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lunes, 7 de julio de 2014

TÍMPANOS Y NICOTINA

EL PAÍS, 6 de julio de 2014
TRIBUNA
La noche que Hannah Arendt escuchó a Fidel Castro
El líder cubano dictó una conferencia magistral en la Universidad de Princeton en 1959
Rafael Rojas 

Los archivos de la Universidad de Princeton guardan una historia que ayuda a comprender la deriva totalitaria de la Revolución Cubana y la difícil lectura que hizo Occidente de ese fenómeno latinoamericano y caribeño. En abril de 1959, el primer ministro de la nueva Cuba, Fidel Castro, y su delegación se desviaron de su itinerario de Washington a Nueva York en una primera visita a Estados Unidos, organizada por la American Society of Newspapers Editors, y pasaron un par de días en la Universidad de Princeton.
La visita de Castro a Princeton fue facilitada por varios profesores e instituciones de la Universidad: el historiador Roland T. Ely, estudioso de la economía cubana y autor de los clásicos La economía cubana entre las dos Isabeles (1960) y Cuando reinaba su majestad el azúcar (1963); el embajador Paul D. Taylor, presidente de la American Whig Cliosophic Society, que extendió la invitación a los cubanos, y la Woodrow Wilson School, cuyo programa de Civilización americana había organizado por esos mismos días de abril de 1959 un seminario titulado The United States and the revolutionary spirit.
Castro pronunció la conferencia magistral de ese seminario, el lunes 20 de abril de 1959, en la noche. Según las notas que tomó el embajador Taylor, el premier cubano comenzó disculpándose de tener que hablar ante un grupo de expertos y propuso que lo escucharan como a un revolucionario práctico, como a alguien que no estudiaba sino que producía una revolución. Al decir de Castro, la Revolución Cubana había derribado dos mitos de la historia latinoamericana del siglo XX: que era posible vencer a un Ejército profesional, poseedor de armas modernas, y que también era posible revolucionar al pueblo cuando este no estaba hambriento.
Fidel Castro sostuvo que la Revolución Cubana no alentaba el choque de clases
La segunda observación es interesante, a la luz del relato oficial de la historia cubana, que, en el último medio siglo, ha insistido en presentar la sociedad de la isla, anterior a 1959, bajo el triple flagelo del “hambre, la miseria y la explotación”. Curiosamente, en abril de 1959, Fidel Castro decía a los profesores y estudiantes de Princeton que una de las originalidades de su revolución era que había triunfado en un país latinoamericano con un relativo bienestar social. La cubana, según aquel Castro, había sido más una revolución política y moral contra una dictadura corrupta que una rebelión de clases, de pobres contra ricos. Por eso había sido apoyada por el “95% del pueblo”, generando un fenómeno de “unanimidad de opinión”, inédito en la historia de Cuba.
Este análisis permitía a Fidel Castro sumarse al debate sobre Estados Unidos y el “espíritu revolucionario”, entre historiadores, filósofos, sociólogos y economistas de Princeton. El tema central en aquel seminario y en buena parte del pensamiento filosófico e histórico, en Estados Unidos durante la Guerra Fría, era el paralelo entre las revoluciones norteamericana, francesa y rusa, como modelos contrapuestos de cambio social. Según las notas de Taylor, en su conferencia Fidel Castro sostuvo que la cubana se inscribía más en la tradición de 1776 que de 1789 o 1917 porque no alentaba el choque de clases. Tampoco proponía la confrontación con Estados Unidos, ya que preservaba la distancia del comunismo y sugería una defensa de los intereses nacionales de Cuba que Washington podía aceptar porque se enmarcaba en su propia tradición independentista.
Uno de los profesores que intervino en ese seminario y que, probablemente, escuchó a Fidel Castro aquella noche del 20 de abril de 1959 fue la filósofa alemana Hannah Arendt. Justo en 1959, la autora de Los orígenes del totalitarismo (1951) y La condición humana (1958) había sido contratada como profesora en Princeton y comenzaba a investigar la historia de las revoluciones francesa y norteamericana. La ponencia que Arendt presentó en el seminario fue el punto de partida de su ensayo On revolution (1963). En los agradecimientos de este libro, Arendt comentaba que la idea del volumen había surgido durante aquel seminario sobre “Estados Unidos y el espíritu revolucionario”, organizado por el programa de Civilización americana de la Woodrow Wilson School de Princeton.
Para Arendt, la revolución y la guerra son dos fenómenos radicalmente distintos
En su libro, Arendt sostenía que el enlace histórico entre la revolución y la guerra, dos fenómenos, a su juicio, radicalmente distintos, había distorsionado los objetivos básicos de la tradición revolucionaria moderna, que eran la libertad y la felicidad. La ventaja que, a su entender, conservaba la revolución de 1776 en Estados Unidos sobre la francesa y la rusa era que, al enfrentar la “cuestión social” de la igualdad por medio del derecho constitucional, había logrado aquellos objetivos históricos. El jacobinismo y el bolchevismo, en cambio, producían una desconexión entre justicia y ley —lo que Ferenc Feher conceptualizará luego como “revolución congelada”— que alentaba el despotismo y dilapidaba el legado moral o el “tesoro perdido” de la revolución.

A pesar de haber escrito su libro entre 1959 y 1963, en Nueva York, una ciudad donde se debatió intensamente la radicalización comunista de la Revolución Cubana, Arendt no hizo alusiones a Cuba o a Fidel Castro. De hecho, la filósofa solo se refería a América Latina una vez en su ensayo y lo hacía para colocar la experiencia de las revoluciones del Tercer Mundo, en el siglo XX, más en la tradición francesa y rusa que en la norteamericana. Podría elaborarse un argumento similar al de Susan Buck-Morss en relación con la falta de alusiones a la revolución haitiana en la Fenomenología del espíritu de Hegel, pero es muy probable que en aquel silencio hubiera tanto prejuicio colonial como rechazo al totalitarismo comunista, aún en una región tan dominada e intervenida por los imperios atlánticos como el Caribe.
En otros momentos de su libro, Arendt hablaba de las “dictaduras de un solo partido” y de los regímenes burocráticos de la Unión Soviética y Europa del Este como nuevas formas de tiranía. En 1963, esa parecía ser la elección racional de los dirigentes cubanos, por lo que las palabras de Fidel Castro, aquella noche en Princeton, debieron sonarle, cuatro años después, como un perfecto embuste. Según aquel Castro, la diferencia entre la Revolución Cubana y la francesa y la rusa era que, en estas, “un pequeño grupo había tomado el poder por la fuerza e instaurado una nueva forma de terror”, mientras que en aquella un pueblo entero se había movilizado por “odio a una dictadura”.
(*) Rafael Rojas es historiador cubano. Su último libro es Los derechos del alma. Ensayos sobre la querella liberal-conservadora en Hispanoamérica (Taurus, 2014).

jueves, 1 de diciembre de 2016

MITO

EL PAÍS, Madrid, 27 de noviembre de 2016
 MUERE FIDEL CASTRO
Fidel Castro en perspectiva latinoamericana
Castro tuvo la desgracia de contemplar que Cuba se estaba convirtiendo en algo muy distinto a lo que él había soñado y por lo que había luchado y matado
Carlos Malamud

El mito de Fidel Castro, especialmente en América Latina, había precedido a su muerte. Su indudable impacto regional se hizo notar incluso antes de la Revolución Cubana, pero fue su triunfal entrada en La Habana comandando las fuerzas guerrilleras lo que atrajo la atención del continente y del resto del mundo. Los muchachos, con sus uniformes verde olivo, se transformaron en el símbolo del cambio anhelado por toda la región.
Inicialmente la Revolución fue un conglomerado heterogéneo de fuerzas y movimientos políticos, unificados por un fuerte nacionalismo y una alta dosis de antiimperialismo. No en vano Cuba tenía entonces estrechos vínculos políticos y económicos con Estados Unidos. Tras la victoria y una vez consolidado en el poder, Fidel Castro impuso un importante giro marxista leninista que lo aproximó a la Unión Soviética y a la China de Mao. Finalmente, se decantó por la primera, aunque el comunismo cubano nunca llegó a los niveles del burocratismo soviético.
Con la ayuda de la URSS la Cuba castrista se distanció de Estados Unidos. Para preservar el legado revolucionario y sus reformas sociales intentó exportar su modelo foquista al resto de América Latina. De este modo, Castro comenzó a apoyar a casi todos los movimientos guerrilleros que comenzaban a actuar en la región. Si bien no cuajó su proyecto de crear “dos, tres o muchos Vietnam” y Ernesto Che Guevara murió en la selva boliviana cuando intentaba trasplantar el experimento cubano más allá de sus fronteras, Fidel Castro y su Revolución impactaron de lleno en el imaginario colectivo latinoamericano.
Fue tal su influencia que para frenar su contagio Estados Unidos debió inventar la Alianza para el Progreso. La muerte de John Kennedy acabó con la vía reformista y Washington terminó respaldando a los militares golpistas impulsores de la Doctrina de la Seguridad Nacional. Las Fuerzas Armadas latinoamericanas asumieron que eran el último dique de sus sociedades occidentales y cristianas frente al comunismo internacional. Las sangrientas dictaduras militares de las décadas de 1960 y 1970 sirvieron para legitimar aún más a la Revolución Cubana a los ojos de unas sociedades ávidas de crecimiento económico y libertades políticas. El influjo de Castro y los suyos se mantuvo a través del tiempo, pese a los errores, fracasos y cambios de rumbo de la Revolución. Sin su bendición, por ejemplo, Hugo Chávez seguiría siendo un militar golpista y no se hubiera convertido en el líder de una parte importante de la izquierda continental.
Castro tuvo la dicha y la desgracia de vivir 90 años. Así pudo mantener su influencia durante décadas. Pero tuvo la desgracia de contemplar, con profunda resignación, que Cuba se estaba convirtiendo en algo muy distinto a lo que él había soñado y por lo que había luchado y matado. El concierto de los Rolling Stones y el desfile de Chanel marcan el inicio de la desaparición de la Patria socialista, aunque todavía le queda bastante recorrido. Todavía entonces Fidel Castro podía contarlo, al igual que hizo con el acercamiento a Estados Unidos impulsado por su hermano. Hoy las cosas han cambiado.

