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jueves, 9 de abril de 2020

DE LAS VERDADES A MEDIO CAMINO

La pandemia ante la razón histórica
José Rafael Herrera 

A Julio Jiménez Gédler

Mucho se ha escrito en los últimos meses acerca de las pandemias que ha sufrido la humanidad a lo largo de su historia, quizá con el propósito de comprender las consecuencias que pueda acarrear esta última, la de hoy, la primera que recibe, con los largos e intensamente fulgurantes brazos de Caronte –barquero de Hades y guía de las errantes sombras de los difuntos–, al siglo que apenas se inicia. Se trata del llamado coronavirus o “virus corona”, dada su peculiar similitud con la forma característica de las coronas que le impusieron al mundo las monarquías. Mayor ironía de los tiempos resulta imposible. Una nueva y avasallante monarquía de la mala infinitud parece haberse impuesto sobre el planeta. No distingue edades, ni géneros, ni color de la piel, ni religiones, ni profesiones, ni estatus social. Y es que, esta vez, se trata del reinado de millones de microscópicas coronas, devenidas populacho iracundo, lumpen pestilente, turba salvaje, agresiva y mortal. Espejo de inversiones y torsiones que subvierten la realidad en su apariencia y la apariencia en su realidad, que trastoca lo mínimo en máximo, lo uno en múltiple, el finito en mal infinito, el todo en partes incontables. El ser ha sido suspendido. Lo sólido se diluye y desvanece en las manos de la muerte que, acechante, ronda las calles, mientras va conduciendo los destinos de un cambio inevitable y sustancial.

En una sociedad como la actual, que ha hecho de la “abstracción real” –como la denominara Sohn-Rethel– el cimiento esencial de su existencia, el mundo hasta hoy conocido pareciera haber entrado en un largo paréntesis de espera líquida en el que, más que como una simple percepción, el temor por la muerte se confunde con el temor por la vida. Y es que las formas ideológicas –a diferencia de las torpes formulaciones matematizantes que se imaginaba Althusser– no son, simplemente, una “falsa conciencia”, sino una realidad efectiva que crece y se reproduce bajo la condición de que quienes participan de ella desconozcan por completo la referencia esencial que la hace girar. No, pues, la falsa conciencia del ser, sino el ser soportado por la falsa conciencia, el no saber lo que se hace ni para qué se hace devenido modo de vida. Hasta que la dinámica del quehacer termina por generar su propia peste, la pandemia de sí misma y para sí misma. Solo se puede participar en el juego en la medida en la cual el logos que lo sustenta se hace fantasmal, inaprehensible, nouménico. Pero el fracaso del ritmo de su no-interpretación es la confirmación misma del síntoma, la fisura, el desequilibrio patológico que termina apoderándose de la vida hasta transformarla en temor, enfermedad y muerte.

En la más reciente de sus crónicas científicas, el químico, doctor y profesor universitario Paulino Betancourt ha descrito con precisión los insumos necesarios para las consideraciones antes formuladas: “Al momento de escribir estas líneas, las muertes globales por el virus ya han pasado de 58.000 con más de 1 millón de casos. Además, la pandemia ha provocado pérdidas generalizadas de empleos y amenazado el sustento de millones, mientras las empresas luchan por hacer frente a las restricciones establecidas”. Y sin embargo, “a medida que las industrias, las empresas y los sistemas de transporte han cerrado, se ha producido una caída repentina de las emisiones de carbono. La actividad económica se ha estancado y los mercados bursátiles se han desplomado junto con la caída en estas emisiones. Solo una amenaza inmediata y existencial como el covid-19 podría haber llevado tan profundo y rápido”. Y si bien “una pandemia global que reclama la vida de las personas no debería verse como una forma de provocar un cambio ambiental”, la inaudita agresión de la pandemia impone, en primer lugar, mantener la paciencia y precaución –incluyendo el “quedarse en casa”– necesarias para preservar la vida, y, en segundo lugar, terminará dejando “una lección que podría ser invaluable para enfrentar el cambio climático”, y quizá el modo de producir en sociedad y de relacionarnos entre sí con la naturaleza. Es imposible que, después del siniestro covid-19, no surja una nueva Lebensanschauung global. A menos que el empeño de autodestrucción prevalezca.

