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jueves, 30 de abril de 2015

LA BROCHA GORDA DEL LENGUAJE

Entrevista: Luisa Etxenike, escritora
"La cultura no es una actividad del tiempo libre; es lo que nos hace libres todo el tiempo"
La escritora donostiarra Luisa Etxenike señala que "la relación con el lenguaje es la relación estelar de nuestras vidas y el perder ese matiz, esa ambición, se convierte en una catástrofe personal y social".
Ante la pérdida de riqueza en el lenguaje, advierte: "No es lo mismo poseer 1.000 palabras que 40.000, en ningún orden de la vida, por eso creo que hay democracias de 1.000 palabras y democracias de 40.000".
Para Etxenike, "la identidad no es algo que recibimos de serie, como el equipamiento de los coches. La identidad es algo singular".
Ante la situación de la creación literaria en Euskadi, dice: "El Instituto Etxepare, una ventana al exterior de la cultura vasca, necesita revisar y, sobre todo, reforzar su trabajo en la literatura en castellano".
Txema G. Crespo

Luisa Etxenike (San Sebastián, 1957) es escritora de novelas y relatos, pero también reflexiona sobre el lenguaje, la realidad política o el porvenir con certera clarividencia como muestran sus frecuentes artículos en prensa. El próximo 18 de junio presentará un nuevo libro en San Sebastián, El arte de la pesca, reescritura de la última parte de su novela Los peces negros, una especie de 'collage' de cortos en relación con ese texto, que llevará una ilustración sonora a cargo del compositor Borja de Miguel.
Directora del festival literario   Un mundo de escritoras, miembro del Consejo de Redacción de la revista de cultura y pensamiento   Grand Place, el pasado sábado 18 de abril intervino en el evento TEDx Almendra Medieval, en Vitoria, para hablar sobre ecología lingüística: "Como las selvas amazónicas, las palabras también se expolian, se violan, se maltratan y hay que cuidarlas", comentó.
¿De dónde surge tu argumentación sobre la necesidad de una ecología lingüística ante el empobrecimiento del lenguaje?
Yo le llamo ecología lingüística, pero podríamos hablar también de ecología del pensamiento, de ecología cultural. La reflexión viene de la constatación de la desertización que avanza en determinados campos que considero fundamentales, que son el de la cultura, el pensamiento, el arte, la creación intelectual. Y que tiene que ver también con un empobrecimiento del lenguaje. La relación con el lenguaje es la relación estelar de nuestras vidas y el perder ese matiz, esa ambición, se convierte en una catástrofe personal y social. Las Humanidades están siendo desterradas del sistema educativo y eso tiene consecuencias. Vemos cómo se ha despertado la conciencia ecológica y la ciudadanía comprende la pérdida colosal que supone la devastación del Amazonas, del mismo modo, hay bienes culturales, patrimonio, libros, capacidad de lectura de referencias que se están perdiendo, que se están devastando por el poco aliento que desde instancias institucionales se da a la preservación de ese patrimonio.
¿Podemos decir que esto es premeditado?
No quiero que mi pensamiento se articule en forma de la polémica o la provocación. Decir que esto es "premeditado" es un titular fácil. Sinceramente, creo que lo tenemos que abordar con serenidad. Es verdad que hay una identificación excesiva de la cultura con el entretenimiento, pero la cultura no es una actividad del tiempo libre sino lo que nos hace libres todo el tiempo. Hay una poderosísima industria del entretenimiento y eso nos hace perder de vista el sentido emancipador, el sentido de crecimiento personal y social que la cultura, y lo fundamental que es en este sentido la capacidad del lenguaje. No es lo mismo poseer 1.000 palabras que 40.000, en ningún orden de la vida. No en la vida del conocimiento íntimo, pero tampoco en la comunicación social y política, por eso creo que hay democracias de 1.000 palabras y democracias de 40.000. La cultura está mucho más cerca de la creación artística que del entretenimiento.
Junto al empobrecimiento del lenguaje, vivimos también la perversión de los significados, la invasión de la neolengua.
Es que al mismo tiempo que hablamos de la falta de siembra en el lenguaje, hay que citar la manipulación del mismo, acompañado por un conformismo con la ausencia de matiz, con la brocha gorda, con la perversión de los conceptos. Lo que llamo las apropiaciones indebidas del lenguaje, que es llamar a las cosas por nombres que no les corresponde. Todo forma parte del mismo conjunto que nos hace vulnerables a cualquier tipo de manipulación. Es fundamental tener del otro lado un receptor que sepa distinguir lo que le cuentan. Y no solo es responsabilidad de la escuela, también los medios de comunicación que no informan con el rigor que corresponde, o los discursos públicos que no preconizan el el matiz, el hilar fino en la expresión.
Eres escritora vasca en castellano, vives junto a la frontera con Francia, cuyo gobierno te ha reconocido como Caballero de la Orden de las Artes y las Letras, y tu obra se traduce a esta lengua...
¿Cómo vives el día a día de esta cultura trilingüe?
