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jueves, 26 de julio de 2012

APUESTA AJENA

El Nacional - Sábado 24 de Diciembre de 2005     Papel Literario/3
La antiépica de la novela
Rafael Rattia

Bengala es una novela escrita desde el fondo turbio y desgarrado de la vida.
Más aún, es la novela por excelencia de los tiempos que corren. Si es verdad el antiguo precepto árabe que tanto gusta citar cierto amigo, “los hombres se parecen cada vez más a su tiempo que a sus padres”, entonces he aquí la comprobación empírica y subjetiva de la semejanza del narrador con su época, su tiempo histórico, su irrenunciable presente que lo funda y constituye.
Como toda novela que aspira trascender los endebles parámetros imaginarios de lo real, Bengala se zambulle con vehemencia y denuedo hasta el fondo de los abismos de unas caracterologías derrotadas y expulsadas del paradisíaco infierno de la urbe que los contiene. Centeno se erige en esta novela en dignísimo artífice de un arte narrativo que escarba el grado cero de la abyección de seres (personajes) extraviados para siempre en los caminos que no tienen retorno: la droga, el paro crónico, la prostitución, el indomable vicio del alcohol, la noche infinita con sus estropicios y degradaciones humanas innombrables. El reino desapacible del vértigo que no cesa, la subsunción de terribles personajes a las más inimaginables dependencias que el escorial del vicio puede llegar a producir en la fragilidad de una mujer como Laura, o en un personaje como Eddie, incapaz de volver a la vida por sí mismo luego que el vicio lo hizo traspasar el umbral de lo tolerable. Una cincuentona, dueña de unas aun conservadas formas y una esbelta y apetecible figura cuidada a fuerza de caminatas y aerobics, cansada de tanta rutina toma la nada inocente decisión de vender sus encantos de mujer madura en el Hall de las Fumarolas.
Esta última novela de Israel Centeno es una suma de insolencias; una envidiable reunión de extravíos psíquicos.
Por las páginas magistralmente escritas de esta novela transita una muestra nada despreciable de un país negado al futuro, un pedazo de país que nunca sabrá dónde exactamente está. Entre putas irredimibles y cabrones cocainómanos perdidos para siempre en el dédalo del vicio; entre enfermos insomnes y revolucionarios demagogos de todas las pelambres, entre malhechores bebedores de cerveza y pedreros del séptimo cielo, transcurre una historia jalonada por incontables anécdotas signadas por un fino lirismo y una prosa narrativa de impecable factura literaria sólo comparable con las historias invencionadas por Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato o nuestro gran Eduardo Liendo.
Entre “La calle Ciénaga” y “La Cripta” sucede todo lo que puede imaginar la naturaleza humana. La novela de Centeno es, a no dudarlo, un irreversible desgarramiento ontológico que todo lector serio debe leer para entender la otra Venezuela no prevista en las misiones de redención social de uso corriente en este tiempo de “ética emancipatoria”. Lacras sociales irredimibles subsumidas entre gases fétidos las 24 horas, de los 365 días del año; estropajos existenciales corroídos por la inclemencia destructiva del crack y la basura de la piedra aventados por la sociedad más allá de los socavones de la indiferencia. Bengala es el nombre de un bar, de una avenida, de una región. Es en sí mismo más que un simple nombre, es un mundo paralelo y paranormal lacerante que lastima la moral de una nación empantanada en sus propias e irresolubles encrucijadas históricas. Estimo que es el proyecto narrativo del autor más ambicioso y exhaustivo que hasta ahora los lectores cautivos de este escritor caraqueño hemos tenido la fortuna de leer.
Mucha nostalgia exhalan las perturbadoras páginas de esta novela. Mucho dolor transpiran no pocos fragmentos de los 44 capítulos de inquietante tensión narrativa de esta ejemplar experiencia literaria. Ningún lector que se interne por entre las páginas de esta novela podrá dejar de ser tocado por una especie de dialéctica de la misericordia que ineludiblemente le marcará su sensibilidad estética como lector. Esa apuesta hago con usted, respetado lector.
Lo agradecerás para toda la vida.

