Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Sánchez Rugeles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Eduardo Sánchez Rugeles. Mostrar todas las entradas

lunes, 8 de septiembre de 2014

CAZA DE CITAS


"Maiquetía era bruma, bochorno, nubes sucias. La correa del equipaje no funcionaba. Tras dos horas de espera supe que había huelga de maleteros. Un malandro del Seniat imponía revisiones humillantes. Una señora mayor reclamó airadamente el atropello. Dos militares armados hasta los dientes, la intimidaron con la vulgaridad de los mandriles. Un gestor, funcionario del aeropuerto, me dijo que las maletas estaban varadas en los aviones pero que él, dados sus vínculos con algunos representantes del sindicato, podría habilitar mi caso. Pagué cincuenta euros, me entregaron la maleta en el estacionamiento. Atilio me esperaba en la salida. Me abrazó con efusión inesperada, justificada por el último golpe. Habían asado demasiadas cosas. En esos días, por primera vez, quise matar a Dios"

Eduardo Sánchez Rugeles

("Liubliana", Ediciones B/Bruguera, Caracas, 2012.: 232)

miércoles, 2 de mayo de 2012

EL DESTINO DE LA MEMORIA

EL NACIONAL - Sábado 28 de Abril de 2012     Papel Literario/4
Liubliana o la memoria como destino
MIGUEL GOMES

La imaginación y las conductas verbales de Eduardo Sánchez Rugeles (Caracas, 1977) parecen dotarlo bien para el cultivo de la novela. Sus historias fluyen no como ríos, sino como sistemas hidrográficos; en ellos las diversas anécdotas se entreveran y tejen sus cursos.

La variedad de su obra oculta una ambición totalizadora que compensa las angustiosas fragmentaciones de la psique de sus personajes, asediados por experiencias límite.

Con su título más reciente, Liubliana, se completa una trilogía vinculada de algún modo por el exilio o, mejor dicho, por desarraigos espirituales anteriores a la expatriación y que esta sólo robustece o confirma. Es una trilogía donde asimismo se recurre constantemente a la cultura de masas y a sus géneros narrativos o cinematográficos preferidos. En Blue Label/Etiqueta Azul (2010) la desorientación de la juventud venezolana actual se capta con una road novel--más bien road movie, si nos atenemos a las pocas letras de los protagonistas-- en que la identidad individual se diluye entre en las ruinas de un país que nunca ha cumplido sus promesas.

En Transilvania unplugged (2011) el laberinto de una Rumania donde desaparece un caraqueño da pie a una novela negra que culmina con una visión "atroz" de la Venezuela de hoy, alienada de discursos tan heroicos como espectrales. En Liubliana, el whodunit o lo estilísticamente noir se combinan con el relato sentimental. Creo, sin embargo, que esta última entrega merece más nuestra atención por el sutil diálogo que entabla con otras tradiciones, y una de ellas es la de la narrativa venezolana.

De Massiani a González León Tres son las vetas específicas de tal homenaje. Una muy visible apunta al tipo de literatura promovido por Francisco Massiani desde fines de los años sesenta, que en los ochenta y noventa encontró a su más perseverante propulsor en Antonio López Ortega, para volverse lenguaje colectivo únicamente durante el nuevo milenio, cuando Roberto Martínez Bachrich, Rodrigo Blanco Calderón, Juan Carlos Méndez Guédez y otros lo han convertido en signo de los tiempos. Se trata de relatos de formación en el contexto específico de la sociedad latinoamericana, cuyo espacio para el desarrollo de la vida interior suele ser precario debido a la lucha de elementos arcaizantes y concepciones modernas del yo.

La educación sentimental del joven proveniente de una clase media amenazada por extremos en pugna de la cultura de la miseria y la de los rancios mantuanajes en Sánchez Rugeles alcanza la reposada elegancia de lo ya reconocido como natural por un autor venezolano. Las cuitas personales, amorosas en muchos casos, no surgen en su ficción como objetos incómodos, sino que vertebran el decir: una tortuosa relación madre-hijo, un estrepitoso fracaso conyugal, un adulterio a destiempo, amistades ganadas e irremediablemente perdidas precipitan el destino de Gabriel, protagonista de Liubliana.

