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domingo, 3 de abril de 2016

NOTA ESCONDIDA EN UN BLOG

De la cámara escondida en una mano de cambur
Luis Barragán


Tiempo tras, tuvimos la fortuna de coincidir con Naudy Suárez en una hemeroteca pública. Respetado historiador, después del saludo inicial, tomó asiento y, al llegar el grueso tomo que le interesaba, abrió el pequeño e inadvertido equipaje: en la bolsa, una modesta mano de cambur escondía la diminuta cámara fotográfica que registraría el dato de interés.

La anécdota ha quedado como ilustración de las previsiones necesarias de adoptar no sólo para transitar las calles con lo supremamente indispensable, sino para ejercer la propia investigación en las sedes bibliotecarias y hemerográficas para las cuales no basta el simple lápiz y papel. Y ya no es un problema de tránsito y camuflaje, pues, una vez en el lugar de consulta, hay que mirar a todos lados y, furtivamente, emplear – porque no queda más remedio – la cámara (y la del celular), la tableta, el escáner de mano o la minilaptop.

Abordar el transporte público o el mismo automóvil personal, es toda una aventura por lo que se tiene en la mano. Escasas las de tintura negra, las bolsas – pequeñas o grandes – llaman la atención al traslucir algún objeto de indebida circulación, trátese de alimentos, medicamentos u otro de facturación electrónica. E, incluso, una cajetilla de los cada vez más costosos cigarrillos, en el bolsillo de la camisa, puede traducirse en un feroz asalto a mano armada, al igual que portar un libro que, por muy ágrafo que fuere el ladrón, lo adivina de mediana y alta cotización en los tiempos que corren.

Muy atrás queda el carpintero, el médico, el plomero o el abogado que transitaban la vía pública con sus característicos artefactos, cajas de herramientas y maletines, porque deben ingeniosamente disimular el instrumental. Por cierto, el camuflaje cuenta con una precaria garantía: la de generar indecisión en un delincuente que debe estudiar rápidamente las opciones y elegir, aunque – acometida la empresa – su decepción también constituye un altísimo riesgo.

Antes inconcebibles, hemos desarrollado hábitos de precaución que esperan por otros para la supervivencia, intentando una renovación que ya tiene límites evidentes. Por lo pronto, don Naudy no podrá esconder más una cámara en las entrañas de una mano de cambures también encarecidos.

Ilustración: Nina Dotti, Tremendo cambur (impresión digital, 2014).


04/04/2016

sábado, 22 de agosto de 2015

ÉRASE UNA DILIGENCIA DE BYTES

De una vicisitud bibliotecaria
Luis Barragán


La sala más despejada de lo frecuente, avisa del receso  escolar para la biblioteca pública.  Además, no hay urgencia para reparar la rudimentaria fotocopiadora.

La ocasión es propicia para corregir algunos datos específicos del trabajo de ascenso, consultando las  ediciones rigurosamente requeridas de tres títulos que únicamente se encuentran en el lugar.  Se atreve  a llevar la tabla al iniciar el trabajo, tomando notas sin dejar de mirar a su alrededor y, como las estadísticas requieren de una mayor nitidez, al tercer día emplea el escáner de mano.

Ganando mayor confianza desde el ángulo del enorme salón que domina, sospechando de todo gesto auditivo y visual, se le ocurre pedir las obras de referencia que le traigan las promisorias fotografías de la época, por cierto, escasas en la red de redes o muy sepultadas en el vasto cementerio digital que la caracteriza. Tienen la adicional ventaja de citar el nombre de los fotógrafos y servirán para su otra diversión, un blog personal que dos o tres veces actualiza en la semana para combatir útilmente el insomnio.

Necesita chequear algunos reportajes de la vieja prensa, por lo que se lleva también la cámara fotográfica a la otra sala, pues, cubre los márgenes que inhiben al escáner. Redobla las precauciones y, a las dos semanas y media del propio receso que le permitirá rematar la tesis, se permite pinear con la casa e, incluso, transmitir y comprobar ciertos datos con un colega que vive fuera del país.

Finalizando la semana, faltándole poco para cerrar el ciclo de su atrevida incursión, recoge los diminutos equipos, le da un mayor volumen a la bolsa de oscuro plástico que rellenó preventivamente con dos camisas viejas y, en la otra, recordando el consejo de otro amigo, esconde la cámara fotográfica dentro de una mano de cambur.  Saliendo, a escasos metros de la biblioteca, es interceptado por un motorizado, entregándole las bolsas al parrillero de rostro familiar, un pistolero quizá tan bibliotecario como él en los días anteriores: por lo menos lo dejaron vivo en la inmensidad del instante de terror, condenado a repetir el esfuerzo uno o dos meses después, con la esperanza de una fotocopiadora que funcione para la rápida y angustiosa diligencia.

 Fotografía: LB, inmediaciones del semanario "La Razón", a media mañana.
Fuente:
http://www.opinionynoticias.com/opinionnacional/23511-de-una-vicisitud-bibliotecaria