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miércoles, 19 de septiembre de 2018

TONGO, TONGO

¿Viste el bisté?
Nicomedes Febres

* Razón tenía maduro de ir a comer carne en Turquía porque allá no le ponen los ganchos y con los nuevos precios del gobierno aquí no se consigue carne. Si la consigues es además de cara, mala, te la pesan con el poco de pellejos y el carnicero con una sonrisota, como si fuera inocente, te dice: hermano, si quieres te la limpio, solo para ganarse una jugosa propina y uno de pendejo le dice que sí. Aquella limpiada se lleva medio kilo de cada kilo que tenía el lomito, el solomo o la chocozuela. Si eres una mujer de buen ver te dice: mamíta, de paso déjame el número de tu celular para ver si te consigo la morcilla después. De modo que al llegar allá maduro decidió ir a comer un buen pedazo de carne a la parrilla. Y qué bisté. A 200 dólares el plato de cada comensal y esa comitiva comió carne completo y era una chorrera de gente. Si yo hubiese ido en sus condiciones también haría lo mismo, ese pedazote de carne con su chinchurria, digo, la del plato, además con chorizo, morcilla, chuleta de cochino, una tronco de ensalada, que por ser en Turquía no debió llevar ni palmito ni aguacate, pero por lo menos una como la kojak del Aranjuez en Las Mercedes. Caros que están esos carajos. Y qué les parece después una tremenda panqueca flambeada de dulce de leche o de cambur pisado y azucarado. Eso no tiene precio, para todo lo demás su tarjeta de crédito, la de ustedes, no la de él, porque la cuenta de ese gentío la pagamos todos nosotros. La verdad es que el bisté de maduro me recordó la Gran Venezuela de antes porque ahora, la nueva gran Venezuela es solo para los enchufados. Pero si, me recordó los tiempos de CAP 1, y quizás hasta de CAP 2, que si hubiese seguido gobernando sería nuestro país un paraíso, pero el hombre creía que porque Kissinger o Gianni Agnelli le contestaban el teléfono ahora él era también miembro del Jet Set como las Kardashian. Que bolas. Por eso no me gustan los presidentes sin estudios ni los culos abrillantados. Se le olvidó a CAP sobarle el ego a los pata en el suelo y por eso nos jodimos todos. Es que estos tipos ricos no tienen amigos sino intereses. Pero volvamos a la gastronomía. Lo que no sé es si en Turquía, que ahora la domina el musulmán radical de Erdogan en los restaurantes beben el exquisito néctar de los dioses de Escocia, porque esos tipos tienen el mal hábito de ser abstemios y uno con los abstemios debe estar preparado para esperar cualquier cosa rara. Lo que si no me parece de gente seria es el swing del cocinero con eso de bailar “despacito, despacito” mientras corta la carne. Claro, uno no se pone a discutir desarmado con un hombre con tremendo cuchillo en la mano y extasiado mientras menea el rabo bailando despacito. No, eso no es de hombre serio. Mientras veía el vídeo del hombre moviéndose con su swing como la Tongolele me acordé del general Gómez. Ese si es verdad que no andaba con pendejadas ni sifrinerías, ni creía en bultos que se menean. Lo de él era la pisca andina, su arepa de trigo, el picante de leche, unas almojábanas, carato de arroz tostado, queso ahumado del páramo, tinto con papelón todos los días y a puyón clavao. No andaba oliéndole el rabo a los caraqueños ni a los valencianos. No señor, y como le parece al amigo, vea pues. Porque eso de bailar salsa rucaneada o bailar el trencito, burlarse de la gente, matar al pueblo de hambre, como lo hace maduro no, eso no es de gente seria, no señor.

* En la foto la Tongolele hacia 1950. Esas si eran unos hembrones cuando no había cirugía plástica. Dígame ahora, cuando hasta le inflan las nalgas a las mujeres. Sí señor, anjá.

