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martes, 19 de noviembre de 2019

CUADERNO DE BITÁCORA

Nota de Juan Carlos Méndez Guédez:

La señora se acercó al lugar donde yo firmaba libros. Me habló en perfecto español y después de tocar con aprehensión mi novela me explicó que conocía Venezuela, que allí siempre había habido violencia, y que el chavismo al menos logró que la gente humilde pudiese estudiar y tener un futuro.
Sonreí. Le pedí que mirase las cifras sobre violencia, que se percatase del incremento feroz ocurrido desde el año 98 de una violencia en la que las propias fuerzas del gobierno cada vez tenían más participación.
Me dijo que mi mirada era la de la burguesía barquisimetana.
Volví a reír pero cada vez con más furia. Le hice un rápido resumen de mi vida. Le conté el lugar de Caracas donde yo vivía, y la mujer abrió los ojos con sorpresa. "¿Conoces mi zona, verdad? ", le dije, " la conoces de oídas porque jamás te habrás atrevido a entrar. Pero allí crecí, y estudié y me formé y me deformé, y comencé a escribir. No pretendas contarme mi vida. Cierto es que uno de mis vecinos no estudió, se llama Maduro y es el que ahora ordena masacrar estudiantes. Pero si hubiese querido estudiar lo habría hecho". La mujer tartamudeó. Volvió a insistir en que no sé qué cantautora venezolana chavista le decía que todo era mentira, que la gente vivía feliz en Venezuela. "Cuando vuelvas compruébalo por ti misma, y no lleves ese relojito tan chévere que cargas ahora; mucho menos si por fin te atreves a visitar mis calles", le dije y me di la vuelta.
Vino otra persona y adiviné las frases que me dijo en francés; le firmé mi novela.
Me temblaban las manos de indignación, o digamos más bien que de arrechera.
Fuente:
Fotografía: Carlos García Rawlins (Reuters):

sábado, 14 de abril de 2018

DEL MUNICIONADOR

De cierto proceso escriturario
Luis Barragán


El hábito es exigente y requiere de una específica y férrea disciplina, pues, la actividad política suele entorpecerlo, restándole tiempo y, faltando poco, aconsejando una mínima prudencia por la naturaleza misma del oficio. Además, bien lo señaló un novelista venezolano, residenciado en Madrid, J. C. Méndez Guédez, en un tweed afortunado: “Cómo cansa no escribir”.

Versamos sobre una tradición hoy olvidada, porque el dirigente que se reputara de tal, así fuese irregularmente, debía frecuentar las páginas de opinión para dejar el obligado testimonio de una reflexión organizada en medio de las circunstancias que le tocaba vivir.  E, incluso, en coyunturas muy exigentes, como las campañas electorales o los sucesos que lo forzaban a extremar las precauciones, solía delegar en alguien la redacción de sus planteamientos o escudarse tras un pseudónimo, como los que extraordinariamente prosperaron  para asentar una polémica ahora desconocida, aunque – eso de escribir por encargo – se hizo una práctica tan recurrente que convertía al autor en un respetable falsario.

El proceso de la escritura semanal, por lo general, dirimido a altas horas de la noche, naturalmente reporta ideas inacabadas o tentadas que aciertan o fallan, arriesgando al autor. Quizá por ello, la desconfianza cada vez más generalizada hacia los impresos que, por cierto, desestimulan las memorias de los viejos políticos, pues, se llevan a la tumba importantes secretos de los hechos que protagonizaron o atestiguaron, como de sus mismos procederes, ora para legar el buen nombre, radicalizando la confidencialidad de la logia, ora por la candidez de subestimarlos al creer que sólo caben los grandes, heroicos y noticiosos acontecimientos noticiosos,  como le ocurre a un amigo desenvuelto principalmente en las épocas de normalidad democrática.

La mayor delación del articulista que hace política, no es otra que la de su equipaje cultural y, así como hay políticos que se revelan como aceptables escritores, o al revés, los tenemos que no son una ni otra cosa, sino todo lo contrario.   Empero,  absurdo el cultorómetro, lo cierto es que los textos resultan imprescindibles para los tiempos del más intenso debate, algo ya lejano que celebra el homo videns del medio político.