Fuente:http://elpais.com/elpais/2016/11/26/opinion/1480160158_424215.html

viernes, 28 de febrero de 2014

Y DE LA NOCHE VENIMOS

EL PAÍS, Madrid, 27 de febrero de 2014
Muere Huber Matos, comandante de la revolución y el exilio
Entró con Castro en la Habana, estuvo en la cárcel 20 años y fue líder en Miami
Mauricio Vicent 

Huber Matos fue de todo en la revolución cubana: llegó a lo más alto en la guerrilla de Fidel Castro, y también fue líder en la cárcel y en el exilio de Miami. Bajó de la Sierra Maestra como comandante y tomó la ciudad de Santiago de Cuba el 1 de enero de 1959, entrando una semana más tarde a La Habana como un héroe junto a Camilo Cienfuegos y Castro. Condenado por traición a los diez meses del triunfo revolucionario, cumplió 20 años de cárcel en diversas prisiones de la isla, convirtiéndose en un reo legendario. Al ser excarcelado y llegar a Miami, Matos fundó la organización anticastrista Cuba Independiente y Democrática (CID), con la que abogó por el derrocamiento de Castro por las buenas o por las malas. El jueves, a la edad de 94 años, murió de un infarto en la capital del exilio cubano y hasta el último momento mantuvo sus posiciones radicales. Tanto por su tono como por su contenido, la voz de Matos en la radio de Miami era de las que más fuerte sonaba, hasta el extremo de que hace unos años llegó a hacer un llamado a los militares cubanos para que se alzasen contra el Gobierno.
Huber Matos Benítez nació el 26 de noviembre de 1918 en el poblado de Yara, en la antigua provincia de Oriente. Era el hijo mayor de un agricultor y la maestra del pueblo, lo que le permitió educarse. Desde niño ayudó a su padre en las tareas del campo y para escapar a ese destino estudió Magisterio, graduándose en la Escuela Normal para Maestros de Santiago de Cuba en 1940. Cuatro años más tarde obtuvo un doctorado en Pedagogía en la Universidad de La Habana.
Durante algún tiempo trabajó en varias escuelas rurales del oriente cubano, donde comenzó a adquirir conciencia política. A los 18 años entró en el Partido Revolucionario Auténtico y en 1947, luego de que fue fundado el Partido del Pueblo Cubano (Ortodoxo) por Eddy Chibás, entró a militar en esta organización, a la cual perteneció también Fidel Castro. En 1950 fue nombrado vicedecano del Magisterio Nacional.
La vida de Cuba y de Huber Matos cambiaron radicalmente con el golpe de Estado que dio Fulgencio Batista el 13 de marzo de 1952, a pocos meses de unas elecciones generales en las que Castro se presentaba como candidato al Congreso por el Partido Ortodoxo. En ese momento Matos trabajaba como profesor de la Escuela Normal para Maestros de Manzanillo, una de las principales ciudades de la provincia de Oriente, donde enseñaba Cívica e Historia.
Su oposición a la dictadura batistiana le llevó a exiliarse en Costa Rica en 1956, donde entabló amistad con el presidente José Figueres. Cuando Castro organizó la expedición del yate Granma y se hizo fuerte en la Sierra Maestra, Matos consiguió preparar una expedición con armas y voluntarios y aterrizó con una avioneta en las montañas de Cuba, uniéndose a los barbudos. Terminó la guerra con el grado de comandante, el más alto de la guerrilla, al frente de la columna 9ª Antonio Guiteras.
Tras tomar Santiago de Cuba y entrar triunfalmente en La Habana en el mismo jeep de Castro y Cienfuegos, ocupó diversas responsabilidades hasta que fue designado jefe del Ejército Rebelde en la provincia de Camagüey.

Desde muy pronto Matos se opuso al giro radical de la revolución, y cuando percibió que esta se inclinaba hacia el socialismo y entraban en las instituciones del Gobierno miembros del antiguo partido comunista (el Partido Socialista Popular) escribió una carta personal a Castro renunciando a su cargo. “No deseo convertirme en un obstáculo para la revolución y creo que, teniendo que escoger entre acomodarme a las circunstancias o hacerme a un lado para no causar ningún daño, lo más revolucionario para mí es irme…”, decía en la misiva, enviada al líder cubano el 19 de octubre de 1959.
Matos agregaba: “Si se quiere que la revolución triunfe, dígase a dónde vamos y cómo vamos, óiganse menos los chismes y las intrigas, y no se trate de conjurado o de reaccionario al que con criterio honrado plantee estas cosas”. Aunque Matos siempre aseguró que esta carta fue la verdadera causa de su encarcelamiento, Fidel Castro y sus seguidores dijeron que en realidad preparaba un levantamiento en Camagüey y Camilo Cienfuegos fue enviado a detenerle allí. Huber Matos se entregó sin oponer resistencia, y Cienfuegos, al regresar a La Habana, se estrelló en una avioneta debido al mal tiempo.
El juicio a Matos se celebró el 11 de diciembre en el antiguo campamento militar de Columbia y allí intervino Castro durante varias horas seguidas para acusar a su antiguo comandante de traición. El Che Guevara y Rául Castro eran partidarios de la pena de muerte, pero Fidel Castro dijo que si se hacía eso se le convertiría en un “mártir”. Finalmente el tribunal lo condenó a 20 años de prisión, de los que no se le perdonó ni una hora.
En presidio realizó varias huelgas de hambre y denunció que estuvo años aislado en una celda, convirtiéndose en uno de los famosos presos “plantados”, denominados así por negarse a vestir el uniforme de reo común. Al salir de la cárcel en 1979 se instaló en Costa Rica y posteriormente se trasladó a Miami, donde fundó la organización Cuba Independiente y Democrática, uno de los grupos anticastristas que con más beligerancia atacó al régimen de Fidel Castro en las últimas décadas y que apoyó la ley Helms-Burton, que hizo extraterritorial el embargo norteamericano, cuando fue promulgada en 1996. En 2001 ganó en España el XIV Premio Comillas por su libro de memorias Cómo llegó la noche.


Nota LB: Políticamente,  crecimos con una doble curiosidad hacia el proceso cubano: el del entusiasmo y la decepción. Muy jóvenes, decididos por una opción ideológica, asumimos con una punzante crítica lo que había detrás de la gesta del derrocamiento de la ictadura de Batista. Era difícil, pues, las posturas no capitalistas de una tendencia democristiana,  forzaban a subrayar el por qué no compartíamos lo que ocurrió y ocurría en la isla caribeña. Digamos que José Barbeito, con un pequeño ensayo, contribuyó mucho a la claridad de las posiciones. A principios del presente siglo, vimos "Cómo llegó la noche" de Huber Matos en la ya extinta Librería del Ateneo de Caracas. Era un ejemplar costoso. Y, si mal no recordamos, lo devoramos. Además, nos pareció bien escrito. Además, el formato y diseño de Tusquetsera lo suficientemente atractivo. Al parecer puede bajarse en http://www.libro-s.com/l/como-llego-la-noche-de-huber-matos-153137/ y hay una buena reseña crítica en http://www.redalyc.org/pdf/128/12871407.pdf. Suele ocurrir, desearíamos releerlo, pero a alguien, siglos atrás, le prestaríamos el ejemplar que ya no volverá a la estantería de la casa y, en vano, habría que indagar a quién se le prestó. Recientemente fallecido, Matos lanza un dardo de interpelación sobre Venezuela.

miércoles, 22 de abril de 2015

ADEMÁS, LA PRENSA CONTAMINADA

EL NACIONAL, Caracas, 22 de abril de 2015
Fidel Castro también sonríe
Aníbal Romero
  
Es su más reciente edición, la revista Time elaboró una lista de las “cien personas más influyentes del mundo”. Esta curiosa compilación, que divide a los allí mencionados según diversos criterios, incluye desde Kim Kardashian hasta el papa Francisco, pasando por Barack Obama y el tirano coreano Kim Jong-un, entre otros. Lo que más sorprende de semejante lista de nombres es la presencia de Raúl Castro, entre los personajes que según Time merecen ser distinguidos dentro de la categoría de “líderes” del mundo actual.
¿Por qué?, cabe preguntarse. Raúl Castro se encuentra al frente del aparato despótico más longevo de América y encabeza los restos de una revolución que, siendo caritativos, constituye el fracaso más patente en la historia moderna de la región. La Cuba que Raúl y Fidel Castro contemplan en las etapas finales de sus vidas es una sociedad postrada, resultado del sacrificio estéril de varias generaciones, persiguiendo quimeras sin destino y aventuras sin rumbo. Cuba no es ejemplo de nada para nadie, excepto, desde luego, cierta izquierda que preserva en sus corazones un recóndito espacio para los sueños inútiles y los resentimientos que genera la ruina ideológica.
Entonces, ¿por qué la revista Time suma el nombre de Raúl Castro a su lista? ¿En qué sentido es influyente este personaje tan astuto como sarcástico? ¿Qué nos dice su inclusión acerca de los rasgos psicológicos e ideológicos dominantes en lo que Vargas Llosa ha denominado “la cultura del espectáculo”, tan extendida en nuestros días?
La reciente Cumbre de las Américas en Panamá proporciona una ilustración elocuente de la confusión entre lo sustantivo y lo simbólico, que aqueja a buena parte de los análisis de la actual situación internacional. Desde el punto de vista sustantivo, Washington logró dos objetivos concretos que perseguía: en primer término, contribuir a estabilizar el régimen cubano ante los peligros que emanan del desastre venezolano. En segundo lugar, darles la oportunidad, tanto a los Castro como a sus súbditos en Venezuela, para que busquen una vía de entendimiento con la oposición “oficial” y sectores económicos privados, de modo de evitar en lo posible una crisis terminal prematura (según la óptica del Departamento de Estado), encaminando la cada día más avasallante anarquía interna dentro de los cauces “constitucionales” que tanto agradan a los estadounidenses, aunque todos sepamos que la Constitución chavista no vale siquiera el papel en que está impresa.
Obama no fue a Panamá a hacer gestos corteses ni obras de beneficencia, sino a resguardar al Estado de Florida frente a la probabilidad de una afluencia masiva de cubanos desesperados, escapando como sea de la isla ante un proceso de desestabilización agudo y acelerado, que podría tener lugar a raíz del impacto del creciente caos venezolano. Ello sin excluir, desde luego, los fuegos artificiales destinados a dar a la prensa globalizada, contaminada a fondo por la “corrección política”, elementos para exaltar a Obama como una mezcla de Metternich, Talleyrand y Bismarck, que “puso fin a la Guerra Fría en el Caribe”.
La Guerra Fría terminó con la demolición del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Cuba solo tuvo importancia estratégica mientras las superpotencias capitalista y comunista competían entre sí. Lo que se logró en Panamá fue decretar la impunidad de los Castro. Los cubanos no hicieron ni han hecho concesión alguna de importancia sustancial, y el Departamento de Estado ha enfatizado que Estados Unidos no busca un “cambio de régimen” en la isla. Eso es lo clave. Con relación a Venezuela, como dije, a Maduro y su gente se les abre la opción, respaldada por Washington y posiblemente, paso a paso, por La Habana, de negociar arreglos de estabilización política y cambios económicos que les permitan salir del foso en que se han metido, y avanzar con el apoyo de la oposición “oficial” hacia las salidas electorales, así sean una farsa tanto en Cuba como en Venezuela.
Raúl Castro fue acogido como un irreprochable y distinguido caballero en Panamá. Las fibras mentales de izquierda que persisten en Rousseff, Kirchner, Correa, Bachelet (o su representante), Maduro, Morales y el resto vibraron ante la presencia de un símbolo. ¿Un símbolo de qué? ¿Qué se dijo acerca de la permanencia de la cruel dictadura en la Cuba castrista? ¿En qué quedan las decenas de miles de muertos en África, en las montañas de Suramérica, o huyendo de la opresión en el Caribe, en los incontables delirios sangrientos de una revolución que ha significado primordialmente hambre, dolor, expoliaciones, exilios, odio y muerte? Raúl Castro es únicamente símbolo del fracaso de la izquierda latinoamericana, aunque esta última ni se percate de ello.
Numerosos y presuntos expertos han perdido de vista los aspectos sustantivos de la política, tal y como se tramitaron en Panamá, distrayéndose en su lugar con el imaginario de una revolución deleznable, a lo que se añade la sumisión intelectual ante la figura de Obama, cuyos presuntos logros son siempre sacados fuera de proporción por una prensa mentalmente doblegada, cuyo sentido crítico se vuelve gelatina al tratarse de un presidente de color, y además de izquierda.

