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miércoles, 25 de diciembre de 2019

BISTURÍ

Entrevista con Anne Applebaum
Anne Applebaum (Washington, 1964) lleva muchos años investigando el legado del comunismo en Europa y las transiciones a la democracia de los países que formaron parte del bloque soviético. Ganó el Premio Pulitzer por Gulag (Debate, 2004), que describía el sistema penal de la urss, y acaba de publicar el espectacular ensayo El telón de acero (Debate), donde narra la implantación del totalitarismo en Europa del Este entre 1944 y 1956. Fue corresponsal de The Economist en Varsovia a partir 1988 y editora de The Evening Standard. Está casada desde 1992 con Radosław Sikorski, ministro de exteriores de Polonia. Dirige el Foro de Transiciones del Legatum Institute en Londres y publica regularmente en The Washington Post y otros medios sus análisis sobre política y relaciones internacionales.
Daniel Gascón 
13/06/2014
 
Los acontecimientos de los últimos meses, y en especial la crisis en Ucrania, han hecho que El telón de acero se lea de otra manera. Nos habla de una forma más directa.
Es muy extraño y trágico ver algunas de las cosas que están ocurriendo porque el método que emplean los rusos para crear un movimiento separatista en Ucrania es exactamente el mismo que usó el Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos (NKVD) en 1945: es el mismo procedimiento y el mismo tipo de gente, y resulta muy raro ver ese clásico método del NKVD en acción.
Ha dicho que el origen de El telón de acero está en Gulag. Una de las cosas que usted se preguntaba es por qué el sistema comunista pudo tener tanto éxito: cómo el estalinismo se extendió rápidamente por el territorio devastado de la Europa posterior a la Segunda Guerra Mundial.
Parte de la explicación tiene que ver con lo que estaba contando: se creaban fuerzas de policía secreta mucho antes de que llegara el Ejército Rojo a estos países. En segundo lugar, estaba el uso de violencia dirigida. Cuando llegó el Ejército Rojo, no se producían atrocidades en masa, sino que seleccionaba a personas concretas que parecían posibles líderes nacionales. Tenían información previa, sabían a quiénes buscaban. Otra parte de la explicación tiene que ver con la forma en que manipulaban no tanto los medios de comunicación en general como la radio en particular. Capturaron la sede central de la radio nazi en Berlín y tuvieron mucho cuidado de que no se destruyera en los últimos días de la guerra, para que pudiera convertirse rápidamente en la radio alemana procomunista. Cuando trasladaron aviones llenos de comunistas alemanes desde la Unión Soviética, una de las primeras cosas que hicieron fue poner a algunos al mando de las emisoras de radio. Eran muy conscientes de la importancia de los medios de masas. Otra parte de la respuesta tiene que ver con que la escala y el impacto psicológico de la guerra habían debilitado la idea de la democracia occidental. No solo en el Este de Europa, pero sin duda también allí. Si lo ves desde el punto de vista de Checoslovaquia, por ejemplo, ¿qué había hecho Occidente por los checoslovacos? Bueno, Francia y el Reino Unido los habían vendido en Múnich. Nadie los ayudó durante la guerra. Desde la perspectiva de 1945, los gobiernos anteriores a la contienda parecían débiles. La gente veía la guerra como un fracaso del sistema anterior y buscaba otro. Otra parte de la explicación, que me sorprendió, es que una de las primeras cosas que hicieron el Ejército Rojo y los funcionarios administrativos soviéticos fue controlar no solo la economía sino las instituciones de lo que ahora conocemos como sociedad civil: organizaciones civiles y religiosas, clubes de montañismo y todo tipo de entidades que no estaban conectadas con el Estado. Y empezaron, ya desde el principio, en 1946, a aplastarlas y controlarlas. Esto fue muy importante para crear un sistema totalitario. Finalmente, citaría otra herramienta que a menudo se olvida, que es la limpieza étnica. No se aplica a todos los países, pero sin duda en Polonia y en Checoslovaquia la deportación de los alemanes fue muy popular. Creó un impulso positivo y dio a los partidos comunistas una enorme cantidad de propiedad, dinero y cosas que podían repartir. Esa propiedad alemana se convirtió en propiedad comunista, en propiedades que podían nacionalizarse o entregarse a la gente. Controlarla suponía una gran diferencia. También fue importante la dislocación de la guerra, los traslados de la gente, los polacos llevados desde Ucrania a Polonia... Un refugiado es una persona que tiene una dependencia inmediata de otras personas, que ha perdido los amigos y la comunidad que lo rodeaban. En ese momento en Europa había millones de refugiados, de personas que habían sido desplazadas de los lugares en los que habían vivido. Y eso también hacía que fuera más fácil controlarlos.
¿Por qué eligió hablar de Alemania Oriental, Polonia y Hungría?
Me interesaban los tres países porque la historia de la guerra había sido muy diferente. Polonia era aliada, Alemania era nazi y Hungría estaba entre las dos. La experiencia bélica fue distinta, pero el proceso de estalinización fue muy similar en los tres países. Podría haber escrito sobre Checoslovaquia u otros países y habría sido muy parecido. Fue también muy parecido en los países bálticos, con la diferencia de que allí hubo más violencia y de que esas naciones fueron incorporadas a la Unión Soviética.
