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miércoles, 2 de mayo de 2018

ABJURACIÓN

EL PAÍS, Madrid, 2 de mayo de 2018
EL ACENTO
Mayo del 68 (francés), la revolución de las maneras
Rubén Amón

Un grafiti expuesto en la Universidad de Tolouse evoca estos días el 68 como pretexto de una nueva reivindicación. Ampliar foto

Medio siglo después, el Mayo del 68 francés permanece expuesto a los vaivenes de la idealización y el revisionismo despectivo. Fue Nicolas Sarkozy quien lideró el proceso de abjuración. Y quien ordenó degradarlo a la categoría de epidemia, fundamentalmente por haberse inoculado en la sociedad de entonces el embrión del relativismo, del individualismo y del cuestionamiento de la autoridad. Ya se ocupaba él mismo de maniobrar la regresión al 67 como gendarme de Francia, pero la intentona depurativa no ha logrado sepultar una visión memorable y nostálgica del 68 francés, más ahora que la sociedad occidental ha convertido el prohibido prohibir en el prohibido no prohibir al precio de encorsetar las costumbres y de consolidar una cultura pacata, inofensiva.

Tiene razón Edgar Morin cuando sostiene que el Mayo del 68 francés representó mucho menos que una revolución y bastante más que una revuelta. Es la suya una posición equidistante entre los idealistas y los agoreros, incluidos entre estos últimos Daniel Cohn-Bendit, cuyo papel incendiario en el campus de Nanterre ha modulado a un ejercicio de amnesia y enmienda: Forget 68, escribe el apóstata en un ensayo que relativiza la importancia del mito libertario.

El 68 fue un movimiento heterogéneo, desordenado y expuesto a contradicciones. No ya porque los obreros y los estudiantes discrepaban de los objetivos en las mismas barricadas, sino porque nunca terminaron de sintonizar el significado con el significante. La vacuidad y la cursilería de los eslóganes —“seamos realistas, pidamos lo imposible”— distorsiona o edulcora una marea de fondo que aspiraba no a transformar el mundo, pero sí a discutir la rigidez de una sociedad vertical y jerarquizada, tanto en las fábricas y en las aulas como en los hogares, de tal modo que el 68 francés transformó las relaciones de autoridad, descubrió la noción de juventud en su peso social y predispuso el hábitat de otras conquistas que se lograron con el tiempo, desde la pujanza del feminismo —el abortó se legalizó en 1974— a la conciencia de las minorías, la concepción solidaria de la tolerancia, la libertad sexual y la autonomía del individuo en la gestión de su moral.

Nada que ver con el egoísmo ni con la insumisión, sino con los recelos hacia un Estado que se extralimita en un posición paternalista y coercitiva. Y que persevera en considerar al ciudadano un menor de edad. Era un diagnóstico que ha adquirido actualidad en la mojigata sociedad contemporánea y que Sarkozy había aprovechado para reconstruir el orden y la religión antidisturbios, pero no pueden sustraerse los activistas del 68 —el cínico Jean Paul Sartre más que ninguno— al ridículo fervor con que se observaron el maoísmo, el marxismo o las siglas de la URSS, sobre todo cuando el espíritu del movimiento consistió en el antitotalitarismo y la reclamación de libertades.

Tan lejos de México como de Praga, el Mayo del 68 francés fue muy francés. Prevaleció el escrúpulo civilizador y hasta el sustrato cartesiano. Ni hubo vacío de poder ni se tomó el palacio de invierno. Y, paradójicamente, la policía, exponente autorizado de la violencia, adoptó la posición más conservadora.

Fotografía: Un grafiti expuesto en la Universidad de Tolouse evoca estos días el 68 como pretexto de una nueva reivindicación. PASCAL PAVANI AFP
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/05/01/opinion/1525162789_691321.html

lunes, 30 de abril de 2018

BREVES INSTRUCCIONES PARA NO OBVIAR UNA VIEJA EMOCIÓN

Del mayo francés
Luis Barragán


Todavía lo recordamos, una de nuestras iniciales incursiones hemerográficas la hicimos sobre el célebre mayo francés que rompió la tranquilidad del mundo desarrollado,   por la audacia de sus planteamientos. Fue tanta la curiosidad del adolescente, descubriéndose muy cómodo en los archivos de El Nacional en Puerto Escondido, que recorrió cada una de las vicisitudes reportadas por las agencias internacionales de noticias, incluyendo el genial grafiterismo de entonces.