miércoles, 27 de junio de 2012

OTRA NOTA BENGALÍ

El Nacional - Sábado 24 de Diciembre de 2005     Papel Literario/3
La antiépica de la novela
Rafael Rattia

Bengala es una novela escrita desde el fondo turbio y desgarrado de la vida.
Más aún, es la novela por excelencia de los tiempos que corren. Si es verdad el antiguo precepto árabe que tanto gusta citar cierto amigo, “los hombres se parecen cada vez más a su tiempo que a sus padres”, entonces he aquí la comprobación empírica y subjetiva de la semejanza del narrador con su época, su tiempo histórico, su irrenunciable presente que lo funda y constituye.
Como toda novela que aspira trascender los endebles parámetros imaginarios de lo real, Bengala se zambulle con vehemencia y denuedo hasta el fondo de los abismos de unas caracterologías derrotadas y expulsadas del paradisíaco infierno de la urbe que los contiene. Centeno se erige en esta novela en dignísimo artífice de un arte narrativo que escarba el grado cero de la abyección de seres (personajes) extraviados para siempre en los caminos que no tienen retorno: la droga, el paro crónico, la prostitución, el indomable vicio del alcohol, la noche infinita con sus estropicios y degradaciones humanas innombrables. El reino desapacible del vértigo que no cesa, la subsunción de terribles personajes a las más inimaginables dependencias que el escorial del vicio puede llegar a producir en la fragilidad de una mujer como Laura, o en un personaje como Eddie, incapaz de volver a la vida por sí mismo luego que el vicio lo hizo traspasar el umbral de lo tolerable. Una cincuentona, dueña de unas aun conservadas formas y una esbelta y apetecible figura cuidada a fuerza de caminatas y aerobics, cansada de tanta rutina toma la nada inocente decisión de vender sus encantos de mujer madura en el Hall de las Fumarolas.
Esta última novela de Israel Centeno es una suma de insolencias; una envidiable reunión de extravíos psíquicos.
Por las páginas magistralmente escritas de esta novela transita una muestra nada despreciable de un país negado al futuro, un pedazo de país que nunca sabrá dónde exactamente está. Entre putas irredimibles y cabrones cocainómanos perdidos para siempre en el dédalo del vicio; entre enfermos insomnes y revolucionarios demagogos de todas las pelambres, entre malhechores bebedores de cerveza y pedreros del séptimo cielo, transcurre una historia jalonada por incontables anécdotas signadas por un fino lirismo y una prosa narrativa de impecable factura literaria sólo comparable con las historias invencionadas por Juan Carlos Onetti, Ernesto Sábato o nuestro gran Eduardo Liendo.
Entre “La calle Ciénaga” y “La Cripta” sucede todo lo que puede imaginar la naturaleza humana. La novela de Centeno es, a no dudarlo, un irreversible desgarramiento ontológico que todo lector serio debe leer para entender la otra Venezuela no prevista en las misiones de redención social de uso corriente en este tiempo de “ética emancipatoria”. Lacras sociales irredimibles subsumidas entre gases fétidos las 24 horas, de los 365 días del año; estropajos existenciales corroídos por la inclemencia destructiva del crack y la basura de la piedra aventados por la sociedad más allá de los socavones de la indiferencia. Bengala es el nombre de un bar, de una avenida, de una región. Es en sí mismo más que un simple nombre, es un mundo paralelo y paranormal lacerante que lastima la moral de una nación empantanada en sus propias e irresolubles encrucijadas históricas. Estimo que es el proyecto narrativo del autor más ambicioso y exhaustivo que hasta ahora los lectores cautivos de este escritor caraqueño hemos tenido la fortuna de leer.
Mucha nostalgia exhalan las perturbadoras páginas de esta novela. Mucho dolor transpiran no pocos fragmentos de los 44 capítulos de inquietante tensión narrativa de esta ejemplar experiencia literaria. Ningún lector que se interne por entre las páginas de esta novela podrá dejar de ser tocado por una especie de dialéctica de la misericordia que ineludiblemente le marcará su sensibilidad estética como lector. Esa apuesta hago con usted, respetado lector.
Lo agradecerás para toda la vida.

sábado, 3 de marzo de 2012

¿LAS LEYÓ?