Es llamativa la destrucción de las élites locales y su sustitución por gente más próxima a Moscú.
Stalin favorecía a gente que conocía personalmente, en la que confiaba o sobre la que pensaba que tenía alguna ventaja. No siempre le gustaban los comunistas “domésticos” que no conocía. Comunistas polacos que no habían estado en Moscú durante la guerra sufrieron arrestos y presiones políticas. Ocurrió lo mismo con comunistas húngaros y alemanes. Algunos habían pasado la guerra en la clandestinidad y otros fueron a campos de concentración en la época de Hitler. Después de 1945 no gozaban de la confianza de Stalin porque no eran de los suyos. Stalin no los conocía. No le interesaban los ideales de la gente, le interesaban personas en quienes pudiera confiar.
¿Cuál fue la relación de estos regímenes con el antisemitismo?
Es compleja, variada y difícil de resumir. Los partidos comunistas intentaron usar el antisemitismo, y eso es algo que está ocurriendo otra vez en Rusia. En 1968, muchos comunistas judíos fueron expulsados del partido, en un intento de hacer que pareciera más polaco, menos extranjero. No tuvo éxito. A veces emplearon el antisemitismo para parecer populares, otras intentaron enfrentarse. Es un poco diferente en cada país. En Hungría muchos de los comunistas más importantes eran judíos. En Alemania había muy pocos. En Polonia había pocos pero eran importantes. También es cierto que la gran mayoría de los comunistas y de la policía secreta no eran judíos. El partido siempre estaba buscando formas de manipular el antisemitismo en beneficio propio. Y eso creaba situaciones extrañas. Rákosi, el líder comunista húngaro, usaba mucha retórica antisemita, aunque era judío. Hablaba de capitalistas, del mercado negro, de comerciantes y saboteadores y usaba caricaturas y estereotipos judíos. A veces intentaba que el partido pareciese enemigo de los judíos. Es muy complicado y cambió en épocas y lugares.
¿También fue diferente el impacto del estalinismo en las artes?
En realidad fue similar, pero decidí centrarme en cosas distintas en cada país. En el caso de Hungría, elegí el cine, porque la industria cinematográfica húngara era importante e influyente: muchos de los grandes directores húngaros de los años treinta se marcharon a Estados Unidos y fueron fundamentales en Hollywood. Un famoso director soviético, Pudovkin, fue enviado a Budapest para enseñar a los húngaros a hacer películas realistas-socialistas. Hablé de pintura alemana porque me atraía el curioso fenómeno que protagonizaron muchos pintores de vanguardia en los años veinte y treinta, contrarios a Hitler y el fascismo. Algunos fueron a campos de concentración y otros se marcharon del país. Cuando volvieron después de la guerra, querían ir al Este. Pero el problema era que la estética de Alemania del Este era diferente. Esos pintores eran los expresionistas, los vanguardistas, los posimpresionistas; llegan y descubren que tienen que hacer cuadros dentro de la corriente del realismo socialista. Algunos se quedaron, otros se marcharon. Y otros intentaron adaptarse, estudiaron la estética, intentaron encajar. A veces lo consiguieron y a veces no. Intenté mostrar ese extraño dilema. Con respecto a Polonia estudié más la arquitectura y las artes decorativas, porque encontré una historia muy interesante sobre cómo la gente intentaba que el sistema funcionara. Wanda Telakowska era una polaca experta en artes decorativas, en muebles y diseño. Antes de la guerra había formado parte del movimiento Ład, una corriente comparable a otras que existieron en la época en otras partes de Europa: pretendía adaptar la cultura tradicional polaca a la época industrial y descubrir la manera de hacer muebles modernos. Después de la guerra entró en el Ministerio de Cultura, aunque no en el partido, y siguió promoviendo esas ideas: “no es el sistema que esperaba, pero vamos a ver si se puede emplear para hacer algo bueno”, para impulsar el diseño polaco dentro del sistema que existía. Logró que artistas fueran a las fábricas, que hicieran nuevos diseños, etc. Y no lo consiguió porque ni las fábricas ni el sistema comunista estaban interesados en el diseño, sino en producir todo lo posible. Al final dejó el puesto, con una sensación de fracaso. La siguiente generación, que la consideraba una estalinista, tampoco estaba interesada en su trayectoria. Fue una persona que no solo intentó encajar en el sistema, sino que trató de usar su posición en el ministerio para ayudar a la gente. Pero no pudo lograr lo que quería. Las artes me interesaban para ver cómo reaccionaba la gente. Porque el realismo socialista era una idea importada de Moscú, no era una idea autóctona. Nadie creía en ella a nivel local. En todo caso, el realismo socialista no duró tanto. En Alemania del Este sí, pero en Polonia terminó con la muerte de Stalin. Me interesaba la idea del arte dirigido, de que te digan qué debes pintar. La respuesta dependía de cada uno: algunos colaboraron, otros se rebelaron, otros intentaron encajar de alguna manera. Y, en realidad, esa es la historia de todo el mundo.
