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viernes, 18 de mayo de 2018

MALA COMPRENSIÓN DE UNA DÉCADA

EL PAÍS, Madrid,
Camus y el compromiso político
En el ecuador del franquismo el compromiso político no era un dogma ideológico; era, simplemente, algo que corría prisa. Y una generación a la que luego se le negó el mérito se encargó de eso
Tomas Llorens

Para César Cimadevilla
in memoriam


Leí La peste en el invierno de 1959-1960. Yo tenía 23 años y Camus me llegaba demasiado tarde y demasiado pronto. Demasiado tarde, porque, para entonces, yo ya había leído La náusea y los cuentos de El muro y estaba deslumbrado por Sartre. Demasiado pronto, porque mi experiencia vital era todavía demasiado corta para apreciar todo el valor literario de la novela.

La peste es, en efecto, una de las grandes novelas del siglo XX. Sobre todo, por la voz del narrador. Como en una tragedia de Esquilo, es esa voz coral, más que los episodios que se engastan en ella, la que mantiene la tensión de la narración. Distante, objetiva, rítmica, cuenta la aparición de la peste, su progreso lento e inexorable, las estadísticas crecientes de los muertos semanales, luego diarios, el pulso árido de la ciudad sin árboles, el devenir de sus callejas y bulevares minerales, cerradas sobre sí mismas, abandonadas a su propio delirio. Ese ritmo mantenido es inseparable de las ideas que lo habitan. El punto culminante de la narración es un episodio en el que se cuenta el contagio y la muerte de un niño. Apenas 24 horas. Página tras página, los síntomas desfilan con precisión clínica ante los ojos del lector, párrafo tras párrafo las expectativas de remisión se tensan para acabar, una y otra vez, frustradas, convertidas en nada. Pero es también a lo largo de esa agonía donde se revela con más claridad el combate de las ideas. El escándalo de la tortura de un inocente. La inexistencia, o, peor, la indiferencia, de Dios. El pulso ciego de la vida y de la muerte. La fragilidad, liviana y seca, de la solidaridad entre los hombres.

Leí La peste a destiempo, pero muchos amigos la leyeron en el momento adecuado y, gracias a ellos, Camus tuvo una influencia decisiva en nuestra generación. El régimen franquista atravesaba lo que luego supimos que era su ecuador, y las ideas del escritor francés inspiraron los comienzos de nuestra revuelta. En primer lugar, naturalmente, por la metáfora transparente que hacía de la peste una figura del nazismo. Pero, también, por el escándalo de la injusticia social y de la corrupción larvada del régimen franquista. Por la irritación que nos producía, no solo la Iglesia católica, sino la religión en sí misma, con su carga de esperanza vana y de engaño. Y, más allá de la Iglesia y de la religión, todas las retóricas de la trascendencia en todas sus manifestaciones. No queríamos saber nada de ningún dogma ni de ningún más allá. (Tampoco —al menos algunos de nosotros— del más allá que preconizaban los comunistas).

La única opción posible era el aquí y el ahora, por muy carentes de sentido que se nos presentaran. En último término, como única posibilidad, estaba solo la ciencia. Rieux, el protagonista de La peste, es médico y lucha con la enfermedad sin otras armas que las del conocimiento científico. Es cierto que Camus —seguidor de Nietzsche, en definitiva, aunque lejano— es consciente de las limitaciones e insuficiencia de la ciencia —“su lucha es una derrota continuada”—; pero al mismo tiempo tiene claro que no hay otra cosa —“eso no es razón para dejar de luchar”—. La ciencia y la solidaridad. El compromiso con los compañeros de combate.

El compromiso social y político fue, como es sabido, la señal distintiva de nuestra generación. Y dejó su marca en la vida cultural española. Para bien y para mal. Para bien, porque fue un ethos intensamente compartido. Pocos períodos de la historia de la cultura española del siglo XX presentan un aspecto tan compacto y unitario como el decenio que transcurrió entre la segunda mitad de los años cincuenta y la segunda mitad de los años sesenta. Y esa compacidad se traduce, me atrevo a decirlo, en la fuerza y calidad de la mejor literatura y el mejor arte de esos años. Para mal, porque esa fuerza y calidad fueron negadas en la década siguiente. Contra el ethos del compromiso, se alzó la bandera de la autonomía del arte y la literatura. El final del franquismo y los primeros años de la Transición transcurrieron bajo el signo creciente de la pintura-pintura y de la literatura autorreferencial. Los años sesenta se etiquetaron y ridiculizaron ferozmente. Tanto que, aún hoy, siguen siendo mal entendidos. Los artistas, escritores, científicos e historiadores “comprometidos” del siglo XX se siguen caricaturizando como intelectuales anacrónicos, dogmáticos, proclives a sacrificar la calidad literaria, artística o científica de lo que hacían en aras de una miope instrumentalización política.