Antaño, en la sociedad de libros, con la cultura de la imprenta, no había otro medio para comunicar las ideas que una respetable columna semanal o quincenal. Hogaño, la sociedad de la información, la que tiene por empeño digitalizar hasta los olores, se reduce al intercambio febril de pocos caracteres, propicio para el publicista que nos sabe alérgicos a una larga y tediosa argumentación.

Presumimos de un pluralismo que, aún en dictadura, avisa de contraposiciones, aunque – desentrenándonos – tememos a las réplicas y contrarréplicas. Esta sola posibilidad, genera desconfianza de propios y extraños que prefieren, por siempre, apelar al recurso de autoridad y, valores y principios aparte, la política es el reino de las relatividades y los eufemismos que todavía esperan por una einsteiniana aproximación.

El horario semanal sólo permite textos cortos, convengamos, más laboriosos que los largos, siendo inevitable – de uno u otro modo – la repetición de argumentos, el anclaje en palabras que devienen muletillas, las emboscadas tendidas por una sintaxis de las prisas y, con todas sus consecuencias, el no saber sobre qué escribir. Quizá estamos convencidos que, en las redes, hay mejores posibilidades para el olvido, repletos sus cementerios a favor de las jerarquizadas sandeces insepultas que los rodean, pues, resulta más fácil hallar la perdurable prensa escrita, por vetusta que fuese, que los bytes que alguna vez se dijeron promesas de un testimonio perenne, evaporados por otros portadores de un mejor juramento.

Ilustración: Economía Hoy, Caracas, 21/08/1997.

15/04/2018:
http://guayoyoenletras.net/2018/04/15/cierto-proceso-escriturario/

viernes, 16 de junio de 2017

DETRÁS DE LA OBSCURIDAD



Buhoneros de riesgo (y un grato descubrimiento)

Luis Barragán

La naturaleza y ritmo que ha adquirido la economía informal en una sociedad orientada a su mera supervivencia, demuestra – empleando los términos que se  presumen ajenos – una habilidosa conversión de la guerra de posiciones en otra guerra literalmente de movimientos, por no citar el caso de los medios digitales que la remiten a la que llaman de cuarta generación,  con numerosos  trámites que quizá pisan las fronteras del delito.  En un país quebrado por sus cuatro costados, añadido el quinto punto cardinal, no otro que Miraflores, intentamos deducir el origen de los bienes ofertados: conjeturamos sobre el subrepticio y eficaz lavado de divisas, un auge inadvertido del contrabando o, más modestamente, la elaboración masiva de productos caseros que, incluso, suelen escapar de todo control sanitario.

El buhonero ha dejado poco a poco el lugar acostumbrado en calles y avenidas, decepcionando a las autoridades que lo vacunan, para aventurarse en los medios públicos de transporte, desafiando a los motorizados que irrespetan el rayado - si lo hay - en las propias y riesgosas autopistas, y caminando largamente las calles con un termo de café o una cajetilla de cigarrillos al detal. No hay buseta ni autobús, por más repleto de pasajeros que se encuentre, condensando precauciones, sudores e incomodidades, que no comparta la voz del vendedor de creyones, caramelos, medicamentos naturales o helados, de corta o extensa charla que desafía las marchas y contramarchas, virajes y frenazos del conductor resignado a dejarlo unos metros más allá para recogerlo, luego, bajo protesta, unos metros más acá. Sin embargo, hay otra incursión que nos llama poderosamente la atención.

En efecto, tratando de mitigar el hambre del hogar que no espera, fuere el escenario de la protesta una autopista, avenida, calle o callejuela,  tardía o prontamente conmocionada por la ferocidad represiva del gobierno, el vendedor comparte el riesgo de perder la vida, pero también su mercancía.  Nos asombrosa que, algo cercanos a los sectores donde despunta el hocico de las tanquetas, se asoman los colmillos de las armas impredecibles, reñido el pavimento con los escuderos, también voceen un cigarrillo, una botella de agua mineral, alguna golosina.