Pasará el tiempo y aquél escándalo de las novedades, desmayará poco a poco al igual que la figura más emblemática de la rebelión: Daniel Cohn - Bendit. Aquélla efervescencia parisina de 1968, por cierto, sobre la cual escribieron los líderes políticos venezolanos procurando la profundidad de un planteamiento, como no ocurre ahora con tópicos que están demasiado a la vista, generó una vasta bibliografía, acuñó una inmensa diferencia en las filas de un marxismo que abrazaba desesperado a Freud, y sintetizó una revolución cultural del capitalismo, como luego sentenciará solemnemente Regis Débray, aunque muy poco sabía de las innovaciones que la experiencia estudiantil latinoamericana aportaba. Sin embargo, nuestra mayor deuda, cerrando el círculo de la remota curiosidad, fue saldada por la literatura.

 Alfredo Bryce Echenique, en clave de un gratificante humor, nos condujo a las intimidades de las barricadas del Barrio Latino, con  “La vida exagerada de Martín Romaña” (1981); y  Michel Houellebecq, en clave de una inmensa desilusión, lo hizo con las intimidades de la generación que cruzó el puente entre las universidades de Nanterre y La Sorbona, convertida la irresponsabilidad en fórmula de vida, con “Las partículas elementales” (1998). Al protagonista del peruano, por más que nunca vivenciara las amargas experiencias obreras que, simplemente, desconocía, podía despachar un documento marxista que lo visara entre los amigos; y los protagonistas del francés, por mucho que tratasen de comprender a la madre, se sabían herederos directos de las gestas callejeras que desafiaron a De Gaulle y, al mismo tiempo, al PCF.

Medio siglo atrás, los teletipos inundaron las mesas de redacción con la primicia de los planteamientos acunados en el mundo desarrollado, próspero y hastiado, por largo tiempo generando las más encontradas interpretaciones que se convirtieron en sendos éxitos editoriales. Medio siglo después, las redes sociales saludarán el aniversario, quizá profusamente, afianzando más la anécdota que el aporte concreto.

Y, mientras tanto, en Venezuela, seguiremos lidiando con un régimen que es el de una asfixiante y militante premodernidad, cuyo más  insigne esfuerzo, además de conculcar las libertades y de hambrearnos, ha sido la destrucción del movimiento estudiantil y de la propia noción de universidad. Uno que otro albacea del movimiento de la renovación  que tuvo por domicilio principal la escuela de Letras de la UCV, invocará sus irradiaciones y reclamará por una superior significación y trascendencia que la revuelta francesa, tratando de obviar que apoyó o todavía apoya al socialismo de las demoliciones que, por cierto,  aunque no desee admitirlo, ya se lo llevó por delante.

Fotografía inicial: Tomada de la red de redes.
Reproducción: Últimas Noticias, Caracas, 10/09/1968. Daniel Cohn-Bendit, convertido en la vedette del mayo ya lejano.
29/04/2018:
http://radiowebinformativa.com/archivos/4893

domingo, 7 de julio de 2013

PREGÚNTENLE A MARTÍN ROMAÑA

EL PAÍS, Madrid, 7 de julio de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Herencias políticas de un mayo maldito
En las revueltas del 68 se acuñó una manera adolescente de entender la política que es aún la nuestra. Es un modelo que maltrata a quienes recuerdan las dificultades y premia a quienes prometen todo a todo el mundo
Félix Ovejero 

