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sábado, 7 de octubre de 2017

UNO Y MÚLTIPLE

Peter Sellers en Pyongyang
Luis Barragán

En el mandato legislativo anterior, nos alarmaba no sólo que existiera un grupo de amistad con Corea del Norte, sino que los diputados adscritos lo celebrasen al mencionar el hecho en las sesiones plenarias. Obviamente, el asunto nos remitía a la tragedia personal que sufrió el poeta venezolano Alí Lameda, décadas atrás, como a la hambruna padecida por un país que diligenciaba una bomba atómica, ciertamente contrastante con una Corea del Sur próspera y de mayores como evidentes libertades.

La monarquía comunista de tan larga data, porque no es otra cosa, ideó una alternativa de supervivencia fundada en un  vil chantaje.  Kim Jong-un, el heredero con alguna estampa de rockero jubilado, por absurdo que fuese en un país hundido en la miseria, pero eficazmente sojuzgado, ahora cuenta con armas de un elevadísimo costo económico que agrava toda la situación mundial por la sola amenaza de utilizarlas.

Pareciendo una mezcla del general Ripper y del doctor Strangelove, arrinconado el capitán Mandrake, que tan magnífica como simultáneamente representó Peter Sellers para una película nada más y nada menos que de Stanley Kubrick: “Dr. Strangelove or: How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb” (1964), Jong-un goza del concurso impredecible del presidente Trump y de sus colaboradores. Peor no puede presentarse el siniestro cuadro aun para países geográficamente tan distantes como el nuestro, un dato nada importante por las  consabidas consecuencias  de una conflagración atómica.

Inmensas y calamitosas las dimensiones de la crisis que confrontamos, siendo tan severa la amenaza del Sellers que ha volado de Caracas a Pyongyang, es un tema más que secundario en la opinión pública venezolana. Natural, esta dictadura ni siquiera sueña con romper diplomáticamente con la dictadura asiática, una lógica iniciativa de la transición democrática y pacífica a la que aspiramos.

Trátese de una dictadura comunista o de una teocrática, la aspiración común e ineludible es la de contar con una bomba nuclear para sobrevivir mediante la extorsión, a sabiendas de que será táctica para el que la lanza y estratégica para el que la recibe, como observó en un viejo libro Léo Hamon, recordando a Jules Moch. Por lo pronto, no sin recomendar la película en cuestión (https://www.youtube.com/watch?v=hvBITSsxYcw), nada  descabellado pensar es, según el canon, que de sobrevivir la dictadura venezolana, Sellers volverá a Caracas para represar – ahora, sí - la mayor cantidad de petrodólares que pueda y fabricar su propio artefacto que el mayor Kong lanzará y saludará con entusiasmo.

sábado, 15 de agosto de 2015

DIMENSIÓN MORAL: UN EJERCICIO CONCRETO

EL NACIONAL, Caracas, 12 de agosto de 2015
De Hiroshima al golpe de Estado
Aníbal Romero 