Indiferentes los reporteros gráficos, incluyendo a quienes debemos sortear el destino de los gases y proyectiles, solemos correr compitiendo ventajosamente frente a quienes desesperan empujando un carrito de helados o de los que también hacen cotufas, sirviéndoles de escudos mientras procuran escapar. En una oportunidad, tuvimos que detenernos y, junto a otros marchistas, ayudar al humilde heladero que se le dañó una rueda del pequeño depósito ambulante.

Grata sorpresa

Fulminadas las vitrinas de las librerías venezolanas, crecientemente aislados de la oferta de novedades y también vejeces editoriales, solemos acudir a los catálogos de las grandes y pequeñas casas para enterarnos, al menos, de títulos y autores dignos de una paciente cacería en las redes. Por cierto, sobran los videos en los que se citan numerosos libros, frecuentemente por la gracia de jovencitos que, presentándose como devoradores de letras, mereciendo un ensayo actualizador de Víctor Bravo, a veces admiten olímpicamente no haber leído el ejemplar proveído por el patrocinante.

Ha sido grato descubrir una sección de la versión digital de El País de Madrid en la que distintos escritores reseñan sus más recientes lecturas ante una entrevistadora informada, generando un diálogo atractivo, sensato y espontáneo. Y, más grato aún, descubrir a un venezolano del que no sabíamos nada, como Juan Carlos Méndez Guédez (http://elpais.com/elpais/2017/05/24/opinion/1495625861_028615.html).

De una extraordinaria capacidad de síntesis, dejando constancia de una sensibilidad y posición que ha ganado la ciudadanía al afrontar los hechos más brutales, en escasos minutos reportó el drama que vive Venezuela, reseñando con habilidad los títulos que ayudan a una adecuada interpretación.  Y es después, aguijoneada por  Berna González Harbour, que habla de su propia labor narrativa: la que se ofrece como un continente en las redes, suscitando toda nuestra avidez. Valga acotar, informando sobre lo que acontece en nuestro país, lo haría mejor en la Asamblea Nacional que muchos de los oradores de oficio, incluyendo al suscrito.

sábado, 3 de marzo de 2012

¿LAS LEYÓ?


EL NACIONAL - MIÉRCOLES 30 DE DICIEMBRE DE 1998
Tres novelas por leer
Silda Cordoliani

Que en los momentos de crisis la gente pone en juego su ingenio y creatividad (siempre que cuenten con ellas, claro está), tal como proclama Orson Welles en la escena cumbre de El tercer hombre, pareciera haberse confirmado entre nosotros con el surgimiento y constancia de algunas editoriales alternativas donde hemos visto aparecer buena parte de la más interesante y seria literatura venezolana de finales de los noventa. Tres breves novelas destacan especialmente dentro de la última producción de dos de estas editoriales: La expulsión del Paraíso, de Ricardo Azuaje (Editorial Memorias de Altagracia), Retrato de Abel con isla volcánica al fondo, de Juan Carlos Méndez Guédez, y Exilio en Bowery, de Israel Centeno (ambas de Editorial Troya).

A pesar de que más de una década separa a Méndez Guédez de Centeno y Azuaje, y a pesar de manejar estilos muy distintos, estos nombres se pueden ubicar en una misma generación de escritores que busca antes que nada desarrollar una historia capaz de atrapar y mantener el interés del lector. A esa necesidad de contar y, por supuesto, de seducir con lo contado, podría estar respondiendo la construcción a manera de "pesquisa" que presentan tanto La expulsión del Paraíso como Exilio en Bowery.

Pero más allá de cualquier parentesco propio del oficio, existen otras inquietudes relacionadas con fenómenos sociales inmediatos que vinculan a los tres narradores. Si bien ya en sus obras anteriores resultaba notorio el imaginario urbano y particularmente el caraqueño, en estas últimas de Méndez Guédez y Centeno su cosmopolitismo se extiende hasta ajenas geografías para detenerse, tal vez por primera vez en la novelística del país, en las tribulaciones del exilio, traspasando así a la literatura un problema que comienza a perturbar seriamente a la sociedad venezolana. No obstante ambos relatos son por completo diferentes. Desbordantes de un humor caricaturesco que roza lo soez, los extravagantes personajes exiliados en Bowery se dedican a perseguir afanosamente la fórmula mágica que los devuelva al ridículo poder que una vez tuvieron en el medio cultural del país que los ha desterrado: cruel y burlona parodia que insiste en mostrarnos las humillaciones y miserias de una migración no elegida.

