EL NACIONAL, Caracas, 24 de diciembre de 2014
Democracia digital
Luis Manuel Aguana
Es interesante observar el contraste de las épocas y las herramientas. En la medida que se desarrollaron con el tiempo las herramientas, la humanidad avanzó en su forma de vivir y desarrollar calidad de vida. Tómese por ejemplo el transporte. De no haber existido una tecnología para transportar personas y cosas en las diferentes épocas, no se hubieran desarrollado ciudades y conglomerados industriales. La invención del automóvil y su masificación a principios del siglo pasado marcó un hito en la forma como se construyeron las ciudades y donde vivían las personas.
Sin embargo, así como operaron esos cambios profundos de la humanidad con relación al transporte y la manera de vivir de la gente, no existe relación alguna en términos de proporción con lo que ocurre con los cambios producidos por la tecnología de la información y la manera en cómo ahora nos relacionamos las personas entre nosotros mismos, nuestros trabajos, e incluso nuestros gobiernos, y la manera en que nuestros representantes nos “representan” para tomar decisiones que nos afectan a todos.
Si bien es cierto ahora sabemos instantáneamente lo que ocurre al otro lado del planeta, tanto como lo que ocurre en nuestra misma ciudad, esa información, más allá de saber lo que pasa al instante, representa una sobredosis que paraliza al ser humano, siendo en la mayoría de los casos-para quien no sabe qué hacer con eso-, una maldición más que una bendición.
Cuando viajaba al exterior siempre me llamó la atención que los ciudadanos de localidades importantes de países desarrollados, fuera de las muy cosmopolitas, no sabían donde quedaba Venezuela, y lo más llamativo aún, ni les interesaba. Los que más tenían una idea, sabían de un país que producía petróleo en Sudamérica. Solo estaban pendientes de su propio círculo local de vida y de su propia cotidianidad.
Entonces, me decía yo, ¿qué hacían estos tipos con el Internet? ¿Porqué los periódicos locales no decían nada del resto del mundo? Y la respuesta no la vine a entender sino mucho tiempo después: esos países dividen sus problemas y los manejan desde su propio ámbito territorial de conocimiento y aplicación. Y cuando cada “espacio” es administrado por su gente, aplicando sólo el conocimiento que necesitan para resolver los problemas locales, no requieren saber de nada más, el resto les sobra.
En esos países cuando un individuo se hace más general, ya bien sea por razones de liderazgo público o privado, y su entorno va más allá de lo local, haciendo su esfera nacional o internacional, el sistema lo lleva a tener que conocer más. Y allí es donde se ve que un líder político o empresarial es global y generalista. En Venezuela los liderazgos no han aprendido eso todavía porque nuestro sistema de hacer las cosas y ver al mundo apunta a ser generalista de una sola vez, donde se sabe de lo general sin haber aprendido lo local.
En los países desarrollados, a pesar que los cambios en la tecnología de la información no se han traducido muy fuertemente en el modo en que la gente se relaciona, si tienen claro que poco a poco esos cambios se darán de una manera gradual dentro de su propia manera de hacer las cosas, dejándole a la tecnología el justo lugar que le corresponde. Por ahora, la mayoría de la gente asiste con un horario a un puesto de trabajo a pesar que en ésta nueva época, prácticamente todas las personas somos procesadores de información y podemos hacer el trabajo desde nuestras casas. Incluso podemos vernos y reunirnos virtualmente sin movernos de lugar. Y eso nos lleva también a la redefinición gradual del nuevo rol de nuestros representantes en esta época de contacto digital masivo, que hace que la relación entre representantes y representados estén comunicados de una manera directa y sin barreras.
Todavía la mayoría de nuestro liderazgo político en Venezuela cree que las nuevas herramientas de comunicación se usan como se usaban las anteriores (radio, prensa y televisión). Tienen cuentas de Twitter y Facebook porque es la moda y no saben usarlas. No discuten bis-a-bis con sus electores y representados. Creen que era como antes que escribían artículos en la prensa y eso se quedaba allí, sin que la gente pudiera replicarles inmediatamente y ellos darse el lujo de no contestar. La aparición de nuevas caras en esos medios que no necesitan pedirle permiso a ningún editor de prensa o dueño de medio televisivo o radial para ser tan conocidos como ellos y que fijan nuevas líneas de política, es el pan de cada día. Es un mundo nuevo y un juego político muy diferente que tiene un tablero dinámico para operar.
