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lunes, 12 de septiembre de 2011

VELADURA


EL NACIONAL - SÁBADO 10 DE SEPTIEMBRE DE 2011 PAPEL LITERARIO/3
BIENAL DE VENECIA 2011
Clemencia Labin y su Velada de Santa Lucía
Nacida en Maracaibo en 1946, Clemencia Labin se ha destacado como pintora y artista de instalaciones. Además de Venezuela, su trabajo ha sido expuesto en Holanda, Alemania, Colombia y España. Su obra Velada de Santa Lucía ha representado a Venezuela en la edición 54 de la Bienal de Venecia
GERALDINE GUTIÉRREZ

Imaginemos una escultura en forma de calle: casas abiertas a la creatividad, espacios tapizados de color, farolas de papel, bordados mágicos en las aceras, árboles sin miedo, tertulias multiculturales, hombres y mujeres intercambiando ideas, impresiones y cotidianidad a través del arte. Imaginemos las luces benditas de Santa Lucía, reflejos de trabajo, disciplina, corazón e inspiración. Imaginemos que vamos siendo día y noche una escultura feliz. De materia viva, así es, la Velada de Santa Lucía, el proyecto de arte colectivo de la artista Clemencia Labin, quien representa a Venezuela en la 54ª Bienal de Venecia. El curador del pabellón de Venezuela, Luis Hurtado, incluye también en su propuesta general "Espacios" dos proyectos individuales: Gran Interior, de Francisco Bassim y Solaris, de Yoshi.

Un dúo de videos y de sonidos reviven, inmediatamente a la entrada del pabellón de Venezuela, la experiencia de una semana de lujuria creativa en la plataforma de intercambio cultural creada y organizada por Clemencia Labin en la avenida 2D de Maracaibo, donde --desde hace ya once años-- tiene lugar la Velada Santa Lucía.

En un cuarto oscuro, color graffiti, especialmente construído para la Bienal, se proyecta una entrevista de nueve minutos con la artista.

Un plasma de 60 pulgadas empotrado en la pared de afuera --pintada de amarillo limón haciendo alusión a los colores de las casitas de Santa Lucía-- muestra, como a través de una ventana, la Calle del Arte intervenida por la vida. El resto de las paredes del espacio asignado a la artista están pintadas de rojo bermellón, verde menta y rosa viejo. En el patio del pabellón, cerca de la fuente, se escuchan dos sonidos en loop: la resaca de las olas del Lago de Maracaibo y el llanto de las lloronas durante el performance de Labin Cuadro Vivo de Santa Lucía en la Velada de este año, en Maracaibo. Finalmente, encontramos un mausoleo con los santos del performance Velada Santa Lucía Tránsito Veneciano realizado por Labin el pasado 3 y 4 de junio con motivo de la inauguración de la Bienal.

La Velada de Clemencia Labin es un paradigma de estética sentida y concurrida, arriesgada tanto al contraste ideológico como a los matices culturales. En la Calle del Arte se dan cita anualmente más de 300 curadores y artistas de Venezuela y el mundo, para exponer sus obras, instalaciones y performances en una de las más de 40 casas de la avenida 2D que se han venido sumando al proyecto voluntariamente. A la Velada de marzo de 2011 concurrieron más de 4.000 personas, según Kike Urdaneta, encargado de recibir y ubicar a los artistas participantes. Y es que el estampado urbano-estético de este encuentro provoca movimientos profundos, estimula a ordenar sin restringir, alienta el asombro e incita al diálogo, en un ambiente creativo es decir, de libertad, compromiso y respecto.