Por cierto, es verdad que, acerca de ella –de la naturaleza–, Hegel ha afirmado que su “muerte es la vida del espíritu”, pero no por el hecho de ser lo que hoy se definiría como un “antiecologista”, sino, todo lo contrario, por ser crítico de las “abstracciones reales” o verdades a medio camino que caracterizan el modo de producción propio del entendimiento abstracto. En tiempos de pandemia, la expresión hegeliana debe ser comprendida adecuadamente, con el fin de ofrecer una definición capaz de trascender las limitaciones trazadas rígidamente por el sistema de representaciones –la ideología, precisamente– que ha terminado por producir no solo el desgarramiento de la humanidad con el entorno natural sino, además, generar daños pandémicos, como el que hoy amenaza seriamente tanto la vida de la naturaleza como la vida social. La denuncia de Hegel frente a los dualismos de Descartes, de Leibniz o de Kant, la estructura de la “forma-mercancía” que subyace en el interior de esas especulaciones, son sustentos metafísicos plenamente vigentes del actual sistema de racionalidad instrumental, lo que permite comprender la lógica ontológica que traspasa y posibilita el reconocimiento inmanente de naturaleza y espíritu.. La naturaleza es presentada, al final de la Ciencia de la Lógica, como “el despedirse de sí de la idea de una naturaleza contrapuesta”, el íntimo contenido lógico de lo natural, justamente lo que exige el profesor Betancourt cuando exhorta a llevar adelante un modelo de desarrollo mundial sustentado en una “economía descarbonizada”.

Es verdad que Slavoj Zizek es, respecto del quehacer filosófico, similar a un elefante paseándose por los estrechos pasillos de una tienda que exhibe en sus estanterías delicadas porcelanas, y que tanto su ideal de “comunismo reinventado”, como sus llamados nostálgicos de vuelta a la burocracia socialista, no solo son poco consistentes desde la perspectiva histórico-filosófica, sino que son la prueba viviente de la presencia de sedimentaciones proféticas, de una arcana mística ortodoxa, en sus ensayos. Y sin embargo, su propuesta de crear conciencia de la necesidad, de establecer una coordinación global, con un consensuado “enfoque colectivo e integral”, que involucre a “todas las maquinarias gubernamentales” del planeta, es, de suyo, un paso decisivo en la construcción de los fundamentos de la sociedad mundial que se viene con el nuevo siglo. La sociedad que quedará tras la peste tendrá que aprender a vivir con el recuerdo de sus miserias y fracasos. La historia enseña sus lecciones. Queda de parte de la humanidad aprenderlas o ignorarlas.

09/04/2020:

miércoles, 25 de marzo de 2020

DICHO Y CONTRADICHO

El filósofo Zizek sobre el coronavirus: es un golpe letal al capitalismo y una oportunidad para reinventar la sociedad
Slavoj Žižek es un filósofo, sociólogo, psicoanalista y crítico cultural esloveno. Es director del Instituto Birkbeck de Humanidades de la Universidad de Londres.​​