En Argentina un grupo de jóvenes crearon un nuevo partido político con el nombre “Partido de la Red” que “propone mejorar la democracia aprovechando las virtudes de Internet” (ver Wikipedia Partido de la Red en http://wiki.partidodelared.org/index.php/P%C3%A1gina_principal). La intención principal es que los representantes electos hagan lo que sus representados en mayoría dispongan. Para ello concibieron una aplicación por teléfonos inteligentes denominada DemocraciaOS. “La propuesta del Partido de la Red es que los ciudadanos puedan debatir y votar en la plataforma Democracia OS sobre los proyectos de ley de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. No habrá barreras para la participación: todos los ciudadanos de la Ciudad de Buenos Aires podrán expresar su opinión.”. Les invito a ver la extraordinaria conferencia de Pía Mancini fundadora de ese partido, explicando los alcances de esa iniciativa (ver TED http://www.ted.com/talks/pia_mancini_how_to_upgrade_democracy_for_the_internet_era) y su historia en YouTube (http://youtu.be/scCKzU2jQWc).
Esa conceptualización de democracia directa, sin intermediarios de cogollos o negociadores de política, que hacen con el mandato de los ciudadanos lo que les viene en gana, está en vías de extinción. Pero más allá de eso, la combinación de comunicación directa entre elector y elegido a través de una herramienta novedosa y la subdivisión con responsabilidad real y de recursos de los “espacios” locales (municipales), estadales y federales, establecen unos niveles de responsabilidad diferentes, haciendo mucho más preciso quien debe ocuparse de qué, y qué debe exigírsele a quien.
Una democracia basada en un nuevo modelo de descentralización como el propuesto en el Proyecto País Venezuela (http://proyectopaisviaconstituyente.blogspot.com/) está en completa sintonía con ese tipo de democracia que ya visualizamos como una realidad en el mundo dentro de los próximos años y que bien podríamos bautizar como Democracia Digital. Ya estamos dando los primeros pasos para llegarle al ciudadano y convocarlo como nunca antes se había realizado en el país, aprovechando las herramientas del siglo XXI para refundarlo con nuevas estructuras, que nos permitan heredarle a las nuevas generaciones una Venezuela que si mire hacia el futuro.
Blog: http://ticsddhh.blogspot.com/
Email: luismanuel.aguana@gmail.com
Twitter:@laguana
Cfr. "¿Porqué no puedes tener una discusión seria en Internet?": http://www.afinidades.org/5324?utm_source=feedburner&utm_medium=feed&utm_campaign=Feed%3A+AfinidadesElectivas+%28afinidades+electivas%29&utm_content=FaceBook
Ilustración: Warren Dykeman.
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jueves, 25 de diciembre de 2014
jueves, 26 de diciembre de 2013
¿CUÁL (DE) LIBERACIÓN?
EL PAÍS, Madrid, 26 de diciembre de 2013
LA CUARTA PÁGINA
La dialéctica de la digitalización
Fernando Vallespín
Desde la plaza Roja de Moscú, al otro lado del río que atraviesa la ciudad, se podía ver hace años una pequeña central eléctrica de la época de la revolución bolchevique. Sobre ella figuraba un gran letrero que transmitía un mensaje inquietante: “Socialismo es el poder de los sóviets y la electrificación”. La frase era de Lenin y aludía al inextricable vínculo existente entre aquella forma de socialismo y su dependencia del tipo de energía imprescindible para emprender la industrialización. Al final, como todos sabemos, el instrumento que se predicaba para hacer posible el paraíso en la tierra acabó por engullir la promesa de la emancipación marxista.
Desde la perspectiva del ciberoptimismo político, hoy podríamos pensar en una divisa similar: “Democracia es el poder del pueblo y la digitalización”. Al fin habría llegado el momento en el que el ideal del Gobierno del pueblo por el pueblo podría hacerse realidad. Algo parecido a lo que los marxistas —y no solo ellos— creyeron ver en el potencial prometeico de la industrialización, que conseguiría sacar al hombre de su extremada dependencia de la naturaleza y convertirlo por fin en amo y señor de su destino.
Como entonces, el mecanismo imprescindible para encauzar la vida política se hace depender de un instrumento tecnológico, aunque hayamos pasado de estar bajo el signo de Prometeo al de Hermes, el dios de la comunicación. La gran pregunta que se suscita es si esta tecnología asociada a Internet podrá hacer honor a la gran cantidad de expectativas que ha creado o, y esto es lo grave, si su promesa de liberación puede acabar convirtiéndose en su contrario.
