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viernes, 13 de octubre de 2017

CUARTA REVOLUCIÓN INDUSTRIAL

EL UNIVERSAL, Caracas, 11 de octubre de 2017
Utopías y distopías
Alfredo Toro Hardy

La revolución tecnológica que pronto lo transformará todo ha recibido diversos nombres. The Economist la bautizó como la nueva explosión cámbrica, aludiendo al momento en que quinientos millones de años atrás, las formas primarias de vida aparecieron en el planeta. Klaus Schwab la llama la Cuarta Revolución Industrial. Sea cual sea el nombre que se le dé, su significado reside en el avance exponencial que la impulsa.

Para entender este último concepto, identificado con la duplicación de su capacidad en cortos períodos de tiempo, leamos lo dicho por Ray Kurzweil uno de los padres de la Inteligencia Artificial: “La secuencia del genoma humano se inició en 1990 cuando se pudo pasar revista a una diez milésima parte de éste, llevándolo a dos diez milésimas partes al año siguiente. Dicha secuencia llegó a 1 por ciento luego de 7 años y medio de iniciado el proyecto. Muchos dijeron en ese momento que se trataba de un fracaso pues a ese ritmo pasarían 700 años antes de concluirlo. Lo que no se daban cuenta es que ese 1 por ciento sólo tenía que duplicarse 7 veces para llegar a 100 por ciento y dado que la secuencia se duplicaba cada año, el proyecto genoma pudo concluir 7 años después” (Leia Parker, Silicon Valley Business Journal, September 6, 2016).

Algo similar ocurre con la tecnología solar. Según refiere Kurzweil en la entrevista anterior, ésta representa sólo 2 por ciento de la energía del mundo, razón por la cual es vista como insignificante. Lo que la gente no toma en cuenta es que a una duplicación de su capacidad cada dos años, como es el caso, 2 por ciento está apenas a 6 duplicaciones de distancia de 100 por ciento. Es decir dentro de 12 años el mundo podría estar en capacidad de suplir la totalidad de sus necesidades energéticas por vía del sol.

Esta capacidad de abrir horizontes inéditos al costo de una incertidumbre también inédita entusiasma y espanta. No en balde en el Foro Económico de Davos de 2016, los debates sobre la Cuarta Revolución Industrial fueron encuadrados bajo la dualidad “utopía” o “distopía”. La noción de utopía, valga recordarlo, fue acuñada por Tomás Moro en el siglo XVI y se identifica con una sociedad perfecta. La de distopía, proveniente de John Stuart Mill en el siglo XIX, evoca la idea de una sociedad opresiva en la que el ser humano se ve acorralado. Ejemplo clásico de un libro utópico, siglos antes de que el concepto mismo fuese inventado, es la República de Platón. Ya en tiempos recientes una amplia literatura nos presenta ejemplos de sociedades distópicas. Un Nuevo Mundo Feliz de Aldous Huxley, 1984 de George Orwell o Fahrenheit 451 de Ray Bradbury caen allí.

Entre los que visualizan la revolución tecnológica bajo la óptica de la utopía se encuentran Ray Kurzweil así como la institución académica por él creada, la Singularity University. Para éstos los grandes avances que se avecinan en áreas tan diversas como lucha contra las enfermedades, energía limpia o ciudades inteligentes permiten avizorar un futuro cargado de esperanza. Otro tanto señala Kevin Kelly en su obra The Inevitable, para quien nos encontramos a una década de la cura del cáncer o de la eliminación de los accidentes de tránsito. Peter Diamandis y Steven Kotler en su obra Abundance nos hablan de un mundo caracterizado por la abundancia. También eso cree el connotado futurólogo Jeremy Rifkin. Según éste el mundo avanza hacia una aldea comunal global de energía abundante y costos insignificantes, en la que el ser humano verá potenciada su capacidad creativa.

Los que identifican la revolución tecnológica y particularmente la Inteligencia Artificial bajo la distopía, son también figuras de mucho peso. Entre ellos Stephen Hawking uno de los mayores científicos de nuestro tiempo, Elon Musk pionero del automóvil sin chofer y de la nueva tecnología espacial y el propio Bill Gates. Para éstos el riesgo reside en que el ser humano no logre controlar sus propias creaciones y quede sometido a la dictadura de las máquinas. Se trata de una visión cónsona con 2001 Odisea en el Espacio, Terminator o Matrix. Sin llegar tan lejos, Martin Ford en Rise of the Robots o Yuval Noah Harari en Homo Deus visualizan a una sociedad signada por la exclusión, el desempleo y la regresión social. En ella una pequeña camada de billonarios, en control de la tecnología, vive aislada. El símil sería aquí con una película protagonizada por Matt Damon hace un par de años: Eliseum.

Lo cierto es que la Cuarta Revolución Industrial no puede pintarse en blanco y negro. La cura del cáncer, por ejemplo, deberá colocarse en la balanza con un desempleo masivo y estructural. Lo único que sí constituiría un peligro absoluto y no redimible sería la posibilidad de que las máquinas, al igual que el Skynet de Terminator, tomasen el control del planeta. No en balde en una famosa carta abierta de marzo de 2014, firmada ya por más de ocho mil científicos y empresarios de la tecnología del más alto nivel, se hace un llamado a no dejar que la tecnología salga del control humano.

Fuente:
Ilustración: Dumont.

sábado, 28 de enero de 2017

TRUMPADAS

EL PAÍS, Madrid, 28 de enero de 2017
 TRIBUNA
La conjura contra América
Leonardo Padura

Hace unos años, mientras leía la novela de política-ficción La conjura contra América (2004), del gran escritor norteamericano Philip Roth, sentí de forma visceral el gran poder de la literatura: tocar y afectar lo más profundo del espíritu humano. Aquella historia, ubicada en los Estados Unidos de 1942, en la imaginaria coyuntura de un sorpresivo triunfo electoral del exaviador Charles Lindbergh sobre Franklin D. Roosevelt, desarrollaba su trama en una Norteamérica dirigida por una Administración cercana a los ideales nacionalsocialistas de Hitler en la que, junto al pregón de posturas nacionalistas, primero de manera sibilina, y luego de forma abierta, se culpaba de los males domésticos a un enemigo cada vez más concreto y cercano, en este caso la comunidad judía asentada en el país.

La reacción que me fue provocando el sentimiento de encierro, desvalimiento, indefensión de unos individuos posibles ante la enorme maquinaria desbocada de un poder que los ha convertido en sus objetivos de represión y ataque solo por ser culpables de lo que son, me llegó a resultar agobiante, al punto de que por momentos debí detener mi lectura. Y es que Roth nos advertía en su magnífica y dolorosa novela, referida a un mundo tan imaginario y posible como el de George Orwell en 1984, sobre la necesidad del poder de tener o de crear enemigos, reales o pretendidos, y su capacidad de devorar a los marcados por esa necesidad, a los reales o pretendidos disidentes. Y aquella historia me afectaba porque sus connotaciones son universales, los peligros de su existencia siempre están latentes y porque, partiendo de una conjetura histórica, Roth desbordaba la realidad factual y me mostraba de modo ejemplar cómo había sido siempre, cómo podía ser siempre, cuando desde las alturas políticas se exacerban el nacionalismo, el aislacionismo y el odio nacional, social, político, sexual o racial hacia el otro.

Creo que, precisamente por su proyección universal y su cualidad de permanencia, a nadie le extrañará que La conjura contra América haya vuelto por estos días a mi mente, revolviendo todos los avasallantes efectos estéticos y políticos que en su momento me provocó la novela.

El discurso presidencial de Donald J. Trump este 20 de enero de 2017 es, sencillamente, uno de los documentos más alarmantes que se han lanzado al mundo en las últimas décadas, por venir de quien viene y por salir de donde sale. La exacerbación flagrante de los sentimientos patrióticos mediante el levantamiento de su peor manifestación, el nacionalismo, aparece tan en el centro de sus palabras que opacan la capacidad o necesidad de anotar sus inexactitudes, sus medias verdades (o medias mentiras) y su comportamiento antiético respecto a sus predecesores políticos, especialmente el saliente presidente, Barack Obama.