El propósito fundamental del estudio de la historia consiste en explicar. Sin ese esfuerzo, que debería siempre eludir actitudes dogmáticas, el análisis del pasado con facilidad se convierte en un ejercicio de justificación o condena a ultranza. No sostengo que justificar o condenar acontecimientos pasados sea ilegítimo, y muchas veces es indispensable hacerlo. Tan solo afirmo que sin el empeño genuino de explicar lo ocurrido, tanto la condena como la aprobación carecen de fortaleza conceptual y ética.
En tal sentido, y transcurridas siete décadas luego del estallido de dos bombas atómicas en las ciudades japonesas de Hiroshima y Nagasaki, buen número de comentaristas alrededor del mundo han formulado de nuevo la pregunta: ¿Fue necesario usar esas armas? ¿Era viable otra salida a los dilemas que planteaba la terminación de la guerra? ¿Qué significó hacia adelante el empleo de tales instrumentos de destrucción masiva?
Se impone precisar la pregunta central: ¿Necesario con relación a qué, con qué objetivo? Me parece evidente que para los decisores estadounidenses, civiles y militares, la interrogante se mostraba así: ¿Era necesario usar esas armas para poner fin a la guerra sin pagar los inmensos costos humanos, en este caso el costo en vidas de soldados norteamericanos, que inevitablemente exigiría la invasión del Japón como tal, es decir, de las cuatro principales islas japonesas, entre ellas la isla de Honshu en la que está ubicada Tokio?
Para explicar la decisión de emplear las bombas atómicas, con sus espantosas implicaciones, resulta imperativo tomar en cuenta el demoledor choque militar y psíquico que sufrieron las fuerzas militares estadounidenses en su avance a través del océano Pacífico, tanto en las invasiones a pequeñas islas fortificadas como Iwo Jima y Okinawa, así como al enfrentarse al fenómeno de los Kamikaze o acciones suicidas de la fuerza aérea japonesa contra los buques de guerra norteamericanos.
Lo que aprendieron los estadounidenses de esas experiencias, y ello constituye un elemento clave en el análisis de la decisión de usar las armas atómicas, fue que la resistencia japonesa era fanática, que la sociedad japonesa de entonces y sus fuerzas militares no estaban dispuestas a rendirse, y que si los muertos, heridos, mutilados y desaparecidos se multiplicaban en tanto más se acercaban al Japón propiamente dicho, el precio de una invasión a las islas centrales con seguridad alcanzaría centenares de miles de bajas norteamericanas adicionales.
Es un error común, pero no por tal motivo aceptable, emitir juicios sobre eventos como los acá esbozados desde una perspectiva moral y políticamente abstracta, contrastando las situaciones analizadas con una especie de mundo ideal, pasado, presente y futuro, en el que presuntamente no existen guerras, los seres humanos somos altruistas y la bondad y la racionalidad reinan en la Tierra. Pero semejante línea interpretativa es tan absurda como inútil. El presidente Truman y sus asesores tenían que tomar decisiones en un mundo real y concreto, en medio de una guerra atroz que reclamaba las vidas de miles de sus ciudadanos en diarios combates de extrema crueldad, y ante un enemigo que, como lo indicaban su tenacidad bélica y su atroz conducta hacia sus adversarios capturados, defendería su país hasta la muerte a menos que su emperador lo impidiese.
Y este es un punto relevante: lo que no pocos estudiosos pierden de vista, o encuentran casi imposible asimilar cuando estudian el caso de las bombas atómicas y el Japón, es el sustrato cultural-psicológico que para entonces dominaba la lucha de los japoneses, tanto civiles como militares, sustrato que de manera especialmente intensa impulsaba al brutal militarismo japonés. Los analistas que emiten juicios a setenta años de distancia como si fuesen dioses en un Olimpo de pureza moral y quimeras políticas, encuentran cuesta arriba comprender que la irracionalidad es un ingrediente de los grandes eventos históricos, sobre todo de las guerras, y que el fanatismo es en ocasiones una realidad inescapable.