Slavoj Zizek, uno de los más ardientes críticos del sistema capitalista y de las "ideologías" sobre las que se apuntala, ha escrito una columna sobre el coronavirus para el sitio Russia Today, buena parte de la cual ha sido traducida en este artículo en Medium.
Zizek apunta a que el coronavirus ha destapado la realidad insostenible de otro virus que infecta a la sociedad: el capitalismo. Mientras que muchas personas mueren, la gran preocupación de los estadistas y empresarios es el golpe a la economía, la recesión, la falta de crecimiento del producto interno bruto y cosas por el estilo.
Este colapso económico se debe a que la economía está basada fundamentalmente en el consumo y en la persecución de valores propugnados por la visión capitalista, como la riqueza material. Pero esto no tendría que ser así, no tendría que haber una tiranía del mercado. Zizek sugiere que el coronavirus presenta también la oportunidad de tomar conciencia de los otros virus que se esparcen por la sociedad desde hace mucho tiempo y de reinventar la misma:
La actual expansión de la epidemia de coronavirus ha detonado las epidemias de virus ideológicos que estaban latentes en nuestras sociedades: noticias falsas, teorías conspirativas paranoicas y explosiones de racismo.
La bien fundamentada necesidad médica de establecer cuarentenas hizo eco en las presiones ideológicas para establecer límites claros y mantener en cuarentena a los enemigos que representan una amenaza a nuestra identidad. Pero tal vez otro –y más beneficioso– virus ideológico se expandirá y tal vez nos infecte: el virus de pensar en una sociedad alternativa, una sociedad más allá de la nación-Estado, una sociedad que se actualice como solidaridad global y cooperación.
Zizek considera que se puede comparar lo que está sucediendo con un famoso golpe asesino de la película Kill Bill, conocido como "técnica del corazón explosivo", con el que la persona que lo recibe aún puede  seguir sus actividades por un tiempo, beber una copa de vino, tener una conversación, etc., aunque pronto inevitablemente su corazón explotará y morirá: "Mi modesta opinión sobre la realidad es mucho más radical: la epidemia de coronavirus es una forma especial de ‘técnica del corazón explosivo’ en el sistema global capitalista, un síntoma de que no podemos seguir en el camino que hemos seguido hasta ahora, se necesita ese cambio".
Zizek nota varias paradojas. Mientras que el coronavirus nos obliga a aislarnos, también "nos obliga a re-inventar el comunismo basándonos en la confianza en las personas y la ciencia".
El filósofo cree que es necesario un nuevo entendimiento del comunismo y habría que precisar, sobre todo, de la comunidad. Otra paradoja, aunque quizá también una especie de hipérbole trágica –si bien posiblemente redentora– es que en la era en la que el ser humano se encuentra más aislado, ahora deberá aislarse todavía más; en el tiempo en el que más necesita contacto humano real y no meramente virtual, ahora parece que el contacto físico será tabú.
Pero quizá de este aislamiento surgirán nuevos valores y se reafirmará la importancia de la comunidad, la convivencia y la intimidad. Lo que es indudable es que es un tiempo de reflexión, un tiempo en el que hay menos ruido y por lo tanto, la posibilidad de mayor claridad.

Fuente:

Byung-Chul Han: “Žižek se equivoca. El virus no vencerá al capitalismo”
El filósofo surcoreano publicó una columna en la que refuta al pensador esloveno y su teoría de que el coronavirus es un golpe mortal ala sistema económico.
Andrés Gómez Bravo
 
En una de las escenas más célebres de Kill Bill vol. 2, el personaje de Uma Thurman (La Novia) da muerte a Bill con un golpe maestro: los cinco puntos de presión para explotar un corazón. Cinco golpes veloces y ligeros como dardos que provocan una muerte fulminante. Marxista y cinéfilo, el filósofo esloveno Slavoj Žižek utilizó la imagen para referirse a los efectos del coronavirus: la epidemia será un golpe así de mortal “contra el sistema capitalista global”, escribió. Su frase se viralizó en las redes digitales, pero no impresionó al filósofo sudcoreano Byung-Chul Han: “Žižek se equivoca”, dice. “El virus no vencerá al capitalismo”.
Nacido en Seúl en 1959 y residente en Berlín hace 35 años, el autor de La sociedad del cansancio publicó una columna sobre la crisis sanitaria en el diario El País. Titulada La emergencia viral y el mundo del mañana, en ella el filósofo contrasta las medidas adoptadas y los resultados dispares obtenidos en Asia y Europa.
Profesor en la Universidad de Artes de Berlín, Byung-Chul Han habla de la ventaja de los ciudadanos asiáticos ante la epidemia. Por tradición cultural, dice, ellos son más propensos a obedecer y confían en el Estado, a diferencia de los europeos.
Del mismo modo, subraya la forma en que China pero también Taiwán y Corea, utilizan las datos digitales de los ciudadanos. “Sobre todo, para enfrentarse al virus los asiáticos apuestan fuertemente por la vigilancia digital. Sospechan que en el big data podría encerrarse un potencial enorme para defenderse de la pandemia”, señala. Así, en la batalla contra el virus se encuentran científicos y especialistas en informática y macrodatos.
Y ante los efectos que ha provocado y aún puede provocar la crisis, contradice al filósofo esloveno.
“Žižek afirma que el virus ha asestado al capitalismo un golpe mortal, y evoca un oscuro comunismo. Cree incluso que el virus podría hacer caer el régimen chino. Žižek se equivoca. Nada de eso sucederá”, afirma.
Según Byung-Chul Han, el virus no remecerá a China, en todo caso Pekín podría exportar su modelo de control policial basado en la vigilancia digital y que le ha permitido manejar exitosamente la crisis. “Y tras la pandemia, el capitalismo continuará aún con más pujanza”, dice.
Pese al pánico el sistema financiero global, el coronavirus no logrará derribar al modelo económico, opina. “El virus no vencerá al capitalismo. La revolución viral no llegará a producirse. Ningún virus es capaz de hacer la revolución”, afirma.
Consecuentemente, rebate la teoría de Žižek de que el COVID-19 esparcirá un virus ideológico que hará nacer una sociedad alternativa.
“El virus nos aísla e individualiza. No genera ningún sentimiento colectivo fuerte (…). La solidaridad consistente en guardar distancias mutuas no es una solidaridad que permita soñar con una sociedad distinta, más pacífica, más justa. No podemos dejar la revolución en manos del virus”, asevera. quienes tenemos que repensar y restringir radicalmente el capitalismo destructivo, y también nuestra ilimitada y destructiva movilidad, para salvarnos a nosotros, para salvar el clima y nuestro bello planeta”, concluye.

