EL ESPECTADOR, Bogotá, 28 de diciembre de 2013
El espantoso mundo en que vivimos
Héctor Abad Faciolince
Incapaz de comparar el mundo actual con el mundo de ayer, de sopesar lo ganado y lo perdido, su obsesión consiste en la crítica escandalizada, en el moralismo altivo, en el desprecio por cualquier progreso, por cualquier gusto o alegría, en la convicción de que no hay criatura más repugnante que el ser humano, ni lugar más inhóspito que la tierra.
El tipo de intelectual en el que estoy pensando es ese que se solaza en la cultura de la queja, y para el cual la sociedad contemporánea (especialmente la occidental) es una especie de invento del demonio: la cosa más grosera, burda e infernal que ha existido en toda la historia del mundo. Lo moderno, para él, es lo más violento, lo más agresivo, lo más explotador e injusto: una sociedad con la que tendríamos que arrasar para fundar otra sobre sus ruinas. Lo peor de esta perorata asqueada, de esta permanente indignación moral, es que esta supuesta “élite de la inteligencia” ha logrado convencer a millones de jóvenes —como denunciaba hace años Karl Popper— de que vivimos en el peor de los mundos que han existido. Cada vez encuentro con más frecuencia a jóvenes convencidos de que reproducirse es terrible, pues van a traer nuevos seres humanos solamente a sufrir. Y la mayoría de estos estériles voluntarios son, precisamente, los jóvenes que más han estudiado, es decir, aquellos que más han estado expuestos a la influencia nefasta de esa “intelligentsia” para la que los logros de la humanidad son una mentira.
Inmunes a toda crítica y a toda lógica, no les importa que uno muestre hechos innegables: comparar el mundo contemporáneo con un mundo sin anestesia, sin antibióticos y sin analgésicos (creen que en un mundo “natural” no habría enfermedades y los humanos vivirían 600 años, como los patriarcas de la Biblia). Decir que ha habido progreso moral desde los tiempos de la esclavitud (dicen que al esclavo de ayer se lo mimaba más que al obrero de hoy; a quienes dicen esto deberían marcarlos con un hierro candente). Demostrar con cifras que las expectativas de vida han aumentado exponencialmente en el último siglo solo les produce desprecio pues lo único que hemos logrado es que ahora haya más gente. Tampoco les parece importante que un pobre de hoy —en Colombia— reciba una atención médica mucho mejor que un rey del Renacimiento, ni que tenga mejor transporte, mejor abrigo y mejores zapatos. Que la mortalidad materno infantil —incluso entre la nobleza— era muchísimo más alta que la de los campesinos contemporáneos.
A estos intelectuales no se les puede decir sin escándalo que las cosas vienen mejorando desde hace decenios en casi todo el mundo. Que la discriminación sexual o racial era mucho peor hace 50 años ; que nunca antes los homosexuales podían defender mejor su derecho a ser libres. Que nunca en la historia ha habido tantas mujeres estudiando y trabajando en los puestos más importantes, gracias —entre otras cosas— a que existen métodos anticonceptivos y a que ellas mismas han logrado que se las respete. También la pobreza —incluso en Colombia— ha venido bajando en términos absolutos y relativos en los últimos decenios. La misma violencia, como ha demostrado Pinker para disgusto de los intelectuales pesimistas, es en la actualidad una de las más bajas de toda la historia humana.
Cuando uno es optimista queda como un bobo ante los intelectuales de la indignación y de la queja. Por supuesto que nos enfrentamos a perspectivas gravísimas (el calentamiento global es la peor de ellas), pero quizá nunca antes la humanidad había estado mejor preparada para enfrentarlas. Por estas convicciones es que uno puede desear, e incluso esperar, un año 2014 un poco menos malo que este 13 que se acaba. El mundo en que vivimos es espantoso, pero es el menos espantoso que haya habido.
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jueves, 2 de enero de 2014
lunes, 12 de diciembre de 2011
SANTORALES

El comunismo como fe
Héctor Abad Faciolince
El lugar común dice que las Farc son una banda terrorista dedicada al narcotráfico y al secuestro, que ha hecho de estos crímenes un modus vivendi, y que ya la ideología comunista no tiene ninguna importancia dentro de su accionar armado, como no sea en un discurso de dientes para afuera.