Con reiterada frecuencia se argumenta que Washington debió realizar una “prueba” de la bomba atómica en presencia de representantes japoneses, de modo que estos últimos se percatasen de lo que les iba a ocurrir y optasen por rendirse. Para empezar, los estadounidenses solo habían desarrollado dos bombas atómicas en agosto de 1945, y era incierto cuándo podrían tener otra u otras. Si los devastadores bombardeos incendiarios a Tokio y otras ciudades japonesas durante los primeros meses de 1945, en alguno o tal vez en varios de los cuales perecieron más civiles que en Hiroshima y Nagasaki, no habían persuadido al emperador y su gobierno a rendirse, ¿qué podía entonces esperarse de una “prueba” que bien podía fallar y ello asumiendo que los decisores japoneses se hubiesen dignado a asistir a esta?
Creer semejante ingenuidad, que es fruto de nuestras ilusiones posteriores, pierde de vista el hecho clave de que aún después de que Hiroshima y Nagasaki fueron destruidas los días 6 y 9 de agosto de 1945, los decisores japoneses, en particular los jefes militares, todavía se negaban a afrontar la realidad, y fue necesaria la intervención directa, inusual y finalmente definitoria del propio emperador ante el consejo de gobierno para poner fin a la resistencia japonesa, ante la perspectiva de que el país quedase reducido a cenizas.
Completando esta historia de insensatez, cabe añadir que pocos días luego de los desastres en Hiroshima y Nagasaki, durante la madrugada del 14 al 15 de agosto (la noche inmediatamente anterior a que fuese transmitido al pueblo el anuncio de rendición, grabado por el emperador), un grupo de oficiales del ejército llevó a cabo un intento de golpe de Estado en Tokio. Estos jóvenes fanáticos tomaron por unas horas el palacio imperial, intentaron colocar al emperador bajo arresto y trataron de secuestrar las cintas magnetofónicas de su mensaje de rendición, todo ello para procurar que el Japón siguiese la lucha hasta el propio exterminio.
Si bien es cierto que ese grupo de oficiales actuó en contra de lo ya decidido por las máximas autoridades del país, y por último fracasaron, lo acontecido puso de manifiesto que fue solo la muy tardía intervención de Hirohito la que hizo aceptar a los militares japoneses que había llegado el fin de la guerra para ellos, y que Japón se rendiría. Ni Hirohito ni su gobierno sabían que los estadounidenses ya habían usado las dos bombas atómicas que para el momento poseían. Lo que se les planteaba era que a Hiroshima y Nagasaki les siguiese la aniquilación atómica de muchas otras ciudades, Tokio incluida. Fue esa visión del apocalipsis lo que a la postre les doblegó.
Cabe preguntarse: ¿Qué opción tenía Truman? ¿Cómo hubiesen reaccionado el pueblo y el Congreso estadounidenses si Truman hubiese enviado a una muerte segura a centenares de miles de jóvenes norteamericanos en la invasión al Japón, en lugar de utilizar las nuevas y terribles armas de que pudo disponer en agosto de 1945? ¿Cómo habrían reaccionado millones de madres, esposas, hermanas, novias, amantes y amigas, y desde luego padres, hermanos, etc., al enterarse de que sus seres queridos murieron sin que antes Truman hubiese empleado todos los medios a su alcance para poner fin a la resistencia japonesa?
Estas son, creo, las preguntas que hay que hacerse, en lugar de observar ese escenario trágico con la actitud de jueces impolutos y todopoderosos, que emiten veredictos acerca de eventos complejos con inexcusable vanidad y arrogancia.
Desde luego, en un mundo ideal tales preguntas no tendrían que ser formuladas, pues en un mundo ideal no existirían las guerras, ni las armas, ni siquiera la maldad, las debilidades, egoísmo y fallas de todo tipo que con frecuencia caracterizan la conducta humana. En ese mundo ideal seríamos plenamente racionales y éticamente intachables. Pero insisto: tal escenario utópico es inadecuado como referencia para explicar y evaluar hechos históricos de tal complejidad.
El nacimiento de la era atómica no puso fin a las guerras, aunque sí ha limitado, hasta ahora, las confrontaciones entre las grandes potencias. Ni siquiera se detuvo la búsqueda de arsenales nucleares por parte de países que aspiran poseer la bomba, y numerosos ejemplos revelan que la amenaza de una colosal destrucción no siempre detiene nuestra ambición de poder y no siempre reduce nuestros miedos, o lo hace solo a duras penas.
Considero difícil e improbable que cambiemos sustancialmente de actitud.

