Evangelio Dominical: Perdonar
José Martínez de Toda, S.J.
Comentario dialogado al Evangelio que sed proclama el 24° Domingo del Teimpo Ordinario, Ciclo A, correspondiente al domingo 17 de septiembre de 2017. La lectura es tomada del Evangelio según San Mateo 18, 21-35
"¿Cuántas veces tengo que perdonar? Setenta veces siete"
¿Te cuesta perdonar? ¿Cuántas veces tienes que perdonar?
Esa era la pregunta que Pedro le hizo a Jesús al ver cómo Jesús insistía tanto en el perdón.
¿Hasta siete veces?, preguntó Pedro casi tímidamente ofreciendo un número generoso a Jesús. El siete es un número santo para el pueblo judío que simboliza perfección, totalidad, abundancia, descanso, y completamiento".
Y cuál será la sorpresa de Pedro frente a la respuesta de Jesús, muchísimo más generosa y amplia, y que destroza la cuidadosa construcción de Pedro. "No te digo hasta siete, sino hasta setenta veces siete". Jesús no nos está dando una lección de matemáticas, sino una lección de amor y de corazón grande.
Es como si el perdón fuera el oxígeno que respiramos en nuestra atmósfera diaria. Debe haber suficiente oxígeno para irrigar nuestros pulmones, e igual cantidad de perdón para vitalizar y tonificar nuestra vida.
Pedro siente que Jesús quiere que sus discípulos sean generosos al perdonar.
Y Jesús se lo explicó además con una parábola.
¿Cómo es esa parábola?
Es la historia de dos deudores.
El primero le debía al rey 10.000 talentos, algo así como 10.000 salarios anuales de un obrero, o sea una barbaridad de deuda. No tiene con qué pagar, y debe ir a la cárcel o ser vendido como esclavo con toda su familia.
El funcionario le suplica: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo".
El esclavo trata de ganar tiempo. ¿Quién sabe? El rey podría cambiar de opinión, podría morir, o podría ocurrirle algo inesperado.
Movido a misericordia, el señor de aquel siervo le perdonó la deuda.
Por supuesto, el rey es Dios Padre, que nos perdona todo.
Hasta ahora Jesús nos dice lo que debemos hacer imitando al Padre: perdonar.
Pero ahora Jesús nos dice lo que debemos hacer con el hermano necesitado de perdón, amor y misericordia.
Para ello la parábola continúa: El mismo deudor perdonado, al salir de la oficina del rey, se encuentra con un compañero de trabajo, que le debía a él solamente cien denarios, es decir, cien salarios de un día.
El primero le urge a este compañero que le pague todo. Y éste, de rodillas, le repetía la misma frase que el primero le decía al rey: "Ten paciencia conmigo y te lo pagaré todo".
Pero el primer siervo lo metió en la cárcel para que pagara todo.
El deudor a quien se le había perdonado 10.000 salarios anuales no fue capaz de perdonar 100 salarios diarios.
El punto central es el dramático contraste entre la deuda grande y la pequeña, y entre la compasión del rey y la falta de compasión del primer esclavo. El rey, aunque es un hombre que enfrenta grandes asuntos, fue capaz de identificarse con la situación desesperada del primer esclavo y estuvo dispuesto a hacer concesiones para remediarlo. Ese esclavo, irónicamente, solamente fue capaz de ver la pequeña deuda que se le debía y no estuvo dispuesto a hacer ninguna concesión.
Hace con su compañero todo lo contrario de cuanto el amor misericordioso de Dios ha hecho con él. Cuando Dios es compasivo y bondadoso con nosotros, nosotros somos mezquinos con nuestros hermanos.
Frente a esta desproporción los consiervos le cuentan al Rey lo sucedido.
El rey confronta al siervo: "¡Siervo malvado! Toda aquella deuda te la perdoné porque me lo pediste. ¿No debías tú también tener compasión de tu compañero, como yo tuve compasión de ti?"
Por eso en el Padre Nuestro Jesús hace que digamos: "Perdónanos como nosotros perdonamos".
El rey revocó su perdón al primer siervo. Esto significa que Dios nos perdona, si nosotros perdonamos.
¿Cuál es el mensaje central de este evangelio?
La palabra "perdonar" sale cuatro veces. Éste es el evangelio del perdón. Perdonar siempre y sin límites. Perdonar todo y para siempre.
El asunto central no es la justicia, sino la reconciliación. Un esclavo tiene una deuda tan enorme que solamente un acto majestuoso de perdón podría borrar.
Jesús nos enseña que el bienestar del hermano es el nuestro, y que en la medida que recibimos, debemos dar.
El corazón es la sede de los sentimientos y las emociones. Nada desgasta y agota más que un sentimiento de odio y de deseo de venganza en nuestro corazón.
Lo que tengo que perdonar es poco comparado con lo que a mí Jesús me perdona cada día.
¿Es fácil perdonar?
El perdón es difícil, tanto recibirlo como darlo. A veces perdonamos, pero no olvidamos. Pero para los seguidores de Jesús el perdonar es una realidad vital, es el corazón del evangelio, es un estilo de vida. Recibir y dar perdón es central en nuestra fe.
Jesús vivió, murió y resucitó para ofrecernos el perdón de Dios. Todo lo que hizo Jesús fue reconciliar el mundo y los hombres con Dios.
Primero, nosotros recibimos el perdón de Dios; y solamente podemos pasar a los demás aquello que hemos recibido. Habiendo experimentado el perdón a manos de Dios y del pueblo de Dios, entonces somos llamados para hacer posible que otros también lo experimenten. Así el círculo del amor de Cristo se extiende cada vez más para abarcar a otra oveja perdida, y a otra y a otra.
¿Qué se requiere para perdonar?
Para perdonar hace falta amor, mucha humildad, oración y disponibilidad.
El evangelio de Jesús es el evangelio del amor y sólo el amor sin límites y sin condiciones puede perdonar.
Fuente:
http://radioevangelizacion.org/noticia/evangelio-dominical-perdonar-0
Pieza: Esther Stocker.