¿En qué momento y por qué empieza a perder el control la Unión Soviética?
Cuando murió Stalin. Su muerte hizo que la gente sintiera que el cambio era posible. Y, por supuesto, el acontecimiento decisivo es el discurso secreto donde Jrúshchov condenó sus crímenes en 1956. La gente pensó: Esto no puede durar para siempre, tenemos que ser capaces de cambiarlo. Nada más morir Stalin, las personas que estaban a su alrededor empezaron a buscar maneras de cambiar las cosas. Beria, por ejemplo, sabía perfectamente que el comunismo era impopular en Alemania y que era peligroso seguir oprimiendo a la gente. Tras la muerte de Stalin, muchos pensaron que las cosas podían cambiar.
El libro se inicia con dos citas de Aleksander Wat y Václav Havel y está dedicado a los disidentes, o “los que no quisieron vivir en la mentira”. ¿Cuál fue su importancia?
Algunos de los disidentes se comportaron bien después de 1989 y otros no. Es difícil juzgarlos ahora. Fue gente valiente que quería cambiar el sistema. Unos lo intentaron cambiar a través de la escritura y otros a través de la acción. Encontraron métodos no violentos para enfrentarse a regímenes que eran extraordinariamente violentos. En retrospectiva, resulta asombroso que fueran pacíficos. Después de 1956, que es cuando se produjo la última rebelión armada en el Este de Europa, intentaron cambiar la sociedad de maneras más amplias, no violentas, y ahora vemos que eso fue al mismo tiempo prudente e inteligente. En 1985 estaba en Rusia y en 1987 fui a Polonia por primera vez. Pero incluso entonces era imposible saber cómo iban a cambiar las cosas. Y, sin embargo, en ese momento había toda clase de gente que buscaba formas de decir la verdad, que quería contar la historia de su país, que publicaba libros, ya existía toda una sociedad alternativa. Y era gente muy admirable y valiente, aunque no todos supieron ser grandes políticos más tarde. Havel sí: fue un gran político.
Dice que ya no tiene sentido hablar de Europa del Este. ¿Por qué?
No describe nada que sea políticamente interesante. Todavía puedes hablar, desde el punto de vista geográfico, de países del Este, aunque creo que habría que incluir a Grecia. Pero no me parece que esos países tengan mucho que ver entre sí, política, económica o estratégicamente. En la actualidad, desde una perspectiva política y económica, Polonia tiene más que ver con Suecia que con Albania. En algún momento tenemos que dejar de usar el término de “poscomunista”. No decimos que Austria sea pos-Habsburgo. En cierto sentido, ya no son “pos”, y no creo que las similitudes entre ellos sean tan importantes. Los problemas a los que se enfrentan son los problemas a los que se enfrentan los países de Europa occidental. Sus éxitos se deben a las mismas razones. A algunos países no les va bien, pero eso también les ocurre a algunos países de Europa occidental, a menudo por las mismas razones.
Los países que pertenecieron a la esfera de influencia soviética han protagonizado transiciones muy distintas. ¿Cuáles son los factores que determinan el éxito o el fracaso?
Se pueden identificar varios factores para el éxito. En primer lugar, que fueran países que tuvieran una élite alternativa. En otras palabras, que tuvieran personas que hubieran pensado hacia dónde podía ir el país, que hubieran pensado en la reforma económica, que tuvieran algunas ideas, que se reunieran. Eso sucedió en Polonia y en Hungría. En segundo lugar, las ganas que tuvieran de incorporarse a la Unión Europea y lo rápido que quisieran entrar en ella. Los países que de verdad querían formar parte de la ue y estaban dispuestos a hacer lo necesario para ello –reformar la economía, el sistema legal y el ejército– fueron los que mejor lo hicieron. En tercer lugar, era importante no tener petróleo ni gas natural. Cuando tienes esos productos, surge de inmediato una clase de gente muy corrupta, muy rica, que puede alterar la transición. Es mucho mejor no tener petróleo. Y eso es cierto prácticamente para todos los países. El petróleo corrompe, casi por definición. Solo un pequeño grupo de gente puede controlarlo y crea un desequilibrio. Pero el factor principal es el deseo de unirse a la Unión Europea y de hacer los cambios políticos y legales necesarios para ello. En la época no lo habría dicho. Muchas de las cosas que nos parecían importantes entonces ya no lo parecen. A principios de los noventa, cuando yo todavía trabajaba como periodista, se hablaba de la privatización y de cómo se debía realizar: con acciones, con cupones, se hablaba de la privatización masiva. En realidad, no importa. Todo el mundo detestó el proceso de la privatización. Todo el mundo pensaba que la privatización era injusta, en todas partes. Pero la forma en que se decidía cómo hacerlo no resultó ser lo más importante a la hora de determinar el éxito. Lo importante era la Unión Europea, que se reveló como una institución excepcionalmente buena para promover la democracia y las ideas cívicas en el este. Puede que ya no lo piense nadie, pero es lo que ocurrió.
