NOTITARDE, Valencia, 8 de junio de 2014
"Caminando con Cristo"
La acción del Espíritu Santo (jn.20,19-23)
Pbro. Lic. Joel de Jesús Núñez Flautes
En uno de mis artículos anteriores, he dicho que los cristianos católicos creemos en Dios Uno y Trino, que es Padre, Hijo y Espíritu Santo; un solo Dios en tres personas distintas, misterio primario de nuestra fe católica. Hoy celebramos en la Iglesia la fiesta de Pentecostés o la fiesta del Espíritu Santo, la tercera persona de la Santísima Trinidad de la cual Cristo habla reiteradamente en los evangelios, especialmente en el evangelio de San Juan y que también en los Hechos de los Apóstoles, escrito por San Lucas, se narra el acontecimiento de Pentecostés. Debemos decir de entrada que la fiesta del Espíritu Santo es la fiesta de la Iglesia, porque ésta surge con fuerza e inaugura su misión el día en que Cristo envió sobre sus Apóstoles, reunidos en oración en el Cenáculo junto con María y otras mujeres, al Espíritu Santo que los capacitó internamente para predicar con valentía la Buena Noticia del Evangelio que está centrado en la persona de Nuestro Señor, Jesucristo. Bajo este impulso del Espíritu Santo los Apóstoles y la primera comunidad reunida en torno a ellos, pasan del miedo a la valentía, de la debilidad a la fuerza, del pesimismo a la esperanza, de la incredulidad a la fe y del egoísmo que encierra y paraliza al amor que se dona y es capaz del martirio por la verdad que se anuncia y de la cual ellos han sido testigos cualificados.
Pentecostés es una palabra griega que significa cincuenta días; en este caso, cincuenta días después de la Pascua, lo que hemos celebrado durante estos días, que es la victoria de Jesús sobre la muerte y el pecado y ahora, luego de ese acontecimiento central de nuestra fe, El Padre y el Hijo envían sobre la humanidad el Don del Espíritu Santo, que hará morada en el corazón de la persona que por la fe manifieste su fe en Cristo muerto y resucitado, crea en su mensaje y esté dispuesto con su vida, palabras, obras, sentimientos, pensamientos y voluntad a dar testimonio de Jesucristo ante el mundo; no como un fanático petulante, sino como un soldado valiente de Cristo, que con humildad y fe manifiesta ante el mundo aquello que él ha experimentado en su existencia al abrir su corazón a ese Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y que gracias al Don del Espíritu Santo convierte su vida, toda su existencia en un tabernáculo sagrado donde Dios vive y mora de manera especial para guiar, sostener y fortalecer su vida. Por supuestos, hay que decir que no es a partir del acontecimiento de Pentecostés que aparece por primera vez el Espíritu Santo, ya desde el acontecimiento de la Resurrección él actúa de manera especial, pero es a partir de este momento en que de manera singular se manifiesta y es donado a la comunidad cristiana o a la Iglesia naciente.
Algunos especialistas en el método científico o en el afán de racionalizar todo querrán buscar argumentaciones o demostraciones de éste acontecimiento de Pentecostés; pero debemos decir que tanto la Resurrección como la Ascensión y la fiesta del Espíritu Santo que hoy celebramos son acontecimientos metahistóricos, que son comprendidos desde la fe y que trascienden nuestra capacidad racional y están fuera de toda precisión histórica o científica. Es un dato de la Revelación y decir esto significa un Dios que se muestra a la humanidad y, por tanto, sólo desde la fe y no con nuestra racionalidad limitada podemos entender lo que Dios mismo nos quiere comunicar. Hay que decir también, que no es difícil aceptar un dato de fe, cuando en nuestra misma realidad humana hay cosas que por muy humanas que son no somos capaces de descifrar científicamente, ni demostrar o comprender a plenitud; hay una verdad que nos sobrepasa y al mismo tiempo nos envuelve.
Lo hermoso de la fiesta de Pentecostés es que así como fue la misión de Cristo, la de los Apóstoles y de la primera comunidad cristiana va signada por el Espíritu Santo que fue protagonista en la vida de Jesús desde su Encarnación (Lc. 1,35), en el bautismo en el Jordán, las tentaciones en el desierto y su predicación iniciada en Galilea hasta su muerte y resurrección. Así el Espíritu va a ser protagonista, desde el principio hasta el final, en la vida y acción evangelizadora de la Iglesia y por ende, en la vida y acción de cada cristiano que ha recibido el Don del Espíritu Santo de Dios en el bautismo y en la confirmación, convirtiéndose así en templo vivo donde Dios habita. (Hch. 2,1-11 ; 1Cor. 12, 3-13).