En cuanto a Raúl Castro, solo cabe suponer su complacencia al verse rodeado de tantos ilusos e ingenuos, y también de cínicos y aprovechadores como él, no pocos de los cuales agitaron banderitas cubanas en su juventud y aún otorgan a los Castro galardones por su “heroísmo antimperialista”. De paso, Raúl Castro debió sentirse halagado, a pesar de todo, al observar los tragicómicos disparates de Maduro, un militante de izquierda radical formado y entrenado en La Habana, a quien seguramente contempla con la condescendencia de un padre hacia un hijo atolondrado pero siempre obediente.
Por su parte Fidel Castro, en la soledad de la almohada, seguramente reconoce que su revolución es un irremediable fracaso. ¿Pero qué importa? En el plano de los símbolos políticos el engaño y la fantasía siguen funcionando. Él y su hermano han controlado Cuba con mano de hierro por más de cinco décadas, y todavía reciben las respetuosas genuflexiones de incontables latinoamericanos, encantados con sus recuerdos sobre “¡Cuba sí, yanquis no!”. Nadie les pide y aparentemente tampoco se les pedirán cuentas a los Castro por los crímenes cometidos. El olvido y la impunidad son ahora el nombre del juego. Washington anda en eso, también con respecto a Venezuela, con la ayuda de la oposición “oficial”. Olvido, impunidad, pactos bajo la mesa, negociaciones a escondidas, consensos sustentados en la desmemoria. No veo razón por la cual Fidel Castro no deba esbozar una sonrisa ante tal mascarada. Yo lo haría en su lugar.

Fotografía: Tomada de la red.
Reproducción: 2001, Caracas, 03/02/1989.

sábado, 31 de diciembre de 2016

O ... LESIÓN LEVÍSIMA

EL MUNDO, 31 de diciembre de 2016
Revolución o muerte
Jaime Ignacio del Burgo

Cuando estaba a punto de terminar el bachillerato en el Colegio de San Ignacio de Pamplona nos llegó la noticia de la caída de la dictadura en Cuba y la entrada triunfal de Fidel Castro en La Habana, hecho ocurrido el 9 de enero de 1959. Recuerdo la satisfacción de alguno de mis profesores, orgulloso de que el líder de la revolución hubiera sido antiguo alumno de los jesuitas. Valoraban sus sentimientos católicos y se dijo que había exhibido un rosario durante su victorioso desfile. Esto no es un hecho demostrado, pero sí lo es que el gran fotógrafo cubano Alberto Korda, autor del retrato del Che Guevara universalmente conocido, le fotografió por aquel entonces junto a un soldado revolucionario que portaba una gran imagen de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba.

El júbilo jesuítico pronto se trocaría en enorme decepción. Fidel Castro no tardó en mostrar su auténtica ideología: el marxismo-leninismo. Por eso persiguió sañudamente a la Iglesia Católica. Ordenó la expulsión masiva de sacerdotes, frailes y monjas. Nacionalizó todos los colegios de religiosos. Cerró los templos y prohibió las manifestaciones públicas de culto. Fusiló a dirigentes y fieles católicos por el mero hecho de serlo. A los pocos sacerdotes que permanecieron en la Isla les prohibió toda actuación pastoral. Emprendió una sistemática campaña de descristianización y promoción del ateísmo. Este negro panorama comenzó a cambiar en 1991 con la apertura de una cierta tolerancia religiosa. En 1998, el Papa Juan Pablo II viajó a Cuba, donde tuvo una acogida apoteósica, que presentó Fidel Castro como una legitimación de su régimen. En 2003 hice un viaje a Cuba, lugar de nacimiento de la madre de mi esposa. Tuvimos la oportunidad de conversar en privado con el cardenal arzobispo de La Habana, Jaime Ortega, en la sacristía de la Catedral, después de la celebración litúrgica del domingo de Ramos. Nos reconoció que el viaje del Papa no sólo no había producido efectos positivos para la Iglesia, sino que tras su marcha la represión se había intensificado. Así, tal cual.

Fidel Castro dirigió al pueblo cubano el 12 de julio de 1957 el llamado Manifiesto de Sierra Leona. La Revolución prometía devolver la libertad a los cubanos en el caso de acceder al poder, con el compromiso de "celebrar elecciones generales" en el plazo de un año para elegir presidente y los demás cargos del Estado, las provincias y los municipios. Todo fue un gran engaño. Los cubanos llevan casi 60 años privados de la libertad y padeciendo una dictadura totalitaria atroz. El régimen presume de haber conseguido la igualdad, pero oculta que se trata de la igualdad en la miseria. En 1959, Cuba era el país más próspero de Iberoamérica, con una renta per cápita similar a la de España. Después de seis décadas de Revolución, el salario medio de los trabajadores es de 24 dólares (22 euros) ¡mensuales!

La izquierda europea siempre ha prestado un gran apoyo a los Castro. Ha aplaudido y aplaude lo que califican como grandes logros en educación y sanidad. Durante el viaje al que ya me he referido, pregunté a un taxista -a quien pagaba el Estado- qué tal era la sanidad. "Hay tres hospitales muy buenos para extranjeros", me contestó. Le aclaré que quería saber qué tal era la sanidad del pueblo. Su respuesta se me quedó grabada en la memoria: "Sí, es muy buena, pero cuando hay gasas no hay anestesia y cuando hay anestesia no hay gasas".

En ese mismo viaje visitamos a un heroico y meritorio sacerdote, cuyo nombre guardo en el anonimato para no perjudicar su seguridad. Nos hizo un relato estremecedor del malvivir de los cubanos. Le mostramos nuestra extrañeza por el hecho de que Castro consiguiera suscitar en la Plaza de la Revolución el fervor popular de cientos de miles de personas. Otro nuevo engaño, nos dijo: "Hay en cada manzana un comisario de la Revolución, que se encarga de pasar lista de asistentes. Al que falte sin causa justificada se le quita la cartilla de racionamiento, lo que le condena a la indigencia total por una temporada".

La Habana fue una ciudad fascinante. Hoy ofrece un aspecto decrépito, salvo su belleza natural con un mar y un cielo indescriptibles y las zonas de la Habana Vieja cuyas fachadas se han restaurado con la ayuda generosa de países "capitalistas". Sus calles son como un gran museo de vehículos antediluvianos, los "haigas" norteamericanos de los años 40. El atraso de las zonas rurales es clamoroso. Hay escasez de artículos básicos. Fidel Castro acusó a Estados Unidos de haber convertido a Cuba en un burdel norteamericano. Bajo la Revolución se desarrolló el más abyecto "turismo sexual".

En 1991 Cuba dejó de ser un Estado subsidiado por los soviéticos y con ello se acabó el espejismo de la Revolución. Hay 11 millones de habitantes y unos tres millones de emigrantes o exiliados. Su suerte no conmovió nunca al gran tirano ni a su privilegiado círculo. Un diplomático europeo nos contó que las copiosas e interminables cenas del "Comandante" se servían los manjares más exquisitos y se regaban con los vinos más caros del mundo.

Los cubanos no tienen libertad de asociación, expresión, manifestación, educación, etc. Ni siquiera gozan de libertad de movimientos. La justicia está al servicio de un régimen opresor y corrupto. ¿Es ético que pactemos con él mientras no ponga fin a la represión, libere a los presos políticos y se comprometa a emprender el camino hacia la democracia?

Tal vez la muerte del tirano abra nuevas expectativas para el cambio democrático. De momento sus sucesores parecen fieles al ideal de antaño: "Revolución o muerte". Entre nosotros, los neocomunistas y los liberticidas abertzales lloran la desaparición del tirano. ¿Acaso temen el fin de la tiranía?
(*) Jaime Ignacio del Burgo fue presidente de la Diputación Foral-Gobierno de Navarra, senador constituyente y diputado.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2016/12/31/5866a32ae5fdea9e238b4634.html
Ilustración: Sequeiros.

sábado, 3 de diciembre de 2016

CAJA NEGRA

EL UNIVERSAL, Caracas, 3 de diciembre de 2016
Castro y los misiles
Gustavo Linares Benzo
   
El momento más dramático de la humanidad, los días más desesperados, fueron unos de octubre de 1962 y en ellos Fidel Castro tuvo un papel destacado: la crisis de los misiles soviéticos en Cuba. Durante siete días la raza humana estuvo al borde de la extinción y el líder cubano fue actor principal, fiel a su principio de mantenerse en el poder a toda costa, en este caso a costa de la vida de centenares de millones de seres humanos y de la entera civilización.
(Antes de que aflore la mentalidad del malsín de “tú más” en descargo de Castro, hay que decir que la principal responsabilidad de este holocausto nuclear hubiera sido de Estados Unidos y de la Unión Soviética. Desde entonces, con gran hipocresía, ambas y otras pocas potencias afirman que estas armas son inmorales solamente cuando están en manos de otros).
Pero Castro, hasta donde puede saberse de las fuentes norteamericanas y rusas ya desclasificadas, porque Cuba es una caja negra, jugó al apocalipsis para asegurar la inmunidad de su régimen frente a Estados Unidos, entregándose al protectorado soviético y garantizando su territorio como base de misiles atómicos. El fidelismo bien vale la muerte de la humanidad, cálculo literalmente diabólico. Tanto, que dicen buenas fuentes que cuando Kruschev retiró los misiles, Fidel desahogó su frustración golpeando un espejo.

Desde la muerte de Fidel se han hecho todos los juicios imaginables. Pero dentro de la lista de los males, mucho mayor que la de los bienes, poco se ha dicho de esta perversidad única. En algún momento, ya entregado a la Unión Soviética, alguien (¿Gromyko, Kruschev?), le hizo saber que la isla, ya era su isla, sería base de armas atómicas. En ese momento supremo, Fidel Castro escogió el riesgo de una hecatombe global y, por supuesto, de la aniquilación de toda la población cubana, frente al imperativo de la mínima rectitud: negarse de plano y defender su socialismo por otros medios, así fuera la guerra convencional.
Ese es el evento crucial en la vida de Fidel Castro. Para los dictadores socialistas, mantenerse en el poder es más importante que cualquier cosa, así sea el fin de la humanidad.
La historia lo absolverá, o no, dependiendo de quien la escriba. Lo cierto es que ahora Castro está ante el Señor de la historia.