Releyendo La peste he reencontrado un pasaje que fue clave para nuestra generación. Uno de los personajes principales de la novela es Rambert, un joven periodista forastero que queda involuntariamente encerrado en la ciudad cuando se declara el estado de peste. Aunque es un hombre proclive al compromiso político, que ha luchado con las Brigadas Internacionales en la Guerra Civil española, Rambert considera ahora que el problema de la ciudad apestada no es el suyo y decide abandonarla para reunirse en Francia con la mujer que ama. Ante la imposibilidad de hacerlo legalmente, acaba optando por una evasión clandestina. Tras varias tentativas fracasadas, se le presenta finalmente la ocasión de hacerlo. Sin embargo, llegado el momento crítico, cancela el proyecto para ponerse al servicio de los equipos de ayuda médica que combaten la peste. Cuando lo comunica a su amigo Rieux, el médico encargado de la organización de esos equipos, Rambert espera una felicitación conmovida. Rieux, sin embargo, al principio calla y luego acaba diciendo que no le entiende. “Nada en este mundo vale tanto como para renunciar a lo que se ama”. Sin embargo, dice Rambert, el propio Rieux ha renunciado a reunirse con su joven mujer, enferma en un sanatorio fuera de la ciudad. ¿Por qué ha decidido quedarse a cuidar de los enfermos? “No lo sé. Creo que lo hago porque es lo que corre más prisa”. El conflicto entre el compromiso político y la plenitud existencial de quien se entrega a “lo que ama” —sea esto lo que sea: una mujer o la creación artística o literaria— no se resuelve en la teoría, sino en la acción y solo de modo provisional. En el ecuador del franquismo el compromiso político no era un dogma ideológico; era, simplemente, algo que corría prisa.

Vista ahora, más de medio siglo después, difícilmente podría imaginarse una actitud más libre.
(*) Tomàs Llorens es historiador del arte y fue director del Reina Sofía (1988-1990).

Ilustración: Nicolás Asfouri (AFP).   
Fuente:
https://elpais.com/elpais/2018/05/02/opinion/1525274158_202010.html

viernes, 6 de septiembre de 2013

FAVOR TRAER CÉSPED

EL NACIONAL, Caracas, 3 de mayo de 1998
El legado de cierto acontecimiento
Nada parecía estar en su justo lugar. La civilización reprimía. Los líderes agobiaban. Los padres atosigaban. Prohibir y castrar a la generación emergente parecía ser la orden. Fue por ello que la muchachada francesa se alzó para mostrar su descontento ante tanto cansancio. Deseaban aventuras como América Latina, hambre con moscas como Africa y amor y paz como el Tíbet. Así que algo tenía que suceder. Ya hace 30 años que ocurrió el alzamiento juvenil, conocido históricamente como el Mayo Francés. Así que es tiempo de balances. ¿Hasta qué punto fue marcada la historia? ¿Hubo beneficios o pérdidas? Para hablar sobre ello, he aquí las opiniones de tres sesentólogos
RUBEN MONASTERIOS