IDA Y RETORNO: Hoy día de Pentecostés y día del Seminario se celebrará una misa en Catedral, presidida por nuestro querido Arzobispo Mons. Reinaldo y donde otorgará el ministerio del lectorado y del acolitado a algunos jóvenes seminaristas de Valencia que caminan hacia el sacerdocio. Tendrán la facultad de ser lectores y predicadores de la Palabra de Dios y podrán asistir al sacerdote en la celebración de la Eucaristía y llevar la comunión a los enfermos. Los lectores serán: Adrián Páez, Juan Díaz, Joel Méndez, Pedro Oliveros, José Zárraga y los acólitos serán: José Padrón y Greivin Fagundez. Los felicitamos.
Cfr. Isabel Vidal de Tenreiro: http://elimpulso.com/articulo/buena-nueva-arma-secreta-del-espiritu-santo#
Ilustración: Totti Moreno.
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lunes, 9 de junio de 2014
VIVIRLO
Vivir a Dios desde dentro
José Antonio Pagola
Hace algunos años, el gran teólogo alemán Karl Rahner se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual”.
El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.
Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.
En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿ Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?
Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.
Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.
http://odresnuevos.wordpress.com/evangelio-domingos/evangelio-8-junio-2014/
Cfr. José Martínez de Toda (SJ): http://www.jesuitas.org.co/homilias/1062.pdf Ilustración: https://todoelorodelmundo.wordpress.com/tag/jesus-de-nazaret/page/2/.
Ilustración: Totti Moreno.
José Antonio Pagola
Hace algunos años, el gran teólogo alemán Karl Rahner se atrevía a afirmar que el principal y más urgente problema de la Iglesia de nuestros tiempos es su “mediocridad espiritual”. Estas eran sus palabras: el verdadero problema de la Iglesia es “seguir tirando con una resignación y un tedio cada vez mayores por los caminos habituales de una mediocridad espiritual”.
El problema no ha hecho sino agravarse estas últimas décadas. De poco han servido los intentos de reforzar las instituciones, salvaguardar la liturgia o vigilar la ortodoxia. En el corazón de muchos cristianos se está apagando la experiencia interior de Dios.
La sociedad moderna ha apostado por “lo exterior”. Todo nos invita a vivir desde fuera. Todo nos presiona para movernos con prisa, sin apenas detenernos en nada ni en nadie. La paz ya no encuentra resquicios para penetrar hasta nuestro corazón. Vivimos casi siempre en la corteza de la vida. Se nos está olvidando lo que es saborear la vida desde dentro. Para ser humana, a nuestra vida le falta una dimensión esencial: la interioridad.
Es triste observar que tampoco en las comunidades cristianas sabemos cuidar y promover la vida interior. Muchos no saben lo que es el silencio del corazón, no se enseña a vivir la fe desde dentro. Privados de experiencia interior, sobrevivimos olvidando nuestra alma: escuchando palabras con los oídos y pronunciando oraciones con los labios, mientras nuestro corazón está ausente.
En la Iglesia se habla mucho de Dios, pero, ¿dónde y cuándo escuchamos los creyentes la presencia callada de Dios en lo más hondo del corazón? ¿Dónde y cuándo acogemos el Espíritu del Resucitado en nuestro interior? ¿ Cuándo vivimos en comunión con el Misterio de Dios desde dentro?
Acoger al Espíritu de Dios quiere decir dejar de hablar solo con un Dios al que casi siempre colocamos lejos y fuera de nosotros, y aprender a escucharlo en el silencio del corazón. Dejar de pensar a Dios solo con la cabeza, y aprender a percibirlo en los más íntimo de nuestro ser.
Esta experiencia interior de Dios, real y concreta, transforma nuestra fe. Uno se sorprende de cómo ha podido vivir sin descubrirla antes. Ahora sabe por qué es posible creer incluso en una cultura secularizada. Ahora conoce una alegría interior nueva y diferente. Me parece muy difícil mantener por mucho tiempo la fe en Dios en medio de la agitación y frivolidad de la vida moderna, sin conocer, aunque sea de manera humilde y sencilla, alguna experiencia interior del Misterio de Dios.
http://odresnuevos.wordpress.com/evangelio-domingos/evangelio-8-junio-2014/
Cfr. José Martínez de Toda (SJ): http://www.jesuitas.org.co/homilias/1062.pdf Ilustración: https://todoelorodelmundo.wordpress.com/tag/jesus-de-nazaret/page/2/.
Ilustración: Totti Moreno.
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José Antonio Pagola,
San Juan 20: 19-23,
Totti Moreno
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