Fuente:
https://www.facebook.com/photo.php?fbid=10216310237289322&set=a.2324650196458&type=3&theater

lunes, 22 de agosto de 2016

HORADACIÓN

EL PAÍS, Madrid, 20 de agosto de 2016
La paciencia de Erdogan
Antonio Elorza

A un mes del fracaso en Turquía del fallido golpe militar contra Tayyip Erdogan, y una vez comprobada la extensión de su respuesta autoritaria, buen número de especialistas siguen acotando su análisis a los recientes desarrollos de la política puesta en práctica por el líder islamista. Su punto de partida sería el personalismo que rodeó su acceso a la presidencia del país. Se trata de una visión acorde con la previa bendición otorgada por esos mismos comentaristas a la trayectoria de un Erdogan que era considerado como el hombre encargado de demostrar la convergencia entre islamismo y democracia, algo así como una versión musulmana de la democracia cristiana en Europa occidental.
El panorama cambia si tenemos en cuenta las rotundas posiciones doctrinales del mismo Erdogan en la década de los 90, cuando preside la alcaldía de Estambul y prepara un ascenso únicamente truncado por los diez meses de cárcel que le valió la lectura pública en 1998 de un poema-llamamiento de Ziya Gökalp, el ideólogo nacionalista e islamista de los Jóvenes Turcos: “Nuestras mezquitas serán nuestros cuarteles, las cúpulas nuestros cascos, los minaretes nuestras bayonetas y los creyentes nuestros soldados”. Era una explosión radical, sustentada en una plataforma teórica bien firme. En Turquía, el laicismo implantado por Mustafá Kemal y el Islam resultaban incompatibles, y la supervivencia del primero resultaba un absurdo en un país con 99% de musulmanes : “¡No se puede ser al mismo tiempo laico y musulmán! ¡O eres musulmán o laico! ¡No es posible la coexistencia!” Para concluir: “¿Por qué? Porque a Alá, el Creador del Islam, le corresponden el poder y el gobierno absolutos”. Desde tales supuestos, propios de islamistas radicales como Sayyid Qutb, la finalidad es clara: “Nuestra referencia es el Islam —proclama en 1997—, nuestro único objetivo es el Estado islámico”. Erdogan no ha engañado a nadie.
La reacción militar ante la amenaza de un gobierno islamista, y su misma experiencia personal, le aconsejaron sin embargo sustituir el radicalismo por la cautela a la hora de llevar a cabo su propósito inicial: “Convertiremos Estambul en Medina”, el bastión del Profeta. Posiblemente Erdogan desconocía el consejo de Stalin de cómo proceder ante una coyuntura política adversa, que sin embargo él ejecutó admirablemente : “¡Paciencia!”, lo cual no significa renuncia a la persecución de los propios fines. Al convertirse en primer ministro, respetó la imposición laica del presidente Ahmet Sezet, impidiendo el uso del velo a su mujer. Al pretender un agravamiento del castigo a los adúlteros, retrocedió al constatar la oposición europea y de la Bolsa. Tuvo que soportar la resolución admonitoria del poder judicial contra la inclinación antilaica de su partido, el AKP, que sin embargo le mantuvo en el gobierno. Ya llegarían las horas del relevo en la estructura judicial y en la presidencia de la República, que pasó al islamista moderado Abdulá Gül, escalón previo a su ocupación del cargo en 2015, transformado de inmediato en un poder ejecutivo no previsto en la Constitución. El enorme palacio presidencial en forma de E, a lo Ceaucescu, construido de modo previo a su acceso al cargo, anunció lo que se preparaba, con su proyecto de reforma de la Constitución, detenido transitoriamente por las elecciones del pasado año.
El velo regresó al espacio público, pero lo que fue más importante: el sistema de enseñanza religiosa laico fue horadado, con la construcción masiva de imam hatips, institutos de enseñanza religiosa, en teoría para formar imanes, mientras no se edificaba ninguna escuela pública nueva. La Alianza de Civilizaciones ni siquiera sirvió para reabrir el seminario ortodoxo. Fue un aval sin contenido, bajo la mirada ciega de Zapatero. Al repertirse las victorias electorales del AKP, pudo iniciarse el proceso de islamización de los monumentos bizantinos convertidos en museos, apuntando con claridad a Santa Sofía, donde este año se realizaron ya los rezos del Ramadán.
En ese contexto, quedan por explicar las razones del enfrentamiento con su antes mentor, el filósofo y financiero islamista, Fetulá Gülen, residente en Estados Unidos, quien colaboró con Erdogan en el primer período de islamización y hoy es presentado como responsable del golpe de julio. En lo primero, la coincidencia es plena, si bien Gülen insiste en una convivencia plural con otras religiones. Un tanto al modo del Opus Dei, su movimiento Hizmet alcanzó gran presencia en medios económicos, profesionales y universitarios, e incluso en grandes instituciones financieras, lo cual explica el alcance de la actual purga. El éxito de esa infiltración justifica que Erdogan hablara de un Estado dentro del Estado.
Con toda la cautela debida, se trata de erosionar la figura de Mustafá Kemal, el fundador de la patria turca (y de la modernización laica). Así su papel central fue minusvalorado en las conmemoraciones de la victoria de Gallipoli, en 1915. Más bien, ante el Ejército, Erdogan se presentó hace un par de meses como un nuevo Atatürk, en tanto que jefe indiscutible. La prensa crítica recuperó la famosa imagen hiperbólica del gigante Dimitrox frente al enano Goering, para subrayar el despropósito. Eran momentos en que Erdogan tenía que soportar la afrenta de que los jefes militares procesados por supuesta conspiración —el caso Ergenekon— resultaran absueltos. Muy verosímilmente, el reciente golpe surgió ante la previsión de que una purga en el Ejército estuviera a punto de producirse. Y solo sirvió para acelerarla.