El espíritu del país ha sido convocado para reclamar derechos que, dicen, les han arrebatado

“A partir de este día, una nueva visión gobernará nuestra tierra. A partir de este día, solo Estados Unidos será la prioridad. Estados Unidos primero”, afirmó Trump, mesiánico, casi revolucionario. La atmósfera creada por estas posturas que se empeñan en señalar a algún culpable y pretenden convertirse en política de Estado del país más poderoso del mundo, de seguro calará en la mente de millones de personas que viven en Estados Unidos y, al escucharlas, se sienten más patriotas, más insatisfechos y ofendidos, incluso humillados pero, sobre todo, al fin capaces de denar sus temores. Y sus respuestas, estoy convencido, no se harán esperar: el enemigo ha sido señalado y se les ha pedido, a ellos, los buenos, actuar. El enemigo es el otro, el extranjero, el que está más allá de las fronteras (el que provoca miedo y nos roba) y las víctimas han sido los que debían haber sido beneficiados y han sido perjudicados por esos otros.

Como bien se sabe, pocos discursos gustan más a las masas que los de este estilo, muy cercano al practicado por los totalitarismos que sufrimos en el siglo XX y hasta el día de hoy: el que hace posible culpar al otro de nuestros problemas, el que nos hace vernos como objetivos de una malévola conjura y con derecho a defendernos con todas las armas.

Trump no dice cómo hará para que los grandes capitales industriales renuncien a sus ganancias y abran fábricas en Estados Unidos y paguen 25 dólares la hora al obrero que, fuera de sus fronteras, por igual o más trabajo, empleado por esos mismos capitales u otros similares, solo recibe cinco, o menos. Tampoco cómo mejorará la educación y la salud, el gran tema todavía pendiente en el país poderoso y que a su juicio reclaman una refundación. Pero afirma que se construirán más carreteras y, con vehemencia, que si se les da a los norteamericanos lo que les corresponde, todo irá a mejor para ellos.

La máquina del nacionalismo excluyente ha sido puesta en movimiento en Estados  Unidos

El espíritu de un país ha sido convocado a reclamar derechos que les pertenecen y que, les dicen, les han sido arrebatados. Cómo gestionará Trump su política de rescate de la (según él) perdida grandeza norteamericana puede ser objeto de muchos análisis y conjeturas. Pero lo que ya ha ocurrido es que las semillas de su alarmante pensamiento político han sido lanzadas al viento y muchas de ellas van a caer en tierra fértil donde brotarán, diría que inevitablemente, los retoños del odio, la xenofobia, la megalomanía de los grandes sectores de un país que votó por estos discursos populistas de Trump que tanto recuerdan otras exaltadas elocuciones de similar especie que de vez en cuando la historia evoca con pavor para que algunos nos preguntemos cómo fue posible que aquello ocurriera.

Por suerte también sabemos que no todos los estadounidenses votaron por Trump y que muchos de ellos observan con pavor el ambiente creado antes y con el ascenso del mandatario. Hace unos pocos días Merryl Streep lanzó su grito de alarma, el mismo que han dado otros muchos norteamericanos, democratas y republicanos, que han decidido levantar banderas mucho más nobles y coherentes y han comenzado el movimiento civil de oposición. Pero lo cierto y terrible es que la máquina del nacionalismo excluyente ha sido puesta en movimiento y que el futuro se ha convertido en una interrogadora amenaza para muchos norteamericanos pero, también, para nosotros, “los otros”, pues su alcance será lamentablemente universal.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/01/27/opinion/1485528343_681861.html


EL UNIVERSAL, Caracas, 18 de enero de 2017
Trump: el descenso del Olimpo
Alfredo Toro Hardy

Nunca antes las corporaciones multinacionales habían alcanzado su dimensión actual. Tal como refería Noreena Hertz en su obra The Silent Takeover, publicada en 2001, de las cien mayores economías del mundo, cuarenta y nueve eran Estados-naciones y cincuenta y uno corporaciones multinacionales. Desde entonces la balanza se ha inclinado cada vez más en la dirección de estas últimas, gracias a un proceso sistemático de megafusiones empresariales.

Dichas megacorporaciones tienden a ser controladas con mano firme. Hace varias décadas Galbraith desarrolló su teoría de la evolución corporativa, según la cual las empresas habían pasado del liderazgo carismático de sus fundadores a aburridos directorios tecnocráticos. Ello no se corresponde a la realidad actual, donde figuras de inmensa fuerza como Warren Buffet, Larry Page, Sergey Brin, Carlos Slim, Mark Zuckerberg, Amancio Ortega o Bernard Arnault, dominan sin cortapisas sus emporios económicos. Ello responde al hecho, documentado por el censo 2013 de mil millonarios de Wealth-X y la banca UBS, de que el 60 por ciento de éstos son “self-made men” que virtualmente crearon sus empresas de la nada.

Pero junto al valor de las empresas que controlan se encuentra la fortuna personal de estas figuras. En enero de 2016 la organización internacional Oxfan, basada en Oxford, Reino Unido, difundió un reporte titulado Riqueza: Tenerlo Todo y Querer Más, donde proporcionaba una cifra espeluznante: A partir de 2016, la riqueza de 1% de la humanidad superará a la del 99% restante. De acuerdo a la encuesta de Wealth-X y UBS, antes citada, la fortuna combinada de las 2.170 personas que hoy pasan de los mil millones de dólares es de 6.5 millón de millones de dólares. Es decir, más que el PIB de Japón. De su lado, la polarización económica a la que ha llegado Estados Unidos resulta pasmosa. En efecto, la riqueza poseída por el 0,1% de arriba resulta igual al del 90% de su población contada a partir de abajo (Angela Monaghan, “US Wealth inequality- Top 0.1% worth as much as the bottom 90%”, The Guardian, 13 November, 2014).

Esos grandes líderes corporativos no sólo suelen compartir una visión similar del mundo sino que tienden a reunirse frecuentemente. Los espacios donde se congregan van desde los de naturaleza abierta como el Foro Económico Mundial hasta agrupaciones reservadas como Bilderberg, la Comisión Trilateral, o el Grupo de los Cincuenta. Según Bruno Cardeñosa: “Estos grupos pretenden gestar una red de mando que no se vea afectada por el capricho de turno de los ciudadanos” (El Gobierno Invisible, Madrid, 2007).

Lo anterior se traduce en una conectividad que ha llegado a ser cuantificada económicamente. En palabras de Tyler Durden: “De acuerdo a la publicación Wealth-X las conexiones entre los mil millonarios del mundo equivale a un círculo social cuyo valor combinado asciende a 33 millones de millones de dólares, es decir, el doble que el PIB de Estados Unidos” (“The World 2170 billionaires control $33 trillion in net worth”, Zero Hedge, 23 November, 2013).

La conjunción entre el gigantesco poder económico de las grandes corporaciones, el liderazgo carismático sobre las mismas, la fortuna personal de quienes las controlan, la presencia de valores compartidos, la existencia de un marco asociativo común y la conectividad derivada de ese marco asociativo, se traducen en un poder inconmensurable. No es exagerado hablar, por tanto, de un “club de los amos del mundo”. Cualquier Estado que se enfrente a los intereses de éste, debe estar dispuesto a asumir un costo desmesuradamente alto. No en balde pocos se arriesgan a hacerlo. Ello ha conducido a lo que el historiador John Polock ha calificado como la subordinación de las comunidades soberanas de ciudadanos al poder del dinero.

Curiosamente algunos de estos amos han decido descender del Olimpo para medirse con los simples mortales. Ello ha implicado abandonar el mundo de la opacidad para someterse al conteo de los votos y al escrutinio público. Entre éstos cabría citar a Silvio Berlusconi en Italia, a Thaksin Shinawatra en Tailandia, a Rafic Hariri en Líbano o a Sebastián Piñera en Chile, quienes cedieron a la tentación del poder político. A juzgar por los costos que ello le implicó a Hariri y en menor medida a Shinawatra y a Berlusconi, cabría preguntarse si tuvo sentido desdeñar los hilos ocultos y el poder gremial del “club”.