En la Transición española también fue importante la aspiración a entrar en Europa, la idea de ser un país equiparable a sus vecinos, un regreso a la modernidad.
Tiene que ver con lo que ocurría en Polonia. En Polonia, pese a todos los problemas de la Unión Europea, la gente quería formar parte de ella porque quería ser normal. Deseaban un país normal y normal significaba europeo: europeo occidental, en la Unión Europea, con un sistema político y económico similar al de Alemania, Francia, Italia, España. En Polonia hubo una cosa muy importante, que yo no esperaba en absoluto: entrar en Schengen. Desde el punto de vista psicológico fue increíblemente relevante. La gente subía a un tren y se iba a Alemania a pasar el día y volvía. De repente, podían decir: Ahora somos europeos, podemos cruzar la frontera y nadie nos pide el pasaporte ni nos registra el equipaje, podemos ir y volver. Fue clave para Polonia. El hijo de una amiga mía hizo autostop de Polonia a España con un grupo de amigos. Para sus padres, que son de mi edad, habría sido inimaginable. En una generación hay gente no piensa que eso sea gran cosa, que lo ve normal. Es un cambio psicológico enorme.
Ese deseo de integración en Europa se veía al principio de la crisis ucraniana.
En Ucrania hay una generación que quiere lo mismo: ser normal, formar parte del sistema comercial europeo, del mundo académico, tener un sistema político que no sea totalmente corrupto. La cuestión es que no sé si son mayoría en Ucrania. Sin duda, lo son en Kiev y en buena parte del oeste del país, pero no estoy segura de que eso ocurra en el resto de la nación. Pero esa protesta ucraniana entre noviembre y febrero fue una protesta a favor de Europa: la gente agitaba la bandera de la Unión Europea como símbolo de libertad y democracia.
A veces desde Occidente Putin no resulta fácil de entender. Usted ha intentado explicar su forma de ver el mundo. ¿Qué es el putinismo?
Putin ha cambiado su ideología, y ahora emplea un lenguaje nacionalista que antes no utilizaba tanto. Es un hombre que, siguiendo la gran tradición del NKVD y el KGB, ve el mundo en blanco y negro y en los términos de un juego de suma cero: lo que es bueno para ustedes es malo para nosotros. Los acontecimientos en Ucrania son una amenaza doméstica. Putin no percibiría la existencia de una Ucrania prooccidental, no corrupta, democrática y perfectamente integrada en Europa como algo positivo para Rusia, sino como una amenaza. Cualquier Ucrania parecida a una democracia liberal sería una amenaza para él, porque ve el sistema y la política occidental como un peligro. Una revolución democrática o una política democrática acabarían con él. Rusia es un país dirigido por un grupo muy pequeño de gente: si alguien observase con atención cómo se gobierna, si los rusos decidieran que no quieren ese tipo de régimen, Putin sería la primera víctima. Ahora su preocupación es mantenerse en el poder. Cree que eso requiere no solo aplastar cualquier intento de revolución en Ucrania sino también debilitar a Europa. He pensado mucho en por qué decidió anexionar Crimea en vez de limitarse a ocuparla. El patrón en el pasado era que las tropas rusas iban a un lugar como Osetia del Sur y creaban lo que se llama un conflicto congelado. En Crimea decidió anexionar la península y cambiar la frontera. Eso es un ataque directo a la idea de la ley en Europa tras el fin de la Guerra Fría, al principio de que las fronteras no se cambiarán por la fuerza. Quiere debilitar Europa y la confianza de Europa en sus líderes y sus instituciones, porque se siente amenazado por la legalidad, por el Estado de derecho, por las campañas contra la corrupción. No lo dice, y en cambio usa ese lenguaje contra los homosexuales. Pero no creo que eso sea el asunto real, y ni siquiera pienso que importe mucho a los rusos. Lo que es una auténtica amenaza para él son unas elecciones al estilo occidental, una prensa libre al estilo occidental.
¿Cómo debería reaccionar la Unión Europea?
Debería empezar a pensar de forma estratégica sobre el petróleo y el gas. Debería haber una unión energética europea, para no permitir que Gazprom y otras compañías hagan tratos corruptos con unos por otros. En las negociaciones comerciales, España no podría alcanzar un buen acuerdo con Estados Unidos o China, pero Europa entera sí. La Unión Europea tiene que pensar estratégicamente y también hay que reflexionar sobre la otan, sobre la forma de reconfigurarla para el mundo moderno. Hay que trasladar tropas que están en Italia, donde no se necesitan, a Estonia. Tiene que funcionar de nuevo como elemento disuasorio. Las sanciones están muy bien: hacen que la gente se sienta mejor, los tipos a los que se sanciona no son nada simpáticos y la idea de que sus mujeres no pueden usar sus tarjetas de crédito resulta agradable. Pero hay que pensar a largo plazo y es necesaria la acción conjunta de la Unión Europea, entera, y de Estados Unidos.
¿Cómo cree que va a evolucionar la crisis? ¿Vamos a vivir más situaciones similares a la que está ocurriendo en Ucrania?
Creo que si tiene éxito en Ucrania, continuará: ¿por qué no? Siempre lo ha hecho. Todavía no ha tenido éxito en Ucrania. Puede provocar una guerra civil. ~