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domingo, 17 de septiembre de 2017
SIERVO SIN ENTRAÑAS
NOTITARDE, Valencia, 17 de septiembre de 2017
“Caminando con Cristo”
La Iglesia del amor y el perdón (Mt.18, 21-35)
Joel de Jesús Núñez Flautes
El evangelio de hoy va en la línea del domingo pasado que hacía referencia al perdón y la reconciliación. La Iglesia, como comunidad de los discípulos de Cristo, debe ser testimonio, lugar e instrumento del perdón. Dicho de otro modo, el perdón debe ser una de las actitudes básica del cristiano.
En la escena que nos presenta el texto de hoy, resalta nuevamente Pedro que se acerca a Jesús para preguntarle ¿cuántas veces debía perdonar a su hermano? Pedro, como buen judío, pone una cifra, un límite, que según su criterio y el de los demás apóstoles que se harían la misma pregunta le parece suficiente: “hasta setenta veces”. Jesús le responde que “hasta setenta veces siete” que traduce siempre (recordemos que los números en la Biblia tienen su significado y el número 4 y 7 de manera especial significan perfección, multitud, infinitud). Jesús completa su respuesta a Pedro con la parábola del “siervo sin entrañas” que describe como, en primer lugar, este siervo pedía a su amo que le perdonara la deuda que tenía con él y al ser perdonado fue incapaz de hacer lo mismo con un hermano suyo que le debía menos dinero. La pregunta que surge para el creyente es esta: ¿Por qué debo perdonar siempre? Respondiendo sencillamente sería así: Porque Dios siempre nos está y estará perdonando nuestros errores y pecados. El cristiano que a diario peca, siempre experimenta el amor de Dios que le acoge y perdona; de la misma manera el discípulo tiene que estar dispuesto a perdonar al hermano con el cual convive a diario. Como lo dice el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Es decir, así como Dios nos demuestra su amor y perdón, el cristiano no se debe cansar de perdonar, porque Dios no se cansará de perdonarlo si se arrepiente.
IDA Y RETORNO: Necesitamos tener fuerza y fe en la adversidad.
Fuente:
http://www.notitarde.com/la-iglesia-del-amor-y-el-perdon-mt18-21-35-/columnistas-del-dia/2017/09/17/1075975
“Caminando con Cristo”
La Iglesia del amor y el perdón (Mt.18, 21-35)
Joel de Jesús Núñez Flautes
El evangelio de hoy va en la línea del domingo pasado que hacía referencia al perdón y la reconciliación. La Iglesia, como comunidad de los discípulos de Cristo, debe ser testimonio, lugar e instrumento del perdón. Dicho de otro modo, el perdón debe ser una de las actitudes básica del cristiano.
En la escena que nos presenta el texto de hoy, resalta nuevamente Pedro que se acerca a Jesús para preguntarle ¿cuántas veces debía perdonar a su hermano? Pedro, como buen judío, pone una cifra, un límite, que según su criterio y el de los demás apóstoles que se harían la misma pregunta le parece suficiente: “hasta setenta veces”. Jesús le responde que “hasta setenta veces siete” que traduce siempre (recordemos que los números en la Biblia tienen su significado y el número 4 y 7 de manera especial significan perfección, multitud, infinitud). Jesús completa su respuesta a Pedro con la parábola del “siervo sin entrañas” que describe como, en primer lugar, este siervo pedía a su amo que le perdonara la deuda que tenía con él y al ser perdonado fue incapaz de hacer lo mismo con un hermano suyo que le debía menos dinero. La pregunta que surge para el creyente es esta: ¿Por qué debo perdonar siempre? Respondiendo sencillamente sería así: Porque Dios siempre nos está y estará perdonando nuestros errores y pecados. El cristiano que a diario peca, siempre experimenta el amor de Dios que le acoge y perdona; de la misma manera el discípulo tiene que estar dispuesto a perdonar al hermano con el cual convive a diario. Como lo dice el Padrenuestro: “perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden”. Es decir, así como Dios nos demuestra su amor y perdón, el cristiano no se debe cansar de perdonar, porque Dios no se cansará de perdonarlo si se arrepiente.
IDA Y RETORNO: Necesitamos tener fuerza y fe en la adversidad.
Fuente:
http://www.notitarde.com/la-iglesia-del-amor-y-el-perdon-mt18-21-35-/columnistas-del-dia/2017/09/17/1075975
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Joel de Jesús Núñez Flautes,
San Mateo 18: 21-35
SETENTA VECES, SIETE
Aprende a perdonar como Dios te perdona a tí
Marcos Rodríguez
Contexto
El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mateo sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad.
El perdón no es más que una de las manifestaciones del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar.
Explicación
La frase del evangelio "setenta veces siete", no podemos entenderla literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud, que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa.
Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús, hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.
Seguramente Jesús está haciendo referencia al “cántico de Lamec”: “si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete” (Gn 4,24). El perdón debe extenderse hasta donde llega el deseo de venganza.
La parábola no necesita explicación, como todas. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda. El empleado es incapaz de perdonar una minucia.
Al final del texto, encontramos un rabotazo del Antiguo Testamento: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.
En el evangelio encontramos con mucha frecuencia esa incapacidad de aceptar plenamente el Dios de Jesús, que es sobre todo Padre. Eran judíos y les costó Dios y ayuda aceptar toda la originalidad de Jesús.
También nosotros nos encontramos mucho más a gusto con el Dios del Antiguo Testamento. Ese Dios que premia y castiga nos permite a nosotros hacer lo mismo con los demás. Esta es la razón por la que nos sentimos tan identificados con Él. Primero hemos fabricado un Dios a nuestra imagen, y después nos hemos conformado con imitarle.
Aplicación
El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Los razonamientos nunca nos convencerán de que tenemos que perdonar.
Primero debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser, y una vivencia de la manera de ser de Dios. Sólo por ese camino descubriremos que perdonar, no es hacer un favor al otro, sino una dinámica de verdadero amor que te permite paz armonía interior y bienestar.
Tampoco se trata de perdonar para dejar bien clara mi superioridad moral, o para que los demás me alaben. Es este caso no sería más que soberbia camuflada.
Para alcanzar esa capacidad de perdonar, tenemos que volver, una vez más, sobre el concepto de pecado. Como decíamos el domingo pasado, tenemos que recuperar la noción bíblica de pecado. Desde nuestro concepto de pecado como maldad por parte de alguien, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia.