Fuente:

lunes, 28 de agosto de 2017

ZIZEK VIVE MUY LEJOS DE ACÁ

EL MUNDO, Barcelona, 22 de agosto de 2017
 TRIBUNA
Venezuela y la necesidad de nuevos clichés
Slavoj Zizek

A comienzo de los años setenta, en una nota a la CIA en la que aconsejaba cómo socavar el Gobierno democráticamente electo de Salvador Allende, Henry Kissinger escribía sucinto: "Haced que la economía grite". Altos representantes de Estados Unidos admiten abiertamente que hoy en día se está aplicando la misma estrategia en Venezuela: el que fuera secretario de Estado americano Lawrence Eagleburger afirmó en Fox News que la atracción que los venezolanos sienten hacia Chávez "se mantendrá mientras la población de Venezuela lo vea capaz de mejorar su nivel de vida. Si en algún momento la economía se pone realmente mal, la popularidad de Chávez en el país sin duda bajará, y ésta es una de las primeras armas que tenemos contra él y que ya deberíamos estar utilizando: las herramientas para intentar empeorar la economía aún más, de manera que el atractivo de Chávez en el país y en la región disminuya (...) Todo aquello que podamos hacer para dificultarles la economía en este momento es una buena cosa, pero hagámoslo de forma que no entremos en conflicto directo con Venezuela si es posible". Lo mínimo que se puede decir de estas afirmaciones es que hacen creíble la premisa de que las dificultades económicas a las que se enfrentó el Gobierno de Chávez (importantes recortes en los suministros de productos y electricidad en todo el país, etc.) no fueron sólo el resultado de la ineptitud de su propia política económica. Y aquí nos encontramos con el punto político clave, difícil de tragar para algunos liberales: está claro que no estamos tratando con procesos y reacciones ciegas del mercado (como, por ejemplo, propietarios de tiendas intentando obtener más beneficios sacando algunos productos de sus estanterías), sino con una estrategia elaborada y totalmente planificada.

Sin embargo, aun siendo cierto que la catástrofe económica de Venezuela es en gran medida el resultado de la conjunción de las grandes fortunas del país y de la intervención de Estados Unidos, y que el núcleo de la oposición al régimen de Maduro son corporaciones de extrema derecha y no las fuerzas democráticas, esta visión genera más preguntas, y aún más complicadas. En vista de estos reproches, ¿por qué no ha habido en Venezuela una izquierda capaz de ofrecer una alternativa radical auténtica a Chávez y Maduro? ¿Por qué se dejó la iniciativa de la oposición a Chávez en manos de la extrema derecha, que hegemonizó con éxito la lucha opositora, imponiéndose como la voz de (incluso) la gente corriente que sufre las consecuencias de la mala gestión económica chavista?