Esta semana, contradiciendo este estereotipo, Mauricio García sostenía en Twitter que, por el contrario, “es el exceso de ideología (dogmática y fundamentalista) y no la falta de ideología, lo que les impide a las Farc negociar”.
Bien pensado, el comunismo marxista debe ser visto como la última religión surgida en Occidente, una religión fanática, con millones de fieles, “científica” y sin dioses, pero con toda una escatología llena de paralelismos con el cristianismo. En el libro Marxismo y cristianismo, Daniel Chirot y Clark McCauley resumen así las imágenes religiosas de la fe comunista:
“En el principio había un mundo perfecto, sin propiedad privada y sin clases, sin explotadores ni alienación: el Jardín del Edén. Vino luego el pecado original, la propiedad privada, y con ella la explotación del hombre por el hombre. La Humanidad fue expulsada del Paraíso para sufrir desigualdades y necesidad. (…) Llegó finalmente el profeta verdadero con su mensaje de redención, Karl Marx, que predicó la ciencia verdadera. Prometió la salvación, y sus discípulos, de la mano del proletariado, los depositarios de la fe genuina, con ayuda de algunos elegidos (los líderes del Partido), se unieron para perfeccionar el mundo. Al fin una gran revolución borrará el capitalismo de la faz de la tierra, acabará con la alienación, la explotación y las desigualdades. Tras lo cual terminará la historia porque llegaremos a la perfección en este mundo, y todos los creyentes se salvarán”.
La fábula de la fe comunista, en la que tantas buenas gentes han creído con ingenuidad, al perseguir un fin de infinita bondad, igualdad y hermandad entre todos los hombres, ha hecho que se cierre un ojo ante el terror y los sacrificios que hay que soportar mientras se llega a esa luminosa meta soñada. Las purgas de Stalin (con decenas de millones de muertos), los genocidios de Mao (con más muertos aún), los paredones de Castro, el mismo desmoronamiento de la Unión Soviética, no son sino pequeños baches en el camino de la redención. Como se persigue el bien supremo del Paraíso sobre la tierra, qué importancia tienen unos cuantos miles de secuestrados, unas cuantas pipetas en iglesias y escuelas, o una tonelada de más o de menos de cocaína exportada al Imperio. Un paso adelante, dos atrás.
La paz con las Farc es tan difícil, precisamente, porque ellos se creen los últimos representantes heroicos de la secular religión marxista leninista. La misma crisis económica europea, o los bajos índices de crecimiento en EE.UU., son los más recientes anuncios de que la profecía es verdadera: el capitalismo está a punto de colapsar. Los estertores finales del capitalismo financiero anuncian la alborada del paraíso comunista. Y el que no quiera ver esto es porque es un bobo de cucurucho.
Lo típico de una fe religiosa es que ésta (a diferencia de la ciencia) no se siente tocada por ningún contraejemplo factual. Si el comunismo trajo más miseria que bienestar, qué sé yo, en Lituania o en Corea del Norte, eso es por desviaciones y errores de sus dirigentes, no por fallas en la doctrina. Así como un puñado de obispos pedófilos no demuestran nada contra la Iglesia Católica, no serán un Kim Il Sung o un Pol Pot quienes hagan renegar de la fe verdadera en el marxismo leninismo. Es mucho más fácil convencer a un cristiano de que no hay Paraíso celestial, que convencer a un comunista de que su receta no lleva al Paraíso terrenal. Por esta ideología ciega y totalitaria es que es tan difícil negociar con las Farc. Son fanáticos de su fe, convencidos dueños de la Verdad, y no será la marcha de “un puñado de burgueses” lo que los haga cambiar de opinión.
Fuente:
http://www.elespectador.com/impreso/opinion/columna-315876-el-comunismo-fe
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Comunismo,
FARC,
Héctor Abad Faciolince
miércoles, 16 de marzo de 2011
¿QUIÉN DEFINE LA COSA?

