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lunes, 14 de noviembre de 2011

VARIAS VACAS ... GORDAS Y FLACAS


EL NACIONAL, Caracas, 12 de Noviembre de 2011
Isaac Chocrón Serfaty: 1930-2011
La honesta e implacable mirada de Isaac Chocrón:
los desarraigados personajes de su narrativa
Son pájaros de mar por tierra, no encuentran su espacio propio, están desarraigados y andan por el mundo sin dejar huellas
JUDIT GERENDAS

La sostenida y consecuente novelística de Isaac Chocrón ha sido injustamente relegada, en comparación a la amplia difusión de su brillante obra dramática. Entre 1956, cuando aparece la novela Pasaje, y 2005, cuando se edita en formato de libro Pronombres personales, que ya había sido publicado por El Nacional en la modalidad de folletín en 2002, por capítulos, la constante labor narrativa de Chocrón se materializó en siete novelas, las cuales son, además de las ya mencionadas, Se ruega no tocar la carne por razones de higiene, de 1970; Pájaro de mar por tierra, de 1972; Rómpase en caso de incendio, de 1975; y 50 vacas gordas, de 1980.

Esta producción narrativa es una obra valiosa y valerosa, generada a partir de una inquisitiva y lúcida mirada sobre los convencionalismos y los estereotipos, a los cuales muestra con un rigor despiadado, sin concesiones. De la narrativa de Isaac Chocrón surge un universo ficcional en el que representa, de un modo implacable, la mezquindad y la mediocridad, el conformismo y las formalidades, las reglas de juego que barnizan con su existencia a las mentiras que recubren.

La superficialidad, el protocolo, las relaciones interpersonales marcadas por la indiferencia y por el desamor, aunque enmascaradas por la cortesía, expresan un mundo en el que el deseo ha sido sofocado por la rigidez de las apariencias y de los comportamientos establecidos.

Los personajes que pueblan un espacio así caracterizado son seres signados por la soledad. Únicamente cuando logran insertarse en la rutina de lo convencional consiguen fabricarse un refugio dentro del cual ocultan y disfrazan su desamparo. En algunos de estos personajes, sin embargo, sobre todo en el Micky de Pájaro de mar por tierra, la soledad es, más que una circunstancia, una condición existencial asumida y aceptada.

La visión irónica y la visión trágica presentes en esta narrativa se sitúan en el contexto cultural de las clases altas, entre personajes muchas veces pertencientes al mundo diplomático, signado por las componendas y la rutina trivial, un mundo en el que la calidad moral y humana son sutituidas por los gestos y las puestas en escena.

La sexualidad es un tema central en la narrativa del autor. Reiteradamente Chocrón construye personajes que responden a una propuesta lúcida y coherente, pionera en la narrativa latinoamericana, puesto que ya se encuentra en germen en Pasaje, un tanteo correspondiente todavía a la época juvenil. Se trata de seres con una sexualidad ambivalente, cuya presencia muchas veces es tan sutil que no es notada claramente ni siquiera por los propios personajes caracterizados de esta manera.

La propuesta del autor es mostrarnos la sexualidad en su materialidad más primaria. A lo que nos enfrenta es a un sexo degradado, cuya abyección se explora con crudeza en medio del entramado de los prejuicios sociales representados.

La homosexualidad masculina se asedia constantemente, con la misma mirada despiadada que encontramos en relación al mundo social. Desde la condena cultural por parte de esta sociedad hasta la descripción naturalista, se revisa con coraje y de una forma consecuente un tema escabroso, que será abordado unos cuantos años después por otros escritores latinoamericanos, tales como el argentino Manuel Puig o el cubano Reinaldo Arenas.

El autor explora sin concesiones el aspecto degradado y sórdido del mundo en el cual se mueven sus desamparados personajes, y no rehuye mostrar la inautenticidad de unas relaciones muchas veces no elegidas, sólo aceptadas pasivamente, al no poner resistencia numerosos personajes a una prostitución (obviamente por dinero) que corrompe las opciones individuales.