"Trasladar la avenida 2D de Maracaibo a Venecia fue sin duda un gran reto que requirió no sólo de la iluminación de Santa Lucía, sino también de trabajo, constancia, dedicación pero, sobre todo, de confianza en la magia del arte", afirma Clemencia Labin, quien me recibe sonriente en su atelier de Hamburgo vestida con una falda de arabescos verdes a lo Matisse, chaqueta negra, blusa y medias panty amarillo limón. En el suelo yace uno de sus últimos trabajos llamado Pulpas planas donde la artista combina diversos materiales, texturas, estampados y colores, en forma de grandes gobelinos, logrando una opulencia extraordinariamente bella y seductora, similar al kimono de una geisha o de una cortesana japonesa. Este gobelino, como me explica, será colgado en la pared sobre tres cucharas de madera sobresalientes formando tres pliegues o dobleces, voluminosos y ligeros a la vez. ¿Alusión a la vela de un barco viajero o, tal vez, a un paisaje movedizo, denso y suave, arraigado en ella? Esto, y quizá mucho más, se podría declinar en la obra de esta artista que desde los 14 años aprendió a degustar otros mundos e ideas sin perder su gusto propio, su esencia. En Nueva York, donde hizo un Master en Administración en la Universidad de Columbia, conoce el amor en alemán.

En Hamburgo, luego de formar una familia de tres hijos, estudia en la Academia de Arte de Hamburgo bajo la tutela de los profesores y artistas Kai Sudeck, Franz E. Walther y Sigmar Polke. Tres estéticas diferentes: por un lado, la pintura informal y abstracta; por el otro, el arte procesual --el que más allá de lo estético-concreto busca "activar" la relación espectador-obra para producir su reacción y reflexión--: y por último, el humor del realismo capitalista, todo esto se suma al interés principal de Labin: el de expresar bienestar y felicidad a través del arte.

En su opinión: "el artista tiene casi una obligación de compartir sus logros y de hacer llegar su mensaje a un gran número de personas. Puesto que de esta manera contribuye no sólo al mejor entendimiento de su proceso creativo, sino que al compartir, fomenta una consciencia creadora en colectivo, tan necesaria en las comunidades y en el mundo. Para el ser humano es esta `musa’ o momento de libertad, un factor importante para lograr su equilibrio mental. Desgraciadamente se le da más importancia a otros factores como los económicos, políticos o sociales olvidando, con frecuencia, que la mejor fuente de felicidad que existe está en la creatividad".

Con esta conciencia de responsabilidad artística en relación con la sociedad y al mundo llega Clemencia Labin a la Bienal de Venecia, investigando, experimentando y sintetizando en materia de arte y vida, y lo que es más importante aún, siguiendo siempre su deseo de plenitud y atenta a su "pulpa" interior. Puesto que su obra "vive" en ella, dentro de un cuerpo de posibilidades sensoriales e imaginativas, infinitas y flexibles.


La Velada de Clemencia Labin es un paradigma de estética sentida y concurrida, arriesgada tanto al contraste ideológico como a los matices culturales.

Además de sus performances Cuadros vivos y de la escultura social Velada Santa Lucía, la artista ha desarrollado una serie de obras conocidas como Mundo pulpa chic, Pulpas planas y Pinturas de muro revelando de esta manera su ilimitado ingenio creativo y su carácter emprendedor. "Creo que un artista no debe limitarse a un medio, sino que su presentación o concepto, momento o mensaje debe de variar de acuerdo a las necesidades del momento. Ya al decir que soy artista estoy implicando una actitud de creación general y no limitante, como sería el decir yo soy pintora o escultora", sostiene Labin, mientras paseamos frente a una de sus Pinturas de muro.

Se trata de espacios imaginarios que la artista crea con telas, tirro de pintor y creyones de óleo negro, directo sobre la pared. "Todo es una ilusión", apunta Labin --con una sonrisa pícara y serena a la vez--, "a pesar de lo abstracto de mis obras, las texturas y las formas voluptuosas, evocan sensualidad e incitan al tacto".

En efecto, sus estructuras de algodón de poliéster tapizadas con lycra, es decir, tela de bikini de color vivo y extremadamente flexible, intervenidas con una nota de color acrílico, transgreden el tradicional formato superficial de la pintura.

A partir de esta fusión de elementos plásticos y pictóricos Labin obtiene formas sugestivas o estructuras abstractas, cuyos colores y texturas incitan al ejercicio de los sentidos.