EL ESPECTADOR, Bogotá, 13 de Marzo de 2011
Certificado de negro
Héctor Abad Faciolince
Hoy en día los políticos alemanes de extrema derecha sienten que la antigua identidad germánica se ve amenazada por la invasión de turcos, árabes, africanos, asiáticos y suramericanos, extranjeros de distintos orígenes que en algunas partes son más del 15% de la población.
Vamos a suponer que alguno de estos políticos de extrema derecha propusiera la expedición de un “Certificado de Ariodescendiente”, para asegurar el acceso a la universidad (o a algún puesto público, o para comprar tierra) de la población blanca más vulnerable. No para todos los arios, sólo para los que estén en una posición social de desventaja. ¿No pondríamos todos el grito en el cielo? ¿No diríamos que el viejo racismo alemán está resurgiendo de sus cenizas nazis?.
Pues bien, en Colombia, de la mano de activistas políticos bien intencionados, de gente comprometida con la promoción de los derechos civiles de la población discriminada, defensores de la “acción afirmativa” que fue en cierto sentido auspiciada por nuestra Constitución, defienden que se expidan (por parte de organizaciones sociales definidas por no sé cuál autoridad competente) “Certificados de Afrodescendencia” o “Certificados de pertenencia a la comunidad indígena”, sin que esto sea visto como una política racista. No lo es, dicen ellos, porque es posible que alguien de apariencia blanca o mulata solicite un “Certificado de Afrodescendiente” si se ha destacado por su trabajo en pro de la comunidad afro del país. ¿Disminuiría la gravedad del hipotético “Certificado de Blanco” de los alemanes si éstos dijeran que la cosa no es racial porque el hijo adoptado chino de ciudadanos arios puede tener también acceso al “Certificado de Ariodescendiente”?
¿Cómo se define, en una población mayoritariamente mezclada como la colombiana (el “falso mito del mestizaje”, llaman a esto los defensores de la “identidad” de las razas negra o india), cómo se define quién es blanco, negro, indio o mezclado en distintas dosis? ¿Se hace un test con marcadores específicos de ADN? ¿Se mide la cantidad de melanina en la piel? ¿Se apela a otras características somáticas como forma del cráneo, tipo de pelo (liso, ensortijado, churrusco), color de los ojos, anchura del anca, longitud de las piernas, ausencia o presencia de prepucio? ¿Se le pregunta a cada uno, tal como ha resuelto el gobierno ecuatoriano?
Se dice que Obama, hijo de un africano y una wasp, se define a sí mismo como “negro” a pesar de haber crecido entre su madre y sus abuelos blancos. ¿Qué sería Piedad Córdoba, hija de rubia y negro? ¿Blanca para unas cosas y negra para otras? ¿Qué sería yo, al saber que entre mis antepasados hay blancos, indios, árabes, españoles, judíos, negros y vascos? ¿Un bastardo sin identidad alguna? Pues sí, eso es lo que siempre he querido ser racialmente, y lo que defiendo con orgullo: un bastardo, una chanda, un gozque, un criollo sin raza definida, o mejor, de todas las razas, y afrodescendiente como absolutamente todos los seres humanos que hay en el planeta. ¿Habrá alguien dispuesto a darme un Certificado de Bastardía? Eso sí, un certificado que no sirva para ningún privilegio. Eso deberíamos expedir en Colombia: Certificados de Nada. Certificados de que no nos importa saber la raza a la cual pertenecemos, porque sabemos que nadie debe ser juzgado por su raza, ni discriminado (a favor o en contra) por el origen étnico que tenga.
Ya sé que esta posición será la más despreciada por los progresistas iluminados de la acción afirmativa, y por los racistas auténticos del “hispanismo”, el “arianismo”, el “judaísmo”, las “negritudes” o el “indigenismo”. Ya he sido definido como tibio en política. Ahora quiero ser bautizado también como bastardo. Mientras tanto, como existe un tráfico de estos certificados raciales (como antes lo hubo para obtener los de “limpieza de sangre”), y se pueden comprar baratos, yo voy a procurarme uno de afrodescendiente y otro de indígena. Nunca se sabe.
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Héctor Abad Faciolince,
Identidad marxista,
Mestizaje,
Neonazismo
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