Existen también, aunque con menos frecuencia, momentos de belleza y de felicidad en estas relaciones. Pero el convencionalismo imperante en la cultura establecida, que se manifiesta en tenues, aunque férreas represiones, pocas veces le permite a los personajes asumir libremente su enmascarada identidad. Son pájaros de mar por tierra, no encuentran su espacio propio, están desarraigados y andan por el mundo sin dejar huellas, tal como el ya mencionado Micky, precisamente de la novela titulada Pájaro de mar por tierra, el cual se perderá definitivamente, sin dejar tras de sí señal de su paso sobre la tierra. Sólo quedarán rumores, suposiciones y fragmentos de testimonios, un rompecabezas imposible de armar. Se pierde en el mar, un espacio en el cual, por definición, es imposible dejar huella alguna.

Este personaje forma parte de la vasta galería de personajes masculinos pasivos, extranjeros en el mundo, en el sentido camusiano del término, que se inicia con el Ismael Campos de Pasaje, y llega hasta el Alejandro Ponte Vecchio de Toda una dama. La pasividad termina siendo una condición existencial asumida, una forma trágica de la libertad, en la que no se expone nada del mundo interior del personaje, despojado de cualquier tentación de hacer una apuesta en el juego de la vida, resguardado detrás del silencio, de la sonrisa que no compromete y del carácter enigmático.

En este contexto, duro y cruel, de "narrativa sucia", la prostitución masculina es una referencia constante. Los personajes reciben pagos en dinero o en favores como algo rutinario, sin que ello les produzca coflictos éticos y sin movilizar valores abstractos o filosóficos de ninguna especie. Son outsiders que dinamitan con su mera presencia la hipocresía del mundo en el que se mueven. Son ellos el otro, los que, con esa simple presencia, cruda, descarnada y desembozada, le sirven de espejo a los educados y protocolares personajes que se mueven elegantemente detrás de sus máscaras y de sus disfraces.

Los personajes prostituidos son objeto de transacciones mercantiles en medio de las cuales se intenta cosificarlos, hacerlos propiedad de alguien, en situaciones de una extraña ferocidad. Sin embargo, algunos logran liberarse, como el protagonista de Pájaro de mar por tierra, el cual crece y se hace consciente, asumiendo su desarraigo y escogiendo una libertad que ninguna dulzura puede proporcionarle.

Esta larga serie de personajes chocronianos, manoseables y apáticos, algunos de los cuales terminan realizándose en su soledad, se construyen sobre espacios textuales sugestivos y, en algunos casos, notables por su carácter metaficcional. Tal sucede en la novela ya varias veces citada, Pájaro de mar por tierra, en la cual el discurso narrativo tradicional se combina con las cartas que le llegan al autor personificado, de los supuestos informantes que, mediante esas cartas pagadas por un personaje narratario llamado Isaac Chocrón, el cual le manda cien dólares a cada uno, producen textos a partir de diferentes puntos de vista y con múltiples voces, en un logrado juego polifónico que coloca en primer plano el proceso de escribir mismo.

Esta autorreferencialidad, esta audaz conciencia del hecho literario, entra en juego dialógico con la otra conciencia, la relativa a la audacia temática que se expresa en esta escritura, lo cual se manifiesta claramente cuando uno de estos personajes informantes le pregunta al personaje escritor, al Sr. Chocrón, si él de verdad va a publicar todo eso, si él cree que ello le será permitido.

De esta manera Isaac Chocrón termina siendo personaje de su propia novela, en la que convive con las figuras ficticias que ha creado, ya no sólo como receptor de sus informaciones, sino como parte de la historia que se narra. Se nos dice, por ejemplo, que Chocrón invitó a cenar en un restaurant a Micky y a Gloria, o que él y Piet no eran íntimos, y se llega hasta el juego humorístico en el que una de esas figuras de papel que es, a fin de cuentas, un personaje, exclama: "¡Qué bien nos conoce, Sr. Chocrón, cualquiera creería que usted es uno de nosotros! Vaya manera de describir las cosas".