En la línea de Gökalp, Erdogan profesa un nacionalismo islamista, un neo-otomanismo, opuesto a Kemal, que justifica su aspiración a un liderazgo personal indiscutido. Desde muy pronto, en la propaganda electoral asoció su figura a la de Mehmed II, el conquistador de Constantinopla, resultando difícil entender hasta que límites pretende llevar ese parentesco político con una reforma constitucional, dada la primacía absoluta que sin la misma ejerce sobre los demás poderes. Cabe augurar entonces que su beligerancia frente a toda oposición efectiva, visible en la persecución de periodistas, en la cual se implica personalmente, desemboque en una pura y simple dictadura. La depuración de los aparatos administrativos, judiciales, universitarios y militares confirma semejante deriva, de inmediata repercusión sobre el tratamiento del problema kurdo. Las grandes movilizaciones de apoyo a su persona —y a “Allah u-akhbar”— con la petición de restablecer la pena de muerte, se mueven en esa misma dirección de avalar sus aspiraciones. Todo en medio de la tragedia de los atentados kurdos.

Fuente: http://elpais.com/elpais/2016/08/11/opinion/1470910883_334454.html
Ilustración: Nicolás Aznárez

sábado, 13 de agosto de 2016

DEMOLICIÓN

EL PAIS, Madrid, 12 de agosto de 2016
 TRIBUNA
La extraña muerte del secularismo turco
Erdogan representa un cambio tectónico que se replica en otros países musulmanes
Shlomo Avineri