Imaginemos al personaje: es joven, entre sus veinte pasados y sus treinta no cumplidos; lleva la cabeza rapada en un corte de pelo que rinde tributo al fascismo, pero si le preguntáramos de qué se trata tal cosa, es muy probable que no sepa conceptualizarla, de aquí que apelando a referencias sustantivas inmediatas, quizá responda: "¿Fascismo?... Bueno, pana, ¿tú ves?, es algo así como Chávez, ¿ves?". Porta gorra de beisbolero con la visera hacia atrás y calza costosos zapatos de goma, devenidos en primordialísimos símbolos de status. Viste camiseta holgada, tanto que más bien parece camisón, puesta por fuera de unos pantalones cortos hasta la rodilla, que dejan ver sus piernas peludas y batatudas; sí, porque el sujeto es fornido y alto; al fin y al cabo, pertenece a una generación que, a diferencia de las más recientes, se nutrió razonablemente bien durante la infancia: sus padres tenían con qué darle de comer. La apariencia del mozo refleja su identificación con los héroes culturales de su generación, cuyos paradigmas podrían ser las monstruosidades del espectáculo pop, conocidas como Sandy & Papo.
Supongamos que el muchacho se aproxima a estas páginas; al respecto, podríamos decir que casi es un "supuesto negado", porque la página en cuestión es la segunda de un cuerpo del periódico titulado Cultura, lo cual encierra una idea que para él resulta perturbadora, sino francamente repulsiva; pero admitamos su aproximación a ella, quizá por obra del azar; porque el periódico se cayó al suelo y se desarmó y esta página quedó expuesta a su vista.
A partir de la interpretación que hace de los títulos, impresos en letras grandes, de más fácil lectura, entiende que estos artículos conciernen a cierto acontecimiento recordado en la historia como Mayo del 68, cuyo significado ignora por completo; aunque por lo general no siente ninguna curiosidad por la Historia, en esta ocasión el asunto le llama la atención; pero para saber de qué se trata tendría que leer al menos uno de los artículos de la página: tarea harto complicada, porque ha sido condicionado para tener una percepción netamente icónica-auditiva, en razón de lo cual se le hace difícil y tediosa la lectura; además, las letras son demasiado pequeñas. Pero supongamos que su motivación por saber qué es eso de "Mayo '68" -como a veces se escribe en sumisa imitación de la grafía anglosajona- es muy intensa, tanto que lo induce a vencer las barreras aludidas y a intentar leer uno de estos artículos; entonces es probable que se desaliente a partir de los primeros párrafos, porque, pese a su encomiable esfuerzo, no entiende lo que se dice en ellos; en efecto, sólo un porcentaje pequeño de cada lote de individuos de su generación es lector independiente, esto es, capaz de leer correctamente y sin ayuda de ningún tipo y de comprender suficiente y satisfactoriamente lo leído.
Naturalmente, el sujeto sabe qué cosa es un libro y no deja de sentir cierta admiración por quien haya leído un libro completo; fuera de toda duda, alguna vez ha tenido uno de tales objetos en sus manos y hasta es posible que lo hubiese hojeado; pero en la Universidad -porque, aunque parezca increíble, está en ella- estudia (es un decir) mediante apuntes mal tomados y tesis mimeografiadas o fotocopiadas, en las que complacientes profesores, ansiosos ante la posibilidad de un "cuestionamiento" (palabra puesta de moda a partir de mayo del 68) de parte de sus alumnos por ser en exceso exigentes, hacen en su beneficio esquemáticos resúmenes de los contenidos de sus asignaturas, las cuales, algunas al menos, nuestro sujeto ha logrado aprobar con la calificación mínima, con lo que se siente de lo más satisfecho, por cuanto parte del principio de que "diez es diez y lo demás es plusvalía".
El "cuestionamiento", de los sistemas educativos tradicionales en casi todo el planeta, fue una de las consecuencias de los acontecimientos de mayo del 68; su resonancia se sintió en Venezuela en los tempranos setenta, y a partir de entonces cobró forma una obsesión revisionista de nuestros planes de estudio en los líderes de la educación nacional, dando lugar cada nueva revisión a proyectos cada vez más incoherentes e incompletos, al extremo de producir una última generación del siglo, conformada por individuos como el antes amargamente descrito: ineptos para la lectura e ignorantes hasta de su propia identidad nacional.
Ese es el legado de mayo del 68; y, ¡ah, sí!, otra cosa: la frustración.
(*) Tema de la Semana de Rubén y sus corazones solitarios, por Mágica 99.1 FM, a las 6:00 pm

sábado, 20 de octubre de 2012

ELLA

EL NACIONAL - Sábado 20 de Octubre de 2012     Opinión/9
Marx y Lenin
VÍCTOR RODRÍGUEZ COA