Dentro de esta narrativa, tan innovadora en la literatura venezolana y tan coherente, tan fiel a sí misma, ocupa un lugar diferenciado la novela 50 vacas gordas, cuya protagonista es una mujer. En un mundo cultural afín al de las otras obras, en cuanto a que está signado por comportamientos convencionales y rituales mundanos, formalizados y triviales, y también en cuanto a que esta protagonista es a su vez un ser marcado por la soledad, así como lo están también sus numerosas amigas, todas mujeres cincuentonas, se produce un cambio en relación a las otras novelas.

Un hecho fortuito, un crimen del cual es testigo, desencadena en Mercedes Alcántara una actividad de compromiso ético que la lleva a asumir un riesgo, a partir de unos valores que la hacen sentirse responsable y solidaria con la otra, una mujer joven y marginal que ha sido asesinada, un hecho que ha quedado impune. En una acción trepidante que mantiene el suspenso todo el tiempo, ella termina por desentrañar el crimen y encontrar el culpable, aunque todo ello será por completo inútil: la corrupción del sistema social protege al criminal, y la víctima, un ser carente de peso en el entramado de la sociedad, será fácilmente olvidada y desechada.

En un mundo caracterizado por la ostentación y el despilfarro, en un contexto histórico agudamente analizado a partir de la visión irónica, la protagonista logra algo que quizás sea poco socialmente, pero que es mucho para una existencia individual: ella adquiere una conciencia y se confronta a sí misma con un medio incomprensivo e insensible. Desde la conciencia lúcida obtiene un conocimiento y un saber, el poder reconocer el mal, a partir de lo cual asume su soledad con coraje, ya no como una condición impuesta por las circunstancias.

Irene, la muchacha asesinada, marca aquí la otredad, el mundo de lo sórdido.

Una sordidez que, en última instancia, no obstante, es la misma que la de las mujeres a cuyo grupo pertenece Mercedes, sólo que en el caso de Irene se encuentra en estado crudo y expuesto, observable a través de unos binóculos. Sin embargo, es un otro que no deja de ser lo mismo.

Es la mirada de Mercedes, con la ayuda de los binóculos, lo que define a Irene.

Pero esa visión se hace dialógica al rebotar de vuelta y obligarla a definirse a sí misma también. Tal como ha obligado a sus lectores ese gran escritor que fue Isaac Chocrón, a definirse también en relación a la temática y a los problemas éticos que de una manera sostenida y coherente ofreció en su obra narrativa, incluyendo a la última, la desgarradora Pronombres personales.

En ese conjunto de novelas que reclama el diálogo y la divulgación, la reedición de libros que hace tiempo no se consiguen.

Y ... SARA


EL NACIONAL - Sábado 12 de Noviembre de 2011 Papel Literario/1
Isaac Chocrón Serfaty: 1930-2011
La última entrevista
MILAGROS SOCORRO

Llamé el martes 1 de noviembre con la idea de saludar a Sara, interesar me por su salud --también quebrantada--, y hacerle saber a Isaac que estaba pendiente de él. Dos días antes había visto a Belén y a Rodolfo, grandes amigos de Isaac, y me habían dicho que ya este no atendía al teléfono ni estaba para visitas.

Para mi sorpresa, Sara sonaba firme y alegre. Nada en su voz revelaba los embates de la quimioterapia a la que ha estado sometiéndose. Al preguntarle por Isaac me dijo que esperara. Iba a ver si podía ponerse al teléfono. Un instante después escuché una voz chillona que deformaba la de Isaac, pero conservaba intacto su singular cadencia al hablar: me invitaba a almorzar al día siguiente. Confirmé con Sara la sorprendente convocatoria y ella la secundó encantada. Era evidencia de que Isaac estaba alentado y de buen ánimo.