Como Zavalita, ignoro cuando se jodió Perú. Sin embargo, sí creo que podemos datar con precisión de astrofísco cuando se jodió la política: en mayo del 68. En aquellos días se acuñó una mirada adolescente que todavía es la nuestra, quizá por aquello de Ortega y las generaciones, de que los jóvenes de entonces, que ahora mandan, se han hecho mayores sin abandonar la ontología en la que se formaron, esa que condesaban famosas consignas de aquellos días: “Sed realistas, exigid lo imposible” o “No queremos un mundo donde la certeza de no morir de hambre viene contra el riesgo de morir de aburrimiento”.
A mi parecer, cuatro actitudes de nuestra política proceden de la adolescencia de mayo. La primera conduce a creer que todo lo que se quiere se puede, que podemos reclamar una cosa y la contraria. Al final, todo sería cuestión de voluntad. Esa convicción amplificó otra mucho más enraizada en nuestra historia reciente, la de la abundancia. Si hay de todo para todos, no debemos renunciar a nada. La vida sería como un supermercado con infinitos bienes: no importa que tu tengas un yate y yo no; si yo quisiera, también podría tenerlo, que sobran. En jauja, no hay que establecer prioridades ni hace falta organizar la distribución. En condiciones de abundancia no es que no quepa la injusticia distributiva, es que ni siquiera habría envidia o sensación de injusticia. Basta con pedir por esa boquita y se nos dará.
La segunda es una prolongación de la anterior: la disposición a ocultar los problemas y los dilemas de las reclamaciones. Basta con recordar lo sucedido con el movimiento antiglobalización. Nada podía estar más justificado. Miles de personas, en distintas partes del mundo, recordaron algo muy importante: los mayores retos de los próximos años presentan un carácter planetario y la solución debe abordarse a esa escala. Los problemas aparecían cuando los activistas se reunieron a precisar metas y propuestas. La exigencia de participación estaba muy bien, pero era solo el principio de la historia. La participación es un procedimiento de decisión, no un programa. En la hora de las ideas coincidieron mujeres y minorías sexuales con defensores de culturas indígenas sexistas, campesinos europeos proteccionistas y campesinos de la periferia críticos de aranceles agrícolas, partidarios del comercio local y activistas del comercio justo, teóricos de la Justicia global y entregados comunitaristas, defensores del crecimiento cero y de políticas de expansión. De pronto, algunos, pocos, cayeron en la cuenta de que muchos noes no equivalen a un sí, de que estar contra el sistema no basta para estar de acuerdo. Los que defienden la barbarie y la sinrazón también están contra el sistema. Le Pen o ETA, por ejemplo.
Las luchas sociales han sido sustituidas por una multiplicación de reclamaciones identitarias
No era fácil reconocer los problemas para los que crecieron bajo la consigna de que podemos pedirlo todo, que todo cabe. Lo más común fue emborronar las propuestas y escamotear aristas y dificultades. Las buenas palabras como conjuro frente a las incompatibilidades entre programas y los intereses encontrados. La adolescencia ciudadana de nuestras democracias, que maltrata a quienes recuerdan las dificultades y premia a quienes, sin precisar nada, prometen todo a todo el mundo allanó el camino para las medias verdades y los trucos de magia.
La siguiente convicción es también otra variación del mismo tema: la sustitución del relato de la igualdad por el de la identidad. Una verdadera filigrana intelectual. El ideal emancipador, que permite condenar las injusticias a partir de ciertos valores, resulta de mal llevar con el supuesto de que todo vale, el punto de vista que, casi sin querer, acabó por abrazarse cuando se pasó de la constatación de que en las sociedades modernas conviven distintos modos de vida a considerar que todos ellos, por el hecho de existir, resultan igualmente valiosos.