Fuente:
http://www.eluniversal.com/noticias/opinion/castro-los-misiles_629504

viernes, 17 de agosto de 2018

PAPEL ASIGNADO

EL PAIS, Madrid, 17 de agosto de 2018
ENTREVISTA | NORBERTO FUENTES, ESCRITOR CUBANO
“Heberto Padilla quiso ser el Solzhenitsyn de Cuba. Un error fatal”
El escritor Norberto Fuentes desgrana en ‘Plaza sitiada’ su versión de la famosa sesión de autocrítica forzada del poeta en 1971, en la que se vio involucrado
Pablo de Llano

La última obra del escritor Norberto Fuentes (La Habana, 1943), Plaza sitiada (Cuarteles de Invierno), es una inmersión en la sesión de autocrítica a la que forzó en 1971 el régimen cubano al poeta Heberto Padilla, fallecido en el 2000 en el exilio en EE UU. La publicación de Fuera del juego en 1968 –con poemas como Para escribir en el álbum de un tirano o Cantan los nuevos césares– soliviantó a Fidel Castro y derivó tres años después en su detención y confinamiento en el centro de interrogatorios de la policía política.

Al salir, Padilla pronunció en la Unión de Escritores y Artistas un discurso de repudio a su propio libro y loa al sistema en el que acusó de desafectos a otros como el propio Fuentes, que se enzarzó in situ en una bronca con el poeta reivindicándose “revolucionario”.

El caso Padilla marcó el endurecimiento de la represión ideológica al mundo de la cultura y supuso la ruptura con Cuba de buena parte de la intelectualidad occidental –según el autor, “deliberadamente” buscada por Castro–. Fuentes siguió en la isla y en los años ochenta fue parte “del hardcore fidelista” (según escribió en Dulces guerreros cubanos, 1999), hasta que fue arrestado en 1989 durante la Causa 1 –el proceso que llevó al fusilamiento del general Ochoa– y terminó exiliándose en 1994.

En su casa de Miami, reflexiona sobre aquel episodio tras el que “todos se pusieron a llorar por Padilla, que en realidad fue una víctima de sí mismo” y él, a su juicio, quedó en el olvido “como un paria juzgado por extranjeros y cobardes de la intelectualidad criolla”.

Pregunta. ¿Por qué Fidel Castro decide lanzar su ataque a la intelectualidad?

Respuesta. Temía la posibilidad de tener en Cuba escritores disidentes de renombre internacional, como Alexandr Solzhenitsyn en la URSS. Decía que eso sería un caballo de Troya dentro de la revolución, que la bombardearían desde dentro. Y quería romper con los intelectuales occidentales que sentía que estaban monitoreando su proceso y que lo condicionaban ética y moralmente. A la vez le sirve como mensaje de adhesión a Moscú en un momento en que sus relaciones con los soviéticos no eran buenas: “Somos tan duros como ustedes. También metemos presos a nuestros intelectuales”, y en el que asomaba como alternativa la revolución pacífica de Allende en Chile.

P. ¿Cómo entendía Castro su relación con intelectuales y artistas?

R. Como con todo el mundo: mientras entraran por el aro, no había ningún problema. Para Fidel, como todo leninista, la cultura era un instrumento de la propaganda revolucionaria con un límite claro: “No me hagan contrarrevolución”. Era un límite elástico si lo sabías emplear. Pero Padilla, sencillamente, la jodió.

P. ¿Por qué?

R. Porque había estado en una URSS ya moralmente debilitada mamando una situación en la que los escritores e intelectuales armaban una cantidad de lío que Fidel Castro no iba a permitir en su joven revolución cubana. Eso aprende Padilla y considera que puede reproducirlo en Cuba. Quiso ser el Solzhenitsyn cubano. Fue un error fatal.

P. Pero la mecha, dice en el libro, la prende una obra suya, no de Padilla.

R. Sí, Condenados del Condado. Salió en el 68 unos meses antes que Fuera del juego. Fidel Castro lo leyó y al terminarlo lo tiró contra una pared. En aquel tiempo mi libro fue considerado el primer libro disidente que se hizo en Cuba. Es la primera obra de ficción sobre un episodio de la revolución que tiene un estilo crítico de la peor manera, con humor, y que refleja una realidad que nadie conocía, la Lucha contra bandidos [la persecución en los sesenta contra los alzados anticastristas en la sierra del Escambray]. Eso fue darle duro a la cadena del mono, y Fidel dijo: “Ojo, aquí viene algo”. Él le enseñó a la Seguridad del Estado que había que trabajar como los cristianos, por señales. Y mi libro fue una señal. Fidel dijo que me cogieran preso, pero mis amigos me defendieron –incluido el general Tomassevich, que era una figura sagrada en ese momento– y lo frenaron, aunque él les avisó: “Van a ver que esta mierda no para aquí. Tiempo al tiempo”. Tenía toda la baraja en su mano. Aún estaba esperando a ver qué pasaba.

P. ¿Por qué explotó con Padilla y no con usted?

R. Yo conocía bien el terreno en el que me movía. Ya me habían jodido antes, sabía lo que tenía que hacer. No formar líos exógenos a la literatura, concentrarme en escribir, no salir de ahí. Pero Padilla quería un papel protagónico, dar conferencias, hacer grandes declamaciones, despachar con la prensa extranjera, ser el superintelectual crítico. Y se le fue de las manos. Los premios en 1968 de la Unión de Escritores a Fuera del Juego y Los siete contra Tebas [de Antón Arrufat] fueron la segunda y definitiva señal, aunque todavía Fidel deja esa bronca en stand by. Hasta que en 1971 reúne a la Seguridad del Estado y dice: “Comenzó la guerra contra los intelectuales. Hay que cortarles las patas ya”.

P. ¿Qué había echado a andar el espíritu crítico?

R. Pues que la gente había empezado a probar su fuerza, a tensar la cuerda por las influencias de la época. Ya se sabe qué pasa en Moscú. Se había publicado en Cuba a Isaac Bábel, Un día en la vida de Ivan Denisovich de Solzhenitsyn, y dijimos, “¡Coño, esto se puede hacer!”. Comenzamos a respirar, a tener visos de otra cosa. Los que no tenían talento, por supuesto, prefirieron seguir con la línea oficial, pero los que lo tenían querían intentar hacer cosas nuevas. Ahí Padilla encuentra un campo sin explorar, el de la discusión y el debate, y, como todo artista, quiere poner su pica en Flandes.

P. Y, finalmente, se vuelve el objetivo principal.

R. Sí, porque estaba desbocado. Yo le dije: “Heberto, muchacho, te están dando cuerda, te están dando cuerda”; pero no hacía caso, se sentía invulnerable. Y ya lo venían cocinando hace tiempo. Hasta le habían hecho un estudio de personalidad.

P. Usted sostiene que era el segundo en la fila.

R. Padilla tenía las instrucciones de la Seguridad del Estado de todos a los que tenía que nombrar en la autocrítica, y yo seguía siendo un objetivo por Condenados del Condado. Pero después de que él hace su discurso yo me niego a decir que soy contrarrevolucionario y armo el lío. Yo no tenía nada en contra de la revolución. No quería tumbar a ese gobierno. Yo era un escritor revolucionario que quería hacer literatura revolucionaria. Y eso estaba montado para que todos se autocriticasen.

P. En La mala memoria (1989), Padilla escribió: “Norberto Fuentes escenificó con brillantez el papel que la policía le había asignado”.

R. Y de alguna manera ha sido la tesis que prevaleció. A mí, como siempre se hace con respecto a Cuba, se me aplicó la óptica de los lugares comunes. No aceptaron que un escritor fuera revolucionario y no renegase de ello. Yo trato de explicarle al lector lo que pasó, hago el cuento de cómo yo viví las cosas y cómo las hice. Este es un libro que yo me debía a mí mismo.

P. ¿Cuándo se reencontraron en el exilio en EE UU, hablaron de lo que pasó?

R. No, nunca le toqué el tema. Estuvimos bastantes veces juntos e incluso planeamos hacer un libro entre los dos sobre el 1959 [año de la revolución cubana]. Heberto fue uno de mis mayores defensores para que yo saliera de Cuba y para mí era más importante agradecerle eso y mantener mi amistad con él. No quise revivir aquel muerto.

P. ¿Cómo cree que se sentiría leyendo este libro?

R. Mal, pero yo no soy el responsable de la cobardía de nadie. Heberto embarcó a mucha gente aquella noche. Lo que hizo no tiene nombre.

Fotografías: Giorgio Viera
Fuente:
https://elpais.com/cultura/2018/08/17/actualidad/1534458972_044062.html

domingo, 20 de agosto de 2017

EL GRAN ENGAÑO

EL MUNDO, Barcelona, 15 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Cuba, el gran engaño de América
Zoé Vadés

Algún día debiéramos estudiar los proyectos de nacional-socialismo que rondaron por la mente de Fidel Castro en su juventud. En aquella época, era un asiduo lector de Mi lucha, de Adolf Hitler;después viró hacia textos más leninistas que marxistas en sus años de matrimonio con una burguesa cuyo hermano le conseguía botellas (puestos ficticios muy bien remunerados) en el Gobierno de Fulgencio Batista y Zaldívar, el mismo que le salvó la vida, y al que el gordito pesado de Birán dejaría chiquito.

Esos sueños del "Novio de la patria" -como el propio Castro se hizo llamar a inicios del tumbe castrocomunista, cuando empezó a autodenominarse "el Papá de todos los cubanos"-, cundieron en la febril mente del joven Hugo Chávez antes de ser entrenado ideológica y militarmente en Cuba y de convertirse en un militar golpista, años más tarde. Devenido entonces presidente bajo una dictadura constitucional (sueño truncado del castrismo con Salvador Allende en Chile, preferían la anhelada guerrilla), declaraba su socialismo nacionalista del siglo XXI, revivido por el bolchevique Raúl Castro, hermano de la Bestia de Birán, y tan bestia y sanguinario como él, o más.

Las relaciones entre Cuba y Venezuela no siempre fueron tan retorcidas ni estuvieron dominadas por un carácter tiránico como las que hoy observamos.

La bandera cubana fue concebida en 1849 por el militar venezolano Narciso López, en Nueva York. La Asamblea Constituyente de Guáimaro la adoptó en 1868, y en 1902 se convirtió en el símbolo de la Cuba independiente. Es la misma enseña que, sin saber su origen, hemos visto quemar por opositores venezolanos como muestra de odio a los invasores castristas. Una pena;los invasores castrocomunistas se han adjudicado la bandera como se han apropiado de una isla, pero esa bandera no representa a la tiranía. La bandera cubana es la bandera de los cubanos, libres o no.