Sara es mujer muy pequeña y morena. Nació en San Fernando de Apure, en 1935. En 1965 se cansó de planchar rumas de ropa en una tintorería y le pidió al actor Miguel Salazar que le recomendara una casa donde estuvieran buscando una persona para lavar y planchar. Nada más, porque ella nunca aprendió a cocinar. Ni le ha interesado. Fue así como el sábado siguiente llegó a la casa de Chocrón, un mediodía en que habían venido a comer Román Chalbaud y Elías Pérez Borjas.

El lunes comenzó a trabajar y este domingo 6 de noviembre fue ella quien cerró los ojos del escritor en la madrugada.

En el camino, Sara se había convertido en su ama de llaves, asistente, telefonista (lo que supuso espantar por décadas a los inoportunos que llamaban en las mañanas, consagradas a la escritura de la obra de Chocrón), y compañera de viajes cuando Isaac era invitado a dictar seminarios de un semestre en grandes universidades, así como en estadías de unas semanas en las que ambos alternaban con las grandes figuras del espectáculo de Madrid, Nueva York y San Juan de Puerto Rico. Durante esas largas estadías, Sara aprovechaba para leer los libros de Isaac, que en Caracas le resultaba imposible por falta de tiempo.

Cuando ella le comentaba pasajes, él le decía: "no, por favor, Sara, no me diga nada. Usted sabe que me choca releerme".

--Al principio fue muy difícil. Usted no sabe la paciencia que tuve que tener--, me dice Sara mientras supervisa las dos personas a su cargo que han venido a arreglar los almohadones en los que se recuesta Isaac. Parada junto a la silla que me han destinado frente a la cama de Isaac, apenas rebasa mi cabeza. Es muy pequeñita. Como ha perdido el cabello y no quiere exhibir la cabeza pelada, lleva un gorro de lana de esos que terminan en punta. Parece un duende yendo presuroso con sus cortas piernas de un lado a otro, pendiente de todo. Es ella quien se ocupa de lo atinente a la persona de Isaac. Está allí cuando lo ayudan a acostarse y cuando pide que lo auxilien para incorporarse. Se asegura de que coma, administra sus medicinas y está a su lado por las noches cuando las pesadillas atormentan su descanso.

Desde luego, fue abonada permanente al camastro que las clínicas destinan a los acompañantes de los pacientes.

--Pasa muy malas noches. Se queja de dolores y habla... dice cosas. Cosas de otras épocas.

El doctor ha sufrido mucho --ah, porque siempre le ha dicho "doctor".

En cuanto llego, a las 12:30 del mediodía, como él fijó, me hacen pasar a donde está. Desde hace por lo menos un año, Isaac no duerme en el piso de arriba, donde está su cuarto, sino en la sala, donde han hecho instalar una cama de hospital. Lo encuentro pálido y más delgado. Con voz exhausta imparte dos órdenes: a mí, para que vaya al comedor a ver la mesa servida para atenderme; y a Sara, para que le haga servir un vodka con amargo de Angostura. Salimos disparadas. Efectivamente, la mesa está espléndida. Y al ratico Sara regresa trayendo ella misma el trago, que deposita en la mesa rodante de hospital.

Me dispongo a hacer la visita en una actitud inusual: aprieto las heladas rodillas de mi anfitrión como quien se aferra a un manubrio de donde proviene el efluvio del arte y la creación. Aún muriéndose, Isaac Chocrón flota en lo que Ugo Ulive ha definido como "un impulso creativo enorme".

Puedo sentirlo.

Los dos sabemos que se está muriendo, pero no podemos obviar nuestro protocolo de siempre, el de hablar de los libros que él ha escrito y va a escribir. Le pregunto cómo está y me dice: "estoy mejor, porque ya no tengo miedo. Ni de morir ni de vivir".

Con las dificultades del caso, hablamos de los miedos que ha sentido meses atrás (en algunos momentos estuvo verdaderamente aterrado).

De pronto se queda callado, cierra los ojos y en una frágil duermevela balbucea, habla del Centro Médico, dice algo acerca de los doctores, algo así como que no le dicen la verdad. Le pido que abra los ojos y me mire. Lo hace. Despliega unos ojos como platos en cuyo fondo está Isaac. El Isaac de siempre.