Chávez no sólo fue un populista que malgastaba el dinero del petróleo; lo que la mayor parte de los medios internacionales pasan por alto son sus complejos y en ocasiones desiguales esfuerzos para superar la economía capitalista, experimentando con nuevas formas de organización de la producción que intentan ir más allá de la alternativa de propiedad privada o estatal: cooperativas de granjeros y trabajadores, participación, control y organización de la producción por parte de los trabajadores, diferentes formas híbridas entre la propiedad privada y el control y la organización social, etc. (Por ejemplo, fábricas en desuso por parte de los propietarios se ceden a los trabajadores para que las gestionen). Ha habido muchos intentos fallidos en este camino: la cesión de la propiedad de fábricas nacionalizadas a los trabajadores, distribuyendo las acciones entre ellos, se probó en varias ocasiones y fue finalmente abandonado. Aunque estamos hablando de auténticos intentos de interacción entre las iniciativas de las bases y las propuestas del Estado, uno también debe tener en cuenta los muchos fallos económicos, ineficiencia, corrupción generalizada, etc. Lo habitual es que tras un año (o medio) de trabajo entusiasta, las cosas comienzan a desmoronarse.

En los primeros años del chavismo, no hay duda de que fuimos testigos de una amplia movilización popular. Sin embargo, la gran pregunta sigue siendo: ¿cómo debería esta confianza en la autoorganización popular influir en la gestión de un Gobierno? ¿Podemos imaginar un auténtico poder comunista hoy en día? Los resultados más recientes han sido desastre (Venezuela), capitulación (Grecia), o una vuelta absoluta al capitalismo (China, Vietnam). Tal y como lo describe Julia Buxton, la revolución bolivariana "ha transformado las relaciones sociales en Venezuela y ha tenido un impacto enorme en la totalidad del continente. Pero lo trágico es que nunca fue debidamente institucionalizado y por eso acabó siendo insostenible". Afirmar que las políticas auténticamente emancipadoras deberían mantener la distancia con el Estado es demasiado fácil: el gran problema de fondo es qué hacer con el Estado. ¿Acaso podemos imaginar una sociedad fuera del Estado? Estos problemas se deberían afrontar aquí y ahora, no hay tiempo para esperar a una hipotética situación futura y, mientras tanto, mantener una distancia segura del Estado.

Si realmente queremos cambiar las cosas, deberíamos aceptar que nada puede cambiarse realmente (dentro del sistema existente). Jean-Luc Godard proponía el lema "Ne change rien pour que tout soit différent" (no cambies nada para que todo sea diferente), dando la vuelta a "algo debe cambiar para que todo siga igual". Las últimas dinámicas capitalistas de consumo consisten en bombardearnos constantemente con nuevos productos, pero ese mismo cambio constante se vuelve cada vez más monótono. Llegados al punto en que sólo la autorevolución constante puede mantener el sistema, aquellos que no quieren cambiar nada son efectivamente los agentes del cambio auténtico: el cambio del mismo principio del cambio.

O, en otras palabras, el auténtico cambio no es sólo superar el viejo orden sino, sobre todo, establecer uno nuevo. En cierta ocasión Louis Althusser improvisó una tipología de líderes revolucionarios digna de la clasificación que Kierkegaard hacía de los humanos en oficinistas, trabajadoras del hogar y deshollinadores: los que citan proverbios, los que no citan proverbios, y los que inventan (nuevos) proverbios. Los primeros son canallas (es lo que Althusser pensaba de Stalin), y los segundos son grandes revolucionarios condenados al fracaso (Robespierre); sólo los terceros entienden la verdadera naturaleza de la revolución y triunfan (Lenin, Mao). Esta triada refleja las tres formas de relacionarse con el Gran Otro (la sustancia simbólica, el terreno de las costumbres y los deseos no escritos que encuentran en la estupidez de los proverbios su mejor expresión). Los canallas simplemente reinscriben la revolución en la tradición ideológica de su nación (para Stalin, la Unión Soviética era la última etapa del desarrollo progresivo de Rusia). Los revolucionarios radicales como Robespierre fracasan porque simplemente representan una ruptura con el pasado sin lograr introducir con su esfuerzo un nuevo conjunto de costumbres (recordemos el tremendo fracaso de Robespierre al intentar sustituir la religión con el nuevo culto a un Ser Supremo). Líderes como Lenin y Mao triunfaron (al menos durante un tiempo) porque inventaron nuevos proverbios, lo que significa que impusieron nuevas costumbres para regular la vida cotidiana. Uno de los mejores goldwynismos cuenta cómo Sam Goldwyn, tras enterarse de que los críticos se quejaban de que en sus películas había demasiados viejos clichés, escribió un memorándum a su departamento de guionistas: "¡Necesitamos más clichés nuevos!". Tenía razón, y esta es la tarea más difícil de una revolución, crear nuevos clichés para el día a día.

