largos de la historia".

Y en el motor de la distintas historias de 8.8: El miedo ante el espejo.

La inminencia, el extremo, la conciencia del posible destino destapa la olla y aflora de todo: absurdo, humor, indiferencia, miedo, valor, "calma triunfal", tozudez, solidaridad. Ese 8.8 puso a sus sobrevivientes a verse ante sus temores y la levedad de la vida.

Tratar de reconstruir por pedacitos "un microcosmos" de unas personas que estuvieron a punto de no contarlo; acercarse lo más posible a lo no dicho, indagar en los efectos del miedo, tales son las tareas que se impone 8.8: El miedo ante el espejo, sin dejar de lado las repercusiones e implicaciones sociales y políticas del hecho.

Los personajes del libro son los compañeros de un Congreso de Literatura Infantil al que asistió Villoro. Por momentos todos ellos parecen salidos de una fábula infantil, dignos asistentes del encuentro y fieles representantes del género.

Una prenda de vestir o, mejor, de dormir, la pijama, es el hilo con el que Villoro teje los relatos y sus reflexiones. Pieza infantil, de sueños y ensoñaciones. Es punto de partida y de llegada. Pretexto que sirve para hablar de sí y de los demás. Terremoto y pijama le revelan a Villoro (y a nosotros) una noticia: su "sostenido interés por los temblores y su relación con los misterios de nocturnidad".

Un poco más allá de esos enigmas de la noche, ese "lo que somos y lo que podemos dejar de ser" que lanza Villoro no sólo habla de la muerte, de su posibilidad o cercanía, sino de lo que los cataclismos nos dicen de nosotros como especie; ese llamado que se hace para volver sobre los pasos y mirar nuestra relación con la Tierra, con la naturaleza, con la vida, en nuestro día a día. Dice Villoro: "Los cataclismos ya no son como antes. Las desgracias afectan de nueva manera el entorno en el que vivimos. Sin embargo, hemos ref lexionado poco al respecto". Estamos sin pensar en ello. Sin escuchar.

Sin atender. Una situación límite nos pone de golpe y de frente esa realidad. Villoro afirma que aunque estos acontecimientos se convierten en asuntos globales, la reacción no ha sido "revisar la evolución histórica de los accidentes ni su impacto en las costumbres contemporáneas". Para Villoro la lección es clara: "el vértigo ha dejado de estar en las profundidades. Hay que tomar lecciones de abismo para habitar la superficie de la tierra".