La segunda veta a la que me refería asocia el proyecto de Sánchez Rugeles al paradigma que Adriano González León instauró en Venezuela con País portátil (1968). Si bien la trama de esa novela y la de Liubliana son sustancialmente distintas, comparten el diseño que les permite construir contrapuntos de historia íntima y colectiva, sagas individuales y familiares, así como un climático desenlace en que pasado y presente se imbrican trágicamente. Los planos heterogéneos de la memoria de Gabriel se entrecruzan a medida que su razón se desmorona en el aquí y ahora, teniendo este proceso como telón de fondo el desvarío político que engolfa a la nación desde los años noventa. Monólogos yuxtapuestos de personajes; sucesos adolescentes caraqueños y desventuras del emigrante en Madrid; reflexiones despreocupadas sobre Disney e infernales escenas de violaciones y asesinatos durante los deslaves de 1999: el arte de combinar anécdotas o voces diversas consolida la clave paralelística sin la cual Liubliana carecería de su poderosa gravedad moral. Esta, sin necesidad de prédicas, nos obliga a sopesar las difíciles encrucijadas impuestas a las manifestaciones más subjetivas de nuestra existencia por la política y otras formas de sociabilidad.

Hágase la oscuridad La tercera huella de la tradición narrativa nacional patente en Liubliana se verifica en su afinidad con el ciclo del chavismo. Me refiero a obras que poco después de la primera intervención mayor de Hugo Chávez en la vida pública --la intentona de golpe militar de 1992-- han captado el clima de disolución tanto material como anímica del país, con propensión al retrato delo decadente, brutal, paroxístico.

Aunque a veces lo fantástico se infiltra, lo anterior se produce usualmente de manera realista, señalando una inesperada repolitización de las letras venezolanas o, al menos, de las lecturas que propician. De nuevo, esta vertiente se remonta a los años sesenta y setenta encontrando en varios miembros de El Techo de la Ballena, pero en particular en un gran narrador asociado a ese grupo, Salvador Garmendia, modelos imprescindibles. Tal como entonces se hizo contrastar la representación del entorno pesadillesco hecho de despojos y materias en descomposición con los ideales progresistas de la democracia, ahora esa misma degradación va de la mano con la crónica de otra versión triunfalista y huera de nación, la de una Venezuela que "ahora es de todos", pero en la cual se agudizan viejas aflicciones sociales y económicas.

Para decirlo brevemente, La hermandad del despertar es la novela del siglo XI, así como El nombre de la rosa, de Umberto Eco, es la novela del siglo XIV

En común con obras de Alberto Barrera, Óscar Marcano, Gisela Kozak, Gustavo Valle, Enza García, Gabriel Payares, Mario Morenza, Krina Ber y otros narradores activos en los últimos doce años, Sánchez Rugeles recrea en Liubliana una Caracas presa de la angustia y la violencia. En palabras de sus personajes, "un lugar perdido para siempre, un supuesto paraíso en el que Dios, en lugar de hacer luz, pronunció un aciago hágase la oscuridad" (p. 160).

En ese mundo negativo los heridos de bala en medio del caos que ocupa las calles llegan "en bultos, montados en camillas" y los rostros de los sobrevivientes "parecen un retrato expresionista, un cuadro triste, en blanco y negro, en el que algún artista maldito quiso tallar la esencia de la desesperación" (p. 161).