Venezuela y Cuba siempre se mantuvieron aliados. La sólida y genuina cultura cubana que tanto admiraban los venezolanos, al igual que numerosos latinoamericanos, era sin embargo lo que menos interesaba a los que se adueñaron del destino de la isla y expulsaron a sus artistas y escritores al exilio, fusilaron a los defensores de la libertad y persiguieron y apresaron a tantos inocentes por el mero hecho de opinar en contra de lo que se avecinaba: el odio. Y, con el odio, el castrocomunismo.

El producto de marketing creado por Fidel Castro, la revolución comunista tropical plena de aversión y rencor, llegó y triunfó allá donde se predicó. Por el contrario, su revolución interna fracasó. Una rabia urdida frente a un enemigo inventado no podía llegar a nada.

Durante más de 58 años, el gran lobo feroz se ha llamado "el imperialismo yanqui". Con el odio a ese ogro supuestamente amenazador, los Castro ganaron el fervor de América Latina y del resto del mundo.

Sin embargo, 30 años de férrea invasión soviética en Cuba no sensibilizó a los libertarios del mundo. A nadie le importó esa desastrosa invasión. Todos, eso sí, deploraron aquella otra invasión traicionada por J. F. Kennedy, conducida por un grupo de cubanos patriotas que intentaron en vano, abandonados por el Gobierno norteamericano, de defender su país del totalitarismo. Como tampoco nadie apoyó la guerrilla que emprendieron miles de cubanos en las lomas del Escambray en contra del comunismo; muchos de ellos habían combatido a Batista. Los dejaron solos.

La soledad de Cuba es épica. Así y todo, pocos escriben la verdad. Ni antes ni ahora reconocen que los cubanos llevan 58 años batallando contra un monstruo que ha conseguido extender sus tentáculos a través de América Latina y del mundo; también hacia Estados Unidos: sus universidades, sus instituciones y al mismísimo Gobierno. El castrismo se apoderó de Nicaragua, de El Salvador, de Argentina, de Bolivia, del Perú, de Ecuador, de una parte de México, y, por fin, de Venezuela entera, la niña de sus ojos.

Fidel Castro quiso enseñorearse de Venezuela desde los años 60. Allí envió a sus guerrilleros, allí murió Antonio Briones Montoto. Hoy sus sobrinos viven como pachás en Miami, y hasta son dueños de restaurantes y clubes de moda, en lo que ha sido la invasión castrista de Miami más onerosa con la anuencia y el apoyo del Gobierno de Barack Obama. 'Su intercambio cultural' unilateral ha servido para que los hijos, nietos y sobrinos de los militares castristas se asienten con sus millones, y los multipliquen, en la ciudad odiada por sus abuelos, padres y tíos, corazón de la mafia del exilio cubano.

Volviendo a Venezuela. Castro la quería a todo coste, primero que a los demás países de América Latina. La perdió en los 60 cuando su guerrilla fracasó. Entretanto, se metió en Chile, y allí tuvo a Salvador Allende -a pesar de que éste ganara en unas elecciones y no por los embates de una guerrilla-. Su plan era otro, cual un Napoleón, más que un Bolívar, el de usurpar más que liberar. Entonces citaba a Napoleón y a Romain Rolland en sus cartas a Celia Sánchez, antes de verse descubierto en su obsesión hitleriana-leninista.

Tras Chile con Allende y el MIR (Movimiento de Izquierda Revolucionaria), Argentina y sus montoneros hoy devenidos millonarios, vinieron Nicaragua y el Frente Sandinista de Liberación Nacional (desde el ICAIC y el ICAP de Cuba se les enviaba armamento), El Salvador y su Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional, el Uruguay de los tupamaros, el Perú y Sendero Luminoso, Colombia y las FARC, y así sucesivamente, hasta Angola, Etiopía, Granada, Panamá, y todas las guerras y movimientos injerencistas y batallones de narcoguerrillas y movimientos terroristas. De todo eso los Castro han sido los creadores.

Venezuela no caía. Venezuela con sus gobiernos difíciles se resistía. No perdieron tiempo. Tanto Hugo Chávez como Nicolás Maduro formados en la isla, fueron entrenados para que un día tomaran el poder y convirtieran al país en el horror que es Cuba. Con el tiempo, paciencia y sus entretejidos tentáculos, lo lograron.

Ya lo decía aquella marcha compuesta por el esbirro castrista Agustín Díaz Cartaya a inicios de 1959, autor del himno del 26 de julio, primer movimiento guerrillero dirigido por Fidel Castro, en el peor estilo soviético, la Marcha de América Latina, donde se resume el papel hegemonista de la isla caribeña: "De pie, América Latina... Marchemos junto al socialismo... Cuba, faro de América toda... América revolución". China y Corea del Norte han llamado siempre a Cuba "el pequeño hegemonista";el grande era la URSS.

Desde el primer día en que Chávez tomó las riendas se vio el carácter de marioneta en sus intenciones. Los venezolanos no oyeron a los cubanos que les advirtieron lo que se proyectaba, lo mismo que en Cuba: hambre, desolación, odio, división de las familias, exilio, represión, persecuciones. Comunismo, en una palabra.

Muerto Chávez, el mejor discípulo de los Castro, heredaron el poder Nicolás Maduro y Diosdado Cabello, designados por Chávez, entrenado el primero también en la isla, y todavía más adocenado y súbdito del máximo poder del Comité Central del Partido Comunista cubano, dirigido por los temibles hermanos y por generales tan asesinos como ellos, Ramiro Valdés y toda su cohorte, que a través del Gobierno narco-castrista hacen y deshacen a su antojo.

Han pasado 18 años de dictadura. Hoy muchos vuelcan su mirada hacia el terror de Venezuela. En Cuba, una tiranía de 58 años conmueve solamente a unos cuantos. Pocos reconocen que el foco de esa atrocidad está en La Habana. Que Cuba ha sido el engaño de América toda, parodiando al himno. Que ese núcleo de oprobio continuará extendiéndose por el mundo.

Venezuela fue convertida en la provincia de ultramar castrista, la provincia rica, bajo la coacción y sometimiento de miles de militares cubanos.

De qué vale que la Unión Europea tome medidas en contra de Venezuela si a Cuba, el meollo del horror, la dejan intacta y le facilitan todo. De qué vale que la ONU condene a Nicolás Maduro si ensalza a los Castro y los reconoce como mediadores entre la narco-guerrilla de las FARC y el Gobierno colombiano.

Sacar a los Castro y a toda su casta significaría liberar a Cuba y a Venezuela, acabaría de una vez y por todas con esa maldición que lleva más de medio siglo acechando y destruyendo por donde pasa y se instala, ahora con su nueva máscara de falsa democracia.

Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/08/15/5991d326468aebea428b45f3.html
Ilustración: Rudy.

sábado, 25 de enero de 2014

DESDE EL PRINCIPIO

EL NACIONAL - JUEVES 31 DE DICIEMBRE DE 1998 / INTERNACIONAL Y DIPLOMACIA
La revolución cubana cumple 40 años
Armas venezolanas defendieron a Castro en la Sierra Maestra
Cerca de una decena de vuelos llevaron a Cuba armamento, comida, ropa, equipos y hombres para respaldar la caída de Fulgencio Batista. Cuatro décadas después, algunos protagonistas decidieron romper el silencio y reconstruir los hechos
Marianela Palacios

En las postrimerías de la Junta de Gobierno presidida por Wolfgang Larrazábal, y siguiendo las señas de una operación militar "estrictamente confidencial", 150 fusiles, 50 ametralladoras, 100 granadas de demolición, 35 cajas de municiones y 3 cajas de armamento de grueso calibre sustraídas del Parque de Armas venezolano, fueron embarcadas en Maiquetía con destino a la Sierra Maestra en noviembre de 1958. ¿El objetivo? Dar apoyo a la causa rebelde cubana que intentaba derrocar a la dictadura de Fulgencio Batista.
Cerca de una decena de vuelos llevaron a Cuba armas, comida, ropa, equipos y hombres. 40 años después, los protagonistas de esa historia han decidido romper el silencio y recrear los hechos.
Fidel Castro era una especie de leyenda viviente para el pueblo venezolano en 1958, un símbolo de los aires revolucionarios democráticos que se respiraban en Latinoamérica. Los ciudadanos contribuían masivamente en campañas de colecta de fondos para los guerrilleros de la Sierra Maestra. Pero el Gobierno no había querido involucrarse directamente con la causa. De hecho, aunque algunos gremios y organizaciones no gubernamentales lo habían solicitado, nunca se rompieron las relaciones diplomáticas con el régimen de Batista, y cualquier respaldo a la revolución habría causado tensiones políticas importantes.
No obstante, el Gobierno venezolano se involucró. Subrepticiamente claro. "Queríamos apoyar el clamor popular, pero un gobierno es un gobierno, no una agencia de tráfico. Por eso todo se hizo bajo cuerda", admitió el vicealmirante (r) Larrazábal. Según él, la operación contó con el respaldo de otros miembros de la Junta de Gobierno, pero "Rómulo Betancourt no estaba al tanto y, si estaba, lo disimuló".
Operación Cóndor
El historiador Manuel Caballero relata que a finales de los cincuenta "se corrió la voz de que Fidel recibió apoyo militar venezolano, pero eso no se demostró. Nunca se supo con exactitud si el Gobierno patrocinó aquello, ni cómo sucedieron las cosas".
Hoy ya no hay lugar para la duda. La operación tuvo cuatro figuras claves: Fidel Castro, identificado como Cóndor durante las trasmisiones de radioaficionados que permitieron coordinar los vuelos; Wolfgang Larrazábal (Cóndor 1) y su hermano Carlos Larrazábal (Cóndor 2), quien era entonces comandante de la Armada; y Carlos Taylhardat (Cóndor 3), hoy ex embajador de la República y quien siendo teniente de navío en 1958 supervisó los vuelos a Cuba y concretó el despacho de las armas.
Pese a la confidencialidad impuesta, no sólo ellos cuatro sabían de la acción. Francisco Pividal Padrón, líder del Movimiento 26 de Julio y luego embajador de Cuba en Venezuela, menciona otros nombres: "El coronel Hugo Trejo (...) Por la marina, el capitán de navío Miguel Rodríguez Olivares, el capitán de fragata Héctor Abdelnour y el jefe de la Infantería de Marina. Por el Ejército, el mayor Carlos Julio Mora y el teniente Hugo Montesinos. Por los civiles, el senador Alberto Ravell, el diputado Raúl Ramos Jiménez y Marcelino Madriz". En otro capítulo cita al periodista Fabricio Ojeda, quien había sido presidente de la Junta Patriótica.
Sin razones políticas
Cuando se le preguntó a Wolfgang Larrazábal por qué autorizó la operación y quién solicitó esa ayuda, respondió: "Posiblemente fue el espíritu de la libertad. No hubo negociaciones políticas de por medio. Lo hicimos porque interpretábamos la voluntad del pueblo venezolano y deseábamos que toda Latinoamérica viviera en libertad".