Mucho menos delirante, la novela de Méndez Guédez imputa el exilio de su personaje central a su participación en los hechos violentos ocurridos a principios de los noventa, permitiéndose así -tal como en las ficciones de Carlos Noguera, por ejemplo- recrear emociones y acontecimientos de la más reciente historia venezolana. Infeliz y confundido en medio de su desarraigo, Claudio se enfrenta a un pasado doloroso a partir del encuentro con su medio hermano también expatriado, así como a una presente vida conyugal que lo perturba y atropella. Ante su propia mediocridad, la seguridad (superioridad) de Victoria, la esposa, resulta insoportable. No es fortuito entonces que Claudio recurra a Simone de Beauvoir (a quien admite nunca haber leído) para confesarle y dilucidar los sufrimientos de su niñez y adolescencia. Como tampoco lo será su violenta y feroz reacción (la más ancestral y conocida) contra Victoria, única respuesta que puede dar este hombre al desconcierto, plagado de admiración y de curiosidad, que le produce la mujer.

Entre otras muchas cualidades de esta novela, cabe pues destacar la sincera y evidente reflexión que arroja sobre lo femenino visto a través de las propias inseguridades masculinas. Particularidad que de alguna forma, y seguramente no de manera casual, comparte con La expulsión del Paraíso, donde Ricardo Azuaje deja escapar otra serie de preguntas que desde hace tiempo se deben venir haciendo los hombres con respecto al nuevo rol de la mujer en la sociedad. No obstante que el relato de Azuaje se centra en el problema de la escritura como hecho literario y en sus inevitables anexos: la publicación, los premios, los lectores, la promoción, el poder de los medios, la fama y el éxito que parecieran ser imprescindibles para todo escritor, en su elección de una versión nacional de las más exitosas escritoras de literatura light para exponer tales preocupaciones, se asoma un trasfondo que supera la propia anécdota. Y es que el principal atractivo de la novelística de Victoria Landa (sí, Victoria, el mismo nombre de la de Méndez Guédez) consiste en poner en entredicho todo cuanto han conseguido las mujeres a lo largo de muchas décadas de lucha feminista. En este caso, la mujer -según la Landa, alter ego de Leonardo Ochoa, narrador de la novela- erró definitivamente al autoexiliarse (autoexpulsarse) del "paraíso" que era su vida antes de acceder al mundo de los hombres.

Tres novelas y tres autores que confirman sin ningún tipo de dudas el gran vigor (y vinculación con nuestra realidad) de la actual narrativa venezolana, así como también la necesidad de sólidos proyectos editoriales que los estimulen y apoyen.

sábado, 14 de mayo de 2011

PESQUIZA


EL NACIONAL - Sábado 14 de Mayo de 2011 Papel Literario/4
La memoria estéril
EDUARDO SÁNCHEZ RUGELES

El hombre es del lugar donde ha estudiado bachillerato", apunta Max Aub en sus disquisiciones en torno al destino.

Eleazar, protagonista de El libro de Esther, parece estar de acuerdo con esta afirmación. La novela de Juan Carlos Méndez Guédez se inserta dentro de la tradición literaria que se empeña en la búsqueda del tiempo. El autor forma parte de ese grupo de narradores que, a decir de Ítalo Calvino, recuperan infatigablemente cualquier migaja de sensación.

El libro de Esther es una búsqueda, una sucesión de preguntas, una reflexión mortificada (no exenta de humor) sobre el devenir y el desarraigo. Estas inquietudes, en gran medida, se ven condicionadas por el espacio. Una Caracas jurásica, condenada a la indolencia de su historia, es el lugar al que se aficiona la memoria del protagonista. El presente de Eleazar es un argumento a favor de la fuga. El personaje confronta un matrimonio estéril, un ambiente de trabajo hostil y deshumanizado, un universo imperfecto en el que sólo persiste la sensación de claustrofobia.