Las manos heladas de una mujer Un subgénero nítidamente delineado en el ciclo del chavismo es el de las narraciones del deslave, materia que ya ha inspirado cuentos y novelas memorables. Algunos segmentos de Liubliana, como he adelantado, se nutren de esa sombría imaginería. A los derrumbes históricos la novela añade no obstante uno más ostensible: el de la conciencia de su protagonista, anegada desastrosamente hacia el final por los contenidos mal asimilados de su inconsciente. Si una de las sorpresas ocultas en la trama es un siniestro y violento incesto que empaña la visión idílica --pueril-- que Gabriel tenía de sus amigos caraqueños, la relación entre él y su madre soltera, la Nena Guerrero, traza otro horizonte incestuoso, de regresiones a un origen que ha de devorarlo confundiendo en el magma primordial su identidad de individuo y los fantasmas de los demás. En el desenlace, nuestro héroe retorna al ámbito amniótico y no me parece casual que los nombres de los edificios de la niñez, persistentemente recordados, sugieran el universo líquido de una prehistoria personal: Inírida, Orituco, Caura. El gran desafío de Gabriel es la imposibilidad de desprenderse de los lazos maternos para forjarse un destino; su derrota empieza con la ausencia de un principio paterno auténtico, carencia que resuena en las del país, cuyo sentimiento de perenne orfandad y cuya falta de madurez estimula el culto esperpéntico a los padres de la patria.

Una vez desechada la oportunidad de una relación adulta con Elena, su mujer, en aras de una obsesiva aventura con Carla, mucho menor que él y atada a vivencias adolescentes, se hacen inevitables para Gabriel el fracaso, la locura, el regreso literal al enfangado edificio caraqueño donde, tras los deslaves, vive como un ser de ultratumba la madre vieja y enferma. Percibir ese ciclo puede ayudar a entender el motivo de la asfixia espiritual de la cual no logra recuperarse el personaje de Sánchez Rugeles, por más que obtenga trabajo en Europa y por más que su ideal se sitúe en una ciudad de Eslovenia que simboliza la otredad. Liubliana, aparentemente exótica, distante, es la fantasía de la diferencia, de las transformaciones que no se alcanzan ni ocurren, condenado el sujeto edípico a reintegrarse en sí mismo, en una cuna que lo aprisiona pese a sus intentos de fuga y crecimiento. Nena Guerrero: nada inocente hay en ese nombre, en el cual lo infantil y lo conflictivo se alían para dibujar con áspero sarcasmo una condena. "Las manos heladas de una mujer me taparon el rostro", reza la última línea de la novela. La memoria que nos ancla en el origen se consustancia con la muerte.

Sobrecogedora es la indeterminación a la que nos conduce dicha fábula. Estamos sin duda ante un protagonista de perfil psicológico convincente; dados los contrapuntos y paralelismos con que su historia se cuenta, ¿no estaremos, con todo, ante algo más? ¿Es su historia solamente suya? ¿Por qué el río Liublianica se describe desde el punto de vista de Gabriel, en alguna ocasión, como "aquel Guaire eslavo" (p. 123)? ¿Por qué, en otras, las dimensiones metafísicas del malestar personal cristalizan en discursos de nación --por supuesto, desengañados--: "El mal es Venezuela.

A ese país deberían dinamitarlo, lanzarle una bomba atómica. El Infierno está en la Tierra y queda en Caracas [...] A nosotros Caracas nos hizo ser los infelices que somos. Perdimos el partido porque nacimos ahí" (p. 291)? Hemos nacido en un país, pero antes nacimos en una madre: al lector toca, en última instancia, sacar sus propias conclusiones, elegir su trayecto por la compleja red de ríos hermenéuticos que el novelista, laboriosamente, ha cartografiado.

miércoles, 15 de febrero de 2012

DESTIERRO


EL NACIONAL - MIÉRCOLES 15 DE FEBRERO DE 2012 CULTURA/4
LIBRO Ediciones B publica la colección de crónicas del autor de Blue Label / Etiqueta Azul
Eduardo Sánchez Rugeles explora el exilio venezolano en Los desterrados
Lautaro Sanz es un álter ego de su creador, un apátrida que juzga su gentilicio desde la ironía


No existía Twitter ni Facebook se había convertido en una libreta de contactos de escala planetaria cuando la revista en línea ReLectura, dirigida por Luis Yslas y Rodrigo Blanco, comenzó a publicar una columna firmada por Lautaro Sanz, heterónimo de Eduardo Sánchez Rugeles. El autor nacido en 1977 era entonces desconocido, pero desde que ganó en 2009 el Premio Iberoamericano de Novela Arturo Uslar Pietri, con Blue Label/ Etiqueta Azul (Los Libros de El Nacional, 2010), no ha parado de cosechar éxitos.