La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad sólo puede ser atraída por el bien y repeler el mal. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno lo que en realidad es malo.
Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón. Como seres humanos nos cuesta mucho menos tolerar una ignorancia que perdonar una mala voluntad.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo. ¿Será verdad que el perdón de Dios depende del nuestro? ¿No os parece un poco ridículo que Dios esté condicionado por nuestras propias acciones? Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones.
Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es siempre perdón porque llega a nosotros sin merecerlo.
Ese perdón de Dios es lo primero. Lo que nosotros tenemos que hacer es tomar conciencia de ese perdón, aceptarlo y vivirlo. Si no lo aceptamos, ese perdón estará ahí disponible, pero no nos enriquecerá. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. No al revés.
Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que somos capaces de perdonar. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.
¡Qué difícil nos resulta armonizar el perdón con la justicia! Nuestra cultura occidental que pretendemos superior a las demás, tiene fallos garrafales. Claro que nuestra cultura es fruto del cristianismo; pero olvidamos que se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por la juridicidad romana. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada al que vivió Jesús.
En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces sólo esconde nuestro afán de venganza. El evangelio apareció en una cultura muy diferente, más oriental, más cercana al hombre. Para nosotros va a ser muy difícil recuperar el verdadero calado humano del evangelio, si no superamos el racionalismo y el “jurisdicismo” infiltrados en él.
Nuestro mezquino sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón.
Es completamente descabellado pensar, que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia.
La justicia no consiste en que una persona perjudicada consiga perjudicar al agresor. Difícil será que entremos en esta dinámica. Seguiremos utilizando los mecanismos de la justicia para vengarnos.
Lo que pedimos en el Padrenuestro, entendido al pie de la letra, es un solemne disparate. No se trata de un simple defecto de trascripción. En el Antiguo Testamento está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas".
Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenuestro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: "...Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mateo 6,14).
Aunque hayamos repetido esta idea durante veinte siglos, podemos estar seguros que no corresponde al Dios de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que se diga esto de Dios, pero tampoco debemos renunciar a seguir acercándonos a la verdad.
¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como sólo Él sabe hacerlo y, descubriendo esa manera de perdonar, aprendamos nosotros a perdonar a los demás?
Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables no salgo de la dinámica del egoísmo.
El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables por sus cualidades, no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.
No sólo el ofendido necesita perdonar para ser humano, También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la más profunda necesidad psicológica del ser humano de un horizonte para poder seguir viviendo. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos cada día, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios.
Descubrir, después de un fallo grave, que la actitud de Dios sigue siendo la misma, que me sigue queriendo y sigue queriendo lo mejor para mí, tiene que llevarme a la recuperación de mi propio ser, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave.
La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquellos a quienes ofendí me han perdonado. Sólo cuando estoy convencido de que Dios y los demás me han perdonado, estaré dispuesto a perdonarme a mí mismo y recuperaré la paz interior, imprescindible para poder seguir adelante.
Fuente:
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-mt-18-21-35-MR.htm
Cfr.
Mons. Antonio José López Castillo:
http://www.elimpulso.com/opinion/arquidiocesana/notas-pastorales-vigesimo-cuarto-domingo-del-tiempo-ordinario-saber-pedir-perdon
Isabel Vidal de Tenreiro: El Indio Coromoto: http://www.elimpulso.com/opinion/buena-nueva-rebelde-coromoto
Ilustraciones: La primera, de autor desconocido; y, la segunda, de Nikolai Koshele.
Marcos Rodríguez
Contexto
El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mateo sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad.
El perdón no es más que una de las manifestaciones del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar.
Explicación
La frase del evangelio "setenta veces siete", no podemos entenderla literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud, que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa.
Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús, hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.
Seguramente Jesús está haciendo referencia al “cántico de Lamec”: “si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete” (Gn 4,24). El perdón debe extenderse hasta donde llega el deseo de venganza.
La parábola no necesita explicación, como todas. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda. El empleado es incapaz de perdonar una minucia.
Al final del texto, encontramos un rabotazo del Antiguo Testamento: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.
En el evangelio encontramos con mucha frecuencia esa incapacidad de aceptar plenamente el Dios de Jesús, que es sobre todo Padre. Eran judíos y les costó Dios y ayuda aceptar toda la originalidad de Jesús.
También nosotros nos encontramos mucho más a gusto con el Dios del Antiguo Testamento. Ese Dios que premia y castiga nos permite a nosotros hacer lo mismo con los demás. Esta es la razón por la que nos sentimos tan identificados con Él. Primero hemos fabricado un Dios a nuestra imagen, y después nos hemos conformado con imitarle.
Aplicación
El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Los razonamientos nunca nos convencerán de que tenemos que perdonar.
Primero debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser, y una vivencia de la manera de ser de Dios. Sólo por ese camino descubriremos que perdonar, no es hacer un favor al otro, sino una dinámica de verdadero amor que te permite paz armonía interior y bienestar.
Tampoco se trata de perdonar para dejar bien clara mi superioridad moral, o para que los demás me alaben. Es este caso no sería más que soberbia camuflada.
Para alcanzar esa capacidad de perdonar, tenemos que volver, una vez más, sobre el concepto de pecado. Como decíamos el domingo pasado, tenemos que recuperar la noción bíblica de pecado. Desde nuestro concepto de pecado como maldad por parte de alguien, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia.
La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad sólo puede ser atraída por el bien y repeler el mal. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno lo que en realidad es malo.
Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón. Como seres humanos nos cuesta mucho menos tolerar una ignorancia que perdonar una mala voluntad.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo. ¿Será verdad que el perdón de Dios depende del nuestro? ¿No os parece un poco ridículo que Dios esté condicionado por nuestras propias acciones? Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones.
Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es siempre perdón porque llega a nosotros sin merecerlo.
Ese perdón de Dios es lo primero. Lo que nosotros tenemos que hacer es tomar conciencia de ese perdón, aceptarlo y vivirlo. Si no lo aceptamos, ese perdón estará ahí disponible, pero no nos enriquecerá. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. No al revés.
Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que somos capaces de perdonar. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.
¡Qué difícil nos resulta armonizar el perdón con la justicia! Nuestra cultura occidental que pretendemos superior a las demás, tiene fallos garrafales. Claro que nuestra cultura es fruto del cristianismo; pero olvidamos que se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por la juridicidad romana. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada al que vivió Jesús.
En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces sólo esconde nuestro afán de venganza. El evangelio apareció en una cultura muy diferente, más oriental, más cercana al hombre. Para nosotros va a ser muy difícil recuperar el verdadero calado humano del evangelio, si no superamos el racionalismo y el “jurisdicismo” infiltrados en él.
Nuestro mezquino sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón.
Es completamente descabellado pensar, que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia.
La justicia no consiste en que una persona perjudicada consiga perjudicar al agresor. Difícil será que entremos en esta dinámica. Seguiremos utilizando los mecanismos de la justicia para vengarnos.
Lo que pedimos en el Padrenuestro, entendido al pie de la letra, es un solemne disparate. No se trata de un simple defecto de trascripción. En el Antiguo Testamento está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas".
Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenuestro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: "...Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mateo 6,14).
Aunque hayamos repetido esta idea durante veinte siglos, podemos estar seguros que no corresponde al Dios de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que se diga esto de Dios, pero tampoco debemos renunciar a seguir acercándonos a la verdad.
¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como sólo Él sabe hacerlo y, descubriendo esa manera de perdonar, aprendamos nosotros a perdonar a los demás?Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables no salgo de la dinámica del egoísmo.
El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables por sus cualidades, no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.
No sólo el ofendido necesita perdonar para ser humano, También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la más profunda necesidad psicológica del ser humano de un horizonte para poder seguir viviendo. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos cada día, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios.
Descubrir, después de un fallo grave, que la actitud de Dios sigue siendo la misma, que me sigue queriendo y sigue queriendo lo mejor para mí, tiene que llevarme a la recuperación de mi propio ser, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave.
La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquellos a quienes ofendí me han perdonado. Sólo cuando estoy convencido de que Dios y los demás me han perdonado, estaré dispuesto a perdonarme a mí mismo y recuperaré la paz interior, imprescindible para poder seguir adelante.
Fuente:
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-mt-18-21-35-MR.htm
Cfr.
Mons. Antonio José López Castillo:
http://www.elimpulso.com/opinion/arquidiocesana/notas-pastorales-vigesimo-cuarto-domingo-del-tiempo-ordinario-saber-pedir-perdon
Isabel Vidal de Tenreiro: El Indio Coromoto: http://www.elimpulso.com/opinion/buena-nueva-rebelde-coromoto
Ilustraciones: La primera, de autor desconocido; y, la segunda, de Nikolai Koshele.
domingo, 14 de septiembre de 2014
TESTIMONIO, LUGAR E INSTRUMENTO
NOTITARDE, Valencia, 14 de septiembre de 2014
"Caminando con Cristo"
La iglesia del amor y el perdón (Mt.18, 21-35)
Pbro. Lic. Joel de Jesús Núñez Flautes
El evangelio de hoy va en la línea del domingo pasado que hacía referencia al perdón y la reconciliación. La Iglesia, como comunidad de los discípulos de Cristo, debe ser testimonio, lugar e instrumento del perdón. Dicho de otro modo, el perdón debe ser una de las actitudes básica del cristiano.
En la escena que nos presenta el texto de hoy, resalta nuevamente Pedro que se acerca a Jesús para preguntarle ¿cuántas veces debía perdonar a su hermano? Pedro, como buen judío, pone una cifra, un límite, que según su criterio y el de los demás apóstoles que se harían la misma pregunta le parece suficiente: "hasta setenta veces". Jesús le responde que "hasta setenta veces siete" que traduce siempre (recordemos que los números en la Biblia tienen su significado y el número 4 y 7 de manera especial significan perfección, multitud, infinitud). Jesús completa su respuesta a Pedro con la parábola del "siervo sin entrañas" que describe como, en primer lugar, este siervo pedía a su amo que le perdonara la deuda que tenía con él y al ser perdonado fue incapaz de hacer lo mismo con un hermano suyo que le debía menos dinero. La pregunta que surge para el creyente es esta: ¿Por qué debo perdonar siempre? Respondiendo sencillamente sería así: Porque Dios siempre nos está y estará perdonando nuestros errores y pecados. El cristiano que a diario peca, siempre experimenta el amor de Dios que le acoge y perdona; de la misma manera el discípulo tiene que estar dispuesto a perdonar al hermano con el cual convive a diario. Como lo dice el Padrenuestro: "perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden". Es decir, así como Dios nos demuestra su amor y perdón, el cristiano no se debe cansar de perdonar, porque Dios no se cansará de perdonarlo y tenderle de nuevo su mano.
Cuántas veces en nuestra oración y en el marco de nuestra relación con Dios le decimos que no volveremos a fallar, que no caeremos en el mismo pecado y la experiencia es que una y otra vez pecamos y nos acercamos al sacramento de la reconciliación y experimentamos la bondad y la dulzura de nuestro Padre Dios. Así mismo, debemos estar dispuestos a perdonar los errores, las fallas y las equivocaciones de los demás. Por supuesto, no estamos diciendo que sea fácil perdonar, que no cueste acercarse a alguien que nos ha hecho daño, que nos ha calumniado, que nos ha ofendido; pero la actitud del que sigue a Cristo debe ser la misma que se experimenta cuando cada uno se acerca a Dios buscando su perdón. No es fácil perdonar, pero tampoco es imposible.
Lo importante aquí es que el cristiano está capacitado con la gracia de Dios para el amor y el perdón. Dios nos ofrece su Espíritu Santo que nos ayuda a superar nuestras propias limitaciones, que nos ayuda a tumbar los muros del odio, del egoísmo, de la dureza del corazón, de la venganza, del rencor, del espiral de violencia y nos impulsa a la unidad, a la fraternidad y reconciliación.