Eleazar padece el síndrome del vacío, enfrenta "una pereza ancestral y genética". Esta atmósfera gris e intransitiva, cuya banalidad recuerda al Miguel Antúnez de Día de ceniza (Salvador Garmendia, 1963), justifica la reminiscencia. El pasado aparece como la única alternativa. El hastío es el que permite la invención del ayer, la invención de Esther. No en vano, el protagonista afirma: "Toda la energía de mi existencia reposa en ese pasado: Esther, el liceo, esas tardes...".

La novela comienza en medio de una turbulencia, CaracasTenerife. La anécdota: Eleazar, agobiado por múltiples mortificaciones, decide viajar a las islas Canarias con el fin de encontrar a su amor de colegio.

El absurdo, tras trece años de separación absoluta, es uno de los motores de la búsqueda.

Eleazar sabe que su viaje es, a grandes rasgos, irracional. Sin embargo, la persistencia de la memoria (la sublimación del amor escolar, el romanticismo en torno a la inocencia perdida) lo obliga a perderse en un baile de máscaras, en un carnaval en el que el único sentido es la posibilidad del encuentro. La búsqueda de Eleazar formula sugerentes preguntas en relación con el arraigo y la pertenencia. Esta preocupación es una constante en la obra narrativa del autor. Con otras formas e intenciones, Méndez Guédez presenta las mismas inquietudes en Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (1997) y Árbol de luna (2000).

El libro de Esther acopia un valioso inventario de recuerdos. Las evocaciones de Eleazar permiten identificar la variable y olvidada (hegemónicamente olvidada) escatología de los años ochenta. Los conceptos de honor, belleza y moda, entre otros, son modelados con referentes que han sido asimilados por la desmemoria: Jean Claude Van Damme, Bo Derek, Michael Jackson (de piel morena), Men at Work, Supertramp, Témpano, Barón Rojo.

El walkman del protagonista da vueltas a un casete curioso y estridente.

Méndez Guédez también rinde tributo a una tradición literaria. Una de las remembranzas de Eleazar apunta a sus tardes de lectura: "El lunes era Benedetti, el martes Vargas Llosa, el miércoles Rulfo..., el martes siguiente Renato Rodríguez, el miércoles Bryce Echenique".

Sobresale, entre todas las influencias, la omnipresencia de Massiani. Piedra de mar es un motivo importante. Así mismo, algunos episodios traen ecos del relato Un regalo para Julia.

La lectura y relectura de El libro de Esther, casi trece años después de su aparición, plantea interesantes cuestiones. Si para el narrador "Caracas desapareció en trece años" (afirmación que surgía a finales de la década del noventa), resulta un ejercicio tan cruel como atractivo confrontar el paradigma urbano descrito en la novela con los muros de la Nueva Dite. "La vida nos dejó atrás", dice un solitario Eleazar. Si le damos la razón, es incómodo apreciar cómo la militarización secuestró los espacios del Ipsfa y el Club de Suboficiales (lugares de ocio para los personajes de la novela); que sobre el viejo Maxy’s se levantó un coloso bancario; que Michael Jackson era mortal; que Alexis Peña, el otrora vocalista de Témpano, es la segunda voz de una de esas populares orquestas que amenizan fiestas de quince años y matrimonios; que, probablemente, lectores de nuevas generaciones asociarán el disfraz de un dinosaurio rosa a un muñeco ridículo llamado Barney; que difícilmente la televisión venezolana, sesgada entre la censura y la militancia, ofrezca películas de John Huston, David Lynch o los grandes clásicos del cine mexicano; que el exilio por el que apostó la familia de Esther se ha masificado. Dice Eleazar, en medio del carnaval tinerfeño, que cualquier venezolano que escuche acordes de la orquesta Billo’s se detendría un momento a confrontar sus nostalgias. Esta afirmación, que parecía indiscutible en el paradigma del fin siglo (del último siglo), puede haber sido refutada por el tiempo. No es de extrañar que en estos días inciertos, "Epa Isidoro" no le diga nada a mucha gente; que toda la memoria que recopila el Libro de Esther sea sólo un asunto del olvido, el ruido o el silencio.