Después del fallido golpe militar de Turquía, se plantea un interrogante fundamental: ¿el presidente Recep Tayyip Erdoğan seguirá enfrascado en su camino autoritario, quizás con una sed de venganza, o se acercará a sus opositores e intentará zanjar las profundas fisuras en la sociedad turca?
El jurado todavía está deliberando, pero a juzgar por ejemplos históricos anteriores, los retos importantes a líderes autoritarios o semi-autoritarios normalmente conducen a un endurecimiento del régimen, no a una mayor moderación. Y las medidas tomadas por Erdoğan desde el fracaso del golpe -se anunciaron casi inmediatamente arrestos masivos y purgas de miles de soldados, jueces, policías y maestros- parecen confirmar el escenario más pesimista.
Sin embargo, sería un error ver lo que hoy está sucediendo en Turquía exclusivamente a través del prisma de la personalidad de Erdogan y sus inclinaciones autoritarias. Él y su Partido de la Justicia y el Desarrollo (AKP) representan un cambio tectónico en la política turca que se replica en otros países de mayoría musulmana en Oriente Medio.
Al intentar desviar el recorrido de la historia turca del secularismo radical del fundador de la Turquía moderna, Kemal Atatürk, en un principio el AKP pareció salirse del molde autoritario kemalista. Como los observadores occidentales respaldaban la naturaleza secular del kemalismo, muchos pasaron por alto que el régimen se parecía más al fascismo europeo de los años 1930 -un estado nacionalista de partido único con el propio Atatürk en la cima de un culto a la personalidad- que a una democracia liberal. Recién en los años 1950 el sistema lentamente empezó a relajarse.
El secularismo kemalista no fue la expresión de un movimiento vasto y popular desde abajo; le fue impuesto por una pequeña elite urbana -militar e intelectual- a una sociedad tradicional y esencialmente rural. El kemalismo no sólo introdujo una variante del alfabeto latino, que cortó por completo todo vínculo de los turcos con su historia y su cultura; también prohibió las formas tradicionales de vestimenta (fez y pantalones holgados para los hombres; pañuelos para la cabeza en el caso de las mujeres) e impuso un código de vestimenta europeo a toda la población. Todos los apellidos de sonido árabe o musulmán tuvieron que cambiarse por apellidos turcos.
Ninguna sociedad europea ha experimentado un proceso tan tortuoso de revolución cultural de arriba hacia abajo. En Occidente, la secularización fue de la mano del proyecto iluminista de democratización y liberalización. En Turquía -y de una manera menos radical en el régimen del sha en Irán y de los dictadores militares en países como Egipto, Túnez, Siria e Irak-, la población nunca tuvo opción.
Las victorias electorales del AKP desde 2002 (así como los acontecimientos comparables en otros países musulmanes) de alguna manera fueron el retorno de los oprimidos. Como el sistema kemalista terminó liberalizándose políticamente (aunque no culturalmente), el surgimiento de un sistema multipartidario finalmente favoreció a los conservadores tradicionales cuyas preferencias habían sido negadas durante mucho tiempo.
Al mismo tiempo, la modernización económica llevó movilidad social a los conservadores, lo que condujo al surgimiento de una nueva burguesía que se aferró a sus valores religiosos tradicionales y que veía a la elite kemalista -presente en el ejército, la burocracia, el poder judicial y las universidades- como opresores. Estos votantes fueron la base de las victorias electorales y la legitimidad democrática del AKP. El esfuerzo reciente por parte de elementos del ejército -el escudo del secularismo kemalista- por revocar la voluntad popular (como lo ha hecho en tres oportunidades en los últimos 50 años) confirma el continuo enfrentamiento entre secularismo y democracia en Turquía.
Al mismo tiempo, la política exterior de Erdogan en los últimos años ha sido de todo menos exitosa. Su compromiso inicial con "cero conflictos con los vecinos" ha derivado, en cambio, en un deterioro de las relaciones con Armenia, Rusia, Israel y Egipto -para no mencionar un significativo boomerang doméstico, incluida una ola de ataques terroristas, por su participación en la guerra civil de Siria.
Nada de esto ha erosionado el respaldo a Erdogan en el país, mientras que Estados Unidos y la Unión Europea también lo apoyaron, aunque con los dientes apretados, contra el último intento de golpe. Esto es prueba del interés fundamental de las potencias occidentales en una Turquía estable, que la UE necesita para frenar futuras olas de inmigrantes, principalmente de Siria, y que Estados Unidos necesita para su guerra, limitada como es, contra el Estado Islámico. Cuesta creer que la persecución por parte de Erdogan de enemigos internos -reales e imaginarios- vaya a impedir que tanto Estados Unidos como la UE busquen la cooperación turca.
Pero la respuesta brutal de Erdogan al intento de golpe -que puede incluir farsas de juicios, además de la "depuración" de las instituciones públicas de remanentes del establishment secularista y de sus ex aliados en el movimiento Gülen- no hará más que profundizar las grietas dentro de la sociedad turca. Por cierto, los atentados terroristas fueron provocados no sólo por el Estado Islámico, sino también por militantes kurdos, cuyas demandas de autonomía desafían el concepto de una nación turca indivisible -una piedra angular del estado kemalista.
Antes del intento de golpe, Erdogan había tomado medidas significativas para reducir la tensión con Rusia e Israel. Pareciera poco probable que ambos esfuerzos vayan a salir mal como consecuencia de sus medidas severas luego del golpe. Sin embargo, la guerra civil de Siria no parece amainar y la implosión de facto de Siria como un estado coherente seguirá desafiando la política y la cohesión social de Turquía, en tanto más y más refugiados intentan llegar a Turquía.
En definitiva, el secularismo kemalista basado en el ejército demostró ser insostenible: su demolición bajo el AKP cuenta con un amplio respaldo. Pero el golpe fallido probablemente refuerce los aspectos intolerantes de la democracia bajo el mando de Erdogan, en la que la voluntad del pueblo y el régimen mayoritario va en contra del pluralismo, los derechos humanos y la libertad de expresión. Todavía está por verse la estabilidad de un sistema de estas características en Turquía -donde, a pesar de la oposición popular al golpe, la hostilidad hacia Erdogan es fuerte.
(*) Shlomo Avineri, docente en la Universidad Hebrea de Jerusalén, fue director general del Ministerio de Relaciones Exteriores de Israel.