Simone es el primer nombre que le puso la mamá barinesa. Su padre, el coronel José de Santa Bárbara, comunista de uña en el rabo, la bautizó de seguidas Marxylenin.
Ella, ya con cinco dedos de frente y con uso de razón, a los 18 años de edad, que ya podía con su lata de agua, argumentó en un juzgado que el funcionario descocado que tomó notas para su partida de nacimiento se confundió con la explicación del viejo rojo. La jueza comprendió y aceptó que era una pesada nomenclatura para una criatura estilizada y bonita, y la autorizó como Simone Marleni.
Así consta en el registro oficial y en su orgulloso título de la UCV recibido en tiempos del Chema Cadenas instalado cerca de la Tierra de Nadie.
Yo la conocí cuarenta eneros atrás en el bar América, sucursal de la FCU ucevista, en Los Chaguaramos, barra que alternábamos con las de El Viñedo y La Bajada en Sabana Grande como trasnochados estudiantes de la bohemía y destacados pasantes de la República del Este dirigida por Manuel Alfredo Rodríguez, Caupolicán Ovalles, Salvador Garmendia, Adriano González y tantos otros amadrinados por nuestra inolvidable Mary Ferrero.
Entonces éramos parte del 6% histórico consagrado por José Ignacio Cabrujas y sus tormentos para medir la superficie y la periferia del MAS en sus inicios. Pero ¿saben? en los setenta, para un "movimiento de movimientos" con ángel y tino, el numerito era suficiente. No ganaríamos ninguna elección más allá de las universitarias, pero qué contentos militábamos en un partido de mirarse el ombligo.
Un día Simone Marleni parió un muchachote de padre conocido, y con él a cuestas y una rocola en la cartera continuó en busca del gran amor de su vida. Y decía como Pilar Romero, de paso por la dramaturgia venezolana y ahora en el exterior: "Mientras lo consigo ­al grande­ he ido llenando mi vida de pequeños amores". Pues, mija, ni que Caracas fuera Nueva York. De la militancia en este partido de la diversidad muchos hicimos un credo.
En su búsqueda, Simone Marleni de los Milagros (por su abuela materna) de Santa Bárbara conoció un hombre bueno, moreno y dulce como un papelón margariteño, Juan Paúl, y con él se casó de verdad. Nada raro, al poco se estaba divorciando. La dulzura del ex marido se elevó y enfermó.
Y ella, como una carmelita descalza de tacones altos y falda de surtidos y encajes rosados, se puso pendiente y regresó a dedicar parte de su existencia a cuidarlo. Tanto que Manuel Caballero, antes de diluir su espíritu en la neblina de las montañas que utilizó Rómulo Betancourt para desaparecer, y conocedor de la pareja, destacó su entrega: Como esposa, Simone terminó siendo un fiasco; pero como ex, ¡qué Teresa de Calcuta! Lo cuento porque Simone, cual doña Bárbara de Gallegos, pero devoradora de libros y de joven muy jaranera, como el don Guido de Antonio Machado cantado por Serrat, está por cumplir 60 ruedas y recordé que hace 40, en la misma fecha friolenta, aparecí en su casa de Los Chaguaramos, cerca del tenebroso edificio Las Brisas sede de la policía política del momento, que se llamó Disip y ahora Sebin con sede en el Helicoide, con 2 docenas de rosas de felicitación. Casi me las sacudió en la cabeza. ­Tú sí tienes bolas. Yo sin desayunar ni almorzar, sin plata y tú con ese ramo inútil, despilfarrando. ¿No podías traer pollo y verduras? 2 décadas más tarde llegué a su casa con un kilo de queso picadito envuelto en papel de regalo. ¿Qué obsequio se le puede dar hoy a doña Simone la sesentona y sus 100 maridos, por los 12 lustros que cumple de gitana? ¿Cómo pueden amarse o estar juntos 2 seres que se ven cada 20 años y sin memoria? Que algún tío barinés me conteste.

Cfr.
http://es.wikipedia.org/wiki/Antroponimia
http://es.wikipedia.org/wiki/Onom%C3%A1stica

Fotografía: Simone de Beauvoir, tomada de la red (aunque la invertimos horizontalmente).