Al margen del Alzheimer colectivo, El libro de Esther conserva elementos esenciales de nuestra idiosincrasia. Persisten las preguntas, las incertidumbres, la santificación de las fiestas, el culto a la amistad y la familia. La descripción desalmada que el autor hace del contexto laboral es harto realista. El modelo del jefe Villalba se conserva en muchos espacios de la vida pública. No se exagera ni se redunda al afirmar que, hoy día, el debate sociopolítico genera parálisis y asfixia.

En este contexto, la lectura de El libro de Esther sugiere alternativas: la búsqueda de Esther, de cualquier Esther...

Imagino que cada quien tiene la suya. Puede que, como dice el tinerfeño Aurelio (entrañable personaje de la isla), en el fondo la vida sea solo esto, "la mierda y la flor".

martes, 11 de mayo de 2010

LA ACTUAL NARRATIVA VENEZOLANA (I)



EL NACIONAL - Sábado 24 de Abril de 2010 Papel Literario/2
Consulta
EQUIPO DE PAPEL LITERARIO

* El balance que se presenta tiene un carácter periodístico y su resultado no es más que la expresión de una consulta realizada bajo ciertas reglas, tal como es común en revistas y suplementos literarios en Estados Unidos, Inglaterra y España.

* En nuestro caso, elaboramos una lista inicial de 30 personas, que cumplían con tres requisitos: no son narradores, son buenos lectores y siguen con atención el transcurrir editorial venezolano. Nuestra lista incluyó lectores de distintas generaciones y regiones del país.

* Enviamos la petición los tres últimos días de diciembre de 2009. El plazo de entrega culminaba el pasado 28 de febrero. Hasta esa fecha recibimos 14 contribuciones. Además de la lista ordenada del 1 al 10, los consultados podían aportar un breve texto para comentar, desde cualquier perspectiva, lo ocurrido en diez años de narrativa venezolana. Los nueve textos que recibimos se incluyen en esta edición.

* El compromiso que adquirimos con las personas que participaron en la consulta fue el de publicar sólo una lista con los resultados totales, y no divulgar las listas individuales. Nuestro interés consiste en mostrar algunas tendencias y no el detalle contenido en listas particulares. En definitiva, lo que nos proponemos es ofrecer una guía a los lectores que siguen estas páginas. ¿De dónde salió la puntuación? A los que encabezan la lista les asignamos 10 puntos. A los segundos, nueve. A los terceros, ocho. Y así, sucesivamente.

* En las 14 listas aparecieron mencionados un total de 57 libros. De ellos, 34 recibieron una mención. El resto, como es obvio, dos o más menciones. Los tres libros que encabezan los resultados fueron incluidos en 12 de las 14 listas tabuladas. En la mitad de las listas, Falke, la gran novela de Federico Vegas, fue la primera en ser nombrada. Que haya obtenido 100 puntos es un puro fruto del azar.

* Varios autores aparecen mencionados con varios libros. Además de Francisco Suniaga, que tiene dos títulos entre los más puntuados, Victoria de Stefano, Antonio López Ortega, Ednodio Quintero, Rodrigo Blanco, Juan Carlos Méndez Guédez, Ana Teresa Torres, Wilfredo Machado, Eduardo Liendo y Miguel Gomes, aparecen con más de un título.

* De considerable interés es la riqueza y diversidad, el llamado de atención que late en la dispersión de los resultados, como si en las listas tabuladas cada uno de los lectores consultados, ellas nos estuviera advirtiendo: hay que poner atención también a estos otros títulos (me refiero al universo de los 34 libros que recibieron una mención, es decir, un lugar en el aprecio de ciertos lectores).

* Por último, nuestras expresiones de gratitud a quienes accedieron a sumar sus opiniones al ejercicio propuesto: Alexandra Cariani, Alexis Márquez Rodríguez, Andrés Boersner, Carlos Pacheco, Gustavo Guerrero, Ildemaro Torres, Jason Maldonado, Luis Moreno Villamediana, Luis Yslas, Michelle Roche, Miguel Ángel Campos, Nelson Rivera, Oscar Rodríguez Ortiz y Rafael Osío Cabrices.