Fuente:
http://elpais.com/elpais/2016/08/03/opinion/1470220472_030433.html

miércoles, 19 de junio de 2013

GRAN TAHRIR.... TAHERIDOS

EL PAÍS, Madrid, 17 de junio de 2013
LA CUARTA PÁGINA
Contra la actitud intimidatoria de Erdogan
Debemos apoyar a quienes defienden los mismos valores que nosotros en la plaza de Taksim en Estambul, pero no se puede esperar que Turquía se convierta de pronto en una Francia en el Mediterráneo oriental
Timothy Garton Ash

Otro año más, otro país más, otra plaza más: después de la plaza de San Wenceslao en Praga, la plaza de la Independencia en Kiev, la plaza Azadi en Teherán, la plaza Roja en Moscú y la plaza de Tahrir en El Cairo, ahora nos encontramos con la plaza de Taksim en Estambul. Todas ellas se muestran al mundo entero a través de unas imágenes fotográficas icónicas. Aquí, es esa joven con un vestido rojo, Ceyda Sungur, profesora de la Universidad Técnica de Estambul, mientras un policía antidisturbios le arroja gas lacrimógeno desde cerca. Los símbolos nacionales, las banderas y los colores cambian —verde en Irán, naranja en Kiev, rojo en Estambul—, pero la esencia de la imagen es la misma. Una joven moderna, urbana, seguramente laica, se enfrenta al hombre armado, con casco, sin rostro. Él representa a las fuerzas de la reacción, el autoritarismo y la dominación, ya sea al servicio de los ayatolás, el presidente Vladímir Putin o ese sultán frustrado que es el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan.
Vemos esta iconografía de la protesta pacífica, y sabemos de inmediato de qué lado estamos. Estamos con ellos. Ellos son de los nuestros; nosotros somos su gente. Influidos por el poder de sugestión de las imágenes visuales seleccionadas por las televisiones y los responsables de fotografía de los periódicos, así como por las preferencias colectivas espontáneas de las redes sociales, tenemos el sentimiento semiconsciente de que estamos ante una misma y larga lucha.
En cierto modo, ese sentimiento no está del todo descaminado. Existe hoy en el mundo entero una especie de Quinta Internacional de hombres y mujeres jóvenes, más preparados, que en su mayoría residen en ciudades, que se reconocen y se entienden en todas partes, desde Shanghái hasta Caracas y desde Teherán hasta Moscú. Como la generación de 1968, tienen algo en común, pero esta vez se extiende a todo el planeta. En parte, porque viajan mucho, viven y estudian en varios sitios. Aquí, en Berlín, acabo de ver a una estudiante turcoalemana o germanoturca que participó en las protestas, llamada Ebru Dursun, explicar con calma a los teleespectadores, en un alemán impecable, qué está ocurriendo y a qué aspiran los manifestantes como ella.
En otro aspecto, este sentimiento nos puede arrastrar a una deriva peligrosa. Cada una de esas plazas representa un momento distinto en un contexto muy diferente, y los resultados también han sido de lo más variado. En la plaza de Taksim, hasta que la limpiaron de forma brutal con cañones de agua, gas lacrimógeno y porrazos de la policía, había también gente de la minoría aleví del país, “musulmanes anticapitalistas”, hinchas de fútbol de tres clubes rivales, sufíes, anarquistas y yoguis. Todos estaban unidos en una misma causa: impedir que Erdogan sea un nuevo sultán, como sucedería si el año que viene logra convertirse en un presidente ejecutivo y reforzado.
El líder turco ha pasado de ser un modelo de esperanza para la región a un símbolo del miedo
Cuando el primer ministro regresó a Turquía, después de un viaje al extranjero, se subió a su autobús de dos pisos y proclamó a sus partidarios: “Desde aquí saludo a las ciudades hermanas de Estambul: Sarajevo, Bakú, Beirut, El Cairo, Skopje, Bagdad, Damasco, Gaza, Ramala, La Meca y Medina”. Vaya lista. La mayoría de los dirigentes políticos sucumben a la soberbia cuando llevan más de 10 años en el poder. Erdogan, que siempre tuvo una personalidad autoritaria, lo ha hecho desde su reelección en 2011, tras la cual apartó a sus asesores más independientes, pero su soberbia está adquiriendo dimensiones gigantescas. Una consecuencia es ya innegable: aunque permanezca en el poder, su reputación internacional nunca se recobrará. Con sus diatribas sobre “el fin de la tolerancia” y sobre los “vándalos”, “provocadores” y “terroristas”, ha pasado de ser un modelo de esperanza para la región a un símbolo del miedo.