Cuando hablaba de ecología lingüística, hablaba de ecologismo de las lenguas, sin duda: lo que amenaza a una lengua, amenaza al resto. Creo que es una situación que se vive en todas partes, aunque bien es verdad que hay sistemas educativos que lo ven más claro y tratan de combatirlo. Cuando alguien cruza la frontera o se coloca frente a la ciudadanía francesa en el ámbito que sea, se queda maravillado ante lo bien que hablan. Está claro que el sistema educativo y el debate público franceses están más preocupados por la calidad de la lengua que el que tenemos a este lado de la frontera.
¿Y en cuanto a la convivencia entre el euskera y el castellano?
A mí no me importa en que lengua escribe una persona, sino lo que dice. Por tanto, quienes escribimos en euskera y castellano ya llevamos muchos años de convivencia, tenemos entre nosotros una relación fluida y natural y no confundimos la lengua de expresión con las convicciones de cada cual ni con los respectivos proyectos creativos. Otra cosa es el apoyo institucional, donde todavía hay trabajo que hacer. Seguimos teniendo instituciones volcadas en apoyar la creación en euskera más o de manera diferente que la que se hace en castellano. Y yo sí creo que se debería revisar la discriminación positiva al euskera. Por ejemplo, hasta años muy recientes, hasta que llegó el gobierno del lehendakari Patxi López, la edición en castellano no recibía ningún apoyo. Fueron muchos años de discriminación. Patxi López lo resolvió, pero a mi juicio todavía falta en las instituciones vascas una convicción más decidida para considerar que el apoyo a la creación no tiene que tener esa variable lingüística que deja en un segundo plano la creación literaria en castellano. Y me refiero, por ejemplo, al Instituto Etxepare, una ventana al exterior de la cultura vasca, que en su trabajo en la literatura en castellano necesita revisarse y, sobre todo, reforzarse.
En más de una ocasión, has reflexionado sobre la relación de Euskadi con España,
¿Cómo entiendes tú esa relación, o la de Cataluña, en estos momentos quizás más crispada que la vasca?
Lo voy a decir simplemente: supongo que habrá personas que viven con conflicto el hecho de ser español o vasco. Pero hay muchas personas, entre las que me incluyo, que no viven con ningún conflicto el ser vascas y españolas. Es más, ese vivir sin conflicto les prepara también para ser otras cosas: europeos. No estamos en esa polaridad, sino en esa triangulacíón que es estimulante, necesaria, fundamental. Además, crucemos la frontera, como yo hago constantemente. Y me encuentro a mi alrededor con una mayoría de personas que viven sin conflicto ser vascos y franceses. Y a este lado, ocurre lo mismo: muchísimas personas que viven con alegría, con naturalidad, sin conflicto. Ese vivir así necesita un amparo político, que esté en el discurso público. A veces, la crispación viene de que el debate lo copan quienes viven en ese conflicto. En cualquier caso, creo que en el ámbito de las identidades, mi posición fundamental es que la identidad no es algo que recibimos de serie, como el equipamiento de los coches. La identidad es algo singular. Yo abogo, antes que por ser vasco, español..., por ser yo misma, con los mestizajes que la vida me va proponiendo. Hablaría de la originalidad íntima de la identidad. En ese sentido, sí puedo participar de una identidad común, dinámica, que es la de las convicciones políticas.
La aparición de nuevas fuerzas políticas, ¿nos sitúa ante una nueva era en la que esas identidades políticas de las que hablas tengan un impulso?
La crisis económica ha destapado una realidad que estaba tapada por una ilusión de riqueza que no afectaba a todo el mundo. La crisis nos obliga a replantearnos muchísimas cosas, como una cierta inercia política que nos hacía entender como si las cosas funcionaran porque sí. Hay que replantear las convicciones de la izquierda, de la democracia y la aparición de nuevas fuerzas obliga a replantear esa inercia en una dinámica. Y todo lo que supone una dinámica es bueno. Dicho esto, yo no creo que necesitemos líderes o partidos providenciales, sino que necesitamos regenerar la relación entre la ciudadanía y la política, desde la convicción de que la política debe estar libre de toda sospecha. La calidad de la política viene por la monitorización que hace el ciudadano de la misma en tiempo real. Ha habido una inercia de abandono de esa capacidad que es al mismo tiempo una responsabilidad de la ciudadanía. Creo que estamos ante un momento estimulante.
¿Puede haber un paralelismo con los momentos posteriores a la muerte de Franco?
Yo era muy joven entonces. Ahora las hemerotecas hablan de líderes políticos, pero yo me acuerdo de la calle, de la importancia que le dábamos a votar. Había una comprensión de que la democracia no se hacía de arriba hacia abajo, sino de la ciudadanía a la clase política. Es necesaria una ciudadanía lúcida, responsable, que sabe que la calidad de la democracia están en sus manos. Yo creo que tenemos que recuperar eso, pero para recuperar eso hay que recuperar lo primero, lo que iniciaba la conversación: una ciudadanía lúcida es una ciudadanía formada, capaz de hilar fino y sobre todo de leer fino los discursos.