Sin embargo, Mario Llerena, quien fue presidente del comité del exilio cubano en 1958, admitió que sí hubo un lobby político y no escatimó en dar el lujo del detalle. Tenía en su poder una carta manuscrita de Fidel Castro, fechada el 26 de abril de 1958, que ordenaba gestionar la ayuda de algunos gobiernos latinoamericanos para "fortalecer la revolución en su aspecto militar".
La campaña para apoyar el Movimiento 26 de Julio comenzó en Venezuela. En mayo de 1958 se consiguió un contacto directo con Wolfgang Larrazábal. Llerena puntualizó que "se obtuvo la entrevista por medio de su secretario privado, que era amigo de Sergio Rojas Santamaría, secretario del Comité del Movimiento 26 de Julio en Caracas. (Manuel) Urrutia, (Raúl) Chibás y yo fuimos invitados a almorzar en el suntuoso club militar de las afueras de la ciudad. Allí nos presentaron a Larrazábal (...) Sugerimos diplomáticamente que había tres áreas donde se apreciaría más la ayuda: en el reconocimiento internacional a la causa rebelde, dando permiso para que los cubanos hicieran campaña y operaran libremente en Venezuela y con abastecimiento de equipo militar".
Los cubanos salieron convencidos del éxito de aquella reunión: "Larrazábal escuchaba con una sonrisa y nos dio la seguridad de su buena voluntad personal. Tuvimos la impresión de que recibiríamos una respuesta positiva. No importaba si el encuentro había sido secreto o extraoficial, pero el presidente de Venezuela había consentido en reunirse con los representantes de un grupo revolucionario comprometido con el derrocamiento de un gobierno extranjero reconocido y había expresado simpatía por la revolución. Meses después llegó un cargamento de armas venezolanas a la Sierra Maestra", contó Llerena.
La bala inaugural
Fidel Castro declaró en 1959 que durante los primeros 15 meses de lucha en la Sierra no habían recibido "ni una sola bala del exterior" (Elite, 31-01-59). El primer contingente llegó de Costa Rica en marzo de 1958, con el respaldo del Partido de Liberación Nacional de ese país: "Fue el primer gran eslabón hacia el triunfo de la revolución. Llevamos 200 mil balas, 2 ametralladoras pesadas calibre 50 y varias ametralladoras trípode calibre 30", reveló el piloto de aquel vuelo inaugural, Pedro Díaz Lanz, quien realizó con éxito 13 vuelos a la Sierra Maestra y fue nombrado comandante en jefe de las fuerzas aéreas rebeldes (Elite, 11-07-59).
A partir de entonces, una vez que se demostró que era posible burlar la "cortina" de la dictadura, los despachos aéreos se multiplicaron. Partiendo de México y Centroamérica hubo otras entregas.
Armas yanquis para Fidel
Los vuelos desde Venezuela, patrocinados por el Gobierno (Operación Cóndor), por grupos civiles y políticos (como el Movimiento 26 de Julio y el PCV) o por particulares (el periodista Julio César Martínez, por ejemplo), aumentaron su frecuencia en diciembre de 1958. 
"La aviación de Batista necesitaba al menos 20 minutos para responder a las emergencias. Así que teníamos que aterrizar en Cuba, dejar la carga, y emprender el regreso antes de que transcurriera ese tiempo. Los rebeldes improvisaban pistas de aterrizaje a fuerza de machete y colocaban jeeps a lo largo de la vía para iluminarlos. Usamos plataformas enceradas para deslizar las cargas de forma inmediata. No hubo complicaciones", relata Carlos Taylhardat.
El armamento que se llevó a Cuba en el primer viaje venezolano había estado almacenado en el país desde 1947. Paradójicamente, era parte de una donación de Estados Unidos para abastecer a la recién creada Infantería de Marina. Eran armas (M1) usadas por los norteamericanos en la Segunda Guerra Mundial, pero nunca utilizadas por militares venezolanos.
¿Dinero de la partida secreta?
Las armas fueron transportadas en un Curtis C-46, un avión de carga que la línea aérea Avensa vendió por 10 mil dólares (unos 40 mil bolívares para la época). ¿De dónde salió ese dinero? Carlos Taylhardat asegura que el almirante Wolfgang Larrazábal entregó un cheque a un miembro de la Casa Militar, el capitán Héctor Abdelnour, para que comprara la nave a título personal. "No la podíamos comprar para el Gobierno porque no convenía que se supiera que estábamos participando en esto", justificó Taylhardat.
En sintonía con lo anterior, Manuel Caballero explica que, históricamente, ese tipo de actividades se ha financiado con la partida secreta del Ministerio del Interior.
Sin embargo, Wolfgang Larrazábal sostiene otra cosa: "Ese cheque no salió de mis manos. Era dinero de las campañas de recolecta de fondos para la revolución, era dinero recogido en las calles. No era del Estado".
Cubanos en el exilio pertenecientes al Movimiento 26 de Julio también han sido referidos como financistas de esta negociación: a mediados de 1958 ya habían recaudado 220 mil dólares para respaldar la causa cubana (Ultimas Noticias, 20-09-98).
Un Fal para Fidel
El avión usado para transportar el armamento venezolano a Cuba fue bautizado con el nombre de "El Libertador". Lo pilotearon dos cubanos: J.R. Segredo (piloto) y Humberto Armada (copiloto). En el primer vuelo, sólo viajaron ellos, el entonces teniente de navío Carlos Taylhardat y las siete toneladas de armas que se extrajeron del Cuartel San Carlos, tal como consta en una Hoja de Ruta firmada por el teniente coronel del Ejército Rodrigo Chacón el 21 de noviembre de 1958.
A pesar de que era armamento viejo, grande y pesado, resultó ser una bendición para los rebeldes. "Ellos habían empezado con machetes, escopetas, bombas caseras y cuchillos. Se fueron armando progresivamente. Su principal proveedor fue el mismo ejército de Batista, porque cada vez que ganaban un combate en la Sierra se adueñaban de las armas del enemigo. Pero las venezolanas fueron determinantes para algunas batallas. Sobre todo por el efecto psicológico que desencadenaron: los rebeldes se sentían apoyados por hermanos latinoamericanos", argumentó Taylhardat.
Voceros del Movimiento 26 de Julio consideraron que las armas de Venezuela fueron decisivas en una de las últimas batallas, la de Maffo, realizada el 30 de diciembre de 1958. Francisco Pividal Padrón, un líder del movimiento, lo describió en estos términos: el empleo de esas armas "desmoralizaría a las tropas de la tiranía que están acostumbradas a escuchar disparos con armas muy variadas. En esta ocasión, habrían de sorprenderlos las detonaciones producidas con un armamento uniforme y de grueso calibre".
El Libertador también transportó a rebeldes gravemente heridos que fueron sacados de la isla y llevados a hospitales de Caracas.
El 6 de diciembre de 1958, un día antes de las elecciones que llevaron al poder a Rómulo Betancourt (49,6%) y en las que Wolfgang Larrazábal llegó de segundo (36,6%), el avión llevó a Cuba otra remesa de armas y a cinco personajes claves de la revolución cubana: Manuel Urrutia (quien fue nombrado presidente de Cuba al caer Batista), Luis Buch Rodríguez (coordinador del Movimiento 26 de Julio en Venezuela), Guillermo Figueroa (rebelde en el exilio), Esperanza Laguno y Enrique Jiménez Moya (dominicano que lideró la fallida insurrección contra el general Rafael Trujillo en Santo Domingo).
En ese mismo viaje se le envió a Fidel Castro un fusil con sentido emblemático: "Era mi Fal. Le pedí a Enrique Jiménez Moya que se lo entregara a Fidel, para que lo usara durante la guerra y luego me lo devolviera. Y así pasó. Cuando triunfó la revolución y Fidel vino a Venezuela en enero de 1959, lo trajo consigo y me lo entregó", recordó Carlos Taylhardat.
Bajo la bandera del socialismo
ÿLA HABANA/AFP
Contra muchos pronósticos, Cuba cumple mañana 40 años bajo el mando de Fidel Castro, quien a sus 72 años insiste en mantener a flote a la isla con la bandera del socialismo, alentado por la crisis económica neoliberal en el mundo.
Castro llegó al poder el 1 de enero de 1959 encabezando un movimiento guerrillero que derrocó al dictador Fulgencio Batista. Desde entonces, muchos apostaron a la caída del Gobierno revolucionario, y varios de ellos fueron quedando en el camino.
Tras cuatro décadas, una después de haber concluido la Guerra Fría, el edificio de la revolución cubana se mantiene en pie, aunque apuntalado con elementos de la economía de mercado, que le ayudaron a evitar el colapso luego del terremoto que borró de un plumazo al bloque socialista europeo a finales de los años ochenta.
Las reformas económicas que dieron oxígeno al régimen en esta década han filtrado, sin embargo, virus que amenazan la salud de un tejido social duramente castigado por casi una década de carencias, debido a la severa crisis y al apretón de tuercas que dio Washington en 1996 en su bloqueo a la isla, con la aprobación de la polémica ley Helms-Burton.
El brote de manifestaciones como la prostitución, la corrupción oficial, el robo y la drogadicción son consecuencia de la libre circulación del dólar, de la apertura al turismo en gran escala y de la formación de pequeñas empresas familiares, han asegurado en diversas ocasiones miembros del gobernante Partido Comunista Cubano (PCC).
Pero el régimen ha tenido que aprender a vivir con esos virus para salvar su proyecto de socialismo caribeño, máxime cuando las reformas comenzaron a sacar a flote a la isla en 1995, luego de un hundimiento brutal del PIB, de 37%, entre 1989 y 1993.