También debemos dejar claro lo que no es este fenómeno. Una pancarta improvisada en la zona que los manifestantes llamaban “Resistambul” decía “Ahora, Tahrir es Taksim”. Pero Taksim nunca ha sido Tahrir, ni mucho menos Tiananmen, porque Turquía no es una dictadura. Es una democracia electoral. Una democracia muy imperfecta, desde luego, con un Estado de derecho debilitado, insuficientes derechos para las minorías y unos medios de masas intimidados o manipulados —Turquía ha encarcelado a más periodistas que China—, pero una democracia. Y en las últimas elecciones, Erdogan obtuvo el 50% del voto popular.
Otra cosa que tampoco es la protesta en Turquía, es lo que sugiere en tono siniestro Erdogan: una especie de conspiración occidental. Puede que los manifestantes a los que nos gusta enfocar con las cámaras asuman los valores que consideramos europeos y occidentales, pero no como resultado de ninguna política de Europa ni Occidente. Hace 10 años, cuando la gente en Turquía creía todavía que la Unión Europea pensaba verdaderamente cumplir su promesa de negociaciones para su entrada, habría podido parecer que unas manifestaciones de ese tipo eran parte de un largo recorrido nacional “hacia Europa”. Pero ahora esa fe en el atractivo de la pertenencia a la UE está muy desvaída. De modo que, si los turcos adoptan esos valores, lo hacen por los principios, no como medio para lograr ningún fin geopolítico o económico. Lo irónico es que ese cambio puede ser positivo, porque entonces lo que estamos viendo es una batalla turca por las libertades turcas, nada más y nada menos.
Esa fe en el atractivo de la pertenencia a la Unión Europea está ahora muy desvaída
Hace unos días pregunté a un astuto observador político turco, recién llegado de Estambul, qué debían hacer los dirigentes europeos como reacción a “Taksim”. Su respuesta fue: nada. Que sean los propios turcos. Me mostré de acuerdo con él, pero hoy ya no puedo estarlo. Ante la arrogancia con que Erdogan intimida a su pueblo, los líderes europeos deben alzar la voz, aunque, como le sucedió al comisario de Ampliación de la UE, Stefan Füle, el aspirante a sultán se quite los auriculares de la traducción simultánea mientras está oyendo el mensaje.
No obstante, debemos encontrar un justo medio. Tenemos que mostrar una solidaridad total con quienes están defendiendo unos valores que compartimos, con esas jóvenes de las fotos a las que reconocemos de manera instintiva como parte de “nosotros”. De hecho, hay algunos que son verdaderamente “nosotros”, en el sentido estricto de que viven al menos parte del tiempo en Europa y son ciudadanos europeos.
Ahora bien, al mismo tiempo, debemos reconocer que no son ellos quienes ganaron las últimas elecciones ni probablemente ganarán las próximas. Desde el punto de vista político, un resultado realista es que venza el presidente actual, Abdullah Gül, junto con los moderados pertenecientes a su corriente del partido en el Gobierno. Incluso en una democracia liberal más genuina, el “modelo turco” no sería una especie de República Francesa en el Mediterráneo Oriental. En el mejor de los casos sería una combinación de laicismo y democracia, con el reconocimiento del islam como religión mayoritaria. Entonces podría volver a ser un polo de atracción para gran parte de Oriente Próximo, además de candidato serio a la Unión Europa. Si Turquía avanza en esa dirección en los próximos años, en parte como consecuencia de este momento en Taksim, los manifestantes reprimidos con gas no habrán derramado sus lágrimas en vano.
(*) Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige www.freespeechdebate.com, e investigador titular de la Hoover Institution, Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: Ideas y personajes para una década sin nombre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.
Fotografía: Murad Sezer. Puede verse la serie fotográfica en:
http://internacional.elpais.com/internacional/2013/06/16/album/1371334877_505617.html#1371334877_505617_1371337094