EL NACIONAL - Sábado 24 de Abril de 2010 Papel Literario/3
Voces sobre Falke

He comentado Falke con otros lectores entusiastas de ella y es llamativo el consenso de que la peripecia del protagonista, desplegada morosamente en los sobresaltos que experimenta y los balances existenciales que hace Rafael Vegas durante largas semanas de persecución gubernamental a través de una sucesión de parajes del oriente venezolano, aplazan el goce de la conversación que entablan Rafael Vegas y Doroteo Flores en Trinidad (...) Quizá la fascinación de los papeles privados de Rafael Vegas haya apartado al autor de darnos un texto más compacto. Me gustan las novelas con barcos. Si a bordo del barco hay conspiradores, me gustan más.

Si el barco es de guerra, no tengo más qué pedir. Abordada por su autor (una novela de expedicionarios caribeños que se embarcan en Danzig y son desbaratados militarmente no bien desembarcan, no puede sino "abordarse") con el ánimo de mesmerizarnos con su singular poder evocativo, esta novela se vincula, creo, a una tradición universal y milenaria que parte del mito de Jasón y se multiplica en navegaciones de tan diversa calidad y suerte literaria como Moby Dick; Baza de Espadas, de Valle-Inclán; El motín del Caine, de Hermann Wouk; Los premios, de Julio Cortázar o Vendaval en Jamaica de Richad Hughes, y basta ya de citar de memoria. Héctor Feliciano, el escritor puertorriqueño radicado en Nueva York, dice con encomio de Falke que se trata de una especie de "anti-Granma": "El lector extranjero la lee como suya , señala Feliciano, reconoce los múltiples y descabellados disparates marinos que, desde el siglo diecinueve, se han multiplicado en nuestros países o la fascinación obligatoria por la formativa París para la condensación y elaboración de nuestras ideas políticas".

Ibsen Martínez. "Falke". El Nacional .

A diferencia de la historia , la literatura necesita una arquitectura. El paisaje plano de los hechos y testimonios sólo adquiere profundidad cuando se reconstruye en sus diversas capas, como maqueta diminuta que deja ver lo que el recorrido por el edificio real no permite. A Federico Vegas le preocupa la verosimilitud, la habitabilidad de su extraordinaria maqueta, pero sólo lo suficiente para inyectar en el lector un sobresalto que se reprime de inmediato, porque uno se entrega completamente, con ese fiat que es la codicia de todo escritor. Falke existe como existe el país, y la trenza infinita que une, como las figuras de Escher, realidad y ficción, vuelve gozosa a mostrarse en este libro que es arquitectura del movimiento, que es travesía en el tiempo, periplo de una vida, descubrimiento y conquista de sí mismo, trayecto de noviciado, peregrinación penitencial, levantamiento topográfico, cartografía de nuestra cultura, expedición de límites. Falke es una novela de iniciación, de comingof-age de un país. La anima una doble exploración: la del tiempo y la del espacio.

El tiempo de un siglo que se acaba en el interminable letargo gomecista; el espacio de un país desconocido cuya geografía apenas llena mapas sin ser territorio vivo. En el Falke venían unos extranjeros a reconocer su propio país, Ulises con maúseres, ciegos y sordos, a los que el autor ofrece la enseñanza en boca del maestro Gallegos, el que quiso ver y oír: "La tarea esencial es comprender nuestro carácter, mezcla de servidumbre y prepotencia".

Con esta clave en mano se recorre el texto como un mapa minucioso de un proceso de autocomprensión que está, sin embargo, henchido de compasión hacia el voluntarismo, hacia ese "monstruo de siete cabezas agitando en cada cerebro una intención distinta", hacia el cosmopolitismo provinciano, hacia la vanidad ingenua de los argonautas empeñados en vencer sabiendo que no es posible. Falke contiene muchos libros, claro. Elija el lector el que le apetezca.

Colette Capriles. "Navegar es preciso, vivir no es preciso". El Nacional .