Fotografía: TEDxAlmendraMedieval.
Fuente: http://www.eldiario.es/norte/cultura/cultura-actividad-tiempo-libre-libres_0_380062062.html

sábado, 30 de abril de 2011

PRIMERAS HOSTILIDADES


El Pais, Madrid, 30/04/11
TRIBUNA: ALBERT BRANCHADELL
¿Evitar la guerra lingüística?

El pasado 22 de diciembre el Tribunal Supremo (TS) dio a conocer tres sentencias que, más allá de resolver sendas reclamaciones particulares, suponen una desautorización del modelo lingüístico-escolar de Cataluña. Se trata del llamado "sistema de inmersión", que se caracteriza por tener el catalán como lengua vehicular y el castellano como asignatura obligatoria. Según el TS, que interpreta a su manera la sentencia del Constitucional sobre el Estatuto de Cataluña, el castellano debe ser "reintroducido" como lengua vehicular en todos los cursos de enseñanza obligatoria, en una proporción que corresponde fijar a las autoridades educativas catalanas. El entonces consejero de Educación de la Generalitat, Ernest Maragall, quitó hierro a este revés judicial, con el argumento de que el Supremo "no anula ni obliga a modificar ningún precepto ni artículo de la normativa vigente". El argumento es débil, porque tanto Maragall como su sucesora, Irene Rigau, saben que la Ley de Educación de Cataluña (LEC), que pretendía "blindar" la inmersión, está sobre la mesa del Tribunal Constitucional (TC), y después de la sentencia sobre el Estatuto es poco probable que la LEC supere incólume el escrutinio constitucional.