Donald Trump se suma ahora a este grupo. A juzgar por los bajos niveles de popularidad con los que inicia su mandato, a la oposición sin cortapisas de la llamada prensa liberal, a los cuestionamientos a la legitimidad de su presidencia derivados de la injerencia rusa, a los innumerables conflictos de intereses y acusaciones de nepotismo que confronta y a su extraordinaria capacidad para boicotearse, los suyos serán años en extremo difíciles. Algunos anticipan desde ya un “impeachment”. Este bajar del Olimpo (o del penthouse de Trump Tower), puede terminar resultándole una pésima escogencia. El tiempo dirá.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/trump-descenso-del-olimpo_635392


EL UNIVERSAL, Caracas, 26 de enero de 2017
Trump: ¿Líder Mesiánico?
Julio César Pineda

Los griegos al referirse a la arrogancia de los gobernantes con el uso ilimitado del poder creyéndose omnipotentes acuñaron el término “hybris”. David Owen uno de los más grandes especialistas en esta materia cuando se refiere a los caudillos mesiánicos habla de “borrachera de poder” en los tiempos modernos. Para Aristóteles “hybris” es la actitud de amilanar a la víctima. Esquilo la calificaba como maldición que los dioses imponían a los humanos con desmesura y soberbia, para que perdieran el sentido de la realidad y terminaran en el caos. Eurípides, sentenció “aquél a quien los dioses quieren destruir primeramente lo enloquecen”.

El poeta Borges en su libro “Otras Inquisiciones”, cuando se refiere al Emperador de China Qin Shi Huang Di, para romper con la historia decretó la quema de todos los libros escritos antes de su reinado. Fue quien ordenó la construcción de la gran Muralla China para proteger su imperio y para protegerse él. En su deseo de inmortalidad, prohibió que en su reino mencionaran la palabra muerte y consultó innumerables magos y alquimistas para encontrar el elixir de la vida eterna. La Muralla en el espacio y el incendio en el tiempo, eran barreras mágicas destinadas a proyectar su poder y su existencia. El poeta y escritor argentino, al referirse a esto recuerda al filosofo Spinoza “todas las cosas quieren persistir en el ser”, el Emperador y sus magos creyeron en la posibilidad de la inmortalidad.

Mussolini, Hitler, Stalin, Mao Tse Tung y muchos otros líderes mesiánicos incluyendo algunos en nuestro continente, compartieron esta visión del mundo y su destino. Han desconocido que el síndrome de “Hybris”, encuentra tarde o temprano el freno trágico o moderado de lo que los griegos llamaban “Némesis o Castigo”, casi siempre signado como un final trágico.

Hoy la psicología política permite acercarse al fenómeno de la locura y el poder. El populismo tanto de derecha como izquierda, facilita la presencia de líderes con cierta dote de locura y ofertas desmesuradas dejando de lado la política racional. Es lo que los británicos han denominado la “Post Verdad” (Post- Truth). El francés Pascal de Sutter, ilustre de esta nueva orientación de la psicología, en su libro “Estos locos que nos gobiernan” donde ejemplifica en los últimos tiempos Jefes de Estado y Jefes de Gobierno que pueden llegar por vía electoral o situaciones épicas pero que, o llegan dementes al poder o desde el poder desarrollan sus locuras.

Esta reflexión más cercana a la filosofía que a la política, es a propósito de la elección de Donald Trump, sus promesas electorales, y especialmente las ejecuciones que ha comenzado a realizar en la nación más importante del planeta. Él reúne todas las características del “Líder Mesiánico” y encuadra en lo que los ingleses Anthony Stevens y John Price denominan “Prophets, Cults and Madness”. Estos jefes se consideran superiores y elegidos, con personalidades patológicas guiadas por la hostilidad y el resentimiento que puede ser más peligroso cuando poseen síntomas de esquizofrenia con unas fuertes dosis de paranoia y narcisismo. No conciben el diálogo y la negociación, sino la imposición y el control, midiendo  otros dentro de sus propios términos y en la permanente relación “amigo-enemigo”.

El discurso del Presidente Trump el día de su investidura nada tuvo que ver con las palabras de los 44 presidentes que lo antecedieron ante esa misma función, parecía más la proclama de un Jefe Militar o de un Dictador. Para el nuevo Presidente sólo existe su país y los otros. Lo valioso es lo nuestro, y los nuestros están llenos de bondad y generosidad. En todo hay una conspiración contra nuestro país, con enemigos internos y externos. Todos los gobiernos anteriores han sido nefastos y han conducido al país a la catástrofe, a la pobreza. De ahora en adelante, comienza la democracia para hacer fuerte de nuevo a Estados Unidos. Make America Great Again. Las Fuerzas Armadas ahora serán diferentes y muchos países se han aprovechado de la defensa que se les ha otorgado y en el futuro deben pagar por ello.

En Política Internacional tendremos que ver el desarrollo de sus ofertas frente al Libre Comercio y los compromisos de Estados Unidos con el TLC y el TPP que acaba de denunciar, su decisión de aislar a China y establecer vínculos con Taiwán. ¿Qué decidirá con los acuerdos no sólo de Estados Unidos sino los del Consejo de Seguridad y Alemania con respecto a Irán y el tema nuclear? ¿Echará atrás todo lo acordado con Cuba? ¿Cuál será su actitud referente a Venezuela? ¿Qué acciones va a tomar para frenar la guerra en Siria? Su nueva relación con la OTAN y con la presencia de las tropas norteamericanas en territorio de aliados con zonas de conflicto. Su posición frente a Ucrania y las nuevas democracias en la antigua Unión Soviética. Los imperativos impostergables de los tratados sobre el calentamiento global y el cambio climático ¿Qué sorpresa para la Geopolítica Mundial en su nueva relación con Rusia y el Presidente Putin?

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/trump-lider-mesianico_636744


EL PAÍS, Madrid, 25 de enero de 2017
 TRIBUNA
La toma de posesión de Trump
Jean-Marie Colombani

La toma de posesión del 45º presidente de Estados Unidos no puede hacernos olvidar que Donald Trump no debe su elección al voto popular, sino a una particularidad del escrutinio norteamericano: Hillary Clinton obtuvo dos millones y pico más de votos, pero un escaso margen de 11.000 votos repartidos en tres Estados le dieron el triunfo a él. Así se explica sin duda el récord de impopularidad del nuevo presidente, que acaba de instalarse en la Casa Blanca en minoría.

Puede que a la mayoría de los norteamericanos le preocupe comprobar que el areópago que rodea al nuevo mandatario recuerda al consejo de administración de Goldman Sachs. ¿Será ya una influencia de Vladímir Putin? Lo cierto es que, por el número de millonarios que lo componen, el Gobierno de Donald Trump es un equipo de oligarcas.

En cuanto a nosotros, los europeos, tenemos motivos para estar más preocupados aún. Las declaraciones del nuevo presidente sugieren en efecto que estamos viviendo un noviembre de 1989 al revés. Antaño, una doble política de “contención” del imperio soviético y “desarrollo” ‒cuyo efecto contagio fue decisivo‒ hizo posible la derrota de la URSS. El mundo tal y como había sido organizado tras la Segunda Guerra Mundial descansaba en dos pilares: el librecambio y la seguridad colectiva. Donald Trump, cuya doctrina es proteccionista y aislacionista, pone en tela de juicio los dos. Por una parte, ha declarado que quiere revisar los acuerdos comerciales, especialmente en el continente americano y en Asia, a riesgo de desencadenar sendas guerras comerciales; por otra, ha declarado que la OTAN está “obsoleta”. Y, mientras Vladímir Putin enseña los dientes en las fronteras de la Unión Europea, a él parece traerle sin cuidado.

Desde un punto de vista estadounidense, Putin es una cuestión secundaria: Rusia es una potencia mediana. Ciertamente, puede crear dificultades a Estados Unidos, pero solo en la periferia. Como en Siria, por ejemplo. La estrategia norteamericana de repliegue iniciada por Barack Obama le ha facilitado la tarea. China es la única potencia que puede rivalizar con Estados Unidos, y será, ya lo es, la única obsesión de la América de Trump.