El perdonar y ser perdonado causa mucha paz, se experimenta algo más sublime, libera y sana por dentro. Qué bueno cuando uno reconoce que ha cometido un grave error y experimenta la alegría de ser comprendido y perdonado; la misma alegría y paz siente aquel que dejando de un lado el orgullo y la soberbia que carcome el alma es capaz de tener un gesto de madurez humana y cristiana y acercarse al otro con sinceridad, buscando la armonía perdida, procurando la paz interior.
Nuestra sociedad actual, nuestras comunidades parroquiales, nuestras familias y lugares de trabajo necesitan mucho de perdón y reconciliación. El que ha experimentado el amor profundo, sincero, el que ha tenido la experiencia del perdón, tendrá la capacidad de perdonar y superar las crisis; el que ha vivido sin amor, oscurecerá su corazón en un rencor que lo amargará para siempre. Pidamos al Dios del amor que nos ayude a tener una sociedad más fraterna, más unida, donde se cambie el odio por el amor, empezando por los más cercanos.
IDA Y RETORNO: El próximo sábado regresan los seminaristas de sus vacaciones y otros comenzarán esta experiencia de prepararse para el sacerdocio. Este año tendremos nuevamente alrededor de cien seminaristas en nuestro Seminario de Valencia. Pidamos al Señor que le otorgue la perseverancia a estos jóvenes y que en el futuro la Iglesia en Venezuela pueda contar con santos y buenos sacerdotes para el bien de los hermanos, especialmente los más necesitados y marginados de nuestra sociedad. Que sigan surgiendo vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales en nuestras comunidades parroquiales.
Por decisión del Sr. Arzobispo, el Padre José Emilio Teixeira, ha sido designado como nuevo vicerrector del Seminario. Le deseamos éxito y bendiciones en su labor, junto al resto del Equipo Formativo.
Cfr. José Martínez de Toda (SJ): http://radioevangelizacion.org/noticia/evangelio-dominical-perdonar
Ilustración: Carla Badiali.
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Siempre
José Antonio Pagola
A Mateo se le ve muy preocupado por corregir los conflictos, disputas y enfrentamientos que pueden surgir en la comunidad de los seguidores de Jesús. Probablemente está escribiendo su evangelio en unos momentos en que, como se dice en su evangelio, «la caridad de la mayoría se está enfriando».
Por eso concreta con mucho detalle cómo se ha de actuar para extirpar el mal del interior de la comunidad, respetando siempre a las personas, buscando antes que nada «la corrección a solas», acudiendo al diálogo con «testigos», haciendo intervenir a la «comunidad» o separándose de quien puede hacer daño a los seguidores de Jesús.
Todo eso puede ser necesario, pero ¿cómo ha de actuar en concreto la persona ofendida?, ¿Qué ha de hacer el discípulo de Jesús que desea seguir sus pasos y colaborar con él en abrir caminos al reino de Dios: el reino de la misericordia y la justicia para todos?
Mateo no podía olvidar unas palabras de Jesús recogidas por un evangelio anterior al suyo. No eran fáciles de entender, pero reflejaban lo que había en el corazón de Jesús. Aunque hayan pasado veinte siglos, sus seguidores no hemos de rebajar su contenido.
Pedro se acerca a Jesús. Como en otras ocasiones, lo hace representando al grupo de seguidores: «Si mi hermano me ofende, ¿cuántas veces le tengo que perdonar?, ¿hasta siete veces?». Su pregunta no es mezquina, sino enormemente generosa. Le ha escuchado a Jesús sus parábolas sobre la misericordia de Dios. Conoce su capacidad de comprender, disculpar y perdonar. También él está dispuesto a perdonar «muchas veces», pero ¿no hay un límite?
La respuesta de Jesús es contundente: «No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete»: has de perdonar siempre, en todo momento, de manera incondicional.
A lo largo de los siglos se ha querido rebajar lo dicho por Jesús: «perdonar siempre, es perjudicial»: «da alicientes al ofensor» «hay que exigirle primero arrepentimiento». Todo esto parece muy razonable, pero oculta y deja irreconocible lo que pensaba y vivía Jesús.
Hay que volver a él. En su Iglesia hacen falta hombres y mujeres que estén dispuestos a perdonar como él, introduciendo entre nosotros su gesto de perdón en toda su gratuidad y grandeza. Es lo que mejor hace brillar en la Iglesia el rostro de Cristo.
Fuente:
http://www.feadulta.com/anterior/Ev-mt-18-21-35-Pag.htm
Cfr. Isabel Vidal de Tenreiro: http://elimpulso.com/articulo/buena-nueva-el-padre-nuestro-y-el-perdon
Ilustración: Richard Gibbons, "The confessions".
CONTEXTO, EXPLICACIÓN Y APLICACIÓN
Aprende a perdonar como Dios te perdona a tí
Marcos Rodríguez
Contexto
El evangelio de hoy es continuación del que leíamos el domingo pasado. Allí se daba por supuesto el perdón. Hoy es el tema principal. Mateo sigue con la instrucción sobre como comportarse con los hermanos dentro de la comunidad. Sin perdón mutuo sería imposible cualquier clase de comunidad.
El perdón no es más que una de las manifestaciones del amor y está en conexión directa con el amor al enemigo. Entre los seres humanos es impensable un verdadero amor que no lleve implícito el perdón. Dejaríamos de ser humanos si pudiéramos eliminar la posibilidad de fallar.
Explicación
La frase del evangelio "setenta veces siete", no podemos entenderla literalmente; como si dijera que hay que perdonar 490 veces. Quiere decir que hay que perdonar siempre. El perdón tiene que ser, no un acto, sino una actitud, que se mantiene durante toda la vida y ante cualquier ofensa.
Los rabinos más generosos del tiempo de Jesús, hablaban de perdonar las ofensas hasta cuatro veces. Pedro se siente mucho más generoso y añade otras tres. Siete era ya un número que indicaba plenitud, pero Jesús quiere dejar muy claro que no es suficiente, porque todavía supone que se lleva cuenta de las ofensas.
Seguramente Jesús está haciendo referencia al “cántico de Lamec”: “si la venganza de Caín valía por siete, la de Lamec valdrá por setenta y siete” (Gn 4,24). El perdón debe extenderse hasta donde llega el deseo de venganza.