EL NACIONAL - MIÉRCOLES 30 DE DICIEMBRE DE 1998
Tres novelas por leer
Silda Cordoliani

Que en los momentos de crisis la gente pone en juego su ingenio y creatividad (siempre que cuenten con ellas, claro está), tal como proclama Orson Welles en la escena cumbre de El tercer hombre, pareciera haberse confirmado entre nosotros con el surgimiento y constancia de algunas editoriales alternativas donde hemos visto aparecer buena parte de la más interesante y seria literatura venezolana de finales de los noventa. Tres breves novelas destacan especialmente dentro de la última producción de dos de estas editoriales: La expulsión del Paraíso, de Ricardo Azuaje (Editorial Memorias de Altagracia), Retrato de Abel con isla volcánica al fondo, de Juan Carlos Méndez Guédez, y Exilio en Bowery, de Israel Centeno (ambas de Editorial Troya).

A pesar de que más de una década separa a Méndez Guédez de Centeno y Azuaje, y a pesar de manejar estilos muy distintos, estos nombres se pueden ubicar en una misma generación de escritores que busca antes que nada desarrollar una historia capaz de atrapar y mantener el interés del lector. A esa necesidad de contar y, por supuesto, de seducir con lo contado, podría estar respondiendo la construcción a manera de "pesquisa" que presentan tanto La expulsión del Paraíso como Exilio en Bowery.

Pero más allá de cualquier parentesco propio del oficio, existen otras inquietudes relacionadas con fenómenos sociales inmediatos que vinculan a los tres narradores. Si bien ya en sus obras anteriores resultaba notorio el imaginario urbano y particularmente el caraqueño, en estas últimas de Méndez Guédez y Centeno su cosmopolitismo se extiende hasta ajenas geografías para detenerse, tal vez por primera vez en la novelística del país, en las tribulaciones del exilio, traspasando así a la literatura un problema que comienza a perturbar seriamente a la sociedad venezolana. No obstante ambos relatos son por completo diferentes. Desbordantes de un humor caricaturesco que roza lo soez, los extravagantes personajes exiliados en Bowery se dedican a perseguir afanosamente la fórmula mágica que los devuelva al ridículo poder que una vez tuvieron en el medio cultural del país que los ha desterrado: cruel y burlona parodia que insiste en mostrarnos las humillaciones y miserias de una migración no elegida.

Mucho menos delirante, la novela de Méndez Guédez imputa el exilio de su personaje central a su participación en los hechos violentos ocurridos a principios de los noventa, permitiéndose así -tal como en las ficciones de Carlos Noguera, por ejemplo- recrear emociones y acontecimientos de la más reciente historia venezolana. Infeliz y confundido en medio de su desarraigo, Claudio se enfrenta a un pasado doloroso a partir del encuentro con su medio hermano también expatriado, así como a una presente vida conyugal que lo perturba y atropella. Ante su propia mediocridad, la seguridad (superioridad) de Victoria, la esposa, resulta insoportable. No es fortuito entonces que Claudio recurra a Simone de Beauvoir (a quien admite nunca haber leído) para confesarle y dilucidar los sufrimientos de su niñez y adolescencia. Como tampoco lo será su violenta y feroz reacción (la más ancestral y conocida) contra Victoria, única respuesta que puede dar este hombre al desconcierto, plagado de admiración y de curiosidad, que le produce la mujer.

Entre otras muchas cualidades de esta novela, cabe pues destacar la sincera y evidente reflexión que arroja sobre lo femenino visto a través de las propias inseguridades masculinas. Particularidad que de alguna forma, y seguramente no de manera casual, comparte con La expulsión del Paraíso, donde Ricardo Azuaje deja escapar otra serie de preguntas que desde hace tiempo se deben venir haciendo los hombres con respecto al nuevo rol de la mujer en la sociedad. No obstante que el relato de Azuaje se centra en el problema de la escritura como hecho literario y en sus inevitables anexos: la publicación, los premios, los lectores, la promoción, el poder de los medios, la fama y el éxito que parecieran ser imprescindibles para todo escritor, en su elección de una versión nacional de las más exitosas escritoras de literatura light para exponer tales preocupaciones, se asoma un trasfondo que supera la propia anécdota. Y es que el principal atractivo de la novelística de Victoria Landa (sí, Victoria, el mismo nombre de la de Méndez Guédez) consiste en poner en entredicho todo cuanto han conseguido las mujeres a lo largo de muchas décadas de lucha feminista. En este caso, la mujer -según la Landa, alter ego de Leonardo Ochoa, narrador de la novela- erró definitivamente al autoexiliarse (autoexpulsarse) del "paraíso" que era su vida antes de acceder al mundo de los hombres.