--Que estás mejor, me dices --le digo.

--Sí --constata con esa melodía que era su marca, su precioso estilo. Pedí que no me enviaran la muerte, que me dejaran hacer cinco o seis cosas que me faltan. Después de eso, me entrego tranquilo a la muerte. Recuerda que yo tengo una ventaja: soy judío. Tengo, por tanto, una gran seguridad frente a la muerte.

--Qué cosas te faltan, Isaac.

Los párpados se le caen, sacude la cabeza pesadamente.

"Quiero seguir escribiendo.

Cualquier cosa. Lo que sea. Tal vez, una historia de amor".

Me parece una idea extraordinaria. Todos queremos escribir una historia de amor.

--¿Entre quiénes? --quiero saber. Quiénes serían los protagonistas de esa historia de amor.

--Unos amigos. Me encantaría escribir la historia de mi amistad con Victoria De Stéfano.

Da un sorbo al vodka. Retoma un asunto del que solíamos hablar (y que he decidido que será su legado secreto para mí). "Mi horario de escribir siempre fue de 9 de la mañana a 12 del mediodía. Si no me hubiera impuesto ese horario, nunca hubiera escrito nada".

Sarita viene a ver cómo va la cosa. Lo mira con una inmensa ternura, como siempre, por lo demás. Le pregunto si juzga conveniente que lo deje descansar. Pero el propio Isaac interviene para retenerme.

¿Acaso he olvidado que hay un almuerzo especial? Sara le dice que, precisamente, ya la comida está lista. Isaac hace amagos de pasar a la mesa, pero ella le hace ver que eso puede ser un poco complicado. En cosa de minutos, los almohadones son reforzados con dos más a su espalda. Se ha decidido que nos arreglaremos con la mesa de hospital.

Isaac hace esfuerzos por comisquear un poco de la paella que ha hecho encargar para atenderme. Miro alrededor y veo un ejemplar de Beirut, I love you, de Zena el Khalil, editado por Siruela. Es un regalo del padre Baquedano. Y, un poco más allá, está la más reciente novela de Boris Izaguirre Dos monstruos juntos, con una dedicatoria que pone: "Para Sarita e Isaac, mis dos monstruos favoritos".

Isaac termina su almuerzo.

Además ha comisqueado unos bocados. Sarita vuelve con un helado. El teléfono suena de manera persistente. Cojo en el aire el platico cuando Sara se ve reclamada por alguien que ha llamado. Con respeto reverencial, acerco a la cuchara a la boca del maestro, que acepta la golosina de buen grado. Lo sirvo con la mano izquierda. Ambos somos zurdos, una condición que ha atizado nuestra complicidad. La zurdera me acerca a Isaac Chocrón. Puedo decir que somos escritores zurdos. Venezolanos y zurdos.

Venidos de la provincia (Isaac nació el 25 de septiembre de 1930, en Maracay). Admiradores del inglés. Y zurdos. Sarita retira todo y se marcha, no sin asegurarse de que Isaac está pulcro.

Le pregunto por el fracaso.

Esa noción que descarta sin mayores aspavientos. "Creo que nunca fracasé. No podía fracasar, porque a mí me encanta escribir. Y tomarme mi vodka".

--Un consejo para los jóvenes --le pido sabiendo que es una pendejada, pero es una última pregunta. Sé que no volveré a verlo.

--Les diría --me contesta sin titubear--: olvídate de ti mismo y ponte a escribir dos horas.

Me mira largamente. La entrevista ha terminado. Le pregunto por uno de sus grandes afectos: Román Chalbaud, de quien me habló, en la entrevista periodística que sostuvimos cuando cumplió 75 años, como su cruz (porque la polarización política los dejó en bandos diferentes; e Isaac tiene una opinión paupérrima de Chávez, cuyas alabanzas canta Chalbaud).