"Aunque pequeño, ReLectura era un espacio muy activo en el que se hablaba sobre literatura y diversos asuntos de interés cultural", indica el autor de Transilvania Unplugged (Alfaguara, 2011), obra que también clasificó en el concurso, ahora inexistente, que honraba la memoria del autor de Las lanzas coloradas.

Crónicas y ficciones. Trece de las columnas de ReLectura integran el libro Los desterrados (Ediciones B). Se trata de "una desternillante serie de crónicas caraqueñas amparadas en el imaginario de la televisión, la publicidad, la música y el cine venezolanos de los años noventa", escribe Yslas en el prefacio. Para el editor, en esta colección los textos están "contaminados más de ficción que de realidad" y su "costumbrismo maldito’, ya curtido por la experiencia escritural" le otorga unidad y proyección al incendiario estilo del autor.

Algunas crónicas del libro tienen una relación particular con el tríptico del exilio al que pertenecen las dos novelas publicadas del autor caraqueño, así como Liubliana, ganadora del Certamen de las Letras del Bicentenario, Sor Juana Inés de la Cruz 2011.

"Compartí las entregas mensuales de las columnas con la redacción de esta novela, por eso utilicé los textos de Lautaro para explorar y experimentar sobre las angustias de Gabriel Guerrero, su protagonista. Las entradas `La redención’, `La indiferencia’ y `La culpa’ tienen hilos de conexión muy directos con el argumento de la novela, quizás no son tan visibles a primera vista pero yo sé que están ahí", expresa el autor residenciado en Madrid.

La generación `noventera’. Como en sus novelas, la cantera de temas y de personajes a la que se refiere Los desterrados alude a una generación cuya temprana juventud transcurrió en la década de los años noventa. Cuando Fernando Carrillo era un galán de teleculebras. Cuando Aristóbulo Istúriz era alcalde del municipio Libertador. Cuando Venezolana de Televisión transmitía series estadounidenses.

Cuando Hugo Chávez era sólo un militar golpista. Los `noventeros’ (así se refiere a ellos Sánchez Rugeles) son los hijos de las parejas del ta’barato y la primera generación de profesionales en afrontar una crisis financiera sin precedentes en el país.

Porque conocieron fracasos donde sus padres vivieron en la bonanza, son los primeros en emigrar en masa de Venezuela. Porque su moneda de cambio es la frustración y no el petrodólar, andan por el mundo sin arraigo, cuestionando hasta el hartazgo su gentilicio. Y es de este cuestionamiento, cuando pase el tiempo y las otras generaciones se harten de llamarlos apátridas, que surgirá una nueva identidad nacional.

"Yo no sé quién inventó la ficción de que el venezolano es de pinga. Nunca he estado nes se harten de llamarlos apáen un lugar en el que se tenga tanto desprecio por el prójimo", dice uno de "los desterrados" de Sánchez Rugeles, a quienes otras generaciones le critican su falta de apego a una Venezuela que no les ha dado sino preocupaciones.

Cuando más adelante escribe que "el venezolano siempre sospecha que algo está mal, que el mundo conspira contra él, que la ley de Murphy es un decreto publicado en Gaceta Oficial", el autor no sólo redunda en la mordaz crítica contra el gentilicio sino que evidencia una marca de la generación a la que pertenece. Una de desterrados, aunque continúen viviendo en el país que los vio nacer.

viernes, 9 de septiembre de 2011

ZAMURO AZUL


EL NACIONAL - MIÉRCOLES 07 DE SEPTIEMBRE DE 2011 OPINIÓN/7
Visiones del Plan Ávila
LEOPOLDO TABLANTE

En más de un sentido, dos de las novelas venezolanas más reveladoras de 2010 y de 2011, Etiqueta azul/Blue Label, de Eduardo Sánchez Rugeles, y Valle zamuro, de Camilo Pino, relatan el mismo cuento e, incluso, cumplen su cometido adoptando itinerarios equivalentes.