El clásico diagnóstico que veía en la división entre clases el eje explicativo de las patologías sociales y el centro de gravitación de las luchas sociales se sustituyó por una multiplicación de reclamaciones identitarias alentadas por entrepreneurs d’ethnicité et de mémoire (Jean-Loup Amselle) que hablaban en nombre de “colectivos” de los que ellos mismos se proclamaban portavoces: étnicos, culturales, sexuales o religiosos. Todas las causas se consideraban igualmente valiosas por el hecho —discutible en más de una ocasión— de proceder de sujetos excluidos o ignorados y a cada cual se lo catalogaba según cierta característica (la lengua, el sexo, la religión) que explicaría sus enteras vidas. El árabe de Marbella compartiría barricada con el de la banlieue parisina, la campesina guatemalteca con la duquesa de Alba, el homosexual de Hollywood con el de Kabul. Sus identidades enmarcaban un origen que sería un destino y todos ellos juntos, cada uno en su respectivo lote, del lado bueno de la historia. Otra recreación más. Verdaderas jaulas de hierro de las gentes, aisladas y recreadas en su salsa “diferencial”, las identidades acabarán por oficiar como fuente de enconamiento entre tribus, cada una resentida con la vecina, de la que nada sabe ni quiere saber. No importaba que las identidades fueran inventadas, el odio no necesita de la verdad para prender.
Pero quizá la disposición más engañosa, por su aparente radicalidad, es la que conduce a valorar la realidad con el guión “lo que no es perfecto, es basura”. Entre nosotros ha permitido el diagnóstico de que España no es una democracia y que, en lo esencial, nada ha cambiado respecto al franquismo. Asoma por aquí una conocida falacia (slippery slope) que, pasito a pasito, mediante pequeños desplazamientos, acaba por presentar la versión extrema, en realidad falsa, de aquello que descalifica. Así Chávez era Castro y, como Castro era Stalin, Chávez era Stalin. O, por la otra esquina, Aznar, Fraga y Franco mediante, clavadito a Hitler.
Lo más engañoso es valorar la realidad con el guión de que “lo que no es perfecto, es basura”
Con una variante de este esquema se descalificará a la Constitución, a partir del contraste con un idealizada situación hipotética. Estaría contaminada por la presencia y parcial tutela —innegables— de los poderes franquistas durante el periodo de su gestación. En ausencia de éstos, se dice, la Constitución hubiera sido otra, verdaderamente democrática. La Transición, se concluye, nunca se ha cerrado.
Y sí, todo eso es trivialmente verdadero. Claro que, con ese guión, no queda títere con cabeza. Si evaluáramos las constituciones bajo el contraste de otro mundo posible, idealizado, todas a la hoguera. No serían legítimas ni la jacobina de 1793 ni la republicana española de 1931, porque, entre otros defectos, no fueron votadas por las mujeres. Ni la alemana, redactada bajo la tutela de los vencedores de la II Guerra Mundial; ni la francesa, diseñada al dictado de un De Gaulle cuyo ascenso al poder vino impuesto por un pronunciamiento militar en la Argelia francesa. Y como los contrafácticos no tienen freno, toda legitimidad puede reducirse a escombros. Si de aquí a veinte años, se adelanta el voto a los quince años, deberíamos considerar ilegítima cualquier decisión actual. Entregados al bisturí subjuntivo, podemos destripar cualquier cosa, pasada, presente o futura.
Sostener que lo quiero todo y ya y que si no es lo mejor, es basura, no es radicalidad intelectual ni afán de verdad, sino política de casino provinciano. Ganas de escamotar los problemas con golpes en el pecho y palabras vacías. Hace ya tiempo que sabemos que la mejor sociedad no será el paraíso, sino el infierno más llevadero. Nos lo recordaron las mentes más lúcidas y honestas. Y las más radicales. Gentes que se negaron a disimular los problemas, como Bertrand Russell, cuando, sobre el trasfondo de la Guerra Fría, apostó por un gobierno mundial, cuya calidad democrática reconocía limitada, o Wolfgang Harich, cuando defendía su socialismo ecológico-autoritario a partir de la convicción de que los retos importantes de la humanidad, más temprano que tarde, reclamarán una corrección de comportamientos de tal magnitud que, si queremos preservar una vida medianamente digna para todos, nuestras libertades no podrán ser las de siempre. La política, en serio, consiste en reconocer lo realmente importante y estar dispuestos a conseguirlo, a sabiendas de su alto precio, de que elegir conlleva renunciar. Como en la vida. No podemos comer chocolate y estar delgados, amar y no depender.
(*) Félix Ovejero es profesor de la Universidad de Barcelona. Acaba de publicar ¿Idiotas o ciudadanos? El 15-M y la teoría de la democracia (Montesinos).

Fotografía (que hemos invertido horizontalmente: http://blogs.lexpress.fr/media/2013/06/25/cohn-bendit-chroniqueur-sur-europe-1/