Tres novelas y tres autores que confirman sin ningún tipo de dudas el gran vigor (y vinculación con nuestra realidad) de la actual narrativa venezolana, así como también la necesidad de sólidos proyectos editoriales que los estimulen y apoyen.

domingo, 8 de mayo de 2011

PREMISAS DESLEÍDAS


El Nacional, Caracas, 17 de Noviembre de 1996
Cosas, solamente cosas
ISRAEL CENTENO

El hombre ha pretendido siempre medrar con proyectos descocados, por lo general de una u otra manera ha visto que el éxito equívoco corona sus esfuerzos. Así, vencer la gravedad, humillar las enfermedades, fabricar adminículos ingeniosos para que no existan las distancias, crear armas mortíferas con poderes solamente atribuidos por los profetas a la ira de Dios; superar la ira de Dios... ­Dios!

El hombre ha conquistado al mundo, lo ha sobrepoblado y ha legislado en él con sistemas de diversa índoles en procura de su felicidad... pero este eslabón último de la creación, este prometeo de soberbia singular no se detiene a sacar las cuentas y a sopesar balances, pues entonces lo abrumaría el desencanto.

De la misma forma en la que el homo sapiens ha ido en procura de la felicidad y del conocimiento negando todas las posibilidades de supervivencia futura, los hombres que se agrupan en torno a certezas ideológicas han pretendido paraísos sociales y han creado sistemas pretenciosos que no reparan en llamar científicos para promover cambios y revoluciones: Historia, señores, la sociedas sin clases, la democracia liberal, el reino de Mahoma en la Tierra, la preeminencia racial, en imperio del mercado, la teología de la liberación y no sigamos enumerando que dan ganas de desocupar las tripas.

De todos estos señores que elaboraron un discurso e idearon programas para imponer sus sistemas políticos, los amigos que se sientan en las bancadas de la izquierda desde la remota época del parlamento burgués de siglos pretéritos, han quedano atónitos sumidos en la ``peste del insomnio'', aquella que azotara a Macondo sumergiendo a sus habitantes en los territorios del olvido. ¨Dónde están las propuestas que llevarían a la clase obrera a tomar el cielo por asalto? ¨Dónde su beligerancia? Pobres hombres, carentes de verbo se limitan a repetir el discurso de sus enemigos. Resulta que hasta la morigerada socialdemocracia procura captar técnicos y pensadores que adapten las recetas económicas del adversario a sus premisas desleídas. Así desde Fidel, aquel Fidel que gritara que la humanidad había dicho basta y echado a andar, hasta Clinton el demócrata que le robó las banderas al republicano, abren sus bocas para decir nada, para proponer nada que ya no hayan propuesto quienes se sentaron desde tiempos ha en las bancadas de derecha. Es triste, pero aquellas fuerzas del progreso, cuando no expresan a delirantes chauvinistas, pequeños dictadores que han bebido de manuales bolivarianos, expresan carencia de iniciativa, y es que están derrotadas, perdidas en el insomnio tratando de recordar cosas. ¨Salud, libertad, educación, alimento, paz, igualdad? (Suenan tan vacías desde el insomnio), cosas, solamente cosas.

Ilustración: tomada al azar de la red.

sábado, 16 de abril de 2011

TELEGRAMA VIRTUAL


Le preguntamos e
ISRAEL CENTENO
responde

Gracias por las preguntas, la primera es muy dificil de contestar para mi, y creo que para cualquier lector, pero contesté con una serie de alternativas que pueden permutar

1) ¿Cuál es el autor y título que recuerda con frecuencia?.

a) James Joyce y Retrato de un artista adolescente. b) William Shakespeare y Macbeth etc, etc y muchos etcéteras del autor c) Jorge Luis Borges; La tetralogía: El tema del Traidor y del Héroe, La Marca de la espada, Las tres versiones de Judas y La muerte y la Brújula (más etc)

2) ¿Algún sentimiento de culpa por algún autor y título no leído?.