El habla de Eugenia Blanc, la protagonista de Etiqueta azul/..., y de sus amigos es sólido y contundente, con base a reflexiones y diálogos llenos de coloquialismos sin advertencias ni guiones que traducen las moralidades de jóvenes que no pasan de los veinte años. Ese lenguaje está en sintonía con el «visceralismo» que consagró al Roberto Bolaño de Los detectives salvajes. Eugenia pertenece a una generación de chicos de clase media caraqueños, beneficiaria relativa del clima hostil de la Venezuela violenta y polarizada, que abriga una visión reaccionaria y pesimista del futuro. Junto a Luis Tévez, su primer amor serio, Eugenia emprende un viaje en un destartalado Fiat Fiorinoal piedemonte andino para buscar a un supuesto abuelo francés, a través de quien podría tramitar el pasaporte europeo que le permita «largarse de aquí».

Luis Tévez es un tipo pedante y con un espíritu autodestructivo equivalente a su celo antichavista. Sigue la corriente del «sabotaje lírico», dirigido desde Mérida por un sempiterno estudiante de psicología de la ULA, Samuel Lauro, una especie de falangista virtual que, a través de un blog, comienza a organizar ataques contra figurones bolivarianos. Luis Tévez y sus amigos celebran happenings, escriben peomas y se divierten con ocurrencias impromptu, a menudo escatológicas.

La fijación oral de Sánchez Rugeles tiene tanta pegada (a mí me suenan Bryce Echenique, Cabrera Infante, Luís Rafael Sánchez, incluso Junot Díaz...) que uno casi se distrae de la estructura circular de Etiqueta Azul/..., un libro que fluye hacia el futuro en que habría sido compuesto: el año 2020, el chavismo aniquilado y Eugenia, la autora, exiliada en París. En cambio, Camilo Pino opta por exhibir un andamiaje lleno narraciones anecdóticas interrumpidas por crónicas de viaje, reportajes especulativos, entrevistas testimoniales, llamadas telefónicas y voces radiofónicas dentro de una atmósfera apocalíptica: el valle de Caracas en medio de una invasión de zamuros y a las puertas de un estallido social.

El protagonista de Valle zamuro, Alejandro Roca, es un creativo publicitario que, días antes del Caracazo de 1989, decide renunciar a su puesto en la agencia Luchsinger & Márquez y al mismo tiempo se enamora, sin ser correspondido, de Romina Neri. Se sabe parte de una frívola clase media/media alta caraqueña, pero a diferencia de los personajes de Sánchez Rugeles, es más conformista, presa de un tibio cargo de conciencia en un país absurdo lleno de «loquitos», un adjetivo que endilga tanto al político «de arriba» como al peor resultado de su indolencia, los indigentes de la calle.

La yuxtaposición de recursos retóricos y el contexto publicitario de la novela me recordaron al Frédéric Beigbeder de 99 francos [14,99 euros] (2000), que no sólo cuenta la caída en barrena, en código humorístico, del protagonista, Octavio Parango, harto de la retórica lúdico-fascista de la publicidad, sino que incluso incorpora a un director de imagen venezolano, Enrique Baducul, el personaje en el que Alejandro Roca habría podido convertirse en su éxodo. Porque, como Eugenia Blanc, Alejandro también se va de Venezuela gracias al favor de un ministro amigo de su familia (a Eugenia la ayuda su padre, alto funcionario del Ministerio de la Cultura), el mismo que ordena su liberación de una celda de la Disip en El Helicoide luego de ser detenido borracho, luego de salir despechado de una fiesta en una mansión de Lomas de El Mirador durante el toque de queda que siguió al sacudón de 1989.

Yo estaba esperando estas dos novelas del desencanto y del exilio explícitos, generosas en emociones e intertextualidades sutiles, base de un código estético formulado para sentirse avergonzado primero y para atomizarse después.

lunes, 18 de julio de 2011

EDITÓRESIS


EL UNIVERSAL, Caracas, domingo 30 de septiembre de 2007
MARÍA GABRIELA MÉNDEZ

Los editores hablan de que los ensayos sobre la realidad política venezolana y la historia -si es novelada mejor- son los géneros que más se venden en los últimos años. Manuel Caballero, Francisco Herrera Luque o Elías Pino Iturrieta son considerados best sellers dentro del mercado local al superar en ventas los 3.000 ejemplares.