Trump tiene elementos discursivos propios de los partidos populistas y extremistas que tienen como doctrina común su hostilidad a la construcción europea

En cambio, Vladímir Putin es una cuestión delicada, incluso una amenaza, para Europa y solo para ella. Pues el presidente ruso se ha fijado como objetivo debilitar a la Unión Europea para restablecer la tutela que la URSS ejercía sobre el Este del continente, a expensas de unos países que hoy son miembros de la UE y de la OTAN. Y se diría que Donald Trump comparte ese mismo objetivo: debilitar a Europa.

De hecho, la inspiración de Donald Trump en cuestiones europeas es Nigel Farage, expresidente del UKIP y punta de lanza de la campaña a favor del Brexit, cuyo objetivo político es ahora conseguir el desmantelamiento de la Unión. Así se explican el pronóstico formulado por Donald Trump sobre la próxima muerte de Europa y también su tono antialemán. En el nuevo presidente norteamericano están presentes los elementos discursivos de todos los partidos populistas y extremistas que tienen como doctrina común su hostilidad a la construcción europea. Así pues, Europa se encuentra amenazada desde el Este y desde el Oeste.

Hay que añadir la adhesión sin condiciones ‒habría que decir la “rendición”‒ del nuevo Gobierno británico a este combate antieuropeo: Theresa May se ha situado de inmediato en la estala de Donald Trump, lo que la conduce a optar por un Brexit “duro”, es decir, con una salida del mercado único y de la unión aduanera aderezadas por la promesa de convertir a Gran Bretaña en un enorme paraíso fiscal a las puertas del Viejo Continente.

Esta combinación de circunstancias negativas sobreviene en un momento particularmente delicado de la vida de la Unión Europea, paralizada o casi por la preparación de las próximas elecciones francesas y, luego, alemanas, los dos países sin cuyo acuerdo no existe la Unión Europea.

No obstante, para intentar convencerse de que lo peor nunca es seguro, el inventario de divergencias expresadas por los cargos recién nombrados por el presidente norteamericano pueden ayudarnos: Rex Tillerson, futuro secretario de Estado y expresidente del gigante petrolero Exxon, asegura que apoya el tratado transpacífico que el presidente ha prometido desmantelar; promete una diplomacia de la disuasión con respecto a Rusia, mientras que Donald Trump evoca la retirada pura y dura de las sanciones económicas aprobadas tras la invasión de Crimea. Tanto el actual director de la CIA como el próximo, Mike Pompeo, han puesto en guardia al presidente norteamericano sobre el peligro que, en su opinión, representa la afición del mandatario a las declaraciones intempestivas. En cuanto a James Mattis, consejero de Seguridad, estima “importante reconocer” que Vladímir Putin intenta “desmantelar” la OTAN. La lista no es exhaustiva.
(*) Jean-Marie Colombani fue director de Le Monde.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2017/01/24/opinion/1485253123_969384.html


EL NACIONAL, Caracas, 26 de enero de 2017
Efecto Trump
Pedro Palma

De los anuncios y posiciones públicas de Donald Trump se puede inferir que lo que probablemente caracterizará la política económica de su gobierno será el proteccionismo comercial, una política de gasto público fuertemente expansiva concentrada en el desarrollo de infraestructura y defensa, y recortes impositivos. Eso implicaría, por una parte, la revisión de tratados comerciales –como los suscritos con México y Canadá, así como con las economías del Pacífico–, mayores aranceles y presión sobre las empresas norteamericanas para que inviertan localmente y abandonen planes de inversión foránea; y, por la otra, mayores déficits fiscales que obligarían a ampliar el endeudamiento del sector público. Esto último presionaría al alza las tasas de interés de esa economía, y podría verse esa tendencia reforzada por una política monetaria restrictiva implementada por la Reserva Federal ante los temores de un repunte inflacionario.

Como bien explica Xavier Vidal-Folch en su artículo “El fantasma de la Gran Depresión” (El País, 20/1/2017), las mayores tasas de interés atraerían capitales hacia Estados Unidos, fortaleciendo aún más al dólar y debilitando la competitividad a los productos norteamericanos a nivel mundial. Ello contribuiría a estimular las importaciones de Estados Unidos y a limitar sus exportaciones, ensanchando así su déficit comercial. Pero, a la larga, el alto desequilibrio externo norteamericano acabaría debilitando el dólar, máxime si otros gigantes comerciales, como China, mantienen sus monedas subvaluadas. Al igual que lo sucedido en administraciones anteriores, como las de Reagan y George W. Bush, es probable que en la de Trump se materialice una situación de déficits gemelos, el fiscal y el comercial, lo cual tendría importantes repercusiones.

Como ya explicara en mi artículo “Los déficits de Bush”, escrito hace ya más de 12 años (El Universal, 13/11/2004), una situación como esa limita el crecimiento del orbe, ya que los mayores costos de financiamiento restringen la demanda y generan efectos recesivos a escala global, particularmente si las principales economías mundiales elevan sus aranceles para impedir el deterioro de sus balances comerciales, ya que ello limitaría las posibilidades de exportación de las naciones con mayor capacidad competitiva. Adicionalmente, los países altamente endeudados en monedas fuertes, como es el caso de varias naciones latinoamericanas, tendrían que destinar un alto porcentaje de sus recursos a honrar esas deudas, limitando la disponibilidad de fondos para el desarrollo de su capital físico y humano, con las negativas consecuencias sociales y económicas que ello acarrea. Ese es el típico caso de Venezuela.

Los anuncios de desregulación a la exploración petrolera en áreas hasta ahora protegidas en Estados Unidos también pueden afectar a los países exportadores de petróleo de forma importante. El objetivo que persigue la nueva administración norteamericana es reducir la dependencia de suministro externo de petróleo de ese país, por lo que no sería de extrañar que en un futuro nuestras exportaciones de hidrocarburos a esa nación, nuestro principal cliente, se vean aún más reducidas, debido no solo a la declinación de nuestros volúmenes de producción, sino también por los recortes de demanda del país del norte. Esto podría exacerbarse como consecuencia de un deterioro aún mayor de las relaciones políticas y diplomáticas entre ambas naciones, máxime con la manifiesta actitud antilatina del nuevo presidente.

Como se ve, el panorama no luce favorable. Al contrario, debemos tomar conciencia de que los tiempos que vienen serán muy difíciles y atípicos, con una nueva administración norteamericana caracterizada por el proteccionismo, el egocentrismo, la falta de diplomacia, la tosquedad, la rusticidad y la antipatía manifiesta hacia los latinoamericanos. No será fácil tratar con gente así.

Fuente:
http://www.el-nacional.com/noticias/columnista/efecto-trump_77505


EL UNIVERSAL, Caracas, 25 de enero de 2017
Trump y el fin de la hegemonía estadounidense
Alfredo Toro Hardy

La noción de hegemonía, de acuerdo a la definición clásica de Antonio Gramsci, se sustenta en la idea del consentimiento ajeno al propio poder. Según Andrew Gramble: “El concepto de hegemonía se asocia con Gramsci. El ejercicio del poder entraña del uso tanto de la coerción como del consentimiento de los otros, pero las formas de control político más estable son aquellas donde sobresale el consentimiento. El énfasis en este caso es puesto en una concepción del orden internacional, sustentada en la creación y sostenimiento de una arquitectura institucional, que se integre en un proyecto político de amplio espectro. El aspecto ideológico de la hegemonía es lo más significativo”. (“Hegemony and Decline” en Patrick K. O’Brien, Editor, Two Hegemonies, Burlington, 2002).

Durante largas décadas Estados Unidos ha detentado la hegemonía mundial. Ello a través de su capacidad para definir la agenda política internacional por vía una arquitectura institucional diseñada a imagen y semejanza de sus valores e intereses. Este proceso se remonta a las fases final e inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial, bajo los gobiernos de Roosevelt y Truman. Durante esa etapa cobraría vida una amplia red de organizaciones multilaterales y de alianzas, susceptible de dar forma a algo parecido a un sistema de gobernabilidad mundial.

Bajo el impulso de Roosevelt surgirían la ONU y los acuerdos de Bretton Woods con la aparición del Banco Mundial y del FMI. Bajo Truman aparecería  el GATT así como todo un siste-ma de alianzas y organizaciones que vincularía a Washington con Europa Occidental, Asia del Este y América Latina. Este entretejido se consolidaría en tiempos de Kennedy con el fortalecimiento de la Comunidad Atlántica y la creación de la OCDE.