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Hacemos un llamado a los Gobiernos que tengan relaciones amistosas con el régimen venezolano para que aboguen por los venezolanos
09/08/2014

La vida pública venezolana está siendo sofocada por los herederos de Hugo Chávez. Están tomando las funciones públicas como si fueran de su propiedad privada. Actúan como propietarios de Petróleos de Venezuela y de los Poderes Ejecutivo, Legislativo, Judicial, fiscal y electoral. Han limitado crecientemente las libertades ciudadanas, comenzando por la de expresión.

A la represión de las manifestaciones estudiantiles, siguió la detención ilegal del líder Leopoldo López y el acoso a las principales figuras de la oposición. Teodoro Petkoff, delicado de salud y con más de 80 años de edad, es obligado a presentarse cada ocho días ante la justicia. La diputada María Corina Machado ha sido acusada por el denominado “Alto Mando Político de la Revolución” de estar involucrada en un supuesto golpe de Estado y magnicidio. Muchos otros líderes de la oposición y sus familiares sufren intimidaciones.

Hacemos un llamado a los Gobiernos que tengan relaciones amistosas con el régimen venezolano para que aboguen por los venezolanos que, en condiciones cada vez más precarias y angustiosas, luchan por la libertad y anhelan la reconciliación democrática para impedir la dictadura. En particular, pedimos la liberación inmediata de Leopoldo López, el cese del hostigamiento contra la oposición y el restablecimiento de la pluralidad en los medios de comunicación, los órganos electorales y judiciales.