Las últimas novelas de Gabriel García Márquez.

3) ¿De cambiar de género, cuál le gustaría y sobre qué escribir?

(Ya fallé como poeta) Me gustaría ser ensayista de arte o escribir sobre arte e historia.



Mil gracias, IC.
lb

BENGALÍES


El Nacional - Sábado 24 de Diciembre de 2005 Papel Literario/3
La luz negra de Israel Centeno
Roberto Echeto

Para quienes no lo conozcan, Israel Centeno es uno de nuestros artistas más inquietos. Si no lo creen, busquen su prontuario y vean que sus contemporáneos le debemos (con D mayúscula) el que sea fundador y editor del sello Memorias de Altagracia, una pequeña editorial que se ha dedicado a publicar las nuevas voces (malagradecidas o no) de nuestra literatura. Observen además que Israel ha sido, y es, guía de otros escritores más jóvenes a través de los talleres que da aquí y allá, donde lo dejan y él quiere. Fíjense también que Israel es un autor bien prolífico que ha escrito obras poderosas que no tienen nada que ver con esa literatura al uso en este país de locos en el que para ser un escritor exitoso, hay que ser cubano, colombiano, español, argentino, chileno... Todo menos venezolano.

Cada artista tiene su propio proyecto, y, en el caso de Israel, su proyecto es de una riqueza asombrosa. Su obra reúne cuentos eróticos, novelas que hablan de la vida en el barrio, cuentos de terror, novelas pornos, relatos inspirados en la quemada belleza del cómic, historias aderezadas con trazos políticos, poemas, artículos... Todo eso sin contar con que es el amo y señor de www.elmeollo.net, un lugar en el que volarían sillas y habría muertos, si no se tratara de un espacio en Internet.

Curiosamente, la obra de nuestro amigo no ha sido lo suficientemente estudiada por nuestros cómodos y miopes críticos. No la entienden; tiene elementos y plantea situaciones que los sobrepasan, que los desbordan. Para comprender y disfrutar los relatos de Israel hay que ser joven, hay que estar lleno de odio por el entorno que tenemos, hay que abrirse al hecho de que la literatura contemporánea se alimenta de artes que no existían hace 100 años, hay que tener puesto el oído en la calle, hay que saber que la vida es diversa y que en este mundo hay más malandros que gente. Para disfrutar los libros de Israel Centeno hay que prenderles candela a los manuales de literatura donde sólo se habla de realismo, de costumbrismo, de positivismo y de más “ismos” que la madre que los parió. Para ponerse a tono con esas historias hay que entender que quien las escribe es un autor que, antes que nada, es un filoso lector desprejuiciado, que lee libros, que lee comics, que lee revistas, que lee la realidad y luego transforma todo ese material en unos relatos violentos y alucinados en los que aparecen enfrentamientos a tiros entre vendedores de piedra y ex comunistas, lobas amarillas que son la perdición de quienes suben al Ávila, mujeres dobles que aparecen sobre el túnel de La Planicie, sujetos que deciden darle la espalda a la más terrible realidad nacional encerrándose en un restaurant chino a hacer las delicias de Bocaccio, del Marqués de Sade, de Pier Paolo Pasolini y de Rocco Sifredi, todos juntos, a coro, cogiendo culo.

Las historias de Israel nos dicen que todo intento de clasificación de la literatura es un ejercicio necio. Sus relatos huelen a semáforo, a calle, a plomo, a Caracas, nuestra hedionda Caracas, pero también están llenos de sexo duro, de pepas, de perico, de marihuana, de indigentes espirituales, de personajes que, a duras penas, sacan fuerzas para realizar alguna acción heroica, de bares fríos y oscuros que son como úteros protectores contra la realidad, de transformistas que se parecen a Cher, de piedreros karatekas que escriben cómics, de gente que no puede vivir en la luz porque desaparecería como los vampiros, de sujetos que se parecen al vecino peluquero, a la masajista, al conserje guajiro o al mafioso colombiano dueño de una línea de taxis que también vive en nuestro edificio.