Se estructuró así un sofisticado sistema internacional al amparo de la primacía estadounidense. Cierto, del otro lado se alzaba el bloque comunista con su propia estructura de alianzas y organizaciones y compartiendo el liderazgo al interior de la ONU. Aunque el alcance de este último fuese más limitado, el mismo imponía límites y retos a la hegomonía de Estados Unidos. Sin embargo esta dualidad resultó de mucha utilidad para que Washington pudiese afianzar el control sobre su inmensa esfera de influencia.

Tras el colapso del comunismo el mundo entero se vio obligado a buscar acomodo bajo el sistema de gobernabilidad definido desde Washington. De hecho, el “Consenso” que llevaba su nombre se impuso sobre los cuatro puntos del planeta como realidad económica inapelable.

La llegada del segundo de los Bush a la Casa Blanca hizo tambalear toda la arquitectura institucional que daba sustento a la hegemonía estadounidense. Inmerso en concepciones arcaicas con respecto a la naturaleza del poder, aquel abandonó los valores globales y el multilateralismo cooperativo, en función de un unilateralismo militante.

El suyo pasó a ser un mundo de satélites y no de aliados, de coaliciones ad hoc y no de instituciones multilaterales, de distinciones tajantes entre “nosotros o contra nosotros”, de mecanismos de castigo a la disidencia y no de estímulos a la cooperación y de la acción preventiva prevaleciendo arrogantemente sobre el derecho internacional.

Poco faltó para que toda la estructura internacional que sustentaba la primacía estadounidense se viniese abajo. Fueron necesarios ocho años de labor paciente y sistemática por parte de Obama para devolver al sistema parte de su antigua fortaleza. Al propiciar activamente el multilateralismo cooperativo, incluyendo allí al liderazgo sobre las negociaciones globales sobre cambio climático, Washington volvió a posicionarse como punto de confluencia y por ende de influencia.

El triunfo de Trump, con su mensaje proteccionista, aislacionista y de absolutización del interés nacional, no sólo echa abajo lo alcanzado estos últimos ocho años, sino que retrotrae el reloj de la historia a los años treinta del siglo pasado. Su discurso de toma de posesión, reafirmación consistente de sus principales temas de campaña, fue tajante.

Ni una sola mención a aliados, ninguna referencia a valores o principios de política internacional, ni una palabra de historia, ninguna manifestación de multilarismo cooperativo. Por el contrario, el suyo fue un grito de guerra frente a alianzas estratégicas, tratados comerciales o mecanismos internacionales que impongan algún costo a sus ciudadanos o al Fisco de su país.

El egoísmo nacional militante de Trump, actuando sobre el terreno abonado por Bush, desborda la capacidad de resistencia de cualquier sistema sustentado en la acción colectiva. El capítulo de la hegemonía internacional de  Estados Unidos llega así a su fin. Con ello desaparece una estructura diseñada en función de los intereses de Estados Unidos, a través de la cual dicho país pudo ejercer un nivel inconmensurable de control planetario, por vía del consentimiento de parte importante de la comunidad de naciones.

Funte:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/trump-fin-hegemonia-estadounidense_636425
Ilustraciones: Goggle imagen.

lunes, 12 de septiembre de 2016

EL CASO DE LOS KURDOS

EL UNIVERSAL, Caracas, 12 de septiembre de 2016
El laberinto sirio
Alfredo Toro Hardy

Los kurdos son una comunidad de 28 millones de personas originarias de las planicies de Mesopotamia, que desde hace miles de años viven en el territorio que hoy día incluye partes de Irak, Siria y Turquía. El territorio donde vivían los más de dos millones de kurdos sirios fue ocupado por el Estado Islámico en el marco del conflicto en Siria y ahora luchan por recuperarlo. Según Tim Arango del New York Times, durante los últimos dos años los kurdos sirios, con armamento, entrenamiento y apoyo militar aéreo de Estados Unidos, han luchado férreamente contra el Estado Islámico, llegando a considerarse como el aliado más confiable del país norteamericano en el terreno. El grupo aspira que su éxito en el campo de batalla se traduzca en apoyo estadounidense para el establecimiento de una región autónoma kurda al norte de Siria y al Sur de Turquía.
Pero la reciente incursión de Turquía en el conflicto en Siria atenta contra los planes de los kurdos. Ahora vemos cómo rebeldes sirios apoyados por bombardeos aéreos  turcos, que también gozan del aval de Estados Unidos, avanzan contra pueblos que los kurdos sirios habían recuperado del Estado Islámico. Conforme a la información suministrada por Anne Barnard del New York Times esta incursión en territorio kurdo representa el choque de dos fuerzas financiadas y entrenadas por Estados Unidos: los rebeldes sirios que son financiados por la CIA y los kurdos que son apoyados por el Pentágono. A esto se le suma el apoyo de Estados Unidos a una mayor participación de Turquía en el conflicto en Siria con el fin de debilitar al Estado Islámico. A pesar de que los kurdos sirios mantienen una actitud férrea en su lucha contra el Estado Islámico pareciera que sus esfuerzos le rendirán pocos frutos concretos. El apoyo estadounidense a una mayor presencia turca en Siria parece confirmar esa premisa.
El caso de los kurdos demuestra cuán complejo se ha tornado el conflicto en Siria y la multiplicidad de actores e intereses que hacen vida en el terreno. Los llamados rebeldes sirios se dividen en cientos de grupos de oposición armada que comandan decenas de miles de combatientes. El principal objetivo de estos rebeldes es derrocar al gobierno de Bashar Al Assad y coyunturalmente al Estado Islámico. El gobierno sirio, con apoyo de las milicias pro-gobierno, lucha por sobrevivir. El Estado Islámico, por su parte, pelea por mantener y expandir el califato salafista que ha impuesto en Siria. Rusia lucha en contra del terrorismo en Siria, pero también tiene  interés en proteger al gobierno sirio, su viejo aliado en la región. Estados Unidos busca diferentes cosas: debilitar a Irán, proteger a Israel y evitar que Siria se convierta en una base para atentados terroristas en el exterior; una y otra vez ha hecho público que puede prescindir del gobierno sirio, pero no parece ser su prioridad en este momento.
Arabia Saudita, por otra parte, dice estar comprometida con la guerra contra ISIS, pero es la principal fuente de la ideología del grupo y muy probablemente su financista original; su principal objetivo es debilitar el papel de Irán en la región. Turquía dice estar comprometida en la lucha contra ISIS, pero los kurdos son su principal objetivo. Los kurdos luchan contra ISIS, en primer lugar para sobrevivir y en segundo lugar para ganarse el derecho a crear su propio Estado al norte de Siria y Sur de Turquía. En un escenario como este no sólo una posible autonomía kurda, sino cualquier resolución de conflicto parecen bastante difíciles.
Los dos actores más fuertes en el conflicto son el gobierno sirio y el Estado Islámico. Pero una victoria de cualquiera de estos dos actores pareciera inaceptable para Occidente. Por otra parte, una victoria de las fuerzas rebeldes tendería a convertir a Siria en una nueva Libia, con decenas de facciones armadas luchando por hacerse del poder. Este no es un escenario deseable para nadie. Ni Rusia ni Estados Unidos parecen interesadas en movilizar sus tropas al terreno para definir el conflicto militarmente, so pena de  terminar enfrentados ellos mismos en una gran guerra. Así que la vía más plausible por el momento pareciera seguir siendo la negociación de un acuerdo de paz. Pero para que las partes negocien tiene que haber agotamiento. Y lamentablemente, después de 250 mil muertos y 23 millones de personas desplazadas, no pareciera haberse alcanzado ese umbral. Una última opción, esbozada por Michael O'Hanlon en un artículo en el Washington Post, es la partición de Siria. La meta sería crear nuevas zonas autónomas unidas por un gobierno federal. Este sistema pudiera garantizar una zona autónoma para los kurdos, si los turcos llegaran a aceptarlo. Pero de funcionar sentaría un precedente que podría acabar por desmembrar todo el Medio Oriente. Lamentablemente, por ahora, pareciera que el conflicto en Siria no tiene salida, o al menos no se ha encontrado aún.