Evocan cuerpos entrelazados, circunvalaciones cerebrales, nubes de paso, paisajes montañosos, capullos, brotes, protuberancias. Midipulpa frambuesa, Midipulpa Cecilia, Megapulpa porcelana, entre otros títulos de sus obras, hacen alusión a frutas carnosas y jugosas, a latinas tomando sol en una playa o simplemente a una memoria espiritual y corporal de abundante belleza y vitalidad. Además, el ensimismamiento de estas figuraciones voluptuosas sugiere el placer de abrazar, simultáneamente, la felicidad y la libertad. Y es que a través de la forma ornamental, el color y la textura Labin disuelve todo límite o sujeción real provocando sensaciones de integridad afines al bienestar y a la dicha y, en todo caso, análogas a la "sensación de vuelo, de elevación" de la que habla Henri Matisse en su tratado Écrits et propos sur l´Art (1972): "Je suis parvenu par les lignes, par les couleurs, par les directions d’énergie, à donner ainsi au spectateur la sensation du vol, de l’élévation, qui lui fait oublier les proportions réelles".

Tanto la Velada Santa Lucía como el trabajo pictórico-plástico y performativo de Clemencia Labin reivindican, por una parte, la fuerza transformadora, gratificadora y conciliadora del arte; y, por otra parte, revelan su perfil artístico único como creadora, patrocinadora y mecenas de un arte vivo, comprometido y dispuesto al intercambio estético, social e ideológico en un contexto internacional y multicultural. Bajo el cielo alemán Labin logra ordenar la pasión ­ latina, simbólicamente hablando ­, respetando el caos y la diversidad, es decir, sin unificarla ni limitarla, al mismo tiempo que mantiene viva la llama de la serenidad y la magia de las luces.

Fotografía: Nelson Castro

sábado, 22 de enero de 2011

espiralia vibratorial (est)




EL NACIONAL - Sábado 22 de Enero de 2011 Papel Literario/4
Vibración latinoamericana en Alemania
GERALDINE GUTIÉRREZ

El arte moderno latinoamericano es, sin duda, menos eufórico que el europeo. Pero ig ua l mente osci la nte y motivado por la utopía del arte, de lograr un modelo político-social (pacífico, justo y v iable) mediante la planificación razonada y un lenguaje elementa l cuya estructura interna pueda ser inteligible en colectivo. Y así lo presenta la muestra "Vibración. Arte Moderno de Latinoamérica" en el Museo Federal de Bonn, abier ta a l público hasta el 30 de enero de 2011. Más de 200 obras provenientes de "The Ella Fontanals-Cisneros Collection", radicada en Miami y conocida mundialmente como la mejor colección de arte moderno latinoa mer ic a no, se ex h iben por primera vez en Europa despejando la incógnita de nuestra "terra", aún desconocida, en el universo del arte del siglo XX.

Argentina, Brasil, Uruguay y Venezuela figuran como paradigmas de la abstracción latinoamericana: postulan un nuevo modelo de percepción de la realidad, se distinguen de la prevaleciente narración figurativa, planteada por el muralismo mexicano, por el uso consciente de la forma, la línea y el color. Esta nueva "narración abstracta" se desarrolla en el medio urbano y en diálogo permanente con los movimientos de arte europeo, comenzando por el arte concreto de los años treinta y cuarenta hasta llegar al Op-Art y el cinetismo de los sesenta y setenta.

El ingenioso montaje de la exposición, diseño del Atelier Brückner de Stuttgart, sugiere la estructura urbana de una metrópoli: Buenos Aires, Brasilia, São Paulo, Montevideo o Caracas. Allí, pinturas, esculturas, dibujos y un legajo de fotografías de famosos artistas, Joaquín Torres García, Paolo Pires, Lucio Fontana, Julio Le Parc, Alejandro Otero, Carlos Cruz Diez y Jesús Rafael Soto, entre otros, proponen las rutas a seguir en la urbe: según las afinidades estéticas, eludiendo cronologías. Re-intervienen el paisaje, despojado ya de sus raíces precolombinas y tradiciones indígenas, transformándolo en una superficie habitable, a través de la línea, la forma geométrica y una reducida escala de colores. Surge un espacio en común: la estructura ideal para apreciar la realidad cultural latinoamericana. Cual Rayuela cortaziana o universo borgiano, así, se podría leer el Grafismo inciso con dos figuras (1930), de Joaquín Torres García y las líneas circulares, in-completas, en la gráfica Sin título (1958), de Mauricio Nogueira Lima. En abstracto se intenta, entonces, obviar las interrupciones que han marcado el continente: "pensar a Latinoamérica" equivalente con lo expuesto lúcidamente por José Balza en su ensayo Pensar a Venezuela.