sábado, 29 de septiembre de 2012

REENCUENTRO

El año 68 y el esqueleto de Diego de Losada ...
Alfonso Mijares

En 1968 el Liceo Diego de Losada de El Valle, no era más que un conjunto de 8 aulas con techos de asbesto llenos de agujeros, donde, cuando llovía, uno se mojaba igual adentro que afuera, las aulas estaban distribuidas alrededor de un patio mal asfaltado, con una casita de dos pisos en el medio y una cantina de latón y madera donde vendían arepitas, empanadas, café, pepsicola y muchas chucherías, además, en la casita, estaban la dirección y el laboratorio de biología que era para mí, el sitio mas maravilloso de todo el liceo, no porque me gustara demasiado la biología, sino por el hermosísimo esqueleto de tamaño natural que en él habitaba.
Ese esqueleto era uno de los miembros mas importantes de la comunidad educativa, no era raro que lo encontráramos con un sombrero viejo o alguna cachucha usada que algún alumno había traído especialmente para él, o fumándose un cigarrillo, o que los lentes que se le habían desaparecido al gordo Martínez aparecieran encantadoramente puestos en la cara de nuestro esqueleto bromista, muchas veces, cuando faltaba el profesor, el era el que daba las clases, era sin duda el personaje mas popular del liceo. El nunca se ponía bravo por las bromas nuestras, todo lo contrario, siempre mostraba su espléndida sonrisa.
El año 68 fue maravilloso, único, el mundo sufría agonías de parto.
Ese año los Beatles cantaban “Hey Jude” y “Lady Madonna” , en el mundo había convulsiones terribles, ese años asesinaron a Martin Luther King y mil luces se apagaron de un disparo, mataron a Robert Kennedy y USA tuvo otro presidente, en México el ejercito “democrático” asesinaba a mas de 400 estudiantes en la matanza de Tlatelolco, en París los estudiantes se alzaron en rebeldía para conquistar el cielo por asalto en la revuelta mas hermosa de los últimos 50 años, que tanta falta nos está haciendo hoy en día, en Holliwood estrenaban “El planeta de los simios” que era y es una maravilla, en los campus universitarios Norteamericanos, centenares y miles de estudiantes manifestaban contra la guerra de Vietnam, dando hasta la vida bajo el símbolo de la paz y del amor, en Checoslovaquia, el imperio soviético acababa con la perfumada huella de la primavera de Praga invadiendo ese país con mas de 200.000 soldados y mas de 2.300 tanques de guerra, y lo hacía irónicamente a nombre del socialismo y del hombre nuevo. Mientras, en Viet Nam se producía la llamada ofensiva Tet que dejó boquiabierto al imperio gringo por la valentía y la eficacia de los soldados de aquel pequeño país, con ella, Goliat comenzaba a perder la guerra contra David, en Mexico se daban la olimpiadas y un grupo de atletas negros de los EEUU cuando recibieron sus medallas, levantaron en alto el puño combativo del “Black Power” envuelto en un guante negro, el saludo glorioso de los Panteras Negras, ante el mundo entero. Existía Marcuse y existía Sartre.
En Caracas todas las semanas había manifestaciones estudiantiles, a nosotros que eramos chamos nos venían a recoger los de la Tecnica de Coche y los del Pedro Emilio para las marchas y nosotros nos íbamos con ellos hasta el José Avalos a levantar ese liceo y juntos terminábamos en “La Gran Colombia” o en la UCV, unas manifestaciones grandísimas, y la policía nos lanzaba lacrimógenas por centenares y después peinillazos y perdigones, estudiantes golpeados y presos pero a la siguiente manifestación salíamos igualito.
En la UCV la reforma universitaria tocaba las puertas de la rebeldía. En todo el mundo, los jóvenes teníamos algo que decir y lo decíamos fuertemente, el planeta ardía de rebeldía, guerrillas, revueltas, paz y amor, rocknroll y poesía, entre la muerte y la belleza, entre la valentía y el amor, entre la alegría y el heroísmo, después del 68 vino el fin del mundo, solo que casi nadie se ha dado cuenta todavía.
Pero lo mejor del 68, para mi, fue que yo solo tenía 14 años, que no conocía el lado decepcionante de la vida y que una muchacha de minifaldas turbulentas y pelo cortito, llamada Aurora, salía conmigo por las tardes a regalarme besos en el Parque Madariaga de Coche.