sábado, 18 de mayo de 2013

PISAR EN FALSO O FALSEAR LA PISADA

EL IMPULSO, Barquisimeto, 18 de mayo de 2013
Corea: ninguna guerra “termonuclear”
Edgard Otaiza Vasquez

Hace años, en los libros especializados se describía la guerra termonuclear y el arma causante. Era el hidrógeno el elemento químico que, al fusionarse consigo mismo, liberaba una gigantesca cantidad de energía superior a la que se obtenía en el proceso de fisión de átomos de uranio o plutonio en la ya probada bomba atómica (bomba A).
El nuevo artefacto explosivo fue bautizado como bomba de hidrógeno, bomba H o bomba termonuclear. Para la fusión del hidrógeno se necesita un disparador, el cual es una bomba A de fisión “normal”, que eleve la temperatura del proceso a muchos millones de grados Kelvin. De allí el término de arma termonuclear, de 1952, según el diseño de sus creadores, los físicos estadounidensesEdward Teller y StanislawUlam, que aún se mantiene.
Lo anterior sirve para referirnos al texto en la página A3 de este diario(11-04-2013)del acreditado internacionalista Julio César Pineda. Al referir la posibilidad de una primera guerra “termonuclear” iniciada por Corea del Norte, Pineda induce a confusión al extender el uso del término termonuclear a cualquier evento que emplee armas nucleares, cuando solamente se ajusta al uso de la bomba H. Si el mundo se alarmó por las amenazas del joven dictador norcoreano ante la posible utilización de un escaso número de bombas atómicas de baja potencia, debería aterrorizarse en grado sumo si se tratara de bombas termonucleares.
En sus dos primeros ensayos atómicos (2006 con 1,5kT y 2009 con 3kT), Corea del Norte empleó plutonio como material fisionable. Se estima que dispone de plutonio para 4-8 nuevos ensayos. La bomba de 2013, aproximadamente con 7kT (la lanzada sobre Hiroshima tenía 20kT), fue probablemente con uranio enriquecido.La producción de plutonio en los reactores nucleares es reconocible desde satélites, pero el enriquecimiento de uranio es indetectable, pues las centrífugas necesarias para suprocesamiento solo se observanin situ. Para 2010, las instalaciones atómicas de Yongbyon tenían alrededor de 2.000 centrífugas, según Siegfried Hecker, profesor de la Universidad de Stanford, ex-director del Laboratorio Nacional de Los Alamos,conocedor de esas instalaciones.
El Instituto Isis de Washington estima, que hasta 2016 Corea del Norte podría producir uranio fisionable para construir 21-32 bombas atómicas.Pero es dudable sucapacidad para construir una cabeza explosiva suficientemente pequeña que se ajuste en un cohete balístico y, más importante, cuándo puede disponer de un sistema portador confiable.Los especialistas opinan, que tal tecnología, más desafiante que construir una bomba A, no está al alcance de Corea del Norte.  La  debilidad central del programa norcoreano yace en lafalta de suficientes ensayos, indispensables para hacer práctico un sistema de armas tan complejo.
Hasta tanto, pesa más el efecto „amenaza“, sin despreciar las baladronadas y provocaciones.En consecuencia, aunque Kim Jong Un apretara ahora el hipotético botón que cita Pineda para producir el efecto apocalíptico, no sucedería nada.
Corea del Norte tampoco ha perdido „todo apoyo de estos antiguos aliados“ (Rusia y China), como escribe Pineda. El grave error norcoreano fue pasar la línea roja al anunciar un ataque atómico preventivo contra Estados Unidos, que no sería compartido por sus aliados y puso en alerta a Norteamérica. Si bien la influencia rusa ha disminuido, la de China se mantiene.Ninguna otra nación como China tiene tanta influencia sobre Corea del Norte, dada su dependencia alimentaria y de armas convencionales. Solamente Estados Unidos y China pueden devolverle la cordura al joven dictador, diplomática, económica y militarmente.
La acción diplomática se está practicando.Estados Unidos y China han convenido hace poco alcanzar una península coreana libre de armas atómicas. China promueve un desarme y se mantiene cautelosa. Los gritos norcoreanos disminuyen.
El conocido científico Carl Sagan, astrofísico, profesor de astronomía y ciencias espaciales de la Universidad de Cornell, excepcional comunicador, proponente de las sondas espaciales Mariner, Viking y Voyager, pionero en alertar al mundo sobre los peligros del calentamiento global del planeta y el análisis de las consecuencias climáticas de la guerra nuclear, la que combatió intensamente, escribió:"No es la tierra ni la vida en la tierra lo que está en juego, sino nuestra existencia como seres humanos y todo lo que nosotros defendemos".
Fotografía: Tomada de la red.

miércoles, 21 de marzo de 2012

NOTICIERO RETROSPECTIVO










- 377 menores se extraviaron en Caracas en 1959. Elite, Caracas, nr. 1789 del 09/01/60.
- Víctor Manuel Reinoso. "¿Lo que sucedería a ud. si una bomba atómica explotara en Caracas". Elite, nr. 1829 del 15/10/60.
- Julio César Pineda. "¿Qué pasaría en Caracas si estallara una bomba atómica?". El Nacional, Caracas, 04/06/85.
- Pedro Duno. "La escalada universitaria". Ultimas Noticias, Caracas, 24/11/69.
- José Rafael Zanoni. "Poder, diplomacia y petróleo". Economía Hoy, Caracas, 11/04/00.

Fotografía: Rafael Naranjo Ostty. Elite, Caracas, nr. 1953 del 02/03/63.