Anne Applebaum Paul Berman Rafael Cadenas Javier Cercas Félix de Azúa Jorge Edwards Antonio Elorza Franklin Foer Enrique Krauze Mark Lilla Cristina Marcano Norman Manea Adam Michnik Antonio Muñoz Molina Moisés Naím David Rieff Fernando Savater Mario Vargas Llosa Leon Wieseltier Gabriel Zaid

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jueves, 17 de mayo de 2018

HIPÓTESIS

Justicia para Camus
Giovanni Catelli – Pablo Ingberg

En uno de sus tantos viajes a Praga, el escritor italiano Giovanni Catelli entró en una librería. Al revisar los anaqueles, encontró un voluminoso libro blanco. Era el libro de memorias de un escritor, poeta y traductor checo llamado Jan Zábrana. Giovanni había leído sus poemas y no dudó en comprarlo. Más tarde, en la comodidad de su habitación, frente al Moldava, empezó a hojearlo y leyendo un poco aquí un poco allá, dio con un párrafo que le llamó poderosamente la atención. Allí se hablaba de un accidente que no había sido en verdad un accidente: el de Albert Camus. Ese fue el principio y lo que dio origen a la investigación que más tarde comenzó Giovanni al proponerse averiguar si eso que había leído tenía un fundamento verdadero, y que culminaría finalmente con la publicación de Camus deve morire en Italia, en el 2013. A fines del año pasado, el libro se tradujo al español y fue publicado por la editorial Bärenhaus.

La hipótesis de Camus debe morir es que el auto en el que  viajaba Camus fue saboteado por la KGB. Si bien no hay pruebas concluyentes que lo corroboren, Giovanni analiza los hechos, descubre indicios y aporta múltiples razones por las cuales Camus  podría haber sido el blanco de un atentado. Camus tenía muchos enemigos por sus opiniones políticas que no callaba, sino que proclamaba a viva voz. Fue un intelectual combativo en los tiempos de la guerra fría, cuando los asesinatos políticos eran moneda corriente.  La KGB asesinó a muchos enemigos del régimen en el extranjero, y aunque siempre lo hizo de manera que parecieran muertes accidentales, algunos ex agentes rusos revelaron más tarde los métodos utilizados en muchos de esos “accidentes”. No es descabellado entonces creer en la versión que Zábrana detalla en sus memorias.

A fines de abril, Giovanni Catelli estuvo de visita en Buenos Aires para la presentación formal de Camus debe morir que hizo junto a su traductor, Pablo Ingberg. Fue en esa oportunidad que pudimos conversar un poco sobre el entorno de su investigación y el mundo de la Europa del Este que tanto conoce.

Giovanni: ¿Cómo nace tu interés en la Europa del Este?

Fue en un viaje  no programado. Tuvimos que hacer escala en Praga, con mi padre, por un problema de la línea aérea en que viajábamos. Mi padre era muy viajero y siempre me había dicho que Praga era una de sus ciudades favoritas. Era de noche y tomamos un taxi con el que recorrimos una ciudad vacía que me enamoró totalmente. Después de esa primera experiencia volví varias veces y fui dándome cuenta que la Europa del Este tenía una atmósfera completamente distinta al Oeste. En mi primera visita, en el ’86, Praga todavía estaba bajo el poder de la Unión Soviética. La segunda vez que fui, ya había caído el Muro de Berlín. Me enamoré de ese mundo. Era muy distinto entonces, era como volver atrás unos treinta o cuarenta años. Tenía una atmósfera mágica: había una gran cultura, y tanta literatura, tanta historia. Primero conocí Checoslovaquia y después fui visitando otros países, porque un amigo que estudió ruso se fue a vivir a Ucrania, y como él tenía que viajar por su trabajo, yo empecé a viajar mucho con él, y así empecé a hablar el ruso, el checo. Fue el destino, fue la suerte.

¿Así que fuiste testigo de toda esa transición?
 
Sí, los años noventa fueron años interesantísimos, porque fue un momento de transformación. Hoy esos países son más parecidos a Occidente y esa atmósfera mágica se perdió. Había entonces un mito sobre la Unión Soviética y mucha gente veía el Este como un mundo mejor. A mí me interesaba lo social, lo político, la geografía; las ciudades, sus arquitecturas. Al estar ahí pude ver y entender como funcionó el sistema socialista, con lo que tuvo de bueno y de malo. Allí entendí muchas cosas que desde lejos son difíciles de comprender. Los países como Polonia, la República Checa, Eslovaquia tienen una cultura más cercana a Occidente, es la Europa central. La ex- Unión Soviética: Ucrania, Bielorrusia y Rusia son algo completamente diferente. Uno necesita estar allí mucho tiempo para empezar a entender el tipo de lógica que tienen.

