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lunes, 22 de abril de 2013

ECONÓPOLIS (1)

EL NACIONAL - Lunes 08 de Abril de 2013     Opinión/10
Antagonismo y balance económico (I)
Keynes propuso que al Estado le tocaba jugar un papel fundamental a través de la implementación de una política de gasto público
PEDRO A. PALMA

En uno de sus recientes artículos, Paul Krugman, destacado economista norteamericano, describía con claridad la polémica del análisis macroeconómico que se desarrolló durante el siglo XX.
Al estallar la gran crisis de los años treinta poco era lo que aportaban los economistas predominantes de la época, llamados los neoclásicos, en la búsqueda de la vía para abatir la profunda depresión que se vivía. Fue entonces cuando el genial economista inglés John Maynard Keynes planteó una revolucionaria solución que ayudó a sacar la economía del marasmo en que se encontraba. Contrario a lo que decían los neoclásicos, quienes sólo sugerían paciencia para que la economía por la acción de sus fuerzas naturales solventara el problema, Keynes propuso que al Estado le tocaba jugar un papel fundamental a través de la implementación de una política de gasto público francamente expansiva para la construcción de obras públicas que generaran empleo, lo cual, a su vez, estimularía el consumo privado y con él la producción, ya que las fábricas, que se encontraban paradas por falta de mercado, comenzarían a producir de nuevo, contratando a su vez a nuevos trabajadores que también consumirían más, reforzándose así la recuperación. El éxito de esa receta consagró la política fiscal como la vía para resolver los problemas de recesión económica, quedando la política monetaria verdaderamente relegada. El dinero no importaba, se pensaba.
Un extenso estudio realizado por Milton Friedman y Anna Schwartz, titulado Una historia monetaria de los Estados Unidos 1867-1960 , publicado a comienzos de la década de los sesenta, buscaba reivindicar la relevancia de la política monetaria, transformándose en uno de los pilares centrales de una nueva escuela de pensamiento económico, la escuela monetarista, abanderada por Friedman y basada en la Universidad de Chicago. La misma sostenía que era precisamente la manipulación de la oferta monetaria la que realmente influía en el comportamiento de la economía, y ratificaba que una expansión excesiva de medios de pago producía inflación, un fenómeno típicamente monetario.
Los seguidores de las ideas de Keynes, también conocidos como los post keynesianos, afrontaron nuevos problemas, ya que una vez vencida la depresión por la vía de la expansión fiscal, el mantenimiento de esa política de gasto público creciente a la larga llevaba a situaciones cercanas al pleno empleo donde escaseaban los factores de producción, limitándose cada vez más las posibilidades de aumento de la oferta de bienes y servicios que se requería para satisfacer la creciente demanda. El resultado obvio era la inflación, haciéndose entonces necesario el freno del consumo para evitar que los precios siguieran subiendo. De esta forma se caía en el dilema de que la cura de la recesión a la larga generaba inflación, y la reducción de ésta exigía restricción fiscal y monetaria, generándose recesión.
Fue así como surgió el antagonismo de las dos escuelas, por una parte, la post keynesiana que defendía la política fiscal como el principal instrumento para evitar la recesión o reducir la inflación, manteniendo igualmente que las acciones de política monetaria podían jugar un papel importante y, por la otra, la escuela monetarista que postulaba que era a través de la política monetaria la única forma de influir efectivamente en la economía, evitándose la inflación a través de un control estricto de la expansión monetaria.
Sin embargo, la creencia generalizada de que la cura de la recesión llevaba a la inflación y el abatimiento de esta generaba recesión cambió radicalmente a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta, cuando apareció un fenómeno desconocido, la estanflación, es decir, estancamiento económico conjuntamente con inflación. Se planteaba así un nuevo gran reto: cómo explicar la simultaneidad de ambos fenómenos y cómo corregirlos. Eso lo analizaremos en nuestro próximo artículo.

Breve nota LB: Para quienes entendemos demasiado poco de los fenómenos económicos, suele irritarnos una circunstancia: los economistas del gobierno no refutan concreta y específcamente a los de la oposición; y los de la oposición no refutan concreta y específicamente a los gobierno. Todo, con las excepciones de rigor.