Fuente: http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/laberinto-sirio_524775
Fotografía: http://www.aragon.attac.es/2016/03/07/porque-el-futuro-de-asad-y-la-guerra-en-siria-se-juegan-entre-alepo-y-ginebra/

jueves, 25 de agosto de 2016

DUAL

EL UNIVERSAL, Caracas, 25 de agosto de 2016
Escenarios de una posible guerra mundial
Alfredo Toro Hardy

El mundo confronta dos escenarios susceptibles de crear las condiciones para una confrontación global. Uno se encuentra al Este de Europa y el otro al Este de Asia. El primero se caracteriza por la contracción geopolítica sufrida por un actor fundamental. El segundo por la expansión geopolítica de otro.
Europa
Al Este de Europa, Rusia se encuentra desde hace veinticinco años en un proceso de repliegue de sus antiguas áreas de proyección de poder. Al momento del desplome de la URSS, Moscú solicitó insistentemente que se transformase a la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea en eje de la seguridad europea. En su lugar esta función fue asignada a la OTAN, institución nacida para adversar a Rusia, la cual inició a partir de ese momento una expansión sistemática hacia el Este. Ello fue acompañado por la expansión en igual dirección de la Unión Europea. No satisfecho con este efecto tenaza sobre las antiguas áreas de influencia de Moscú, EEUU desarrolló un conjunto de acciones en Asia Central y el Mar Caspio cuyo denominador común fue buscar conducir a dicha capital a la irrelevancia.
Rusia se ha encontrado en retirada continua y en procura de poder salvaguardar un perímetro esencial de protección y defensa. La ausencia de una geografía que naturalmente la proteja, ha determinado que Rusia busque esta salvaguarda por vía de Estados tapones y de la profundidad territorial. Mientras lo segundo le viene dado en sus propios espacios interiores, lo primero ha sido sistemáticamente socavado por Occidente. Ucrania, sin embargo, fue un paso demasiado lejos. Ello no sólo colocaba bajo control occidental a las grandes planicies por las que han penetrado a Rusia sucesivas invasiones, sino que podía sustraerle a Moscú su única base naval contigua de aguas calientes. Según Henry Kissinger: “Ucrania fue parte de Rusia durante largo tiempo… Europa y Estados Unidos no entendieron el impacto de sus acciones… Ucrania siempre ha tenido un significado muy especial para Rusia y fue un error no haberlo comprendido” (“Interview with Henry Kissinger”, Spiegel Online, November 13, 2014). La reacción rusa frente a esta situación colocó las relaciones de este país con la OTAN al rojo vivo. El derribo de un avión ruso por parte de Turquía el año pasado mostró la fragilidad existente.
Asia
Al Este de Asia, el problema es el opuesto. Aquí la actitud expansiva de China determina el marco de referencia. Ello requiere de un poco de historia. En 1972 Pekín y Washington alcanzaron un acuerdo fundamental sustentado en una premisa simple: EEUU reconocía al Partido Comunista como legítimo gobierno de China y este último aceptaba el liderazgo estadounidense en la región del Asia-Pacífico. Ambas partes necesitaban de este compromiso. Para Mao era la garantía de que Washington no se aliaría con Moscú en su contra, en momentos en que las tensiones de China con la Unión Soviética habían llegado a su punto álgido. Para Nixon ello brindaba la posibilidad de salir de la guerra de Vietnam sin que China explotase en su beneficio esta situación de debilidad.
Dicho acuerdo brindó importantes dividendos a ambas partes. A partir de fines de la década de los setenta China pudo concentrarse en una política de crecimiento económico sin tener que desviar recursos o atención a una rivalidad estratégica con EEUU. Washington pudo dirigir su atención a otros escenarios, en la seguridad de que su liderazgo en esta zona del mundo no sería puesto a prueba.
De ambos quien mayor beneficio obtuvo fue China. Ello le posibilitó alcanzar el mayor crecimiento económico en la historia documentada de la humanidad, compitiendo con EEUU por la supremacía económica. Más aún, le permitió revertir el declive sufrido durante los últimos dos siglos para recuperar la importancia mundial que había detentado durante milenios. Para Pekín el acuerdo de 1972 resulta desfasado. Lo contrario implicaría asumir una posición de subordinación permanente en una zona del mundo en la que, desde tiempos inmemoriales y con excepción de los últimos 175 años, fue potencia hegemónica. Su aspiración es la paridad estratégica con Washington en el Asia-Pacífico. Para China los términos de este arreglo deberían implicar una división de esferas de influencia dentro de la cual EEUU quedaría relegado al Este de la llamada “Primera Cadena de Islas”. Esto colocaría bajo control hegemónico de Pekín al Mar Amarillo y a los mares del Este y del Sur de China. Es decir, el epicentro geopolítico de esa parte del mundo.
Lo anterior no es viable para Washington. No sólo porque de por sí aceptar una relación de paridad estratégica con China le resultaría cuesta arriba, sino porque hacerlo en los términos a los que aspira Pekín le significaría sentarse en el asiento del copiloto.
Este escenario dual ya de por sí inmensamente complejo se complica más ante la política de alianzas. Es a partir de éstas que podría prenderse la chispa que haría estallar al polvorín. 

Fuente: http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/escenarios-una-posible-guerra-mundial_432855#eu-listComments

jueves, 18 de agosto de 2016

UN SALTO FUERA DEL RADAR

EL UNIVERSAL, Caracas, Caracas, 17 de agosto de 2016
América Latina frente a la revolución tecnológica
Alfredo Toro Hardy

En las últimas décadas el mundo ha confrontado un salto tecnológico de gigantescas proporciones. El mismo sigue su marcha en progresión geométrica, amenazando con desactivar la capacidad de reacomodo que desde el siglo XVIII viene evidenciando la economía cada vez que se ve confrontada al reto tecnológico. Como bien señalan Erik Brynnjolfsson y Andrew McAffe de MIT, cuando el cambio tecnológico se produce con mayor rapidez que la capacidad de ajuste al mismo se puede llegar a un cataclismo social, sobre todo si como ha ocurrido en la última década el cambio no afecta a un solo sector productivo sino a todos al mismo tiempo.
Desde luego, no estamos en presencia de un proceso lineal de rasgos enteramente negativos. Por el contrario, la humanidad derivará de él inmensos beneficios en campos tan diversos como la medicina o la energía limpia, por sólo citar dos. No obstante, el salto tecnológico traerá consigo costos devastadores en términos de supresión de empleo y de desajustes económicos y sociales.
¿Cómo puede verse afectada América Latina por esta realidad emergente? Según señalaba el BID en un importante informe de 2011, las economías de la región se dividen en dos categorías: las tipo México y las tipo Brasil. En el primer grupo se encuentra no sólo el país que le da el nombre al mismo sino también América Central y República Dominicana, siendo lo característico de éste su dependencia frente a las industrias de ensamblaje. Dentro de las tipo Brasil cae toda América del Sur, caracterizándose por su dependencia fundamental frente a los recursos naturales. De más está agregar que en ambos grupos el sector de los servicios juega un papel de inmensa relevancia.
La particularidad del huracán tecnológico que se avizora es que afectará por igual a las líneas de ensamblaje de mano de obra intensiva, a los productores de recursos naturales y a los prestadores de servicios. Ningún país de América Latina resultará inmune a su impacto. Obviamente algunos sectores confrontarán la fuerza disruptiva del cambio tecnológico antes que otros, de la misma manera en que la distribución de los costos no será la misma para todos.
Sin embargo, la convergencia en el tiempo de la tecnología digital y robótica, de la nanotecnología, de la biotecnología y de las nuevas tecnologías de la energía, anuncia una concatenación de fuerzas de gigantesco efecto desestabilizador. Los robots industriales que ya se están convirtiendo en una poderosa alternativa económica en la propia tierra de la mano de obra intensiva, China, desbaratarán a las líneas de ensamblaje de mano de obra de bajo costo.
La minería, la siderúrgica, la metalúrgica y la metalmecánica perderán terreno y se verán crecientemente acorraladas ante la aparición de los nuevos metales, mucho más resistentes y ligeros, que la nanotecnología traerá consigo. La tecnología del genoma brindará la capacidad de producir “in vitro”, y de reproducir con eficiencia industrial, frutas y vegetales. Otro tanto ocurrirá con la carne animal, a partir de la tecnología de las células madres.
El petróleo se verá sacudido desde todos los frentes. La tecnología del esquisto generando sobreproducción y caída de precios. Las energías solares y eólicas, cuyos precios han caído en 85% desde comienzos de siglo y cuya capacidad se duplica cada dos años, seguirán su avance hacia el cero costo marginal. Las baterías de litio cuyos costos han caído en 40% desde 2009, mientras su capacidad de almacenamiento avanza dramáticamente, darán ventaja a los vehículos eléctricos. Éstos, a su vez, competirán con los combustibles derivados de la fotosíntesis y de la biomasa de última generación. La biotecnología sustituirá al petróleo en la elaboración de plásticos.
La participación humana en el sector de los servicios se verá acorralada por la tecnología digital. No sólo las labores repetitivas y puntuales serán tomadas por las máquinas, sino crecientemente también aquellas que requieren de pensamiento analítico y alto nivel educativo. Ello podría generar una contracción radical de las clases medias regionales.
En la medida en que la calidad de los nuevos bienes y servicios aumente y su precio disminuya no habrá empleo, por más barata que resulte su remuneración, capaz de competir. No obstante, ningún país de la región se encontrará en posición tan vulnerable como Venezuela. No sólo por no haber logrado superar su condición monoproductora sino por encontrarse dentro de un sector de particular riesgo.
Aunque el salto tecnológico está siendo anunciado con suficiente antelación, el mismo se encuentra totalmente fuera del radar de decisores políticos y pensadores dentro de la región. Es evidente que habrá un límite claro a nuestra capacidad de respuesta al cambio, frente al cual ni siquiera las grandes potencias económicas pueden inmunizarse. Sin embargo podemos definir y adelantar estrategias, mecanismos, destrezas y actitudes mentales, aptos para amortiguar el impacto desestabilizador que vendrá.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/america-latina-frente-revolucion-tecnologica_431827
Fotografía: Detalle obra Julio Pacheco Rivas (BOD, Caracas, 2016).