Aun así, la economía cubana camina a marchas forzadas y sufre una desaceleración; luego de 7,8% de crecimiento registrado en 1996, el PIB llegó a 2,5% en 1997 y este año apenas rebasará 1%.
Pero si en el terreno económico las cosas no han funcionado como quisieran las autoridades, en el escenario político la isla logró en el último año un fortalecimiento de su imagen en el exterior, tras años de aislamiento.
La puerta la abrió el papa Juan Pablo II con su histórica visita a la isla comunista, en enero de 1998, seguida de la del primer ministro canadiense, Jean Chretien, y del canciller español, Abel Matutes, quien allanó el camino para el futuro viaje -en la primavera de 1999- de los reyes de España, Juan Carlos y Sofía.
En el interior, la isla presenta una paz social debido al imperante sistema autoritario, aseguran los detractores del Gobierno. El discurso de la oposición interna, representada por minúsculos y fragmentados grupos que no cuentan con un espacio legal para desarrollar sus actividades, tiene escaso eco en la población, pero ha logrado llegar al exterior, desde donde personalidades como el Papa han abogado por la excarcelación de varios disidentes.

jueves, 5 de junio de 2014

DE UNO A OTRO FIDEL (2)

EL PAÍS, Madrid, 5 de junio de 2014
TRIBUNA
“Los de entonces ya no somos los mismos”
Aquellos intelectuales venezolanos que en 1989 firmaron una carta de adhesión a Fidel Castro rechazan hoy el autoritarismo del régimen chavista
Ibsen Martínez 

En el fandango de locos que es nuestra América prosperó, hasta hace poco, la excéntrica costumbre de invitar al dictador cubano, Fidel Castro, a la toma de posesión de presidentes electos democráticamente. Si ya hemos dejado de hacerlo es solo porque el provecto y protervo comandante no está ya para esos trotes.
En Venezuela aún recordamos cómo la toma de posesión de Carlos Andrés Pérez, para su segundo y malhadado período constitucional (1988-1993), revistió la apariencia de una coronación monárquica. De todos los invitados a aquella apoteosis, Fidel Castro fue la estelar figura por quien se desmoñaron las damas del Country Club en su afán de estrechar la mano del Comandante durante un sarao muy mentado en aquel tiempo. Fue también por esos días cuando Castro dio en vestir traje oscuro y corbata para ocasiones muy señaladas, como la audiencia que le concedió el papa Juan Pablo II en 1996.
A los ojos de cualquier venezolano de mi generación, el traje azul marino y las coloridas corbatas que lució el Máximo Líder en la ceremonia inaugural de Pérez contrastaban socarronamente con la Colt 45 colgada al cinto con que pretendió dirigir un discurso ante el Congreso de mi país en su primera visita a Caracas, en 1959. Felizmente, Rómulo Betancourt, quizá el único ser humano en toda América Latina que no había sucumbido al hechizo de los barbudos era, al mismo tiempo, presidente de Venezuela (1958-1963) y ordenó desarmar a Castro, junto con sus hombres (cuesta llamar comitiva a aquella panda verde olivo de hirsutos cortagangantas), no bien aterrizaron en Maiquetía, apenas 22 días después de haber derrocado a Fulgencio Batista, el dictador saliente. Pero, ¿qué tiene que ver la evocación de ocurrencias del siglo pasado caribeño con el título de esta bagatela de asunto, digamos, cultural?
La respuesta quizá esté en un exaltado manifiesto de bienvenida, firmado nada menos que por 911 sedicentes intelectuales, entre académicos, poetas y artistas venezolanos, a la llegada de Castro a Caracas hace ya un cuarto de siglo. Me serviré de él porque ofrece una muestra, sin duda parcial pero significativa, de nuestro poetariado progresista que quizá permita caracterizar las tortuosas relaciones que hoy sostienen intelectuales y artistas venezolanos con la vociferante satrapía militar que expolia y desangra mi país ante la indiferencia de casi todo el mundo.
Como espécimen de un género latinoamericano por excelencia, el Manifiesto de los 911 es muy breve pero cabrillean suficientemente en él frases imbuidas de garciamarquezca postración ante el Hombre Imprescindible como para dudar de su linaje izquierdista.
Nada menos que 911 sedicentes intelectuales, entre académicos, poetas y artistas venezolanos, firmaron un manifiesto de bienvenida a Castro.
“En esta hora dramática del Continente —declaraban los firmantes—, solo la ceguera ideológica puede negar el lugar que ocupa el proceso que usted representa en la historia de la liberación de nuestros pueblos”. Sigue diciendo el documento que en 1959 Castro triunfó sobre “la tiranía, la corrupción y el vasallaje” batistianos. Y termina así: “...afirmamos que Fidel Castro, en medio de los terribles avatares que ha enfrentado la transformación social por él liderizada y de los nuevos desafíos que implica su propio avance colectivo, continúa siendo una entrañable referencia en lo hondo de nuestra esperanza, la de construir una América Latina justa, independiente y solidaria”. Luego firman mis compatriotas, en orden alfabético: Abdala, Guillermo; Acosta, Vladimir y así, sucesivamente, hasta llegar a Zapata, Pedro León.
Junto a cada nombre, la lista añade una sucinta descripción del arte u oficio o disciplina, nivel de escolaridad, rango académico del abajo firmante y, en ocasiones, la opinión que de sí mismos tienen los infaltables wannabes: los igualados de siempre, los parejeros, los quiero y no puedo colados mayoritariamente en la lista. Así, junto a reconocidos escritores, artistas plásticos y académicos, se asoman borrosos “promotores culturales”, “artistas del fuego”, “editores alternativos” de no se supo nunca qué tipo de publicaciones, catedráticos de materias introductorias y el consabido batallón de cineastas de filme inconcluso de quienes nada se sabía entonces ni se ha podido saber.
El documento se lee hoy con nostalgia del año en que, con la caída del muro de Berlín, comenzó el colapso de la Unión Soviética. También con desengañada sonrisa al ver el nombre de entrañables, auténticos hombres y mujeres de ideas y de letras, de músicos, cineastas, gente de teatro y artistas plásticos, entreverado con el de los sempiternos logreros y lobbystas del presupuesto cultural del petroestado venezolano; todos saludando a un tiempo la visita de un tirano que en cosa de meses habría de fusilar, tras un juicio farsesco, a quienes se pensaban sus mejores amigos.
Podría pensarse que aquel manifiesto fue pura efusión de simpatía caribe por el Máximo Líder pero lo cierto es que se presentó también como respuesta obligada a otra carta abierta que los desaparecidos Reinaldo Arenas y Jorge Camacho, escritor el primero y pintor el segundo, ambos disidentes cubanos por entonces ya exilados, enviaron a Fidel Castro en diciembre del año anterior, apenas dos meses antes de la visita de éste a Caracas, emplazándolo a convocar un plebiscito luego de treinta años de ejercer poder omnímodo sobre la isla.
La Carta de París, como pronto fue conocida aquella exhortación, halló muchísimo eco en el mundo intelectual europeo y estadounidense y concitó la firma de unas cien personalidades; gente como Octavio Paz, Jack Nicholson, Juan Goytisolo, Saul Bellow, Yves Montand, Claude Simon, José Luis Aranguren, Bernard-Henri Lévy, Federico Fellini o Gérard Depardieu.
Rómulo Betancourt con Kennedy. / John Dominis (Time Life Pictures/Getty Images)
En la carta de los 911, como es de suponer, “no están todos lo que son ni son todos los que están”. Ciertamente, no figura nadie nacido a la vida pública venezolana a este lado del caracazo, nombre con que son conocidos los sangrientos motines y saqueos que estallaron en febrero de 1989, no bien se marcharon los dignatarios invitados a la coronación de Pérez.
Comparada con la lista de ultraconservadores —los llamados notables— que, encabezados por el humanista burgués por excelencia, Arturo Uslar Pietri, firmaba un año más tarde una artera declaración, modelo de antipolítica, que en opinión de muchos contribuyó enérgicamente a validar la defenestración constitucional de Pérez, gracias a una leguleya conspiración de la dirigencia de Acción Democrática —su propio partido—, los barones de la prensa y buena parte del empresariado, la lista de los 911 filocastristas podría pasar por una nómina de ingenuos, borreguiles buenos lectores de Las venas abiertas de América Latina, pero no es del todo así.
Por ejemplo, ese Alí Rodríguez, que en 1989 se definía escuetamente como “ensayista”, ¿será el mismo Alí Rodríguez, exguerrillero contumaz, que con Chávez llegó a ser embajador de Venezuela en Cuba, canciller, ministro de petróleos, presidente de la empresa petrolera estatal, ministro de economía y finanzas, secretario general de la Opep y, actualmente, secretario general de Unasur?
Un poco más arriba figura Elías Pino Iturrieta, brillante historiador que por entonces era decano de la Facultad de Humanidades en la Universidad de Central de Venezuela, autor de muchos libros y de uno muy especial: El divino Bolívar: ensayo sobre una religión republicana (Catarata, 2003), texto sin duda seminal para el desmonte del culto a Bolívar. Hoy, Pino Iturrieta es editor adjunto de El Nacional, acosado e insumiso matutino de oposición.
Abundan en la lista marxistas que, sin haber dejado de serlo, hoy denuncian los extravíos de la petrodiplomacia chavista, como lo hace el economista Héctor Malavé Mata, o los dislates del culto a la personalidad, como lo hace el profesor Alexis Márquez Rodríguez, paisano de Chávez, filólogo y académico de la lengua quien durante décadas mantuvo una popular columna sobre el castellano en América, columna de mucho predicamento entre nosotros.
Transcurrido un cuarto de siglo desde aquella visita, luego de quince años de hegemonía chavista, muchos de aquellos firmantes venezolanos siguen siendo figuras relevantes en nuestra cultura, aunque hoy bien podrían decir con Neruda: “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”.
La crema de la crema de aquellos 911 ha terminado encarnando una obstinada oposición “de centro izquierda” al chavismo
En efecto, si atendemos tan solo a los 123 abajo firmantes que en 1989 se describían a sí mismos como escritores (algo así como el 13,3 % del total de saludantes), vemos que la abrumadora mayoría de ellos enfrenta hoy decididamente el modelo castrochavista —de algún modo hay que llamarlo, sobre todo ahora que [el líder del partido Podemos] Pablo Iglesias, autoproclamado bolivariano peninsular, lo ha propuesto a los españoles—.
Esa mayoría ha generado desde hace mucho más de quince años no solo obras laureadas (tal el caso de Alberto Barrera Tyszka, premio Herralde de novela 2006, coautor de una autorizada biografía crítica de Chávez, columnista y acérrimo adversario del régimen), sino toda una masa de significados críticos del neopopulismo latinoamericano, la manipulación política de la memoria histórica, la militarización de la sociedad, la constitucionalidad política, el papel del Estado en la educación y la cultura, la gestión de la riqueza petrolera, la violencia criminal y, last but not least, la pérdida de soberanía que entraña haber convertido al poder ejecutivo venezolano en un aberrante protectorado político de Cuba.
¿Circulan ideas en Venezuela? ¿Debaten los intelectuales de mi país? Hace tres lustros la conversación pública se afanaba en discernir la verdadera naturaleza del chavismo. ¿Populismo carismático radical o militarismo latinoamericano a secas? ¿peronismo caribeño? ¿neotorrijismo patrimonialista? ¿y qué rayos debíamos entender por bolivariano? ¿Por qué había que nacionalizar de nuevo, una y mil veces, el petróleo? Los accidentes del proceso revolucionario han forzado a aterrizar los temas.
Así, hoy se interpela duramente al gobierno, como lo hace la historiadora Inés Quintero, autora de best sellers sobre el procerato independentista, sobre la adoctrinadora versión de la historia patria que el poschavismo ha hecho obligatoria en los libros de texto de escuela elemental. Angel Alayón, economista y director de Prodavinci, el más influyente medio digital del país, exclusivamente dedicado a literatura e ideas, desenmascara persuasiva y garbosamente la inviabilidad del socialismo del siglo XXI.
Desbocado ya, desde hace meses, el autoritarismo, adoptado por Nicolás Maduro el método fidelista —machacar, intimidar, encarcelar— como única manera de lidiar con más de cien días de protestas estudiantiles que, a fines de mayo, arrojaba un saldo de 44 asesinatos impunes, más de mil detenciones y decenas de denuncias de torturas, el cariz dictatorial de este régimen híbrido no está ya en discusión. Moisés Naím parece haber zanjado al fin el debate caracterizando atinadamente el régimen venezolano como “dictadura posmoderna”. Venezuela no es ya escenario acogedor para los equilibristas fiadores intelectuales del neopopulismo latinoamericano, a la manera del posmarxista argentino Ernesto Laclau.
La concentración de todo el poder en una misma persona, el verticalismo centralizador tan caro a Fidel Castro y sus epígonos, ha ahogado hasta las leales, zalameras disidencias que tanto aprecian algunos dictadores. El régimen instaurado por Chávez no admite sino la obsecuente adulación de los mujiquitas, derivación del bachiller Mujica, personaje de Doña Bárbara con que Rómulo Gallegos satirizó a los áulicos civiles de los espadones.
Así, un país de poetas como Rafael Cadenas, laureado en 2009 con el Premio Feria Internacional del Libro de Guadalajara para la Literatura en Lenguas Romances, hombre cuyos poemas memoriza todo venezolano culto desde hace generaciones, o el desaparecido Eugenio Montejo (1938-2008), que en 2004 obtuvo el Premio Internacional Octavio Paz de poesía y ensayo, no han merecido sino el escarnio propio de guardias rojos chinos de parte de las autoridades culturales venezolanas.
Característicamente, el poeta Luis Alberto Crespo (1941), antiguo director del Papel Literario de El Nacional, y de quien no vacilo en decir que en su columna semanal Unión Libre desplegaba hace ya treinta años una de las mejores prosas de la lengua, es desde 2013 embajador de Venezuela ante la Unesco. “Chávez es el mejor poeta del país”, afirmó galanamente Crespo al instalar un Festival Internacional de Poesía. El actual ministro del Poder Popular para la Cultura, el músico Fidel Barbarito, piensa lo mismo. Farruco Sesto, el anterior ministro de Cultura, opina igual.
Es claro que el núcleo duro de la intelligentsia venezolana actual, la crema de la crema de aquellos 911, ha terminado encarnando una obstinada oposición “de centro izquierda” al chavismo. Para irnos entendiendo, estarían ellos más cerca de la española Rosa Díez, del partido Unión Progreso y Democracia (UPyD) que de Pablo Iglesias, el telegénico chavista vallecano de Podemos.
Algo que, bien o mal debería tener en cuenta el viajero, corresponsal, o simple observador de pájaros que aún piense que todo lo que en Venezuela se opone al chavismo es élite blanca, ultraderecha pura y dura, nómina de contratados de la CIA o todo lo anterior.