¿Cómo es hoy en día la relación entre la Europa Occidental con la Europa del Este?

Bueno, Europa del Este siempre ejerció una suerte de fascinación sobre Occidente, lo que lleva allí a muchos turistas y  hay también una nostalgia de la Unión Soviética. Hay gente a la que le gusta vivir en el pasado. Algunos países se acercan más a la cosmovisión de Occidente y otros están más alejados. La gente en Europa no conoce exactamente las fronteras y piensa que es todo más o menos igual. Y no es así. Después de la implosión de la Unión Soviética, ocurrieron muchas cosas, se generaron tensiones y Moscú siempre trató de volver atrás. Hay un deseo de conquistar nuevamente países como Bielorrusia, Ucrania. Un país que siempre está en riesgo de caer bajo el poder ruso es Bielorrusia.

Y esa falta de libertad que sufrieron durante tantos años, ¿los sigue afectando actualmente?

En realidad ahora son otros los problemas. El capitalismo llegó a esos países de una manera muy brutal y llevó a la sociedad hacia un gran materialismo. Se tomaron los peores valores occidentales y se olvidaron 75 años de socialismo. Hay países que están dominados por mafias y el Estado es una de ellas. Los domina el materialismo y el deseo de dinero. Es muy triste. Antiguamente la gente leía mucho. Todo empeoró en el campo de la cultura. Se tomó lo peor del capitalismo. Los países de Europa central como Polonia, la República Checa conservan un buen nivel cultural, son países que siempre tuvieron intelectuales de gran calidad.

¿Y cómo es el escenario literario en el Este?

Es extraño, pero a veces los tiempos difíciles generan grandes escritores, grandes filósofos y en cambio los tiempos de paz no siempre son tan favorables. Pero yo creo que en toda Europa hay una pequeña crisis de calidad en la literatura; en parte porque las editoriales hoy solo quieren publicar lo que les da dinero, entonces los libros más experimentales, más difíciles se terminan publicando en editoriales chicas que no tienen dinero para la promoción y eso destroza la calidad literaria. Pero bueno, este es un mal que sucede en todas partes.

¿Pero creés que hemos avanzado en el campo de las libertades individuales? 

No tanto, ahora tenemos un capitalismo universal y el problema es el control sobre los medios que siempre es más sutil y más profundo. Yo escribo en un sitio independiente, el East Journal, pero no hay muchos así. Otros toman auxilios monetarios y después no pueden hablar con libertad. La libertad del individuo, la libertad política, la libertad intelectual está siempre amenazada y hay que tener mucho cuidado porque es muy fácil perder cosas que parecían adquiridas y sólidas.

Volviendo a Camus, ¿por qué pensás que hoy puede tener interés tu libro?

Porque quiere ser un acto de justicia. Además, mientras investigaba, descubrí un mundo: historias muy interesantes, tan novelescas que merecían ser contadas. Vidas perdidas en medio de la lucha política de las potencias y que no se deben olvidar.  La vida de Jan Zábrana, por ejemplo, él y su familia siempre vivieron bajo el control del sistema. En esa época, si no estabas alineado, no era fácil vivir. Los primeros años, los años veinte, fueron años muy buenos para la cultura, pero después fue trágico. Mataron a muchos escritores o no los dejaban escribir.  Con Stalin y también con Jruschov. Él fue el responsable de la humillación pública a Pasternak, que se vio obligado a rechazar el Premio Nobel que le habían dado en 1958. Durante la Primavera de Praga, Jan Zábrana pudo traducir Doctor Zhivago, pero ese período fue breve y no alcanzó. Las tropas soviéticas invadieron Checoslovaquia, y Zábrana nunca llegó a ver su traducción publicada. Recién en 1990 la viuda de Zábrana logró su publicación y dos años más tarde también logró que se publicara Toda una vida. Son más de mil páginas en las que Zábrana cuenta su vida en Checoslovaquia, y que yo compré aquel día en Praga.

¿Y por qué creés que algunos rechazan la hipótesis del atentado a Camus?