Tal vez, después de leer este rosario de maravillas, no se hayan dado cuenta, pero cuando vemos todo este conjunto, podríamos acordar que Israel es un autor que se mueve como un Muhammad Ali en el reino de la novela negra, pero, atención: no en el paraíso de la literatura policial con sus detectives Sherlock Holmes, Phillipe Marlowe, Mandrake o Sam Spade. No. Hace tiempo que la negra y la policial son dos literaturas distintas que pueden o no mezclarse.

En ambas hay mortadela, pero lo que las diferencia es el afán de un personaje por descubrir quién mató al difunto. En estas cotas raras se enmarca Bengala, la novela más reciente y quizás más poderosa de nuestro querido y admirado Israel.

Entre los mil y un personajes y las mil y un historias que conforman el panal de abejas que es Bengala, hay un cadáver que cruza toda la novela: el de Laura, una chica a quien la piedra se la fumaba a ella y no al revés, y que termina sus días de la manera más horrible que podamos imaginarnos. Ese cuerpo abierto y vaciado, esa memoria de lo que fue Laurita, flota en la memoria de los personajes entre trago y trago, entre raya y raya, entre idas y venidas a la noche artificial de un bar que tiene nombre de tigre y de luz. Sin embargo, el que haya un cadáver en esta novela, el que Daniel, Cato, Jiménez, Requena, Fufa, La Caribe, Gregory, Nigeria, Eddie y los demás miembros de esta peña periquera, busquen al Jack el Destripador caraqueño que asesinó a Laura, la “felatriz estrella”, no convierten a Bengala en una novela policial, y esto porque no hay investigación, porque el arroyo inmundo de la vida galante siempre arrastra a estos personajes hacia la trivialidad, hacia la conversación fugaz que diluye toda acción, hacia la nada, hacia la satisfacción reiterativa de las adicciones básicas, entre las que se cuenta, por supuesto, la propia vida.

Bengala es una novela negra que representa un paso muy importante en la brillante carrera de nuestro querido amigo el Sr. Centeno. Allá los críticos, los estudiosos y los necios de oficio que no entienden nada de nada porque mientras ellos creen que la literatura debe ser así o asao, Israel sigue escribiendo las maravillas que lo han llevado a desarrollar cada vez con mayor precisión sus ideas, sus obsesiones, sus manías y sus historias.

Desde aquí no podemos hacer otra cosa que celebrar felices que un libro como Bengala esparza su luz negra, su luz de veneno por todas partes.

sábado, 19 de febrero de 2011

SOMBRA DE HOJAS


EL NACIONAL - Sábado 19 de Febrero de 2011 Papel Literario/3
O todo se está escribiendo o ya ha sido escrito
SILDA CORDOLIANI

1 Por supuesto, la idea no es nada nueva, y quizás se remonte al preciso momento en que alguien, por primera vez, fue capaz de transcribir (de hacer escritura) algún relato oral. En ese momento dejamos de ser simplemente obra del sueño o de la imaginación divina para convertirnos en su escritura. El gran Borges adjudica a Thomas Carlyle una muy lúcida y sintética referencia al respecto: "La historia universal es una Escritura Sagrada que desciframos y escribimos inciertamente, y en la que también nos escriben".

Una intriga, aparentemente paralela a la (o las) de la trama, surge en las primeras páginas de Bajo las hojas y llama la atención del lector para sustraerlo de la cómoda ficción. ¡Epa! --dice uno--, esto no es un simple guiño del narrador; más allá de Julio y su desazón, aquí hay un "nosotros" pidiendo atención, diciendo que no lo descuidemos porque son "ellos" quienes tienen la rienda de esta historia, los que la están contando.

Así, a medida que transcurre la lectura, esa primera persona del plural se nos irá revelando como un equipo de relatores, cuyos miembros bien pueden formar parte o no de las tantas voces que encontramos en la novela. Ese "nosotros" irá ocupando más y más espacio, tomando más y más poder: de simple narrador omnisciente, conocedor del presente, pasado y futuro de los personajes, pasará también a convertirse en un ente controlador de las psiquis, capaz de cambiar pensamientos y acciones con tan sólo un plumazo (¡nunca mejor dicho!).