Se trata de una ficción con referencia en la realidad, que cuenta la historia de un grupo de venezolanos, con más corazón que estrategia, que se embarcó (nunca mejor dicho) en el Falke con el propósito de venir de Europa, donde algunos de ellos estudiaban (y no seguían ninguna práctica militar, ni siquiera un poco de educación física al amanecer), para invadir Venezuela y derrocar la tiranía de Gómez. El resultado de esta aventura es conocido, está en la historia contemporánea de Venezuela; lo que la novela aporta es el desplazamiento físico y mental de aquellos hombres, sobre todo de los muchachos involucrados, a partir del momento en que deciden, en una operación quijotesca, convertirse ellos mismos en personajes de la literatura que les tiene la cabeza en ebullición y en redentores de la patria oprimida. El desastre está cantado desde el primer párrafo pero es tal la vitalidad de los personajes, el precioso detalle con que sus psicologías quedan expuestas, que puede afirmarse que Vegas los ha amarrado a la vida por siempre.

Milagros Socorro. "Un falso poeta y tres auténticos narradores". El Nacional.

Falke de Federico Vegas (Ca- racas, 1950) es una excelente novela, novela a secas, sin cognomento. Cuenta la peripecia de Rafael Vegas, ilustrísimo pariente del autor y, a mi juicio, el más importante educador de la historia de Venezuela, hacia el final de la década de 1920 y comienzo de la de 1930, cuando, luego de tener que exilarse en París por los hechos de la Generación del 28 --de la que fue uno de los más notorios integrantes-- participó en la aventura del Falke, el barco en el que se intentó una invasión por Cumaná para derrocar al dictador Juan Vicente Gómez. Debido al fracaso de la curiosa expedición, Rafael Vegas se quedó varado en tierra y se convirtió en un extraño guerrillero inerme, cuya salud sufrió un grave contratiempo al contraer el Mal de Chagas, y luego de catorce meses de aventura logró salir de Venezuela hacia Trinidad, en donde estuvo a punto de ser deportado hacia una muerte segura, pero pudo superar la situación y hasta se reencontró con su madre antes de regresar a París para continuar su vida de estudiante exiliado. La narración se cumple a través de las notas autobiográficas del protagonista, escritas en realidad por el novelista. Por ellas pasan todos sus compañeros de aventura durante los preparativos del viaje, la travesía, la acción guerrera fracasada, la huída por los campos del oriente venezolano, el accidentado retorno y el reencuentro con una alterada cotidianidad, otra vez en París. Para ello, Federico Vegas crea un Rafael Vegas perfectamente verosímil, aunque los que conocimos de cerca a Rafael Vegas nos damos cuenta de que el personaje de la novela no tiene mucho que ver, salvo en algunos elementos físicos, con el personaje de la vida real. Pero eso es algo que no desmerece en absoluto la novela. Al contrario, la enaltece. Los personajes de novela no son sino eso, personajes de novela, y lo que cuenta es que estén bien plasmados, como lo está, y muy bien, el Rafael Vegas de Falke.

La narración es fascinante y en ningún momento cae en lo fácil o en el lugar común, sino que mantiene una tensión muy bien lograda y sostenida desde el comienzo hasta el final. El objetivo de una buena novela es el interés del lector, y es algo que los dos Vegas logran con admirable eficiencia. Tanto el Vegas novelista como el Vegas novelado. El Vegas novelado se convierte, sin duda, en uno de los más atractivos protagonistas de la novelística venezolana, y el Vegas novelista, al crear este pequeño mundo histórico y personal, se consagra como un novelista plenamente formado, uno de los mejores novelistas venezolanos de nuestro tiempo.

Eduardo Casanova. Tomado de la página Literanova.

Federico Vegas es uno de los escritores venezolanos que permanecerán como una referencia en el tiempo futuro, para mí, sin duda, es el más completo de esta época.

Entre otras muchas virtudes, en novelas tales como Falke, Historia de una segunda vez y Prima lejana tuvo la valentía de escribir literatura venezolana sin complejos, como nosotros somos de verdad. Con su obra, reencontró el camino por largo tiempo perdido de nuestro quehacer literario y, por esa razón, marcó un rumbo para quienes le hemos seguido.

Francisco Suniaga.