La parábola no necesita explicación, como todas. El punto de inflexión está en la desorbitada diferencia de la deuda de uno y otro. El señor es capaz de perdonar una inmensa deuda. El empleado es incapaz de perdonar una minucia.
Al final del texto, encontramos un rabotazo del Antiguo Testamento: “Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo”. Jesús nunca pudo dar a entender que un Dios vengativo puede castigar de esa manera, o negarse a perdonar hasta que cumplamos unos requisitos.
En el evangelio encontramos con mucha frecuencia esa incapacidad de aceptar plenamente el Dios de Jesús, que es sobre todo Padre. Eran judíos y les costó Dios y ayuda aceptar toda la originalidad de Jesús.
También nosotros nos encontramos mucho más a gusto con el Dios del Antiguo Testamento. Ese Dios que premia y castiga nos permite a nosotros hacer lo mismo con los demás. Esta es la razón por la que nos sentimos tan identificados con Él. Primero hemos fabricado un Dios a nuestra imagen, y después nos hemos conformado con imitarle.
Aplicación
El perdón sólo puede nacer de un verdadero amor. No es fácil perdonar, como no es fácil amar. Va en contra de todos los instintos. Va en contra de lo razonable. Los razonamientos nunca nos convencerán de que tenemos que perdonar.
Primero debemos tomar conciencia de nuestro verdadero ser, y una vivencia de la manera de ser de Dios. Sólo por ese camino descubriremos que perdonar, no es hacer un favor al otro, sino una dinámica de verdadero amor que te permite paz armonía interior y bienestar.
Tampoco se trata de perdonar para dejar bien clara mi superioridad moral, o para que los demás me alaben. Es este caso no sería más que soberbia camuflada.
Para alcanzar esa capacidad de perdonar, tenemos que volver, una vez más, sobre el concepto de pecado. Como decíamos el domingo pasado, tenemos que recuperar la noción bíblica de pecado. Desde nuestro concepto de pecado como maldad por parte de alguien, es imposible que nos sintamos capaces de perdonar. El pecado no es fruto nunca de una mala voluntad, sino de una ignorancia.
La voluntad no puede ser mala, porque no es movida por el mal. La voluntad sólo puede ser atraída por el bien y repeler el mal. La trampa está en que se trata del bien o el mal que le presenta la inteligencia, que con demasiada frecuencia se equivoca y presenta a la voluntad como bueno lo que en realidad es malo.
Sin esta aclaración, es imposible entrar en una auténtica dinámica del perdón. Como seres humanos nos cuesta mucho menos tolerar una ignorancia que perdonar una mala voluntad.
Lo mismo hará con vosotros mi Padre del cielo. ¿Será verdad que el perdón de Dios depende del nuestro? ¿No os parece un poco ridículo que Dios esté condicionado por nuestras propias acciones? Dios no tiene acciones, mucho menos puede tener reacciones.
Dios es amor y por lo tanto es también perdón. No tiene que hacer ningún acto para perdonar; está siempre perdonando. Su amor es siempre perdón porque llega a nosotros sin merecerlo.
Ese perdón de Dios es lo primero. Lo que nosotros tenemos que hacer es tomar conciencia de ese perdón, aceptarlo y vivirlo. Si no lo aceptamos, ese perdón estará ahí disponible, pero no nos enriquecerá. Si lo aceptamos nos hará capaces de perdonar a los demás. No al revés.
Eso sí, la única manera de estar seguros de que lo hemos descubierto y aceptado, es que somos capaces de perdonar. Por eso se puede decir, aunque de manera impropia, que Dios nos perdona en la medida que nosotros perdonamos.
¡Qué difícil nos resulta armonizar el perdón con la justicia! Nuestra cultura occidental que pretendemos superior a las demás, tiene fallos garrafales. Claro que nuestra cultura es fruto del cristianismo; pero olvidamos que se trata de un cristianismo troquelado por el racionalismo griego y encorsetado hasta la asfixia por la juridicidad romana. El cristianismo resultante, que es el nuestro, no se parece en nada al que vivió Jesús.
En nuestra sociedad se está acentuando cada vez más el sentimiento de Justicia, pero se trata de una justicia racional e inmisericorde, que la mayoría de las veces sólo esconde nuestro afán de venganza. El evangelio apareció en una cultura muy diferente, más oriental, más cercana al hombre. Para nosotros va a ser muy difícil recuperar el verdadero calado humano del evangelio, si no superamos el racionalismo y el “jurisdicismo” infiltrados en él.
Nuestro mezquino sentido de la justicia se la hemos aplicado al mismo Dios y lo hemos convertido en un monstruo que tiene que hacer morir a su propio Hijo para “justificar” su perdón.
Es completamente descabellado pensar, que un verdadero amor está en contra de una verdadera justicia. Luchar por la justicia es conseguir que ningún ser humano haga daño a otro en ninguna circunstancia.
La justicia no consiste en que una persona perjudicada consiga perjudicar al agresor. Difícil será que entremos en esta dinámica. Seguiremos utilizando los mecanismos de la justicia para vengarnos.
Lo que pedimos en el Padrenuestro, entendido al pie de la letra, es un solemne disparate. No se trata de un simple defecto de trascripción. En el Antiguo Testamento está muy clara esta idea. En la primera lectura nos decía exactamente: "Del vengativo se vengará el Señor". "Perdona la ofensa de tu prójimo y se te perdonarán los pecados cuando lo pidas".
Cuando el mismo evangelista Mateo relata el Padrenuestro, la única petición que merece un comentario es ésta, para decir: "...Porque si perdonáis a vuestros hermanos, también vuestro Padre os perdonará; pero si no perdonáis, tampoco vuestro Padre os perdonará (Mateo 6,14).
Aunque hayamos repetido esta idea durante veinte siglos, podemos estar seguros que no corresponde al Dios de Jesús. No tenemos que escandalizarnos de que se diga esto de Dios, pero tampoco debemos renunciar a seguir acercándonos a la verdad.
¿No sería más lógico pedir a Dios que nos perdone como sólo Él sabe hacerlo y, descubriendo esa manera de perdonar, aprendamos nosotros a perdonar a los demás?
Para descubrir por qué tenemos que seguir amando al que me ha hecho daño, tenemos que descubrir los motivos del verdadero amor a los demás. Si yo amo solamente a las personas que son amables no salgo de la dinámica del egoísmo.
