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viernes, 27 de octubre de 2017

DAKAZO ESPIRITUAL

EL NACIONAL, Caracas, 26 de octubre de 2017
Del dicho al hecho
José Rafael Herrera

La pobreza de espíritu es el resultado del desgarramiento absoluto de lo que se dice y de lo que se hace. Decía Spinoza que el orden y la conexión de las ideas es idéntico al orden y la conexión de las cosas. Pero cuando se genera una ruptura –precisamente, un desgarramiento, una escisión– recíproca de los términos de esta adecuación o, lo que es igual, cuando se pone objetiva y explícitamente de manifiesto la inadequatio existente de lo uno y de lo otro, el resultado es la pérdida de la más importante de todas las riquezas: la del espíritu, sin la cual no es posible la prosperidad material de una sociedad. Y, sin embargo, el mismo desgarramiento que produce la pobreza espiritual se transforma en el manantial –y, más allá de la metáfora, en la determinación esencial– de donde brota la necesidad de su superación. Cuando los términos constitutivos de esta relación unitiva se cristalizan y separan, perdiendo con ello su capacidad de adecuarse, de relacionarse recíprocamente, surge la necesidad de pensar en sentido estricto, enfático. Y, con el pensar, deviene el abandono de las ilusiones, de las falsas expectativas, de las esperanzas infundadas, de las consignas vacías –“el tiempo de Dios es perfecto”–, de la ganga populista, para dar paso al proceso de reconstrucción que haga posible el resurgimiento de la unidad, la recuperación del orden y la conexión de las ideas y las cosas, de la decencia, la prosperidad, la justicia, la paz y la libertad. Pero no como simples deseos, sino como elementos fundamentales de una nueva realidad histórica, concreta.

Resultado de su “orden y conexión” con las cosas, las ideas son mucho más indispensables de lo que piensa la actual dirigencia política, más pendiente de “los números”, de los “jingles”, de las salas situacionales o de las encuestas que de la construcción de una auténtica reforma moral e intelectual orgánica, que sea capaz de construir una nueva formación social y cultural, un nuevo país, un país no nominal, no de formas vaciadas de todo contenido, sino sustentado en un efectivo, realista, proyecto de vida, en armonía y desarrollo continuo. No sin razón, observaba Marx que “las ideas se convierten en poder material tan pronto como se apoderan de las masas”. Nothing with the sun, dice Sting, nada como la luz de la verdad presente en las ideas, cuando estas son –al decir de Descartes– “claras y distintas”. En política, y hay que repetirlo hasta la saciedad, decir la verdad es una cuestión absolutamente necesaria. Hay partidos políticos “históricos”, de amplia tradición y arraigo popular, que se desvanecen en el aire, como si nunca hubiesen existido, desde el momento en el cual se traicionan a sí mismos, toda vez que, alevosa y premeditadamente, llegan a tomar la decisión de emprender la ruta –ese “largo trecho”– entre lo que se dice y lo que se hace, asumiendo la ideología del populismo. Y, una vez abierto el abismo, víctimas de su propio desgarramiento, desaparecen no solo del recuerdo de las grandes mayorías depauperadas, sino también de la historia del mundo.

Las ficciones creadas por el populismo son similares al instantáneo destello nocturno de los fuegos artificiales. Una vez que culmina la ilusión producida por el atractivo espectáculo en cuestión, lleno de colores, estruendos y entusiasmos, viene la oscuridad y se pone de manifiesto la penumbra del amargo desengaño. A la sombra de la duplicación de las imágenes, en medio de las “misiones” de un grotesco fracaso, de los “dakazos” de toda naturaleza o de los inorgánicos aumentos salariales, la euforia de las distorsiones reflexivas, sin tener la menor conciencia de ello, deviene tristeza y miedo, oposición absoluta, pérdida del orden y la conexión exigido por Spinoza, necesario para conquistar el contento del bien supremo: la libertad. Estado de esquizofrenia –mal radical– en el que la palabra, prostituida e impotente, ya no nombra y nada significa, ni en sí misma ni para la realidad. Flatus vocis, en el imaginario de una vida que ya no es vida. La palabra se tuerce en su contrario: “Ni un paso atrás” quiere decir todos los pasos del mundo atrás; “mantener viva la protesta de calle” traduce entregarla; “no hay diálogo ni acuerdos posibles” significa haber firmado la inminente rendición; “no nos juramentaremos” es bajar la cerviz, doblarse y entregar lo poco de dignidad que en algún momento se pudo haber tenido. En fin, del dicho al hecho, la palabra va perdiendo toda consistencia a medida que la realidad se escapa como el agua entre los dedos. Quizá sean duros los términos de Benito Juárez, pero son auténticos: “Malditos aquellos que con sus palabras defienden al pueblo, y con sus hechos lo traicionan”.

Leónidas, rey de los espartanos, recibió las amenazas de Jerges, el poderoso “dios-Rey” de los persas, a través de su emisario. El mensaje era –como gustan decir los actuales cultores de la jerga política– “muy claro”: podía seguir gobernando Esparta, siempre y cuando se sometiera e inclinara ante él. Pero, como dice Hegel, un republicano libre, en pro de su patria, que dedica a ella su vida, no solo no exige indemnizaciones o desquites, porque solo trabaja por las ideas, solo por la libertad. Prefiere entregar su vida si es necesario antes que inclinarse ante un déspota, sea del signo y la dirección que sea. Cuestión de dignidad. Decía Churchill que “quien se arrodilla para conseguir la paz se queda con la humillación y con la guerra”. Leónidas, acompañado de 300 espartanos, enfrentó, en las Termópilas, la invasión del poderoso ejército persa, formado por unos 100.000 soldados. A la larga, su lucha hasta la muerte impidió el avance del Imperio oriental contra el futuro de Occidente. De hecho, puede afirmarse que la cultura occidental debe a Leónidas, y a sus valientes espartanos, su existencia.