E imaginar la urbe es fotografiarla. Los andamios del brasileño Paulo Pires, en Homens Trabalhando (1950), convierten la experiencia visual en un juego de cuadriculados, un vaivén de claroscuros, emocional y estético. El enfoque de motivos urbanos como estructuras abstractas demuestra el afán de alterar la experiencia espacial y temporal, de re-inventar la realidad cultural. La vibración abstracta latinoamericana, siempre "en construcción", pasa por el punto de equilibrio sin detenerse.

A diferencia de la modernidad "clásica" (Kandinsky o Klee), cuya euforia policromática traduce la necesidad interior de reconstruir lo destruido, la abstracción latinoamericana recurre a la narración del paisaje, "entrelíneas", cinéticamente estructurada, y a la resonancia visual del movimiento. Contemplar el paso de la luz a través de cascadas, ríos, selvas o morichales de líneas, genera ritmo: emot-o y sonido; evoca la arquitectura íntima y vital de la naturaleza (humana) pero también la utopía de la modernidad. Apenas subsiste la percepción sutil de una coexistencia esencial y razonada entre hombre y ciudad, similar al juego visual, exasperante de la ligera Vibración (1961), de Soto o de la gran pa nta l la mura l Continuel Mobile (1963), del argentino Julio Le Parc. Este enorme "plasma", compuesto de miles de hilos nylon y plaquitas de acero, ocupa el centro de la urbe, ¡y no la iglesia o el cabildo! Reproduce fachadas, uniforma pensamientos pero, a la vez, redefine la ciudad como "objeto de arte". Significa que puede ser transformada en armonía con determinados parámetros, dados ya en el espacio colectivo. Al integrar el ritmo de árboles, de pasantes, de fachadas (lo íntimo y lo urbano) a la estructura de la obra de arte se logra la redefinición del lugar: la ciudad imaginada o, refiriéndome a Federico Vegas, "presentida".

Y en esta metrópoli no podrían faltar los suburbios.

Tres cubículos ubicados en la periferia albergan la obra puntual de tres artistas exiladas del régimen nazi: las esferas de Gego, la fotografía experimental de Grete Stern (ambas alemanas emigraron a Caracas y a Buenos Aires, respectivamente), así como los objetos gráficos de la suiza Mira Schendel, exilada en São Paulo. Sus obras constituyen un aporte significativo a la modernidad, no sólo en el sentido histórico, sino también estético. Europa les rinde, aquí, un homenaje. Latinoamérica vibra anacrónica e infinita.

EL NACIONAL - Sábado 22 de Enero de 2011 Papel Literario/4
Las espirales del alma
LUIS GALDONA

Símbolo del infinito, de la evolución, de la dialéctica, la espiral encierra alusiones que se mantienen en el lindero entre materia y energía, entre lo profano y lo sagrado, entre lo cognoscible y el misterio. Espirales ascendentes que indican búsqueda de luz y de conciencia; espirales descendentes que se mueven hacia lo oculto, lo innombrable, lo sombrío. Línea y proceso que se mueven en los umbrales, que sugieren posibilidades y conectan mundos.

En la espiral se abre el círculo, el movimiento se hace proceso y abandona la repetición. La línea se aleja del punto central de origen y gira en busca de espacios nuevos, de nuevos asideros. El cambio se mueve en espiral no en círculos, en constante giro de dirección y sentido, para evolucionar o involucionar, desplazarse, detenerse y observar; avances y retrocesos que son inherentes a la vida. La separación entre las vueltas de la espiral es a veces tan pequeña que impresiona como que se repite el círculo.