El amor verdadero tiene su justificación en la persona que ama, no en el objeto del amor y sus cualidades. El amor a los que son amables por sus cualidades, no es garantía ninguna del amor verdaderamente humano y cristiano. Si no perdonamos a todos y por todo, nuestro amor es cero, porque si perdonamos una ofensa y otra no, las razones de ese perdón no son genuinas.
No sólo el ofendido necesita perdonar para ser humano, También el que ofende necesita del perdón para recuperar su humanidad. La dinámica del perdón responde a la más profunda necesidad psicológica del ser humano de un horizonte para poder seguir viviendo. Cuando el hombre se encuentra con sus fallos cada día, necesita una certeza de que las posibilidades de rectificar siguen abiertas. A esto le llamamos perdón de Dios.
Descubrir, después de un fallo grave, que la actitud de Dios sigue siendo la misma, que me sigue queriendo y sigue queriendo lo mejor para mí, tiene que llevarme a la recuperación de mi propio ser, a superar la desintegración que lleva consigo un fallo grave.
La mejor manera de convencerme de que Dios me ha perdonado, es descubrir que aquellos a quienes ofendí me han perdonado. Sólo cuando estoy convencido de que Dios y los demás me han perdonado, estaré dispuesto a perdonarme a mí mismo y recuperaré la paz interior, imprescindible para poder seguir adelante.
Fuente:
Ilustración: Carla Badiali, 1938.
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Marcos Rodríguez,
San Mateo 18: 21-35
domingo, 18 de septiembre de 2011
GRATUIDAD Y UNIVERSALIDAD

NOTITARDE, Valencia, 18 de Septiembre de 2011
Parábola del amo generoso (Mt.18, 21-35)
Pbro. Lic. Joel de Jesús Núñez Flautes
En este domingo se nos presenta la parábola de los trabajadores de la Viña que son contratados en distintas horas y al final reciben la misma paga o debería llamarse más bien, la parábola del Amo generoso, porque en ella se deja ver precisamente la bondad y generosidad del dueño que va contratando a los jornaleros a lo largo del día.
La parábola de hoy tiene un doble mensaje: la gratuidad y la universalidad de la salvación que Dios nos ofrece en la persona de Cristo. Esta parábola, sabemos, que Jesús la dirige a los fariseos que se ven representados en los trabajadores que comenzaron a trabajar desde muy temprano y se había ajustado con el dueño de la Viña en un denario y cuando ven que el amo paga lo mismo a los que trabajaron menos, murmuraban hablando de injusticia y el amo les hace ver que no es injusto por querer dar lo mismo que les ofreció a ellos a los que trabajaron menos hora o comenzaron a trabajar más tarde. La misma parábola la recoge Mateo en su evangelio no solo para dejar ver la actitud de Jesús frente a los fariseos que creían que solo para ellos era la oferta de salvación de Dios, sino que ahora la Iglesia primitiva, la comunidad de los discípulos que siguen el mandato del Señor, que van predicando su evangelio, tienen que saber que Cristo vino al mundo, enviado por el Padre, para salvar a todos los hombres. Es Dios quien ha tomado y toma la iniciativa para salvarnos, es su amor que nos precede, es su gracia que desborda nuestros pecados y nos da la posibilidad de alcanzar la salvación eterna. Dios nos convoca a su Reino, nos invita a formar parte de su rebaño, le toca a cada hombre aceptar o rechazar esta oferta de amor, de misericordia y de salvación. Dios no obliga a nadie, quiere que todos los hombres se salven, ha venido para salvarlos a todos, pero es el hombre quien en plena libertad debe responder sí o no a la iniciativa divina.
Cristo con su Pasión, Muerte y Resurrección nos ha alcanzado la posibilidad de vivir eternamente, de contemplar a Dios cara a cara; pero es el hombre quien escuchando la voz de Dios que lo llama a la felicidad plena, al camino que conduce a la vida, acepta o rechaza el regalo que Dios le hace en Jesús que vino a salvarlo de la muerte y el pecado.
A lo largo de la historia, Dios dejó oír su voz y de manera definitiva nos ha hablado en Cristo. A lo largo de la vida personal de cada hombre Dios lo llama, no deja de hacerlo, en todo momento lo invita a gozar de su amor, de la vida eterna, a formar parte de su Reino; bienaventurado el hombre que escuchando su voz le responde con alegría y trabaja por extender su Reino de amor, justicia y paz.
Así como Dios ofreció la salvación a los judíos, ahora su Iglesia extiende su mensaje a todos los pueblos, al mundo gentil, a aquellos que no formaban parte del Pueblo de la Alianza, para dejar claro que la salvación de Dios es para todos, especialmente para los pecadores, los que se sienten distantes de Dios; esos que sintiéndose últimos, condenados por el mundo y los que se creen más religiosos, serán los primeros en el Reino; porque hay más alegría en el cielo por un solo pecador que de corazón y sinceramente se arrepienta de sus pecados y cambie de conducta, que por mil justos o santos que no necesitan convertirse. Así actúa Dios; es su bondad y misericordia que sobrepasan nuestros cálculos o juicios. Su amor y su gracia desbordan nuestras expectativas y manifiestan que Dios siempre sale al encuentro de sus hijos, especialmente de aquellos que han extraviado el camino y así su Iglesia debe ser en medio del mundo; mostrar el amor y la misericordia de Dios que siempre acoge al pecador arrepentido.
En este domingo Jesús nos invita a revisar nuestras acciones y las convicciones que nos mueven a actuar. Que veamos si somos capaces de escuchar la voz de Dios que nos llama y respondemos con prontitud, aceptamos su plan de salvación sobre nosotros o por el contrario somos de aquellos que se muestran indiferentes a lo espiritual, cerramos nuestra vida al amor de Dios y rechazamos la oferta de eternidad y plenitud que Él nos ofrece.
Pidamos al Señor que no seamos indiferentes a su voz, que nos de la gracia de convertirnos cada día a su amor y que podamos trabajar en su Iglesia para que otros se salven y lleguen al conocimiento profundo del amor y la misericordia de Dios Padre.