Digitalización abarca tanto a la fórmula a través de la cual se almacenan los datos que viajan por Internet como a los procesos de comunicación que se valen de la Red y surfean por ella. Por decirlo en términos pomposos, ya no hay más mundo que el digitalizado. Todo lo demás podrá existir, pero no será más que una sombra sin vínculo con la realidad que importa, aquella enclaustrada en este dominio y accesible a través de complejos algoritmos. El derridiano il n’y a pas hors de texte (“no hay fuera de texto”, el lenguaje es nuestro único acceso al mundo) se ha convertido en un il n’y a pas hors de l’algoritme.
Alimentamos con regocijo la Red y otros toman buena nota de las preferencias que cándidamente les damos
Acceder a la mareante cantidad de información con la cual alimentamos a este monstruo, que ya abarca a casi todo el conocimiento humano y a todas las comunicaciones de todos con todos, solo es posible gozando de asombrosas máquinas de búsqueda programadas con algoritmos destinados a filtrar lo que en cada momento nos interesa. Internet no es un medio cualquiera, ha devenido en el medio sin el cual ya no podemos entender la sociabilidad ni la disponibilidad del conocimiento, del mismo modo que no podemos imaginar que no se haga la luz cuando apretamos el interruptor.
Como en tantas otras cosas, la política democrática se resiste a seguir la senda que le abren estas nuevas tecnologías, al menos en lo relativo al fomento de la participación política. Pero a nadie se le escapan las muchas consecuencias que el digital turn está teniendo para el devenir de la política normal. Todo el espacio público se está reconstruyendo a través de las redes sociales y de una multitud de webs que empujan en la línea de permitir aproximarnos a una transparencia total y de facilitar una presencia inmediata en dicho espacio de sectores de la ciudadanía cada vez más amplios. Las zonas de estrés que esto está generando para los mecanismos de interlocución política saltan a la vista. Los partidos y sindicatos están dejando de ser los canales privilegiados de mediación entre sociedad y política, pero también los propios medios de comunicación tradicionales, cada vez más atentos a los estados de ánimo que asoman en las redes. El Gobierno representativo tampoco consigue escaparse a esta dinámica. Por lo pronto, y esto parece una obviedad, la propia naturaleza de la comunicación inmediata hace que pierda fuerza el elemento “delegativo” que subyace al concepto de representación. Recordemos que “representar” significa “hacer presente algo o a alguien que está ausente”. Todas las dimensiones de la representación —estar, actuar o hablar en lugar de alguien— presuponen una “ausencia”, la del demos que después de haber “autorizado” mediante las elecciones a sus representantes se retira ya de la primera línea de acción política. Esto es lo que ya no ocurre y lo que comienza a subvertirlo todo.
Hoy hemos accedido a una “democracia de enjambre” (Byung-Chul Han), una “sumatoria privada de muchedumbres” reactivas, que se mueven a base de flujos de halago o descalificación (shitstorms) y que, como un seísmo, sacuden el espacio público llenándolo de ruido e impiden, la mayoría de las veces, una reflexión serena. Nos podrá gustar o no, pero está ahí para quedarse y comienza a reivindicar una nueva política todavía apenas visible. ¿Cuáles serán sus consecuencias; cómo puede afectar la nueva realidad virtual al despliegue de la democracia; facilitará el ejercicio de las virtudes cívicas o las subvertirá? Todo son preguntas.
La gran pregunta es si la liberación que promete Internet puede acabar convertida en su contrario
Ya estamos al corriente, gracias al bendito Snowden, de que algunos Gobiernos sí saben qué hacer con el espacio digitalizado y empiezan a valerse de la “minería de datos” para ejercer una vigilancia sistemática de nuestras comunicaciones, aunque ignoremos por y para qué exactamente. Y eso es lo inquietante. Como también, que el futuro del conocimiento humano —y, por tanto, el control de nuestro destino— estará en manos de quienes tengan la capacidad de diseñar los nuevos algoritmos y financiar las sofisticadas máquinas de búsqueda. Ha surgido así una nueva brecha digital con consecuencias que todavía son impredecibles. Mientras los ciudadanos de a pie nos entretenemos con regocijo en alimentar los data commons, las interacciones constructivas a través de la Red —como Wikipedia, por ejemplo—, otros toman buena nota de las preferencias que cándida e inconscientemente les entregamos cada vez que encendemos el ordenador. Ya sea para hacer negocios o para anticipar comportamientos o movimientos “no deseados”. Frente a este problema, el del derrumbe de la eficacia del copyright casi hasta parece un mal menor.