Lo otro grande que tuvo ese año, fue que terminaron la construcción del nuevo local del liceo, y un fin de semana el director nos convocó para que los alumnos hiciéramos la mudanza, ese sábado estábamos todos allí, sin uniformes, con bluyines, franelitas y zapaticos de goma, llegaron unos soldaditos con un camionsote bien grande, y allí metimos los pupitres, los escritorios de lo profes, lo pizarrones, los sillones de las secretarias, las máquinas de escribir, el archivo general del liceo, los libros de la pequeñísima biblioteca, las colchonetas, los trampolines, los plintows, los balones de basket y volibol, los mapamundi, y los mapas de Vemezuela, el retrato de Bolívar, el sacapunta elecrtico del director, los teléfonos, las papeleras de todos los salones y la oficinas, la maya de volibol y la cesta de basket, los globos terráqueos de las clases de geografía, las láminas del aparato digestivo y del aparato reproductor femenino que tanto nos llamaba la atención, los microscopios y los mecheros, los tubos de ensayo, las probetas, los bebederos los dejamos porque el nuevo local venía con bebederos nuevos, nos llevamos todo menos los techos de asbesto, era un sábado glorioso, montados en esas gandolas dirigiendo la mudanza, subiendo peroles toda la mañana, no hizo falta mas nada, nosotros mismos, chamos de 13 y 14 años mudamos el liceo, y amueblamos el nuevo local, nos llevamos todo menos el esqueleto del laboratorio de biología, ese lo habíamos escondido unos muchachos y yo.
Y después de que llevamos todo al bellísimo local nuevo, despues que pusimos los pupitres en todos los salones nuevos, después que le acomodamos su oficina al director bien bonita, y antes del almuerzo, nos montamos en unos pupitres y le hicimos un llamado a todos los muchachos para ir al local viejo a despedirnos de él, y a llevarnos lo último que nos faltaba, nuestro esqueleto.
Cuando se enteraron todos que lo habíamos escondido estalló una carcajada general y hasta algunos profesores nos acompañaron de regreso al viejo solar, que quedaba como a cuatro cuadras, los que íbamos adelante sacamos al esqueleto de su escondite y hemos hecho la manifestación mas alegre, jodedora y bella que ha habido en El Valle, que recuerden todos, nos despedimos del viejo local y nos fuimos marchando por el medio de las calles, encabezados por nuestro comandante, el esqueleto; quien iba feliz de que al fin le dieran la importancia que él tenía, iba cantando con nosotros, viejas canciones revolucionarias, gritando “el pueblo unido jamás será vencido” o cantando la vieja canción de la generación del 28: ¡ Ajá Ajá Saca la pata lajá ¡ que unos muchachos y yo habíamos practicado y gritando como solo uno lo hace cuando tiene 14 años y un mundo por delante, la gente nos veía e inmediatamente se daba cuenta que la felicididad existía en este mundo.
Llegamos al nuevo liceo precedido por nuestro líder, el esqueleto, fuimos recibidos solemnemente por las autoridades, y entre cantos gritos y silbidos juveniles, le dimos un recorrido para que reconociera todo el flamante local nuevo del liceo, lo bajamos al primer piso, en el anfiteatro para que le dijera unas palabras a la concurrencia, fue uno de los mejores discursos que se han dado nunca allí, todos aplaudimos encantados por tan sabias palabras y finalmente lo llevamos a su palacio, el nuevo laboratorio de biología, donde todo relucía de nuevecito que era, lo colocamos en silencio reverente en su rincón, creo que una muchacha le dio un beso, los demás le dimos la mano respetuosamente y cerramos la puerta silenciosamente para que descansara de tantas emociones que había pasado aquel día inolvidable.
Luego ya saben comimos tomamos frescos, bromeamos, jugamos volibol, otros descansaban, el director estaba feliz, pero el mas feliz de todos ya saben quien fue.
Hace poco, en una asamblea que se dio allí, visité el liceo después de mas de 20 años sin entrar en él, yo era uno de los ponentes, pero antes de comenzar el acto, me escapé un ratico para curiosear por todos los pisos de mi viejo liceo, que yo había ayudado a mudar, lo hice solo, para recordar tantas cosas, pero desde el principio yo sabía que lo que mas quería era entrar al laboratorio de biología y saludar a mi viejo camarada, no pude, porque ahora los liceos tienen rejas en los laboratorios de biología, y un candado bien gordo impedía todo intento de entrar, pero a través de la ventanilla de la puerta pude ver hacia adentro, algunas luces estaban encendidas ¡y créanme que lo pude ver!
Allí estaba mi viejo amigo, y creo que me reconoció, se los digo en serio, me lo decía la eterna sonrisa con la que me recibió al ver que me asomaba por la ventanilla, es que hay amistades que nunca se olvidan.
Le hice señas cariñosas desde afuera, él me miraba con un cariño único, me despedí emocionado, y cuando bajé, aquello ya estaba lleno de vecinos, yo le dediqué mi exposición de aquella noche a tan entrañable ser, el hermoso esqueleto del laboratorio de biología del Diego, mi amigo de siempre que no me había olvidado.