Pregunta: ¿qué pasará si el TC obliga a modificar algún precepto lingüístico de la LEC? El presidente de la Generalitat, Artur Mas, no se anduvo con rodeos: si le obligaran a alterar el sistema de inmersión, "tendríamos un conflicto político de primerísimo orden". En esta línea, el pasado 7 de abril la Comisión de Educación del Parlamento de Cataluña aprobó una insólita resolución en que manifiesta su "discrepancia" con el TS y llama a la "extensión" de la inmersión. El asunto es lo suficientemente grave como para que intentemos reconstruir un terreno de encuentro.

Además de constituir un tosco ejercicio de extralimitación, suplantar al legislador catalán e ignorar la autonomía de la Generalitat, las sentencias del TS parten de una grave impostura, que consiste en dar por sentado un vínculo necesario entre el deber de conocer el castellano y la consideración del castellano como lengua vehicular, un asunto en el que la Constitución guarda silencio. Esta posición del Supremo choca con la realidad empírica: está perfectamente acreditado que el alumnado catalán alcanza una competencia completa en castellano, aunque en su vida escolar la lengua vehicular sea el catalán. No es necesario ser especialmente sutil para darse cuenta de que detrás de la argumentación del Supremo no hay argumentos estrictamente pedagógicos sino políticos: en España todo el mundo debe recibir (al menos una parte) de la enseñanza en castellano... porque estamos en España.

El carácter vehicular del castellano no es necesario para asegurar su conocimiento entre el alumnado, pero tampoco debería ser dañino para el catalán. En este punto es donde determinadas reacciones catalanas a las sentencias del TS incurren en la sobreactuación. Organizaciones tan respetables como el Centre Unesco, el Pen Club o la Associació de Mestres Rosa Sensat emitieron un comunicado en el que protestan contra las sentencias del TS y llaman a la sociedad catalana a organizarse para responder "a este intento de genocidio lingüístico". El Supremo considera "inobjetable" la política de normalización del catalán que emana del Estatuto y de las leyes de normalización y solo reclama que el castellano sea también lengua vehicular de un sistema educativo organizado en una sola red escolar que no segrega a los alumnos por razones lingüísticas. Si esto es genocidio ya podemos deshacernos de nuestros diccionarios.

En su discurso de investidura, Mas dijo que su apuesta sería por una escuela catalana y unos alumnos trilingües, perfectamente competentes en catalán, castellano e inglés. En Cataluña se sabe que para garantizar la competencia en inglés no bastará con una asignatura, sino que habrá que introducir el inglés como lengua vehicular. En este punto es donde la solidez de ciertas posiciones catalanas se tambalea: ¿introducir el inglés como lengua vehicular no va a arruinar el sistema de inmersión pero (re)introducir el castellano sí? ¿Dar matemáticas en castellano puede resultar letal pero hacerlo en inglés no? En Cataluña el debate tampoco es estrictamente pedagógico sino que adquiere tintes políticos: independientemente de si existen maneras alternativas de asegurar la competencia en catalán, en Cataluña todo el mundo debe recibir (toda) la enseñanza en catalán... porque estamos en Cataluña.

Como se puede ver, lo que se plantea es un enfrentamiento entre dos postulados mutuamente contradictorios que beben del nacionalismo lingüístico. Si queremos evitar "un conflicto político de primerísimo orden", solo cabe una solución, que es apostar por alumnos trilingües en una escuela catalana trilingüe, en la que el catalán, en atención al legítimo objetivo de la normalización lingüística, sea el "centro de gravedad" (en la bella expresión del Constitucional), el castellano no quede excluido como lengua docente, y el inglés tenga la presencia necesaria para resolver el gran problema lingüístico que tiene planteado el sistema educativo catalán (y español), que no es precisamente el conocimiento del castellano sino el de la lengua global. A menos, claro está, que deseemos ese conflicto político de primerísimo orden.

Ilustración: Casimir Malevich,"Suprematismo 417".