El ensayo histórico, la narrativa y por último en la poesía, en ese orden, parecen ser las preferencias de la lectoría local. Aunque hay quienes piensan que la Gaceta hípica es la lectura más recurrente en el país, hay quien sostiene que es evidente un crecimiento en el mercado interno, no sólo en la producción sino también en la cantidad de lectores.

La escritora y profesora de teoría literaria de la Universidad Central de Venezuela, Gisela Kozak Rovero, ubica claramente el momento de esa explosión editorial que vive el país: "Desde el año 2003 aumentó considerablemente la producción editorial venezolana, básicamente en narrativa". Sin embargo, también incluye la poesía y el ensayo, aunque en menor proporción y sobre todo en editoriales del Estado más que en las privadas.

Con ella coincide el profesor y crítico literario Carlos Sandoval, quien considera que hay un momento interesante en la narrativa venezolana: "Hay más apoyo de la editoriales privadas al escritor venezolano. Y no tiene que ver con que el escritor es amigo del editor. Ahora hay editoriales que están apostando por buenos escritores venezolanos".

Para él, la muestra más evidente de que el mercado ha crecido y muestra interés es que las librerías son cada vez más y se consiguen los libros de los venezolanos en estantes identificados, algo que antes no ocurría.

Sandoval ve que en los actuales narradores venezolanos hay una especie de "resurgimiento de la frescura, de temas cotidianos que antes la narrativa venezolana no solía tocar. Se incorpora a la tecnología como parte de la narrativa, elementos que antes no eran literarios".

Kozak define éste como un magnífico momento por la variedad de las propuestas (hay para todos los gustos), por la calidad, con propuestas estéticas muy serias.

Y hace diferencias entre los diferentes grupos: los escritores que tienen una propuesta importante, una voz propia, de mucha solidez y muy madura (Victoria Di Stefano, Ana Teresa Torres, Carlos Noguera, Eduardo Liendo, Federico Vegas); un grupo de escritores menores de 40 años que tienen una clara influencia por latinoamericanos como Roberto Bolaños, Mario Bellatin o Ricardo Piglia (como Krina Ber, Rodrigo Blanco, Roberto Martínez Bacrich, Salvador Fleján, entre otros); y otra tendencia donde hay una búsqueda por formas narrativas del realismo: biografías, autobiografías, testimonios. También menciona el caso de Miguel Gómez, Juan Carlos Méndez Guedes y Krina Ber, en quienes hay una exploración de temas absolutamente internacionales.

Sandoval identifica que los escritores nuevos tienen la amplitud y el atrevimiento que no tuvieron los narradores de los años 90. Cree que parte de ese cambio se puede deber al impacto de los estudios universitarios en el área de literatura en estos narradores.

Sin embargo, las propuestas más audaces no necesariamente están dentro de las más exitosas comercialmente. "Si Di Stefano en vez de escribir esa maravilla que es Lluvia hubiera escrito algo sobre el 27 de febrero, seguro habría sido un éxito editorial", apunta Kozak.

A pesar del evidente crecimiento editorial, en todas sus facetas, todavía esa repercusión no se ha hecho sentir en el continente ni fuera de él. El investigador Miguel Ángel Campos considera esa representación pobrísima fuera de nuestras fronteras un drama de la literatura venezolana, especialmente de los últimos 50 años.

Excepto algunos casos muy puntuales, apunta Kozak, como Barrera Tyska, Rafael Cadenas, Eugenio Montejo, Pepe Barroeta, Ednodio Quintero y Di Stefano (estos dos últimos publicados por la española Candaya), los venezolanos no han sido bien proyectados. "No por falta de calidad", advierte, sino porque los escritores no han tenido lobby en España y es desde allí desde donde se mueve la internacionalización.