En la espiral se representa desde la biología hasta la psicología. Quizás es una de las imágenes que hace puente entre una y otra. Quizás es el punto de encuentro entre lo tangible y lo inconmensurable. Desde la estructura espiral de las galaxias, pasando por la doble espiral del caduceo hermético, con las serpientes arrollándose alrededor del báculo del mensajero, hasta la doble espiral de la estructura íntima de la herencia biológica codificada en el ADN, es una imagen omnipresente que el hombre ha presentido y reverenciado desde el origen de los tiempos. Zona limítrofe de activo y constante comercio, como todos los umbrales.

De uno de esos umbrales es de lo que Espiralia se trata: el claroscuro donde la imagen visual se transmuta en palabra y viceversa, en el eterno intercambio de la poiesis. El hombre es un contador de cuentos, un hacedor de mitos. La función mitopoyética, de hacer mitos parece estar inscrita en la naturaleza de la psique del ser humano. Es imprescindible poder contar la vida. Esta "poiesis" está obviamente vinculada con el hacer "poético". De hecho, al poeta antiguamente se le llama "hacedor". Y aquí se encuentra una conexión con el arquetipo del "hacedor de imágenes", el "image-maker" de la psicología arquetipal, es decir, aquello que en la psique es capaz de crear imágenes poéticas individuales del acontecer del alma, partiendo de los modelos universales dados por los arquetipos.

Si el círculo en su reiteración se refiere a la compulsión repetitiva, la espiral busca una salida de la neurosis. El inconsciente provee las imágenes y los síntomas tanto de la energía coagulada en procesos que sofocan lo psíquico, como de las posibilidades de nuevas búsquedas, actualizaciones, diferentes movimientos que la dinámica de la espiral anuncia.

En sus apariciones en la naturaleza solemos ignorar las espirales, pasarlas por alto. Sobre todo si se trata de una espiral vegetal, que ocurre en forma silvestre. Estas extensiones verdes que tantean en el espacio y buscan asideros para ascender y encontrar la luz, al ser observadas pueden convertirse en una metáfora del movimiento del alma humana, que también busca asideros e intenta ascender y alcanzar la conciencia. Eso pequeño, subestimado, que pasa habitualmente desapercibido, se revela como un misterio que, a pesar de estar en el entorno, no atrae la atención. Porque la naturaleza ocurre a pesar de la atención que podamos prestarle, a pesar de la conciencia. Es con la mirada del artista como hace una verdadera epifanía. La prótesis del ojo --la cámara-actúa como la psique, que ve en lo material fijado en un instante, un eco de su repertorio íntimo que de esta manera se rescata. La imagen poética, por su parte, suscita resonancias entre el creador y el espectador, palabra mediante.

Aceptar sin saber es lo que reconoce la existencia del misterio y permite atravesar el umbral entre el conocimiento y la sabiduría. Hacia la mitad de la vida ésta se curva buscando simplicidad, signo de madurez incipiente. Se inicia una lenta transición de la construcción del conocimiento a la posibilidad del aparecer de la sabiduría. Acoger estas sencillas volutas vegetales permite recordar que lo elemental, lo sencillo, tienen una sabiduría.

En la obra que hoy tenemos en las manos los autores sugieren que la clave del secreto es la vigilancia de lo vegetal, lo vegetativo. Vueltas de espiral a través de las cuales puede accederse a la sabiduría del cuerpo, de lo fisiológico, base material de lo psíquico. Un lenguaje que ha sido olvidado y que los artistas recuperan para la memoria.

Espiralia es una obra coral.

En su proceso de gestación este quinteto de creadores se dejan tocar por las imágenes visuales y escriben sus epígrafes por separado. En su alumbramiento descubren con asombro la coherencia interna de la obra que se les revela, hecha de esa mezcla muy original de figuras y palabras que se manifiestan como milagro.

Además de la belleza intrínseca de las imágenes, como lectores descubriremos ciertas verdades esenciales, que se hacen evidentes a partir de la simplicidad.

Sencillez que forma parte de una cotidianidad desestimada que, a través de esta mirada imaginativa, puede catalizar una percepción distinta de los meandros espirales del alma.