miércoles, 13 de enero de 2016

LA RUPTURA CON UN ANCLAJE

EL UNIVERSAL, Caracas, 13 de enero de 2016
EEUU y el comienzo del fin del petróleo
Gracias a la acción de Riad, el grueso de sus reservas petroleras -y las nuestras- quedarán bajo tierra
Alfredo Toro Hardy

La Unión Europea se encuentra involucrada hasta la médula en materia de energía renovable. Buen ejemplo de ello es la llamada iniciativa de la Tercera Revolución Industrial. Esta fue endosada por su Parlamento en 2007 y se encuentra en fase de instrumentación por varias agencias de la Comisión Europea, así como por los 27 Estados que la integran.
Este proyecto se sustenta en varios pilares. El primero busca convertir a los inmuebles de Europa en minicentrales de generación de energía eléctrica. Ello se lograría dotándolos de paneles solares, de máquinas para convertir la basura en energía o a través de cualquier otro mecanismo apto para producir energía renovable. El segundo buscaría dotarlos de métodos adecuados para conservar esa energía, contrarrestando así los altibajos en su capacidad de generación (ejemplo, la noche o la falta de sol en el caso de los paneles solares). El tercero se sustentaría en redes transmisoras de energía eléctrica bidireccionales que replicarían a las redes de Internet. Por esta vía los inmuebles podrían recibir electricidad cuando la propia fuese deficitaria o transmitir sus excedentes a un centro receptor. Este último se ocuparía de redirigirlos a quien los necesitase. Los vehículos eléctricos, de su parte, nutrirían sus baterías en los propios estacionamientos de los edificios.
El paraíso de la energía verde
Alemania va a la vanguardia de la Unión Europea en la persecución de este paraíso de la energía verde. Hasta el presente ha convertido a un millón de edificios en pequeñas plantas de generación de energía renovable, mientras trabaja en el desarrollo y puesta en práctica de mecanismos de almacenamiento de esa energía por vía del hidrógeno. A la vez está ensayando redes bidireccionales de "Energía-Internet" en seis regiones del país.
Si bien Europa encabeza la carrera hacia la energía verde, también China y Japón hacen esfuerzos muy importantes en sus propios términos. La gran pregunta es qué hace Estados Unidos. La respuesta a la misma la da Jeremy Rifkin, mayor especialista mundial en estudios prospectivos y artífice de la Tercera Revolución Industrial. De acuerdo a sus palabras: "En esta materia Estados Unidos no está en nada. Las compañías energéticas llevan la voz cantante y ellas han convencido al país de que es independiente energéticamente y de que el cambio climático es una falacia. Así las cosas, Estados Unidos sigue atado a los combustibles del siglo XX" (Todd Miller, "The Arquitect of Germany's Third Industrial Revolution: an Interview with Jeremy Rifkin", Huffpost Business, May 12, 2015).
Las palabras de Rifkin no tomaban en consideración, sin embargo, una variable importante. Estados Unidos cuenta en la actualidad con el Presidente más ambientalista de su historia. Según Daniel Yergin: "Más que ningún otro Presidente, Obama ha buscado darle el sector de la energía una orientación renovable. En efecto, ha elevado las apuestas de la energía renovable al nivel de destino nacional: 'La nación que dirija al mundo en la creación de estas fuentes de energía', ha señalado, 'será la nación que conduzca la economía global del siglo XXI'" (The Quest, London, 2012).
Lo que sí es indudable es que, a pesar de los esfuerzos de la Casa Blanca, la revolución del esquisto ancló fuertemente a ese país en la matriz de la energía fósil. Para la mayoría de su sector productivo, para parte importante de su clase política y para amplios sectores poblacionales, la industria del esquisto se presentaba como sinónimo de independencia energética y como motor de crecimiento de su economía.
Ataque preventivo
Esta realidad cambió, sin embargo, cuando Arabia Saudita decidió lanzar un ataque preventivo destinado a cortar de raíz la rentabilidad del petróleo de lutita. Al abrir el chorro de su petróleo al máximo, sabiendo que ello generaría una estrepitosa caída en los precios, Riad buscó acabar con la revolución del esquisto. No era desde luego tarea sencilla dada la alta flexibilidad de dicha industria, donde es fácil salirse cuando la rentabilidad baja y reentrar cuando sube. El problema es que nadie desea ser picado dos veces por la misma culebra. ¿Quién querrá volver a invertir en una industria cuya rentabilidad puede derrumbarse ante la sobreproducción petrolera? La credibilidad del petróleo de lutita fue irremediablemente destruida.
Ahora bien, sacar de escena al petróleo de lutita significa romper el anclaje de Estados Unidos con la matriz energética petrolera y dar alas a la cruzada presidencial por la energía renovable. Mientras la economía estadounidense respaldase a la matriz petrolera, ésta difícilmente podía verse desplazada internacionalmente. Sin este apoyo en cambio es difícil que resista a las fuerzas del cambio.
Gracias a la acción de Riad el grueso de sus reservas petroleras se quedará bajo tierra y con ello, de paso, las nuestras.
altohar@hotmail.com
Ilustración: Dumont.

miércoles, 12 de agosto de 2015

RIESGOS

El futuro de nuestro petróleo
La última de las amenazas se expresa por vía del proyecto de la "Tercera Revolución Industrial"
Alfredo Toro Hardy