ECONÓPOLIS (2)

EL NACIONAL - Lunes 22 de Abril de 2013     Opinión/8
Antagonismo y balance económico (II)
La economía es un balance en el que todos tienen un papel que jugar, debiéndose buscar siempre la maximización de los aciertos y la minimización de las fallas
PEDRO A. PALMA

A mediados de del siglo XX existía la creencia de que los problemas de inflación y recesión eran antagónicos y no podían coexistir, ya que el abatimiento del primero generaba el segundo y viceversa. Sin embargo, a fines de los años sesenta y comienzos de los setenta surgió la estanflación, es decir, estancamiento económico con inflación. Aparecía un nuevo gran reto: cómo explicar la simultaneidad de ambos fenómenos y cómo corregirlos.
En dos trabajos pioneros e independientes elaborados a fines de los años sesenta por Milton Friedman y Edmund Phelps, se destacó la relevancia de las expectativas en el comportamiento económico.
Sostenían ellos que en una situación de inflación prolongada los trabajadores reforzaban sus demandas salariales, para así evitar que la inflación futura esperada minara el poder de compra de sus remuneraciones. Esto, a su vez, reducía la demanda de mano de obra y generaba un mayor desempleo. En otras palabras, explicaban cómo se podría materializar un fenómeno de mayor inflación y mayor desempleo en una economía desarrollada, situación desconocida en Estados Unidos, aunque muy común en países subdesarrollados. Con la aparición de la estanflación se inició una verdadera revolución en el análisis macroeconómico, y surgieron distintas escuelas que buscaban explicar las nuevas realidades, basándose varias de ellas en las ideas revolucionarias de Friedman y Phelps.
Una de éstas, quizá la más conocida, fue la escuela de las expectativas racionales, liderada por Robert Lucas, de la Universidad de Chicago, y Thomas Sargent, entonces profesor en la Universidad de Pennsylvania y luego en la Universidad de Minnesota.
Estas escuelas sostenían que las políticas económicas implantadas por los gobiernos tendían a perder efectividad, ya que la anticipación de los agentes económicos a las medidas gubernamentales, debido a las experiencias previamente vividas, hacían que estos tomaran medidas para neutralizar los efectos de las políticas que se esperaban. Sólo en el caso de que los gobiernos tomaran medidas sorpresivas e inesperadas se podría influir sobre la economía. En otras palabras, estas escuelas minimizaban la capacidad de los Estados de influir en la economía. Con el tiempo se generalizó la creencia de que lo que manejaba la economía eran los mercados, debiendo el Estado minimizar su injerencia. Milton Friedman se transformó en el paladín de la economía de libre mercado, política aplicada en varios países en desarrollo, donde los resultados en materia de progreso social y desarrollo integral no fueron los esperados.
No tardó entonces en producirse el movimiento pendular, rechazándose las políticas liberales de libre mercado para dar paso a un anacrónico sistema de socialismo combinado con populismo, en el que el culpable de todos los males sociales y económicos es el afán especulativo y depredador de la empresa privada, el cual tiene que ser neutralizado o destruido por el Estado en favor de la población de menores recursos, Estado que debe ser el propietario de la mayor parte de los medios de producción.
Sobradas razones tenemos para concluir que ese tampoco es el camino a seguir.
Muchos le reconocen a Friedman sus virtudes como economista, científico y comunicador, pero le critican su convicción de que los mercados siempre funcionan y que son lo único que funciona, cosa que no es cierta. En muchos casos los mercados no funcionan correctamente y es necesaria la regulación y supervisión del Estado, pero, igualmente, el manejo predominante de la economía por el Estado es indeseable por inoperante e ineficiente.
Creo que la economía es un balance en el que todos tienen un papel que jugar, debiéndose buscar siempre la maximización de los aciertos y la minimización de las fallas. Por ello, cuando un colega me catalogó como un "economista radical de centro", me pareció una definición acertada de lo que, desde mi punto de vista, debe ser un economista.