--¿Ha venido últimamente Román? Cierra los ojos. De repente los abre ampliamente y me dice: "cómo va a venir si no se ha muerto".

Asiento sin oponer una resistencia que sería una necedad. Comprendo: we are not in Kansas anymore, ahora estamos en el terreno de la ficción, de la inmensidad.

Ha llegado la hora de irme.

Sólo falta revisitar un ritual que hemos cultivado. Le pido que me recite Shemá Israel. E inmediatamente comienza a entonar: Shemá Israel, Adonai Elohim... un verso tras otro, con suave modulación, la oración hebrea con el cantaíto de Isaac.

Sé que lo ha aprendido de su padre. Y, de hecho, vuelve a decírmelo.

Apenas termina, me levanto. Sara ha llegado a tiempo para escucharlo recitar. Vienen a hacerlo reposar y no se niega. Se dirige a mí una vez más y me pregunta: ¿tú vienes mañana? El domingo 6, Sara me cuenta que a la una de la madrugada lo oyó quejarse. Se acercó a él. Isaac cogió la mano de Sara, se la llevó al corazón y la presionó sobre él.

Ella le preguntó: ¿es allí donde le duele, doctor? Y entonces él exhaló un largo suspiro y se quedó, dice Sara, "como un niño, tranquilito. Sin dolor ni molestias".

Esa noche voy al teatro a ver Petroleros suicidas, de Ibsen Martínez, dirigida por Héctor Manrique, con la actuación de Fabiola Colmenares, Iván Tamayo, Dimas González y el primer actor Luis Abreu. Será este quien, al final de la función, haga un pequeño homenaje a Isaac Chocrón con la voz quebrada. Aplaudo de pie con la mano izquierda golpeando la derecha.

miércoles, 9 de noviembre de 2011

NOVELISTA


EL NACIONAL - LUNES 07 DE NOVIEMBRE DE 2011 ESCENAS/1
Chocrón, el magnífico
Piedra angular del teatro venezolano, el dramaturgo, economista, docente y gerente cultural falleció ayer a los 81 años de edad
JUAN ANTONIO GONZÁLEZ

La luminosa mañana del domingo se ensombreció de repente. Un correo de esos que ya no transportan los carteros, sino que viajan por redes invisibles, trajo la infausta noticia: Isaac Chocrón falleció ayer en la madrugada. Aunque se sabía que un cáncer le había puesto un final a la obra de su vida, jamás se quiso que ese momento llegara. Pero llegó.

Inexorable.

Y como Chocrón siempre hablaba de la familia escogida, esa con la que compartió sus angustias intelectuales y robusteció sus afectos ­Cruz Salmerón Acosta, José Ignacio Cabrujas, Román Chalbaud, Elisa Lerner, Vicente Nebreda, Elías Pérez Borjas, Miyó Vestrini, Rodolfo Izaguirre, Belén Lobo, John Lange, Miriam Dembo, Sara, la fiel Sara...­, quienes aman el teatro sienten que perdieron a alguien cercano, quizás, a un tío neurótico o a uno justamente sarcástico, un amigo de ética irreductible.

En tiempos en los que se dudaba de la existencia de una dramaturgia auténticamente venezolana, Chocrón, junto con José Ignacio Cabrujas y Román Chalbaud, asumió el compromiso de renovar, desde El Nuevo Grupo, el teatro nacional con obras que tenían en la conciencia de los espectadores el mismo impacto de las cargas de profundidad: estremecían, sí, pero también hacían reflexionar.

Por eso, a partir de la década de los años setenta fueron llamados la Santísima Trinidad del Teatro Venezolano, mote que, según la intención de quien lo usara, servía bien para reconocer los aportes del trío de autores o para poner en entredicho una hegemonía que ninguno de ellos se endilgó.