Pero se debería dar incluso un paso más allá. La tarea de la izquierda no es sólo proponer un nuevo orden, sino también cambiar el propio horizonte de lo que parece posible. Por eso, la paradoja de nuestro dilema es que, si bien las diferentes resistencias al capitalismo global parecen fracasar una y otra vez en frenar su avance, siguen desconectadas de las muchas tendencias que señalan claramente la desintegración progresiva del capitalismo, como si las dos tendencias (resistencia y auto-desintegración) se movieran a diferentes niveles y no pudieran encontrarse. Así, obtenemos protestas fútiles en paralelo con la decadencia inmanente, y no parece haber manera de juntar a las dos en un acto coordinado de derrota emancipadora del capitalismo. ¿Cómo se ha llegado a esto? Mientras que la (mayoría de la) izquierda intenta desesperadamente proteger los antiguos derechos de los trabajadores de las arremetidas del capitalismo global, los que hablan de postcapitalismo son casi exclusivamente los propios capitalistas más progresistas (desde Elon Musk a Mark Zuckerberg), como si el mismo capitalismo se hubiera apropiado del tema de la transición del capitalismo tal y como lo conocemos a un nuevo orden postcapitalista.

En Ninotchka, la obra de Ernst Lubitch, el héroe entra en una cafetería y pide un café sin nata. El camarero responde: "Perdone, pero se nos ha acabado la nata. ¿Lo quiere sin leche?". En ambos casos, el cliente obtiene café solo, pero a este café lo acompaña cada vez una negación diferente, primero café-sin-nata, luego café-sin-leche. La diferencia entre café solo y café sin leche es puramente virtual, no existe diferencia en la taza de café real, y la falta en sí funciona como un rasgo positivo. Esta paradoja también está bien expresada en un viejo chiste yugoslavo sobre los montenegrinos (estigmatizados como gente vaga en la ex Yugoslavia): ¿por qué los montenegrinos ponen dos vasos, uno lleno y otro vacío, al lado de su cama cuando se van a dormir? Porque son demasiado vagos para pensar por adelantado si tendrán o no sed durante la noche. Lo que este chiste quiere decir es que la ausencia en sí misma tiene que reflejarse de manera positiva: no es suficiente tener un vaso de agua lleno, pues si el montenegrino no está sediento, simplemente lo ignorará. Este acto negativo en sí mismo tiene que constatarse, la no-necesidad-de-agua tiene que materializarse en el vacío del vaso sin agua. El equivalente político lo encontramos en un chiste muy popular en la Polonia de la era socialista. Un hombre entra en una tienda y pregunta: "Probablemente no tiene usted mantequilla, ¿verdad?»". La respuesta: "Lo siento, pero somos la tienda que no tiene papel de váter; ¡la que no tiene mantequilla es la que está al otro lado de la calle!". O pensemos en el Brasil contemporáneo donde, durante el carnaval, gente de todos los estratos sociales bailan juntos en la calle, olvidando momentáneamente la raza y las diferencias de clase. Pero obviamente no es lo mismo si un trabajador en paro se une al baile, olvidando sus dificultades para atender a su familia, que si un banquero rico se relaja totalmente encantado de ser uno más entre el pueblo, olvidando que acaba de denegar un préstamo al pobre trabajador. En la calle ambos son iguales, sólo que el trabajador está bailando sin leche, mientras que el banquero está bailando sin nata. De modo parecido, en 1990 los ciudadanos de Europa del Este no sólo querían democracia-sin-comunismo, sino también democracia-sin-capitalismo.

Y esto es lo que la izquierda debería aprender a hacer: ofrecer el mismo café, pero con la esperanza
Fuente:
http://www.elmundo.es/opinion/2017/08/22/599b1448ca4741b3718b45f6.html
Ilustración: Ajubel.