Internet nos ofrece la posibilidad de invertir el panóptico foucaultiano, de ser nosotros quienes observamos y controlamos al poder, y no a la inversa. Esta es la premisa que hasta hace bien poco dábamos por supuesta. Hoy comenzamos a tener la sospecha de que mientras retozamos dichosos en el ciberespacio hemos entrado sin saberlo en una nueva jaula de hierro, bien vigilada y sujeta a un escrutinio anónimo. Todavía no conocemos con exactitud la dimensión exacta de esta amenaza o quién se va a ver beneficiado por ella, y mucho menos sus consecuencias a largo plazo.
Por eso conviene que abandonemos la situación de encantamiento y embeleso en que nos ha sumido la digitalización y tomemos conciencia de sus ambivalencias. Que, como bien dijeran Adorno y Horkheimer en su día respecto de la Ilustración, todo avance en el proceso de racionalización del mundo tiene también sus costes, genera su propia antítesis. Si reaccionamos rápido puede que aún estemos a tiempo de evitar que este espacio de libertad se convierta en una nueva forma de dominación. En la peor de todas, además, porque es silenciosa, encubierta y, por tanto, imbatible. Un nuevo Mundo feliz con soma digitalizado.
(*) Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.
Fotografía: http://infojobs.altervista.org/ofertassepeactualizadas/
LA CUARTA PÁGINA
La dialéctica de la digitalización
Fernando Vallespín
Desde la plaza Roja de Moscú, al otro lado del río que atraviesa la ciudad, se podía ver hace años una pequeña central eléctrica de la época de la revolución bolchevique. Sobre ella figuraba un gran letrero que transmitía un mensaje inquietante: “Socialismo es el poder de los sóviets y la electrificación”. La frase era de Lenin y aludía al inextricable vínculo existente entre aquella forma de socialismo y su dependencia del tipo de energía imprescindible para emprender la industrialización. Al final, como todos sabemos, el instrumento que se predicaba para hacer posible el paraíso en la tierra acabó por engullir la promesa de la emancipación marxista.
Desde la perspectiva del ciberoptimismo político, hoy podríamos pensar en una divisa similar: “Democracia es el poder del pueblo y la digitalización”. Al fin habría llegado el momento en el que el ideal del Gobierno del pueblo por el pueblo podría hacerse realidad. Algo parecido a lo que los marxistas —y no solo ellos— creyeron ver en el potencial prometeico de la industrialización, que conseguiría sacar al hombre de su extremada dependencia de la naturaleza y convertirlo por fin en amo y señor de su destino.
Como entonces, el mecanismo imprescindible para encauzar la vida política se hace depender de un instrumento tecnológico, aunque hayamos pasado de estar bajo el signo de Prometeo al de Hermes, el dios de la comunicación. La gran pregunta que se suscita es si esta tecnología asociada a Internet podrá hacer honor a la gran cantidad de expectativas que ha creado o, y esto es lo grave, si su promesa de liberación puede acabar convirtiéndose en su contrario.
Digitalización abarca tanto a la fórmula a través de la cual se almacenan los datos que viajan por Internet como a los procesos de comunicación que se valen de la Red y surfean por ella. Por decirlo en términos pomposos, ya no hay más mundo que el digitalizado. Todo lo demás podrá existir, pero no será más que una sombra sin vínculo con la realidad que importa, aquella enclaustrada en este dominio y accesible a través de complejos algoritmos. El derridiano il n’y a pas hors de texte (“no hay fuera de texto”, el lenguaje es nuestro único acceso al mundo) se ha convertido en un il n’y a pas hors de l’algoritme.
Alimentamos con regocijo la Red y otros toman buena nota de las preferencias que cándidamente les damos
Acceder a la mareante cantidad de información con la cual alimentamos a este monstruo, que ya abarca a casi todo el conocimiento humano y a todas las comunicaciones de todos con todos, solo es posible gozando de asombrosas máquinas de búsqueda programadas con algoritmos destinados a filtrar lo que en cada momento nos interesa. Internet no es un medio cualquiera, ha devenido en el medio sin el cual ya no podemos entender la sociabilidad ni la disponibilidad del conocimiento, del mismo modo que no podemos imaginar que no se haga la luz cuando apretamos el interruptor.