El futuro de Venezuela se sintetiza en una palabra: petróleo. Encabezamos la lista de los diez países con mayores reservas probadas en el mundo. Con un factor de recobro del 20% tenemos garantizada la extracción de 300 mil millones de barriles en la Faja del Orinoco. No obstante con los adelantos tecnológicos el factor de recobro podría llegar a 35%, lo cual se traduciría en una capacidad de extracción de 504 mil millones de barriles. Planteado en esos términos no habría razones para no ser optimistas de cara al futuro.
Las cosas, sin embargo, son más complicadas. El petróleo confronta tres conjuntos de amenazas. Primero, los avances en las técnicas extractivas que hacen económico al petróleo no convencional. Segundo, una expansión tecnológica en áreas diversas que converge en la sustitución del petróleo como matriz energética predominante. Tercero, la concepción y desarrollo de una logística que integra a los factores que persiguen la sustitución de la actual matriz energética.
La primera de dichas amenazas se ha materializado ya con la competencia proveniente del petróleo de lulita. En 2014 se estimaba que, en base a este último, la producción petrolera de Estados Unidos podía llegar a 14,2 millones de barriles diarios en 2020. Ello se traduciría en una era de precios petroleros bajos. Para evitar la materialización del escenario anterior Arabia Saudita lanzó un ataque preventivo, por vía de la sobreproducción, en contra de la rentabilidad del petróleo de lulita. El mismo, sin embargo, no solo se ha evidenciado infructuoso sino que está propiciando una mayor racionalización y eficiencia productiva de dicha industria. Lo único que Arabia Saudita pareciera estar logrando es adelantar en varios años la era de los precios petroleros bajos.
El petróleo de lulita constituye, desde luego, la más benigna de las amenazas planteadas. En lugar de propiciar la sustitución de la matriz energética petrolera, busca tan solo repotenciarla. Gracias a la fracturación hidráulica y a la perforación horizontal, la producción petrolera estadounidense podría incrementar entre 100 y 200 por ciento su potencial productivo para 2025. Ello, sin duda, consolidaría a esta fuente energética. El problema para Venezuela es que lo haría sobre la base de precios estructuralmente bajos.
La segunda de las amenazas enumeradas es inmensamente más grave. Allí el salto tecnológico se hace sentir con toda su fuerza por caminos distintos pero confluyentes. Algunos datos pueden dar idea de lo planteado. El costo de la energía solar ha caído en 85% desde el 2000, mientras el de la energía eólica (viento) ha caído en 85% desde finales de los noventa. En ambos casos se está replicando de cerca la Ley de Moore, identificada con la tecnología de la información, doblándose cada dos años la capacidad de la industria de la energía solar y cada dos años y medio la de la eólica. De acuerdo al más renombrado futurólogo de nuestros días, Jeremy Riffkin, ambas industrias avanzan aceleradamente hacia el espacio del cero costo marginal, mientras detrás de ellas vienen las energías de la biomasa, la geotérmica y la de las olas. Estas últimas deberán estar alcanzando su verdadero despegue en una década, proyectando a la energía renovable en una curva exponencial.
El Plan de Energía Limpia lanzado la semana pasada por Obama tiene inmensa significación. El mismo pone el acento en la energía renovable en un país que, hasta este momento, había basado su revolución energética en la industria del esquisto. Pero más allá de la energía renovable el precio de las baterías de litio ha caído en 40% desde 2009, mientras su capacidad de almacenamiento ha aumentado drásticamente. Ello comienza a brindar competitividad a los vehículos eléctricos frente a los de pistón. A la vez, la biotecnología avanza en la sustitución del petróleo para la elaboración de plásticos y fertilizantes. La energía de la biomasa, de su lado, está dejando atrás la fase de fertilizantes intensivos y tierra y agua abundantes, para adentrarse en una segunda generación de biocombustibles mucho más económicos y limpios.
La última de las amenazas planteadas se expresa por vía del proyecto de la "Tercera Revolución Industrial" que desde hace algunos años adelanta la Unión Europea. El mismo se apoya en cuatro pilares. El primero es el desarrollo intensivo de la energía renovable que para 2050 deberá representar 70% de su matriz energética. El segundo sería el de edificios que, en lugar de ser consumidores voraces de energía, se transformasen en plantas autónomas generadoras de energía (vía paneles solares u otras fuentes de energía renovable). El tercero sería el del almacenamiento de la energía obtenida por la vía anterior a través de la tecnología del hidrógeno. El cuarto sería el de una red eléctrica europea bidireccional que funcionase bajo los mismos parámetros de Internet, es decir, que permitiese el intercambio y la interconectividad de la energía generada por infinidad de fuentes autónomas. Esta misma red alimentaría, desde luego, a los vehículos eléctricos.
El reto es inmenso.
Ilustración: Eneko.

viernes, 7 de marzo de 2014

ANCLAJE (S)

EL UNIVERSAL, Caracas, 6 de marzo de 2014
Ucrania y la Caja de Pandora
Sólo la vía electoral puede arbitrar un ambiente de tanta polarización y complejidad
ALFREDO TORO HARDY 

Ucrania se ha transformado en punto álgido de la geopolítica global y en factor de amenaza para la recuperación económica europea y aún para la paz mundial. Cómo ocurre habitualmente no existe una lectura única para este tipo de acontecimientos.
Desde la óptica de la prensa occidental una ola de protestas, sustentada en el legítimo derecho de sus habitantes de estrechar vínculos con la Unión Europea y con Occidente, quiso ser aplastada a sangre y fuego por el gobierno, lo que desembocó en la caída de éste. En respuesta Rusia ha invadido a Crimea, al sureste de Ucrania, en una acción que rememora a Hitler y al inicio de la II Guerra Mundial. La violación de la legalidad internacional, tanto más significativa cuanto que en 1994 Ucrania y Rusia suscribieron un acuerdo de partición, exige de una respuesta firme por parte de la comunidad internacional. Este llamado es dirigido de manera particular a Obama, cuya falta de firmeza en Siria invitó al acto de aventurerismo que hoy lleva adelante el presidente Putin.
La lectura de Moscú, sin embargo, es muy distinta. Una ola de protestas desencadenada por el deseo de la Unión Europea de jalar a Ucrania hacia su bando, y apoyada claramente desde las capitales occidentales, buscó dar al traste no sólo con el orden institucional imperante sino con los estrechos vínculos que ese país tiene con Rusia. Cuando la tensión entre las partes llegó a un punto extremo y un acuerdo entre éstas, arbitrado por Alemania, Francia y Polonia, determinó una salida apta para preservar el ordenamiento institucional, se consumó un golpe de Estado que echó por tierra lo acordado.
Más aún, para Rusia no se trata de un incidente aislado sino del último capítulo de una larga saga cuyo objetivo es debilitarla y aislarla. Luego de la humillación y desmembración de su aliada Serbia por parte de la OTAN, de la expansión de dicha organización hacia los estados del Báltico que habían integrado la Unión Soviética y de la absorción por parte de la Unión Europea de varios estados de la Europa del Este que formaron parte de esa órbita, Rusia siente que la acción envolvente de Occidente da un nuevo paso. Para Moscú se trata, en este caso, de un paso que va demasiado lejos. No sólo existe una importantísima comunidad étnica rusa en Ucrania sino que en particular la península de Crimea es demasiado relevante para Moscú. Esto último en función de una historia plena de acontecimientos, por su significación geopolítica y por tener allí su asiento la base naval rusa del Mar Negro.
Una tercera lectura es la que dan los ciudadanos ucranianos. Allí la polarización es total. Para una mitad de éstos, aquellos que apoyaron las protestas, Ucrania debe fluir hacia la Unión Europea. Para la otra mitad, en cambio, el anclaje étnico, histórico y económico con Rusia es demasiado grande. Lo interesante es que esas dos mitades se encuentran linealmente repartidas entre el Oeste y el Este del país.
Si algún mensaje deja Ucrania es que sólo vía electoral pueden arbitrar un ambiente de tanta polarización y complejidad como el allí planteado. Dejar la respuesta a las calles es abrir la Caja de Pandora.

Brevísima nota LB: "Jalar". Extraño en el autor.

viernes, 12 de octubre de 2012

NOTICIERO RETROSPECTIVO

- Ricardo Zuloaga. "Libre empresa y desarrollo". Resumen, Caracas, nr. 174 del 06/03/77.
- Alfredo Toro Hardy. "La deuda externa venezolana". El Universal, Caracas, 29/06/95.
- Pedro Salinas. "Los nuevos socialistas". Tribuna Popular, Caracas, 03/07/81.
- Trino Márquez. "La exclusión social". Economía Hoy, Caracas, 07/07/97.
- Santiago Fernández. "La necesidad de un ferrocarril en Venezuela". Elite, Caracas, nr. 1262 del 10/12/49.

Fotografía: Detalle de la edición de El Nacional, Caracas, 28/07/48.