Y con semejante poder es lógico deducir que a la potestad de este nosotros omnisciente, supremo, se encuentra la posibilidad de manipular conciencias y tergiversar hechos, de "alterar el signo, desplazarlo, ponerlo no donde le es propio, sino donde debe estar para que la historia funcione".

Si me siguen, algunos podrían concluir que aquí se trata simplemente del poder propio (la gracia divina) de un creador de historias, del narrador literario.

Otros, hilando un poco más fino, se habrán remitido a "el libro de la vida", a las Moiras, a eso de que nuestro destino se encuentra escrito y rubricado. Y no faltarán aquellos, que demasiado atribulados por la cotidianidad del país que nos corresponde, hayan hecho una asociación más prosaica e inmediata, porque esto de alterar el signo para que la historia funcione como que tiene mucho que ver con la realidad que nos circunda.

Sí, valen todas estas posibilidades en Bajo las hojas y algunas más; dejan de ser, vuelven a ser y son a lo largo de esta novela, obra de un autor a quien para nada le interesan las verdades absolutas y mucho menos los enigmas con soluciones precisas, cerradas.

Lo que le interesa a Centeno es la literatura, arriesgarse en este caso, a través de sus relatores --que terminan por confluir en un único relator, punta más alta, "vórtice de la pirámide"--, a un magistral ejercicio de metaficción mostrando el entramado de la creación que tenemos entre manos mientras ésta se construye. Siendo así, resulta inevitable que el lector se sienta obligado a participar de una constante reflexión sobre el hecho narrativo y sobre la literatura como un exigente oficio capaz de organizar el mundo.

En este sentido, Bajo las hojas entraña una verdadera lección de elaboración literaria.

2 Centeno ha declarado: "Mi literatura va a la par de la historia de mi país". Y pienso que esta frase puede ser considerada principio fundamental de su poética de autor.

En una época en que ciertas palabras se encuentran tan desprestigiadas, es posible que esto que voy a afirmar no le agrade mucho al autor, es posible también que algunos de sus más fervientes y jóvenes lectores lo rechacen de plano, pero igual lo digo, porque estoy convencida de que en el panorama de la literatura venezolana contemporánea no existe una obra más "comprometida" que la de Israel Centeno. Su firme y honrada posición ante los acontecimientos sociales y políticos que le han correspondido --una posición evidente tanto en su vida como en su literatura-- ha sido siempre propia de un militante, sólo que su ideología no corresponde a ningún partido posible y mucho menos pretende, a través de su literatura, convencer a nadie de nada, de nada que vaya más allá de la literatura misma. Y es que en este autor la preocupación política es una preocupación ontológica. El compromiso surge de la angustia vital, nunca de un sentido de responsabilidad.

Desde la ya lejana primera edición de Calletania en 1992, hemos visto plasmado en todos sus libros lo más abyecto de un sistema que no para en su descenso hacia el abismo.

Pocos de sus textos se libran de personajes que llevan sobre sí el enorme peso de un pasado político que ha determinado su vida de derrotados y marginales o de corruptos, traidores y asesinos.

Bajo las hojas no sólo no es la excepción, más bien es su justo compendio.

Lo que le interesa a Centeno es la literatura, arriesgarse en este caso, a través de sus relatores a un magistral ejercicio de metafi cción mostrando el entramado de la creación que tenemos entre manos mientras ésta se construye

En medio de una historia que se mueve magistralmente en las aguas encontradas de distintos géneros y subgéneros narrativos --cosa a la que el autor ya nos tiene acostumbrados y por lo que su obra muy bien se ubica en el terreno de la llamada posmodernidad--, nada aquí resulta independiente del telón de fondo, el oscuro entramado político de un país donde se desarrolla la ficción y donde, lamentablemente, también nosotros nos movemos en la realidad, de allí que nos resulte muy fácil reconocer algunos acontecimientos de los cuales incluso muchos fuimos partícipes.