Como en tantas otras cosas, la política democrática se resiste a seguir la senda que le abren estas nuevas tecnologías, al menos en lo relativo al fomento de la participación política. Pero a nadie se le escapan las muchas consecuencias que el digital turn está teniendo para el devenir de la política normal. Todo el espacio público se está reconstruyendo a través de las redes sociales y de una multitud de webs que empujan en la línea de permitir aproximarnos a una transparencia total y de facilitar una presencia inmediata en dicho espacio de sectores de la ciudadanía cada vez más amplios. Las zonas de estrés que esto está generando para los mecanismos de interlocución política saltan a la vista. Los partidos y sindicatos están dejando de ser los canales privilegiados de mediación entre sociedad y política, pero también los propios medios de comunicación tradicionales, cada vez más atentos a los estados de ánimo que asoman en las redes. El Gobierno representativo tampoco consigue escaparse a esta dinámica. Por lo pronto, y esto parece una obviedad, la propia naturaleza de la comunicación inmediata hace que pierda fuerza el elemento “delegativo” que subyace al concepto de representación. Recordemos que “representar” significa “hacer presente algo o a alguien que está ausente”. Todas las dimensiones de la representación —estar, actuar o hablar en lugar de alguien— presuponen una “ausencia”, la del demos que después de haber “autorizado” mediante las elecciones a sus representantes se retira ya de la primera línea de acción política. Esto es lo que ya no ocurre y lo que comienza a subvertirlo todo.
Hoy hemos accedido a una “democracia de enjambre” (Byung-Chul Han), una “sumatoria privada de muchedumbres” reactivas, que se mueven a base de flujos de halago o descalificación (shitstorms) y que, como un seísmo, sacuden el espacio público llenándolo de ruido e impiden, la mayoría de las veces, una reflexión serena. Nos podrá gustar o no, pero está ahí para quedarse y comienza a reivindicar una nueva política todavía apenas visible. ¿Cuáles serán sus consecuencias; cómo puede afectar la nueva realidad virtual al despliegue de la democracia; facilitará el ejercicio de las virtudes cívicas o las subvertirá? Todo son preguntas.
La gran pregunta es si la liberación que promete Internet puede acabar convertida en su contrario
Ya estamos al corriente, gracias al bendito Snowden, de que algunos Gobiernos sí saben qué hacer con el espacio digitalizado y empiezan a valerse de la “minería de datos” para ejercer una vigilancia sistemática de nuestras comunicaciones, aunque ignoremos por y para qué exactamente. Y eso es lo inquietante. Como también, que el futuro del conocimiento humano —y, por tanto, el control de nuestro destino— estará en manos de quienes tengan la capacidad de diseñar los nuevos algoritmos y financiar las sofisticadas máquinas de búsqueda. Ha surgido así una nueva brecha digital con consecuencias que todavía son impredecibles. Mientras los ciudadanos de a pie nos entretenemos con regocijo en alimentar los data commons, las interacciones constructivas a través de la Red —como Wikipedia, por ejemplo—, otros toman buena nota de las preferencias que cándida e inconscientemente les entregamos cada vez que encendemos el ordenador. Ya sea para hacer negocios o para anticipar comportamientos o movimientos “no deseados”. Frente a este problema, el del derrumbe de la eficacia del copyright casi hasta parece un mal menor.
Internet nos ofrece la posibilidad de invertir el panóptico foucaultiano, de ser nosotros quienes observamos y controlamos al poder, y no a la inversa. Esta es la premisa que hasta hace bien poco dábamos por supuesta. Hoy comenzamos a tener la sospecha de que mientras retozamos dichosos en el ciberespacio hemos entrado sin saberlo en una nueva jaula de hierro, bien vigilada y sujeta a un escrutinio anónimo. Todavía no conocemos con exactitud la dimensión exacta de esta amenaza o quién se va a ver beneficiado por ella, y mucho menos sus consecuencias a largo plazo.
Por eso conviene que abandonemos la situación de encantamiento y embeleso en que nos ha sumido la digitalización y tomemos conciencia de sus ambivalencias. Que, como bien dijeran Adorno y Horkheimer en su día respecto de la Ilustración, todo avance en el proceso de racionalización del mundo tiene también sus costes, genera su propia antítesis. Si reaccionamos rápido puede que aún estemos a tiempo de evitar que este espacio de libertad se convierta en una nueva forma de dominación. En la peor de todas, además, porque es silenciosa, encubierta y, por tanto, imbatible. Un nuevo Mundo feliz con soma digitalizado.
(*) Fernando Vallespín es catedrático de Ciencia Política en la Universidad Autónoma de Madrid.
Fotografía: http://infojobs.altervista.org/ofertassepeactualizadas/
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