Ilustración: Reportajede Todo en Domingo de El Nacional, Caracas, 2001

sábado, 14 de mayo de 2011

PESQUIZA


EL NACIONAL - Sábado 14 de Mayo de 2011 Papel Literario/4
La memoria estéril
EDUARDO SÁNCHEZ RUGELES

El hombre es del lugar donde ha estudiado bachillerato", apunta Max Aub en sus disquisiciones en torno al destino.

Eleazar, protagonista de El libro de Esther, parece estar de acuerdo con esta afirmación. La novela de Juan Carlos Méndez Guédez se inserta dentro de la tradición literaria que se empeña en la búsqueda del tiempo. El autor forma parte de ese grupo de narradores que, a decir de Ítalo Calvino, recuperan infatigablemente cualquier migaja de sensación.

El libro de Esther es una búsqueda, una sucesión de preguntas, una reflexión mortificada (no exenta de humor) sobre el devenir y el desarraigo. Estas inquietudes, en gran medida, se ven condicionadas por el espacio. Una Caracas jurásica, condenada a la indolencia de su historia, es el lugar al que se aficiona la memoria del protagonista. El presente de Eleazar es un argumento a favor de la fuga. El personaje confronta un matrimonio estéril, un ambiente de trabajo hostil y deshumanizado, un universo imperfecto en el que sólo persiste la sensación de claustrofobia.

Eleazar padece el síndrome del vacío, enfrenta "una pereza ancestral y genética". Esta atmósfera gris e intransitiva, cuya banalidad recuerda al Miguel Antúnez de Día de ceniza (Salvador Garmendia, 1963), justifica la reminiscencia. El pasado aparece como la única alternativa. El hastío es el que permite la invención del ayer, la invención de Esther. No en vano, el protagonista afirma: "Toda la energía de mi existencia reposa en ese pasado: Esther, el liceo, esas tardes...".

La novela comienza en medio de una turbulencia, CaracasTenerife. La anécdota: Eleazar, agobiado por múltiples mortificaciones, decide viajar a las islas Canarias con el fin de encontrar a su amor de colegio.

El absurdo, tras trece años de separación absoluta, es uno de los motores de la búsqueda.

Eleazar sabe que su viaje es, a grandes rasgos, irracional. Sin embargo, la persistencia de la memoria (la sublimación del amor escolar, el romanticismo en torno a la inocencia perdida) lo obliga a perderse en un baile de máscaras, en un carnaval en el que el único sentido es la posibilidad del encuentro. La búsqueda de Eleazar formula sugerentes preguntas en relación con el arraigo y la pertenencia. Esta preocupación es una constante en la obra narrativa del autor. Con otras formas e intenciones, Méndez Guédez presenta las mismas inquietudes en Retrato de Abel con isla volcánica al fondo (1997) y Árbol de luna (2000).

El libro de Esther acopia un valioso inventario de recuerdos. Las evocaciones de Eleazar permiten identificar la variable y olvidada (hegemónicamente olvidada) escatología de los años ochenta. Los conceptos de honor, belleza y moda, entre otros, son modelados con referentes que han sido asimilados por la desmemoria: Jean Claude Van Damme, Bo Derek, Michael Jackson (de piel morena), Men at Work, Supertramp, Témpano, Barón Rojo.

El walkman del protagonista da vueltas a un casete curioso y estridente.

Méndez Guédez también rinde tributo a una tradición literaria. Una de las remembranzas de Eleazar apunta a sus tardes de lectura: "El lunes era Benedetti, el martes Vargas Llosa, el miércoles Rulfo..., el martes siguiente Renato Rodríguez, el miércoles Bryce Echenique".

Sobresale, entre todas las influencias, la omnipresencia de Massiani. Piedra de mar es un motivo importante. Así mismo, algunos episodios traen ecos del relato Un regalo para Julia.