IDA Y RETORNO: ¿Qué les aconseja a los novios que se van a casar por la Iglesia o aquellos que quieren santificar su hogar? En primer lugar que recuerden que el matrimonio por la Iglesia es recibir la bendición de Dios que viene a fortalecer la vida de pareja, que tomen conciencia del por qué se casan por la Iglesia, que sepan que no es un acto para aparentar o cumplir con la sociedad, sino que es un sacramento que une para toda la vida y que Dios siempre ayuda y bendice a los esposos que con fe, libertad y conciencia se acercan al altar a buscar sus dones y a consagrar el amor del uno por el otro frente a Él.
Ilustración: Antonieta Sosa, "Escalas desbordadas".
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Joel de Jesús Núñez Flautes,
San Mateo 18: 21-35
lunes, 12 de septiembre de 2011
ENSEÑANZA

NOTITARDE, Valencia, 11 de Septiembre de 2011
¿Cuántas veces debo perdonar? (Mt. 18, 21-35)
Pbro. Lic. Joel de Jesús Núñez Flautes
Venimos reflexionando desde el evangelio de Mateo sobre la Iglesia, la Comunidad de los Discípulos de Cristo y el domingo pasado se introducía el tema del perdón y la corrección fraterna como un distintivo de los seguidores de Jesús; que reconociendo el pecado dentro de la Iglesia, ratificado por las actuaciones personales que van contra el querer de Dios y siguiendo las enseñanzas del Señor buscan el camino del perdón, la misericordia y la reconciliación. En esta línea va el texto del evangelio que hoy leemos, cuando de nuevo destaca la figura de Pedro que ahora pregunta al Maestro: "¿Cuántas veces tengo que perdonar las ofensas que me haga mi hermano? ¿Hasta siete veces?". Pedro se reconoce discípulo, acepta la misión que el Divino Maestro le ha encomendado de ser "Pedro", la cabeza visible de la Iglesia, el líder entre los demás apóstoles; por eso, quiere seguir aprendiendo, conocer, se sigue educando (sacando afuera) en la Escuela del Maestro, para así irse formando como verdadero discípulo y apóstol de Jesús. Pedro nos representa a todos, hace al Señor una de esas preguntas fundamentales de las relaciones humanas, del diario convivir, de esas que tocan lo existencial, pero también lo hace desde sus conocimientos de la ley judía que establecía un límite para el perdón y proponía la ley del talión. Pedro quiere saber el parecer y la enseñanza de Cristo, por eso le pregunta y la respuesta de Jesús es determinante: "No te digo siete veces, sino hasta setenta veces siete". Jesús utilizando la simbología de los números, como por ejemplo el número siete que en la Biblia significa perfección, plenitud, armonía, por lo tanto, la respuesta de Jesús a Pedro es que tiene que perdonar siempre; que no es el odio, el rencor, el deseo de venganza, la división, los malos deseos o el resentimiento el que tiene que reinar en el corazón de un discípulo ni al interno de la Iglesia, sino la paz, la reconciliación, el perdón como distintivo y actitud básica del cristiano que vive en el amor. Por eso, Jesús propone la escucha de una parábola.
Cristo quiere una Iglesia reconciliada y reconciliadora; es decir, que ella se sienta rescatada, perdonada por el sacrificio de Cristo en la cruz y al mismo tiempo se sepa la Comunidad que ofrece el perdón y que dentro de ella se vive la paz, la unidad y la armonía. Una Iglesia que sabiendo que el distintivo del cristiano es el amor se esfuerza, bajo la guía del Espíritu Santo, en vivir en el amor y a través del Sacramento de la Confesión ofrece al cristiano la oportunidad de vivir reconciliado con Dios, consigo mismo y con los hermanos. Es decir, en constante conversión.
El cristiano está llamado a un perdón ilimitado, así como él mismo experimenta la constante misericordia de Dios y se sabe reconciliado. Así como Dios lo ama ilimitadamente y por encima de sus pecados y caídas; así el cristiano está llamado a amar ilimitadamente a sus hermanos y el amor implica el perdón, la reconciliación. Por supuesto, no es fácil perdonar, pero Jesús sabe, como Hombre Perfecto y Perfecto Hombre que más penoso y esclavizante para un ser humano es vivir en el rencor, en el odio. Quien perdona se libera, se sana desde adentro, se purifica de malos deseos; quien no aprende ni hace el esfuerzo por perdonar se hace esclavo del odio que carcome el alma, que paraliza, que quita energías, que amarga la vida y sumerge en un espiral que puede llevar hasta la destrucción de sí mismo y/o del otro.
La Iglesia tiene que ser en medio del mundo esa Comunidad de seguidores de Cristo que sabiéndose perdonada y reconciliada por Dios ofrece el camino del amor y del perdón como garantía de una sociedad que quiere superar la agresión y la violencia como respuesta a nuestras relaciones interpersonales. La Iglesia sabe y entiende que el perdón rehabilita y regenera a la persona y que el amor es el distintivo del cristiano y de la nueva humanidad. El amor sana, el amor libera, el amor hace madurar, el amor sostiene y expresión de esto es el perdón que permite vencer al mal que quiere poner como respuesta a nuestros conflictos o tensiones el odio y la venganza.
Pidamos al Señor que nos enseñe a perdonar, sabiendo que Dios siempre nos ofrece su amor y perdón en su Iglesia. Que nos ayude a ser verdaderos cristianos distinguidos en el amor y la reconciliación.
IDA Y RETORNO: ¿Qué beneficio trae el casarse por la Iglesia? ¿No es pavoso casarse por la Iglesia? A pesar que muchos hoy se casan por moda, por cumplir con un requisito social, por aparentar, el casarse por la Iglesia es una bendición cuando se realiza de forma consciente y madura; es decir, cuando los contrayentes saben el por qué se casan por la Iglesia y para qué se casan. El matrimonio eclesial es un sacramento, es decir, dejado por Cristo, por tanto, es un signo de su amor y bendición. Quien se casa por la Iglesia, recibe de Dios las gracias para vivir en este estado, para superar adversidades y sobre todo ser feliz.
Ilustración: Detalle de M.F. Nedo (1972), Galería de Arte Nacional (GAN)
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