sábado, 31 de diciembre de 2016

MEMORANDUM

EL PAÍS, 11 de diciembre de 2016
 Piedra de Toque
La muerte de Fidel
Mario Vargas Llosa

El 1 de enero de 1959, al enterarme de que Fulgencio Batista había huido de Cuba, salí con unos amigos latinoamericanos a celebrarlo en las calles de París. El triunfo de Fidel Castro y los barbudos del Movimiento 26 de Julio contra la dictadura parecía un acto de absoluta justicia y una aventura comparable a la de Robin Hood. El líder cubano había prometido una nueva era de libertad para su país y para América Latina y su conversión de los cuarteles de la isla en escuelas para los hijos de los guajiros parecía un excelente comienzo.

En noviembre de 1962 fui por primera vez a Cuba, enviado por la Radiotelevisión Francesa en plena crisis de los cohetes. Lo que vi y oí en la semana que pasé allí —los Sabres norteamericanos sobrevolando el Malecón de La Habana y los adolescentes que manejaban los cañones antiaéreos llamados “bocachicas” apuntándolos, la gigantesca movilización popular contra la invasión que parecía inminente, el estribillo que los milicianos coreaban por las calles (“Nikita, mariquita, lo que se da no se quita”) protestando por la devolución de los cohetes— redobló mi entusiasmo y solidaridad con la Revolución. Hice una larga cola para donar sangre e Hilda Gadea, la primera mujer del Che Guevara, que era peruana, me presentó a Haydée Santamaría, que dirigía la Casa de las Américas. Esta me incorporó a un Comité de Escritores con el que, en la década de los sesenta, me reuní cinco veces en la capital cubana. A lo largo de esos 10 años mis ilusiones con Fidel y la Revolución se fueron apagando hasta convertirse en críticas abiertas y, luego, la ruptura final, cuando el caso Padilla.

Mi primera decepción, las primeras dudas (“¿no me habré equivocado?”) ocurrieron a mediados de los sesenta, cuando se crearon las UMAP, un eufemismo —las Unidades Militares de Ayuda a la Producción— para lo que eran, en verdad, campos de concentración donde el Gobierno cubano encerró, mezclados, a disidentes, delincuentes comunes y homosexuales. Entre estos últimos cayeron varios muchachos y muchachas de un grupo literario y artístico llamado El Puente, dirigido por el poeta José Mario, a quien yo conocía. Era una injusticia flagrante, porque estos jóvenes eran todos revolucionarios, confiados en que la Revolución no sólo haría justicia social con los obreros y los campesinos sino también con las minorías sexuales discriminadas. Víctima todavía del célebre chantaje —“no dar armas al enemigo”— me tragué mis dudas y escribí una carta privada a Fidel, pormenorizándole mi perplejidad sobre lo que ocurría. No me contestó pero al poco tiempo recibí una invitación para entrevistarme con él.

Fue la única vez que estuve con Fidel Castro; no conversamos, pues no era una persona que admitiera interlocutores, sólo oyentes. Pero las 12 horas que lo escuchamos, de ocho de la noche a las ocho de la mañana del día siguiente, la decena de escritores que participamos de aquel encuentro nos quedamos muy impresionados con esa fuerza de la naturaleza, ese mito viviente, que era el gigante cubano. Hablaba sin parar y sin escuchar, contaba anécdotas de la Sierra Maestra saltando sobre la mesa, y hacía adivinanzas sobre el Che, que estaba aún desaparecido, y no se sabía en qué lugar de América reaparecería, al frente de la nueva guerrilla. Reconoció que se habían cometido algunas injusticias con las UMAP —que se corregirían— y explicó que había que comprender a las familias guajiras, cuyos hijos, becados en las nuevas escuelas, se veían a veces molestados por “los enfermitos”. Me impresionó, pero no me convenció. Desde entonces, aunque en el silencio, fui advirtiendo que la realidad estaba muy por debajo del mito en que se había convertido Cuba.

La ruptura sobrevino cuando estalló el caso del poeta Heberto Padilla, a comienzos de 1970. Era uno de los mejores poetas cubanos, que había dejado la poesía para trabajar por la Revolución, en la que creía con pasión. Llegó a ser viceministro de Comercio Exterior. Un día comenzó a hacer críticas —muy tenues— a la política cultural del Gobierno. Entonces se desató una campaña durísima contra él en toda la prensa y fue arrestado. Quienes lo conocíamos y sabíamos de su lealtad con la Revolución escribimos una carta —muy respetuosa— a Fidel expresando nuestra solidaridad con Padilla. Entonces, este reapareció en un acto público, en la Unión de Escritores, confesando que era agente de la CIA y acusándonos también a nosotros, los que lo habíamos defendido, de servir al imperialismo y de traicionar a la Revolución, etcétera. Pocos días después firmamos una carta muy crítica a la Revolución cubana (que yo redacté) en que muchos escritores no comunistas, como Jean Paul Sartre, Susan Sontag, Carlos Fuentes y Alberto Moravia tomamos distancia con la Revolución que habíamos hasta entonces defendido. Este fue un pequeño episodio en la historia de la Revolución cubana que para algunos, como yo, significó mucho. La revaluación de la cultura democrática, la idea de que las instituciones son más importantes que las personas para que una sociedad sea libre, que sin elecciones, ni periodismo independiente, ni derechos humanos, la dictadura se instala y va convirtiendo a los ciudadanos en autómatas, y se eterniza en el poder hasta coparlo todo, hundiendo en el desánimo y la asfixia a quienes no forman parte de la privilegiada nomenclatura.

¿Está Cuba mejor ahora, luego de los 57 años que estuvo Fidel Castro en el poder? Es un país más pobre que la horrenda sociedad de la que huyó Batista aquel 31 de diciembre de 1958 y tiene el triste privilegio de ser la dictadura más larga que ha padecido el continente americano. Los progresos en los campos de la educación y la salud pueden ser reales, pero no deben haber convencido al pueblo cubano en general, pues, en su inmensa mayoría, aspira a huir a Estados Unidos, aunque sea desafiando a los tiburones. Y el sueño de la nomenclatura es que, ahora que ya no puede vivir de las dádivas de la quebrada Venezuela, venga el dinero de Estados Unidos a salvar a la isla de la ruina económica en que se debate. Hace tiempo que la Revolución dejó de ser el modelo que fue en sus comienzos. De todo ello sólo queda el penoso saldo de los miles de jóvenes que se hicieron matar por todas las montañas de América tratando de repetir la hazaña de los barbudos del Movimiento 26 de Julio. ¿Para qué sirvió tanto sueño y sacrifico? Para reforzar a las dictaduras militares y atrasar varias décadas la modernización y democratización de América Latina.

Eligiendo el modelo soviético, Fidel Castro se aseguró en el poder absoluto por más de medio siglo; pero deja un país en ruinas y un fracaso social, económico y cultural que parece haber vacunado de las utopías sociales a una mayoría de latinoamericanos que, por fin, luego de sangrientas revoluciones y feroces represiones, parece estar entendiendo que el único progreso verdadero es el que hace avanzar la libertad al mismo tiempo que la justicia, pues sin aquella este no es más un fugitivo fuego fatuo.

Aunque estoy seguro de que la historia no absolverá a Fidel Castro, no dejo de sentir que con él se va un sueño que conmovió mi juventud, como la de tantos jóvenes de mi generación, impacientes e impetuosos, que creíamos que los fusiles podían hacernos quemar etapas y bajar más pronto el cielo hasta confundirlo con la tierra. Ahora sabemos que aquello sólo ocurre en el sueño y en las fantasías de la literatura, y que en la realidad, más áspera y más cruda, el progreso verdadero resulta del esfuerzo compartido y debe estar signado siempre por el avance de la libertad y los derechos humanos, sin los cuales no es el paraíso sino el infierno el que se instala en este mundo que nos tocó.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/12/09/opinion/1481282434_957974.html
Ilustración: Fernando Vicente.
Cfr. De la utopía a la libertad: https://www.youtube.com/watch?v=G6Zgq6voolo&t=1502s