Desde el montaje del asesinato de María Inmaculada, foco propulsor de la novela, hasta las más nimias acciones y aun gestos de esos personajes que se debaten entre la realidad y el delirio, entre ser humanos o bestias, todo, absolutamente todo parece estar determinado por una impenetrable entidad que desde el más alto poder somete y rige los destinos, y a la que podemos llamar, por ejemplo, "Inteligencia Móvil".

3 De alguna manera el puzle formal y anecdótico con que se encuentra el lector en las novelas de Centeno (y de allí que el crítico español Luis Alonso Girgado califique su escritura de "literatura difícil y por ello arriesgada [...] que precisa de un lector que sea un escrutador atento y activo frente al lenguaje, la prosa"), cada uno de esos puzles --decía-- son a su vez parte de uno más amplio, el de su obra narrativa completa hasta ahora publicada.

Se dice que de una u otra forma todo escritor escribe siempre el mismo libro o, si se prefiere, va creando con sus libros capítulos de un libro único que es finalmente su obra. No obstante, en algunos casos esto resulta tan evidente, adquiere tanta importancia y trascendencia, que termina constituyendo un aspecto ineludible en el momento en que ese autor debe ser estudiado o comentado.

Son escritores que van forjando paso a paso un muy personal ámbito ficticio que los hace inconfundibles más allá del estilo o de las anécdotas.

Y más allá del depurado estilo de Israel Centeno o de las constantes temáticas, sus obsesiones lo han llevado a construir un universo de imágenes siempre perturbadoras que transitan de un libro a otro sin temor a la reincidencia, afinándose, transmutándose, aportando nuevas claves y creando nuevas incógnitas y sorpresas.

Todo ello se hace abiertamente explícito a partir del cuarto libro, Exilio en Bowery, con el que inicia un ciclo narrativo que el mismo autor (creo) ha calificado como "del exilio" y donde se complace en recrear elementos y atmósfera propios de la literatura gótica: noches, cementerios, vampiros, hombres lobo o licaones, ese raro animal que Centeno rescata de las sabanas africanas para incorporarlo a su particular simbología convertido en perra amarilla.

Bajo las hojas es un reto al lector, quien una vez atrapado por su prosa llegará ansioso de respuestas hasta el fi nal.

Cuando cierre el libro será un admirador más de una de las novelas más originales y fascinantes de la literatura actual

Tampoco pueden faltar los dobles y los pactos siniestros, que en el caso de Bajo las hojas toman especial relevancia y por eso vale la pena comentarlos brevemente.

El doble. En María Inmaculada existe Victoria, esa "otra persona" que ella siempre jugó a ser, o que "jugaba a ser ella". María Inmaculada, la joven cofrade de los Argonautas Junguianos de los Últimos Días que conocemos en Caracas, tiene su doble en Victoria, la compañera de Julio en Londres. Dos caras de la misma moneda que protagonizan sin embargo momentos distintos en espacios distintos, procurando así un juego constante de ambigüedad o de otredad.

El pacto. Manifiestos o tácitos, son varios los pactos que se crean (y se violan) en el transcurso de esta novela, pero el más importante de todos y sin el cual Bajo las hojas no existiría, tiene que ver con un narrador que vende no su alma, sino su talento; que lo vende no al diablo, sino a uno de sus peores sucedáneos tal vez, el poder. Julio, protagonista principal, atormentado creador de historias que sueña "con escribir la gran novela" para dejar de ser un "escritor inexistente", acepta un extraño "trabajo literario" encomendado por el alto gobierno que le permitirá salir de sus problemas económicos para siempre, convirtiéndose así en uno más de los relatores. ¿Sabe Julio lo que hace?, suponemos que no, porque en algún momento decidirá infringir su compromiso tratando de alterar la trama prevista, aunque se sepa ya perdido. Hecho el pacto no hay vuelta atrás: "nadie retorna al día".

Israel Centeno no es autor que ceda un ápice de Literatura (Literatura con mayúscula) en procura de público. Bajo las hojas es un reto al lector, quien una vez atrapado por su prosa llegará ansioso de respuestas hasta el final. Cuando cierre el libro será un admirador más de una de las novelas más originales y fascinantes de la literatura actual.

(*) Texto leído en la presentación de la novela Bajo las hojas

Cfr.: http://israelcenteno.blogspot.com/