Fuente: Facebook.

lunes, 13 de septiembre de 2010

kosaktomía


Kosak Rovero o los escombros de un imaginario
Luis Barragán


Solemos explicar las realidades más complejas a través de sendas representaciones que la simplifican o dicen simplificarlas, unas ciertamente veraces al lado de otras por siempre sospechosas. Entre éstas, como el destello cadencioso y tardío de las remotísimas estrellas ya desaparecidas, encontramos ideas, imágenes, explicaciones, arquetipos, nociones o predisposiciones sobrevivientes de un tiempo sobrepuesto a otro, demorando las máscaras en caer.

Importa la distinción hecha por Gisela Kosak Rovero, entre la memoria instrumental que versa sobre la información efímera que acumulamos, y la cultural referida a una visión compartida y duradera, por tal histórica. Estimamos que, al desbordar sus posibilidades en las democracias liberales conocidas, la una funda o genera el neoautoritarismo con una más abierta e incontrolada manipulación de los medios de comunicación social, capaz de adulterar a la otra, al extremo de suscitar una suerte de extravío circular y permanente, como ocurre con el chavezato.

Negando toda gratuidad a un presente ya exhausto, la autora recuerda la mezcla explosiva de una determinada herencia intelectual, la antipolítica, el rol de los llamados notables, el rentismo estatal en una sociedad tutelada, la corrupción, la violencia, el empobrecimiento, la impunidad, e – importante – los partidos que no eran dueños de las corrientes ideológicas etiquetadas, culminando la década de los noventa (A: “Venezuela, el país que siempre nace”, Editorial Alfa, Caracas, 2008: 97 ss.). Versionada constantemente, acaso como una telenovela inconclusa, reinventamos la catástrofe.

La nación que también se construye una imagen, adquiere otra significación primaria porque “ser venezolano no es un accidente geográfico o un problema de identidad; es vivir la peor crisis económica del continente hoy” (B: “La catástrofe imaginaria. Cultura, saber, tecnología, instituciones”, Planeta-Fundación Celarg, Caracas, 1998: 63). Por lo que, deducimos, una peor situación es la única opción que tenemos.

Frente a la caducidad de los imaginarios propios del Estado Nacional del siglo XX, derrotadas las utopías ilustradas, prescindiendo de la memoria cultural, nos tientan aquellos que conceden una identidad móvil (A: 19). Incluye la aceptación de una interesada versión del pasado, capaz de colocarnos en la ruta de la renta petrolera que puede explicar nuestro propio sentido de nacionalidad.

Acanaladura – término a degustar – de expectativas y perspectivas asombrosamente sobrevivientes, que Kosak Rovero – alertándonos – descubre al abordar “Los últimos espectadores del acorazado Potemkin” de Ana Teresa Torres (1998), “El round del último olvido” de Eduardo Liendo, “La flor escrita” de Carlos Noguera, y “El diario íntimo de Francisca Malabar” de Milagros Mata Gil (2002). Abre los folios inauditos de la década de los sesenta, con la fallida insurrección armada muy bien notariada en la consciencia colectiva que – concluimos – no depende única o totalmente de la ferocidad de los medios audiovisuales para representarse o imaginarse, pues la contundencia del discurso de poder inexorablemente penetra y recorre los más recónditos pasillos sociedad, por improvisada que se diga la palabra oficial que la reiteración convierte en artículo de fe.

Ha mermado el aporte de la literatura nacional a la edificación del imaginario colectivo, sustituida por la cultura mediática e informativa como relacionadora de las situaciones, eventos o realidades (A. 20, 33, 46). Podemos objetar tal debilidad en la medida que, ante la insostenible provisionalidad de toda impresión o convicción, el poder requiere de una mínima, coherente y fundada interpretación, delatada por la citada muestra novelística.

Experimentando una distinta modalidad autoritaria, invertimos la anterior tendencia a la diversidad cultural, las formas novedosas de organización e intereses de género, edad, condición social o sexual, afianzada por la letra y la razón, al igual que no sintonizamos con las circunstancias cotidianas de la vida social subrayada por la “primera” Kosak Rovero (B:133). Ahora, nos afincamos sobre los escombros de viejos argumentos, percepciones o explicaciones, retrotraídos a la década de los sesenta.

LA DECADA ENTRONCADA

Década despiadada, intensa y también ingenua, en la que distintos sectores políticos confrontaron proyectos, ideales y propósitos que iban más allá de la coyuntura. A grandes rasgos, digamos de la conspiración de derecha y la insurrección de izquierda frente a la incipiente democracia representativa, las urgencias sociales y económicas, la guerra fría, el reclamo apasionado de las novísimas manifestaciones filosóficas, literarias o musicales, aunque sin resistencia ante la novedosa manufactura cultural importada, principiaron junto al decenio que expresa “un estallido, un estruendo en todas las dimensiones de la sociedad venezolana”, según Douglas Moreno al acercarse a la obra más celebrada de Carlos Noguera (“Historias de la calle Lincoln: una visión posmoderna del desencanto”, en: Memoralia/UNELLEZ, San Carlos, nr. 2 de 2005).

La entusiasta y decidida irrupción de la juventud en el campo político organizado, constituye una clave esencial del compromiso generador de una mística que hoy extrañamos. Y, a pesar de no monopolizar el compromiso y la mística política, hubo un mayor bullicio de las corrientes juveniles que se arriesgaron a la guerra de guerrillas bajo la inspiración del proceso cubano.