La dignidad, como dice Hegel, no se puede negociar: “Solo un pueblo en estado de avanzada corrupción –de profunda pobreza espiritual– es capaz de convertir la obediencia ciega a los caprichos malvados de hombres abyectos. Solo un largo período de opresión, el olvido total de un estado mejor, puede llevar a un pueblo hasta ese extremo. Abandonado por sí mismo y por todos los dioses, un pueblo así necesita señales y milagros, garantías de que tendrá una vida futura, puesto que ya no tiene fe en sí mismo”. Hacer coincidir lo que se dice con lo que se hace y lo que se hace con lo que se dice es premisa de factura sustancial para poder comprender la barbarie y superarla.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/del-dicho-hecho_209215
Ilustración: Robert Hague.

sábado, 23 de abril de 2016

VENEZOLANIZAR AL VENEZOLANO

Abrir mil ventanas para que se conviertan en puerta generosa
Luis Barragán


A las personas que ya pasamos de la cincuentena de edad, todavía nos sorprende el contraste entre la Venezuela que vivimos y la que ahora padecemos, en los más distintos ámbitos. Pocas veces reparamos que las nuevas generaciones – sencillamente – jamás supieron de un país de mejor nivel de vida y, sin incurrir en una versión paradisíaca, con libertades que ofrecían posibilidades para defenderlas, noticias que nos conmovían rayanas en la ingenuidad, anaqueles llenos de productos de muy variadas marcas a escoger, un mínimo respeto en el trato con el semejante, saldos reducidísimos de muertes violentas, calles y avenidas alumbradas,  delitos que convertían al victimario en  una celebridad moralmente sancionada, entrevistadores radiales y televisivos convincentemente informados y formados, auto-limitada presencia de los gobernantes en la vida cotidiana, autobuses de horarios prolongados que competían holgadamente con los taxistas o “libres” plenamente identificados, fiestas hogareñas que consideraban al vecino, periódicos con extensos tópicos para leer, endemias superadas.

Por supuesto, ya había cambios que anunciaban y también garantizaban al régimen actualmente prevaleciente. Asombrosamente prolongada, la crisis del rentismo petrolero produjo reacciones fascistoides que, no por casualidad, condujeron a la fórmula militarista que se apoltronó en Miraflores desde 1999, ahora profundizadas bajo el signo de un socialismo resueltamente ágrafo, cuyo sentido definitivo es no tenerlo para el ventajoso arbitrio del poder que lo concede, según las circunstancias.

País de paradojas, los comentaristas de ocasión, analistas de oficio y críticos de vocación que se reclamaron como inspirados progresistas, festejadores de la última década y media, punzaban su mirada sobre el cierre de calles y el enrejado de casas y edificios en el medio urbano, como una fundamental exigencia del estatus social y un reclamo de exclusividad de los propietarios, entre los ochenta y noventa del XX, mientras que, en el nuevo siglo,  demasiado evidente, responden a una inaplazable necesidad hasta de inquilinos en el medio rural, dada  la creciente ferocidad del hampa ufanada por la complicidad de las autoridades.  Para perplejidad del investigador, en medio de sus esplendores, quebró el negocio hípico que hizo del sellado dominical un buen pretexto para departir, por lo que respecta a los aficionados que ahora no cuentan con alternativas de segura recreación, zurciendo una historia del tiempo de ocio que bien canaliza el juego clandestino y, a veces, arriesgado, captando a numerosos sectores medios y populares.

Luego de intentar un poco a Jeannette Abouhamad o a Maritza Montero, sin el tiempo suficiente para revisarlas con profundidad, por casualidad tropezamos con el maestro J. F. Reyes Baena y su vieja columna “Creyón”, cuando pesquisábamos otras notas para un trabajo en curso. Dos de sus textos, versan sobre la autenticidad del venezolano, necesaria de recuperar, que, en última  instancia, concluyó, pasa por la urgencia de venezolanizarlo, comparando – por cierto, en plena bonanza dineraria – su vieja claridad conceptual, sinceridad, franqueza del lenguaje, señorío independiente de su extracción social, urbanidad, con la chabacanería, mediocridad, procacidad y temores que, por entonces, se levantaban, en un esbozo – dijo – antroposociológico que distingue entre la Venezuela petrolera y la que antecedió al “salto geopolítico” que reportó la ambición por la riqueza fácil y el oportunismo (*).

Quizá pretendiendo la pureza de nuestros ancestrales modos de vida, Reyes Baena aclaró que no significaba cambiar el jet por el barco de velas, la televisión casera por el cine mudo callejero o los zapatos por las alpargatas. Sin embargo, hoy estamos llegando a estas condiciones de  precariedad, con un venezolano que se resiste a las otras de una inaudita violencia, procacidad, impunidad, mutuas sospechas, zozobra e impunidad, creadas deliberadamente para un incierto post-rentismo: conscientes de la Venezuela que fuimos, somos y deseamos ser, urge abrir mil ventanas para que se conviertan en la puerta generosa de una transformación espiritual propicia al indispensable cambio social.

(*) “Regreso a la autenticidad” y “Auténticos”, en: El Nacional, Caracas, 12 y 19/05/1976- Cfr.
http://lbarragan.blogspot.com/2016/04/e-ida.html y http://lbarragan.blogspot.com/2016/04/rasgo-y-rasgadura.html 


25/04/2016

martes, 12 de febrero de 2013