Economista, ensayista, docente y, sobre todo, hombre de teatro, Isaac Chocrón nació en Maracay, estado Aragua, el 25 de septiembre de 1930. Siempre se consideró una persona como cualquier otra. "Ni mi papá ni mi abuelo eran Arturo Uslar, ni Pablo Picasso, ni nada. Nosotros éramos una clase media judía pudiente. En mi casa tú no entrabas y oías a Mozart ni estaba mi papá leyendo a San Juan de la Cruz, ni nada de eso. Ahí la genética como que no funcionó", aseguró en una entrevista que le hicieron Stefania Mosca, Diana Benshimol y Artemis Nader para la revista cultural Kalathos.

La ira y los afectos. Aparte del dolor que causa su pérdida, del vacío que sigue a su ausencia definitiva, la huella de Isaac Chocrón está y seguirá estando en lo que dejó escrito, en sus piezas, sus ensayos y novelas. "El tema fundamental de mi teatro ­dijo citando a los estudiosos de su obra­ es mi teoría de que uno nace dentro de una familia que es la heredada, pero en la medida en que uno empieza a tener amigos surge lo que yo llamo la familia elegida. (...) Si no escribo, no tengo razón de ser. Si dejo de escribir, dejo de vivir", declaró a El Nacional .Fundador de la Compañía Nacional de Teatro y director de El Nuevo Grupo, el Teatro Teresa Carreño y la Escuela de Artes de la Universidad Central de Venezuela, Chocrón, el autor que admiraba a Tennessee Williams, Harold Pinter, Edward Albee y Sam Shepard, a los que dedicó algunos de sus ensayos analíticos, ganó en 1979 el Premio Nacional de Teatro. Su obra desnuda aquellas relaciones humanas en las que los involucrados terminan devorándose a dentelladas, tal como lo señaló Rubén Monasterios en su libro Un enfoque crítico del teatro venezolano (Monte Ávila Editores, 1989).

Piezas como Animales feroces (1963), Asia y el Lejano Oriente (1966), Tric-Trac (1967), O.K. (1969), La revolución (1971), La máxima felicidad (1975), Simón (1983), Solimán el magnífico (1991), Tap Dance y Los navegaos (2006) testimonian su legado y confirman su potencial de textos clásicos capaces de desmontar la falsa moral y la vileza humana, de desacralizar la historia y, por qué no, de agradecer a su familia elegida. "Espero no equivocarme, pero creo que el teatro nunca desaparecerá", decía. Y no se equivocó.

jueves, 6 de enero de 2011

¿y las otras vacas gordas?


EL NACIONAL - Domingo 02 de Enero de 2011 Nación/7
Una vida nueva
MILAGROS SOCORRO

Yo te recuerdo de jovencito ­dice Elisa entrecerrando los ojos como para evocar la imagen con mayor claridad­.

Eras un gitano elegante. Ágil y con mucho garbo.

--¿Es que ya no lo soy? ­inquiere Isaac Chocrón, con gesto de águila, levantando la cabeza para mirar a su amiga.

Isaac Chocrón Serfaty cumplió 80 años de edad el 25 de septiembre. Nació en Maracay, en 1930. Y se ha pasado los últimos dos años batallando con una seguidilla de enfermedades que en solitario han matado mucha gente. Él las ha lidiado una tras otra como el Zorro cuando se bate en lo alto de una escalera con varios enemigos entre los que reparte feroces tarascadas con su florete.

Solamente este año estuvo internado media docena de veces, con duración de una a tres noches, en una clínica donde se convirtió en la atracción estelar del personal de enfermería. En una ocasión, cuando tenía una tropa de enfermeras revoloteando alrededor de sus ingles o algo así, toqueteándolo con copos de algodón que flotaban en torno a su cuerpo como si se hubiera desatado una nevada en su habitación, Isaac bajó súbitamente el cuerpo de Turismo que hojeaba y les mostró los uniformes que suelen usar los sobrecargos de los trasatlánticos. "Fíjense ­les dijo, señalando una foto­, son exactamente igual a los de ustedes. Sólo les falta esta cachuchita de marineros. Mándense hacer una igual, así los pacientes tendremos la ilusión de que estamos en un crucero". El comentario fue celebrado con carcajadas de mujer y un rastro de perfume y yodo en dirección a la puerta batiente de su cuarto de hospital.