Kosak Rovero da cuenta de una narrativa inscrita en el romanticismo político, en el que se conjuga una perspectiva épica que desembocará en los mitos revolucionarios de la época, aún supervivientes. Empero, al voluntarismo y las apetencias modernas (bienestar material, tecnología, industrialización, desarrollo urbano), coloca un importante acento al advertir las “ensoñaciones premodernas de carácter rural” (A: 73), tan fáciles de adivinar en la actualidad.

Hoy, dándole un particular sentido a la llamada antipolítica que celebró la inauguración de otra república, somos el resultado de la visión desencantada de la democracia, la fragilidad de la memoria, el compromiso personal, la idealización del pasado revolucionario, la irrupción en los sesenta contra el bucolismo premoderno que ahora nos embarga, como refiere la autora. Por ello, hay más de nostalgia que un venturoso optimismo en la experiencia autoritaria que atravesamos.

Añade: “El espíritu revivido de los sesenta es, en parte, una herencia histórica que se remonta no solo hasta hace cuarenta años sino hasta el mismísimo siglo XIX. El caudillismo y el militarismo se han entroncado perfectamente con la sensibilidad de los sesenta respecto a las deudas sociales de una modernidad todavía no saldadas y con la idea de la riqueza petrolera por repartir propia de una sociedad dependiente de un estado rentista” (A: 89).

El caudillismo es una curiosa desembocadura de los planteamientos apasionados del leninismo insurreccional, pues, de un lado, parecía impensable con el desarrollo inicialmente institucional de los partidos y el profesionalismo militar, afianzando posturas políticas contrapuestas al marxismo, contra los cuales reaccionó mayoritariamente la opinión pública en los noventa. Y, del otro, a pesar de la demanda revolucionaria como una vía distinta a la modernización, extendida tras el debate de los setenta con la aparición del MAS, llevó por siempre la semilla del militarismo inevitable con la conformación de las FALN, a juzgar por el retrato que hizo Luigi Valsalice (“La Guerrilla Castrista en Venezuela y sus protagonistas. 1962-1969”, Ediciones Centauro, Caracas, 1979), a contrapelo del PCV que se replegó, triunfando tardía o extemporáneamente las tesis de Douglas Bravo, como la de una sistemática y paciente penetración de la institución castrense.

Troncos viejos en aguas envejecidas, incumplidas las promesas de cascadas vigorosas, nacientes y profundas. Sumergidos en el anacronismo, únicamente nos refleja una época remota cuando logramos subir a la superficie de la lucidez.

SUMERSION

Asistimos también a una construcción imaginaria de la nación, continuamente refundada, como ocurre ahora según el formidable aviso de autoras – por ejemplo – como Graciela Soriano, María Sol Pérez Schael o la propia Kosak Rovero, por cierto, apenas enunciadas en la gruesa reseña de actualización de Ana Teresa Torres (“La herencia de la tribu. Del mito de la Independencia a la Revolución Bolivariana”, Editorial Alfa, Caracas, 2009). Y es que, hipótesis fundamental, “ya no se trata de nostalgia y frustración sino de una poderosa y colectiva percepción estética de una corriente militarista y revolucionaria con raíces decimonónicas (…) que se consideraba cancelada pero sólo estaba sumergida, silenciada en medio de la decadencia económica, política e institucional de la democracia venezolana inspirada en la concertación de partidos políticos fuertes (Pacto de Punto Fijo)” (A: 12, 81).

Finalizando los noventa, la nueva épica une a los héroes y profetas del desastre, liderizados por el “relativamente joven oficial venezolano (que) invocó los arcanos de la historia” (B: 10). La gesta olvidará todo debate de profundidad, espectacularizada la política, por lo que no supimos de la naturaleza de la crisis, el incumplimiento o agotamiento programático del puntofijismo, la supervivencia del imaginario positivista, las aspiraciones político-ideológicas, subestimando innovaciones como la aparición de la descentralización o la reaparición del multipartidismo.

Postergada la lucha, el movimiento insurreccional de los sesenta esperó su mejor oportunidad para despertar y “hacer gala de su espíritu de refundación total del país”, convertido en un anacronismo político que reivindica el militarismo rural y patriarcal representado por el general Pardo, en la referida novela de Torres (A:74). Las persistentes y – más de las veces – incomprensibles consignas (pueblo unido jamás vencido, etc.), sobrevivieron a la heterogeneidad social, económica, sexual, etaria, profesional, política e individual de los noventa: (B: 140).