La lectura y relectura de El libro de Esther, casi trece años después de su aparición, plantea interesantes cuestiones. Si para el narrador "Caracas desapareció en trece años" (afirmación que surgía a finales de la década del noventa), resulta un ejercicio tan cruel como atractivo confrontar el paradigma urbano descrito en la novela con los muros de la Nueva Dite. "La vida nos dejó atrás", dice un solitario Eleazar. Si le damos la razón, es incómodo apreciar cómo la militarización secuestró los espacios del Ipsfa y el Club de Suboficiales (lugares de ocio para los personajes de la novela); que sobre el viejo Maxy’s se levantó un coloso bancario; que Michael Jackson era mortal; que Alexis Peña, el otrora vocalista de Témpano, es la segunda voz de una de esas populares orquestas que amenizan fiestas de quince años y matrimonios; que, probablemente, lectores de nuevas generaciones asociarán el disfraz de un dinosaurio rosa a un muñeco ridículo llamado Barney; que difícilmente la televisión venezolana, sesgada entre la censura y la militancia, ofrezca películas de John Huston, David Lynch o los grandes clásicos del cine mexicano; que el exilio por el que apostó la familia de Esther se ha masificado. Dice Eleazar, en medio del carnaval tinerfeño, que cualquier venezolano que escuche acordes de la orquesta Billo’s se detendría un momento a confrontar sus nostalgias. Esta afirmación, que parecía indiscutible en el paradigma del fin siglo (del último siglo), puede haber sido refutada por el tiempo. No es de extrañar que en estos días inciertos, "Epa Isidoro" no le diga nada a mucha gente; que toda la memoria que recopila el Libro de Esther sea sólo un asunto del olvido, el ruido o el silencio.

Al margen del Alzheimer colectivo, El libro de Esther conserva elementos esenciales de nuestra idiosincrasia. Persisten las preguntas, las incertidumbres, la santificación de las fiestas, el culto a la amistad y la familia. La descripción desalmada que el autor hace del contexto laboral es harto realista. El modelo del jefe Villalba se conserva en muchos espacios de la vida pública. No se exagera ni se redunda al afirmar que, hoy día, el debate sociopolítico genera parálisis y asfixia.

En este contexto, la lectura de El libro de Esther sugiere alternativas: la búsqueda de Esther, de cualquier Esther...

Imagino que cada quien tiene la suya. Puede que, como dice el tinerfeño Aurelio (entrañable personaje de la isla), en el fondo la vida sea solo esto, "la mierda y la flor".

martes, 28 de diciembre de 2010

etiquetado


El Nacional Todo en Domingo - Domingo 26 de Diciembre de 2010 TODO EN DOMINGO/16
Reportaje: 12 nombres que brillaron en 2010
Eduardo Sánchez Rugeles: El ánimo de escribir
Como el mismo reconoce, el premio Iberoamericano de Literatura Arturo Uslar Pietri, le llegó en un momento de desánimo en el que había considerado hasta renunciar a la escritura creativa
Ángela Feijoo

"Recibir el premio significó un estímulo importante para seguir trabajando y apostando por la literatura", dice Eduardo Sánchez Rugeles, desde Madrid, España, donde actualmente reside. Fue con su novela con nombre de whisky y lenguaje de adolescente caraqueño ­"trágica y apátrida" como la describe él, "divertida y catártica" para otros­ titulada Blue Label/Etiqueta azul, que consiguió este año el galardón que le permitió entrar al círculo de escritores publicados, y que asegura le ha abierto otras puertas: "Gracias a Blue Label... pude participar en dos importantes even- tos: La III Bienal Internacional del Pen Club, "Libera la palabra", en Santiago de Compostela; y el III Congreso de Jóvenes Narradores de Madrid. Ahí tuve la oportunidad de conocer a importantes escritores y a otros compañeros de oficio. Además, este tipo de actividades te permite relacionarte con el sistema literario-editorial". Y seguro necesitará estas conexiones, pues asegura que actualmente trabaja en la publicación de la que fue su primera novela Transilvania, unplugged (con la que además quedó en- tre los cinco finalistas en el mismo premio que ganó este año en mayo) y que espera pueda salir al mercado para el primer semestre de 2011. "Además, escribo una novela que espero terminar en los próximos dos meses y tengo otro par de proyectos por ahí, dispersos en cuadernos".