Nos recibe acostado en la cama de hospital instalada en la sala de su apartamento. Todavía no se ha repuesto lo suficiente para subir las escaleras que llevan a su habitación. A su lado está una de esas mesitas altas donde se acomodan las bandejas para los enfermos. Cuando no está tomando sus comidas, Isaac la usa como mesa de noche. Tiene un vaso de agua con pitillo. Una cajetilla de Belmont y un encendedor. Se fuma un par de cigarrillos al día. Y ya ha retomado la lectura, interrumpida en los malos tiempos de su quebranto.

Elisa Lerner despliega sus magistrales artes de narradora nata. Habla de ciertos conocidos a quienes ninguno de los dos ha visto en la última década. Elisa le cuenta que la última vez que ella se los topó iban tan humildemente vestidos, "en realidad, en harapos" (sin necesidad, que es la clave del cuento), que ella pensó: "¿Pero qué es esto? ¿Polonia?". Venezolanos judíos los dos, comparten muchas claves.

La Polonia invadida por los nazis fue escenario de brutales tormentos a los judíos de ese país, entonces una de las comunidades judías más grandes del mundo, que sería forzada a marchar en masa a los campos de concentración en largas filas de harapientos.

Isaac la escucha y se ríe apretando los ojos. Tengo delante a dos de los más grandes autores de teatro de texto en América Latina. Está mucho mejor.

Su voz evidencia fuerza y ganas de vivir. Su rostro está sonrosado y con la piel lisa de quien ha ganado peso recientemente. Se vuelve hacia Elisa, sentada a su lado, para no perder detalle de sus gracias, que festeja con su risa de conejo. Dan la impresión de retomar una charla iniciada en la adolescencia.

Le pregunto a Isaac si está escribiendo. Se burla de mí diciéndome que sí, que empezará a escribir un libro que, al nombrarlo, los lectores se vean forzados a hacer un énfasis de admiración. "¡Milagros! ¡Socorro!, se llamará mi libro", me dice. Y de qué tratará, quiero saber, temiendo que mis mustios secretos queden expuestos a la luz de su magnífica escritura.

--De mí, desde luego ­responde sin titubear.

Chocrón es el profesor universitario que ponía, como ejercicio a sus alumnos de Expresión Oral y Escrita, una descripción de su cuarto como si fueran extraños que lo vieran por vez primera. Y es el maestro que sólo prodiga un consejo a sus amigos: encuentra pequeñas satisfacciones en la vida diaria.

Sin abandonar su tono jovial dice que quiere empezar una nueva vida. Está hablando en serio. Quiere emprender algo distinto de todo lo que ha hecho antes. Incluidos, por supuesto, esos dos años de tratativas oncológicas, menjurjes para el corazón y linimentos para las piernas. Estira la sábana de algodón que lo cubre hasta el pecho. "No tengo dudas de que todo será nuevo para mí en lo sucesivo. Y estoy seguro de que el próximo año traerá cosas distintas, y buenas, para Venezuela. Cualquiera puede ver eso.

NOTA LB:

Lo único que he leído de Isaac Chocrón (salvo los parciales de "Pronombres personales", originalmente publicados por el diario El Nacional de Caracas, y luego en formato "librónimo"). "50 vacas gordas" (Monte Avila Editores, Caracas, 1980), la creemos representativa de la Venezuela previa a la crisis de 1983, engañosamente próspera y, en algunos sectores, comprometida a contracorriente. La protagonista, muy de clase media alta, fue protagonista involuntaria de un crimen cometido en un parque, que vió desde la ventana de su casa. Si mal no recuerdo, hay una frase reveladora de la dama de sociedad que se acercó al MAS: descubrió que la conciencia es tan diversificada como los pasillos de un supermercado...Empero, acotemos que se refiere a los años de las otras vacas gordas y, de actualizarla, habría que añadir las otras de esta década con sus más de $ 900 mil millones de dólares despilfarrados.