No son muchos, pero los que la rechazan lo hacen por razones ideológicas. El biógrafo de Camus, por ejemplo, Herbert Lottman, estaba abierto a esa posibilidad. En cambio, Olivier Todd, que escribió también una biografía de Camus, simpatiza con Moscú y la ideología socialista y por eso él creyó que el libro se había escrito para atacar a Moscú y por razones políticas. Pero eso no es así, este no es un libro político, es solo un libro que busca justicia para Camus.

Fuente:
https://blogelestante.com/2018/05/10/justicia-para-camus
Cfr.
Sobre  Jan Zábrana y Toda una vida: Antonio José Ponte, http://www.letraslibres.com/mexico-espana/toda-una-vida-jan-zabrana

La muerte de Camus

Camus deve morire se publicó en Italia en el 2013 y generó una gran polémica. La tesis de Giovanni Catelli, poeta y narrador italiano, es que la muerte de Camus en 1960 no fue un accidente automovilístico, como se dijo en su momento, sino un asesinato planeado por la KGB. La orden la habría dado Shepilov, ministro de relaciones exteriores de la Unión Soviética, al que Camus había acusado de matanzas durante la invasión a Hungría en 1956. La investigación de Catelli comienza a raíz de un comentario en el diario de un escritor y traductor checo, Jan Zábrana, que su viuda pudo finalmente publicar después de la revolución de terciopelo de 1989, que terminó con el comunismo en Checoslovaquia. En su diario, Zábrana refiere la confesión de un hombre muy informado, al que conocía bien, que afirmaba que el accidente de Camus había sido una operación y no obra del destino.
Albert Camus (1913-1960), Premio Nobel de Literatura 1957, argelino e hijo de colonos franceses, es famoso por sus novelas El Extranjero y La peste, pero no tanto por su posicionamiento político. Camus formó parte muy brevemente del partido comunista en Argelia, pero fue expulsado por su pensamiento autónomo. Luego vivió en Francia. Formó parte de la resistencia francesa a la ocupación alemana. Militó incansablemente en defensa de la libertad, denunció las injusticias de la dominación francesa en Argelia y se pronunció en contra de cualquier tipo de sociedad totalitaria, ya fuera de derecha o de izquierda. Condenó la invasión soviética a Hungría y presionó para que las Naciones Unidas votasen en contra de la ocupación rusa. En suma, Camus era un intelectual incómodo, un espíritu crítico independiente y peligroso para cualquier poder totalitario, porque en una época en la que los intelectuales tenían mayor peso sobre la opinión pública fue incansable en su lucha contra todo atropello a las libertades del hombre.
Catelli, especialista en la cultura de Europa del Este aporta innumerables razones por las cuales Camus debía morir. Describe la situación internacional de la posguerra, la guerra fría, la dominación rusa de la Europa oriental y la manera en que el régimen comunista solía deshacerse de los personajes molestos incluso en el extranjero, relatando la planificación de los asesinatos de muchos opositores que algunos ex agentes rusos contaron tras su deserción con lujo de detalles. La mayoría de esas muertes se disfrazaron de accidentes o de muertes naturales.
Catelli reproduce párrafos enteros de los artículos que Camus publicó en revistas y diarios y extractos de los discursos en que denunció las bajezas del poder. Para Camus, nunca el fin justifica los medios. Un hombre carismático, una mente lúcida, contundente, y en las antípodas del cinismo que impera hoy en día, con el actual oscurantismo de la posverdad.
Sí, es difícil entender un accidente a plena luz del día en una ruta recta, ancha y poco transitada. Más difícil todavía, que rápidamente se archivara el asunto como un accidente automovilístico más, sin llevar adelante ninguna investigación; sobretodo por ser Camus un personaje destacado de la cultura y la política. Tras la publicación del libro en Italia, aparecieron nuevos testimonios que corroboran la versión del atentado a través de distintas  fuentes, lo que dio lugar a nuevas investigaciones que se publican, por primera vez, en esta edición (2017) en español.
El estilo de Catelli es muy personal, con frases muy largas o muy cortas, con digresiones reflexivas, metáforas y recursos estilísticos propios del escritor poeta. Una muy buena traducción del italiano de Pablo Ingberg, traductor de inglés, italiano, griego y latín de larga trayectoria. Celebro que la editorial Bärenhaus reconozca la importancia del traductor, poniendo su nombre en la portada.

Fuente:
https://blogelestante.com/2018/01/31/la-muerte-de-camus/